Capítulo 3.
—¿Qué te parece el vestido? — Yona se sonrojó y escondió la mirada en el suelo de piedra mientras esperaba el veredicto del muchacho.
—Bah…— fue la repuesta de él desde su lugar, y el pequeño silencio que se formó acompañado por la sensación de la penetrante mirada masculina puesta en ella, hizo que no pudiera moverse. Los segundos pasaron muy lentamente—. El color es bonito— terminó diciendo en voz baja.
Yona se desinfló como un globo y se sorprendió por la ligera punzada de decepción que asoló su pecho. Sin embargo, pensando con cabeza fría, ¿qué esperaba? Había hecho una pregunta bastante tonta. ¿Qué le importaría a Hak el dichoso vestido teniendo en cuenta la situación en la que vivía?
Suspiró, sacudiendo la cabeza para alejar esas ideas, y caminó un poco a desgana para acercarse a la celda del muchacho. Cuando llegó a los barrotes, extendió una mano entre las barras de hierro.
—Toma— murmuró, uno de sus pañuelos de hilo fino envolviendo lo que sea que tuviera en la mano.
—No era necesario, princesa— farfulló Hak, y aunque no veía su expresión, Yona se lo imaginó poniendo los ojos en blanco.
Pese a la desazón que sentía, sonrió de esa forma que sabía que a él lo ponía de los nervios.
—Come y calla, anda. Te aseguro que cuando te lo acabes, estarás llorando de la emoción.
Oyó a Hak murmurar algo por lo bajo que no llegó a entender, pero poco después escuchó el tintineo de la cadena al moverse. Cuando una mano se coló en su campo de visión -tenía la mirada puesta en algún punto del suelo de piedra, un poco distraída-, Yona se sobresaltó. Alzó los ojos y estos se encontraron con los de él. Su respiración se detuvo de forma inconsciente por unos segundos y su corazón aumentó de velocidad al advertir que, al contrario a lo que hacía siempre que ella le daba algo, no se había alejado de nuevo para volver a su lugar "favorito", sino que se quedó a su lado, apoyado contra la pared.
Si Yona hubiera extendido la mano entre las barras de hierro, habría sido capaz de tocarlo, se dio cuenta en ese momento. Tocarlo más allá de las caricias furtivas que se daban sin querer cuando ella le pasaba algo a hurtadillas.
Su estómago cosquilleó, causando que su inquietud creciera considerablemente.
El flequillo negro de Hak tapaba sus ojos en el momento que desenvolvía el pañuelo, descubriendo así en su interior unas galletas que parecían tener muy buena pinta.
—Pruébalas, ya lo verás— insistió Yona, al ver que se quedaba mirándolas en silencio.
Lentamente, él cogió una con sus manos llenas de polvo y se la llevó a la boca. Masticó sin que su expresión se alterase ni un palmo.
—¿Y bien? — exclamó la joven, intentando no mostrarse muy desesperada.
—Están buenas.
—¿Solo buenas? — tuvo que contenerse para no chillar de la indignación. ¡Otra vez le estaba haciendo lo mismo!— ¡Las hice yo! ¡Están riquísimas, son las más buenas que has probado en tu vida, reconócelo!
De pronto, la comisura de los labios de él se alzó ligeramente y la boca de Yona se abrió, incrédula, cuando supo lo que estaba intentando él -y había conseguido- con este comportamiento. ¡Se estaba burlando de ella!
—¡Oye! — se quejó, pasando la mano por entre las barras para golpearlo— ¡Eres malo!
La risa de él se escuchó de pronto y Yona sintió como su corazón se detenía por un segundo. En los tres años que llevaban conociéndose, y en los que Yona lo visitaba diligentemente cada vez que podía escaparse en las noches, jamás lo había escuchado reír.
Ni una sola vez.
Y aunque había soñado muchas veces con que presenciaba ese momento… nunca había llegado a imaginar que ese sonido era tan mágico y bonito, que causaría que se le revolucionara todo el organismo.
—Ya, en serio, están muy buenas. ¿De verdad lo has hecho tú? — la miró y la sonrisa por primera vez había ascendido a sus ojos, no solo se quedó en una mera mueca de sus labios. ¡Qué brillante se veía ese azul en sus iris! Conseguía detenerle la respiración y hacerle olvidar cómo pensar con claridad.
—Bueno— murmuró, intentando salir de sus obnubilados pensamientos— Recibí un poco de ayuda… ¡pero solo con los ingredientes! Amasé yo misma y me aseguré de que no se quemaran después— sonrió con altivez.
Hak no dijo nada, pero la forma en la que se había suavizado su expresión -siempre tenso e irónico- mientras comía en silencio decía muchísimo más que cualquier palabra que pudiera soltar por la boca. Yona contuvo el deseo de llevarse la mano adonde su corazón golpeaba con fuerza. Parecía que iba a mil por hora y en cualquier momento se le escaparía.
¿Qué le estaba pasando?
Permanecieron uno de pie uno junto al otro con las barras de metal por medio en un silencio… tranquilo, familiar…
Cómodo.
—¿Por qué has venido tan elegante? — preguntó él, de pronto, mirándola de reojo— ¿Hay alguna fiesta en nuestra agenda que se me ha olvidado? Creo que voy a desentonar un poquito con mi atuendo.
Las mejillas de la pelirroja se ruborizaron, aunque sintió un pinchazo de culpa y desazón cuando advirtió el tono amargo que había intentado esconder en sus palabras divertidas, pero que no había conseguido hacerlo del todo. Ella solo… solo… había querido que él la viera…
Cuando esta mañana entró en su habitación y descubrió el hermoso vestido que había colgado en el armario, no pudo contener el deseo de que Hak… de alguna manera… pudiera formar parte…
—Mañana es mi cumpleaños.
Hak no supo que responder a eso, no se lo había esperado. Por el rabillo del ojo, Yona lo vio con la mirada desenfocada en algún punto en el suelo y el cuerpo tenso; las galletas de alguna manera olvidadas en sus manos. La chica tuvo el deseo de sacudirlo para obtener alguna reacción cuando el silencio se extendió por demasiado tiempo.
—¿Quince ya? — dijo él, finalmente, en un tono cuidadosamente neutral.
Yona se mordió el labio inferior y asintió levemente, intentando ignorar el pequeño cosquilleo que apareció en ella porque, después de todo, se hubiera acordado. Era una tontería sí, hasta ella misma se daba cuenta, pero no podía evitarlo. Aunque había asuntos más importantes flotando en el aire, ella se sentía feliz porque él hubiera recordado cuántos cumplía, pues saber la fecha en la que estaba le hubiera resultado muchísimo más difícil teniendo en cuenta cómo vivía
Hak murmuró algo por lo bajo y se terminó lo que le quedaba de la galleta de un bocado. Entonces, inspiró hondo y lo exhaló con fuerzas antes de incorporarse sobre sus pies. La miró y Yona sintió su pecho explotar cuando los ojos de él -azules, imposiblemente azules- se clavaron en los de ella.
—No te podré felicitar mañana, así que lo hago ahora aunque sea un poco pronto. Felicidades, princesa. Espero que tengas un buen día.
—Gr-gracias.
¿Podría él escuchar los atronadores latidos de su corazón? ¿Podría sentir cómo su cara parecía arder? ¿Podría advertir el tembleque de sus piernas?
Hak sonrió, una de sus comisuras se alzó un poco, pero fue causado por una emoción sincera, se le veía, y Yona no pudo evitar correspondérsela. Por un segundo, se quedaron mirándose fijamente y el mundo, todos los problemas, fueron enterrados en lo más profundo de sus conciencias. Solo eran ellos, solo existía esa conexión inexplicable que parecía atraerlos más y más.
Súbitamente, Hak apartó la mirada y Yona sintió como si hubiera emergido del agua, sus pulmones necesitando aire, el oxígeno del que había sido privado. Cerró los ojos e intentó calmar a su revolucionado corazón.
—Vas a hacer una fiesta, supongo— dijo él, en ese tono de él… tan… convenientemente plano.
—Fiesta— chistó ella, sacudiendo la cabeza para despejarse— No te olvides que solamente estaremos papa y yo.
Y no siendo una novedad, Yona se sintió culpable por desear la compañía de otra persona -una… que sabía que sería imposible-, aun siendo una fecha tan importante para su padre y ella, en la que siempre habían hecho una cena de celebración, no importaba el trabajo que tuviera que hacer él cómo rey de Kouka. Siempre, ese día, conseguía sacar tiempo para ella.
Hak no dijo nada. Su mente parecía estar a muchos kilómetros del aquí y ahora y Yona se quedó mirándolo, deseando saber qué era lo que debía estar pasando por su cabeza. Cuando lo vio llevarse una mano al cabello, no pudo evitar fijarse en la pluma que rodeaba su muñeca gracias al cordel que unos meses atrás le había atraído. Era esa misma pluma que había sujetado siempre en su puño y el motivo por el que ella había recordado quién era la primera vez que se vieron…
—Hak.
—¿Hhmm? — mordió la última galleta.
A pesar de los tres años que llevaban ya conociéndose, nunca había sacado a la luz el tema del porqué de su cautiverio. Yona temía que, si lo hacía, el poco avance que había tenido en su relación se esfumaría y por eso había estado conteniendo las ganas de saber, pero había veces en las que era tan difícil…
—Quiero preguntarte algo, pero tengo miedo de que te enfades y vuelvas a ignorarme como al principio— decidió que lo mejor era ser sincera.
Hak desvió sus ojos a los de ella con la expresión llena de sorpresa. Instantes después, seguramente al ver el semblante femenino, el rostro de él se llenó de compresión y finalmente amargura e ira.
Pero para el asombro de Yona, Hak no hizo el amargo de querer alejarse, por lo que ella entendió esa respuesta como una pequeña victoria y una tímida invitación a que continuara hablando con cuidado. Deseó apoyarse en cualquier lado pues sentía como su cuerpo temblaba ligeramente, pero tenía miedo de manchar el vestido y que después vinieran las preguntas, así que apretó sus piernas la una contra la otra y se rodeó el estómago con sus brazos, en un intento inútil de darse ánimo mientras pensaba en la mejor forma de expresar sus inquietudes.
Se quedó mirando un punto fijo en el suelo, con los engranajes de su mente funcionado sin parar.
—¿Por qué estás aquí, Hak?
En un principio, pensó que no respondería, que se arrepentiría rápidamente de la oportunidad que le había dado. Conforme los segundos pasaban y el silencio se extendía, parte de ella había medio asumido que él no abriría la boca, pero grande fue su sorpresa cuando lo escuchó removerse -las cadenas tintinearon- y un suspiró hondo y sentido escapó de sus fosas nasales.
—No lo sé— dijo en algún momento con la voz monocorde, desprovista de sentimiento alguno— Ya ves, un día estaba en palacio luchando en el Torneo coronándome como ganador, como… Bestia del Trueno, y al siguiente… cuando viajábamos de vuelta a Fuuga… fuimos asaltados. No pude contar los que eran, pero nosotros… solo éramos dos. Intentamos defendernos, pero alguien me atacó por detrás y perdí la conciencia. Lo próximo que recuerdo es despertar en este lugar.
—¿No sabes quienes fueron?
—¿Quiénes? Princesa, por favor.
—Oh— murmuró con entendimiento y sus mejillas se sonrojaron furiosamente. ¿Por qué si no estaría allí? — Sí, perdón… Yo…— «Papá. Todo esto es por papá», pensó para sí misma con decepción y amargura— ¿Sabes al menos por qué te tienen?
—No. Los guardias que vienen a traerme la comida no abren mucho la boca y a los único que veo aquí son a ellos y a ti, cuando consigues escaparte.
Yona luchó contra las ganas de llorar por la situación en la que Hak vivía porque sabía que no llevarían a ninguna parte. Además, él, después de todo lo que estaba viviendo, no necesitaba aguantarla a ella y a su débil carácter. Debía ser fuerte.
—Si pudiera…— se mordió el labio inferior, angustiada, levantando la cabeza para mirar a Hak, quién se había sentado en el suelo con la espalda apoyada en la pared más cercana— Si pudiera salir del castillo, Hak, te aseguro que iría a buscar a tu tribu y les diría que estás aquí, pero papá no deja que nadie entre en el castillo, ni mucho menos a mi salir de él. Ya lo sabes. Todas las reuniones del estado, con los emisarios de las tribus, tienen lugar fuera y soy incapaz de acceder a ellas… Yo no conozco mundo más allá…
—No te preocupes, princesa. Hacerlo sería ponerte en peligro y no podría perdonarme que te pasara algo— realmente no la culpaba o no le reprochaba el no poder ayudarle, lo veía en su expresión, y eso, lejos de tranquilizarla, hacía sentir a Yona aún peor.
Más impotente.
—Pero…
—¿Puedes hacerme un favor, princesa? — cortó cualquier cosa que fuera a decir, alzando la mirada. Yona tragó sus palabras, notando la silenciosa petición que le dedicaba con sus ojos de cambiar de tema, y terminó asintiendo.
—Lo que sea.
Hak se incorporó y apoyó las manos en las barras, el sonido de las cadenas como un mero susurro en el lugar. Sus manos nudillos eran de color blanco por la tensión que había en sus dedos; en todo su cuerpo, en realidad.
—¿Podrías… darte la vuelta y acercarte al fuego?
Yona habría esperado cualquier cosa menos eso. Sintiendo la sangre rápidamente viajando a sus mejillas, caminó con pasos dubitativos hacia la antorcha más cercana, quedando su rostro y cuerpo parcialmente iluminado, y desde la distancia, observó avergonzada al muchacho. Entonces, inspirando con fuerzas para sí misma, dio una vuelta lenta, su falda ondulando por encima de sus tobillos gracias a la acción del viento, y cuando volvió a la posición inicial, su corazón dio un fuerte golpeteo en su pecho debido a la expresión que él le estaba dedicando.
Ni siquiera estaba parpadeando.
—¿Qué? — espetó, un poco a la defensiva.
¿En qué momento había pensado que sería buena idea venir… así, con esas pintas? Dios, se había comportado como una niña tonta. ¿Qué pensaba? ¿Qué él la vería y la adularía? Hak tenía problemas más importantes que decirle lo bien que le quedaba un maldito vestido, uno innecesario, que había obtenido por mero capricho y no sería más otro de los tantos que se acumulaban en su armario sin apenas ser usado.
Qué ilusa ha sido.
Qué ilusa y qué tonta…
—Lo siento, es que…— sacudió de pronto la cabeza, como si estuviera alejando las ideas de su cabeza— El verde…— Hak carraspeó, llevando su mirada al suelo— Bueno, es que el verde hace brillar tus ojos y tu pelo, princesa.
El corazón de la joven se detuvo por un momento y su rostro amenazó con explotar por la cantidad de sangre que se había acumulado en sus mejillas. Sintiendo unas incomprensibles e inconmensurables granas de reír y gritar, dejó caer el peso de su cuerpo a la otra pierna y se colocó un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Gr-gracias.
El silencio se instaló en el lugar, uno cargado de una tensión y significado que a los dos le estaba costado mucho de obviar.
—¿Puedo pedirte otro favor?
Yona alzó la mirada, arqueando una de sus cejas.
—Creí que la cumpleañera iba a ser yo— le molestó, con una sonrisa ligera.
Hak se la correspondió suavemente y se encogió de hombros. Yona le hizo una señal para que continuara hablando.
—¿Podrías…— lo vio pasarse una mano por el pelo, nervioso— Bueno, ¿podrías venir… mañana?
—Oh— musitó Yona con un extraño cosquilleo en el estómago— No sé si…. Mi padre…
—Con que me digas que lo intentarás, me basta— le cortó él, mirándola inseguro y un poco avergonzada.
Yona tuvo que morderse el labio inferior para esconder la sonrisa que quería formarse en su expresión. Sabía que no sería bien recibida y, en realidad, no sabía por qué tenía tantas ganas de hacerlo.
—Claro— aceptó sin detenerse a pensarlo— De eso no lo dudes.
La expresión de él se suavizó y la comisura de sus labios se levantó, pero cualquier cosa que fuera a decir quedó acallada por un ruido seco y lejano. Hak y Yona rápidamente miraron hacia la puerta, lugar donde había provenido el sonido, y se sintieron aterrados. ¿Qué pasaba? Jamás habían aparecido nadie o se había escuchado nada como eso a esas horas de la noche.
—Tienes que irte— le susurró Hak con el cuerpo en tensión.
Yona asintió y emprendió el camino con premura, pero cuando estaba a unos metros de ella, el sonido de unos pasos resonó en la distancia y Yona tuvo deseos de chillar. ¡Alguien se acercaba!
—No puedo irme por la puerta— gimió Yona desesperada, volviendo a la celda del muchacho. Los pasos se iban acercando cada vez más por el oscuro pasillo; alguien estaba a punto de entrar.
—Mierda, mierda, mierda— masculló Hak, mirando a todos lados en busca de otro plan— Prueba las demás celdas a ver si están cerradas. Métete en la más alejada, allí nunca van y yo me aseguraré de que tampoco lo hagan esta vez.
—Vale— murmuró Yona, conteniendo el miedo a duras penas y rápidamente acató la orden.
Las cinco celdas de ese lugar estaban distribuidas en una hilera y como Hak estaba en la primera, la última se encontraba fuera del rango de visión si venían a hablar con él. No la descubrirían.
Todo iría bien.
Apenas pudo pensar mucho más que la puerta se abrió. Hak se había colocado en el centro de la celda, en una aparente actitud despreocupada, y observó como entraba uno de los soltados, aunque le extrañó que lo primero que viera fuera la espalda de este. Su ceño se frunció y se acercó hasta las barras para intentar ver mejor.
Pronto descubrió que esa postura era porque estaban cargando un cuerpo entre dos y la respiración de Hak se detuvo cuando vio cómo se dirigían a la celda contigua, la abrían y lo dejaban en el interior. La persona en cuestión debía estar inconsciente porque no pronunció sonido alguno más allá de un gemido quedo.
Uno de los soldados, el que normalmente le llevaba la cena, salió de la celda del recién llegado y se colocó delante de la de Hak. Este le sostuvo la mirada sin vacilar.
—Aquí tienes al segundo de vosotros, bestia, para que os hagáis compañía— se burló mientras que el otro manejaba unas cadenas con las que seguramente pensaban apresar al muchacho.
—¿Quién es?
—¿No os conocéis entre vosotros?
El compañero salió sacudiéndose las manos con una mueca en sus labios y se encaminó hacia la salida, sin mirar en ningún momento en la dirección de Hak.
—Vámonos, que tengo ganas de sentir la suavidad de mi cama, hoy ha sido un día movidito.
—La dosis de droga que le hemos dado es pequeña, así que se despertará en unos minutos. Si no es así…—el viejo se encogió de hombros—, bueno, mala suerte.
Carcajeándose, salió en detrás de su compañero, cerrando la puerta tras él.
Hasta que el eco de las pisadas no quedó acallado por el latir de su corazón, la respiración de Hak no fue tranquilizándose. Rápidamente se acercó a los barrotes a intentó asomarse entre ellos para ver la estancia entera, aunque sabía que sería imposible.
—¿Princesa?
—Estoy bien— dijo ella.
Una cancela gimió al abrirse y después se escucharon unos pasos. Cuando Yona emergió, Hak la vio más pálida de lo normal, con sus ojos incapaz de apartarse de la celda contigua.
—¿Lo conoces?
Yona sacudió la cabeza en negación.
—No, pero se lo ve un par de años más grande que tú…— de pronto, su voz se detuvo y Yona abrió los ojos como plato— Es imposible.
—¿Qué? ¿Qué pasa?
—Hak… tiene… tiene una mano enorme y blanca… terminada en garras.
¿Alguien con garras...? ¿De qué me sonará?
¿Y por qué pensáis que Hak le ha pedido a Yona que fuera a verle al día siguiente?
¡Contadme contadme!
PD: ¡muchas gracias por los dos comentarios, SassyNeesan y desconocido/a, de verdad pensaba que la historia no estaba gustando! *cry*
