Capítulo 2.


—¿Qué te pasa?

—¿Uh?

Hak entrecerró los ojos en su dirección.

—Estás roja— comentó bruscamente, fijándose en su rostro brillante— Y aunque quieres disimularlo, tienes mocos, lo sé.

El rostro de la niña se puso aún más rosado y rápidamente apartó la mirada.

—No es nada. Solo he cogido un poco de frío— le restó importancia.

—¿Y te dedicas a deambular por los pasillos de noche? ¿A bajar aquí? — se burló indudablemente, arqueando una de sus cejas— No sé qué haces aquí.

—¿Qué te pasa? — le enfrentó ella, su frente poblándose de arrugas— ¿Estás preocupado por mí o qué?

Hak nunca lo admitiría en voz alta porque había conocido en estas semanas que llevaban viéndose a esa princesa tonta lo suficiente como para saber que decirle eso solo aumentaría su descabellada idea de ir a verlo siempre que pudiera. ¿Es que no daba cuenta en el peligro que se ponía? ¿No veía que cada noche era una oportunidad más para que la pillasen?

—Bah, me da igual lo que te pase— espetó, ladeando la cabeza al lado contrario a donde estaba ella.

Y es por eso que había ideado un plan: comportarse lo más borde posible con ella, intentando que en algún momento tirara la toalla con él y volviera a su mundo perfecto -y seguro- "en la superficie".

Sin embargo, que él pensase que era lo mejor para ella no significase que fuera fácil de conseguir y hacer. Por el rabillo del ojo atisbó la tristeza en su mirada violeta en el momento que él soltó las palabras y como cada vez, se asaltó la duda por unos segundos: ¿estaba haciendo bien?

Menos mal que pudo contener la disculpa a tiempo, pero nadie más que él supo cuánto le costó tragarse las palabras.

—Eres… Eres un idiota— farfulló Yona con el ceño fruncido y sin despedirse ni nada, se marchó corriendo de allí.

Hak se habría alegrado de la relación de ella si esa situación no fuera una tradición para ellos. Yona conseguía escabullirse de su habitación; iba a dónde estaba él con comida que, pese a sus quejas y muecas, terminaba comiéndose; él la increpaba de alguna manera esperando ahuyentarla; ella se marchaba enfadada… y al día siguiente, volvía. No sabía por qué, ni cómo, pero a la noche siguiente Yona estaba ahí con una sabrosa comida que llevarse a la boca y una sonrisa que le llegaba de oreja a oreja. Y Hak se sentía un poco menos idiota cuando ella lo miraba como si le hubiera echado de menos porque, mierda, llevaba mucho tiempo ahí metido y el simple hecho de tener una mano amiga…

Una mano que él no dejaba de morder una y otra vez.

En el fondo, sabía que hacía bien al intentar alejarla por más que odiase comportarse de esa manera con ella. A la larga, esta extraña… simbiosis o relación que había surgido entre ellos no traería más que problemas. Para ella, sobre todo. Y Hak no quería causárselos, por extraño que pudiese sonar ya que era él el que estaba cautivo. Yona era un inesperado rayo de luz que había venido a iluminar su caverna oscura, y temía el momento en el que este desapareciera, dejándolo en la más absoluta oscuridad. Pero, si lo pensaba bien -y, en realidad, tenía mucho tiempo para hacerlo- era mucho más fácil y practico acostumbrarse a la oscuridad a que la luz de pronto le fuera arrebatada a la fuerza y sus ojos quedasen irremediablemente ciegos.

Era lo mejor, se repetía viendo la puerta por donde se había ido ella. La puerta que, si subía, lo llevaría lejos, muy lejos, de vuelta a su tierra y su gente, con su abuelo y amigos… La puerta que lo llevaría a ella.

Hak suspiró, llevándose las manos al cabello y lo revolvió con molestia. Tan solo eran burdos y absurdos pensamientos que no hacían más que entristecerlo y ponerlo más furiosos con la situación que estaba viviendo; sin embargos, estos se colaban en su cabeza con más asiduidad de lo que a él le gustaría.

De pronto, sus dedos se toparon con la cuerda que rodeaba su cabeza y pensó en su abuelo, en lo orgulloso que estaba el día que se lo regaló, e inmediatamente el hilo de sus pensamientos se desvió a lo devastado que el viejo debía estar con la situación.

Suspiró sonoramente y se recostó contra la dura pared tras de él. De nuevo, llevó las manos a su cabeza y cuando se topó con el adorno tiró de él hacia arriba, quitándoselo. Lo sostuvo entre sus dedos, admirándolo, pensando que nunca se lo había quitado desde que el viejo se lo dio… pensando…

Como cada noche, los fantasmas de su conciencia vinieron a hacerle una visita y Hak no opuso ninguna resitencia.

·

A la noche siguiente, Yona no apareció.

Hak se llevó muchísimo rato esperando -siendo honestos, no había mucho más que hacer que no fuera eso, y no es que estuviera esperándola en el sentido estricto de la palabra-, pero las horas pasaron, lentas, eternas… y no hubo ni rastro de la muchacha.

Al día siguiente, estuvo más inquieto que nunca, no dejó de dar vueltas por la celda, hizo más series de ejercicio de lo normal; todo eso a pesar de que no había pegado ojo en toda la noche.

No sabía cómo sentirse. Por un lado estaba satisfecho con que su plan, al parecer, estuviera funcionando; si Yona había entendido el mensaje de que no quería verla, ya no tendría nada de lo que preocuparse. Debería sentirse ufano, ¿verdad? Después de todo, lo había conseguido. Sin embargo… un molesto y horrible dolor en el pecho no lo dejaba tranquilo, así como también no dejaba de sentir un regusto amargo en el estómago: tristeza, soledad… ¿decepción?

Esa noche -se quiso mentalizar de que no era así- intentó dormir como si no le importase nada, pero volvió a verse esperando, esperándola. Cada poco tiempo, observaba la puerta y el más leve susurro que llegaba a sus oídos lo espabilaba por completo. Pero una vez más, las horas bailaron a su alreded, Yona no apareció y Hak tuvo que luchar contra el amasijo de nervios que era su estómago.

Para la tercera noche en absoluta soledad, con el dolor en el pecho cada vez haciéndose más apretado, más grande, estuvo rememorando los momentos con ella, sintiendo como una sonrisa pequeña e idiota se deslizaba en su rostro por cada tontería que ella había dicho y hecho que se le venía a la mente. La forma tan adorable con la que le fruncía el ceño enfadada, como arrugaba la naricilla cuando pensaba en algún tema de conversación o el brillo en sus ojos violáceos al despedirse hasta el día siguiente…

Y entonces recordó la última noche: el rubor no muy natural de sus mejillas, la mirada ligeramente vidriosa y la nariz irritada y roja.

¿Y si…?

Mierda, ¿y si había empeorado? ¿Y si el problema es que había caído en cama?

Realmente -aunque pensar eso iba en contra de lo que había ideado y la aparente satisfacción que debería sentir porque su plan hubiera funcionado-, sabía que Yona no alguien que tiraba la toalla fácilmente. Que si había un motivo por el que ella no hubiera ido a verlo no era porque no quisiera, sino porque no podía.

Así que otro sentimiento se añadió al coctel que era actualmente su cabeza: preocupación.

¿Qué era preferible: saber que estaba bien y era ella la que había decido alejarse de él o la posibilidad de que había caído enferma hasta el punto de no poder levantarse de la cama?

—Maldita sea, me voy a volver loco— masculló para él, uno de esos días; realmente había perdido la cuenta de cuál era. Todo era tan… silencioso, solitario… vacío.

De pronto, escuchó la puerta abrirse y como cada vez, su cabeza se levantó automáticamente. Todo su cuerpo se aflojó por la decepción de no ver a quién esperaba atravesar la puerta. Era un soldado, el que siempre le llevaba y traía la comida, y esta vez parecía tener prisa porque apenas le soltó un comentario cuando le dejó la comida y se marchó.

No le preguntó lo que llevaba tanto tiempo carcomiéndole por dentro. ¿Cómo iba a hacerlo sin descubrirla a ella? Sin embargo, después de más de un año encerrado, por primera vez agradeció no tener contacto alguno con el exterior porque de ser así estaba segura de que la pregunta se le habría escapado de sus labios antes de que se hubiera dado cuenta.

La preocupación – y el miedo– le estaba matando lentamente.

·

En algún momento de lo que Hak supuso que era cuarta o quinta noche a solas por la proximidad de la cena, el muchacho se espabiló al escuchar el chirrido de la puerta. El puré y el cacho de pan descansaba a un lado de la celda sin haber sido tocado, así que eso solo podía significar que…

Rápidamente se incorporó hasta quedar sentado en medio de la celda y su corazón estúpidamente empezó a bombear a gran velocidad cuando una oscura silueta emergió del hueco de la puerta la cual, instante después, se convirtió en…

—Princesa— jadeó casi sin voz.

La joven parecía un ente fantasmal mientras se deslizaba por la solitaria mazmorra. Su cuerpo, al contrario que las veces anteriores, no estaba cubierto solo por su vestido para dormir y la bata, sino que sobre sus hombros había una gruesa manta, la cual tenía sujeta con una mano a la altura de su pecho. El pelo lo tenía revuelto -más de lo normal- y bajo sus ojos cansando se podían apreciar unas profusas ojeras.

La imagen, aunque irradiaba lástima y ternura, consiguió quitarle el aliento al joven Hak.

—Perdón por tard-

Lo que sea que fuera a decir quedó interrumpido por una repentina tos que la asoló. Se encogió sobre sí misma y su cuerpo se sacudió violentamente.

—¡Princesa! — exclamó él, levantándose repentinamente. Por la rapidez de sus movimientos y que apenas hubiera probado bocado de la mierda que le traían, su mente se mareó por unos segundos, pero apenas le echó cuenta a la sensación. Apretando los dientes, se acercó con celeridad hasta los barrotes de la celda— ¿Pero qué…? ¡¿Estás loca?! ¡¿Por qué estás aquí?! — le susurró fuerte, deseando con todas sus ganas gritarle por lo estúpida que estaba siendo.

—Vine a traerte esto— dijo una vez pudo reponerse, y de una bolsa de tela que hasta ese momento Hak no se había dado cuenta que llevaba, sacó un recipiente pequeño de cerámica— Está un poco fría por el tiempo, pero hasta ahora no me han dejado tranquila, no he podido venir antes— lo miró disculpándose, sus pupilas resaltando sobre sus ojos rojos y la nariz congestionada.

Una vez más, el muchacho se quedó sin habla. ¿Qué rayos tenía esa niña en la cabeza? ¿Se había dado un golpe o algo?

—¿Has venido… a traerme… sopa? ¿Una-maldita-sopa?

A pesar de que tenía la mirada brillosa, el ceño fruncido que le dedicó seguía siendo igual de tierno y nada-intimidante que antes.

—¿Qué pasa? No has comido, ¿verdad? Y llevas mucho tiempo a base de pan y algunas cosas que he podido traerte, además de ese… puré que ellos te dan. Pensé que te haría bien tomar sopa, a mí estos días me han estado ayudando mucho— Yona bajo la mirada de pronto, su expresión dulcificándose y volviéndose repentinamente tímida— Y… bueno… yo… estaba preocupada por ti…

Un cálido fuego se extendió por el pecho de Hak, quién se aferró inconscientemente a las barras, siendo incapaz de poder apartar la mirada de ella. Toda la situación le estaba pareciendo surrealista, un sueño. Ahí estaba ella, febril y cansada, seguramente habiendo estado todos estos días en cama, y se estaba preocupando por él, por su alimentación…

Y él que pensó que realmente le había dado la espalda y no quería saber más de él.

Mierda, nada más lejos de la realidad.

Le había pedido disculpa por su ausencia y, aun estando enferma todavía, se había escabullido… en mitad de la noche una vez más… para verlo a él.

A él.

Al idiota que no dejaba de molestarla, que era borde con ella.

—Eres increíble— las palabras escaparon de sus labios antes de darse cuenta siquiera, pero el mundo estuvo de su lado, y su vergonzosa confesión no fue escuchada, pues en ese momento Yona tuvo otro repentino ataque de tos.

Cualquier sensación de júbilo que Hak pudo sentir quedó sepultada por la preocupación al verla en el estado en el que se encontraba, aunque en su pecho perduró un pequeño remanso de esa pequeña tibiez que ella podía brindarle sin saberlo siquiera.

—Mierda, princesa, vuelve a tu cuarto. Si sigues aquí te pondrás peor— espetó, nervioso, inquieto, más brusco de lo que pretendía.

Pero ella parecía no escucharle. Con el ataque ya en el pasado, dejó la bolsa de tela en el suelo y destapó el hilo que mantenía cubierta la boca del recipiente. El ligero aroma a especias entró por las fosas nasales de él e inmediatamente escuchó su estómago rugir. Mierda.

—Toma— dijo ella, acercándose un momento a la celda para poner las cosas en el suelo -la jarra con la cuchara encima- y se alejó nuevamente con celeridad. Cuando vio que él no se movía, una pequeña y tentativa sonrisa apareció en sus labios— La cuchara no es la mía, y el tarro tampoco, te lo prometo. Y he intentado no toquetearlos mucho para no pegarte nada. Pude conseguirlos entre cada comida que me llevaban a la habitación y me aseguré de lavarlos. Están limpios.

De pronto, Yona se estremeció por un escalofrío y se abrazó a sí misma, aunque de una forma casi inadvertida. Casi, porque el muchacho no había apartado la mirada en ningún momento de ella desde que apareció por la puerta, y había visto eso claramente.

—Bien, ya has hecho lo que tenías que hacer— farfulló entre dientes, lanzándole una mirada inquieta— Vete a la cama ahora mismo, tienes que descansar.

—No puedo— le enfrentó terca— Tengo que llevarme las cosas o si no, ¿cómo explicaría que tienes eso? No hay muchos sitios donde puedas esconderlos para que no te los pillen.

Hak resopló.

Maldita niña, siempre tenía que ponerle la puntilla a todo.

—Vale, vale— terminó cediendo. Algo le decía que si se negaba y la echaba, terminaría su intento por ayudarla peor que si aceptara sus condiciones, aunque fuera a regañadientes.

Se sentó de mala gana en el suelo bajo la atenta mirada de ella y pasó la mano para coger el envase, que a duras penas pudo traspasar por los barrotes. El aroma se hizo más fuerte con la cercanía y el rugido de su estómago se escuchó con claridad en la habitación. Por el rabillo del ojo, Hak advirtió la sonrisa que se formó en los labios de Yona aunque se hizo el desentendido. Cuando se llevó la cuchara a la boca, un gemido bajo pugnó por escapar de él pero sin saber cómo, pudo retenerlo a tiempo. Llevaba mucho tiempo sin comer algo caliente -o tibio en este caso- y ahora que lo estaba haciendo de nuevo, que estaba tomándolo gracias a la… tozudez de la muchacha, los sabores parecían explotar en su boca.

—Está buena, ¿eh? Siempre digo que una taza puede hacer milagros— le sonrió Yona con un poco de más confianza, aunque el cansancio era como un peso sobre sus hombros. Se apretujó un poco más bajo la manta.

Hak se espabiló y se apresuró a comérsela. El líquido se le asentó en el estómago y Hak se vio varias veces a sí mismo cerrando los ojos y degustando el sabor. Realmente estaba riquísimo.

En su cabeza batalló las ideas de hacer ese momento eterno y terminar lo antes posible para hacer que, por fin, Yona volviese a su habitación; pero, incluso antes de que se diera cuenta, la cuchara dio con el fondo del tarro y, con ello, la comida se acabó. Hak tuvo el impulso de llevárselo a los labios para rebañar las últimas gotas que quedaban pegadas, pero sabía que no se verían bien. Suspiró, echándose hacia atrás.

—¿Has acabado? — Yona lo observaba atenta desde la distancia.

Hak se apresuró a asentir y dejar el cacharrito de vuelta a su lugar. Una vez terminado, cuanto antes se fuera mejor, menos tiempo estaría expuesta a la intemperie. Se puso de pie y se quedó viendo como ella se acercaba con pasos tembloroso, y no fue hasta ese momento Hak no advirtió lo superficial que era su respiración.

Su cuerpo se tensó, molesta con ella, pero también consigo mismo, incompresiblemente.

Yona apoyó en las barras de metal para agacharse y no perder el equilibrio, y apenas se estaba poniendo en pie de nuevo que sintió una presencia cerca, muy cerca de ella. Un gritó casi escapó de sus labios cuando, al alzar la mirada, descubrió que Hak había acortado la distancia entre ellos y solo era las rejas lo que separaban ambos cuerpos. La mano de él, ligeramente más grande, se posó sobre la de ella y Hak notó su piel más caliente de lo normal.

Estaba seguro de que si ponía la mano en la frente de Yona, esta estaría ardiendo. Respiración superficial, mejillas al rojo vivo, ojos brillantes y algo desenfocados…

Maldijo en su mente.

—No vuelvas a hacer algo como esto— espetó con dureza, observándola intensamente con los barrotes entre ellos— No vale la pena. Quédate arriba, recupérate. Lo que has hecho es una tontería.

—Estoy bien— farfulló ella, frunciendo el ceño.

—Sí, ya lo veo. Estás a un paso de caerte desmayada. ¿Es que no tienes un poco de sentido común?

—No seas pesado, sé lo que hago— lo fulminó con la mirada.

Hak ejerció fuerza en su mano, no para hacerle daño, pero sí para conseguir que soltara los barrotes y se dejara mover por la de él, quién las guio hacia el rostro de ella. Como había temido, tenía el rostro que parecía un volcán a punto de erupcionar.

—Vuelve a la dichosa cama— le ordenó, o le rogó, no sabía muy bien, pasando de su frente a sus mejillas coloradas.

La mirada de Yona se desenfocó por un segundo y Hak temió verla desmayarse sin poder hacer nada, pero de pronto, unió sus labios en una tensa línea y su rostro se puso aún más rojo si era físicamente imposible. Repentinamente, se separó unos pasos y lo miró con los ojos como plato.

—¿Qué haces? Puedo contagiarte, y tú lo tendrás más difícil aquí abajo.

Honestamente, Hak no había pensado en su propia salud. Sentía una extraña tranquilidad y satisfacción por el hecho de estar tocándola, de sentirla bien y tangible a su lado; por saber que realmente no estaba solo. Sin embargo, ella debía subir ya, temía que perdiera el sentido por el camino.

(Temía no poder estar allí para ayudarla)

—¿Has venido y me he comido la sopa, no? Pues vete ya, es tarde— él también dio un paso hacia atrás, marcando la distancia que había entre ellos.

La expresión del rostro de ella se ensombreció y una chispa de furia apareció en su mirada. El corazón de Hak pegó un salto y se sintió muy mal consigo mismo cuando, pese a que su tono estaba justificado, supo que se estaba portando fatal con ella, comportándose como un desagradecido.

—No sé para qué me molesto— la oyó mascullar, agachándose para coger la bolsa de tela, y dándose la vuelta— Eres… eres un…

—Princesa— las palabras habían salido de él antes de haberlo pensado siquiera.

Yona no se giró, sino que se limitó a fulminarlo por encima del hombro.

Hak sintió el peso de su estómago triplicarse y luchó contra el impulso de apartar la mirada como un cobarde. Él nunca lo había sido, y mucho menos iba a empezar ahora con… ella.

—¿Qué?

—Yo…— se llevó una mano a la nuca, y tragó saliva— Te veré cuando te recuperes, ¿vale? Por favor, no hagas más locuras, puede… puede pasarte algo y…— calló, cuando se dio cuenta que estaba balbuceando como un idiota.

Durante un segundo, ninguno de los dos se movió o dijo algo. Entonces, una tímida sonrisa apareció en el rostro de ella y Hak sintió como su corazón estúpidamente aumentaba de velocidad.

¿Se había puesto él enfermo también?

—Volveré— le prometió ella, asintiendo con un aire muy pomposo que consiguió sacarle finalmente una sonrisa. Se despidió con una sacudida de manos y un elocuente ataque de tos, pero cuando traspasó esas puertas, Hak se sintió más solo y a oscuras que nunca.

·

La próxima vez que apareció habían pasado solo un par de días, pero el brillo vivaz en su mirada y la expresión de emoción en su rostro le hicieron ver que, finalmente, había hecho caso a sus palabras y ya se encontraba mucho mejor. Todavía perduraba un aire de cansancio en el fondo de su mirada, como si necesitase aún un sueño reparador de diez horas, pero al menos ya había pasado la peor parte y poco a poco se estaba sintiendo mejor.

Hak no supo qué explicación darle al sentimiento de alivio y emoción que le golpeó en el pecho cuando sus ojos se encontraron.

—Hola— murmuró ella, adentrándose con pasos tentativos.

Por primera vez desde que la conoció, Hak no retuvo la sonrisa que siempre quería escapar de él cuando la veía, y la mirada sorprendida y escéptica que ella le dedicó desde la distancia lo hizo querer reír.

—Hola, princesa, ¿cómo estás?

Yona alzó las cejas y su boca formó una pequeña "o", pero rápidamente se recompuso de la impresión y casi dando suaves saltitos, se acercó a la reja.

—¡De maravilla! — exclamó con sus ojos violetas fulgurando con intensidad; había en ellos una incomprensible felicidad que hizo que la respiración del chico que detuviese por un momento— ¿Y sabes qué? Hoy he traído esos pasteles de canela que tanto te gustan…

Y con el enérgico parloteo de la joven de vuelta a él, Hak creyó sentir que sótano dejaba de ser un lugar tan oscuro y solitario. El cálido y luminoso rayo de luz estaba de vuelta.


¿Quién creéis que dará antes su brazo a torcer?

¡Decidme qué os está pareciendo! Me encantaría leeros, saber qué pensáis de ella.