Bienvenido sea el siguiente capítulo. Ahora sí, la historia comienza de verdad :D
Espero que les guste [^.^]
Capítulo 1: Una mañana tranquila en la comisaría
...
Jonathan llegó tarde a comisaría aquella mañana, y todo había sido por culpa del estúpido teléfono móvil. Se había pasado la noche haciendo ruiditos (entre alarmas y notificaciones) y justo cuando debía haber cumplido su misión como despertador, va y se apaga por falta de batería. Después de todo, aún no se acostumbraba a su teléfono nuevo, por muy último modelo que fuera, echaba de menos su adorable despertador con campanitas que le había regalado su madre. Desgraciadamente, este había visto su final al caerse por la ventana de su apartamento.
Sacó el susodicho móvil un momento para comprobar la hora.
"Un cuarto de hora tarde, espero que no esté enfadado." Pensó mientras con un suspiro continuaba su camino.
El joven detective caminó a paso ligero, esquivando ágilmente el ir y venir de gente que frecuentaba la comisaría aquella mañana, llegó al lugar indicado y llamó a la puerta de su jefe. Una voz lo instó a entrar desde el otro lado y él no dudó en obedecer ni un instante, de lo contrario una marea de personas lo habría arrollado al instante siguiente.
Dentro del despacho no pudo evitar un escalofrío. Como siempre, el inspector tenía las ventanas abiertas de par en par, casi como si quisiera coger un resfriado con el frío que hacía fuera en pleno invierno. Intentó ignorarlo pues sabía que él no le haría caso y esperó con ilusión que el propio inspector se diera cuenta por sí mismo el frío que allí había, pero era inútil: Si bien su superior era uno de los hombres más listos que había conocido nunca, con lo que a su persona respectaba era bastante despistado. Una vez, recordó Jonathan, habían tenido la brillante idea de preguntarle su cumpleaños, a lo que él respondió que ya lo había olvidado hacía muchos años.
Resignado se dedicó a esperar a que le indicase qué debía hacer, pero parecía estar totalmente perdido entre un mar de informes y expedientes, observando y analizando un caso reciente sobre unos robos en serie en tiendas de antigüedades.
A pesar de que estaba acostumbrado, el joven detective no pudo evitar pensar lo irónico que se veía aquella escena. Él aún era joven, pese a que ya tenía 23 años. Sin embargo, su superior, quien ya gozaba del título formal del Inspector en jefe de la comisaría y era comúnmente llamado la "Segunda bala de plata" del FBI (después del afamado Akai Shuichi, por supuesto), no sobrepasaba los 17 años, según habían podido averiguar, a pesar de las evasivas de este para responder a esa pregunta, junto con la imprecisión de su fecha de nacimiento (la cual, por supuesto, había olvidado).
Y así era, su superior no era otro que Edogawa Conan, ese joven detective japonés que había aparecido por la comisaría central de New York siendo solo un crío de 14 años, acompañado del veterano James Black y diciendo tener la formación suficiente como para unirse al FBI. Y en efecto, el muchacho había demostrado una capacidad de observación y deducción increíble, y pronto había alcanzado el puesto que ahora tenía.
Aunque al principio aquello había levantado polémicas, ahora ya nadie decía nada. Aunque no podían evitar pensar en lo irónico de aquella situación, ya todos reconocían al muchacho como un superior y lo trataban con el respeto que eso se merecía. A su vez, el joven inspector nunca había resaltado mucho, no hablaba de sí mismo ni acostumbraba a mostrar sus sentimientos, y las pocas relaciones que parecía tener fuera del trabajo eran con los agentes James Black, Jodie Starling, Andre Camell y el propio Akai, a quienes conoció en Japón durante la misión de infiltración que había tenido lugar hacía 8 años; según habían conseguido descubrir tras una ardua investigación, que incluyó un interrogatorio directo con el mismísimo Camell, a quien detectaron como el más propenso a divulgar información, y acertaron, pues reconoció haber conocido al inspector cuando tan solo era un crío de 7 años, y que ya por aquel momento había demostrado su increíble habilidad para crear estrategias y resolver crímenes.
Aquello, más que sorprender a los detectives, corroboró que, en efecto, su superior era simplemente perfecto y, probablemente, un extraterrestre.
Además de su relación con los agentes del FBI, el inspector recibía todos los años varias visitas de un matrimonio japonés. Al principio, habían pensado que se trataba de sus padres, pero cuando preguntaron los nombres de aquellos visitantes resultó que los apellidos no coincidían. Aun así, aquella mujer tan hermosa parecía tratarlo como a un hijo, dándole abrazos que, lejos de avergonzar al muchacho, parecían alegrarlo.
El equipo de detectives también se vio obligado a investigar a aquella pareja, y es que, aunque no fue difícil averiguar sus nombres (Kudo Yusaku y Yukiko), cada vez que preguntaban al inspector acerca de su relación con ellos, este se encerraba en su trabajo y se negaba a responder. No lo averiguaron hasta que en una visita de la agente Jodie, esta respondió que los Kudo lo conocían desde que era pequeño, pues eran familiares lejanos, y que su propio hijo había sido como un hermano mayor para el inspector.
Después de todas aquellas investigaciones, Jonathan había llegado a la conclusión que, si el inspector no les contaba nada de su vida, era nada más y nada menos que para ayudarlos a mejorar sus dotes de investigación. Porque averiguar todo aquello había supuesto un arduo trabajo y esfuerzo que vio sus frutos recompensados: No solo aprendieron a comprender a su superior como una persona tímida a la que no le gusta llamar la atención, sino que también descubrieron un montón de trucos que les ayudarían en su trabajo como detectives en el futuro. O al menos así quería verlo él.
—Inspector Edogawa. —Lo llamó, con la esperanza de que le diera algo para hacer y poder excusarse por llegar tarde.
Este levantó la mirada de uno de los informes y lo miró sorprendido, como si recién notase su presencia. Jonathan miró aquellos ojos azules a través de las gafas, aquellas gafas de pasta negra que tanto caracterizaban a su superior y que tan útiles habían resultado durante las investigaciones. Los detectives había aprendido, no sin antes sorprenderse enormemente, que aquellas gafas lo hacían prácticamente todo: eran un GPS, un radar, un catalejo, un sensor de calor, un micrófono y unas gafas de infrarrojos… Algunos, Jonathan incluido, habían comenzado a sospechar que ni siquiera estaban graduadas y que el inspector sólo las llevaba porque eran muy útiles.
—Ah, ya estás aquí. —Soltó de repente, mientras buscaba algo entre el montón de folios que había esparramados por su mesa. —Toma, necesito que rellenes esto. Intenta ser lo más conciso posible.
Le tendió unas carpetillas que el detective reconoció como el caso del asesinato a puertas cerradas que había tenido lugar hacía un par de días y que su superior había resuelto en un abrir y cerrar de ojos. Asintió y cogió la carpeta que le tendía, respondió un "En seguida, señor" y salió de aquella nevera tan rápido como pudo.
Una vez fuera pudo permitirse un pequeño suspiro antes de volver a adentrarse en la marea de gente que seguía pasando una y otra vez por la comisaría. Llegó a su mesa y se sentó, no sin antes quejarse por el desorden que su compañero había creado entre latas de café, cerveza y documentos varios.
Despejó un montón de folios intentando restaurar un poco el orden, y entonces lo encontró debajo de varias carpetas. Era solo un informe, pero que llamó la atención del detective al instante. Después de todo, era el informe que llevaba esperando desde hacía casi ya un mes. Lo cogió con cuidado, como si temiese romperlo y después alzó la mirada hacia el fondo de uno de las esquinas de la comisaría, donde uno de sus compañeros le dirigía una sonrisa de complicidad al reconocer aquel documento que él mismo le había dado (o más bien dejado sobre su mesa).
Y es que aquel informe no era otro que su nueva investigación acerca del inspector, una nueva rama de misterios en la que el colectivo de detectives subordinados de Edogawa Conan había decidido afondar. Cuando sus últimas pesquisas habían chocado de golpe con aquella pared, la curiosidad les pudo y decidieron que aquel nombre merecía la pena ser investigado, un nombre que parecía marcar bastante en el pasado del inspector, el cual estaban tan obsesionados con averiguar.
Puede sonar algo cotilla, e incluso ilegal investigar así a una persona, pero a Edogawa no parecía molestarle, y ellos habían descubierto una mina de oro que les proporcionaba la experiencia que necesitaban para mejorar, el entretenimiento para matar el tiempo y la forma de saciar su curiosidad. Así que, sin dudarlo un instante, Jonathan abrió el informe y comenzó a leer acerca de aquel hombre cuyo nombre les había llamado tanto la atención: Kudo Shinichi.
…
«La organización había caído hacía ya 8 años. No fue una batalla fácil, hizo falta la colaboración del FBI junto con el equipo secreto de Japón y la infiltración de la agente de CIA, Mizunashi Rena. Pero al final habían conseguido acabar con sus planes y la mayoría de sus miembros fueron encarcelados aquel mismo día. Otros habían optado por suicidarse antes de la llegada de la policía, como Vodka, quien había sido fiel a los ideales de la organización hasta el final, incluso llegando a pegarse un tiro a quema ropa entre las cejas para evitar posibles interrogatorios. Los de rango más bajo y que estaban esparcidos por todo el mundo fueron un poco más difíciles de encontrar, pero poco a poco a lo largo de aquellos ocho años habían conseguido borrar por completo la mancha de la organización del mundo. Solo había una persona cuyo destino desconocían, y no era otro más que Gin. Durante lo que se puede llamar batalla final que tuvo lugar en un laboratorio abandonado en el medio de un bosque, pegado a un acantilado, Gin había caído (o más bien se había tirado) por ese acantilado, herido de muerte y aferrado, como alguien que a punto de morir agarra desesperadamente lo último que tiene a mano, a aquel muchacho, Kudo Shinichi.»
…
Jonathan se sorprendió al leer todo aquello, sabía de la existencia de la organización aunque hacía 8 años él era solo un crío de 15, era un tema demasiado conocido y popular entre el FBI como para ignorarlo. Pero nunca nadie le había contado que la persona que ayudó a acabar con esta hubiera sido un muchacho, (si bien le habían dicho que el propio inspector había participado siendo un crío, no se lo imaginaba en la primera fila de fuego), pero aquel joven sí había estado allí, y había perdido la vida en aquel momento.
Lleno de curiosidad siguió leyendo.
…
«Nunca se pudieron encontrar sus cadáveres, la corriente del río que había al fondo del acantilado probablemente los arrastró y sepultó bajo una maraña de tierras y rocas. Sin embargo la muerte era irremediable, así que se firmó el informe como "Muertos" y se dejó el tema atrás.»
…
Alguien se sentó al lado de Jonathan y lo obligó a levantar la vista del informe algo asqueado por la interrupción. Era su compañero de trabajo, Jack, quien acababa de llegar con una lata de café en la mano y una sonrisa en sus labios.
—Llegas tarde. —Le soltó volviendo a prestar atención al informe.
—Estaba un poco ocupado. —Respondió haciendo un ademán para sacarle importancia.
Cabe mencionar que Jack era casi todo lo apuesto a él: Alto y de constitución fuerte, ojos de un intenso verde y pelo rubio pálido, que llevaba bastante corto salvo por aquel extraño flequillo que acostumbraba a peinar hacia arriba y que, pese a las opiniones de la gran mayoría del mundo, a Jonathan le parecía de lo más absurdo. En resumen, su compañero y amigo era un hombre que las mujeres describirían como muy guapo, o más bien sexy, así que cuando este mencionaba haber estado ocupado, lo mejor era callarse y no preguntar nada al respecto, a no ser que quisieras enterarte acerca de sus últimos entretenimientos nocturnos y hazañas en la cama.
—¿Qué estás leyendo?
—El informe sobre Kudo Shinichi
—¡Qué Hijo de puta! ¿¡Y no me esperas!? —Se sentó a su lado —Déjame ver, ¿Qué dice?
—Está hablando acerca de la organización de negro.
—¿Ese tío estuvo involucrado con la organización?
—No solo eso, sino que parece ser el cerebro detrás del asalto final y que además fue el responsable de la muerte de Gin. Aunque desgraciadamente perdió la vida en el intento.
—¿Está muerto?
—Eso dice aquí. —Sacudió el informe con exasperación.
—Entonces ahora todo tiene sentido… —Dijo su compañero, llevándose una mano a la barbilla teatralmente, causando una mueca de duda en el rostro de Jonathan. —Me refiero, si ese tal Kudo murió en la batalla contra la organización y teniendo en cuenta lo que hemos averiguado acerca del inspector, tiene sentido que este sea tan frío, recuerda que al parecer eran casi como hermanos. Y las visitas de los Kudo también cuadran, seguramente echen de menos a su hijo y por eso tratan a Edogawa como tal.
—No sabría decir si tu suposición es solo un desvarío provocado por todos los litros de alcohol que llevas encima y que tratas desesperadamente de tapar con café. —Señaló la lata que su compañero llegaba en la mano. —O si lo que andas murmurando es completamente en serio.
—¿Insinúas que me equivoco?
—Mejor no comento nada. Simplemente… la próxima vez trata al menos de darte una ducha, apestas a tabaco.
Jack cogió su propia camiseta y se la llevó a la nariz. Luego la dejó caer de nuevo sobre su pecho mientras hacía una mueca de asco y se llevaba la lata de café de vuelta a los labios.
—¿Y qué más dice?
—Pues… —Jonathan comenzó a leer en voz alta.—Habla acerca de Kudo, dice que era un detective adolescente muy famoso en Japón… y poco más. Lo realmente interesante es lo de la organización.
—Qué cutre. —Jack lanzó la lata de café, ahora vacía, a la papelera y se puso de pie. — Aun así, realmente interesante, ¿No crees? Ahora ya sabemos de dónde le viene esa intuición al inspector, después de todo era como el "hermanito pequeño" de un famoso detective. Y la razón por la que no habla de su pasado… —Una extraña sonrisa diabólica había comenzado a formarse en su rostro, para cuando una voz los interrumpió.
Era el propio inspector que, desde el umbral de la puerta de su despacho, les daba los buenos días.
Sorprendidos porque hiciera algo tan poco común en él, y con miedo de que los pillara con las manos en la masa, ambos prácticamente saltaron de sus asientos y guardaron la carpeta acerca de Kudo en uno de los cajones del escritorio.
Edogawa se limitó a observarlos durante un rato con una ceja levantada y luego, tras haber recibido un grito de respuesta a su saludo de buenos días, cerró la puerta y se dirigió a la máquina expendedora del hall.
—Será mejor que nos pongamos a trabajar en serio, tengo que rellenar un par de informes. —Dijo Jonathan después de soltar un sonoro suspiro y guardar adecuadamente aquella carpeta en su cajón, que había quedado mal colocada y con una esquina doblada.
Aquella era la carpeta que contenía la verdad acerca del pasado del inspector… O eso era lo que a ojos de todos, o casi todos, era la verdad.
Oficialmente, Kudo Shinichi murió al caer por aquel acantilado junto con Gin, pero en realidad eso solo era la excusa que necesitaba para poder desaparecer para siempre del mundo, después de todo no había posibilidad de volver…
-o0o-
Un tiempo antes, dentro de su despacho, el joven inspector se centraba en la inspección de aquellos informes sobre los robos en serie, o al menos lo intentaba, sin éxito. Sabía de sobra acerca de la investigación que sus subordinados habían hecho acerca de él. Lo que jamás se esperó fue que llegaran hasta el nombre de Kudo Shinichi (dato que había descubierto cuando había llegado aquella mañana y encontró aquel informe en la mesa de Jonathan mientras buscaba otra cosa).
No es que le importara, después de todo no iban a descubrir la verdad, él mismo se había asegurado de esconderla a conciencia. Pero aquello hacía florecer cosas que no quería recordar, eran pensamientos que se había esforzado mucho en sepultar en lo más hondo de su corazón, pero que irremediablemente lo asaltaban de vez en cuando, en pesadillas o incluso cuando se quedaba embobado mirando a un punto fijo de la pared, soñando despierto, soñando con aquellos ojos violáceos que lo miraban entre lágrimas.
Sacudió la cabeza e intentó volver a centrarse en aquel maldito robo, pero estaba demasiado cansado, la vista comenzaba a dolerle y hacía un buen rato que malamente era capaz de mantener los ojos abiertos, y menos entender lo que ponía allí. Se recostó sobre la silla y masajeó sus ojos por debajo de las gafas y se permitió por un instante que esos recuerdos lo asaltaran, arrepintiéndose al instante.
Recordó la desesperación que lo asaltó aquella vez, hacía 8 años, cuando la organización había secuestrado a Haibara. El plan que él y Akai habían trazado cuidadosamente se vio frustrado por completo cuando la niña desapareció sin dejar rastro y días más tarde recibieron el mensaje de Mizunashi confirmando sus sospechas: La organización había reconocido a la niña y la tenían presa en alguna de sus propiedades.
Lo primero que sorprendió al pequeño detective fue que no la hubieran matado al instante, pero se alegró, todavía quedaba la posibilidad de salvarla con vida. Probablemente, eso era exactamente lo que quería la organización: Usarla como señuelo. Después de todo, ni siquiera habían apagado el pin de detective que Haibara llevaba encima.
Habló con el FBI y les contó la situación. Se decidió actuar, aún a sabiendas de que era una trampa. Akai y Conan crearon el plan, contando con la colaboración de Kir y Bourbon, quienes captaron sus intenciones al instante a pesar de no haber escuchado todo el plan, y ayudaron con lo que pudieron. Realmente, todo era casi perfecto y salió como se había esperado… salvo por aquel accidente.
Gin no pensaba rendirse tan fácilmente y había arrastrado al detective (quien se había tomado el antídoto temporal) al fondo de aquel acantilado. Tardaron casi un día entero en encontrarlo y para cuando lo hicieron, el pequeño ya se había vuelto a convertir en niño, algo que por casualidad del azar le había salvado la vida: su organismo había conseguido asimilar mejor la falta de sangre y resistir durante más tiempo debido a su menor tamaño y, de alguna manera, consiguió sobrevivir a la operación.
De Gin nunca se supo nada más. Su cadáver no fue encontrado, pero era imposible que hubiera escapado de allí por su propio pie herido como estaba antes de caer del acantilado. Irremediablemente se le dio por muerto y se cerró el caso.
La verdadera tragedia llegó después de eso. A pesar del casi final feliz que todo aquello había tenido, las cosas no parecían acabar bien para el detective. Haibara, quien había sido rescatada por Akai y que ahora solo presentaba unas cicatrices superficiales y un miedo todavía más atroz hacia la organización, le dio la mala noticia al poco de despertar en el hospital. Ni siquiera se molestó en adornársela ni decírselo con tacto, probablemente no había encontrado forma de decir aquellas palabras para que él se lo tomara a bien, porque simplemente no la había:
"No hay cura, Kudo-Kun. Lo siento".
Eso fue todo lo que dijo, después bajó la cabeza y comenzó a llorar. Conan se quedó congelado, sin saber qué hacer ni decir. Aquello era lo último que quería y esperaba escuchar, era como la firma absoluta del contrato que lo ataba en alma y cuerpo a ser Edogawa Conan.
Aquella tarde maldijo al mundo entero y gritó de impotencia mientras Haibara seguía llorando como nunca había hecho, ni siquiera por la muerte de su hermana mayor. A la mañana siguiente lo decidió, se lo pidió a Akai, Jodie y James, los únicos del FBI que conocían su verdadera identidad. Se lo pidió como un último favor por todo lo que les había ayudado y a pesar de las réplicas de Jodie, firmó con letra temblorosa el informe donde se decía que Kudo Shinichi había muerto en la batalla contra la organización.
Ya estaba hecho, no había marcha atrás. En aquel preciso instante dejaba de ser oficialmente Kudo Shinichi para convertirse en Edogawa Conan. No, hacía mucho más tiempo que era Conan, desde aquel día hacía dos años en Tropical Land.
No volvió a acercarse a Beika desde entonces. Nunca le dijo nada al profesor, quien se enteró de todo por Haibara. Tampoco se despidió de los niños de la liga juvenil de detectives, y con respecto a Ran… bueno, la propia Jodie se encargó de darle la noticia, y días después recibió la carta de los señores Edogawa donde le informaban que se llevarían a su hijo a vivir con ellos al extranjero.
El pequeño sabía que eso era cruel, pero ahora ya no había oportunidad de tener un final feliz a su lado, ya nunca podrían estar juntos y le pareció mucho más cruel seguir pidiéndole que le esperase cuando sabía que nunca podría volver. Así que decidió dejarla libre, darle la oportunidad de volver a enamorarse y rehacer su vida lejos de él.
Por su parte no estaba seguro de cómo reaccionar cuando la viera de nuevo, tampoco podría soportar convivir con ella eternamente sin decirle nada, así que simplemente llamó a sus padres, les explicó la situación y les pidió que se lo llevasen con ellos a Estados Unidos. Nadie trató de detenerlo. Sus padres en el fondo lo entendían y Haibara también lo consideró la mejor opción. Quizá el único que se hubiera opuesto fuera Hattori, pero Conan no le dijo nada y este no se enteró hasta que una semana más tarde Kazuha le dijo llorando que Ran los había invitado al funeral de Kudo. Inmediatamente llamó al teléfono del detective y, al no obtener respuesta, a la casa del profesor donde Haibara le explicó lo sucedido.
El resto de la historia era tal y como sus subordinados habían descubierto: Estudió derecho, se graduó con catorce años e inmediatamente comenzó a trabajar con el FBI; el propio James Black lo había recomendado para el puesto. Se había encerrado en su trabajo, intentando olvidar todo y a todos los de su pasado, creando una fachada falsa y fría a su alrededor y permitiéndose recibir de vez en cuando a sus padres, los únicos que todavía lo visitaban.
Tenía la apariencia de un joven de 17 años, pero en el fondo era ya un hombre de 27 al que la vida lo había pisoteado por todas partes y cuyo trabajo, lejos de apasionarlo como antes lo hacía, le provocaba un hastío tremendo.
Pero después de todo, era lo único que sabía hacer. Había invertido su vida en resolver casos de asesinato, conviviendo más con cadáveres, odio, celos y asesinos que con las personas vivas, lo que le había llevado a convertirse en el hombre que era. A veces se preguntaba cómo era que sus subordinados podían admirarlo tanto.
De alguna manera, había aprendido a convivir con aquello: Llegaba todas las mañanas el primero a comisaría, para cuando el resto aparecía, él ya estaba allí, trabajando en cualquier cosa. También era el último en marcharse. Siempre trabajando, porque eso le obligaba a serenarse y tener que pensar fríamente. Las peores eran las horas que pasaba muertas en su apartamento, intentando conciliar el sueño inútilmente, aquellos recuerdos siempre lo asaltaban y lo volvían una persona débil, casi como el niño que parecía ser.
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Asqueado se levantó de su asiento y cerró la ventana. Acababa de darse cuenta del frío que hacía allí dentro.
Se quedó mirando el vago reflejo que le devolvía el cristal de sí mismo: Aquella imagen que tanto odiaba. El Edogawa Conan de 17 años era clavado al recuerdo que tenía del Kudo Shinichi que le devolvían los espejos de su casa en Tokio, algo que realmente detestaba. Por eso nunca se había quitado las gafas. Ya no las necesitaba, no había nadie de quien esconderse, solo eran para mentirse a sí mismo (y porque habían resultado ser realmente útiles). De hecho, eran aún más grandes, más desproporcionadas, "Cuanto más taparan su cara mejor" pensaba siempre con un deje de ironía.
Más de una vez había pensado en cambiarse de cara, pero aún era *menor* como para tomar esa decisión y sus padres se habían negado en rotundo a tal idea. No le quedaba más remedio que convivir diariamente con aquella apariencia que tanto aborrecía.
"No soy Shinichi" se decía siempre "Shinichi murió hace ya diez años en Tropical Land. Murió por su estúpida curiosidad de detective y falta de cuidado. Porque metió las narices en algo que le venía grande"
Casi sin darse cuenta golpeó el cristal de la ventana y salió de su despacho con el puño todavía rojo y doliéndole a causa del golpe.
Fue entonces cuando sorprendió a Jonathan y a Jack leyendo el susodicho informe. Soltó un absurdo "Buenos días" como excusa para llamar su atención e indicarles que había salido del despacho. No pudo evitar sonreír internamente ante la reacción de los dos detectives, quienes asustados escondieron todo como si fueran unos niños pequeños a quien estuvieran a punto de regañar. Después se dirigió a la entrada de la comisaría a por un café. Necesitaba despejarse y no se le ocurría mejor forma de activar su cansada cabeza que con un poco de cafeína. El día recién empezaba, no podía permitirse estar cansado tan pronto en la mañana.
Pero lo que ni el inspector Edogawa ni los detectives que lo acompañaban aquella mañana sabían, era que alguien iba a interrumpir aquella rutina que tenían marcada en su vida, poniéndolo todo patas arriba...
Quizá alguien (o quizá todo el mundo) haya reconocido la brillante forma en la que me cargué al pobre Shinichi y a su archienemigo Gin... Pero es que mientras ideaba como hacerlo me paré a pensar: "¿Qué mejor manera de matarlo que copiando a su tan adorado Sherlock Holmes? :')))))
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