XXI

Bajamos por la trampilla que había en el suelo de la iglesia construida en terreno de los Reiss hasta llegar a un pasillo iluminado solo por la luz de las antorchas que nosotros llevábamos. Nos desplazamos por el interior, intentando hacer el menor ruido posible. No obstante, algo nos decía que los miembros de la Brigada Antipersonas ya nos estaban esperando.

Finalmente, llegamos a una pequeña habitación que tenía una puerta de madera desgastada por la humedad y el paso del tiempo. Intercambiamos miradas y, después de que Hange asintiera, comenzamos a preparar las flechas que Sasha podría necesitar para comenzar nuestro plan con éxito. Una vez prendidas, Levi nos hizo una seña para que nos quedáramos atrás y, sin miramientos, de una patada, abrió la puerta. Con un gesto de muñeca, indicó que los barriles repletos de aceite podían tirarse, por lo que seguimos sus instrucciones al pie de la letra. Los empujamos por unas escaleras que descendían varios metros. Estos rodaron hasta el suelo y, de un salto, Sasha se expuso atravesando la puerta. A gran velocidad, preparó su arco con una de las flechas en llamas que Armin le tendió y disparó. En cuanto la punta de la flecha atravesó la madera, se produjo una explosión que llenó todo de un humo negro y espeso.

Con el escándalo que habíamos formado, los miembros de la Brigada Antipersonas de la Policía Militar se habían puesto rápidamente en acción para combatir. Levi y Mikasa fueron los primeros en actuar. Los dos se desplazaron rápidamente por la estancia y pronto llegaron a nuestros oídos gritos que no provenían de ninguno de los dos.

—¡Son 35! —la voz de Levi se extendió a los segundos como un eco— Están en grupos en las columnas de este lado, cerca del techo. ¡Continuamos la operación! ¡A por todos los enemigos! ¡AL ATAQUE!

Fue entonces cuando el resto usamos nuestros Equipos de Maniobras Tridimensionales para movernos por la enorme sala. Columnas, de un material que no sabía adivinar de qué se trataba, se elevaban varios metros de altura. Presté atención a mi alrededor, intentando distinguir figuras. En las columnas me parecía adivinar figuras esperando entre el humo, así que supuse que los policías nos esperaban, tal y cómo imaginábamos.

Armin comenzó a lanzar las bengalas cuando las primeras figuras desconocidas comenzaron a acercarse a nosotros. El humo verde y rojo pronto invadió la enorme habitación y la visión se dificultó considerablemente, aunque gracias a nuestros equipos eso sería una ventaja para nosotros.

Pronto distinguí a unos metros de distancia a un chico. Me moví a su alrededor, para distinguir si, efectivamente, tenía a su espalda el símbolo de la Policía Militar. Cuando vi el caballo bordado en su chaqueta, expulsé algo de gas para impulsarme. No obstante, el muchacho se había percatado de mi presencia y disparó para intentar defenderse. Ayudándome de los ganchos, di una voltereta en el aire y conseguí esquivar las primeras dos balas. Aprovechando el impulso, extendí de nuevo los ganchos, por encima de la cabeza del chico, y me coloqué detrás de él.

—Lo siento —dije mientras sacaba una de mis espadas y le propiciaba un profundo corte en la espalda cuyo recorrido iba desde su hombro derecho hasta su cadera izquierda. El muchacho gritó por el dolor y terminó perdiendo el equilibrio, cayendo contra el suelo en un sonido seco.

Extendí de nuevo mis ganchos. Estos se clavaron en la piedra de una de las columnas y apoyé mis pies en ella, esperando una vez más para atacar. A lo lejos escuché la voz de Armin gritar a Connie algo acerca de que debía de atacar por la espalda, tal y cómo le habían dicho. Observé a mi alrededor, intentando captar al chico, por si le había sucedido algo, pero solo había caos y gritos a mi alrededor.

No muy lejos de donde yo me encontraba, capté la delgada figura de Mikasa. Resultaba hipnotizante la manera en la que se desplazaba utilizando su equipo y la facilidad con la que cortaba la carne de todos aquellos policías a los que se acercaba. Había escuchado cientos de veces alabanzas sobre su destreza, lo valiosa que era en combate, pero nunca la había visto en acción. Era asombrosa en todos los sentidos, tanto que costaba apartar los ojos de ella. Y, precisamente por eso, capté algo de movimiento por el rabillo de mi ojo derecho. Mientras Mikasa estaba ocupada peleando con una chica, alguien se estaba aproximando a ella por detrás. Chasqueé la lengua y me impulsé con las piernas. Justo en ese instante, en el que estiraba mis piernas por completo, sentí una punzada de dolor en mi muslo derecho. Había sentido cómo se separaba la carne. Guiñé un ojo y apreté los dientes con fuerza, conteniendo las ganas que sentí de gritar.

Pero mi orgullo era más fuerte. Me impulsé con el gas hasta donde estaba Mikasa y desenvainé mis cuchillas. Mikasa había conseguido justo en ese instante deshacerse de la chica, pero, cuando se dio la vuelta, sus ojos se abrieron de par en par. El otro policía estaba encima de ella, pero, antes de que él pudiera hacerle algo, llegué por su izquierda y corté su cuello con una de mis cuchillas. La sangre comenzó a salir a borbotones de su garganta y boca hasta que terminó por caer al suelo, sus ojos vacíos de vida. Mikasa me miró, imagino que ligeramente sorprendida ante la facilidad y la inexpresividad de mi rostro tras haber matado a alguien, pero, finalmente, asintió y yo le guiñé un ojo, regresando hasta otra de las columnas. Necesitaba comprobar el estado de mi pierna.

Una vez estuve estable sobre la columna, palpé con mis dedos en la parte posterior de mi muslo derecho. Sentí la tela, ya de por sí sucia, húmeda una vez más. Los puntos se me habían saltado. Efectivamente, la yema de mis dedos estaba teñida de rojo y, aunque la hemorragia no era abundante, ya que el corte provocado al estallar el tanque de gas de mi equipo no era muy grande ni muy profundo, sí me preocupaba que se hiciera más grande y, sobre todo, que pudiera infectarse.

—Mierda —murmuré entre dientes, maldiciéndome a mí misma por haber tenido que lesionarme en un momento como aquel.

Cerré los ojos unos instantes para intentar concentrarme y no pensar en los pinchazos que sentía en mi pierna. Al volver a abrirlos, lo vi. Vi cómo Hange peleaba contra alguien. A través del humo conseguí adivinar una cabellera rubia recogida en una coleta. Se trataba de una mujer y, por su voz, debía de ser la líder de aquella operación, ya que juraba que su voz pertenecía a la misma persona que había gritado instrucciones cuando nosotros habíamos entrado en aquella especie de cueva.

Las dos mujeres forcejearon. La policía disparó contra Hange, pero consiguió esquivar las balas con facilidad zigzagueando entre las columnas. Sin embargo, aquella mujer tenía muchos recursos. Extendió uno de sus ganchos hacia mi capitán. Hange intentó protegerse, pero atravesó la carne y se quedó clavado en su clavícula. En vez de rendirse, Hange peleó y tiró del cable que les mantenía unidas, a sabiendas de que estaba empeorando su herida. La policía tiró igualmente de ella y, con el impulso, el gancho terminó de desgarrarle la carne, quedando libre. Hange salió despedida por la fuerza. Su cuerpo golpeó contra una de las paredes y cayó inerte.

—¡Hange! —grité alarmada, sintiendo cómo mis cuerdas vocales quemaban. Me sentí en pánico y, usando mi equipo, descendí para correr hacia ella. No, por favor, pensé una y otra vez, aterrorizada tras ver que tenía sangre en la cara y el rostro.

Todo había sucedido tan deprisa ante mis ojos que no había tenido tiempo de reaccionar, a diferencia de lo que me había sucedido con Mikasa. O, quizás, el roce de las cuerdas contra mi herida abierta me estaba distrayendo más de lo que en un principio pretendía.

Caí de rodillas en el suelo y me volví a poner en pie lo más rápido que pude. Salí corriendo hacia Hange, tropezándome en el proceso al ser traicionada por unos nervios que me hacían tambalearme. No tardé en ponerme a su altura. La mujer estaba prácticamente boca abajo, inconsciente por el tremendo golpe que se había dado. Pero, lo que más me preocupaba, era la extraña postura en la que su brazo derecho se había quedado, pues parecía estar colgando.

—¿Está bien? —Armin se puso de cuclillas a mi lado, prácticamente sin aliento— Ha sido un golpe muy fuerte.

—Se pondrá bien —respondí. Solo con echarle un vistazo sabía que aquello no había sido suficiente para acabar con Hange, pero eso no significaba que, tras despertar, pudiera volver a trabajar como si nada.

—¡Cuidad de ella!

Armin y yo levantamos la vista. Levi nos observaba desde las alturas. Su rostro, ligeramente desencajado por el susto, se volvió hacia mí. Sé que Levi intentó mantenerse imperturbable, no sé si más por sí mismo o por no asustar a los jóvenes miembros de su escuadrón, pero sus ojos, como siempre, le traicionaron. Su mirada me taladró, llena de preocupación, porque tanto él como yo sabíamos que aquel golpe podía haberle costado la vida a Hange. Así que sonreí de forma tranquilizadora. Un brillo tenue se reflejó en sus orbes grises. Sus labios, presionados en una fina línea, se abrieron levemente por la sorpresa. Asentí, indicándole de esa manera que todo estaba bien y haciéndole la promesa silenciosa de que, por supuesto, me aseguraría de que Hange estuviera bien. Finalmente, Levi apartó con brusquedad la mirada y continuó su recorrido hacia el frente, seguido muy de cerca por el resto de miembros del escuadrón, incluida Sasha. Su tarea de cubrirnos había terminado oficialmente y era hora de pasar a la acción.

—Tenemos que sacarla de aquí —le indiqué a Armin.

Ninguno de los teníamos la suficiente fuerza para cargarla, así que teníamos que repartirnos el peso.

—No podemos cogerla por debajo de los hombros —comenté—. Evidentemente, tiene una lesión en el hombro, se ve por la forma en la que su brazo parece colgar ligeramente por el costado.

—Si la lleváramos así, podríamos agravar la lesión…

—Eso es.

—Pongámosla de lado —sugirió el rubio.

Moví cuidadosamente el brazo de Hange y lo puse en su costado. Después, entre los dos, la giramos para que quedara de lado. Armin se situó a los pies de Hange y yo al otro extremo. A la cuenta de tres, colocamos las manos alrededor de su cuerpo, yo teniendo cuidado de no hacerle más daño, y la elevamos en el aire. Poco a poco, nos fuimos desplazando por la cueva, ascendimos las empinadas escaleras, llegamos a la pequeña y sombría habitación, recorrimos el pasillo y subimos por la trampilla, siendo ésta última acción la más difícil de todas, ya que la trampilla se encontraba a una altura considerable del suelo y tuvimos que apañárnoslas como pudimos para subir el cuerpo aún inerte de Hange.

Una vez arriba, Armin y yo nos dejamos caer en el suelo, al lado de Hange. Los dos teníamos la respiración entrecortada por el esfuerzo, pero fue finalmente él el primero en ponerse en pie. El rubio se arrastró prácticamente hasta la puerta de la iglesia. Le escuché hablar con alguien y, unos segundos después, Marlo me tendió una mano para ayudarme a levantarme.

—Gracias —sonreí con timidez por haber sido ayudada por un chico mucho más joven que yo.

Marlo tomó a Hange entre sus brazos y la sacó de allí. Hitch estaba aún fuera, vigilando. La chica nos miró con cara de preocupación al ver a su compañero cargando a la capitán, pero, tras unos segundos de estar observándonos, se giró, quedando de espaldas a nosotros, y continuó con su tarea.

—Ponla aquí —señalé a Marlo el carro. El chico la depositó ahí.

—¿Necesitáis algo más?

—No. Gracias, Marlo —sonreí una vez más mientras el chico asentía y se bajaba del carro para regresar a su puesto.

Palpé el brazo de Hange con cuidado. No parecía tener roto ningún hueso de la extremidad, pero necesitaba comprobar el estado de su hombro. Desabroché su camisa. A pesar de la oscuridad que todavía se ceñía sobre nosotros, pude vislumbrar que varias zonas de su cuerpo comenzaban a teñirse de morado. Justo en su clavícula, había una enorme mancha de sangre. Tenía una herida muy fea debido a que la carne había sido desgarrada por el gancho. Palpé ligeramente con mis dedos, notando al instante que toda la zona estaba también inflamada y chasqueé la lengua.

—Está rota.

—¿El qué? —preguntó Armin.

—La clavícula. El gancho ha terminado por romper el hueso.

—¿Y eso es muy malo?

—Depende del tipo de fractura. Según puedo ver, solo con la luz de la luna y habiendo palpado un poco la zona, no parece que haya desplazo de los segmentos óseos ni que la articulación esté afectada. De haber sido esto último, Hange habría perdido movilidad en su brazo.

—Ha tenido suerte.

—Sí. Por lo que veo, Hange Zoe es una mujer con suerte —murmuré, recordando que la primera vez que la había visto también había estado muy herida. Fue sobre la muralla Rose, no hacía mucho, cuando se habían transformado por última vez el Titán Colosal y el Titán Acorazado—. El problema de las fracturas de clavícula es que curan muy mal, especialmente si no se guarda el reposo necesario —expliqué—. Pobre Moblit…

—¿Por?

—Siempre está de los nervios por Hange —reí—. ¿No te has dado cuenta? Querrá asegurarse de que no se esfuerza en exceso. Probablemente termine quedándose calvo —bromeé.

—Eso es porque se preocupa demasiado.

—¡Capitán! —Armin dio un pequeño respingo. El rubio se inclinó sobre ella, para observarla mejor— ¿Cómo te encuentras?

—Aturdida —respondió con la voz grave y temblorosa—. ¿Qué ha pasado? ¿Dónde está todo el mundo? —intentó levantarse, pero Armin rápidamente lo impidió.

—¡De eso nada! —la señalé con el dedo de forma acusatoria. Aquello era una advertencia— Ni se te ocurra levantarte —fruncí el ceño—. Tienes rota la clavícula y te has dado un golpe muy fuerte en la cabeza. Quédate ahí quietecita.

—Peleó contra un miembro de la Policía Militar —le explicó Armin—. Al parecer, el gancho de su equipo te atravesó el hombro y terminaste saliendo despedida.

—Podías haberte matado —mi tono de voz sonaba casi más de reproche. Hange nos había preocupado a todos. Había estado a punto de sufrir un infarto. Había perdido a tres de mis compañeros hacía unas horas, no iba a perder también a mi capitán—. Fue un golpe fuerte contra la pared y, después, contra el suelo. Es un milagro que estés aquí —hice una pausa—. Casi me matas del susto.

—Lo siento, lo siento —Hange soltó una risita, quitándole importancia. Armin sonrió con cierto aire de nerviosismo y yo la fulminé con la mirada. No podía ser tan despreocupada.

—Bueno, ahora que estás consciente, incorpórate —ordené.

Armin ayudó a Hange a sentarse sobre el carro. La mujer parpadeó varias veces, seguramente algo mareada. Yo rebusqué en el carro hasta que di con las bolsas en las que habíamos guardado las pocas vendas que todavía nos quedaban.

—Echa los hombros hacia atrás.

Hange hizo tal cuál le ordené. Al moverse, hizo un gesto de dolor y Armin la ayudó a mantenerse en aquella posición mientras yo estiraba las vendas y comenzaba a enrollarlas en torno a sus hombros. Se trataba de inmovilizar la zona con lo que comúnmente se conocía como vendaje en ocho. Lo ideal habría sido colocar previamente gasas para almohadillarlo, pero me tuve que conformar con lo que teníamos. Después, en un trozo de tela sucia, eché un poco del agua que nos quedaba en una de las cantimploras y le limpié a Hange la sangre de su rostro. No parecía que se hubiera hecho ninguna herida en la cabeza y eso me tranquilizaba.

—Ya está —le ayudé a volver a colocarse su camisa y se la abroché—. ¿Te encuentras ya mejor?

—Sí. Ya no estoy tan aturdida —Hange sonrió—. Gracias.

Suspiré de alivio y me dejé caer sobre el carro. Me quedé sentada, apoyando mi espalda, y cerré los ojos. No obstante, los abrí de nuevo rápidamente al recordar que había matado a tres personas en unas pocas horas. Me incorporé un poco e intenté cruzarme de piernas, pero sentí un pinchazo en el muslo que me recordó que la herida que tenía se había abierto, lo que me hizo emitir un leve gemido que no pasó desapercibido ni para Armin ni para Hange. Ésta última me observaba de reojo, tumbada de nuevo.

—¿Estás bien? —se interesó Armin.

—Sí. Es solo que los puntos se han abierto.

—Deberías quitarte entonces el equipo y las correas.

—No hace falta —hice un gesto con mi mano para quitarle importancia—. Es solo un corte en la parte posterior del muslo. Puedo aguantar, aunque sea molesto. Cuando todo esto termine, me lo curaré en condiciones —le revolví el pelo—. No hay de qué preocuparse. Esto no me va a matar.

Permanecí con mi mano en su cabello dorado, paralizada. Y él estaba igual. Un sonido de ultratumba llegó hasta nuestros oídos. Se escuchaba algo lejano, pero sentíamos que, en realidad, aquella especie de rugido estaba bajo nuestros propios pies.

—¡El suelo está temblando! —escuchamos a Marlo. El chico vino a avisarnos mientras Hitch soltaba de vez en cuando pequeños gritos de terror.

Armin y yo nos pusimos en pie y bajamos del carro. Hange intentó levantarse también, pero le advertí con el dedo, lo que fue suficiente para que permaneciera en su sitio, no sin antes mirarme con cierta sonrisa burlona de medio lado. Efectivamente, podíamos notar a través de la suela de goma gorda de nuestras botas una vibración que nos parecía cada vez más intensa. A nuestras espaldas, los caballos comenzaron a relinchar y a inquietarse. Corrimos hacia ellos para intentar tranquilizarlos, no sin mucho éxito.

—¡La iglesia! —aquella era la voz de Hitch— ¡Va a venirse abajo!

—¿¡Qué!? —Armin se giró, alarmado, sus grandes ojos prácticamente fuera de las órbitas.

—¡Va a derrumbarse! —grité al escuchar el crujir de la piedra con la que estaba construida la iglesia. Y, entonces, escuchamos una enorme explosión que sacudió mis entrañas por completo. Entré en pánico— ¡Todos morirán si no hacemos algo! —mis pies se movieron inconscientemente. No pensaba de manera racional y estaba a punto de cometer una locura. ¿De verdad creía que me podía dar tiempo a entrar y ayudar a todos a salir antes de que el edificio se viniera abajo? Sinceramente, visto con perspectiva, en esas situaciones extremas tenía mucho que aprender y, sobre todo, aprender a controlar mis impulsos.

—¡Espera! —Armin me agarró del brazo e impidió que continuara avanzando— Está Eren —los ojos del rubio brillaron repletos de esperanza y una fe ciega en su amigo que hizo que sintiera pinchazos en el corazón—. Confío en él. Los protegerá.

No tardó mucho en venirse todo abajo. Tuvimos que cubrirnos los ojos ante el humo de la gravilla desprendida. De las profundidades de la tierra, comenzó a ascender una nube de vapor que nos impidió ver. La tierra se abrió en dos, haciéndonos caer al suelo. De fondo escuché los gritos de Hitch, aterrorizada. Y no la culpaba. Del interior de la grieta que se abría más y más surgió una figura de tamaño descomunal. Un titán de sesenta metros, o quizás más, no podía apreciarlo bien, se arrastró hasta la superficie. Pero no reparó en nosotros. Aturdidos ante semejante visión, no supimos reaccionar.

Poco a poco, la nube de vapor y gravilla se fue dispersando y comprobamos que, donde antes estaba la iglesia, efectivamente había un enorme agujero.

Armin fue el primero en asomarse para comprobar cómo estaba la situación. Yo, en cambio, estaba paralizada, con el corazón en un puño. El suelo se había sacudido, habíamos escuchado una explosión, la iglesia había quedado reducida a la nada, como si se la hubiera tragado la tierra… Y yo estaba aterrorizada ante la idea de que no hubiera sobrevivido nadie. Sentía que mis piernas temblaban, que en cualquier momento caería sobre mis rodillas, pero, entonces, Armin se giró para hacerme un gesto con la mano. Lucía entusiasmado y fue entonces cuando me permití soltar todo el aire que había estado guardando en mis pulmones sin yo siquiera haberme dado cuenta.

—Eren —Armin tendió su mano para ayudar a subir a su amigo, seguido muy de cerca por Mikasa—. Qué bien. Los dos estáis bien.

—Sí —Eren llevaba el torso desnudo y marcas sobre sus ojos, lo que indicaba que se había transformado recientemente—. ¿Y el titán? ¿Qué está pasando? —al girarse, apreció el enorme agujero que parecía haberse tragado parte de la tierra— Oh.

—Creíamos que era el fin del mundo —le explicó Armin—. De pronto, la superficie de la tierra se partió y pensé que se iba hundir, cuando aquello salió arrastrándose del interior.

Sonreí como una estúpida al ver a todos aparecer. Di dos zancadas hacia el grupo y, cuando vi a Levi, sentí que mi corazón se detenía. Extendí mis brazos hacia los lados y, al ver su expresión, sus ojos ligeramente abiertos por la sorpresa, me percaté de que iba a abrazarle. Sin embargo, le esquivé a tiempo y cerré mis brazos entorno a Historia, quien me devolvió el gesto inmediatamente.

—Pensaba que ibais a morir —le tomé el rostro con ambas manos y sonreí.

—Eren nos protegió.

—No sabes lo que me alegra oír eso.

—¡Eh! Yo también quiero un abrazo —Sasha fue de las últimas en aparecer. La chica corrió hacia nosotras y la recibí con los brazos abiertos, provocando en ambas carcajadas.

—Has estado impresionante —le confesé, separándome ya de ella.

—¿Me tomas el pelo? ¿Pero tú te has visto? ¡Has ido atravesando a gente como si no fuera nada! Dabas miedo.

—Ya... —solté una risita nerviosa y me rasqué la nuca. No es que estuviera especialmente orgullosa de mi capacidad para matar, pero, al menos, tenía el consuelo de que mis habilidades servían para algo.

Levi nos observaba desde la distancia. El moreno chasqueó la lengua y se agrupó junto a Armin, Mikasa, y Eren. El resto les seguimos y observamos a aquella monstruosidad de titán que se arrastraba por el suelo, con la cabeza incrustada en el suelo.

—¿Es un titán? —preguntó Eren.

—Es muy raro. Es el doble de grande que el Titán Colosal y no sé si es por su altísima temperatura, pero los árboles de su alrededor se incendian. Y lo más importante es que no muestra ningún interés en los humanos que hay cerca.

—¿¡Eh!? —todos parecían sorprendidos.

—Sí —corroboré la información de Armin—. Al salir de la grieta nos ha ignorado por completo.

—¿Es un excéntrico? —cuestionó Jean.

—Solo cuando no lo controla la voluntad del hombre que lo manipulaba antes —explicó Armin.

—Seguimos a ese titán —ordenó Levi—. Tened precaución porque podría haber miembros de la Policía Militar Central escondidos en los alrededor.

Nos subimos a nuestros caballos y emprendimos la marcha de nuevo, siguiendo por el camino al titán que continuaba arrastrándose. Hitch abría la expedición y Marlo la cerraba, a quien ya le había devuelto su Equipo de Maniobras Tridimensionales. Eren e Historia iban sentados en el carruaje junto a Hange, mientras yo había optado en aquella ocasión por ser la que llevara las riendas.

Eren e Historia nos explicaron todo lo que había sucedido dentro de la cueva, todo lo que Rod Reiss les había contado sobre el poder del titán original y que ese poder solo podría utilizarse teniendo sangre real. El hombre pretendía que hubiera sido Historia la que se comiera a Eren, que ella siguiera la estela de su hija legítima Frieda, pero, en el último momento, la chica se había visto incapaz de sacrificar a un amigo por algo que le estaba pidiendo un hombre al que apenas conocía, por mucho que fuera su padre biológico.

—O sea, que podríamos considerar el poder del titán que tiene Eren como el poder del titán original, hipotéticamente. Y no se puede mostrar el verdadero valor del poder del titán si no lo tiene un descendiente de la familia Reiss. Pero, aunque los miembros de la familia Reiss obtengan el poder del titán, la raza humana seguirá gobernada por las ideas del primer rey y no podrá liberarse de los titanes —resumió Hange. Sonaba desesperanzador dicho de tal manera—. Vaya. Es muy interesante —la mujer emitió una risita—. Esta es la paz auténtica según el rey, ¿no? Qué cosas tan divertidas se le ocurrían.

Hange podría tomarse aquello más a broma que el resto, pero a mí me aterrorizaba pensar que estábamos condenados a permanecer en aquellas murallas, rodeados por titanes que podrán volver a derribar las paredes como ya había sucedido.

—O sea, que aún queda una opción —Eren fue el siguiente en tomar la palabra—. Si dejo que aquel titán me coma, Rod Reiss volverá a ser humano. Aún existe la posibilidad de volver a convertirle en un titán original perfecto.

—¿Eh? —Mikasa frunció el ceño— ¿Pero qué dices?

—Eso parece —prosiguió Levi, asintiendo ante las palabras de Eren. Mikasa miró con incredulidad al capitán—. Hacemos que Rod Reiss vuelva a ser humano, le sujetamos y deshacemos el lavado de cerebro del primer rey. Si tenemos éxito, la raza humana vería el camino hacia la salvación.

—Por favor, tienes que estar tomándonos el pelo —espeté, girándome para mirar hacia atrás. Tenía que haber otra solución. Eren no podía morir y mucho menos por un plan ridículo como ese. ¿Es que no se daban cuenta? Podían salir muchas cosas mal. Para empezar, si Rod Reiss obtenía el poder del titán original, podría borrar las memorias de todos según la información que Eren había compartido con nosotros. ¿Qué iba a impedírselo entonces?

—¿Tengo pinta de bromear? —Levi me fulminó con la mirada— Entonces —continuó, esta vez hablando a Eren—, ¿estás dispuesto a hacerlo o no?

—Sí.

—¡No! ¡Ese plan es ridículo! —insistí— Tiene que haber otra solución —todos me miraron interrogantes.

—Eren… No puedes… —Mikasa parecía estar de mi parte.

—Estoy con _ _ _ _ _—Historia, que había permanecido en silencio, se dignó a intervenir—. Tenemos otra opción. Para empezar, hay varios problemas en la forma de convertir a Rod Reiss en el titán original. Por mucho que queramos deshacer su lavado de cerebro, eso es algo que la familia Reiss ha intentado durante decenas de años. Además, una vez haya obtenido el poder, aunque intentemos sujetar a Rod Reiss, si altera la memoria de la raza humana, no tendremos nada que hacer. Y debemos pensar que debe haber otros factores imprevistos que desconocemos. Imagino que por eso has dicho antes que el plan era ridículo, ¿no, _ _ _ _ _? —asentí— En cambio, ahora que le hemos quitado el titán original al dueño de esa idea destructiva de la paz, tenemos una oportunidad única para la raza humana —Historia se giró para clavar sus grandes y redondos ojos azules sobre Eren—. Si tu padre intentaba salvarnos del primer rey, le arrebató el titán original a mi hermana y mató a todos los de la familia Reiss es porque esa fue la única opción que le dieron.

—¡Es verdad! —saltó Armin— ¡El doctor Jaeger no habría hecho algo así sin pensar!

—¡Sí! —Mikasa se puso de su parte— Seguro que hay formas de salvar a la humanidad sin la sangre de los Reiss. Por eso le confió la llave del sótano a Eren.

—¿El sótano? —preguntó Sasha— ¡Ah, sí! Ya me acuerdo. Eso era importante, ¿no?

—Ajá —asintió Connie.

—Por fin hay perspectivas de tapar el agujero —añadió Jean—. Así que solo tenemos una opción, ¿no?

—Yo también apruebo esa opción —intervino Hange—. ¿Pero estás segura de esto, Historia? Si no lo necesitamos, no podemos dejar que aquel titán se pasee libremente por el interior del muro y, con ese tamaño, no creo que podamos sujetarlo. O sea que… —Hange señaló al titán, que se encontraba a varios metros de distancia— Tendremos que matar a tu padre, Historia.

Historia guardó silencio durante varios segundos, su mirada perdida al frente hasta que, finalmente, habló.

—Eren, perdóname. Antes pensaba en serio convertirme en titán y matarte y, encima, no iba a hacerlo por la raza humana. Quería creer que mi padre no se equivocaba. No quería que mi padre me odiara —la chica agachó momentáneamente la vista para volverla a levantar—. Pero ahora debo despedirme de él.

—Bien —pronunció Hange—, entonces tendremos que hacer algo al respecto.

—Eren, ¿crees que podrías detener al titán como hiciste en el bosque? —pregunté. Aunque iba dándoles la espalda, pude notar los ojos de todos sobre mí— Te vi —confesé—. Vi cómo lanzabas tu puño contra el titán que devoró a Hannes y el resto de titanes fueron inmediatamente contra él. ¿Crees que podrías ordenar a ese titán detenerse?

—N-No lo sé —Eren se puso en pie—. Pero podría intentarlo.

Expectantes, esperamos a que Eren adquiriera el valor suficiente para probar si podía detener a ese titán de seguir avanzando. Hange se incorporó levemente para poder observar la escena mejor y le pidió a Historia que le alcanzara sus gafas de nuevo.

—¡Detente! —gritó Eren— ¡Te lo digo a ti! ¿¡Es que no me oyes, imbécil!? ¡Para de inmediato! ¡Es a ti, Rod Reiss! ¡Maldito tío canijo!

—Mmmm… No se ve ninguna reacción en especial —Hange parecía un poco decepcionada—. La otra vez, ¿no hiciste algo especial para pararlo?

—Aquel día estaba desesperado —Eren dio un pequeño respingo, como si hubiera recordado algo—. ¡Para titán! —gritó, lanzando su puño al aire— ¡Alto!

—No reacciona.

—¡ALTO!

—¿Erwin?

Todos nos giramos para mirar a nuestras derechas. Levi había sido el primero en percatarse de la presencia del comandante. El rubio montaba a caballo.

—¿Cómo estáis?

—Solo han herido a Hange y a _ _ _ _ —informó el capitán.

—¡Eh, Erwin! —Hange saludó con su mano izquierda al tener la derecha inmovilizada, entusiasmada por ver al comandante.

—¡Hange, estate quieta ahora mismo! —le ordené, provocando unas carcajadas en la mujer. ¿Es que no podía estarse tranquilita ni un minuto?

—No parece que sea muy grave —valoró Erwin, curvando ligeramente la comisura de sus labios hacia arriba en una sonrisa casi imperceptible—. Habéis hecho un buen trabajo.

—El grito de Eren no hace efecto —reportó Levi—. Tengo un montón de cosas sobre las que informar, pero, primero-

—¿Qué es aquel titán? —le cortó Erwin.

—Rod Reiss —Levi hizo una pausa—. ¿Podrías darme tu opinión, comandante?

Levi le explicó a Erwin la situación por encima, dado que no disponíamos de mucho tiempo, para que comprendiera lo necesario de lo que estaba pasando. El titán de Rod Reiss se dirigía hacia el distrito exterior de Orvud, por lo que, por órdenes del comandante, nos desplazamos rápidamente hacia allí. Teníamos que llegar antes que el titán, no solo para prevenir a la gente, sino para llevar a cabo el plan que Erwin tenía en mente. Si todo salía bien, todo llegaría a su fin. Habríamos ganado.

Las puertas de Orvud se abrieron a nuestra llegada. Erwin exigió hablar con el capitán de aquella sección de las Tropas Estacionarias. Tan pronto como les comunicó lo que estaba sucediendo, todos nos reunimos alrededor de una mesa para valorar la situación. No obstante, los ánimos no estaban para la tranquilidad con la que se desenvolvía Erwin. Los miembros de las Tropas Estacionarias no podían entender cómo podía estar tan sereno cuando, una vez más, se acercaba el fin de la humanidad.

—¿¡En qué estás pensando, Erwin!? —le gritó uno de los capitanes— ¿¡Quieres que los ciudadanos no sean evacuados!? —el hombre tomó de la pechera a un Erwin que se mantuvo imperturbable— ¿¡Qué quieres decir con eso!?

—Ese titán se ve atraído por lugares donde concentra un gran número de gente y eso es lo que se llama excéntrico —intervino Hange, quien era la única que permanecía sentada—. Es un caso tan extremo que ni siquiera ha reparado en los pueblos más pequeños que se ha encontrado por el camino. Por ello, si ahora evacuáramos a todos los ciudadanos al interior de Sina, el titán se vería atraído y destruiría el muro Sina para abalanzarse sobre los refugiados. Al final llegaría a la capital real de Mitras, donde se concentra la mayor parte de los habitantes y la raza humana sufriría daños catastróficos.

—¿Entonces? —preguntó el capitán de las Tropas Estacionarias en Orvud tras un largo silencio.

—Resumiendo. No nos queda más remedio que matar a ese titán junto al muro exterior del distrito de Orvud —explicó Erwin—. No obstante, como soldados, vivimos para proteger a los ciudadanos. Y eso no cambia. Aunque fracasemos en nuestro intento de matar al objetivo, nos esforzaremos al máximo para que no haya ni una sola víctima entre los civiles. Fingiremos ante los ciudadanos de Orvud y los alrededores que estamos realizando un simulacro de emergencia y, según la situación, nos separaremos para que sea fácil trasladarles fuera el distrito.

—No nos queda otra opción, ¿verdad?

—Se trata de un titán gigantesco. Jamás se ha visto uno tan grande. Los disparos desde los cañones fijos del muro deberían ser muy efectivos, pero en caso de que, aun así, no le derribemos, emplearemos a los mejores soldados el cuerpo de exploración.

Teníamos poco tiempo para prepararnos, ya que la llegada del titán estaba prevista para el alba. Nos reunimos alrededor de una caja que nos sirvió como mesa y escuchamos atentamente. La idea era destruir la cabeza y la nuca del titán. Para ello, debíamos introducir en su boca numerosos barriles con explosivos. Con el calor que desprendía el titán, no sería necesario ponerles una mecha. Eren, por otra parte, en su forma de titán, sería el que llevaría a cabo esa parte del plan. El único problema residía en que todo aquello era una conjetura. El titán iba arrastrando la cara por el suelo y, posiblemente, eso se la habría desfigurado. Apostábamos todo a que su boca estuviera intacta.

Pedí un Equipo de Maniobras Tridimensionales nuevo que no tardaron en proporcionarme, al igual que a Eren, quien decidió vestirse con el uniforme, en vez de quedarse mirando. Sin embargo, Erwin dio instrucciones precisas de que Historia no podía participar en aquella misión. El objetivo era que ella se convirtiera en reina, ella debía estar bien, pero, en el fondo podía intuir que la muchacha no estaba muy por la labor de quedarse de brazos cruzados.

—No deberías —le susurré, antes de que partiéramos a lo alto del muro. Historia me miró, sus ojos abiertos de par en par por la sorpresa—. Se te ven las intenciones a la legua.

—Quiero luchar —parecía bastante convencida de ello, así que permanecí unos segundos en silencio. Ambas sostuvimos nuestras miradas, hasta que tragué saliva.

—Puedo conseguirte ropa y un equipo —murmuré—. Pero, te lo advierto, no quiero que nadie se entere de que todo te lo he proporcionado yo. Podría meterme en un lío —Historia asintió con entusiasmo—. Te dejaré las cosas en el establo. Estaremos reunidos en la puerta principal de Orvud.

Giré sobre mis talones y comencé a alejarme de la chica, pero su voz me retuvo momentáneamente.

—_ _ _ _ _ —miré por encima de mi hombro—. Muchas gracias. Eres una buena persona.

—No necesito que me des las gracias.

—Solo quiero que sepas que todo lo que has hecho por mí, no lo olvidaré.

Asentí y abandoné la habitación. Tal y cómo le indiqué a Historia, conseguí algo de ropa para ella y un equipo que escondí en el establo. Todo el mundo estaba más ocupado de fingir que se estaba realizando un simulacro de evacuación que del cuidado de los caballos, así que la chica ahí encontraría un buen escondite para poder cambiarse y, después, abandonar el cuartel de Orvud sin ser descubierta, ya que tenía una salida a un callejón trasero.

—Tras despertarles de golpe y tan temprano y decirles que se trata un simulacro de evacuación, no me extrañaría que hoy estallara una revolución —comentó Connie, brazos en jarras sobre la muralla, viendo amanecer.

—Y, encima, justo después de que el ejército haya tomado el gobierno —añadió Jean.

—¿Sasha? —Mikasa miró a la chica de reojo— Parece que sigues sin comer nada.

—Ya. Es que no tengo apetito.

—¿¡En serio!? —Eren, que estaba sentado a su lado, se giró para mirarla sorprendido— Oye, ¿te encuentras bien?

—Yo tampoco tengo hambre —suspiró Connie.

—Sí, ¿por qué será? ¿Quizás porque nos hemos cargado a un montón de gente? —ironizó Jean.

—¿Qué? —Eren le miró de reojo.

—Han ocurrido muchas cosas. Y pensar que, con todo lo que ha pasado, el día aún no ha terminado… Pero, si superamos esto, creo que empezaremos a vislumbrar el futuro. Si fracasamos, esto se convertirá en un juego del pilla-pilla infernal en el que los humanos se verán obligados a jugar con aquel titán en el interior de las murallas. Si aquel rey se hubiera dejado de tonterías, no estaríamos así.

—Es culpa mía.

Todos nos giramos. Historia, vestida con su uniforme, caminaba hacia nosotros con paso decidido. Sus ojos mostraban solo determinación. Me crucé de brazos y sonreí repleta de satisfacción, pero esa sonrisa se borró de mi rostro cuando me percaté de que los ojos de Levi habían viajado de Historia hacia mí, como si en el fondo supiera que, si la chica estaba ahí, era cosa mía.

—¡Historia! ¿Qué haces así vestida? —preguntó Jean— O sea… ¡No deberías estar aquí!

—¡Eh! ¡Historia! —La llamó Levi— Tú no puedes participar en combate. Creo que te han ordenado que esperes en un lugar seguro. ¿Qué pretendes?

—He venido a decidir mi propio destino —Levi enarcó ambas cejas, sorprendido por las palabras de la chica—. Capitán Levi, fue usted quien lo dijo, que eligiera entre huir o luchar.

Levi permaneció en silencio, sopesando su respuesta. De repente, su ausencia de palabras fue interrumpida por un sonido casi de ultratumba.

—Joder —farfulló el capitán entre dientes—. No hay tiempo para esto. Ya está aquí.

Efectivamente, aquel titán estaba ya a unos pocos metros de distancia. Era la hora de actuar. Los miembros de las Tropas Estacionarias se pusieron en movimiento y cargaron los cañones contra aquel ser.

—¡FUEGO! —gritó su capitán.

Las balas de cañón impactaron contra el cuerpo del titán en repetidas ocasiones. No obstante, parecía no surtir efecto a pesar de que nos habíamos mostrado optimistas al principio. Su tamaño le hacía un blanco fácil, pero era evidente que, por mucha munición que se usara, no sería suficiente para detenerle.

—Bien, ¿qué tal ha ido? —el comandante Erwin se colocó a mi derecha para tener una mejor visión de lo que está pasando.

—No parece que los cañones le estén reteniendo, señor —informé.

De repente, el titán clavó sus enormes manos sobre la tierra. Los ojos de todos se abrieron de par en par. ¿Estaba intentando ponerse en pie?

—¡FUEGO!

Las balas de cañón, esta vez desde el suelo y no desde lo alto de la muralla, volvieron a golpear su cuerpo y, una vez más, eso no inmutó al titán.

—Parece que el resultado de los cañones de tierra es aún más débil —valoró Erwin.

—Es lógico —replicó Levi—. Con el ángulo de tiro desde lo alto del muro, no podrán darle en la nuca. ¿Qué pasará ahora? Disponemos de una tropa creada a toda prisa por los soldados y cañones que hemos logrado reunir. Además, estamos en la zona interior del norte. No se puede comparar con la primera línea de la tropa del sur de Sina. Pero no hay duda de que ahora es nuestra máxima fuerza militar —hizo una breve pausa—. En todo caso, esta operación del cuerpo de exploración no es más que una apuesta, ¿no?

—¡Erwin! ¡Ya lo he traído! —Hange, con su brazo ya vendado, se acercó a nosotros— Toda la pólvora posible, cuerdas y una red. Aún hay que montarlo. Y también esto —Hange señaló. Moblit llevaba en una especie de carretilla un barril—. Al otro lado del muro hay uno igual. Tras el primer disparo, el gatillo queda fijado y se irá enrollando igual que el dispositivo de maniobras tridimensionales.

Moblit se percató rápidamente de mi presencia. El chico parecía aliviado y yo deseaba con todas mis fuerzas abrazarle, pero aquello debería esperar. Me limité a saludarle tímidamente con la mano. Él sonrió e hizo lo mismo, pero pronto noté que su expresión de alivio se tornaba a una de preocupación y aparté rápidamente mi mirada de él. Después de todo lo pasado en unas pocas horas, no debía de tener el mejor aspecto y en mi pantalón aún había sangre.

—¿Y qué pasa con los cañonazos? —se interesó Hange.

—Parece que le afectan como el pis de un grillo —respondió Levi.

—¿Y en serio vamos a usar eso?

—Ajá.

—Bien. Levi, Jean, Sasha y Connie, ocupaos del otro lado —ordenó Erwin.

—¡Entendido! —y los cuatro se alejaron a toda prisa.

—Hum… ¿Cómo lo hacemos? —preguntó Mikasa mientras nos colocábamos sobre la red en la que estaban los barriles.

—Imaginad que estamos envolviendo un regalo para alguien importante —dijo Hange.

—Permíteme que te diga, Historia, que en caso de que superemos esto, tú serás la reina que gobernará el mundo de los muros —el resto, que estábamos trabajando en el plan, nos detuvimos en nuestros movimientos para prestar atención a la conversación. Erwin se había situado al lado de Historia, quien estaba desenrollando las cuerdas—. Evidentemente, es un problema que estés en la primera línea.

—Tengo dudas sobre mí —confesó la muchacha—. ¿El pueblo es tan cándido como para obedecer a un rey solo por su nombre? —Erwin presionó sus labios formando una fina línea, reflexivo— Es por eso por lo que tengo mis ideas al respecto —Historia se puso en pie—. He encontrado una misión que debo cumplir. Y por eso estoy aquí.

—¡FUEGO!

El grito de la orden interrumpió la conversación de ambos. No obstante, parecía que no había nada más que decir. Los dos permanecieron en silencio, aguantando sus miradas en una especie de duelo.

—Eso es, ponedlos en filas de tres —ordenó Hange, apurándonos para que continuáramos con nuestra tarea.

Pasé las cuerdas alrededor de los barriles y estiré para que quedara tensa. Junté ambos extremos y comencé a hacer un nudo.

—Anda, déjame a mí —Moblit me echó a un lado y realizó el nudo con mucha más rapidez que yo. Cuando terminó, se giró para mirarme e, ignorando cualquier protocolo, le abracé. Fue breve, pero apreté mis brazos alrededor de él con algo más de fuerza, porque deseaba que sintiera que aquel gesto era sincero.

—No sabes cuánto me alegro de verte —confesé, separándome de él.

—¿Que tú te alegras de verme? —sonrió— Casi me da un infarto cuando me enteré de todo lo que os había pasado. Te dije que tú te fueras con Hange…

—Estoy bien.

—No, no lo estás —frunció el ceño.

—Podía haber sido peor, pero estoy bien. De verdad —juntos pusimos más barriles en fila.

—Mírame —parpadeé confusa—. Mírame —insistió, así que me giré para quedar frente a él. Lentamente, sus manos se extendieron hacia mí y, cuando la punta de sus dedos rozó la piel de mi cuello, di un paso hacia atrás.

—¿Q-Qué estás haciendo?

—¿Quién te ha hecho daño? —su voz sonaba ronca y su mirada se había ensombrecido.

—No ha pasado nada.

—Tienes marcas de dedos en el cuello.

Di un pequeño respingo al escuchar aquello. Recordé entonces las firmes manos de Alphonse alrededor de mi cuello, cómo había presionado sobre él. Alphonse había intentado estrangularme. Inconscientemente, llevé mis manos al cuello, para cubrirme los moratones provocados por aquello y, entonces, sentí que me dolía. No me había dado cuenta hasta que Moblit lo había mencionado.

Una enorme nube de vapor se extendió hacia lo alto de la muralla. Moblit y yo observamos, a unos metros de distancia, cómo aquel súper titán apoyaba sus manos en la muralla y se ponía en pie. Se trataba de una visión terrorífica, un rostro sin formar y un cuerpo cavernoso.

No nos quedaba de otra que acercarnos a él. Tomamos los barriles de agua fría que habíamos preparado con anterioridad y nos los echamos por encima. Si teníamos que acercarnos a ese titán que prendía árboles a su paso, debíamos hacer todo lo posible por no dañar nuestra piel

—¡Estamos preparados para ir! —avisó Armin.

A nuestras espaldas, Eren se había transformado en titán. Nos colocamos en posición y disparamos los barriles que Hange y Moblit habían traído en unas carretas, uno a cada lado del titán.

—¡Bien! ¡Parece que ha perdido el equilibrio!

—¡Eren! —Erwin disparó una bengala al cielo.

Eren, en su forma de titán, cargaba la red con barriles que habíamos preparado. Afortunadamente, el titán tenía boca, lo que resultaba un punto a nuestro favor. Eren introdujo los barriles en el interior, produciéndose una enorme explosión. Era entonces el momento de que usáramos nuestros equipos. Habían saltado varios trozos del titán por los aires, pero no podíamos adivinar a qué parte de su cabeza o nuca pertenecían, así que debíamos cortar trozos de carne sin más, esperando cortar la parte adecuada para que no volviera a regenerarse.

—¡Historia!

Esa era la voz de Jean. La chica, a pesar de lo mucho que nos quemaba la piel por el calor, se desplazaba entre los trozos de carne. No sabía qué más había hablado con Erwin, pero ésta debió de haber obtenido su beneplácito. Si no, no estaría ahí.

—¡Córtalo, Historia! —grité desde la distancia, no estando muy segura de si me escuchaba— ¡Córtalo!

Y, entonces, Historia se dio impulsó con el gas para travesar un enorme trozo de carne con las cuchillas. Hubo como una especie de explosión más. Sentí que salía despedida hacia atrás, pero logré extender mis ganchos hacia la pared y quedar colgando por el lado exterior de la muralla.

Una nube vapor abundante me impedía prácticamente la visión. Como pude, subí a lo alto de la muralla de nuevo. Eso debía de ser una señal de que habíamos completado la misión con éxito. Habíamos matado a Rod Reiss.

Cuando llegué a lo alto, me percaté de que la mayoría de los soldados estaban asomados hacia el interior de la muralla. Yo me apresuré y la visión que se extendía ante mis ojos hizo que mi corazón se encogiera. Historia estaba sobre un carro, de pie. La gente la rodeaba y no supe adivinar si Historia les había dicho algo, pero, de repente, los gritos de júbilo se extendieron por todo el distrito.

Era oficial. Historia Reiss se acaba de convertir en la soberana de toda aquella gente.


¡Hola, holita!

Tras tanto tiempo, estoy de vuelta. He regresado con un capítulo larguito y con muchas cositas canon. No obstante, en los dos próximos, aunque habrá algo de canon, el resto será de mi propia cosecha. Al menos eso tengo planeado, pero podría cambiar de opinión xD Eso sí, pasarán cositas entre Levi y rayis, que sé que lo estáis deseando. Ese jueguito de miradas que han estado manteniendo hasta ahora está tapando muchas cosas.

catherinearnshaws: Muchísimas gracias por tus comentarios. Me cuesta lo mío tener que narrar algunos acontecimientos del manga, como este capítulo, pero luego me ponéis esas cosas bonitas y todos esos tirones de pelo que me doy para hilar el contenido merecen la pena xD

Io-chan Ao-sama: Deberías golpear a rayis por no haber dejado hablar a Levi. ¡Pues claro que le quería decir otra cosa! En realidad quería ser amable, por una vez, pero rayis siempre tiene que abrir su enorme bocaza xD Creeme que todas estas cosillas van a estallar en algún punto. ¿No te parece que estos dos deberían hablar de una maldita vez?

I' m a Jger: Hablamos de cositas entre Levi y rayis que aún no os puedo desvelar xD Tendréis que ser pacientes, pero vienen ya.

Yomiii21: Ay... Pero si solo sabes hasta el secuestro de Eren, te estas spoileando del mangaaaa. Bueno, yo lo advertí en el fanfic, que habría spoilers, es tu decisión xD Pero espero que, aun así, estés disfrutando de la historia.

¡Un saludo!