XXV

Todos nos pusimos en pie para poder echar un vistazo. Nos arremolinamos alrededor de Hange, quien sostenía una especie de palo metálico terminado en punta, un arma que no habíamos visto jamás. A mi lado, Floch y sus amigos tenían la boca abierta de par en par. Desde que el chico me había visto entrar por la puerta, no se había despegado de mí. Y tampoco es que le fuera a culpar por ello. Era una de las pocas caras conocidas que tenía en el cuartel.

—¿Este palo es el arma nueva?

—Al menos, llámala lanza —aclaró Hange—. El equipo técnico ha respondido a mis deseos. Ha introducido una nueva técnica que la Policía Militar tenía en secreto. Resumiendo, solicité un arma capaz de competir con el Titán Acorazado.

—¿Con el Acorazado? —Armin parecía bastante incrédulo ante la idea de que ese objeto pudiera hacer daño al Acorazado. Hasta ese momento, solo con el cuerpo a cuerpo habían logrado ponerle en un aprieto.

—Nuestras espadas no sirven con él. Mientras el enemigo no muestre un punto débil en su endurecimiento, lo único que podemos hacer es contemplar cómo Eren lucha con Reiner.

—Es cierto que no pudimos detener a Reiner cuando se fue corriendo llevándose a Eren —reflexionó Jean.

—Si aquel día el comandante no hubiese llegado trayendo todos esos titanes… —Connie hizo una leve mueca, recordando aquel fatídico día. El anuncio de otra ruptura en el muro que luego resultó ser falsa, la aparición de titanes que, de ser personas, serían los habitantes de la aldea Ragako, la marcha de Ymir, la determinación de Erwin… Habían sido unas horas muy intensas para todos. Habían pasado varias semanas desde aquello, pero a todos nos parecían años.

—Por ahora, los métodos de ataque válidos contra el Acorazado son las técnicas de estrangulamiento y deluxación de Eren titanizado —prosiguió Hange—. Y también confío en el puñetazo endurecido que aprendió en el experimento del otro día.

Los experimentos con Eren habían seguido. Yo no había llegado hasta el fondo de la cueva, pero, aparentemente, Eren se había tomado un líquido que le había permitido adquirir el tan deseado endurecimiento. Desde entonces, bajo el mando de Hange, se habían estado llevando experimentos para probar cómo funcionaba. Parecía que Eren había aprendido a controlarlo completamente en un tiempo relativamente corto y eso había acelerado todos los planes.

No obstante, no estaba muy contenta con esos experimentos, no desde el punto de vista médico. Tras todas y cada una de las transformaciones de Eren, cuando el chico salía de su cuerpo de titán completamente endurecido, se apreciaban en él signos evidentes de fatiga. Por no mencionar las abundantes hemorragias nasales que cada vez me resultaban más difíciles de cortar. Hange quería llevar hasta el límite esos experimentos y el propio Eren también, pero tanto Levi como yo estábamos preocupados por la salud del muchacho. Se estaba esforzando demasiado y tampoco sabíamos hasta qué punto su cuerpo podría aguantar todo aquello.

—Pero será difícil realizar la operación solo con esas armas —prosiguió Hange—. Si bien es necesario que Eren tape el agujero de la muralla María más que nada, tenemos que matar a Reiner y a Bertholdt porque son los que destruyeron el muro.

—¿Nos pides que clavemos ese lanza en el Titan de la Armadura? —Mikasa fue directamente al grano, como siempre.

—Sera más rápido si lo veis. Salgamos —Hange sonrió con satisfacción.

La mujer nos condujo hasta el exterior. Caminamos durante unos minutos para alejarnos lo máximo posible del cuartel. Cuando llegamos a una zona lo suficientemente despejada, Hange nos indicó que nos apartáramos. Nos obligó a ponernos bastante lejos de donde ella se encontraba. Hange, en cambio, se refugió tras una especie de escudo de madera tras activar aquella nueva arma. Ésta salió disparada con un fuerte estruendo e impactó contra un árbol. Se produjo una explosión que hizo que algunos de los soldados emitieran un grito de sorpresa e, incluso, de susto ante el inesperado efecto que aquel objeto, que parecía insignificante, tenía. Había partido por la mitad el tronco del árbol y pequeñas llamas y humo surgían del interior de la corteza.

—Ya veis su potencia. ¿A que es como si hubiera caído un rayo? —Hange parecía entusiasmada, pero nosotros intercambiamos miradas de incredulidad—. Por eso lo llamo Lanza rayo.

—Pero, ¿realmente mataremos al Titán Acorazado con esto? –preguntó Eren.

—No lo sabremos hasta que disparemos de verdad. Y, aunque es efectiva con los titanes normales, tiene un punto débil. Para disparar con ella al Acorazado, habrá que idear algo.

Tras explicarnos bien Hange el funcionamiento del arma con más detalle y cómo se debía disparar, regresamos al interior del cuartel. Allí repasamos una vez más el plan a Shiganshina. Viajaríamos hasta allí por la noche, cuando los titanes están menos activos. Pero eso no significaba que no debiéramos estar atentos ante cualquier imprevisto y eso implicaba la aparición de Reiner Braun y Bertholdt Hoover en cualquier momento.

Ahora éramos más soldados en la legión. Muchos miembros de las otras facciones, sobre todo de las Tropas Estacionarias, habían decidido unirse a nosotros tras recuperar la estabilidad política en los muros. El liderazgo de Erwin había sido suficiente para convencer, en especial, a muchos jóvenes de poner las alas de la libertad a su espalda, de poner sus vidas en riesgo por liberar a la humanidad, confinada tras las murallas. Muchos no se habían creído todas las revelaciones que la prensa había publicado, el hecho de que los titanes fueran, en realidad, humanos, pero los que lo habían hecho lo creían porque el comandante les había dicho que debían creer en ello.

A mí me resultaba abrumadora la confianza de Erwin en sí mismo, esa seguridad que siempre sabía transmitir. El día que vi salir a Eren del titán, en Trost, algo se despertó en mí, pero no supe lo que era hasta que miré a Erwin Smith a los ojos. Acababa de perder un brazo por recuperar al castaño, por darle una oportunidad a la humanidad, y, aun así, era la misma persona. Su determinación no había flaqueado. Fue entonces, en aquella habitación en Sina, cuando comprendí que deseaba unirme a las Tropas de Reconocimiento porque quería serle de ayuda a la humanidad y quería hacerlo siguiendo a aquel hombre de una fuerza inspiradora. Él, en definitiva, había sido mi razón de cambio, el motor por el que cada día era mejor en mi trabajo y por el que llevaba en mi chaqueta las alas de la libertad bordadas.

Lo curioso de que hubiera nuevas incorporaciones es que pude reencontrarme con gente de las Tropas estacionarias a los que hacía tiempo que no veía. Uno de ellos era Gus. Iba acompañado de otros antiguos miembros de las Tropas Estacionarias, entre los que se encontraba Floch. Los dos tenían la misma edad y habían sido compañeros en su periodo como reclutas. Gus había estado conmigo en Klorva, pero a Floch le conocía de algún viaje que había hecho al distrito en el que él operaba. Nos habíamos visto, quizás, un par de veces, pero supongo que el hecho de ver una cara conocida en las Tropas Estacionarias fue suficiente para que ninguno de los dos se despegara de mí durante aquel día.

—Me sorprendí mucho cuando me dijeron que te habías cambiado de facción —me comentó Gus—. Pensaba que seguirías con nosotros tras la muerte del capitán y que tú ocuparías su lugar.

—El comandante Pixis me lo ofreció. Pero lo rechacé.

—¿Por qué? —Floch parecía sorprendido— Tan joven y ya siendo capitana. No todos los consiguen en las Tropas Estacionarias.

—Porque decidí cambiar a las Tropas de Reconocimiento —sonreí—. Estoy bien aquí. Estoy aprendiendo mucho en el escuadrón de Hange. Aunque debo reconocer que, en este tiempo, he vivido experiencias no muy agradables. Es duro ver morir a tus compañeros. Espero que seáis conscientes de ello.

Los dos chicos asintieron, pero no me pareció que fueran muy conscientes en realidad de la clase de misión que íbamos a llevar a cabo. Viajábamos a la Muralla María, al Distrito de Shiganshina, epicentro de la mayor catástrofe en la historia de la humanidad. Todo ese territorio estaba infestado de titanes. Era peligroso. Muy peligroso. Yo podría mostrarme bastante entera, pero, en realidad, me asustaban la cantidad de cosas que podrían salir mal. No quería morir. No estaba preparada para ello.

—_ _ _ _ ha sido una gran incorporación —intervino Jean. Por su personalidad sociable había hecho muy buenas migas con los nuevos. Les había enseñado todo el cuartel, les había explicado cómo funcionábamos y se había convertido en su mejor aliado.

—No exageres —rodé los ojos. Había dado más problemas que otra cosa desde que me había unido.

—No exagero. Los capitanes y el propio comandante lo dicen. Y eso es mucho. Creo que el hecho de que tengas conocimientos de medicina ha influido mucho porque, durante la acción, tener a alguien que pueda curarte rápidamente con lo que tenga a mano puede llegar a ser muy valioso. Pero también has demostrado ser bastante hábil —Jean sonrió con picardía—. Y siéntete afortunada. Estos cumplidos no se los digo a mucha gente.

Solté una carcajada mientras nos poníamos en pie y, junto al resto, empezábamos a abandonar la habitación tras las explicaciones.

—Habrías sido tú mucho mejor capitana que Farman —Gus suspiró con resignación.

—Es un capullo, pero está capacitado para ello.

—Pero pesa más lo de capullo —Gus hizo una mueca y sonreí—. Por cierto, _ _ _ _, quizás no sea de mi incumbencia, pero no me has preguntado por Mara y Elric.

—¿Es que hay algún motivo por el que debería? —enarqué una ceja.

—P-pensaba que erais amigos. Solo eso —se notaba a Gus incómodo. No sé qué cara debí de haberle puesto, pero no debía de ser muy agradable porque inmediatamente comprendió que no debía haber sacado el tema.

—_ _ _ _, ¿podemos hablar en privado?

Levi me esperaba fuera. Estaba apoyado en la pared, de brazos cruzados. No llevaba puesto el uniforme, sino un pantalón oscuro, una chaqueta y una camisa blanca. No era la primera vez que le veía vestido de esa manera, pero me pareció que estaba extrañamente guapo. Era diferente y, a la vez, agradable verle así.

Hablamos. Me confesó que había ido a ver a mi madre y me pidió que fuera a ver a Elric y Mara. Sabía que aquello último habría sido una petición de mi madre, pero, igualmente, me molesté con él. No me gustó que hiciera eso, que se presentara en mi casa y viera a mi familia, que descubriera cosas de mí que, en la legión, solo había compartido con Historia porque había sentido la necesidad de hacerlo, porque con ella me sentía más segura para hablar de mis miedos e inseguridades. Para mí, lo que Levi había hecho era como si hubiera traspasado la barrera de la intimidad, se había adentrado en mi vida privada sin yo habérselo permitido. Era como si me hubiera visto obligada a desnudarme ante él.

Así que discutimos. No fue una discusión fuerte como las que manteníamos al principio. Quizás le eché un par de cosas en cara, pero la expresión de su rostro me demostró que estaba verdaderamente arrepentido por haber ido a ver a mi familia sin mi consentimiento. Y por eso le abracé. Y le besé en repetidas ocasiones hasta que él se rindió completamente ante mí y me devolvió aquel beso.

No soy una persona impulsiva, pero me apetecía besarle. Sentía tantas ganas que no tuve más opción que hacer caso a lo que mi cuerpo me pedía. Y fue una sensación maravillosa, el hecho de ser yo, por primera vez, la que tomara la iniciativa, que Levi fuera incapaz de reaccionar ante mi atrevimiento. Quizás por eso no fuera un beso normal. Él lo sabía. Y yo también. Sentía mi corazón desbocado y, por primera vez en mi vida, quería más de una persona. Necesitaba más. Pero él se separó bruscamente y me pidió que no volviera a hacer algo así. Nuestra relación no sería más que profesional. Curiosamente, después de aquello, no me sentí mal, sino más bien resignada.

Me gustaba Levi, mucho. Creo que se lo había dejado claro. Creo que era evidente que yo a él también le gustaba, sino no me habría besado en ninguna de aquellas ocasiones. Su reacción me decía que no deseaba que me acercara más a él porque no quería establecer una relación cercana entre nosotros por miedo a la pérdida. Y no le culpaba por ello. Si no quería que me acercara más a él, no lo haría. Si quería su espacio, se lo daría.

Entré en el pequeño cuartito en el que Moblit trabajaba y me dejé caer en una silla. El chico dejó la pluma que estaba utilizando para escribir y me miró de reojo. Suspiré y me crucé de brazos.

—Se acabó lo de Levi.

Moblit permaneció en silencio. Su expresión no cambió ni un ápice.

—Todo esto es muy confuso, pero me ha dicho que no me acerque más a él y creo que es mejor así —añadí.

—¿Te ha dicho que no te acerques más a él? —Moblit frunció el ceño, como si le costara creerlo.

—Sí —hice una pausa—. Nos hemos vuelto a besar. Bueno, más bien le he besado yo y, después, me ha dicho eso —estiré los brazos mientras permanecía sentada en la silla. Sentía los músculos agarrotados—. No le guardo nada de rencor. No le culpo.

—Te veo bastante serena.

—Es que lo estoy —me encogí de hombros. No me sentía mal por lo que acababa de suceder. Entendía a Levi y yo, por mi parte, sentía que además me había quitado un peso de encima.

—¿Por qué siempre que busco a uno de vosotros termino encontrándoos juntos? —Hange estaba bajo el quicio de la puerta. Moblit y yo la miramos. La mujer cerró la puerta a su espalda y se apoyó en ella.

—Porque somos compañeros. Es lo normal —respondí con simpleza.

—Todavía no he terminado de pasar el plan de recuperación de la Muralla María por escrito, capitán.

—No venía a verte a ti, Moblit. Venía a ver a _ _ _ _ —Hange clavó sus ojos sobre mí—. Tenemos que tratar el asunto de los posibles heridos que pueda haber.

—En la explicación, el comandante dijo que llevaríamos un carro con materiales.

—Así es. Toma —Hange sacó un papel que me entregó—. Es una lista con los materiales que vamos a llevar. Revísala y dinos si crees que falta algo.

—En seguida me pongo a ello —asentí—. Por cierto, según el plan, vamos a dividirnos en dos. Yo estaré contigo, sobre el muro. Otros se quedarán abajo cuidando de los caballos y los carros.

—¿Hay algún problema por eso?

—En caso de que nos separemos más todavía porque suceda algo fuera de nuestro control, los carros con los utensilios de medicina pueden quedar fuera de nuestro alcance. Creo que sería mejor que llevara algo encima.

—Pero eso podría dificultar tu uso del equipo —opinó Moblit.

—Lo sé. Pero llevar un par de gasas quizás podría salvarle la vida a alguien.

Hange se quedó pensativa unos instantes hasta que habló de nuevo.

—Está bien. Apruebo eso. Pero no quiero que lleves nada demasiado pesado ni demasiados objetos. Solo lo indispensable. Quizás estaría bien un cinturón en el que puedas llevar contigo un par de cosas.

—Con gasas o vendas, alcohol, una aguja de coser e hilo creo que podría ser suficiente.

—Muy bien. Avisadme cuando lo tengáis todo.

Moblit y yo asentimos. Hange dio media vuelta y abandonó la habitación, dejándonos una vez más a solas.

—Voy a ir mañana a ver a mi madre —me comentó Moblit—. Quizás encuentres mientras tanto algún cinturón que te sea útil en el mercado de Trost.

—Si no te molesta —respondí mirando la lista que Hange me había entregado—. Me vendría bien una botella de alcohol pequeña. Las que llevaremos son demasiado grandes.

—Saldré por la mañana temprano.

—¿Te importa que vaya yo también? —Moblit enarcó ambas cejas, sin comprender— A ver a tu madre, quiero decir. Me acompañas a hacer las compras y yo te acompaño a ver a tu madre.

—Vale —respondió tras varios segundos de silencio, como si sopesara comentarme algo al respecto.

Después de aquello, cada uno de nosotros continuó con su tarea. No hicimos, más tarde, nada especial. Cenamos todos juntos en el comedor del cuartel y nos fuimos a dormir. Aunque todo el mundo intentara aparentar normalidad, cuando amaneció al siguiente día, éramos conscientes de que aquellas serían las últimas horas que pasaríamos al refugio de la Muralla Rose. Partiríamos entonces rumbo a Shiganshina, territorio ocupado por los titanes.

Moblit y yo salimos del cuartel y emprendimos rumbo a pie hasta el mercado de Trost. Discretamente, le miré de arriba a abajo. No llevaba puesto su uniforme, sino unos pantalones de color beis, una camisa blanca y un chaleco de color negro. Estaba guapo, mucho más que cuando fuimos a visitar a su madre la primera vez. En aquella ocasión llevaba una camisa amarillenta por fuera de los pantalones, pero esta vez se había arreglado mucho más. El chaleco, al quedar más ajustado a su cuerpo, marcaba la forma de sus pectorales y sus anchos hombros.

—Estás guapa. ¿Es nuevo ese vestido?

Di un pequeño respingo al escucharle hablar. Sonreí con timidez, seguramente me habría pillado observándole. Mis ojos se desviaron hacia mi vestido de color marrón rojizo. Quedaba ceñido al pecho y la falda, plisada, caía hasta la mitad de mis rodillas. La nota discordante a aquel bonito atuendo que acababa de estrenar eran mis botas viejas negras de cordones con ciertas manchas de barro en la suela y en la punta.

—Sí. Me lo regaló Historia. No me lo había puesto hasta ahora.

—¿La reina?

—Sí. Me regaló un bonito baúl repleto de ropa nueva.

—No me habías dicho nada.

—Son secretos entre su majestad y yo —le guiñé un ojo, lo que le hizo sonreír.

Cuando llegamos al mercado, a pesar de ser temprano, las calles ya estaban bastante abarrotadas de gente, sobre todo de mujeres que aprovechaban aquellas horas para hacer la compra. Los tenderos gritaban sus ofertas y la buena calidad de los pedidos, llenando aquella zona del distrito de vida.

Como ya habíamos comprado anteriormente ahí, sabíamos con exactitud cuál era el puesto en el que podría encontrar los materiales más interesantes. Encontré una pequeña botellita de alcohol a bastante buen precio tras regatear con el vendedor. Lo que ya resultó más complicado fue encontrar un cinturón que tuviera algunos compartimentos donde pudiera guardar a buen recaudo los materiales. Sin embargo, terminamos encontrando uno por el que me gasté más dinero de lo que pretendía, aunque compensó un poco con lo que me ahorré en el alcohol.

Cuando terminamos, callejeamos por Trost hasta desembocar a una calle estrecha. La casa de Moblit seguía igual que siempre. Su madre nos recibió con el delantal puesto y con una amplia sonrisa.

—Estáis tan guapos —nos dijo la mujer mirándonos de arriba abajo y llevándose una mano a su abultado pecho.

Nos invitó a pasar. Fuimos hasta la cocina y allí tomamos asiento. Como la otra vez, alrededor de aquella vieja mesa de madera.

Hilda nos preparó algo de beber mientras nos contaba lo que había estado haciendo desde la última visita. Resultaron tareas cotidianas, de poca importancia comparado con lo que nosotros teníamos entre manos, pero, aun así, fue reconfortante escuchar a alguien que tuviera problemas tan mundanos.

Llegamos incluso a quedarnos a comer. Nos preparó un estofado delicioso con muy poco. Por primera vez en mucho tiempo me sentí en paz conmigo misma. La atmósfera que se respiraba en casa de los Berner me cargaba el cuerpo de una extraña tranquilidad que hacía tiempo que no sentía. Era como si hubiera estado junto a ellos siempre, como si fuera una parte importante de aquella pequeña familia. La madre de Moblit era una persona amable y acogedora, quizás, por eso, me sentía tan a gusto con ella. Se comportaba como mi madre, pero no me importaba lo más absoluto. Es más, me gustaba que fuera así conmigo. Creo que, incluso para ella, y a pesar de conocerme desde hacía muy poco tiempo y haberme visto solo un par de veces, me veía como a su propia hija.

Hilda no nos preguntó por la misión, no nos preguntó por nuestro trabajo y eso fue algo de agradecer. Seguramente quería evitar lo mismo que yo, la posibilidad de que esa fuera la última vez que estuviéramos los tres reunidos alrededor de la mesa. Seguramente también por eso habíamos alargado la visita más de lo pensado y por eso estábamos comiendo todos juntos en armonía. Esa podía ser la última vez.

Miré los rostros de Moblit y su madre. Ambos sonreían, se demostraban un amor puro del que me hacían partícipe, algo de lo que yo siempre me sentiría profundamente agradecida. Guardé en mi memoria aquel momento, tenía que atesorar aquel recuerdo para siempre. La vida era eso, aquellos pequeños momentos cotidianos que, en vez de estar carentes de sentimientos por lo rutinario, están llenos de una fuerza abrumadora. Aquellos pequeños momentos son los que marcan la diferencia. Sentí deseos entonces de ir a ver a mi madre y a mi hermano. Posiblemente, en Shiganshina, si todo salía mal, me arrepentiría de no haber ido, pero otra parte de mí me decía que no podía pensar de aquella manera. Todo iba a estar bien. Y esa parte mi conciencia se imponía a la que decía que debía hacer aquella visita.

—Sabéis que podéis venir siempre que queráis —Hilda nos acompañó a la puerta—. Esperad —nos aferró a ambos del brazo para retenernos un poco más—. Dejadme que os vea una vez más.

La mujer dio unos pasos hacia atrás y nos miró con una sonrisa. Juntó ambas manos y sus ojos se cristalizaron. Moblit dibujó una mueca en su rostro.

—Mamá…

—Solo quería veros a los dos juntos de nuevo —la mujer se limpió una lágrima—. Sois una pareja tan bonita. Tenéis que cuidaros el uno al otro, por favor. Solo prometedme eso.

Miré a Moblit. Él me devolvió la mirada. Apreté su brazo cariñosamente y sonreí.

—Te esperaré fuera —le dije en un susurro. Él asintió. Abrí la puerta de la casa y salí a la calle estrecha, dejando a Moblit a solas con su madre. Ambos necesitaban intimidad y sentía que les estaba robando una parte de su vida que no me correspondía.

Me apoyé contra la pared y miré hacia arriba. El cielo era de un azul intenso, pero sabía que, en cualquier momento, el sol comenzaría a bajar por el horizonte tiñéndolo de naranja. Aquella noche nos iban a preparar un banquete especial en el cuartel. Si bien los alimentos escaseaban y los buenos productos eran inalcanzables para el pueblo por sus elevadísimos precios, el ejército había hecho una excepción en aquella ocasión, lo que claramente indicaba la importancia de la misión. Sería la última cena de más de uno.

Varios minutos después, más tarde de lo que esperaba, Moblit abandonó su casa. Hilda no se asomó al quicio de la puerta como la otra vez para despedirnos hasta que nos perdiéramos por una de las esquinas. Me pregunté qué habría pasado ahí dentro, de qué habrían hablado. Imaginé a Hilda sentada en una de aquellas viejas y grandes sillas de madera de su cocina, con los codos apoyados sobre la mesa y llorando ante la incertidumbre de lo que su hijo encontraría ahí fuera. La imaginé sola en aquella casa. Sentí nauseas. Y miedo. Me habría gustado preguntar, pero no tenía ningún derecho a saber.

—Podrías haber ido a Klorva.

Moblit rompió el silencio que se había instalado entre ambos desde que habíamos dejado su casa.

—Está bien así.

—Sé que no es de mi incumbencia, que cada uno tiene sus razones, pero ¿por qué no quieres ir a ver a tu familia antes en partir en misión y más en una como ésta?

—Porque entonces significaría que podría ser la última vez que vaya a verlos y no puedo permitir eso. No puedo permitirme morir porque mi madre y mi hermano se quedarán solos. No puedo hacerle eso a mi madre. Ya perdió a su marido. No va a perder una hija.

—Pero si les ves, quizás te sientas mejor contigo misma. Quizás encuentres la fuerza que necesitas.

—No lo creo. Porque, si los veo, no querré marcharme de su lado —suspiré—. Cuando regrese de Shiganshina iré a verlos. Pero no antes. Ahora tengo algo por lo que regresar con vida —sonreí.

Moblit no parecía demasiado conforme con mi argumento, pero tampoco me replicó. Era mi decisión. Los dos opinábamos de distinta manera, pero no por eso no íbamos a respetar las decisiones que tomara cada uno.

—Oye, _ _ _ _.

Moblit se paró. Me giré para quedar frente a él. Estábamos en la cuesta de la ladera sobre la que se encontraba el cuartel, así que yo quedaba a más altura que él y tenía que mirar ligeramente hacia abajo. En aquel momento, con los primeros tonos anaranjados cubriendo el firmamento, sopló una extraña brisa que estremeció mi cuerpo. Coloqué un mechón de pelo rebelde tras mi oreja y observé el lenguaje corporal de Moblit con atención. Parecía tenso. Se pasó la mano varias veces por su pelo castaño, despeinándoselo.

—¿Recuerdas lo que pasó la noche en la que bebiste tanto? ¿Recuerdas lo que hablamos? —me preguntó

—Vagamente.

—Teníamos una conversación pendiente.

—Lo sé. Eso sí lo recuerdo más o menos. ¿Pero a qué viene esto? —sentía los latidos de mi corazón, frenéticos, golpearme el pecho con fuerza, como si quisiera salir de mi cuerpo.

—Lo he estado pensando mucho y necesito decirte algo importante. Hablar contigo antes de que empiece la misión, antes de ir a Shiganshina.

—No —soné más tajante de lo que pretendía, pero aquello no pareció sorprenderle. Tenía el presentimiento de que Moblit iba a decirme algo importante. Muy importante. Pero no quería escucharlo. No quería tener aquella conversación en aquel momento, no cuando íbamos a empezar una misión tan importante. ¿Por qué era tan difícil de entender?—. Vamos a tener esa conversación, Moblit. Pero no aquí. No ahora. Mañana por la noche iremos hasta Shiganshina, recuperaremos la Muralla María con éxito y regresaremos a Trost —me acerqué a él lentamente—. Vamos a vivir.

Moblit apretó los labios en una fina línea. Puse mis brazos alrededor de su cuello y él deslizó los suyos alrededor de mi cintura para fundirnos en un abrazo. Nadie podía hacerse una idea de lo muchísimo que apreciaba, quería y necesitaba a Moblit. Él se había convertido en mi mejor amigo, en mi pilar más fuerte dentro de la legión. Y sé que yo también lo era para él. Mientras le abrazaba, sentí un fuerte dolor en mi pecho porque, aunque fuera la primera vez que le abrazaba, tuve la impresión de que iba a ser la última. Y me sentí aterrorizada. Le apreté aún más fuerte contra mí y escondí mi rostro en su cuerpo.

Efectivamente, más tarde comprendería que aquel sería nuestro primer y último abrazo. Ninguno de los dos, a su manera, regresaría de Shiganshina.


¡Ya estoy de vuelta!

Este ha sido un capítulo algo más corto de lo normal, pero han sido algo más de 4500 palabras, que no está nada mal. El siguiente será mucho más largo. Y os va a gustar muchísimo, que lo sé yo xD

Io-chan Ao-sama: Ay sí. me gustaría saber por qué te identificas tanto con rayis. Intento ser lo menos explícita posible con las descripciones sobre ella, más allá de que ahora tiene el pelo muy largo y cuando era recluta lo llevaba corto (en fin, todas nos lo podemos dejar más corto o más largo. Definitivamente rayis, por ejemplo, lo tiene más largo que yo). J
ajajaja siento lo de la última escena del anterior capítulo. Creo que sería así cómo reaccionaría Levi y espero que no me mates con lo que ha pasado en este cap. Soy joven para morir xD ¡Ah! Y soy de España. ¿Es que eres de Latinoamérica? Porque quizás sea ese el problema. Si no entiendes algo, solo dime :)

catherinearnshaws: Ay no has sido la primera en decirme que Levi está IC y no sabes lo mucho que me alivia eso. Siempre tengo miedo de que me quede muy OOC. El tema de Mara, Elric, Alphonse y Maverick ha quedado un poco en el aire, pero será retomado más veces. No me he olvidado de ellos ;)

Rosand: En realidad actualizo de pascuas a ramos porque llevo varios fanfics a la vez y soy regular con todos ellos, pero cada mes hay actualización segura :)
Ay me encanta porque yo me puse en la piel de Levi y creí que totalmente se sentiría abrumado, como me has dicho, por sentir tantas cosas diferentes a la vez, cosas que no habría sentido nunca.

cassieb1ack: La de especulaciones que ha habido en torno a la frase de uno de los últimos capítulos sobre que rayis iba a morir jajaja tendréis que esperar más hasta conocer toda la verdad, pero en este capítulo se vuelve a incidir en la idea de la muerte.

~ ¡Nos leemos!