XXIX
Tu voz es mi guía
Un ave solitaria llora
buscándome en el cielo sin nombre
Vamos hacia el mañana
en la cuna de ternura que he estado tejiendo
incluso en días lluviosos y días soleados
para poder protegerte
Mi tesoro irremplazable
Flor sin nombre que duermes silenciosamente
Un hombre observaba a la niña entonar aquella canción. La pequeña, sentada sobre un inmenso campo de flores que se extendía más allá de donde alcanzaba su mirada, las iba cortando una a una, observándolas con detenimiento y tratándolas con una delicadeza inusitada. Su vestido, de color crema, se dispersaba a su alrededor formando un círculo casi perfecto. En ese momento, una suave brisa sopló. El cabello de la niña, normalmente despeinado, lucía recogido en una trenza. Sin embargo, algunos pelos rebeldes luchaban por dejarse llevar por la corriente.
Solo tengo un deseo: Tu felicidad
Vamos hacia el mañana
en la cuna de ternura que he estado tejiendo
para decirte que 'te quiero'
incluso en días lluviosos y días soleados
Nací en esta ciudad para conocerte
Debido a que nací en este pueblo
te pude conocer
El hombre, que permanecía mirándola con las manos en los bolsillos de su viejo pantalón, sonrió. Era una sonrisa casi imperceptible y que muy pocos habían tenido el privilegio de ver. Llevaban casados cinco años y aún entonces, le sorprendía escuchar a su propia hija cantar con tanta inocencia las nanas que su madre le entonaba cuando todavía era un bebé. Aquellas canciones, tristes, pero a la vez hermosas, le solían infundir esperanza. Él nunca antes las había escuchado, pero su esposa a veces las entonaba cuando él regresaba a casa, cargando el ambiente de una sensación de nostalgia y pertenencia a un lugar ajeno y lejano que no estaba seguro de poder expresar con palabras.
Un ave solitaria se eleva
buscando el mañana
en el cielo sin nombre
Se acercó lentamente a su hija y juntos cantaron aquella última frase de la nana. Se sentó con ella, rodeando su diminuto cuerpo con sus largas y musculosas piernas. La niña permanecía de espaldas, colocando las flores en pequeños montones. Él le acarició el pelo y soltó las horquillas que se lo recogían. Su melena alborotada se meció al compás de la brisa y las puntas de los mechones de su cabello le acariciaron el rostro, permitiéndole aspirar el suave aroma a inocencia que desprendían.
—¿Son para mamá esas flores? —preguntó finalmente.
—Sí —respondió la niña con su dulce voz—. Ya no se puede mover casi.
—Eso es porque tu hermanito está a punto de nacer.
Pasó sus dedos por los suaves mechones de su pelo. Su mujer seguramente habría trabajado esa mañana varios minutos en domar aquella cabellera y recogerla en aquella trenza que él había deshecho en solo unos segundos. En cuanto los viera entrar por la puerta de su pequeño y acogedor hogar seguro que le regañaría y le diría que la próxima vez fuera él el que peinara a su hija. Volvió a sonreír inconscientemente, pero aquella sonrisa se borró de su rostro a medida que recordó que debía marcharse pronto de nuevo.
—_ _ _ _ —pronunció su nombre con lentitud—, papá tiene que marcharse otra vez.
La pequeña permaneció inmóvil. Tras unos segundos, giró lentamente el cuello para mirar por encima de su hombro y dejó caer sus párpados con lentitud, justo como hacía su madre cuando acababa de escuchar algo que no le agradaba. No obstante, se alegraba de que le estuviera mirando directamente a los ojos porque no quería marcharse a otra misión sin ver el rostro de su hija una vez más.
—Papi, ¿tú nos quieres?
—¿Qué? —parpadeó confuso— Pues claro.
—Entonces no te vayas —frunció el ceño—. Mami siempre está sola.
—Lo siento, _ _ _ _, pero sabes el trabajo que tengo —el hombre la cogió, la levantó unos centímetros del suelo con facilidad y la giró para que quedara sentada frente a él—. ¿Cuál es el oficio de papá?
—Es capitán —respondió con la boca pequeña—. Capitán de las Tropas de Reconocimiento.
—¿Y qué hace un capitán?
—Cumple las órdenes del comandante y guía a sus subordinados. Juntos trabajan para proteger a la humanidad de los titanes.
—Muy bien —el hombre le dio unas palmaditas en la cabeza—. Eres una niña muy lista.
—¿Tan lista como papá y mamá?
—Tan lista como papá y mamá.
Un ruido incesante se escuchó a lo lejos. Sonaba como el crujido que hace una nuez al ser partida. Crac. Crac. Y la escena cambió y solo estaba la niña sola en el prado. Pero ya no había flores. Crac. Crac. Y ahora solo estaba su padre de pie, diciéndole adiós con la mano mientras se alejaba lentamente. Crac. Crac. Pero volvió a encontrarse a solas de repente y el día ya no era soleado, sino frío y lluvioso. Crac. Crac. La imagen volvió a cambiar y recordó que lo último que veía siempre de su padre al marchar eran las alas de la libertad ondeando a su espalda. Crac. Crac. La imagen se transformó de nuevo y sintió que sus pies se hundían en el barro. Miró al suelo. Sus viejas botas ya corroídas por el tiempo. Pero ya no era una niña. Y estaba pisando las mismas alas de la libertad que tantas veces había visto a su espalda.
Crac
Levantó el pie. Estaba pisando una capa de la legión manchada de sangre. Como la de su padre. Elevó la vista para contemplar el panorama desolador que la rodeaba. Miembros de cadáveres se extendían en todas direcciones. A lo lejos, un titán de mirada afilada se relamía bajo la lluvia hasta que un pequeño punto de luz comenzó a cortar su cuerpo tantas veces que quedó reducido a la nada. Sin embargo, aquello que creía que era un punto de luz, en realidad era una persona. Gritaba. Gritaba tan fuerte que ella se llevó inconscientemente las manos a los oídos, intentando aislarse de la desesperación que emanaba de cada uno de esos gritos.
Cuando se detuvieron, miró de nuevo al frente. En el suelo, aquella persona sollozaba sin consuelo. Las gotas de la intensa lluvia goteaban por los mechones de su fino cabello negro y resbalan por su piel.
—¿Levi? —susurró.
Intentó dar un paso al frente, pero su cuerpo no se movía. ¿Qué estaba pasando? ¿Estaba soñando? ¿Por qué estaba soñando? ¿Qué había estado haciendo antes? No lo recordaba. Comenzó a sentir que sus músculos se tensaban. No podía moverse de donde estaba.
—¡_ _ _ _!
Se giró con rapidez. A su espalda, Moblit corría hacia ella. El chico extendió su brazo, pero, antes de que pudiera alcanzarla, sintió cómo sus pies se despegaban del suelo y volaba. No. Ella no estaba volando. Un titán sostenía su cuerpo con fuerza.
—¡Moblit! —gritó ella desesperada.
Pero Moblit ya no estaba. Otro titán cerró sus fauces entorno a la cintura de su compañero y la mitad superior cayó al barro mientras la inferior era tragada por aquel monstruo. La sangre caía por su barbilla como una cascada, fusionándose con los charcos de agua al llegar al suelo. Sintió que su labio inferior temblaba y quiso gritar su nombre, pero ahora también estaba muda. El titán que la sostenía abrió la boca. El pestilente olor a la muerte le golpeó en la cara. Y una lágrima cayó por su mejilla antes de que aquel ser la devorara.
...
Fue como un puñetazo en el pecho. Abrí los ojos en par, di una bocanada de aire, pero mis pulmones me quemaban tanto que intenté incorporarme para poder respirar. Una punzada intensa de dolor recorrió mi cuerpo, pero no había conseguido levantarme ni un centímetro del suelo. Giré sobre mí misma, pero el dolor era tan insoportable que me sobrevinieron varias arcadas y terminé vomitando bilis. Gemí y sentí ganas de llorar. ¿Qué me había pasado?
Ah… Sí…
Habíamos ido hasta Shiganshina para intentar recuperar la Muralla María, pero el Titán Colosal había provocado una explosión al transformarse. Había intentado salvar a Moblit y Hange, pero no había llegado a tiempo. No había llegado a tiempo, me repetí. Estaban muertos.
Sentí que mi respiración se aceleraba. Tenía que intentar levantarme. ¿Cuánto tiempo había pasado inconsciente? ¿Habría sobrevivido alguien? ¿Y, si hubiera sobrevivido alguien, se habría marchado? Una ola de desolación y soledad invadió mi cuerpo.
Poco a poco y gritando por el dolor, me puse en pie. Examiné mi cuerpo como pude. Mis piernas no estaban rotas. Mi uniforme estaba rasgado en algunas partes y la carne que había quedado expuesta presentaba cortes y pequeñas quemaduras. Era extraño, pero sentía como si aquel cuerpo no fuera mío. Moví mis brazos, pero, entonces, las punzadas intensas de dolor volvieron. Era mi brazo izquierdo. Un enorme trozo de cristal atravesaba el bíceps y el tríceps branquial. Una mueca de disgusto se dibujó en mi rostro. Aquello no tenía muy buena pinta, pero me preocupaban más las lesiones internas que pudiera tener. Mi cuerpo podría estar desangrándose por dentro y yo no lo notaría hasta que me desplomara para no volver a despertar jamás.
Miré a mi alrededor. Estaba en la habitación de una casa. Supuse que la onda expansiva me había llevado hasta allí. La pared, que estaba prácticamente destrozada, daba a la calle, donde el resto de casas no presentaban un aspecto mejor. Por lo que pude apreciar, había atravesado la ventana. No recordaba haberme cubierto con los brazos, pero mi consciencia iba y venía mientras estaba en el aire. Tampoco estaba segura ni de que estuviera viva. Quizás estaba muerta. Y ahí era adonde íbamos a parar. A un espacio en ruinas, solos.
Me desplacé por la habitación. Mis pasos eran cortos y sentía las piernas pesadas. Estaba mareada. Cuando salí a la calle, era de día. Esquivé los escombros y levanté la vista. A lo lejos, una enorme masa que debió de pertenecer al Titán Colosal todavía se desvanecía. Sentí algo de esperanza. Quizás seguían allí. Quizás habían sobrevivido.
Aceleré la marcha. El dolor que sentía fue desapareciendo poco a poco, como si se diluyera. Me sentía otra vez llena de vida, como si me hubieran infundado un nuevo propósito en la vida. Busqué por las calles hasta que, al girar una de las esquinas, los vi. Estaban Jean, Mikasa y Connie. Al lado de este último yacía el cuerpo de alguien. Era Sasha. Hange también estaba. De pie. Y hablaba con alguien sin piernas ni brazos. Hablaba con Reiner Braun.
—Chicos —murmuré con voz temblorosa.
No esperaba que me hubieran escuchado, pero, aun así, Jean, quien sostenía su brazo izquierdo, herido, se giró para mirarme, como si hubiera sentido mi presencia.
—¡_ _ _ _!
Todos se giraron en cuanto el chico pronunció mi nombre. Me acerqué a ellos lo más rápido que mis piernas me permitieron. Me sentía eufórica, por una parte. Era como si mi vida volviera a tener sentido.
—¡Estás herida! —Jean me miró de arriba a abajo, con preocupación, una vez me puse a su altura.
—Igual que tú.
—No de la misma manera —gruñó el chico. Y no le culpaba. Seguramente tendría un aspecto horrible. Había sido atrapada por una onda expansiva y atravesado una ventana, desde luego que había tenido días mejores. Era un milagro que siguiera con vida.
—¿Qué ha pasado? —pregunté, intentando cambiar de tema. Me agaché para mirar a Sasha. Estaba inconsciente y herida, pero sobreviviría a aquello, sin duda— Necesita ser tratada.
—Después de la explosión, nos quedamos solos. Tuvimos que actuar. Armin y Eren se encargaron de Bertholdt. Nosotros hicimos lo propio con Reiner y ahí fue donde fuimos heridos. Afortunadamente la capitán Hange apareció en el último momento para ayudarnos y así poder derrotarlo —Jean hizo un gesto con la cabeza en dirección a Reiner.
—¿Y el resto?
—No sabemos nada, más allá de que Eren y Armin tuvieron éxito ocupándose de Bertholdt. Al menos, eso es lo que parece.
—¿Y Levi? —pregunté. Necesitaba saber que estaba bien.
—Estamos sin gas y no hemos tenido contacto con el resto de las tropas que están al otro lado del muro. No sabemos qué ha pasado —Jean pareció no sorprenderse por el hecho de que solo hubiera preguntado por el capitán.
—Los carros con el equipo médico están al otro lado —añadió Connie, quien no se había separado de Sasha.
—Tengo yo material básico —fui a echar mano a mi cinturón y no fue hasta entonces cuando me di cuenta de que no llevaba mi Equipo de Maniobras Tridimensionales. Parpadeé unos segundos. Debía haberse de desintegrado cuando estaba en el aire. Negué con la cabeza intentando despejar mi mente y saqué de los compartimentos del cinturón vendas y gasas. Se las lancé a Mikasa y la chica en seguida las cogió al vuelo. Ella y Connie parecían ser los únicos en encontrarse en mejor estado—. Déjame echarle un vistazo a tu brazo, Jean.
El chico se acercó. A primera vista, tenía el hombro herido. Con solo tocárselo, hizo una mueca de dolor. Le dije que lo moviera, pero le costaba a horrores.
—Mikasa —llame a la chica—, sácale a Jean los dos trozos de madera que tiene clavados. No pasa nada, no son profundos. El único problema es que uno de esos trozos ha llegado hasta el hueso y parece que ha generado una fisura en el hueso. Mikasa, véndale después. Pégale el brazo al cuerpo y sostén el vendaje en el hombro que tiene sano. Que quede firme, pero no lo aprietes demasiado. Si tienes cualquier duda, me lo dices —la chica asintió—. Hange, déjame ver tu ojo.
—No pasa nada. Estoy bien.
—Solo déjame echarle un vistazo.
Le cogí la cara con mi mano derecha y apreté con la yema de mis dedos en su piel. Hange intentó hablar, pero solo balbuceaba, así que se terminó por rendir y me dijo que le mirara el ojo izquierdo. Lo tenía cerrado y le sangraba.
—Deberías ocuparte de Sasha y de ti misma —noté cierto tono de pena en Hange. Ya sabía que su ojo estaba perdido. No había más.
—Toma —le di una gasa y un trozo de vendaje—. Intenta al menos limpiarte un poco la herida y ponte esta venda. Evitemos que se ensucie más de lo que ya está. Cuando regresemos, tendrán que limpiártelo bien.
Hange sonrió y asintió.
—Connie —me giré al chico y señalé mi brazo izquierdo—, quiero que me saques esto.
—¿¡Qué!?
—Ya me has oído. Me molesta y tengo que examinar a Sasha.
—Pero si te lo quito, perderás el brazo.
—Es posible —me encogí de hombros—, pero con esto atravesado tampoco puedo hacer nada con él. Así que —me quité el cinturón usando solo mi mano derecha y se lo lancé— quiero que lo saques. Haz una pequeña incisión y, con cuidado, tiras de él. Hacia arriba, sin mover a los lados o podrías desgarrarme más todavía el músculo. Luego lo coses como puedas, que no sea perfecto, haz solo un apaño. El cristal solo me ha atravesado la carne, ¿lo ves? —le dije, señalándole la zona. Había pasado cerca del hueso, pero no lo había tocado—. El único problema es que me haya tocado alguna arteria importante y, entonces, al sacarlo, muera desangrada en unos segundos.
—Estás de coña, ¿no? —Connie parecía a punto de desmayarse.
—Pero esa será mi responsabilidad. No la tuya —me senté a su lado y moví ligeramente mi brazo para extenderlo—. Hala, hala. Ponte manos a la obra. En el cinturón lo tienes todo.
Mientras, Hange se había terminado de vendar el ojo y se había agachado, quedando frente a Reiner a pesar de que éste no podía verla porque tenía los ojos vendados, y Mikasa estaba terminando de hacer lo propio con el brazo Jean. Connie, por su parte, siguió mis instrucciones al pie de la letra. La incisión resultó menos dolorosa de lo que me esperaba, pero, cuando comenzó a tirar con cuidado del cristal, no pude evitar gritar por el dolor. Connie se detuvo, asustado, así que tomé unos trozos de tela y me los metí en la boca para morderlos. Le hice un gesto con la cabeza para que siguiera y apreté con fuerza mis dientes. No sabíamos cómo estaba la situación y no era buena idea que cualquiera pudiera escuchar mis alaridos por el dolor.
—Reiner, ¿qué era esa caja metálica que llevabas junto al pecho izquierdo? —le preguntó Hange— Antes de que te cortaran los brazos y las piernas has usado tus últimas fuerzas para intentar sacarla. ¿Es una medicina para suicidarte? ¿Es una bomba?
—Es… Es una carta.
—¿Una carta? ¿Qué clase de carta?
—De parte de Ymir. Te ruego que se la des a Christa.
Todos nos detuvimos y miramos al chico. ¿Una carta para Historia? ¿Por qué Reiner tenía una carta de Ymir para ella? ¿Es que le había sucedido algo?
—Se la daré después de examinarla —Hange se la guardó en un bolsillo de su chaqueta y se puso en pie—. Bueno… —desenvainó su espada— Tengo montones de preguntas que hacerte, pero parece que mantendrás la boca tan cerrada como tu Titán Armado. ¿O acaso nos dirás lo que queremos saber?
—No —respondió con contundencia tras un largo silencio.
—Gracias. Es una suerte que te hayas mentalizado.
Hange cogió su espada en posición horizontal. La mujer comenzó a presionar con el filo en el cuello de Reiner y poco a poco la carne empezó a ceder. Connie prosiguió a su tarea de sacarme el cristal. No pasó desapercibido para mí. No quería ver cómo mataba a Reiner.
—¡Por favor, espera! —Jean intervino de repente y Hange se detuvo— ¿Crees que debemos matarle? Porque podríamos quitarle su poder.
Jean tenía razón. La noche anterior, cuando todos los soldados estábamos reunidos juntos en el salón para tomar nuestro último festín antes de la misión, Erwin se dirigió a nosotros. Ahora poseíamos un suero que Kenny Ackerman le había entregado a Levi en un estuche. Inyectándolo en una persona y comiéndose posteriormente un cambiante, ésta adquiriría su poder. Sin embargo, Erwin fue muy claro al respecto, solo podríamos usarlo en caso de que fuera imprescindible y eso solo podía ser en una situación en la que alguien estuviera herido muy grave. Levi, además, sería el que llevara el suero en todo momento y el que tomaría esa decisión. Por algo Kenny Ackerman le había entregado el suero a él.
—No creo que se den las condiciones —replicó Hange con tranquilidad—. No sabemos cuál es el estado de Levi en este momento y no creo que haya tiempo para comprobarlo porque nos es imposible calcular las reservas de energía de este tío —Hange volvió a presionar en el cuello de Reiner—. Aunque le decapitemos, no estaremos seguros.
—Esto no es propio de ti, Hange —Jean bajó la mirada—. Si simplemente tapamos aquello que no comprendemos, ¿cómo venceremos a los titanes en un futuro?
—Jean… —Mikasa pronunció su nombre con lentitud. Parecía verdaderamente preocupada por el chico.
—¿Cuándo lograremos descifrar el enigma de los titanes? —prosiguió.
—Mikasa —Hange se giró a la chica tras una larga pausa—, ¿cuánto gas te queda?
—Casi nada, pero lo suficiente para ir hasta Eren y Armin.
—Tienes más que yo —Hange cerró los ojos unos instantes, pensativa—. Mikasa, ve enseguida a ver cómo están Eren y compañía. Luego reposta gas, que Levi te dé la inyección y vuelve. Si por alguna razón no pudieras hacerlo, dispara una bomba de humo. Será la señal para matar a Reiner.
—Entendido —Mikasa, sin más, giró sobre los talones y activó su equipo, desapareciendo rápidamente entre los tejados.
—Hange… —Jean parecía verdaderamente preocupado. La capitán había cambiado de opinión por él.
—Es decisión mía. Tú solo me has dado los datos —miró por encima de su hombro—. Pero, ¿qué hacemos? ¿Elegimos como titán a Sasha que, aunque está herida, saldrá con vida? ¿No hay alguien más adecuado?
Ninguno podíamos responder a esa pregunta.
Connie finalmente extrajo el fragmento de cristal. Me encontraba algo mareada por el dolor experimentado y mi ropa estaba empapada por el sudor. Miré mi brazo. Sangraba bastante, pero menos de lo que me pensaba. Connie se afanó en limpiar la sangre con gasas para intentar vendármelo cuanto antes.
Los siguientes minutos transcurrieron en silencio, cada uno sumido en sus pensamientos. Sin embargo, todos fuimos advertidos cuando vimos elevarse al cielo de Shiganshina una bomba de humo de color verde. Aquella era la señal de Mikasa. Algo no iba bien y debíamos matar a Reiner. Hange, desconcertada, se puso en pie.
—¡Hange!
Jean fue el único que reaccionó a tiempo. Aquel titán que iba a cuatro patas y que habíamos visto desde lo alto del muro cuando todo había empezado, acompañando al Titán Bestia, se abalanzó contra ella. Jean consiguió empujar a Hange y los dos cayeron al suelo, esquivando las fauces del titán, que se cerraron intentando matarla. Sobre él, había un hombre con barba cuyas extremidades superiores estaban cortadas. Tenía que ser un cambiante. Seguramente era el usuario del Titán Bestia.
Jean permaneció en el suelo, dolorido por el golpe, pues había caído sobre su brazo herido. Hange, en cambio, se puso rápidamente en pie y desenvainó su espada.
—¡Hange! ¡Se han llevado a Reiner! —informó Connie.
El titán, que llevaba a Reiner en la boca, giró y comenzó a alejarse de nosotros rápidamente. Connie intentó ir tras él, pero Hange lo detuvo a tiempo.
—¡Connie! ¡No hace falta que los sigas! Te queda muy poco gas. Solo conseguirás que te maten.
—¡Mierda! —Jean golpeó con su puño en el suelo con fuerza, dejando escapar toda su frustración— Es culpa mía. Yo… He hecho algo irreparable.
—Ya te he dicho que era decisión mía —replicó Hange con simpleza—. Vamos a reunirnos con Eren y con los demás —se giró para mirarme—. ¿Cómo te encuentras?
—Bien —respondí moviendo mi brazo izquierdo con lentitud para probarlo. El músculo me ardía, pero era más sencillo moverlo así que con el cristal atravesado. Connie había hecho un buen trabajo, pero mi herida seguía sangrando y las vendas no tardarían en estar empapadas de nuevo.
Hange me observó con detenimiento. Apretó sus labios en una fina línea, no muy convencida de mi respuesta. No obstante, terminó por asentir.
—Yo cargaré a Sasha a la espalda —se ofreció Connie.
—_ _ _ _, no tienes Equipo de Maniobras Tridimensionales —apuntó Hange.
—La cargaré yo —propuso Jean.
—De eso nada —negué con la cabeza—. Estás herido.
—Tú estás más herida que yo. Podré contigo. Venga, sube —Jean se agachó para que me subiera a caballito a su espalda.
Hange ayudó a Connie a colocarse a Sasha a la espalda. La chica seguía inconsciente y, por el momento, solo podíamos esperar. Yo, en cambio, en vez de pasar mis brazos por el cuello de Jean para sujetarme, como tenía una herida en el hombro, pasé mis brazos bajo sus axilas y junté mis manos, rodeando su pecho.
En cuanto nos elevemos en el aire, divisamos en seguida a varias figuras sobre uno de los tejados. En unos pocos minutos conseguimos posarnos sobre el tejado en el que se encontraban Eren y compañía, pero la escena que vimos nos dejó desconcertados por unos instantes. No entendíamos qué estaba pasando. Mikasa se encontraba sobre el capitán Levi, quien estaba inmovilizado. Floch, que también estaba con ellos, se acercó a la chica, pero Mikasa desenvainó su espada, dispuesta a atacar a un compañero.
En aquella ocasión, fue Hange la que reaccionó. La mujer se lanzó contra Mikasa, evitando que cometiera una estupidez.
—No es posible —murmuró Jean mientras me ayudaba a abajar de su espalda—. ¿Qué es esto?
—Dios mío —la voz de Connie se quebró.
Eren estaba al borde del tejado. Tenía parte de la mandíbula destrozada por un puñetazo. Sobre el tejado yacían tres cuerpos. Uno era el de Bertholdt Hoover, estaba inconsciente y le faltaban los brazos y las piernas. El otro era el de Erwin Smith, tenía una herida en el abdomen que no dejaba de sangrar. El tercero estaba irreconocible porque su piel estaba completamente abrasada, pero, por descarte, supuse que era Armin Arlert. Y, a pesar de la gravedad de su situación, seguía vivo, pues de vez en cuando dejaba escapar gemidos de dolor cada vez que intentaba respirar.
—¿Qué narices pasa aquí!? —preguntó Hange con voz temblorosa.
Levi sostenía el estuche con el suero. El capitán, ya recompuesto, se había agachado junto a Erwin. Estaba claro. Le iba a salvar a él. No me hacía falta examinarlo para darme cuenta de que, si no lo hacían, el comandante moriría. Tenía el abdomen destrozado y, posiblemente, los órganos internos también. ¿Qué habría pasado?
Mikasa gritó desesperada. Sentí que mi corazón se encogía. Hange la sujetaba por los brazos mientras la muchacha intentaba liberarse de su agarre en vano.
—¡Aun necesitamos a Erwin! ¡El cuerpo de exploración está casi destruido! —le gritó Hange, intentando hacerla entender por qué Levi había tomado aquella decisión— ¡Si el también muere, la raza humana perderá su símbolo! ¡No nos podemos permitir que dentro de los muros se apague el fuego de la esperanza!
—Pero eso también puede hacerlo Armin —suplicó Mikasa. De sus ojos comenzaron a brotar grandes cantidades de lágrimas que se derramaron por sus mejillas.
—Sin duda, Armin es un genio. ¡Pero nuestra lucha durará mucho tiempo todavía! ¡Aún necesitamos la experiencia y el don de mando de Erwin!
Mikasa agarró la muñeca de Hange con fuerza. La mujer hizo un gesto de dolor y soltó a Mikasa, pero no iba a rendirse tan fácilmente. Mikasa tenía que comprender en qué situación se encontraba. Estaba sucediendo algo muy grave.
—Yo… —prosiguió Hange— También tengo gente a la que quiero resucitar. Cientos de personas. Desde que entré en las Tropas de Reconocimiento todos los días han sido días de despedidas. Pero ya lo sabemos, ¿no? A todos nos llega un día en el que debemos despedirnos. Nos negamos a aceptarlo, incluso nos cuesta mantener la cordura. Es duro. Lo sé. Muy duro. Aun así, debemos seguir adelante.
Hange abrazó con ternura a Mikasa. Por primera vez, vi un lado de Hange diferente, mucho más cercano. Aquella fue una escena muy dolorosa de ver. Mikasa, rota por la pena, lloró silenciosamente. Acababa de comprender, de la forma más cruel e injusta posibles, que no podía proteger a Eren y Armin eternamente. Mikasa Ackerman, aquel día, se rindió y entendió que lo mejor era dejar marchar a Armin.
—Capitán —Eren se había arrastrado por el tejado y había llegado hasta Levi para aferrarle del tobillo antes de que le inyectara el suero a Erwin—, ¿sabes qué es el mar? —Levi miró por encima de su hombro y clavó sus afilados ojos sobre el chico— Es un lago gigantesco que se extiende hacia el horizonte y está formado de agua salada. Lo dijo Armin.
—¡Basta ya! —Floch agarró a Eren de los brazos y tiró de él.
—Dijo que un día iríamos a ver ese mar que está al otro lado del muro —prosiguió Eren, suplicante—, pero ese sueño de cuando éramos niños yo hacía tiempo que lo había olvidado. Yo solo pensaba en vengar a mi madre, en matar a los titanes, en odiar. Pero él es diferente. Armin no solo lucha, ¡él sueña!
—¡Alejaos todos de aquí! —Levi se incorporó de nuevo para hablarnos a todos— ¡Voy a asegurarme de que Erwin se come a Bertholdt!
—Vámonos, Mikasa —Hange pasó su brazo por la cintura de la chica, quien asintió levemente.
—Mierda —Jean tenía la vista puesta en un punto fijo en el tejado. Estaba pálido—. Mierda.
—Venga, Jean —puse mi mano en su espalda y le sonreí. Intenté sonar reconfortante, pero también sabía que, en aquellos momentos, Jean no era capaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
—Hasta la próxima, Armin —Connie nos daba la espalda a todos y se estaba moviendo para cambiarse de tejado. Las lágrimas habían empapado ya sus ojos y se derramaban en abundancia por sus mejillas.
Nos pusimos a un par de tejados de distancia para poder observar mejor la escena. Levi se agachó junto al comandante, posiblemente despidiéndose de él. Sin embargo, en vez de inyectarle el suelo como pensábamos que iba a hacer, se incorporó de nuevo y se acercó a Armin.
—¿Qué está haciendo? —pregunté en voz alta, aunque ya sabía la respuesta.
Eren y compañía saltaron al siguiente tejado, visiblemente emocionados. Yo, en cambio, me sentía desconcertada y, sobre todo, dolida. ¿De verdad Levi iba a hacer lo que todos creíamos?
Levi le inyectó el suero a Armin. Antes de que se transformara, Levi cogió rápidamente el cuerpo del comandante, lo cargó a su espalda y saltó del tejado hacia donde estábamos nosotros, ayudándose de su equipo. Un rayo cayó del cielo y un titán pequeño y deforme rugió sobre el tejado de aquella casa de Shiganshina.
No me lo podía creer. Erwin Smith, el comandante de las Tropas de Reconocimiento, el hombre que iba a salvar a la humanidad, había sido sacrificado. El hombre que me había inspirado a luchar por una causa mayor, el hombre que había sido mi motor de cambio y por quien había tomado la última decisión de cambiar de facción iba a morir.
—¿_ _ _ _? —me preguntó Hange, mirándome de reojo. Pero yo no escuchaba.
Tan pronto como Levi puso un pie junto a nosotros, yo me acerqué a él en dos zancadas. Y actué sin pensar. El sonido de la bofetada cruzó el aire de Shiganshina antes de que fuera engullido por los desesperados gritos de súplica de Betholdt Hoover.
¡Hola a todos! ¡Ya estoy de vuelta!
Ay... No sabéis las ganas que tenía de llegar a esta parte del manga. Me encanta el drama, pero, a la vez, este ha sido el momento que más me ha hecho llorar de todo SnK. Estaban implicados tres de mis favoritos: Armin, Erwin y Bert. Podéis imaginaros lo mal que lo pasé y que todavía lo paso. Fue duro tener que reescribir esto. Y todavía hoy me duele. Cuando se estrenó la segunda temporada de SnK esto ya había salido hacía casi un año y me dio mucha tristeza verlos vivos en el anime sabiendo ya cuál es su destino.
En fin, espero que os haya gustado y que entendáis cómo se siente rayita. Le queda mucho que sufrir a la pobre. Todavía no ha terminado de asimilar tampoco que Erwin va a morir y ni siquiera es consciente del todo de que Moblit ha muerto. Todo le va a venir de golpe a la pobre cuando todas sus acciones empiecen a calar hondo en ella, así que preparaos para lo que está por venir (entre todo ello un capítulo especial que espero que os haga tanta ilusión como a mí muajaja).
Io-chan Ao-sama: Imagino que no es lo mismo que te narren una batalla a verla dibujada en el manga o animada, la emoción no es la misma. Jajajajaja Y lo sé, a rayita se le fue la pinza intenta salvar a Hanji y a Moblit, pero no la culpo. Creo que en situaciones así muchos haríamos estupideces como esa, solo quería que se viera reflejado. Espero que le des esa oportunidad a esta historia, que la rayis es inmortal. Para algo es la prota de este fanfic xD
Zenkou Theories: Ay... ¡Muchas gracias por tu comentario! Intento que todo quede lo más claro posible, así que me alegro que te emocionara todo lo que pasó en el anterior capítulo. Sé que ese final os dejó a más de uno trastocados.
catherinearnshaws: Como te imaginaste, sí, esto va a ser muy duro para rayis y, como ya he comentado más arriba, todavía no es plenamente consciente de todo lo que ha sucedido. Lo que viene tendrá mucho drama, pero creo que esto también puede ser un buen momento para que rayis crezca como personaje. Espero que lo tengo planeado en el futuro os agrade. En cuanto a Moblit, no haré nada de sus últimos momentos, pero tengo algo pensado para él. Era uno de los personajes a los que más cariño le tenía. Quiero hacerle algo especial.
~ ¡Nos leemos!
