Holiiiis, antes de nada decir que llego tarde: quería tener este capítulo publicado para el día de San Valentín, pero a medio proceso me di cuenta de que no me iba a dar ni de broma y... también de que el capítulo no tenía ni un poco de temática romántica, así que me rendí... (para empezar nunca he sido muy fan del día de San Valentín :v)

Para bien o para mal, aquí les traigo el siguiente capítulo, espero que les guste, dejen sus Reviews y mil gracias por leer :3

Detective Conan pertenece a Gosho Aoyama


Capítulo 10: Drogas, análisis e infiltraciones

...

Jonathan comenzaba a sentirse desorientado en medio de toda la muchedumbre de detectives y técnicos que lo miraban como si no acabase de encajar en aquel ambiente. Y es que, de hecho, no encajaba. Siendo sinceros, Jonathan destacaba no solo por su apariencia de extranjero, sino por su gran estatura y sobre todo por el aura de "cachorro perdido" que emanaba. Pese a eso, se tragó su vergüenza y todas las miradas que se clavaban en su nuca y, agradeciendo por primera vez en su vida no ser rubio, se pegó a los talones de su inspector, el cual tampoco se libraba de las miradas curiosas.

Al cabo de un rato, Edogawa recibió una llamada y se retiró un poco hacia una zona menos concurrida para poder atenderla correctamente. El detective notó que su superior había fruncido el ceño y atendía con todos sus sentidos a aquella llamada, lo cual despertó su curiosidad y lo hizo acercarse más para tratar de escuchar la conversación.

—Bien. Entiendo. ¡Ah! Una cosa más, superintendente ¿Si no le es mucha molestia podría enviarle los documentos al profesor Agasa? —Logró escucharlo decir al teléfono.

—Sí, ya sabe que en el pasado fue de mucha ayuda, quizá pueda decirnos algo como profesional.

—Me haré responsable si eso sucede.

—Sí. De acuerdo, muchas gracias por su ayuda, Superintendente Mégure.

El inspector colgó el teléfono y se giró hacia su compañero, el cual le dirigía una mirada curiosa.

— ¿Señor?

Edogawa se lo quedó mirando un rato dubitativo, como si estuviese debatiéndose entre decirle lo que venía a continuación.

— Era el superintendente, le he pedido una copia del informe sobre el caso de envenenamiento y una muestra de la sangre de la víctima. Quiero que alguien de confianza lo analice.

¿Ese alguien sería el viejo de bata que habían conocido el día anterior? Se preguntó mientras asentía. No, incluso podía llegar a ser aquella niña tan extraña y que había demostrado saber tanto. Jonathan todavía no acababa de creerse que esa joven adolescente pudiera haber sido miembro de la organización, tal y como había dicho su superior, pero tampoco es como si este ganara mucho mintiéndole a él.

En medio de sus meditaciones llegaron sin que se diera cuenta hasta el interior del edificio donde supuestamente se había cometido el robo, y entraron. Dentro encontraron a la detective Mouri, acompañada de una mujer de cabellos castaños que lloraba desconsoladamente contra su hombro.

Cuando los vio aparecer, Mouri levantó la cabeza y clavó su mirada en el inspector.

—Conan-kun, podéis marcharos, estoy segura de que estáis ocupados y cansados. Yo me quedaré con Sonoko.

— ¿Estás segura? —Preguntó el aludido.

—Sí… ya estoy bien —Sonrió —Gracias por preocuparte por mí, Conan-kun.

Edogawa esquivó su mirada y clavó la vista en el suelo. Suspiró y le ajustó la montura de las gafas. Finalmente se giró y echó a caminar.

—Entonces adiós —Soltó con voz grave. Luego pareció pensárselo un poco más y añadió: —Ran-neechan, supongo que no hace falta que te lo diga, pero recuerda que la investigación es secreta.

Ella asintió levemente, sabiendo lo que eso quería decir: Por mucho que quisiera no podía decirle a Sonoko acerca de la muerte de Shinichi.

En ese momento, Jonathan sintió alguna clase de sentimiento de decepción. Algo así como si se hubiese esperado que su siempre caballeroso superior se ofreciese para esperar por ambas mujeres. Cosa que no hizo e incluso parecía bastante aliviado de que Mouri le hubiese dado carta blanca para marcharse.

—Señor, ¿está seguro de eso? —Preguntó sabiendo que hacía solo un par de horas, Mouri había estado llorando y deprimida por las nuevas noticias.

—Sí. —Respondió tajantemente.

Edogawa volvió a adentrarse en la marea de policías hasta llegar junto al que Jonathan reconoció como el inspector al cargo, un hombre verdaderamente alto cuya altura rivalizaba con la suya propia. El inspector estuvo un rato hablando con este y al final acordaron que, en el caso que al final se encontrasen los documentos extraviados, lo llamarían para informarlo. Siendo sincero, Jonathan no acaba de comprender para qué demonios querría su superior saber algo como eso, pero imaginaba que tendría alguna relación con Mouri y el hecho de que esta estuviera abrazada a la supuesta víctima de robo. Después de todo, Edogawa no podía irse de allí sin saber de que aquellas dos estuvieran bien.

Luego el inspector se dejó guiar por su subordinado hasta el lugar donde este había dejado el coche prestado por la policía.

—Inspector, ¿qué haremos ahora?

—No hay mucho que hacer de momento. Por ahora simplemente dediquémonos a leer los informes acerca del caso de envenenamiento, el superintendente me los ha dejado para que los investigue. También me gustaría investigar los últimos casos de envenenamiento o muertes por causas extrañas más recientes. Siempre cabe la posibilidad de que este no haya sido la primera aparición de la organización.

—Entiendo. Entonces, ¿A dónde vamos? —Dijo una vez se hubo sentado en el asiento del conductor, ya con las manos en el volante.

—A casa. —Respondió y él obedeció.

-o0o-

Pasaron varios días sin mucho que hacer. El inspector se encerró durante todo ese tiempo en su despacho (habitación de la casa de los Kudo que él mismo habilitó para convertirlo en despacho) sin apenas salir y analizando de arriba abajo los casos más recientes de envenenamiento en todo Japón, una tarea que a Jonathan le parecía tediosa, por no decir un coñazo. Además, estaba bastante seguro de que Edogawa no había encontrado nada de interés tras leer todos aquellos documentos. De lo contrario su expresión non luciría tan apesadumbrada.

Por suerte, al cabo de casi una semana, recibieron una llamada que supuso la salvación del inspector de aquel tormento de documentos.

Sonó el teléfono fijo de la casa, y fue Jonathan quien contestó primero, más que nada porque sabía que su superior probablemente estaba tan ocupado que ni siquiera se molestaría en descolgar.

— ¿Diga? —Dijo agitadamente después de haberse pegado una carrera para agarrar el teléfono antes de que este dejara de sonar.

Al otro lado de la línea se escuchó una respiración, hasta que una voz dijo:

— ¿Eres el detective americano?

Jonathan se quedó un poco cortado tras darse cuenta de que se referían a él. Luego se dio cuenta de que reconocía la voz, era la joven de cabellos castaños que habían conocido en casa del vecino, la chica que Edogawa había identificado como ex-miembro de la organización.

—Sí… soy yo.

La voz suspiró.

—Pásame con el idiota de tu compañero.

Tuvo que retenerse para no decirle algo ni recriminarle por haber llamado idiota a Edogawa, pues de pronto recordó la extraña relación que parecían mantener ellos dos, algo así como si fueran buenos amigos que no dejan de picarse el uno al otro continuamente.

Siendo sincero, Jonathan no se hubiese esperado que el inspector tuviese tanta gente conocida, pues nadie lo había visitado en todos los años que lo conocía, pero poco a poco había logrado averiguar que la causa de eso fue la repentina marcha de Edogawa de Japón, casi como si estuviera huyendo de algo, "casi como si huyera de la muerte de Kudo Shinichi" pensó, y no pudo evitar penar en las extrañas casualidades que rodeaban ese hecho. Pero era cierto, ¿no? Edogawa había dejado Japón hacía 8 años, tal y como se le había dicho siempre, y las fechas coincidían con el momento de muerte del afamado detective del este. Todos parecían apreciar a ese detective, era casi como una figura emblemática para todos con los que había hablado. Pero al mismo tiempo también lo parecía ser el inspector. Y Jonathan no pudo evitar volver a compararlos. Se parecían tanto externa e internamente que era obvio el querer hacerlo, pero quizá había sido eso lo que había impulsado a Edogawa a querer abandonar Japón: El miedo a ser comparado con alguien muerto, a tener que cumplir las expectativas impuestas por ese alguien, a tener que superarlo.

Mientras pensaba todo eso no pudo evitar apretar el teléfono que todavía llevaba en la mano y por accidente acabó por pulsar el botón rojo y colgó. Soltó una maldición y aceleró el paso hasta entrar dentro del despacho de su superior. Llamó a la puerta y tras recibir una leve respuesta entró.

—Señor, acaba de llamar su amiga... —Trató de recordar su nombre pero no lo consiguió. — La joven de cabellos castaños.

— ¿Haibara? —Preguntó este precipitadamente mientras apartaba la mirada del informe de golpe.

—Ehh… sí.

— ¿Te ha dicho algo?

—Dijo que quería hablar con usted.

—De acuerdo, pásame el teléfono.

—Ah, verá señor… por culpa de un accidente, colgué la llamada sin querer…

Edogawa se lo quedó mirando un rato, luego suspiró, chasqueó la lengua y extendió la mano.

—Da igual. Pásamelo.

Jonathan obedeció y por precaución ante su insistente curiosidad abandonó la habitación antes de que el inspector acabase de teclear el número.

No sabía qué fue exactamente lo que el inspector habló con la tal Haibara (Jonathan hizo una nota mental para evitar volver a olvidar su nombre), pero sí sabía que la conversación fue corta, pues al cabo de un rato el propio Edogawa salió del despacho para entregarle el teléfono y comunicarle:

—A partir de ahora utilizaremos los teléfonos móviles, así que apagaré la línea de teléfono de la casa.

En su momento, el detective simplemente asintió y volvió a dejar el teléfono en la mesilla donde lo recogió. Más tarde, cuando le mandase comprar a cada uno un teléfono desechable y cambiarle la contraseña (por supuesto, complicada) cada poco, se pondría a pensar en ello y comprendería que el inspector temía por que alguien escuchase sus conversaciones, de que ya por aquel entonces, cuando las cosas apenas habían empezado, Edogawa había previsto aquella posibilidad. Y eso solo indicaba cuánto conocía a la organización y su modo operandi.

De todas formas, durase lo que durase la conversación, fue suficiente como para que el joven inspector comenzase a roerse la cabeza y que lo mandase prepararse nada más acabar de ordenar los informes y luego salir precipitadamente de la casa, solo para dedicarse a dar un montón de vueltas a lo largo del todo Beika en el coche, aparcar en algún punto incierto de la ciudad (pues después de tanto giro, Jonathan había acabado por perderse) y continuar el camino andando (o más bien corriendo) hasta llegar a, nada más y nada menos, que la casa del vecino.

Después de haberse dado semejante paseo y con la respiración acelerada, Jonathan estuvo tentado de hacer la pregunta obvia: ¿Qué demonios? Así, sin más, para abarcar toda la estupidez de sus acciones. Pero al final, por respecto y también sensatez, decidió callarse.

Ni siquiera tuvieron que llamar a la puerta, pues la joven de cabellos castaños abrió en seguida sin que hubieran llegado siguiera al umbral.

—Haibara. —La saludó con un movimiento de cabeza.

—Llegas tarde —Le recriminó mientras se apartaba de la puerta y los dejaba pasar. Ambos entraron y ella cerró, pero no sin antes mirar a ambos lados de la calle y comprobar que no había nadie sospechoso.

—Ya me he asegurado que no nos han seguido. —Apuntó el joven inspector mientras se sentaba en una silla de la cocina. — ¿Por qué te crees que hemos tardado tanto?

Y ahí la sensata respuesta a su pregunta. Jonathan se alegró de no haberla formulado pues no tardó en conocer su respuesta y sin parecer un ignorante delante de su superior.

—Me siento más segura comprobándolo por mí misma. —Terció y echó la llave a la puerta.

Las ventanas estaban todas cerradas y con las persianas bajas, hecho que no pasó desapercibido para Jonathan.

La joven acabó de asegurar todas las posibles entradas a la casa y luego se sentó en el salón. El joven lo imitó y Jonathan acabó por seguir a su superior y se quedó de pie a su lado hasta que la muchacha le lanzó una mirada asqueada y con un gesto lo mandó sentarse también.

—Edogawa-kun, todavía no acabo de entender tu obsesión por qué te sigan a todas partes. —Dijo mientras paseaba su mirada de arriba abajo inspeccionando al detective.

—Ya te he dicho que es mi compañero. Sabe de la organización, así que puedes hablar del tema. Me interesa que él también lo escuche, es bastante avispado y puede detectar cosas interesantes.

Jonathan no pudo evitar sentirse secretamente alabado por aquellas palabras y se removió incómodo en el sofá, tratando de esconder la estúpida sonrisa bobalicona que seguro acababa de formarse en su cara.

—Si tú lo dices… —Suspiró —En fin, supongo que ya sabes de qué quiero hablarte…

—Supongo que es importante para que me hayas llamado con tanta prisa.

—Aunque tú te has tomado tu tiempo para llegar.

—Ya te he dicho la razón de eso. —Frunció el ceño. — ¿Y bien?

La muchacha colocó en la mesa que tenían delante una carpeta y la abrió.

—He analizado y leído todos los informes que me mandaste, y lo he revisado absolutamente todo.

— ¿Y?

—Sin lugar a dudas, fue el APTX.

—Entonces estábamos en lo cierto… —Edogawa cerró los puños y apartó un momento la mirada.

—Pero hay un problema.

El joven volvió a prestarle atención inmediatamente.

—Verás, el médico forense que se encargó de la autopsia del cadáver no pudo encontrar resto del APTX.

—Pero eso es normal, ¿no? Después de todo es una droga ideada para ser indetectable…

—Indetectable para un ojo que no sabe lo que buscar.

— ¿Quieres decir que tú sí puedes?

—Podría. A partir de una muestra de sangre.

— ¿Me estás pidiendo que te la consiga?

—Exactamente.

El inspector se quedó pensativo durante un rato mientras analizaba sus opciones.

—He tenido que pedir un montón de favores solo para conseguirte esto… ¿sabes los problemas que me dará pedir un análisis?

—Estoy bastante segura de que puedes conseguirla. —Dijo con tono meloso, como alabándolo.

—Te recuerdo que no tengo ninguna jurisdicción en Japón, Haibara.

—Entonces simplemente tenemos que colarnos a escondidas. —Afirmó tajante.

— ¡¿Tú te estás escuchando?! ¿Estás loca? —Gritó sorprendido. —Haibara, no podemos entrar en un edificio del estado como si nada. ¿Sabes lo difícil que es lo que sugieres?

—No es como si fuera la primera vez que nos colamos en algún lugar como ese.

— ¡Pero esto es distinto!

— ¿En qué?

—En… ya sabes… si te cuelas en las oficinas del estado o en un caso de asesinato siendo un niño, simplemente sonríes, te llevas la mano a la cabeza y te aguantas una bronca. ¿Puedes imaginarte en los problemas que nos meteríamos si hacemos eso ahora?

—Tampoco tienen por qué pillarnos…

—Es imposible. —El inspector acabó por zanjar el tema y se levantó del sofá.

Mientras hacía eso, Jonathan se dedicó a analizar lo que acababa de escuchar y a anotar en su lista metal de todas las cosas nuevas que estaba aprendiendo sobre su inspector. Nuevo dato: Allanamiento de morada e interrupción en casos policiales. Y por un momento sonrió al imaginarse a un pequeño Edogawa correteando y curioseando alrededor de un cadáver.

— ¿Por qué tanto interés por esa muestra? —Preguntó de pronto. La verdad es que no era capaz de seguir del todo el hilo de la conversación que mantenían aquellos dos. El detective se sentía un poco fuera de lugar, metido allí dentro con dos adolescentes que parloteaban de venenos y organizaciones oscuras como si fuera lo más normal del mundo. Pero esa pregunta llevaba un buen rato molestándolo y al final consiguió reunir el valor suficiente como para formularla. — ¿Tan importante es?

—Tiene razón, Haibara. Si ya sabes que se trata del APTX, porqué aun necesitas esa muestra.

La joven se quedó callada y finalmente suspiró.

—Veras, resulta que he conseguido aislar una fórmula química a partir de los informes que me mandaste.

— ¿Una fórmula?

—La fórmula de la composición del APTX.

— ¡¿Entonces para qué demonios necesitas la muestra si ya la tienes?!

—Ahí es donde está el problema, Edogawa-kun. —Haibara bajó la cabeza y apretó fuertemente sus manos. —Esa fórmula no es el APTX que yo cree. Se parece, pero no es la misma.

El silencio invadió de pronto la habitación, hasta que Jonathan se atrevió a romperlo.

—Eso quiere decir…

—Quiere decir, —Sentenció el inspector. —que la organización ha encontrado a alguien capaz de modificar el APTX, alguien capaz de cambiarlo pese a que se perdieron todos sus datos, capaz de, dios no lo quiera, mejorar el veneno.

-o0o-

Las palabras de Edogawa habían creado un espacio de silencio e incertidumbre que había acabado por crispar los nervios de la joven. Esta estaba temblando, sentada y encogida en su asiento y con un pulso irregular que trataba desesperadamente de aferrar la mano del inspector.

—Lo siento, Señor, pero no acabo de entender el problema…

—Cuando se derrotó a la organización se destruyó toda la información sobre la droga. Hicieron falta años de trabajo intensivo por parte de las fuerzas de inteligencia y seguimiento más importantes del mundo, pero se logró eliminar todo… o eso creíamos.

—En estos momentos, la única persona capaz de crear el APTX debería ser yo… —Continuó Haibara una vez se hubo calmado un poco, tras lograr agarrar con fuerza la mano del otro. —Sin embargo, Ya hemos demostrado que eso es mentira. Ya no hay lugar a dudas, ese hombre murió por ingestión de APTX, la organización o alguien más ha logrado no solo copiar mi veneno, sino que probablemente lo haya terminado.

—Lo que quiere decir que ya no es una muestra de prueba, sino que pronto comenzará a venderse libremente en el mercado negro... Haibara, esto es malo...—El inspector se puso de pie de golpe— Tengo que ponerme en contacto con el FBI, esto es más de lo que parecía en un principio y está a punto de írsenos de las manos.

— ¡Espera!—La muchacha se puso de pie y lo agarró por el hombro. — No les digas nada todavía.

—Pero…

—Déjame acceder a ese depósito y comprobar el cadáver por mí misma… luego puedes hacer lo que quieras.

—Ajjjjjjj…. ¿Para qué tanto empeño? ¿No habías conseguido una muestra ya?

—Tengo la esperanza de que el forense que hizo el informe se haya equivocado.

La muchacha dijo eso con tanto empeño y rotundidez que el joven inspector no encontró fuerzas ni forma de reclamárselo, y por enésima vez en lo que iba de conversación el salón se quedó en silencio absoluto.

—Dame unos días para planearlo. —Dijo finalmente mientras se levantaba y paseaba por el salón mientras se pasaba ambas manos por la cara y se frotaba los ojos por debajo de las gafas. —Si vamos a hacerlo quiero hacerlo bien. Déjame pensarlo con tiempo.

—Señor, ¿de verdad vamos a hacerlo? —Preguntó Jonathan alterado.

—Siendo sincero yo tampoco las tengo todas conmigo. —El inspector se giró hacia ellos y clavó su mirada en la muchacha. —Pero también tengo que reconocer que es nuestra única pista por el momento. No creo que la investigación que está organizando el superintendente Mégure vaya a llegar a algún sitio, pese a que yo mismo me tomé la libertad de escoger los miembros de los equipos de búsqueda. La organización trabajó durante años a las sombras del mundo entero y veo algo difícil que se dejen ver ahora como si nada.

—Señor…

—Por eso voy a confiar en ti, Haibara. Te haré entrar en ese depósito. A cambio ayúdame en esto hasta el final.

Haibara sonrió y soltó un bufido semejante a lo que podría ser una carcajada (o el inicio de una).

—No es como si pudiera librarme de ti, ¿no?

—No te voy a obligar. Tu responsabilidad con la organización acabó hace 8 años, cuando fue supuestamente derrotada.

—Si solo eso fuera verdad… —Murmuró cabizbaja. —No te preocupes, te ayudaré. Ahora dime: ¿Cómo hacemos para entrar en ese laboratorio?

-o0o-

Edogawa tardó casi una semana en volver a ponerse en contacto con Haibara. Durante todo ese tiempo estuvo de un lado para otro pidiendo favores a media fuerza policial de Japón para poder acceder al depósito y, cuando quedó claro que la vía democrática y comunicativa no iba a funcionar, no le quedó más remedio que asumirlo y comenzar a analizar las cosas para ver cómo demonios se las iba a apañar para meter a una adolescente dentro de un laboratorio nacional.

Jonathan lo miraba debatir con los mapas y las grabaciones (que sabe dios cómo consiguió) de las cámaras de seguridad, y comenzó a preocuparse un poco. El inspector no era esa clase de hombres que se atenían fielmente a las normas, en ese aspecto era bastante flexible y si había algo que él considerase "ilegal", pero era necesario para resolver un caso, entonces no tenía muchos problemas para saltarse una norma o dos.

Jonathan todavía recordaba la vez en la que, en medio de una investigación, se tuvieron que saltar un par de leyes de privacidad para poder atrapar al criminal. En aquel momento Edogawa cargó con todas las culpas y salió airoso debido a que todo el FBI lo defendió, por no hablar de que había recibido una medalla por su eficacia y brillante desenvoltura para resolver el misterio, la cual excusó sin muchos problemas el allanamiento de privacidad del criminal.

Pero esta vez el FBI no estaría ahí para ayudarlos. Eran extranjeros (o al menos él lo era) en un país con un sistema legal muy diferente al suyo y donde tenían una condición de meros turistas que ya habían metido más de la cuenta sus narices en un caso criminal sin jurisdicción. En resumen, los pillaban y la habrían hecho buena. Y solo para empeorar las cosas, Edogawa no estaba contando con él para nada.

-o0o-

Un día el teléfono de Jonathan comenzó a sonar. El inspector le había dicho que lo apagase y que usara el teléfono desechable que le había hecho comprar, pero al final decidió dejarlo encendido para poder recibir llamadas ajenas a su trabajo; después de todo, todavía tenía amigos al otro lado del océano que se preocupaban por él y, sobre todo, tenía a su madre, cuya salud le preocupaba. Sea cual fuere la razón, a Jonathan no le pareció un verdadero problema hacer eso mientras no dijese nada relevante del caso. Entendía la obsesión de Edogawa por mantener bajo control los posibles espías, pero tampoco compartía esa obsesión compulsiva.

Aquel día recibió una llamada de Jack. No hablaron mucho y tan solo cosas triviales, pero Jonathan lo agradeció. No solo por poder volver a hablar en su idioma natal, sino que, por primera vez en varias semanas, pudo charlar libremente con alguien de su edad (no contaba con que el inspector tuviese una edad mental de un hombre de mediana edad… casi… hablando desde el respeto, desde luego).

La cuestión es que Jack también parecía animado. Al parecer acababan de resolver el caso en el que habían estado trabajando hasta ahora (el mismo que Jonathan dejó inconcluso cuando se marchó), así que, como buen amigo compañero de trabajo, decidió mantenerlo al corriente de la situación.

Jonathan simplemente lo escuchó hablar durante casi media hora, intentando no pensar en el dinero que le iban a cobrar por aquella llamada. Al final, Jack se despidió con una sonora carcajada y colgando sin darle tiempo a responderle nada. No es como si le importara, pues Jonathan no tenía nada que contar, su vida últimamente giraba alrededor de la investigación.

Se quedó mirando el teléfono y pegó un sonoro suspiro mientras comprobaba el registro de llamadas. Definitivamente le iban a cobrar una fortuna. Tiró el teléfono sobre la cama, intentando no darle más vueltas y metió esos pensamientos en el mismo bote donde guardó el que le recordaba una y otra vez que nadie le iba a pagar por resolver aquel caso, y que lo único que iba a sacar de allí era experiencia y un montón de dudas acerca del pasado de su inspector.

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Fue en uno de esos días de espera cuando el inspector lo mandó a la comisaría de policías para que se enterase de cómo iban las cosas. Lo hizo casi como si fuera una obligación, como si en el fondo supiese que no iban a conseguir nada. En efecto, en cuanto Jonathan consiguió una entrevista con el detective en jefe pudo notar por su expresión que no tenía nada nuevo que comentarles.

Para bien o para mal (y las cosas no pintaban precisamente bien) el tiempo pasaba casi sin que lo notaran y la sensación de agobio y desconfianza que rodeaba a toda la investigación comenzó a asustar a los policías. Muchos incluso acabaron por dejar el caso por miedo, o incluso porque se dieron cuenta de que, en el fondo, no estaban haciendo nada, de que no había nada que ellos pudieran hacer. "Tengo familia" decían unos, "esto es superior a mí decían otros".

La cuestión es que, al cabo de otra semana más, la situación en la comisaría central de Tokio se vino abajo. Para cuando Jonathan llegó aquella mañana al gran edificio se encontró con que, de todos los integrantes en el equipo de investigación inicial, únicamente quedaban media docena. Por supuesto, y pese a los numerosos intentos que hizo su superior por convencer al Superintendente Mégure de que la eliminara del caso, Mouri Ran continuó adelante con la investigación.

Llegados a ese caso y mirando la expresión de agobio que presentaba el superintendente en aquel momento, Jonathan comprendió que la única vía que quedaba para poder avanzar con el caso y dejar de dar palos de ciego era hacer caso a la joven científica. Y por supuesto, no fue el único en darse cuenta: aquella misma noche Edogawa lo mandó reunirse con él en la casa del vecino a una hora muy concreta y tras dar un montón de órdenes sobre cómo llegar.

Para hacer un resumen de la situación: La policía metropolitana ya no tenía el control de la investigación, la situación los superaba y únicamente unos pocos continuarían ayudando en el caso. Por órdenes de Edogawa se había amenazado a todos los desertores con ser despedidos si llegaban a contarle a alguien acerca de la organización; una medida desesperada y poco ortodoxa, pero necesaria. Y en cuanto a los que continuaban activos, se les había dado la orden de esperar a por nuevas (valga la redundancia) órdenes.

Con todo eso, la situación quedaba con una extraña sensación de falsa paz que daba al inspector y su subordinado la oportunidad perfecta de infiltrar a la joven científica en el depósito de cadáveres.

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La mañana prevista llegó rápida y llena de incertidumbre. Jonathan apenas era capaz de creerse del todo lo que su superior estaba dispuesto a hacer cuando lo observó detenidamente aquella mañana mientras se tomaba el desayuno, como si fuese un adolescente cualquiera en una jornada normal. Claro que esa sensación desapareció en el preciso instante en el que Haibara entró en la casa cargando un par de bolsas y vistiendo un traje que le hacía parecer un par de años mayor de lo que era.

—¿Estás seguro de este plan? —Preguntó la muchacha mientas le cedía la bolsa que cargaba al inspector. Este revisó su contenido sin sacarlo del todo y sonrió complacido.

—Por un momento mi cuerpo se estremeció al ver esto… —Comentó mientras cerraba la bolsa de nuevo y le dejaba sobre la mesa.

—No ignores mi pregunta. —Haibara se sentó en la mesa de la cocina sobre el que todavía reposaba el desayuno a medio terminar del pobre detective que no acababa de entender del todo lo que iban a hacer.

Jonathan miró de arriba abajo a la joven. La muchacha tenía un aire de madurez e inteligencia que lo abrumaba, incluso costaba creer que fuera una simple adolescente, y aquellas ropas no ayudaban a recordarlo.

—Esto… disculpe… Inspector, ¿puedo saber cuál es el plan exactamente?

La verdad es que, pese a que Edogawa lo había mandado ir a la casa del profesor hacía unos días para, supuestamente, terciar el plan de infiltración, para cuando llegó a la casa, la discusión ya había terminado y no había logrado enterarse de nada pese a todos los esfuerzos que hizo por suponerlo de los comentarios que los dos jóvenes lanzaron durante las siguientes tres horas que permanecieron discutiendo el tema. Todo un esfuerzo inútil, y Jonathan estaba empezando a temerse que Edogawa había decidido dejarlo fuera del plan, lo cual le suponía al mismo tiempo un alivio y una ofensa a su orgullo.

—Tu misión es esperarnos en el coche. —Dijo finalmente el inspector mientras daba vueltas por la habitación.

Al principio se quedó callado, sin acabar de reproducir lo que había escuchado, pero al cabo de un rato acabó por comprender que sus sospechas se habían cumplido. Estaba a punto de rechistar cuando el inspector volvió a interrumpirlo.

—No me malinterpretes, Jonathan. Con esto no quiero decir que no nos vayas a ser de ayuda, sino todo lo contrario. Eres el único que legalmente puede conducir un coche y nos harás falta si el plan A falla y hay que escapar rápidamente. ¿Lo entiendes?

Entender lo entendía, pero no podía evitar sentirse algo desplazado. Para empezar no sabía cuál era ese supuesto plan A, ni siquiera sabía qué letra era el plan de huida. ¿Cuantos planes más había creado su superior antes de contar con su ayuda?

Esa clase de preguntas absurdas no iban a ayudar en un momento como aquel, y por ello estuvo culpándose durante un buen rato mientras, más tarde y ya con todo asumido y resignado, se dedicaba a esperar sentado en el asiento del piloto del coche que (únicamente dios sabe de dónde) Edogawa había conseguido para aquella empresa. Estaba aparcado en un callejón anexo al susodicho edificio al que el inspector y su amiga tenían pensado entrar. El coche, por lógica, no era el que el superintendente Mégure les había dejado, o de lo contrario hubiera sido demasiado obvio.

Jonathan estaba nervioso. ¡Para no estarlo! Y tamborileaba continuamente los dedos contra el volante mientras tarareaba una canción que no era capaz de recordar donde había escuchado.

¿Qué ocurrió en el interior del depósito? Jonathan nunca llegó a saberlo. Tampoco se lo pregunto nunca a Edogawa, no sabría cómo hacerlo y probablemente tampoco él lo sabía. La cuestión es que, sea cual fuera la letra del plan que incluía el escaque en coche, el papel de Jonathan aquel día fue indispensable. Pudo haber sido el plan Z, pero algo ocurrió que acabó por destruir de un solo plumazo todas las otras estrategias que el inspector había planeado tan minuciosamente.

Lo único que Jonathan sabía era que Edogawa tenía planeado entrar al edificio dentro más o menos cinco minutos, acompañado de la joven de cabellos castaños y, de alguna manera, burlar la seguridad del lugar a plena luz del día.

Lo único que Jonathan pudo llegar a comprender en aquel momento fue que le dolían los oídos y que los cristales del coche se habían roto.

Escuchó un estruendo aterrador y luego vio, casi a cámara lenta, como el laboratorio estallaba. Pero eso solo fue capaz de entenderlo mucho más tarde, cuando tras una interminable espera de diez minutos el inspector apareció por la parte trasera del callejón, cargando el cuerpo inconsciente de su compañera.

Ni siquiera llegó a escuchar lo que él le decía, una vez vio que su superior acomodó a la muchacha y le hacía un gesto para que se marchase arrancó y salió a toda velocidad de allí. No fue hasta entonces que lo comprendió: el edificio había explotado, y si Edogawa y Haibara estaban vivos era por puro milagro, simplemente porque, por alguna razón, no estaban dentro cuando todo sucedió.

Ni siquiera le prestó atención al hecho de que la joven aparentase casi diez años más de los que en verdad (o supuesta verdad) tenía. Ni siquiera notó que su superior se había quedado atrás (posiblemente para ayudar a la gente del interior del edificio), ni que la joven se había desmayado por un golpe en la cabeza. Por supuesto, tampoco se paró a pensar que aquello no había sido una casualidad, que el hecho de que el laboratorio hubiera estallado precisamente cuando ellos estaban a punto de destapar la verdad era un elemento verdaderamente sospechoso.

En aquel momento solo podía pensar que le dolían los oídos y que pagar el arreglo del coche iba a ser una verdadera molestia. Prefería no pensar en el resto de cosas, ya las pensaría más tarde.


Y así es como retomamos el misterio del APTX después del repentino caso de robo anterior... ¿interesante?