XVII

—Que pase un buen día.

Sonreí al mercader, mientras terminaba de guardar las últimas compras en la bolsa de tela, prácticamente a rebosar. La cargué con dificultad al hombro y di media vuelta. Las calles estaban repletas de gente que se había acercado hasta el mercado ya fuera para comprar, ojear nuevos productos o, simplemente, ponerse al día con los conocidos.

Me puse de puntillas, intentando encontrar una cabellera castaña entre la multitud, aunque sabía que era complicado, especialmente cuando el pelo castaño resultaba tan común entre la población.

—¿Has acabado ya?

Pegué un respingo al sentir el contacto de la mano de alguien sobre mi hombro. Giré mi rostro con brusquedad y suspiré de alivio al ver que se trataba de Moblit. Cerré los ojos y me llevé la mano al pecho, intentando tranquilizar mi todavía corazón alterado.

—Lo siento. No debí haber sido tan sigiloso —Moblit apartó rápidamente su mano de mi hombro y me miró preocupado.

—Estoy bien. ¿Dónde diablos te habías metido? —fruncí el ceño.

—Tenía que asegurarme de que nadie nos hubiera reconocido —susurró Moblit—. ¿Lo tienes todo? —asentí—. Bien. Marchémonos ya. Hay que prepararlo todo para esta noche —añadió, arrebatándome de las manos la pesada bolsa de tela y cargándola él.

Los dos bajamos la calle en silencio. Como si fuera un gesto de lo más natural, tomé el brazo de Moblit con delicadeza y fingí una sonrisa encantadora. Podía sentir sus músculos tensados y su cara prácticamente descompuesta por mi cercanía era todo un poema, pero resultaba mucho más sencillo pasar desapercibidos entre la gente si fingíamos ser una pareja más.

Varios miembros de las Tropas de Reconocimiento estábamos bajo búsqueda y captura. Y por varios me refiero a Hange, Levi y a los escuadrones de ambos, pues éramos la parte más activa de todo aquel plan retorcido elaborado por Erwin. Sin embargo, Hange y Levi habían decidido llevar las indicaciones del comandante a otro nivel y, esa misma noche, tenían pensado actuar. Para ello, contarían con la ayuda de miembros del escuadrón de Hange. Yo, por mi parte, debía esperar. Hange nos había dado instrucciones precisas a Moblit y a mí. Estábamos faltos de ciertos materiales, pero no podíamos acercarnos a Trost ni a ningún otro cuartel a por suplementos, pues seríamos apresados. Así que, mientras ellos daban los últimos retoques a su plan de captura de los dos policías militares que habían torturado y asesinado al pastor Nick, Moblit y yo debíamos ocuparnos de las compras.

Había sido idea de la propia Hange el hecho de que nos hiciéramos pasar por dos ciudadanos más. Nos habíamos vestido con ropa de calle y nos habíamos introducido entre la gente, pretendiendo ser algo que, desde luego, no éramos.

Poco antes de abandonar la abarrotada calle principal, sentí cómo Moblit deslizaba su mano hasta entrelazarla con la mía. Miré con incredulidad nuestros dedos unidos y, al sentir que éste me apretaba la mano con fuerza, supe que aquella era la señal para indicarme que algo no estaba bien. Me percaté por el rabillo de mi ojo izquierdo que giró levemente su rostro para mirar por encima del hombro, así que yo mantuve mi vista puesta en el frente, aparentando la mayor naturalidad posible. No debíamos acelerar el paso, pero resultaba difícil cuando creías que alguien te estaba siguiendo de cerca.

Giramos hacia la derecha y comenzamos a callejear, alejándonos del gentío. Moblit aceleró el paso sin soltarme de la mano. Resultaba difícil mantenerme a su ritmo cuando sus piernas eran mucho más largas que las mías. Yo necesitaba dar tres pasos para poder romper la distancia que se creaba a cada zancada de él daba.

De repente, una puerta se abrió a nuestra derecha y Moblit me empujó prácticamente al interior de la casa. Abrí la boca para decir algo, pero, tan pronto como estuvimos en el interior, una mujer, posiblemente la dueña de aquella casa, me hizo un gesto para que guardara silencio mientras echaba el pestillo. Moblit, que aún no me había soltado, corrió una de las cortinas y miró por la ventana durante unos instantes.

—Gracias, mamá.

Abrí los ojos de par en par. ¿Un momento? ¿Aquella era la madre de Moblit? Miré de arriba abajo a la mujer. Se trataba de una señora que rondaba los cincuenta y que, a simple vista, no tenía ningún parecido con Moblit. Era tremendamente bajita y regordeta, lo que la hacía parecer una especie de muñeca de trapo, esas con las que las niñas de Klorva solían jugar a veces en la plaza del mercado. Tenía el pelo negro lacio y los ojos pequeños y castaños.

—Mi Moblit salió a su padre —comentó la mujer con una sonrisa, como si me pudiera leer el pensamiento —. Vaya, vaya, vaya… Hijo, en tu carta no me avisaste que ibas a venir con una muchacha tan encantadora —los ojos de la mujer se deslizaron a nuestras manos todavía entrelazadas—. Soy Hilda Berner.

Moblit me soltó inmediatamente. Contuve una carcajada al ver su rostro colorado mientras balbuceaba, intentando explicar que no era lo que creía. Aquel nerviosismo que mostraba ya se parecía algo más al estado de nervios permanente en el que Moblit parecía vivir y me sentí más aliviada. No me gustaba verle tan serio.

—Encantada —sonreí con inocencia. No es que no me hubiera dado cuenta de que seguíamos dados de la mano -por supuesto que lo había hecho-, pero Moblit me la apretaba con tanta insistencia que me veía incapaz de soltarla—. _ _ _ _-_ _ _ _.

—Pasad. Nos os quedéis ahí. Os prepararé algo —la mujer se acercó hasta los muebles, donde rebuscó unos cazos para hacer algo de té.

—No hace falta que prepares nada, mamá. Nos iremos en seguida.

—¡De eso nada! Es la primera vez que te veo en mucho tiempo y nunca habías traído una chica a casa. Deja disfrutar a tu madre un poco.

Moblit se rascó la nuca avergonzado. Podía apreciarse perfectamente el sudor frío que resbalaba por su frente. Apostaba a que, si pudiera tragarle la tierra, lo habría pedido en ese preciso instante.

—Déjeme que la ayude —me acerqué hasta la mujer para echarle una mano—. Deberías sentarte, Moblit. No tienes buena cara —añadí, sonriendo con malicia a éste, quien se dejó caer sobre una de las sillas, posiblemente maldiciéndome por seguir el juego de su madre. Pero es que me resultaba de lo más divertido.

—Tenéis que explicarme muchas cosas —Hilda Berner abrió un armarito de dónde sacó unas cuantas pastas que puso sobre la mesa de madera—. Siento que haya tan pocas, cielo, pero estamos escasos de alimentos —continuó, dirigiéndose esta vez a su hijo.

Aparté el cazo con agua del fuego y terminé de preparar las bebidas, vertiéndolas en sus respectivos vasos. Con cuidado de no derramar nada, los dejé sobre la mesa y tomé asiento junto a Moblit, quedando su madre frente a nosotros.

—_ _ _ _, ¿estás tú también en las Tropas de Reconocimiento?

—Así es. Soy compañera de escuadrón de su hijo.

—¿Y qué haréis cuando tengáis hijos? —Moblit estuvo a punto de atragantarse con su té cuando su madre preguntó aquello con la mayor seriedad del mundo.

—Me temo que tener hijos no es algo que esté en nuestros planes —contesté con naturalidad, provocando más tos en Moblit—. Abandonar la legión está penado con la muerte.

—Bueno, podría criarlos yo.

—Oh… Se lo agradezco, pero, como madre, me parecería irresponsable. Si pudiera tener la oportunidad de tener hijos, los tendría para cuidarlos yo misma. Entramos a la legión a sabiendas de nuestras limitaciones.

—Pero, podríais cambiar de facción —insistió la mujer—. En las Tropas Estacionarias no arriesgaríais tanto vuestras vidas.

—Sí, bueno… —me encogí de hombros.

—Pensadlo, ¿de acuerdo? —la mujer extendió sus brazos y nos acarició las manos a Moblit y a mí. Sus ojos brillaban tanto por la emoción que me sentí inmediatamente mal por haberme tomado aquello como un juego para chinchar a Moblit. Su madre estaba hablando completamente en serio y estaba claro que soñaba con convertirse en abuela.

Abrí la boca para intentar explicarme, pero Moblit me dio un toquecito en la pierna por debajo de la mesa. Capté en seguida su mensaje, pero me habría gustado aclarar las cosas y pedir disculpas.

—Mi hijo me contó por carta que teníais que venir a hacer unos recados. No necesitó decirme nada más para comprender por qué me avisaba. Temía que pudierais ser identificados —la mujer se levantó y rebuscó en unos cajones hasta que encontró unos papeles que puso sobre la mesa de madera—. Uno de vuestros capitanes aparece en el periódico.

Tomé el periódico y observé con aprensión el rostro de Levi en un bosquejo en la parte superior de la hoja. Tenía aquel característico rostro imperturbable. A los pies de la fotografía indicaba que estaba bajo búsqueda.

—¿Vais a contarme en qué lío os habéis metido en esta ocasión? Esto es muy grave.

—No puedo decirte nada, mamá. Eso ya deberías saberlo.

—Eres mi hijo y tomaría los riesgos que fueran necesarios para protegerte, pero ¿convertido en un delincuente?

—Su hijo no es un delincuente —intervine, todavía leyendo la noticia. Al parecer, indicaba que había más miembros de la legión implicados, pero se desconocían sus nombres. Se pedía a cualquier persona que dispusiera de algo de información que la compartiera con la Policía Militar. Chasqueé la lengua al recordar inmediatamente mi encuentro con aquel tipo en Trost hacía un par de días. Apostaba a que alguna de las brigadas de la Policía Militar ya sabía quiénes éramos. No obstante, me parecía todo muy extraño—. Simplemente quieren deshacerse de la legión. Esa sería la versión más breve y segura para usted.

—Vaya… —la mujer emitió un suspiro pesado— Cuando Moblit me dijo que quería entrar en el ejército, pensé "¿Por qué no?" Pero cuando me comunicó que entraría en la legión me desmoralicé por completo. Imagino que tu madre sentiría lo mismo...

—N-No lo sé —me encogí de hombros, avergonzada por mi respuesta—. No la he visto desde que cambié de facción.

—¿Cambiaste de facción?

—Antes estaba en las Tropas Estacionarias.

—Entonces créeme que tuvo que ser más duro todavía para tu madre porque seguramente no entenderá el porqué de tu cambio —no respondí nada, pero presioné mis labios formando una fina línea. No estaba del todo segura de eso. Mi padre había estado en las Tropas de Reconocimiento, así que ella debía saber mejor que nadie lo que había significado para mí cambiar de facción—. Desde que Moblit ingresó en la legión, comprendí que no solo tendría que soportar que cualquier día un soldado llamara a mi puerta diciéndome que mi único hijo había fallecido, sino que las Tropas de Reconocimiento nunca han tenido buena fama entre la población. Y, ahora, esto.

—Si todo sale bien, cambiarán muchas cosas.

—Tú lo has dicho, cielo, si todo sale bien —la madre de Moblit dejó la taza sobre la mesa tras dar un último sorbo a la bebida—. Prometedme que tendréis cuidado, ¿de acuerdo?

—Mamá...

—Hacedle esa simple promesa a esta cincuentona. Estad siempre juntos, apoyaos el uno en el otro, ¿de acuerdo?

—Está bien, mamá —musitó Moblit tras varios segundos de silencio entre nosotros.

—Creo que deberíamos irnos ya —comenté, poniéndome en pie.

—Tienes razón —Moblit me imitó—. No tardará en anochecer y debemos llegar cuanto antes al cuartel.

Recogimos entre todos los vasos y los colocamos en la pila. Aunque hice el amago de lavarlos, la madre de Moblit me empujó hacia un lado para que no lo hiciera, así que me resigné.

Moblit se puso su chaqueta y fue el primero en salir de la casa. Cogí mi chal para protegerme de la brisa fresca que comenzaba a hacer al anochecer, pero, antes de salir, la madre de Moblit me tomó del brazo para despedirse de mí. Me abrazó y, entonces, me susurró al oído.

—Moblit está dispuesto a dar su vida por otros, especialmente por su capitán. Él es así de desinteresado. Pero necesito que tenga a alguien a su lado que esté dispuesto a dar también su vida por él.

Sentí que mi corazón se detenía. ¿Hasta qué punto estaba yo dispuesta a entregar mi vida por la de alguien más? ¿Tan egoísta sonaría si respondiera que no lo haría? Tragué saliva mientras Hilda Berner rompía el abrazo y me miraba con el rostro serio. Esperaba una respuesta.

—Está bien —pronuncié en un hilo de voz, pero aquello fue suficiente para que la mujer me escuchara y me mostrara una sonrisa llena de sinceridad y descanso.

—Hacéis una pareja encantadora.

La madre de Moblit era una mujer fabulosa. Abierta, alegre y charlatana, completamente diferente a su hijo, que parecía vivir en angustia constante. Así que aquella petición y aquella respuesta que había dado debía reflexionarlas más tarde con detenimiento.

Caminamos en silencio hasta la pequeña casa de piedra en la que habían instalado el cuartel general durante el tiempo que durara toda aquella misión. Cuando llegamos, el cielo había perdido prácticamente todos sus tonos anaranjados y estaba dando paso al negro estrellado. Teníamos muchas cosas que preparar para cuando el resto de compañeros llegaran, en principio habiendo completado el plan de secuestro con éxito.

Las cabezas de Eren y el resto asomaron por las puertas de una de las habitaciones al escucharnos regresar, pero en seguida volvieron a desaparecer cuando se aseguraron de que estábamos bien y de que llevábamos todos los materiales que nos habían pedido con nosotros.

—Siento... Siento lo que ha dicho mi madre.

Moblit había permanecido mudo desde que habíamos abandonado su casa. Yo había preferido no mencionar nada de lo ocurrido, sobre todo porque Moblit parecía avergonzado por su madre, cosa que, en realidad, creo que todos hemos experimentado alguna vez. No obstante, me sorprendió que no hubiera dejado de darle vueltas.

—No pasa nada —respondí, colocando algunos utensilios sobre una bandeja—. No tenía que haberla contestado de esa forma. Al principio lo hice porque veía que te avergonzaba y me apetecía burlarme un poco de ti —solté una risita—, pero no estuvo bien jugar con sus esperanzas.

Moblit agachó la cabeza, fijando su vista sobre el suelo. Después, suspiró con pesadez y se revolvió el pelo, visiblemente incómodo por algún pensamiento que estuviera cruzando su mente.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Sí. Es solo que... —Moblit miró hacia los lados. Parecía más nervioso que de costumbre y eso ya era mucho— Nada, déjalo.

Parpadeé confusa y, aunque mantuve la mirada fija sobre Moblit, esperando hacerle hablar, éste no soltó ni una palabra y continuó con su trabajo, así que terminé por rendirme e hice lo mismo. No se me daba muy bien leer ciertas situaciones.

—Oye —tras un rato en silencio, Moblit habló de nuevo—, ¿qué te dijo mi madre cuando nos íbamos? —le miré interrogante, fingiendo que no sabía de qué me estaba hablando— No te hagas la tonta. Conozco a mi madre lo suficiente como para saber que, al abrazarte, te susurró algo al oído.

—Vale, vale —articulé tras soltar una sonora carcajada—. Me dijo algo, pero eso queda entre futuras suegra y nuera —le saqué la lengua, burlándome de él, por lo que Moblit dibujó una mueca en su rostro.

—No seas infantil —me espetó, mientras subíamos las escaleras provenientes del sótano.

—Voy a dejar que eso te torture durante toda tu vida —le di golpecitos en la mejilla con mi dedo índice de forma cariñosa, haciendo que éste se sonrojara.

—¿Ya estás intentando contagiar a otros tu estupidez?

Me congelé al escuchar la grave voz de Levi a mi espalda. Moblit y yo nos giramos inmediatamente para toparnos con el moreno a nuestras espaldas. Tenía el cabello y la ropa mojada y, tras él, estaban el resto de nuestros compañeros en su mismo estado.

—¿Y Hange-san? —preguntó Moblit.

—Ha ido a cambiarse. Lo mismo que voy a hacer yo.

—¿Ha salido todo bien?

—Espero que esté todo preparado en el sótano —Levi pasó por nuestro lado para meterse en una de las habitaciones y tanto Moblit como yo supusimos que aquello era una respuesta afirmativa. Los dos Policías Militares habían sido apresados con éxito.

Moblit rebuscó entre sus cosas para sacar un cuaderno, tinta y una pluma. Su misión era apuntar todo lo que Djel Sannes dijera, mientras que su compañero, ya en una celda, esperaría su turno.

—¿Vienes o no? —me preguntó Levi mirando por encima de su hombro antes de dirigirse hacia el sótano junto a Moblit y Hange una vez estuvieron secos y cambiados. Su tono había sido brusco y frío, como siempre, así que sentí una especie de hormigueo en el estómago por el hecho de que, a pesar de haberle dicho todas esas cosas horribles sobre su pasado, todo pareciera ser normal entre nosotros. Era como si nada hubiera cambiado.

Estuve presente durante todo el interrogatorio. Y no fue algo agradable de ver. Ver cómo torturan a alguien no es mi pasatiempo favorito. No obstante, me veía incapaz de apartar mi mirada de lo que Hange y Levi le hicieron a Djel Sannes. Sentía disgusto por verles mancharse las manos de sangre, pero, por otra parte, me veía incapaz de apartar mis ojos del hombre porque él era quien había torturado y asesinado al Pastor Nick. Una parte de mí, seguramente la más humana, decía que se merecía todo lo que los dos capitanes le estaban haciendo. Pero otra voz, por pequeña que fuera en comparación, insistía en que esa clase de violencia no era la mejor solución.

—¡Esperad! —gritó Djel desesperado— ¡Decidme qué queréis!

—¡Cállate! —Hange utilizó los alicates que Moblit y yo habíamos comprado ese mismo día— Es la primera vez que torturo a un humano.

—¡Si vas a torturarme pregúntame algo! ¡No podéis arrancarme las uñas sin preguntarme primero!

—¡Cállate! —insistió Hange, tirando con fuerza y despegando la uña de la carne.

Yo me mantenía en una esquina de la habitación, observando todo. Levi se estaba poniendo unos guantes hasta el codo y, una vez se aseguró de que estaban perfectamente ajustados, se giró y, sin mediar palabra, propino un puñetazo en la cara Djel Hannes. El impacto fue tan brutal que la silla en la que estaba sentado se tambaleó y Moblit tuvo que sujetarla. Y, entonces, Levi utilizó su otro puño para darle otro puñetazo en el lado contrario de la cara.

—¿Esto es lo que le hizo a Nick? —preguntó Levi, quitándose los guantes cubiertos de sangre.

Chasqueé la lengua inconscientemente. Si alguien lo escuchó, no me dijo nada. Pero la cara de Djel Sannes estaba destrozada. Su nariz no volvería a ser la misma. ¿Qué clase de animal era Levi? En dos puñetazos le había desfigurado por completo el rostro.

—¡Mira, Sannes! —canturreó Hange mientras se acercaba al policía sujetando una bandeja con lo que me parecieron sus uñas— Fue algo difícil, pero, al hacerlo, fui adquiriendo la destreza para continuar. ¿Cuántas tendría que arrancar para volverme tan buena como tú?

—¿Cuántas uñas cree que tiene un hombre? —replicó Djel Sannes, su voz gangosa—. Después de arrancar las uñas o la piel de una persona… Ya sabes, no importa que tengas esposa o un hijo recién nacido… Nada importa. Porque todo es para proteger la paz dentro de estos muros.

Un silencio incómodo se estableció en la habitación. ¿Hasta ese punto estábamos dispuestos a llegar por la paz?

—¿Sabéis por qué nunca ha habido una guerra dentro de estos muros? ¿Sabéis que esta paz que dais por hecha dentro de los muros fue creada por alguien? —prosiguió Sannes— Nosotros, los de la Primera Brigada, la protegemos con nuestras manos sucias. Cada vez que un conflicto inicia, tenemos que pararlo en el acto. Profesores excesivamente inteligentes, vejestorios que intentaron crear armas que podrían amenazar al rey, parejas estúpidas que intentaron volar, prostitutas que viven en granjas… Nosotros borramos todo eso. ¡Por eso la humanidad ha llegado tan lejos! ¡Todo gracias a los esfuerzos de la Primera Brigada! ¡Deberíais estar agradecidos!

—Gracias —respondió Hange con ironía—. Habéis protegido a la gente del desarrollo tecnológico. Muchas gracias.

—Vosotros también deberíais haber sido borrados desde el principio. Pensábamos que moriríais una vez salierais de los muros, pero ahora solo sois un cáncer amenazando la paz de este mundo.

—Ya veo... Parece problemático —Levi se colocó los guantes de nuevo mientras decía aquello—. Hiciste lo mejor a tu manera. Lo entiendo —le tomó de la cabeza, obligando a Sannes a mirarle. Tomó aquella nariz rota y apretó con fuerza provocando en el hombre una abundante hemorragia nasal—. ¿Deberíamos empezar con la tortura? —la voz de Levi sonaba más profunda que de costumbre. Sannes balbuceó algo, pero fue incomprensible— Escucha, si no contestas correctamente, serás castigado. ¿Quiénes son la familia Reiss?

Djel Sannes miró a Levi con desprecio. El rostro del policía militar estaba completamente desfigurado. Su ojo derecho había desaparecido por la hinchazón, su nariz estaba rota de todas las formas posibles, haciendo una curva sobre su cara, y la sangre se había esparcido por todas partes.

—Oficialmente, ellos no están relacionados con la familia real, solo son una familia noble. ¿Por qué estáis tan interesados en ellos?

—¿Tienen el derecho a revelar la información concerniente a los titanes dentro de los muros? ¿Son quienes intentan mantener a la gente lejos de los muros usando la religión? ¿Por qué hacen ellos esto en vez de la familia real? —preguntó Levi— Dime todo lo que sepas.

Djel Sannes permaneció en silencio, mirando al suelo. Tras varios segundos sin responder, emitió una débil carcajada. Sus labios se movieron para pronunciar palabra, pero Hange dio un paso al frente.

—Espera. Contestaste muy tarde.

Con los alicates en la mano, Hange abrió a la fuerza la boca del hombre y le extrajo un diente. Sannes gritó por el dolor mientras las lágrimas asomaban por sus ojos, pero Hange no esperó y le arrancó otro. Sentía ganas de vomitar, pero me mantuve imperturbable, en la misma esquina de la habitación observando la escena con los brazos cruzados.

—Oye, harás que sea incapaz de hablar. No le quites tantos —la regañó Levi.

—Aún tiene algunos.

—¡Nunca he visto a nadie divertirse tanto al torturar a alguien como tú lo haces! —gritó Sannes— ¡Continúa con la tortura! Te gusta mucho, ¿no? Te gusta la violencia, ¿verdad? ¡A mí también! ¡Me excita hacer daño a alguien que no puede defenderse! ¡Ten más diversión conmigo!

Tragué saliva. Mis ojos viajaron hasta Hange y Levi, quienes me daban la espalda en esos momentos. Deseaba ver sus caras, deseaba saber qué estaban pensando. Djel Sannes parecía estar volviéndose loco.

—Como lo has dicho Hange. ¡No tengo remedio! —continuó Sannes— ¡Es por la justicia! ¡Si piensas que todo es fácil, enorgullécete de ser una persona maravillosa! ¡Sois monstruos! ¡Los titanes son más amigables! ¡Pero no me asustáis! Yo tengo... Tengo... Al rey. He protegido al rey todos estos años junto a mis camaradas. Creo en el rey... Y en la seguridad de estos muros. Lo que he hecho hasta ahora... No estoy equivocado —Sannes levantó la vista y clavó sus ojos sobre Hange, Levi y Moblit, quienes estaban frente a él—.Torturadme hasta la muerte. Toda mi vida está cubierta por sangre.

Todos nos quedamos mudos. Hange dejó los alicates sobre la mesa y entonces supe que, en el fondo, se estaba compadeciendo de él.

—Tomemos un descanso —articuló Levi, dando media vuelta. En ese momento, nuestras miradas se encontraron. El moreno levantó las cejas, sorprendido por verme allí. Había estado tan sumergido en aquella tortura que, seguramente, incluso había olvidado que me encontraba ahí— Haz algo y limpia un poco esto —me espetó mientras pasaba por mi lado.

—Echa un vistazo a esa nariz —me susurró Hange antes de salir—. Iremos al plan b. No tardes y no hables con él más de lo necesario.

Asentí, quedándome a solas con Djel Sannes. El hombre tenía la vista puesta sobre el suelo, como si ignorara que yo todavía estaba en la habitación. Me acerqué hasta una de las mesas y cogí algunos materiales que habíamos comprado esa mañana. Limpié la sangre de los alicates y, después, mojé otro de los trapos en agua y la escurrí para que no chorreara. Me acerqué hasta Sannes y, con cuidado, le tomé de la barbilla para que levantara el rostro y así poder limpiarle la sangre.

—¿Eres tú su arma secreta? —me preguntó mientras pasaba con cuidado el trapo por su rostro magullado— Te he visto ahí, en una esquina, observando con atención lo que me hacían, pero no has hecho nada.

—No soy ningún arma secreta.

—Ni siquiera has parpadeado. ¿Te gusta tanto la violencia como a Hange?

Me giré para enjuagar el trapo. A continuación, me puse unos guantes y volví a tomar el rostro de Sannes para examinarle la nariz. Tal y cómo se apreciaba a simple vista, estaba rota por dos lados. Levanté su rostro y le obligué a mirar hacia arriba. Había que cortar aquella abundante hemorragia.

—¿Qué te parece estar bajo las órdenes de personas como ellos? Nunca les pregunté a mis subordinados. Simplemente hacen lo que les ordeno y nunca cuestionan mis decisiones. Me pregunto si les disgustará, si simplemente me siguen porque no tienen opción.

—Es nuestro trabajo —respondí—. Pero no compare a Hange y a Levi con usted. Ellos imparten la justicia en búsqueda de un mundo más equilibrado y libre. Lo que usted hace, lo que la Primera Brigada hace, es crear un espejismo recortando esa libertad.

Djel Sannes me miró con curiosidad. Había terminado mi trabajo tras parar la hemorragia, así que me di media vuelta y salí de la habitación, dejando la puerta entreabierta. Me paré en la pared, apoyando mi espalda y esperé pacientemente. Unos minutos más tarde, Levi y Hange aparecieron con Ralph, el otro policía militar.

—Camina —insistió Hange—. No tan despacio.

—Qué patético. Has confesado todo después de una sola uña —pronunció Levi entre dientes—. Sannes no tiene uñas. A diferencia de ti.

—A quién le importa —contestó Ralph, un sudor frío deslizando por su frente. Miré de reojo a la puerta de la habitación en la que estaba Sannes. Tenía que estar escuchando todo aquel teatrillo—. Es su decisión. Por lo que sé, puede morirse. Estaba loco por cosas como el rey y la paz. Era una molestia. Podéis matarlo.

—No hasta que no verifiquemos que lo que dice coincide con lo que nos has dicho —replicó Levi, apretando con un cuchillo en el cuello de Ralph.

—Qué molesto. Todo lo que os dije es cierto —añadió el hombre, leyendo el cuaderno que Hange sostenía. Lo reconocí en seguida. Era el cuaderno sobre el que Moblit había estado escribiendo. Sonreí de medio lado, sintiéndome extrañamente orgullosa de mi compañero—. ¿Tendré una cama en prisión?

—No te preocupes. Y dos comidas al día. Si Sannes confiesa, os pondremos en la misma celda.

En ese preciso instante, sentí pena por Djel Sannes. Porque él pensaba que tenía a sus compañeros de su parte, juntos habían luchado por la paz según él decía y, ahora, estaba escuchando cómo uno de esos compañeros se deshacía de él sin escrúpulos. O, al menos, eso era lo que él creía. Porque todo era una farsa con el objetivo de no tener que torturarlo más.

—Hola, Sannes —Hange abrió la puerta de par en par una vez metieron a Ralph en su celda. Yo seguía apoyada en la pared fuera de la habitación, sin osar moverme—. Daré lo mejor de mí para torturarte.

Fueron solo un par de minutos. Unas palabras más de Hange, una amenaza sobre no volver a utilizar sus testículos y el hombre comenzó a hablar.

—La familia Reiss es la familia real verdadera.

Hubo un silencio absoluto tras aquella frase. Eso era lo que estábamos esperando oír desde el principio, que era posible cambiar al rey sin derramar sangre. Contuve la respiración inmediatamente y escuché todo lo que Djel Sannes comenzó a decir a continuación. Solo cuando terminó, me percaté de que había estado guardando el aliento. Incluso me sobresalté cuando Levi y Hange abandonaron la habitación.

—Encárgate, _ _ _ _ —me ordenó mi capitán, su rostro cansado tras largas horas de interrogatorio—. Después, descansa.

Era mi turno de terminar lo que había empezado. Le coloqué la nariz, haciéndole gritar de nuevo por el dolor. Intenté dejar la zona endurecida e inmovilizada, pero no disponía de los materiales suficientes, así que improvisé con un par de vendas para, después, aplicarle una pomada sobre el resto de zonas de su rostro, ya amoratado, con el objetivo de aliviar el dolor y la hinchazón.

Aunque Hange me dio la orden de descansar lo que quedaba noche, no lo hice. Aburrida de dar vueltas en la cama, terminé por esperar a la puerta de la pequeña cabaña en la que estábamos y, al salir, me percaté de que, aquella noche, no era la única que no podía conciliar el sueño. Keiji estaba también fuera, apoyado contra el muro de piedra que rodeaba la casa. Los dos nos hicimos compañía, en silencio, mientras esperábamos la llegada de Nifa, que había estado transmitiendo a Erwin la información que íbamos obteniendo, quien, al parecer, estaba reunido con Pixis.

Con los primeros rayos del sol, empezó a escucharse movimiento en el interior de la casa. Hange y Moblit la abandonaron apresuradamente, pues la mujer deseaba reunirse con Erwin cuanto antes. Algo debía haber sucedido mientras yo debía estar descansando, pero preferí no preguntar.

—¿Estarás bien quedándote tú en la misión? —me preguntó Moblit, deteniéndose a unos metros de la casa montado ya en su caballo.

—¡Pues claro! —sonreí mientras elevaba mi pulgar.

—Puedo quedarme yo. Acompaña a Hange-san.

—Me parece que te has tomado demasiado en serio eso de que nos cuidemos el uno al otro, ¿no? —sonreí de medio lado, burlona. Moblit rodó los ojos y Keiji nos miró con el ceño fruncido— Tú eres su asistente. No yo. Ve. No hagas esperar más a Hange.

Y, sin más, di una palmada al caballo para que comenzara a galopar. Los despedí con la mano y, una vez se perdieron entre la arboleda, sonreí, pero mi gesto se desvaneció al notar por el rabillo del ojo la ceja enarcada de Keiji. El chico estaba cruzado de brazos y contenía una carcajada, creyendo comprender lo que sucedía entre nosotros.

—No es lo que crees.

—Desde luego —me respondió con sorna, pero preferí no decir nada más.

Pocos minutos después, los miembros de la compañía Reeves llegaron. Con un gesto de cabeza a modo de saludo, pasaron por nuestro lado y llamaron a la muerta, siendo recibidos por Eren y Mikasa.

—Voy a preparar algo caliente para Nifa. No creo que tarde en llegar —me comentó Keiji, siguiéndolos.

Tal y cómo Keiji creía, la figura de Nifa montada a caballo no tardó en distinguirse entre los árboles que nos rodeaban. La chica se bajó del caballo con maestría, aparentemente llena de energía a pesar de haber pasado la noche de un lado para otro.

—Llegas justo a tiempo —anuncié mientras ella se acercaba mostrándome una enorme sonrisa.

Abrí la puerta y las dos nos adentramos en la casa. Al escuchar nuestros pasos, fuimos recibidas por Eren, Levi, Mikasa, Armin y Keiji, quien tendió a nuestra compañera una jarra llena de té caliente.

—Nifa —Levi se acercó hasta la chica—, gracias por hacer las transmisiones durante toda la noche.

—Gracias, capitán.

—Ve y diles a todos lo que Erwin dijo.

—Pero… ¿Qué pasa con ellos? —preguntó Nifa, mirando de reojo a los miembros de la compañía Reeves, quienes estaban sentados en sillas colocadas por la habitación.

—Ellos son de la compañía Reeves. Habla.

—No hay problema. Me marcho si es necesario, señor —Dimo Reeves se levantó.

—No. Quédate y escucha —Levi se puso frente al hombre—. Es lo que acordamos, ¿no? No ocultar nada. Estoy confiando en vosotros.

—¿Uh? ¿Entonces confías en alguien como mi hijo, que llegó hoy? —Dimo Reeves revolvió el cabello de un joven pecoso que había sentado a su derecha.

—Si es de la corporación Reeves, entonces sí —Levi deslizó su mirada hacia el muchacho—. Flegel, ¿cierto? Bienvenido.

—Eres… Levi, ¿verdad? —replicó el chico— Si vas a darme la bienvenida, ¿no deberías ofrecerme algo de té?

Levi se mantuvo impasible mientras el resto de los allí presentes abrimos las bocas de par en par por la contestación del muchacho. No obstante, antes de que el capitán pudiera responder, Dimo Reeves puso su mano sobre la cabeza de su hijo y lo obligó a agachar la cabeza.

—Me disculpo… He estado hablando con él sobre las funciones con la intención de que él, algún día, se haga cargo. Ha sido mimado, así que aún actúa como un niño. Nos iremos y después nos diréis qué necesitáis.

—No —sentenció Levi—. Esto no solo concierne a la corporación Reeves, también al destino del mundo. Es por eso que vuestra fuerza y confianza son muy importantes.

—Entendido —Dimo soltó a su hijo—. Continúe, por favor.

—Bien— Nifa comenzó a hablar cuando Levi la miró de reojo—. Entonces a lo que respecta a Historia ascendiendo al trono como reina…

—¿Qué? —los ojos de Historia se abrieron de par en par.

—¿Reina? —preguntó Eren a la vez que se formaba un gigante signo de interrogación en los rostros del resto de sus compañeros.

—¿Capitán Levi? —Nifa y el resto de miembros del escuadrón de Hange clavamos nuestros ojos sobre el moreno, quien chasqueó la lengua y miró para otro lado.

—¿¡No se lo has dicho!? —me crucé de brazos indignada. Todos sabían que me habría gustado decírselo, pero, como soldado raso, no me correspondía compartir información tan importante, así que había cedido a Levi el honor.

—He descuidado contárselo a mi escuadrón —Levi desvió su mirada al suelo, evitando encontrarse con nuestros ojos recriminatorios—. Parece que la actual casa Fritz está haciéndose pasar por la verdadera familia real. La verdadera familia real es la familia Reiss.

Las caras de los miembros del escuadrón de Levi quedaron descompuestas. Pero no más que la de Historia, cuyos ojos prácticamente se salían de sus órbitas.

—Escuché algo sobre permitir ascender a Historia al trono como reina, pero —Armin levantó la mano para hablar— ¿ese es el objetivo principal de esta misión?

—Exacto —respondió Levi con franqueza—. Historia. Tu opinión.

—Yo… —la voz de la chica temblaba—. Es imposible… No puedo…

—¿No? Bueno, después de todo no hay muchas personas que respondan "Sí, está bien" de inmediato. Pero nada de eso es importante —Levi se acercó hasta Historia, rompiendo la escasa distancia que les separaba. Lucía imponente y casi podía percibirse un aura oscura a su alrededor—. Hazlo.

—N-No podría… Hacerlo.

—¿No lo quieres? —preguntó Levi, su voz prácticamente ronca.

—Yo… No… No podría.

—Entendido —Levi tomó a Historia del cuello de su camisa y la elevó en el aire como si fuera un trozo de papel—. Entonces huye.

—¡Capitán Levi!

—¿¡Qué demonios crees que estás haciendo!? —grité.

—Huye de nosotros con todas tus fuerzas. Y nosotros usaremos todas nuestras fuerzas para capturarte y hacerte obedecer. Parece que es tu destino.

—Capitán… —insistió Nifa, agarrándome por el brazo al ver que estaba dispuesta a tirarme encima de Levi para sacarle los ojos si era necesario.

—Si no te gusta, entonces pelea —continuó Levi, ajeno a lo que le rodeaba—. Trata de vencerme.

—¡Déjala! —insistí.

Y, entonces, Levi la soltó. Historia cayó al suelo de rodillas, llevándose sus manos a su cuello dolorido. Sabía de primera mano lo que era ser prácticamente estrangulada por Levi, así que, junto a Armin y Sasha, me agaché para ver cómo se encontraba.

—No tenías que hacer eso —Jean miró con disgusto a su capitán.

—¿Qué creéis que vais a estar haciendo mañana? —preguntó Levi, girándose hacia nosotros— ¿Qué estaréis comiendo mañana? ¿Que si seréis capaces de dormir mañana? ¿Eso es lo que estáis pensando? ¿Qué esa persona que está a vuestro lado seguirá ahí mañana? —ninguno nos atrevimos a responder aquello, pues tenía razón— Yo no lo creo. Y las personas normales tampoco piensan sobre eso cada día. Lo que estoy diciendo es que no soy normal. Soy una persona irregular y creo que es porque he visto muchas cosas irregulares —los ojos de Levi se posaron momentáneamente sobre mí y sentí un pinchazo en el estómago. Recordé todo lo que Hange me contó sobre él, su cara cuando le mencioné a Farlan y a Isabel. Me mordí el labio, sintiéndome asquerosamente mal conmigo misma—. Pero, si mañana el muro Rose fuera destruido, yo sabría responder mejor que nadie, incluso si ese infierno sucediera mañana. Vosotros lo habéis visto. ¿Quién puede decirme que mañana eso no ocurrirá? Sin embargo, así como nosotros no queremos que pase, hay personas que quieren intervenir en nuestro camino. Estoy conforme con el rol de una persona irregular que, llegado el momento, mataría a otras personas. Porque yo escogería el infierno de personas matando a personas antes que el infierno de titanes matando a personas porque, en este último, no toda la humanidad va a formar parte de ello. No obstante, si somos capaces de tener una verdadera autoridad en este mundo, entonces, tal vez los que han muerto en su lugar puedan sobrevivir. Eso suena bien, ¿no? —Levi hizo una pausa— Es todo por ti, Historia. ¿Vas a seguir? ¿Vas a pelear? Las dos están bien, así que solo escoge una. Pero… —Levi se agachó y tomó a Historia con violencia de la cabeza— ¡NO HAY TIEMPO, ASÍ QUE DECIDE AHORA!

—¡LO HARÉ! —todos contuvimos la respiración al escuchar el grito de Historia— Mi siguiente rol será el de reina, ¿no? Pues lo haré. Por favor, déjamelo a mí.

—De acuerdo. De pie —Levi tomó la mano de Historia y la ayudó a levantarse—. Cuento contigo, Historia.

Levi se giró y nos miró a todos y cada uno de los que allí estábamos, incluidos a los miembros de la compañía Reeves. Buscaba que todos estuviéramos implicados y las expresiones que vio en nuestros rostros deberían de satisfacerle lo suficiente porque caminó hacia la pared y se apoyó en ella, cruzándose de brazos.

—Nifa, continúa —ordenó.

—Bien —la chica asintió—. Estas son las instrucciones del comandante Erwin.


Ha tenido que pasar un poquito más de un mes para poder actualizar, pero aquí tenéis un nuevo capítulo. Es larguito, para compensar ;)

catherinearnshaws: Rayis resistió el castigo de Levi, no solo por ser una cabezota, sino que no olvidemos que, en su tiempo como cadete, aspiraba a ser la mejor de su año. Aunque hayan pasado cinco años desde entonces, todavía le tiene que quedar algo de eso xD Cada vez queda menos para que vuelva a aparecer Kenny y puede que él sea la causa por la que rayis y Levi limen asperezas (ahí lo dejo jaja). Evidentemente, habrá una conversación entre ambos, pero prefiero no adelantar nada. Todavía estoy planeándola bien.

Kurt Skellington: Siento tardar tanto en actualizar, pero publico varios fanfics a la vez y, encima, tengo un montón de cosas que hacer en mi vida cotidiana. Espero que el hecho de que este capítulo sea larguito compense.

Io-chan Ao-sama: Siempre te pongo comentarios al final jajaja Ahora en serio, muchísimas gracias por tu comentario. No quiero precipitar las cosas con la protagonista porque, por lo que veo en SnK, las relaciones se desarrollan de manera lenta y los personajes se muestran el cariño que se tienen a través de pequeños gestos, por simples miradas o sonrisas. Cosa que veo completamente normal teniendo en cuenta por todo lo que tienen que pasar. Así que quería tomarme mi tiempo en desarrollar la relación de Levi y rayis. Y, como bien dices, no sé cómo se las apañan, pero siempre terminan el uno pegado al otro. Quizás es que su subconsciente les obliga a hacerlo (?)

I' m a Jger: jajaja Me hizo muchísima gracia tu comentario. Esa reacción ha sido más o menos la misma que he recibido por parte de otros lectores. El capítulo anterior os encantó a todos xD

Ilywen: Nah... No creas que a rayis le va a costar tanto enamorarse. Habrá tenido ese problema con Levi, pero, si te das cuenta, cualquier cosa que hace Levi ya está ella ahí para criticarle o recriminárselo. ¿No te parece curioso? Su relación se desarrollará poco a poco, aunque habrá cierto acontecimiento que le dará un empujoncito, pero, aun así, van a tener una relación de lo más extraña. Y dolorosa en cierta medida.

ktsblack31: Vaya, ¡muchas gracias! Me gusta que penséis que el desarrollo de la historia y la relación entre los personajes es realista. Temía que el no precipitar las cosas entre Levi y rayis no gustaría, pero veo que está siendo todo lo contrario.

Ahora que dentro de poco vienen las vacaciones, tendré más tiempo para escribir. Es posible que, a lo largo de las Navidades, tengáis más de un capítulo. Cruzad los dedos porque no prometo nada xD Además, estoy escribiendo un Jearmin AU que no publicaré hasta que no esté completamente terminado. No será muy largo y solo llevo cuatro capítulos escritos hasta la fecha, básicamente porque me estoy tomando mi tiempo en hacerlo bonito. Esos dos se lo merecen 3

¡Nos leemos!