XXXI
A lo largo de su vida, Levi había sentido mucho dolor y había perdido muchas cosas, tantas que a veces pensaba que sería incapaz de volver a sentir nada. No obstante, estaba completamente equivocado, porque daban igual las cosas que perdiera, eso iba a seguir afectándole.
Cientos de soldados habían caído en Shiganshina, entre ellos el propio comandante. Erwin Smith había puesto su vida en sus manos y él había actuado como verdugo. ¿Había tomado la decisión correcta? No estaba del todo seguro, solo el tiempo le daría la respuesta, pero lo que sí tenía claro es que había librado al rubio de una carga muy pesada.
No sabía explicar exactamente con palabras por qué se había decantado por Armin en vez de Erwin, pero había creído en ese momento que era la decisión acertada. Lo que había comprendido en aquella ocasión es que Erwin había terminado por convertirse en un monstruo, un sacrificio necesario para ponerse al mando de la legión y conseguir todo lo que habían logrado en los últimos años. Sin embargo, ese sueño había terminado por consumirle hasta tal punto que el comandante lo único que deseaba era encontrar la paz y descansar. No como Armin. Porque Armin también soñaba, pero lo hacía de forma diferente y por otras razones.
Por eso le dolió también que, de entre todas las personas, ella no lo comprendiera. La bofetada de _ _ _ _ había sido como una puñalada. Habían tenido sus desencuentros, pero ella nunca le había mirado con tanto desprecio y odio como aquel día en Shiganshina. Tras haber perdido a Erwin, él solo necesitaba que una única persona comprendiera, pero ella no lo hacía y eso le entristecía. Le entristecía tanto y se sentía tan confundido por todo lo que habían vivido en aquella misión que apenas se veía capaz de mirarla a los ojos. Y, quizás, si la hubiera mirado, se habría dado cuenta de que ella no estaba bien.
Verla en el suelo, agonizando, mientras tosía sangre le heló por completo. No entendía qué pasaba, por qué tenía tan mal aspecto, por qué solo Jean parecía ser el único que se había dado cuenta de que ella estaba gravemente herida. El chico no se había separado de ella en todo el trayecto y había sido el único que había sabido reaccionar cuando a ella le habían abandonado definitivamente las fuerzas.
—Capitán —le suplicó Jean desde el suelo, pero Levi siguió sin reaccionar. Había perdido a Erwin aquel día, no podía perderla a ella también ahora.
...
Había una luz blanca muy intensa. Todo estaba borroso y las siluetas no se distinguían. Diría que me sentía confundida y desorientada, pero sería mentir. En esos momentos, no era capaz de procesar dónde estaba ni quién era, ni siquiera tenía control sobre mi propio cuerpo.
Había alguien ligeramente apoyado en la cama sobre la que me encontraba, aunque tampoco sabía que aquel sitio sobre el que estaba tumbada era una cama. Posiblemente sentí terror, por eso mi reacción fue intentar pelear. Alguien se echó sobre mí, intentando sostenerme de las muñecas, pero lo único que hacía era patalear, porque intentaba gritar, pero no salía ningún sonido de mi garganta.
—¡_ _ _ _! ¡Tranquilízate! ¡Soy yo!
Era incapaz de comprender lo que me decían, así que yo me seguía resistiendo. ¿Quién era? ¿Dónde estaba? ¿Por qué me estaban agarrando?
—¡Ayuda! ¡Ayuda! —gritó aquella voz y, solo unos segundos después, otras voces entraron a escena— Se ha despertado de repente. No me reconoce.
—Está muy alterada, tenemos que darle algo para que vuelva a dormir.
Alguien me sostuvo la cara con ambas manos. No sabía quién era porque mis ojos se veían incapaces de enfocar aquel rostro. Y algo me hizo aquella persona porque mi respiración, agitada, se ralentizó y todo lo que había a mi alrededor volvió a desvanecerse.
Cuando volví a abrir los ojos, la luz de la habitación era más tenue. Me dolía todo el cuerpo, incluso tragar saliva me costaba, y emití un leve gemido. Alguien se movió a mi lado y me tomó la mano. Parpadeé varias veces para intentar acostumbrarme a la luz e intenté sonreír al ver finalmente el rostro de mi madre. Tenía el pelo ligeramente despeinado y unas enormes bolsas bajo sus ojos. Se inclinó sobre mí y me besó en la frente.
—Bienvenida —me tomó la mano derecha y la apretó con fuerza—. ¿Cómo te sientes?
—Mal —pronuncié en un susurro con voz ronca.
—Voy a llamar al médico.
Mi madre se puso en pie y se acercó a la puerta. Al abrirla, habló con alguien durante unos segundos y la cerró. Regresó a la silla que había junto a su cama y me volvió a tomar la mano. Sentí que sus ojos se cristalizaban ligeramente, pero me vi incapaz de decirle nada. Estaba agotada y tampoco estaba muy segura de que me fuera a salir a voz, sentía la garganta seca. ¿Cuántos días había pasado dormida?
Unos minutos después, un hombre de mediana edad entró en la habitación. Tenía el cabello castaño, muy corto. Lucía una especie de bata y estaba acompañado de una mujer de cabello rubio que rondaría la treintena.
—Hola —pronunció el hombre con una voz grave—. ¿Sabes cómo te llamas y dónde te encuentras?
—Me llamo _ _ _ _ —dije con la voz ronca—. Estoy en un hospital. Tuvimos una misión para recuperar la Muralla María.
—Eso es —el médico asintió—. Mauve, dale un poco de agua. Ha pasado mucho tiempo inconsciente.
La enfermera se acercó a una mesa, donde tomó un vaso al que echó un poco de agua. A continuación, se acercó a mí. Me colocó la almohada para que la cabeza estuviera algo más recta y me ayudó a beber. Con el primer trago, tosí y parte del agua se derramó por mi barbilla. La enfermera me limpió con un pañuelo que sacó de su bata y me tranquilizó, era lo normal después de todo. Volvió a ofrecerme agua. Esta vez fui dando sorbos más pequeños y emití un suspiro de cansancio. Cualquier pequeña tarea suponía para mí un mundo.
—¿Cuánto tiempo ha pasado? —pregunté.
—Cuatro días.
Cuatro días. Me sentía abrumada.
—Y, siendo sinceros, no creíamos que fueras a despertar nunca —continuó el doctor—. Tienes lesiones muy graves. Tienes algunas quemaduras y cortes que, sinceramente, han sido lo de menos, pero por dentro tu cuerpo ha sufrido mucho daño. Has perdido mucha sangre. No sabemos el alcance que ha tenido todo esto en tus órganos vitales y, hasta que no pase un tiempo, no podremos saberlo. También tienes varias costillas fracturadas y esa herida en tu brazo casi te cuesta el perderlo. Es un milagro que estés aquí y que llegaras tan lejos con esas lesiones.
—¿Y por qué me duelen las muñecas? —me miré las manos. Alrededor de las muñecas había marcas de dedos.
—Despertaste hace unas horas. Estabas muy alterada y hubo que sostenerte. Esos moretones son un accidente.
—Asustaste mucho a tu compañero —me explicó mi madre.
—¿Compañero?
—Sí. Un muchachito con el pelo castaño. Creo que se llama Jean.
Abrí ligeramente la boca, pero no añadí nada. ¿Jean había estado cuidándome en el hospital? En ese instante, imágenes de lo vivido en Shiganshina comenzaron a repetirse en mi mente y una ola de consternación se apoderó de mí. Moblit ya no estaba. Erwin ya no estaba.
—¿Quieres que llame a alguno de tus compañeros? —me preguntó— Han estado muy preocupados por ti.
—No quiero ver a nadie —respondí con dureza, más incluso de la que me esperaba.
—Tendrás muchas emociones que asimilar —intervino el doctor al ver la mirada de preocupación de mi madre—. Habéis pasado por mucho. Tómate tu tiempo, porque deberás permanecer en cama todavía mucho tiempo hasta que te pongas bien —asentí—. Ahora voy a examinarte, ¿de acuerdo? Para ver cómo estás tras despertar.
Aquel doctor se aseguró de mirarme las pupilas y la garganta. Me observó las heridas, sobre todo la del brazo que me provocó aquel cristal que atravesó la carne, y quitó los vendajes de mi cuerpo para saber cómo progresaban mis costillas fracturadas. Me ordenó hacer algunos ejercicios para saber cómo estaba de reflejos y fuerza que no fueron del todo satisfactorios, pero que, por el momento, no le preocupaban en exceso porque acababa de despertar. Finalmente, antes de marcharse, ordenó a la enfermera que me pusiera un vendaje nuevo y le informó de que podía empezar a beber y a comer líquido en pocas cantidades.
—¿Cómo está Ezra? —pregunté a mi madre una vez nos quedamos las dos a solas.
—Bien —respondió tras unos segundos de pausa.
—¿En serio que está bien? —aquella breve pausa antes de contestar no me dio buena espina.
—Sí, sí. No te preocupes por eso —me acarició el pelo—. ¿Sabes? Tienes mucha gente que se preocupa por ti. Han estado sustituyéndome constantemente, incluso ha venido la señora Berner.
—¿La señora Berner dices?
—Sí —mi madre me miró apenada—. No sabía nada, hija. Me ha contado lo mucho que apreciabas a su hijo.
—Yo… —sentí que mi labio inferior temblaba. Moblit ya no estaba. Cada vez que alguien me lo recordaba quería salir corriendo— Creo… Creo que voy a dormir. Estoy cansada.
—Me parece buena idea —mi madre se puso en pie para arroparme mejor y me dio un beso en la frente.
Pensé que me costaría conciliar el sueño, pero, en cuanto cerré los ojos, me dormí profundamente. No sé si soñé algo, si alguien vino a verme, pues hasta el día siguiente no me desperté. Estaba sola en la habitación, lo que me resultó extraño. Unos instantes después, entró una enfermera dándome los buenos días y sosteniendo una bandeja con un vaso con algo de leche. Estaba caliente y el cuerpo agradecía algo de alimento, por poco que fuera. Poco después, la puerta se abrió y mi madre entró acompañada de Jean y Connie. Ambos lucían las gabardinas de la legión, aunque Jean la llevaba solo por encima de sus hombros, pues su brazo izquierdo estaba vendado y en cabestrillo todavía.
—¡Hey! —Connie saludó con entusiasmo— ¡Estás despierta!
—Hola —sonreí, dejando a un lado el vaso de leche—. Qué bien os veis.
—Después de un baño, quedamos como nuevos —bromeó el chico.
—Tu madre me dijo que habías despertado y Connie me comentó que quería venir a verte cuando lo hicieras. ¿Cómo te sientes?
—Bien. Gracias —respondí a Jean—. Me temo que tendré que estar un tiempo en cama. Siento haberos asustado, sobre todo a ti, Jean.
—Ya. No es nada —el chico se rascó la nuca, visiblemente incómodo—. Solo no vuelvas a hacerlo, ¿vale?
—Estuvo a punto de echarse a llorar —Connie le dio una palmadita en la espalda.
—¿Y qué querías que hiciera? ¡Casi se muere! ¡Me dijo en Shiganshina que estaba bien y no lo estaba!
—Perdón, perdón —añadí, antes de que las cosas fueran a mayores—. ¿Cómo está Sasha?
—Está bien —Connie se encogió de hombros—. Las heridas del cuerpo se están curando bien y el golpe en la cabeza, que era lo preocupante, no está ando mayores problemas.
—Ya está comiendo como una loca —Jean rodó los ojos.
—Entonces eso significa que está perfectamente —emití una leve risita—. ¿Han pasado muchas cosas?
—Bastantes —Jean suspiró—. Eren y Mikasa han sido castigados. Se encuentran en prisión.
Apreté los labios formando una fina línea. Aunque era una información impactante, no me resultó del todo sorprendente. Eren y Mikasa se habían saltado el código de la legión, habían desobedecido y atacado a un superior.
—¿Y Armin?
—No lo sé —Jean agachó la mirada—. No habla mucho desde entonces. Está un poco ausente. Pero va a visitar todos los días a Eren y Mikasa. Tras visitar el sótano, Eren ha despertado muchos de los recuerdos de su padre, así que Armin quiere recopilarlos todos. Será una ardua tarea. Nosotros, en cambio, estamos trabajando con Hange y Levi. Hay que recuperar a la legión.
—¿Eso significa también que le habéis dado la carta a Historia? —dudaba de que aquello hubiera sido real, pero por la mirada que Connie le echó de reojo a Jean, supe que eso no había sido ningún sueño. Efectivamente, en Shiganshina Reiner tenía una carta para Historia de Ymir— ¿Y bien?
—Es Jean quien fue a visitar a Historia junto a Hange.
Jean frunció ligeramente el ceño. Yo posé mis ojos sobre él y enarqué ambas cejas, esperando una respuesta.
—Creo que deberías ser tú la que hablara con ella —sentenció el chico cruzándose de brazos—. No me corresponde a mí hablar de ello.
—¿Pero la viste bien o mal?
—La vi bastante bien, pero imagino que no quiso llorar delante de nosotros —la preocupación en mi rostro debió de invitar a Jean a continuar—. No te preocupes porque la verás en seguida. ¿Crees que se quedará sin venir a verte?
—Se puso como una fiera cuando se enteró de lo que te había pasado. Quería venir inmediatamente a verte, así que en cuanto le digan que has despertado, seguro que vendrá.
—Cuando la comandante venga a verte te contará más cosas —añadió Jean—. Por el momento creo que esto ha sido suficiente información. No vamos a agobiarte más.
Jean y Connie permanecieron unos minutos más haciéndome compañía en la habitación. Los dos chicos se limitaron a hacerme pasar más rápido el tiempo y a amenizarme mi estancia en el hospital, inmovilizada en aquella cama. Las cosas parecían seguir como siempre, porque Connie me hacía reír con sus bromas y usaba cualquier excusa para meterse con un Jean al que siempre conseguía sacar de sus casillas.
Cuando los dos se marcharon, noté que Jean se detenía en la puerta antes de salir. El chico se giró para mirarme una última vez. Parecía dubitativo, como si no supiera si debía decirme algo o no.
—¿Está todo bien? —le pregunté finalmente.
—Sí —respondió inmediatamente—. No es nada.
Aquella tarde recibí otra visita que hizo que mi estadía en el hospital fuera más amena. Maverick dio unos toquecitos en la puerta antes de entrar y su enorme sonrisa al verme pareció llenar la habitación de un calor especial. No vestía su uniforme de la Policía Militar, sino que llevaba unos pantalones de vestir de color gris, una camisa blanca y un chaleco negro, todo impoluto.
—Qué guapo estás.
—Me he puesto guapo solo para ti —me guiñó un ojo, tomando asiento a un lado de la cama en vez de en la silla—. ¿Cómo te encuentras?
—Mucho mejor, aunque sigo teniendo muchos dolores, pero no queda más que aguantar.
—No sabes lo mal que lo pasé. Nos informaron de que solo habíais regresado diez con vida y me temí lo peor. Cuando me dijeron que tú estabas entre esos que habían vuelto, sentí un alivio enorme, pero después casi me da un infarto cuando me comunicaron que habías regresado gravemente herida.
—¿Viniste a verme?
—¿Sinceramente? No. Me aterrorizaba ver cómo te encontrarías o el aspecto que tendrías.
—¿Y tengo tan mala pinta como creías que tendría?
—Tienes mejor aspecto del que me imaginaba, la verdad.
—Pero estoy horrible.
—Has estado a punto de morir. Creo que es lo normal.
—Pero no me recomendarías que me mirara al espejo.
—Para nada.
Emití una leve risa y, tras ella, un silencio se instaló entre nosotros.
—Sabes que, si necesitas hablar de lo que sea, puedes hacerlo —pronunció finalmente Maverick.
—Lo sé.
—Genial —sonrió levemente—. Perdí a Alphonse, no te voy a perder a ti también después de que nos hayamos reencontrado.
—Por cierto —me llevé la mano al cuello—, ¡tu colgante! ¡El colgante que me diste!
—Te lo quitarían al atenderte. Lo tendrán guardado. Ya me lo darás —se inclinó hacia mí para revolverme el pelo—. Me alegro de que te diera buena suerte. Te lo dije.
—No lo creo… —susurré al pensar en todo por lo que habíamos pasado.
—Pues yo sí lo creo. Tú estás aquí. No dejes ahora que todos esos soldados que fallecieron sean olvidados o que sus muertes fueran en vano.
—Aún no he hablado con la comandante, pero no creo que lo fueran.
—Ah, ¿entonces no sabes todavía nada de lo que ha pasado? —negué con la cabeza ante su pregunta— No pasa nada. No es grave, pero es mejor que te lo cuente la nueva comandante. Para algo es tu jefa. Solo te adelanto que le habéis dado esperanza a la gente. Sois unos héroes.
—¿Héroes?
—Sí. Vosotros recuperasteis la Muralla María y habéis abierto a la gente los ojos sobre lo que hay más allá. Habéis salido en los periódicos. No se habla de otra cosa. ¡Sois estrellas!
—No exageres —reí.
—Te van a salir pretendientes hasta de debajo de las piedras.
—No me tomes el pelo…
—¡No te lo tomo! Estas cosas lo que tienen es que gente de tu pasado que creías olvidada vuelven o gente que simplemente quiere arrimarse a ti porque ahora eres una celebridad.
—Pfff… —rodé los ojos— ¿Quién de mi pasado podría volver? Qué misterioso te pones.
—Elric y Mara, por ejemplo.
Guardé inmediatamente silencio y mi expresión se endureció. La última vez que me mencionaron sus nombres fue precisamente antes de Shiganshina y aquello me costó una breve discusión con Levi. Pensaba que a la gente le había quedado claro que no quería saber más de ellos, pero todo el mundo parecía querer lo contrario.
—Quisieron venir a verte, pero les dije que no era el momento.
—¿Has hablado con ellos? —estaba sorprendida. ¿Desde cuándo tenían relación?
—Hablé con ellos porque vinieron a verme. Se enteraron de que habíamos retomado el contacto y, evidentemente, les dijeron lo que te había pasado. Quisieron saber cómo estabas.
—¿Y qué les dijiste?
—Les dije que se fueran, que lo que menos necesitabas era verlos, pero, aun así, creo que cuando te pongas bien deberías hablar con ellos.
—¿Por qué debería hacerlo? —fruncí el ceño.
—Hazme caso, _ _ _ _ —Maverick me lanzó una mirada significativa—. Es mejor que habléis.
Suspiré con resignación. Primero mi madre, luego Levi y ahora Maverick. Todos me decían que debía ver a Elric y a Mara, hablar con ellos. No es que me apeteciera especialmente, aquel había sido un episodio de mi vida que había cerrado por completo, pero les haría caso y haría un esfuerzo por ir a verlos. Eso sí, sería cuando me apeteciera y, desde luego, no en esos momentos. Ya me lo replantearía cuando me recuperara.
Al día siguiente recibí una nueva visita. Hange e Historia se presentaron en la habitación del hospital. Las dos sonrieron al verme, pero lucían serias. Sin duda se habían presentado metidas en su papel, no como amigas y compañeras, sino como la comandante de las Tropas de Reconocimiento y como la Reina. Venían a ponerme al día sobre todo lo que había ocurrido.
Mientras que Historia tomó asiento en una silla, Hange prefirió permanecer de pie. Sin embargo, bastó una mirada de la reina para que fuera a por otra de silla que había al fondo de la habitación y la colocara al otro lado de la cama, donde tomó asiento.
—Nos han contado que evolucionas bien —comenzó Historia.
—¿Eso dicen? Teniendo en cuenta que apenas me puedo mover…
—No te fuerces. Has tenido lesiones importantes. Tienes que curarlas bien para que puedas volver a estar al máximo nivel.
—¿Vais a contarme qué ha pasado? —pregunté. Todo el mundo me había dado información a cuentagotas porque no quería agobiarme tras despertar, pero me sentía especialmente confusa e inútil si era la única que no sabía nada de lo que sucedía.
—La misión fue un éxito porque cumplimos el objetivo principal: recuperamos la Muralla María —comenzó Hange—. Estamos ya preparando los siguientes pasos, que serán limpiar la zona de titanes y poder ir a explorar más allá de los muros. Creemos que podremos empezar antes de que estés recuperada, ya que el proceso de sanación de tus costillas será algo extenso —Hange hizo una pausa y asentí—. Por otra parte, una vez acabemos con todos los titanes, recuperaremos todos los cuerpos que sean posibles, eso incluye el de Erwin, y recibirán un funeral con honores.
—Por el momento estamos también preparando un acto para homenajearos a vosotros —continuó Historia—. Recibiréis condecoraciones. Pero eso será cuando Sasha y tú estéis bien.
—Y ahora lo que imagino que más estás deseando oír, qué encontramos en el sótano —la mirada de Hange se ensombreció, lo que me hizo tragar saliva—. Había libros.
—¿Libros? —parpadeé confusa y, ciertamente, decepcionada. No sé qué esperaba que hubiera en el sótano de aquella casa, pero desde luego que no libros.
—Y una fotografía.
—¿Una qué? —no había escuchado nunca esa palabra.
—Al parecer, es una imagen que se capta haciendo uso de la luz y queda grabada en papel.
—¿Es eso posible? —mi boca se abrió de par en par— Qué pasada… ¿Dónde aprendió el padre de Eren a hacer eso?
—En su hogar. Fuera de los muros —Hange se inclinó ligeramente hacia mí—. _ _ _ _, vivimos en una isla, es decir, una pequeña extensión de tierra rodeada por mar. Al otro lado del mar, el mundo ha seguido evolucionando mientras que aquí hemos seguido estancados. Grisha Jaeger viene de un lugar llamado Marley que entró hace muchos años en conflicto con Eldia, quienes poseían el poder de los titanes gracias al pacto que Ymir realizó, según cuenta la leyenda en Maley, con el demonio. Aparentemente, el poder de Eldia terminó causando conflictos que llevaron a que algunos titanes traicionaran a Eldia y así Marley ganó la guerra. Algunos eldianos, junto al rey 145, huyeron hasta donde estamos aquí y construyó las murallas que nos rodean con el poder de miles y miles de titanes colosales que podrían destruir el mundo si despertaran. El objetivo de Marley es recuperar los poderes de titán que han perdido y destruir nuestra raza por considerarnos una amenaza.
Comencé a masajearme las sienes. Desde que vi a Erwin tuve la certeza de que nuestro mundo era mucho más amplio, pero jamás me hubiera imaginado que hubiera toda una sociedad al otro lado de las murallas, una sociedad que sabía de nuestra existencia y que nos despreciaba por algo que nosotros habíamos desconocido hasta la fecha.
—Esto lo sabemos gracias a Eren —aclaró Hange—. Ha tenido acceso a las memorias de su padre y, hasta el momento, es lo que nos ha contado. O lo que nos ha querido contar.
—¿Crees que podría estar ocultándonos algo?
—Es posible. No descarto nada, aunque solo sean meras conjeturas —la mujer hizo una pausa—. Por otra parte, sabemos que el ejército de Marley utiliza a los titanes para combatir. También sabemos que el nombre Titán Bestia es Zeke Jaeger.
—¿Como Eren?
—Sí. Son hermanos —abrí la boca de par en par por la sorpresa y Hange continuó—. Son de distinta madre, evidentemente. Según sabemos, el padre de Eren estaba en un grupo de la resistencia. Al captar Marley a los niños desde muy pequeños al ejército, Grisha Jaeger quiso que su hijo también entrara para poder tener a alguien que les informara desde dentro. Sin embargo, la jugada le salió mal y su propio hijo les vendió a Marley. Todo el grupo fue apresado y condenado. Su castigo fue vagar como titanes fuera de estos muros.
—Un momento, ¿entonces es cierto? ¿Los titanes son personas?
—Eso es, mis suposiciones sobre los titanes y los titanes cambiantes eran totalmente ciertas. Les inyectan una especie de suero y estos se transforman.
—Pero el padre de Eren no se transformó, ¿no?
—No. Porque a él lo salvaron. Un tal Eren Krueger resultó ser un eldiano infiltrado que poseía un poder de titán. Al único que salvó fue a Grisha Jaeger y, después, le entregó su poder para que pudiera llegar hasta los muros y con una misión: recuperar la coordenada.
—Y lo hizo —deduje de forma acertada.
—Lo hizo derrotando a mi hermana Frieda —completó Historia.
—Al parecer, Grisha Jaeger le pidió ayuda, pero ésta se negó —añadió Hange.
—¿Ayuda para qué?
—Para restaurar el antiguo Imperio de Eldia.
—¿Y el papel de Annie Leonhardt, Berthold Hoover y Reiner Braun en todo esto?
—Su misión era recuperar la coordenada. Por eso querían llevarse a Eren, porque está en su poder ahora.
—Es todo… —agaché la mirada.
—¿Confuso? —Hange curvó la comisura de sus labios ligeramente hacia arriba— Lo sabemos. Por eso he querido que Historia estuviera también aquí. Para que estés más cómoda. Sé que os lleváis bien.
—Hange —pronunció Historia con delicadeza, pero noté cierto tono de advertencia en su voz.
—Quería hablar contigo de esto antes de actuar porque es importante. _ _ _ _-
—Hange —Historia elevó un poco más el tono de voz. La comandante suspiró y apoyó su espalda contra el respaldo de la silla—, quedamos en que la información iría en pequeñas dosis.
—¿Pasa algo? —mis ojos se desviaban continuamente de una a otra, pero ninguna me miraba.
—Sabes que necesitamos la máxima información posible.
—Lo sé. Y sé que soy la reina y tú eres la comandante. Tú tienes poder de decisión sobre esto, pero me has pedido que sea el apoyo de _ _ _ _ y, si te digo que ahora no es el momento, entonces no lo es. Lo siento.
—En fin, no importa —Hange se puso en pie—, pero es una pena. Ya llegará el momento.
—¿El momento de qué?
—Me alegro de que estés mejor, _ _ _ _ —Hange continuó hablando, ignorando por completo mi pregunta—. Nos diste un buen susto. Cuando te pongas bien, hablaremos.
Hange abrió la puerta de la habitación y salió dando un portazo. Unos segundos después de que se hubiera marchado, Historia permaneció con sus ojos puestos sobre la puerta hasta que, finalmente, se giró para mirarme.
—Me escondéis algo —no era algo difícil de suponer. Todos estaban siendo muy cuidadosos conmigo.
—Has estado varios días inconsciente, te has perdido muchas cosas, así que los doctores creen que lo mejor es irte dando información en pequeñas dosis —me explicó Historia—. No quiero que te preocupes, no es nada grave, pero sí es un tema que queremos tratar con delicadeza y que, sobre todo, no trascienda hasta que no se aclare todo.
—Hange parece bastante molesta.
—Lo está. Y siento haber tenido que intervenir en sus competencias de esta manera, pero me pidió que estuviera aquí como tu apoyo y como tal he actuado.
—Esto es… Una locura —pronuncié, pasándome la mano por mi cabello.
—Necesitas tiempo para similar todo esto. Hazlo y todas las preguntas que tengas seguramente la comandante te las resolverá —Historia se puso en pie, colocándose su bonito vestido—. Lo mejor es que estés un rato a solas.
—Oye, Historia, ¿no vas a contarme qué decía la carta de Ymir?
—¿No te lo han dicho? —se giró, sosteniendo en su pequeña mano el pomo de la puerta.
—No. Jean me dijo que no le correspondía contármelo, solo a ti.
Aquello hizo sonreír a la chica, aunque noté cierta expresión de tristeza.
—Entonces eso lo dejaremos para otro momento.
Historia abandonó la habitación, dejándome con una extraña sensación que oprimía mi pecho. Repasaba en mi mente una y otra vez lo que Hange me había contado y me preguntaba por qué personas a las que no conocía me odiaban por algo que habían hecho personas de mi misma raza hacía miles de años. Imaginaba que aquella sociedad que había fuera sería mucho más avanzada que la nuestra porque sabían crear sueros de titán y porque, si eran capaces de plasmar a personas en papel sin tener que dibujarlas, solo con la luz, deberían haber podido investigar cosas mucho más complejas.
En esos momentos me asaltaron muchas dudas. ¿Eso quería decir que solo aquellos de raza eldiana podían transformarse en titanes? ¿Aquella religión cuyos seguidores eran devotos a los muros conocían la verdad que estos escondían? ¿Eso era lo que con tanto ahínco protegió el Pastor Nick y que le causó la muerte? ¿Por qué el rey 145 se encerró en esos muros? ¿Por qué Frieda Reiss se negó a colaborar con Grisha Jaeger? ¿Por qué Grisha se terminó sacrificando, dejando que su propio hijo lo devorara, qué intenciones tenía detrás? Me faltaba información y tenía claro que quería que todas esas preguntas fueran resueltas lo antes posible.
Pero, durante los siguientes días, Hange no volvió a visitarme. Imaginaba que estaría ocupada en sus nuevas tareas como comandante y que, en esos momentos, la prioridad era limpiar la Muralla María de titanes, no resolverme a mí mis dudas.
Por otra parte, solo faltaba una persona por venir a verme y, finalmente, lo hizo. Levi vino una semana después de que despertara. No llamó a la puerta. Simplemente la abrió y, desde esa distancia, posó sus fríos e inexpresivos ojos sobre mí. En aquel instante, un sentimiento de rabia se apoderó de mí, no porque no hubiera venido a verme antes, sino por algo más, algo que nacía desde mis entrañas.
—Vete —pronuncié entre dientes—. Quiero que te vayas.
Levi permaneció impasible. Mi respiración comenzó a agitarse y empecé a sentir el latido de mi corazón en la sien. Fue verle y sentir como si me derramaran por encima un jarro de agua fría. Recordé sus palabras, aquello que me dijo cuando maté por primera vez, que debería afrontar mis sentimientos o al final eso terminaría perjudicándome. No sé con exactitud por qué sucedió en ese momento, pero sentí que su mera presencia me daba ganas de chillar. Y eso hice.
—¡Que te vayas!
Mi voz se elevaba progresivamente y, a medida que lo hacía, recordé muchas cosas. Recordé cómo empuñaba un arma, recordé cómo disparaba, aquellos ojos sin vida. Recordé el sonido de la cuchilla afilada de una de mis espadas cortar la carne, el ruido seco que hizo el cuerpo de aquel chico cayendo contra el suelo. Y recordé a Moblit. Recordé la desesperación, el miedo, mis deseos inútiles de alcanzarlo antes de que todo estallara por los aires. Y recordé, sobre todo, aquella promesa que le había hecho a la señora Berner y que no había sido capaz de cumplir. Comprendí de esa forma tan dura lo importante que era Moblit para mí, el compañero tan valioso que había perdido y por el que no me habría importado perder mi vida con tal de que él viviera. Y, sin embargo, la que estaba allí era yo y no él. Igual que Erwin, él tampoco estaba.
Me llevé las manos a la cara. Sentía que me ahogaba, que todas esas emociones que de repente se habían acumulado en mí tenían un único causante y ese era Levi Ackerman. Quería que se marchara de allí porque, por injusto que fuera, deseaba que desapareciera de mi vista y de mi vida. Le consideraba el culpable de lo miserable que me sentía y su mera presencia me lo recordaba. Odiaba a Levi con todas mis fuerzas.
—¡Vete! —golpeé con mi puño en la cama. Me incorporé levemente, cogí el jarrón que había en la mesilla y lo lancé contra él— ¡No quiero verte! —el vidrio se rompió con un sonoro estruendo. El agua, las flores y los trozos de cristal quedaron esparcidos cerca de un Levi que pareció no inmutarse. La venda de la grave herida de mi brazo se tiñó de mi sangre ante mis movimientos bruscos— ¡QUIERO QUE TE VAYAS!
—¿Qué está pasando aquí? —una de las enfermeras entró en la habitación alertada por mis gritos. Al verme tan agitada, corrió hacia mí e intentó inmovilizarme— ¡Traed algo para tranquilizarla!
Un chico y una chica entraron en la habitación portando cosas que no alcancé a ver porque sentía que mi vista se nublaba.
—Lo siento mucho, capitán, pero voy a tener que pedirle que se marche.
Mientras las lágrimas caían por mis mejillas sin control, Levi salió de la habitación, ligeramente cabizbajo y sin mirar atrás. Yo, en cambio, creía que mis heridas habían empezado a sanar, pero me equivocaba. Durante los meses que llevaba en la legión se habían creado heridas invisibles al ojo humano y que, por alguna extraña razón, me habían empezado a doler tras Shiganshina y tras verle a él en aquella habitación de hospital.
Más tarde comprendería mis errores, pero tuve que pasar por aquel pozo de oscuridad y tinieblas para volver a salir de él siendo una persona completamente diferente. La chica que se marchó a una misión para recuperar la Muralla María se quedó allí para siempre.
¡Hola! ¡Ya estoy de vuelta! Y creo que antes de lo pensado, ¿no? Veremos qué tal se me dan los próximos capítulos porque tengo muchas ideas y otras tantos cosas que necesito para rellenar algunos capítulos que no sé cómo va a salir la cosa.
En fin, como siempre, miles de gracias por vuestros comentarios, aunque tenía la esperanza de llegar a los 100, peor no, tendrá que ser con este capítulo 31.
Zenakou Theories: Como bien dices en tu comentario, cada uno con sus propios demonios y, como verás, rayis tiene que lidiar con los suyos. No obstante, al final del capítulo he querido dar un poco un mensaje de esperanza adelantando que saldrá del bache, pero, evidentemente, no será la misma persona. Quiero utilizar todo lo que ha pasado en Shighanshina y este periodo de reflexión en el hospital para darle la evolución y la maduración que creo que necesita el personaje.
Io-chan Ao-sama: jajajajajajaja Qué cruel. Creo que eres la primera persona que ve genial la posibilidad de que rayis muera. Me encanta xD pero ya veremos lo que sucede al final...
catherinearnshaw: Bueno, rayis va a tener que empezar ahora a asumir la pérdida, cosa que no será fácil porque no está tan acostumbrada a perder a los que quiere. En cuanto a Jean, ME ENCANTA, es mi personaje favorito (sé que no se nota mucho porque apenas tiene protagonismo en esta historia). Su relación con rayis no es de amistad, es más bien de respeto, al igual que con todos los de la 104 a excepción de Historia, pero quiero que Jean y ella se empiecen a acercar un poquito más por cosas que no puedo revelar aún.
~ ¡Nos leemos!
