XXXIII

El tiempo parecía acompañar la lúgubre atmósfera del lugar. Cruces de madera pintadas en color blanco se extendían a lo largo de la ladera. Frente a la que yo me encontraba, escrita con tinta negra, se encontraba el nombre de Erwin Smith. A mis pies, las flores que se amontonaban junto a su tumba se deshacían por la intensa lluvia y los pétalos se esparcían.

Una gota de lluvia cayó desde la tela de la capucha de mi capa y fue a parar la punta de mi nariz, que ligeramente asomaba. Me mordí el labio, con tanta fuerza que sentí un cierto sabor a sangre en mi boca. Necesitaba desplazarme hasta aquel lugar para cerciorarme, una vez más, que tanto el comandante de las Tropas de Reconocimiento como Moblit estaban muertos.

Aquel cementerio se había ampliado unos días después del regreso de Shiganshina. Un par de días después de la misión, varios escuadrones del ejercito habían puesto rumbo a esa zona para recuperar los cadáveres y dar a aquellos cuerpos un entierro digno. Al menos, a los restos de aquellos que sí lograron encontrar. Muchos cuerpos se perdieron entre los escombros. Sin embargo, aquellas personas de las que no se halló nada también disponían de su cruz en aquel cementerio, que pretendía rendir homenaje a todos esos soldados que habían dado su vida para la humanidad.

Como ya pude abandonar el hospital, quise hacer esta visita, ya que yo no pude atender al funeral. Cuando pregunté por algunos detalles, Jean y Connie me contaron que, lamentablemente, de Moblit no habían encontrado nada o, al menos, nada en concreto que pudiera identificarle. El estar tan cerca de la explosión había acabado posiblemente con su cuerpo o habría sido uno de los cuantos cadáveres que encontraron calcinados. El cuerpo de Erwin, en cambio, fue muy fácil de localizar. Levi se había encargado personalmente de colocarlo en una cama, dentro de una de las casas del Distrito de Shiganshina, junto a su capa. Fue sencillo recoger su cuerpo, que se encontraba en mucho mejor estado que el de la mayoría, y llevarlo de vuelta a casa.

Aquel gesto de Levi con el comandante hizo que se me encogiera el corazón. Porque, si alguien sentía la muerte de Erwin más que nadie, ese era él. Y yo, lo único que había hecho, era cuestionar su decisión y, por extensión, su autoridad. Había sido egoísta, había pensado más en mí que en lo que él pudiera estar pasando él y, por eso, no sabía cómo arreglar todo el daño que le había causado.

Me acerqué al caballo que había tomado prestado y, a duras penas, conseguí subirme sobre él de nuevo. Cada vez que hacía algún esfuerzo, mis costillas, aún sin soldar del todo, se resentían. Por eso, cuando había comentado lo que deseaba hacer, Jean había sido el primero en advertirme sobre ello. Desde lo sucedido en Shiganshina, Jean no paraba de darme sermones por cada cosa que hacía, lo que ya empezaba a molestarme, pero, por otra parte, tampoco se lo reprochaba. Recordaba nuestro regreso a Rose y cómo la sangre comenzó a salir a borbotones de mi boca. Tuvo que ser muy traumático para todos, pero en especial para él, porque le había insistido durante todo el trayecto que me encontraba bien cuando en realidad no lo estaba. No obstante, y aunque en parte el chico tenía razón, tenía muchas cosas por arreglar y, antes de conversar con Hange de lo que fuera de lo que me quisiera hablar, deseaba dejar zanjados esos asuntos. Uno de ellos era visitar a Erwin y Moblit al cementerio, el otro era visitar a la madre de este último.

Había conocido a Hilda Berner durante la operación en Trost, cuando la Legión de Reconocimiento había sido perseguida por la Policía Militar por conspirar contra la corona y el gobierno. Se trataba de una mujer regordeta de mejillas sonrosadas y un enorme corazón. Tan grande que, según me había dicho mi madre, había permanecido junto a mí durante los días en los que había estado inconsciente, aun cuando su hijo acababa de fallecer. Sin embargo, desde que había despertado, no había vuelto a saber de ella. No sabía si era porque quería que me centrara en mi recuperación o porque le resultaba imposible enfrentarse a mí, pues yo seguía con vida y Moblit, no.

Historia fue la única que pudo responderme sobre su paradero. No la encontraría en su casa, sino en el orfanato que Historia inauguró tras convertirse en reina. La mujer, posiblemente, para intentar apaciguar el dolor de la pérdida, se había centrado en otros y ahora trabajaba sin descanso para aquellos niños huérfanos a los que Historia les había dado un hogar.

La incesante lluvia no se había detenido y un rayo cruzó el cielo, iluminando momentáneamente las nubes negras. Bajé del caballo, que dejé atado bajo un porche de la casa para que se mojara lo menos posible y caminé hasta la puerta del orfanato, esquivando los enormes charcos que se habían formado. Al abrir la puerta, el trueno del rayo que había caído hacía unos segundos retumbó a lo lejos.

—¡_ _ _ _!

Un par de niños, que estaban justo en el pasillo, me reconocieron en seguida. Los dos corrieron hacia mí y comenzaron a dar saltos a mi alrededor. No esperaba que me recordaran, pues habían pasado varias semanas desde mi última visita, así que me sentí especialmente ilusionada por ello.

—Esperad, no os acerquéis. No quiero que os mojéis —les dije mientras me quitaba la capa y la colgaba en un perchero en la entrada. Las gotas de agua caían sin cesar por la tela empapada formando pequeños charcos en el suelo de madera vieja, incluso había comenzado a calarse a través de la prenda y mi chaqueta del uniforme estaba húmeda.

—¿Estás bien? —uno de los niños hizo un puchero— Nos dijeron que estabas malita.

—Sí —sonreí, revolviéndole el pelo cariñosamente—, pero ya estoy mucho mejor.

—¿Has venido a jugar? —preguntó una niña.

—Después. Ahora es importante que hable con alguien. Me han dicho que Hilda Berner trabaja aquí.

—¿La señora Berner?

—¡Sí! ¡Está en la cocina! —la niña señaló hacia una de las puertas.

—¿Y después jugarás?

—Sí, lo prometo.

—¡Bien! —el niño cogió la mano de la pequeña y tiró de ella— ¡Vamos a decírselo al resto! —y los dos salieron corriendo por el pasillo.

Sacudí mis botas llenas de barro en la entrada antes de adentrarme en el pasillo. Giré por una de las habitaciones principales, que hacía las veces de comedor para los niños, y, finalmente, me topé con la cocina. La puerta estaba abierta. Se escuchaba ruido de cacharros y, por un instante, la figura de Hilda Berner quedó perfectamente encuadrada en el marco de la puerta. Tardó varios segundos en darse cuenta de mi presencia. Al verme, sus ojos se abrieron ligeramente por la sorpresa, pero, después, su expresión se ablandó y me sonrió con dulzura.

—¿Qué haces ahí de pie? Vamos, pasa.

Algo dubitativa, entré en la cocina. Estaba mucho más ordenada de lo que recordaba. La mujer parecía haber terminado de recoger.

—Te haré algo caliente de beber —se acercó a mí y me quitó la chaqueta—. Tienes la ropa húmeda. Es mejor que te tomes algo para que entres en calor —colgó la prenda en una silla y, a continuación, rebuscó una tetera que comenzó a llenar de agua.

Me sorprendió la naturalidad con la que me hablaba. Era como si nada hubiera sucedido, como si estuviera ante mí la misma mujer de siempre.

Mientras preparaba el té, un silencio se estableció entre nosotras. Yo la observé hacer. No resultó una situación incómoda, sino que a ambas nos invadió una sensación de familiaridad y nostalgia.

—Ten —colocó frente a mí un vaso con el té recién hecho—. ¿Quieres algo de comer? No tengo gran cosa porque debo ir al mercado a comprar, pero con este tiempo me es imposible.

—No, gracias. Estoy bien.

—Estás mucho más delgada —pronunció con detenimiento—. Supongo que es normal después de todo. ¿Estás comiendo bien?

—S-Sí. Eso creo. Voy poco a poco, porque tampoco se sabe con exactitud el daño que sufrieron mis órganos.

Hilda, sentada frente a mí, me tomó ambas manos con fuerza.

—Cómo me alegro de que estés aquí, _ _ _ _.

Tragué saliva. La madre de Moblit era una mujer extraordinaria. Yo pensaba que me odiaría por vivir, pero parecía todo lo contrario.

—Yo…

—No tienes que decirme nada —me interrumpió—. Espero que hayas llorado todo lo que tenías que llorar. Es bueno.

Me mordí el labio. Había llorado mucho, sí, y, aun así, no me parecía suficiente. Nunca sería suficiente.

—Pero tengo que disculparme. Le prometí que le protegería y… —sentí que un nudo se formaba en mi garganta— Lo intenté, de verdad. Quise llegar a él, pero estaba muy lejos y, por más que lo intenté alcanzar, nunca llegué —las lágrimas, que se habían acumulado en mis ojos, comenzaron a derramarse sin control—. Aún me quema la garganta cada vez que pronuncio su nombre. Es como si el grito que di antes de que todo saltara por los aires se hubiera quedado tatuado en mi garganta para siempre. ¿Por qué le tuvo que pasar a él? Él era una buena persona y un gran profesional. ¿Por qué no pude ser yo la que se muriera aquel día?

—No vuelvas a decir eso.

—Y tengo miedo. Tengo miedo de olvidar su cara en algún momento. Ya no puedo casi ni cerciorarme de cómo era su voz.

—Escúchame muy bien, _ _ _ _ —Hilda me soltó una mano para limpiarse con el pulgar una lágrima que caía por su mejilla—. Eres joven y no deberías vivir con arrepentimientos. Hay veces que, por mucho que lo intentemos, no tenemos éxito. Pero solo merece la pena porque lo intentamos —la mujer sonrió—. Lo que has dicho de Moblit era muy bonito, era un joven especial. Lo sé. Todos los días de mi vida voy a echarlo de menos y jamás desaparecerá el dolor que siento en mi pecho, pero tú tienes algo grande por lo que seguir viviendo. Sé que él habría odiado verte llorar así y culparte por una muerte a la que todos los familiares que tienen soldados en las Tropas de Reconocimiento intentan mentalizarse desde el momento en el que esa persona decide unirse a ellos. He llorado y seguiré llorando cuando recuerde que estoy sola, pero tú tienes a gente que todavía te quiere y mi hijo será solo un mal recuerdo que te hizo mejorar como persona.

—No está sola —pronuncié con determinación—. No voy a dejar que piense así, no mientras esté yo aquí. Y jamás olvidaré a Moblit. No permitiré que nadie le olvide.

—Sabes que no me debes nada, ¿verdad? —Hilda me miró con cierta preocupación.

—Moblit y yo-

—Erais amigos —completó por mí. La miré sorprendida—. ¿Crees que no me di cuenta? Las madres tenemos un sexto sentido para esas cosas. Teníais una buena relación, pero no había nada más entre ambos. Otra cosa es que en un futuro no hubiera podido surgir algo entre los dos.

—Siento si le hice creer lo contrario en algún momento —me sentía realmente mal por ello.

—No te preocupes —Hilda emitió una leve risa—. Las madres nos damos cuenta de otras cosas. Pero, al igual que a ti, me encantaba ver la cara de bobalicón que se le quedaba a mi hijo.

—Le daba mucha vergüenza —ambas reímos al recordar aquello, el rostro redondeado de Moblit y sus carnosas mejillas sonrosadas, el temblor de su voz y las gotas de sudor que le caían.

Un silencio se estableció de nuevo entre nosotras, una sonrisa repleta de nostalgia dibujada en nuestros rostros. Observé con detenimiento el rostro de la mujer. Aunque Hilda tenía el pelo mucho más claro, me resultó asombroso lo mucho que físicamente su hijo se parecía a ella. Yo echaba de menos la compañía de Moblit, pero Hilda sería la que más de menos lo echaba, por eso seguramente había decidido ayudar en el orfanato. Cuando te quedabas a solas, era cuando los pensamientos más negativos te asaltaban. Era mejor tener la mente ocupada.

—¿Qué tenéis planeado hacer ahora? —se interesó finalmente.

—Limpiar la Muralla María de titanes, aunque yo no podré participar activamente.

—Es una misión muy peligrosa.

—Al contrario —repliqué satisfecha—. Están trabajando en el prototipo de una especie de guillotina. La idea es atraer a titanes hasta el muro y, desde lo alto, habrá una hoja que caerá desde una estructura, cortándoles en la nuca. La comandante está bastante ilusionada con el proyecto. A mí me tocará la parte aburrida, que es pasar informes a limpio, hacer todo el papeleo —me encogí de hombros.

—Eso de la guillotina es fantástico. Así dejará de morir gente —la mujer se llevó la mano al pecho. Su mirada se desvió momentáneamente hacia la venta. Fuera seguía diluviando—. Tras leer lo que dijo la prensa, esa historia sobre Eldia y Marley, tuve mucho miedo, pero también me sentí esperanzada. Esa gente no murió en vano. La muerte de mi hijo sirvió para algo.

—Sí —suspiré. Puse mis manos alrededor de la taza, todavía caliente—. Asusta saber que hemos estado tanto tiempo aislados del resto del mundo. Me preguntó si serán como nosotros. Parece que están más desarrollados científicamente que nosotros. No sé cuál puede ser el siguiente paso. ¿Hablar con la gente que haya al otro lado? No sabemos nada de ellos.

—Es normal tener miedo.

—¡Miccah se ha vuelto a caer! —un niño de unos cinco años irrumpió en la cocina.

—Hay que ver… —Hilda se puso en pie— ¿Pero qué ha hecho ese niño esta vez?

—¡Se ha caído por el hueco de la escalera!

—No se os puede dejar solos.

Hilda salió por la puerta de la cocina a toda prisa y yo la seguí de cerca. En la entrada, varios niños se arremolinaban alrededor de alguien. Hilda dio varias palmadas, captando su atención, y los niños se apartaron inmediatamente. Los más mayores consolaban a algunos de los pequeños, que lloraban asustados. Sentado en el suelo, con la espalda apoyada en la pared, había un niño de no más de 10 años. Tenía la piel muy morena. Su pelo era negro como el carbón, largo y despeinado en todas direcciones. Tenía la nariz respingona y varias heridas en sus piernas asomaban por sus pantalones cortos de color gris oscuro.

—¿A quién se le ocurre saltar por el hueco de la escalera? —Hilda puso los brazos en jarras, reprimiendo a todos.

—Estábamos jugando a los exploradores.

—Déjeme echarle un vistazo, señora Berner —me acerqué al niño para observarle mejor. Al agacharme, me fulminó con la mirada—. Tranquilo, soy médico.

—No se fía mucho de la gente —me explicó Hilda—. Lo trajeron hace cosa de un mes. Es como un salvaje y se comporta como tal. Está todo el día ensuciándose, armando jaleo y haciéndose heridas por hacer lo que no debe —el niño le sacó la lengua, por lo que Hilda le lanzó una mirada reprobatoria.

—¿Te duele algo? —le pregunté. El niño se sostenía el brazo derecho. Lo tomé con ambas manos e intenté moverlo.

—¡Ay! —su voz era menos aguda de lo que a priori parecería por su aspecto aniñado.

—Perdón. Tengo que hacerte un poco más de daño —volví a moverlo y el niño protestó nuevamente—. No es nada muy importante —me giré para mirar a Hilda y, después, posé mi atención en el niño de nuevo para explicarle qué tenía—. Simplemente te has dislocado el hombro al caerte. Tendrás también muchos moratones y dolores en los próximos días. Lo malo de estas caídas es que esos dolores empiezan a sentirse horas después.

—¿Qué significa que se ha dislocado el hombro? —una niña, de cabello castaño corto con las puntas peinadas hacia fuera y grandes ojos negros, me observaba con curiosidad. No me había percatado hasta ese momento de que estaba ahí, pero la tenía completamente pegada a mí, como una lapa.

—Significa que la parte superior del hueso del brazo se ha salido de la articulación con el omóplato —le expliqué, señalando en su propio cuerpo las zonas.

—¿Y eso cómo se cura?

—De forma muy sencilla —sonreí con inocencia. Tomé con firmeza el brazo del niño y, con un gesto rápido, moví el brazo. Sus huesos hicieron un crujido y el niño soltó un grito por el dolor—. ¡Listo! —moví su brazo para cerciorarme de que todo estaba en su sitio y éste podía moverse de nuevo con mayor naturalidad.

—Iré a por unas vendas… —Hilda rodó los ojos.

—¡Puag! ¡Qué asco! —dijeron algunos niños tras haber escuchado el sonido de los huesos.

—¡Pues a mí me sigue doliendo! —protestó el crío.

—Porque el dolor no desaparece así como así —Hilda volvió rápidamente y me tendió unas vendas—. Te pondré el brazo en cabestrillo. Llévalo durante diez días y nada de hacer estupideces.

—Venga, vosotros volved a lo vuestro —les dijo Hilda a los niños—. _ _ _ _ vendará a Miccah. Podrá jugar con vosotros en casa, pero no salir a jugar. Nada de balones, ni escalada, ni saltos por las camas, ¿me habéis oído? Miccah se tiene que curar.

Los niños asintieron y siguieron a la mujer hacia otra habitación. Sin embargo, la niña que me había preguntado seguía pegada a mí.

—¿Tú no vas con el resto? —le pregunté.

—No. Yo me quiero quedar a aquí.

—Qué pesada eres, Enid —bufó el niño—. Es que eres tonta.

—Eh —fruncí el ceño—. No deberías hablar así a tu amiga.

—No es mi amiga. Es una pesada y no me deja en paz. Siempre quiere saber qué estoy haciendo.

—Es que siempre está haciendo experimentos extraños y cosas con las plantas, pero nunca me deja mirar.

—¿Y no sería más fácil si la dejaras jugar contigo?

—Bromeas, ¿no? —el niño enarcó una ceja y me sentí sumamente estúpida por el hecho de que un niño estuviera siendo tan condescendiente conmigo—. Yo no juego a cosas de críos.

—¿No es eso un poco pretencioso? —corté un trozo de venda y comencé a enrollarla en su brazo con rapidez— ¿Cuántos años tienes? ¿Diez?

—¡Tengo doce! —protestó, visiblemente ofendido, lo que hizo reír a la niña— ¡Tú no te rías!

—Perdón, perdón —me excusé—. Pareces más pequeño.

—Es lo que le dice todo el mundo —la niña rio de nuevo.

—¡Pues ya está! —sonreí satisfecha. El niño comprobó su brazo y chasqueó la lengua, fastidiado por su lesión— Intenta no meterte en líos, ¿de acuerdo? —le ayudé a incorporarse—. Debería irme, aunque prometí a tus amigos que jugaría con ellos —miré por si estaba Hilda cerca, para despedirme.

—O-Oye —el niño se sonrojó—. Llevas uniforme.

Parpadeé confusa y me miré la ropa.

—Sí, Soy miembro de las Tropas de Reconocimiento.

—¡Qué pasote! —sus ojos se iluminaron—¡Pues palmaron casi todos en la misión! ¡Qué meritazo! Jo, tía, y encima eres médico.

—¿Quién demonios te ha enseñado a hablar así? —enarqué una ceja.

—¿Has tratado muchos desmembramientos o cosas igual de repugnantes? —insistió.

—¿En serio quieres saber algo así?

—Yo también quiero —la niña se mantuvo medio escondida, aferrada a mi brazo.

Sonreí. Me agaché para darle un toque más íntimo y los dos niños se acercaron a mí, expectantes.

—Traté la amputación de un brazo, que había sido arrancado por la boca de un titán, con un palo y un trozo de tela que corté de mi chaqueta del uniforme —desgraciadamente, eso era lo más impresionante que había hecho. Me había unido hacía poco a las Tropas de Reconocimiento y solo había ido a un par de misiones desde entonces.

—¡Qué caña! —el niño parecía verdaderamente emocionado— ¡Yo también quiero ser médico de las Tropas de Reconocimiento!

—Y yo.

—Tú no vales, Enid —el niño habló con tono burlón—. Eres demasiado miedica y debilucha.

—Seré médico —la niña frunció el ceño.

—A ver, un momento —intervine para que la cosa no fuera a mayores—. ¿Cuántos años tenéis?

—Doce —respondieron los dos a la vez.

—Miccah, Enid, tendréis que esforzaros muy duro y entrenar mucho. Pero, si queréis ser médicos de la legión, eso implica que deberéis estudiar mucho también. Sois conscientes de ello, ¿verdad? —Los niños asintieron. Sonreí—. Pero sé que conseguiréis entrar. Os estaré esperando.

—¡Sí! —dijeron los dos con determinación.

—¿Te marchas ya? —Hilda se asomó a la entrada.

—Sí. Ya he tenido suficientes emociones por hoy y me canso muy pronto. Mis costillas aún no han curado.

—¿Tus costillas? —preguntó Miccah— ¿Qué te pasó? ¿Te las rompiste? ¿Y eso duele mucho? ¿Sangraste?

—¿Por qué eres tan preguntón? —Hilda puso los brazos en jarras.

—Cuando entres en la legión, te lo contaré todo —le guiñé un ojo.

—¿Vas a entrar en la legión? —la mujer miró sorprendida al niño.

—Sí. Y yo también —respondió Enid.

—Pues tendréis que esforzaros mucho —la mujer sonrió—. No es fácil.

—¡Seremos médicos de las Tropas de Reconocimiento!

—¡Pues sí que aspiráis vosotros dos alto! —Hilda emitió una carcajada— ¿Y dónde pensáis aprender todo lo que tenéis que saber de medina?

—Y yo que sé —Miccah se encogió de hombros—. Para eso está ella —el niño hizo un gesto con la cabeza en mi dirección.

—¿Le has preguntado acaso?

—Ni falta que hace, ¿no? Debería sentirse halagada de que queramos ser médicos de la legión.

—¿Pero cómo tienes tanta cara? —Hilda le dio un capón en lo alto de la cabeza.

—Ay —el niño se rascó en la zona.

Reí y me giré para recoger mi capa, aún empapada. Ese niño era un caradura, pero me hacía gracia su actitud.

—Espera. No te vayas todavía —Hilda se giró para hablarle a Enid—. Enid, sube al despacho y, en uno de mis cajones, hay una carta. Tráela, corre —la niña asintió y corrió escaleras arriba—. Voy a por tu chaqueta, que te la olvidas en la cocina.

—Es buena, ¿eh? —le comenté a Miccah en el breve periodo de tiempo que estuvimos solos en la entrada.

—No está mal —el niño se encogió de hombros, pero por la forma en la que apartó la vista supe que en realidad la apreciaba más de lo que parecía—. A veces parece que está un poco sola.

—Pues aseguraos de que eso no sea así, ¿vale?

Miccah asintió con determinación.

—Será esta mi primera misión —apretó el puño.

Poco después, tanto Hilda como Enid regresaron. La mujer me entregó la chaqueta, para admiración de Miccah al ver las alas de la libertad bordadas en la espalda. Tras ponérmela, me coloqué de nuevo la capa.

—Ten —Hilda me entregó un sobre que pesaba. Lo miré interrogante—. Es para ti. Cuando me dijeron que despertaste, lo preparé para ti, pero tengo que reconocer que no era lo suficientemente valiente como para enfrentarte —tragué saliva—. No lo abras todavía —Hilda me lo quitó de las manos. Apartó mi capa y lo metió en un bolsillo de mi chaqueta—. Léelo a solas y recuerda que no me debes nada. Ni a mí ni a mi hijo. ¿Me lo prometes? —guardé silencio— Dime que me lo prometes.

—S-Sí. Se lo prometo.

—Bien —Hilda me dio un breve abrazo.

Desde la puerta, Hilda, Miccah y Enid me despidieron, pidiéndome que les hiciera otra visita pronto. Tras subirme al caballo, les hice un gesto con la mano y regresé al cuartel. Aunque la lluvia aún no había cesado, parecía que el grueso de la tormenta había pasado mientras me encontraba en el orfanato.

Al llegar al cuartel, dos jovencitos que se encontraban en el establo me ayudaron a bajar del caballo y se encargaron ellos del animal. Busqué un pasillo tranquilo en el cuartel, iluminado por varias antorchas, y saqué la carta, que permanecía en el bolsillo de mi chaqueta. La observé unos instantes antes de abrirla, temerosa de lo que pudiera haber en su interior y, sobre todo, inquieta por lo que Hilda me había dicho.

Dentro, había un papel perfectamente doblado. Al desplegarlo, se trataba de una carta escrita con letra clara y limpia. Identifiqué aquella caligrafía inmediatamente como la de Moblit. Sentí un fuerte dolor en mi estómago. Estaba demasiado nerviosa y el papel se agitaba en mis temblorosas manos.

Querida madre,

Te hago llegar esta carta que he escrito en nuestros últimos momentos antes de partir a Shiganshina, a pesar de que nos hayamos visto hace solo unas horas. He estado reflexionando y me resulta mucho más fácil plasmar por escrito lo que te quiero contar y el favor que te quiero pedir.

No sabemos qué nos esperará en esta misión, pero finalmente he comprendido aquellas palabras que siempre me repetías: es importante encontrar el pilar que sostenga tu vida. Quizás es precipitado y es posible que también me pierda otras oportunidades de encontrar a alguien que sea más adecuado para mí, pero, tras regresar de esta misión, quiero pedirle a _ _ _ _ que se convierta en mi esposa.

Aunque a ella no me unen lazos románticos y sus sentimientos por otra persona son muy fuertes, confío plenamente en que entre nosotros podría surgir algo. Tampoco habría que forzar nada, ya que nuestra dinámica no cambiaría. No obstante, me asusta el pensar que nadie comprendería el dolor y los riesgos por los que tenemos que pasar en nuestro trabajo. No obstante, ella lo haría. Y sería una carga que llevaríamos los dos juntos.

Sé que ella aceptará mi proposición, porque, al igual que yo, ella también me necesita a su lado para ser su ancla y estoy convencido de que la persona de la que está enamorada no le puede dar eso en su totalidad. Por eso, y esperando que me disculpes por mi atrevimiento, querría pedirte la reliquia que te entregó la abuela el día de tu boda para ofrecérsela a _ como regalo.

Espero que lo comprendas.

Te quiere,

Tu hijo

Tras acabar de leerla, sentí un nudo en mi garganta. Miré en el interior del sobre y aquello que sentía que pesaba era, efectivamente, una cadena. La saqué, aún con manos temblorosas. En ella había un colgante con una piedrecita en el centro de color ámbar. La forja de alrededor de la piedra no estaba del todo pulida, lo que señalaba su antigüedad y que se trataba de, posiblemente, el único objeto con cierto valor que poseía la familia Berner.

Necesitaba moverme de allí. Caminé por los pasillos del cuartel a grandes zancadas. Sentía que me faltaba el aire. Choqué con alguien mientras buscaba la enfermería, pero mi garganta estaba tan cerrada que fui incapaz de pronunciar un 'perdón' en voz alta.

Tanteé en mi bolsillo hasta dar con las llaves de la enfermería. Metí una de ellas en la cerradura y abrí la puerta, cerrándola con rapidez a mi espalda. La situación estaba tranquila y nadie me molestaría ni se acercaría hasta allí. Cerca del escritorio, me puse de cuclillas e intenté dar bocanadas de aire para recuperar la compostura. Sentía los latidos de mi corazón en las sienes. ¿Por qué tenía que pasar eso? ¿Por qué Hilda había decidido compartir conmigo algo así? Moblit y yo teníamos una conversación pendiente, no lo había olvidado, pero era doloroso que me lo recordaran de esa manera.

—_ _ _ _ —la voz de Levi sonó a mi espalda, aunque a mí me parecía lejana.

—Estoy bien —le dije, aun dando bocanadas de aire.

—Idiota, te has chocado conmigo en el pasillo y yo diría que no lo estás. Por eso te he seguido.

Comencé a sollozar. ¿Por qué Levi tenía el dudoso donde aparecer siempre cuando más vulnerable era? Levi permaneció de pie junto a la puerta, impasible. Qué situación tan patética, pensé.

—Lo siento —murmuré. Me sentía mareada—. Lo siento. Lo siento. Lo siento —pronuncié en voz cada vez más alta—. Sé que las veces que te lo diga no serán suficientes. Tenías razón y no debería haberme guardado las cosas para mí —no me atrevía ni a mirarle. ¿Me estaría observando con desprecio? ¿Seguiría con su habitual expresión estoica en el rostro?—. Y mírame ahora. Soy un desastre andante —sostuve la carta y el collar con fuerza—. Me he dado cuenta de que habría dado mi vida por Moblit. Lo habría hecho de verdad y no porque le hice la promesa a su madre, sino porque él de verdad me importaba. Me habría pedido matrimonio después de esto. ¡Su madre me ha dado el único objeto de valor de su familia! Y lo peor es que, aunque mis sentimientos por él ni siquiera se acercan a lo que siento por ti, le habría dicho que sí. Porque habría sido muy feliz junto a él —me sorbí la nariz—. Así que, perdóname, por favor. Perdóname por hacerte daño una y otra vez, por esa bofetada en Shiganshina que no te merecías, por haberte dado la espalda con la muerte de Erwin, por no haber sido el pilar que necesitas.

Cuando acabé, solo se escuchaba mi llanto en la habitación. Con mis manos, intenté limpiarme las lágrimas. Me sentía abrumada por un cúmulo de sentimientos variados. Esperaba escuchar el sonido de la puerta de la enfermería, pero nunca sonó. Levi no se marchó, sino que habló.

—Levántate —pronunció con voz autoritaria—. Levántate —insistió, al ver que no me movía.

Poco a poco, me puse en pie. Me dolían las costillas. Me giré y saqué el valor necesario para enfrentarlo. Me sorprendí al comprobar que Levi no me miraba con desprecio ni odio, sino con compasión y tristeza. Sus bonitos ojos grises brillaban en la penumbra.

—Te perdono —dijo con simpleza—. Pero no en lo de Moblit.

Sentí como si me apuñalaran en el pecho. No obstante, siguió hablando.

—No te perdonaría que te sintieras culpable por aceptar su proposición de matrimonio. Yo te habría empujado a hacerlo. Te mereces ser feliz y esa es una felicidad que yo no te podré dar. Lo sabes mejor que nadie.

Aparté la mirada. Sabía cómo era Levi, sabía que era incapaz de comprometerse de ese modo.

—Guarda ese colgante —añadió—. Cuídalo por Moblit. Seguramente su madre no tendrá más familia, él era hijo único. Preferirá que lo tengas tú, que fuiste una gran amiga para él.

Observé el colgante en mi mano y me lo puse alrededor del cuello. El colgante caía hasta la altura de la clavícula. Quizás me daría suerte, igual que me dio suerte el collar de Maverick en la misión a Shiganshina.

Caminé hasta la cama y me senté en ella. Di unos golpecitos en el colchón para acomodarlo. Me sentía agotada y me apetecía tumbarme un rato.

—He conocido hoy a dos niños del orfanato que me han dicho que quieren unirse a las Tropas de Reconocimiento —cambié de tema radicalmente. No sabía por qué exactamente, pero tuve la impresión de que tanto Levi como yo lo necesitábamos. Ese era un episodio de nuestra relación que ambos preferíamos zanjado.

—¿Y no les has persuadido para que no lo hagan?

—¿Por qué iba a hacerlo?

—Podrían morir.

—Ya. Igual que nosotros —me recosté. El colchón de la cama de la enfermería era algo más blando de lo que me gustaría, pero me serviría para descansar un poco.

Vi que Levi permanecía en pie. Me hice a un lado y, sin tener que decirle nada, el moreno se movió y acostó a mi lado en la cama. Tumbados los dos de costado, Levi pasó sus manos alrededor de mi cintura. Enterró su nariz en mi cuello, aspirando mi aroma, y no pude evitar emitir una risita al hacerme cosquillas su pausada respiración en mi piel. Clavó sus afilados ojos sobre mí, me acarició el rostro y posó sus labios de forma breve sobre los míos. Finalmente, cambió de posición en la cama, quedando más abajo, y apoyó su frente contra mi pecho. Sonreí y enterré mi mano en su fino pelo negro, acariciándolo con ternura.

—Lo siento —volví a repetir, aunque sabía que él no quería que me disculpara más—. He tenido tiempo para reflexionar desde mi rabieta y hay actitudes que me gustaría no repetir. No solo porque ahora soy la tercera más mayor de la legión, sino porque de verdad quiero convertirme en alguien en quien la gente pueda fijarse. Espero estar a la altura.

—Has cambiado —pronunció Levi con sus ojos cerrados—. Fuiste a Shiganshina siendo una mocosa y has regresado de allí como una mujer que es más consciente de lo que pasa a su alrededor —hizo una pausa—. Y eso es muy bueno.

Poco a poco, la respiración de Levi se fue acompasando. Hasta ese momento, no me había dado cuenta de las grandes bolsas que había bajo sus ojos. Sabía que el capitán dormía poco, pero ¿cuánto tiempo habría pasado sin conciliar el sueño? Dejé que durmiera abrazado a mí y, por primera vez, vi su rostro relajado, como si tuviera entre mis brazos a un niño pequeño.

Sin embargo, en algún momento, a mí también me pudo el cansancio. En brazos de Levi, me sentía segura, protegida y aislada del mundo, como si el tiempo a nuestro alrededor se hubiera detenido.


¡Hola a todos!
Ya estoy de vuelta y mucho antes de lo esperado, supongo. Ahora en verano la cosa está mucho más tranquila y dispongo de más tiempo para escribir, aunque tampoco quiero ir muy rápido porque no deseo ir demasiado pegada al manga.
Espero que este capítulo os haya gustado y os pido que, tanto en este como en el anterior, os fijéis en pequeños detalles. Siento no poder deciros nada más, porque si no os spoilearía lo que viene, pero creo que os va a gustar mucho.

Selene: Lo curioso es que no eres la única que me ha comentado que le agrada Maverick. Tenía pensado igualmente que saliera más, pero definitivamente ahora tengo muchos más motivos para hacerlo viendo el éxito que está teniendo. También, y no menos importante, gracias por haber comentado finalmente tras un tiempo leyendo esta historia. Espero que me dejes más a menudo tus impresiones :)

Io-chan Ao-sama: Qué está pasando con tus mega reviews? :_( Nah es bromi. La verdad es que el anterior capítulo no daba para mucho, pero creo que esté sí tiene más salseo jaja Y me alegra leer que parte del cap te pareciera incómodo. Eso era lo que pretendía xD

Zenakou Theories: Por supuesto que Levi y rayis se iban a arreglar, se quieren demasiado (?). A partir de ahora espero poder empezar a escribir una relación mucho más madura entre los dos. Rayis ha aprendido definitivamente de sus errores y será una persona nueva.

~ ¡Nos leemos!