CAPÍTULO 2
ALIADO
CINCO AÑOS DESPUÉS
Eran las siete antes del meridiano y el día comenzaba con su rutina favorita. Apenas salía de la cama se colocaba la bata y caminaba por el extenso pasillo que era iluminado por los rayos mañaneros, los cuales, se reflejaban en los jarrones de vidrio mostrando hermosos puntos de colores en las paredes. Le encantaba ese pequeño espectáculo que la naturaleza le regalaba, pues le hacía recordar a cuando era pequeño y su abuelo creaba arcoíris con el chorro de agua que salía de la manguera. Mientras avanzaba, su largo y hermoso cabello se balanceaba con gracia. Dos zancadas más y había llegado a la última habitación.
Abrió la puerta lentamente y con cuidado se introdujo en el cuarto. Este se encontraba ligeramente iluminado, cortesía del pequeño foco con forma de estrella al lado de la cama. Sorteando objetos que había en el piso, llegó hasta la ventana que daba hacia el jardín, recorrió las cortinas y en un instante el cuarto se llenó de luz dejando en evidencia a la persona que aún dormía plácidamente.
De inmediato una sonrisa se dibujó al contemplarle, esas, eran las únicas que mostraba con sinceridad y amor infinito. Caminó hasta colocarse al borde de la cama y una vez a su lado, pasó su mano por la cabeza, mejillas, nariz y espalda de quien yacía reposando sin obtener respuesta alguna. Por lo que decidió poner en marcha el plan "B".
—Despierta cariño mío, ya salió el sol – susurraba con dulce voz al tiempo que llenaba de besos las mejillas calientitas y regordetas que se asomaban por entre las cobijas.
—¿Ma-mami? – preguntó una voz adormilada tallando sus ojitos y parpadeando varias veces.
—¿Quién más podría ser, sino yo? – respondió de inmediato Takato.
—Mmm ¿papi? y ¿Hashi san? – dijo dando un gran bostezo.
—¿Así que ellos te dan besitos? Mami está celoso – exclamó fingiendo molestia.
—¡No! bueno, sí… pero los de mami son mis favoritos – la pequeña mostró una adorable sonrisa que derretía el corazón.
—¡Ah! ¡mami es muy feliz! – dijo al tiempo que abrazaba con fuerza a la niña — ¡mi Haru chan es tan adorable!
Ante el acto, la infante comenzó a reír animadamente.
—¡Mami tu cabello me hace cosquillas! – indicó moviendo sus manitas para quitárselo de encima.
—Entonces voy a cortarlo, así ya no te atacará cuando te abrace – habló con tono decidido uniendo su nariz con la de su hija.
—¡Ni lo pienses! – exclamó Himura con voz imperativa. Llamando de inmediato la atención de Takato y Haru. Este llevaba rato recargado en la puerta observando la escena. — Mami se ve absolutamente hermoso con su cabello así, ¿no lo crees mi princesita? – preguntó al tiempo que besaba y tomaba entre sus brazos a la niña que inmediatamente asintió — ¿Ves, Takato? A Haru y a mi nos gustas más de esta forma.
Sin rodeos, el mayor extendió su brazo izquierdo para tomar de la cabeza al ojiazul, le acercó con ansias y beso con pasión su boca de fresa. A lo que de inmediato la de ojos ámbar colocó sus manos sobre su rostro para no ver nada. Si algo había heredado de su padre, eso era el color de los ojos y nada más. Esas orbes resplandecientes lucían como un sol que derretía todo a su paso, nada que ver con los de Himura, los cuales, pese al hermoso tono, mostraban frialdad y maldad.
Tras el beso Takato mostró una sonrisa forzada, su bella rutina mañanera terminaba en cuanto ese hombre irrumpía en su burbuja de felicidad. Siempre era lo mismo, todos los días antes de irse al trabajo, el tipo entraba, tomaba a la niña en brazos y besaba al ojiazul. Como marido, su papel era totalmente reprochable, pero como padre el maldito se lucía; pues Haru era su completa adoración. Algo realmente sorprendente dada la personalidad del sujeto, mirarle con la niña era como estar con una persona totalmente diferente, hasta parecía humano.
Esa interacción entre padre e hija hacía que Takato recordara cuando la niña nació. El hombre siempre imperturbable, lucía un poco nervioso, discretamente caminaba de lado a lado de la habitación del hospital, deteniéndose de vez en vez para preguntarle cómo se sentía al tiempo que acomodaba innecesariamente la pequeña pañalera y el peluche descomunal que ocupaba un lugar en el sillón como si fuera un invitado más. Toda su conducta había resultado una sorpresa para él, pues el sujeto, solo había mostrado interés cuando supo que había quedado embarazado, cuando intento suicidarse y cuando se reveló el sexo del bebé, eso último no le había emocionado para nada; pues el Oyabun esperaba un varón y lo que venía era toda una niña. Cosa que le hizo sentir temor por la clase de futuro que les esperaba a él y su bebé una vez que naciera.
Al analizar sobre los hechos, Takato solo atinó a pensar, entre espasmos de dolor, que seguro su comportamiento se debía al innegable instinto de Alfa, y tenía razón. Pues en cuanto la nena conoció el mundo, Himura la arrebató de entre los brazos de los doctores sin darle la oportunidad de sostenerla primero; entonces cuando el sanguinario la vio abrir sus ojos, su expresión fría y calculadora se transformó, sorprendiendo hasta a Hashiba. Y desde ese día Haru se convirtió en su todo… para ambos.
Takato estaba perdido en sus recuerdos, hasta que la voz del matón enredado en una plática con su hija lo trajo de vuelta al presente.
—Es hora de que tenga que par…
—¡No!, papi, quédate otro ratito, ¿sí? – le interrumpió juntando las manos rogando. A lo que el ojiazul soltó una risa ahogada. No porque hubiese sido graciosa la acción, sino por lo irónico de la situación, Haru quería retenerlo y él no volver a verlo jamás.
De inmediato, el delgado extendió sus brazos y habló:
—Cariño, no pongas a tu papi en un predicamento. Él ¡YA! tiene que ir a su trabajo – intentó convencerla enfatizando en el "ya".
A lo que Haru de inmediato preguntó mordisqueando su dedo índice.
—¿Qué es predicamento?...
—Lo que este tipo me hace pasar todos los días – quiso decir Takato, pero aguantó. Dejando así sus pensamientos para sí mismo.
—Es cuando tienes que decidir algo, pero se te hace difícil escoger entre las opciones que tienes – respondió de inmediato Himura.
La nena asintió como si hubiese entendido, lo que le causó gracia a Takato que la miraba fascinado. Su princesa era su sol y lo único que le había mantenido vivo durante estos largos años.
—No puedo quedarme más, pero en la noche nos veremos – prometió al tiempo que depositaba un beso en la rosada mejilla. Recibiendo un asentimiento como respuesta.
—Takato – le llamó dirigiendo su mirada hacia este. — En la noche recibiremos a muchas personas importantes, Tanaka te traerá lo que tú y Haru usarán para la fiesta. Creo no debo recordarte cómo debes comportarte -puntualizó y sin más que agregar el hombre partió.
—Aprende tú a comportarte primero "pendejo" – pensó, agradeciendo internamente a Ramiro por enseñarle esa grosería que le permitía expresar perfectamente su coraje. No lo soportaba, pero tenía que hacerlo por el bien de Haru.
Apenas quedaron a solas, el azabache comenzó a vestir a la niña mientras mantenían una charla casual. Esta le contaba animada lo que había soñado mientras Takato le peinaba dos lindas colitas, adornándolas con pompones blancos que parecían suaves y esponjosos conejitos.
—Mami, ¿podemos salir a comprarle un regalo a papá?
La pequeña le miró con ojos inocentes acompañados de destellos de ansiedad en espera de una respuesta. Esto hizo que una pequeña punzada se clavara en su corazón. No quería darle nada a esa escoria, pero para su nena, él era su "querido padre" y no podía evitarlo ni podía destruirle su infancia revelándole quién era en realidad. Acarició con amor la cabecita y dijo:
—Entonces deberías ir por tu bolsita, ¿no crees?
A lo cual, la de pelo azabache soltó un grito de alegría.
—También ¿puedo llevar a Don neko?
—Sí, pero Don neko se quedará en el carro, no queremos que se pierda.
—No, no, eso no queremos – respondió de inmediato moviendo su pequeño dedito.
Lista su obra, era su turno para cambiarse, por lo que con paso veloz atravesaron el pasillo hasta llegar a su habitación. La niña encendió el televisor mientras esperaba a su mami y brincó de alegría cuando escucho que se pronosticaba nevada durante la noche. Cinco minutos después el ojiazul salía del vestidor luciendo un atuendo difícil de ignorar. Su estilo en "total black" resaltaba su color de piel y elegancia. El abrigo Dior negro hasta los tobillos con detalles plateados en el pecho, hombros y espalda, asemejaban plumas de ángel que destellaban con la luz que les golpeaba, quitando por completo el aliento; guantes de piel oscuros, una cartera pequeña, finos botines y cabello recogido en una cola alta, daban el toque final.
—¡Mami! ¡Pareces un príncipe! – comentó emocionada tras verle.
Takato agradeció el gesto, pero lo cierto era que siempre escogía atuendos oscuros y discretos para las raras ocasiones en las que salía, pues lo que menos quería era llamar la atención, aunque de una manera u otra, obtenía el resultado opuesto. Aunque, pensándolo bien, eso se debía a otra cosa, pues un omega con ropa costosa, una niña que parecía princesa, un guardaespaldas mexicano con cara de pocos amigos y cuatro matones más custodiándole, en definitiva, era algo que no pasaba desapercibido fácilmente.
—Mami ¿podemos ir a comer?, tengo hambre – preguntó al tiempo que un rugido feroz salía de su estómago.
—Jajaja, claro que sí princesa – afirmó Takato tomándola de la mano — Déjame adivinar lo que pedirás – dijo tocando su barbilla — será… ¿hotcakes?
—¿Cómo lo supiste? – exclamó asombrada.
—Leí tu mente – contestó el otro poniendo un rostro de superioridad.
Una vez en la cocina, todo era alegría, pues nuevamente su pequeño mundo en la vitrina quedaba reducido a dos personas:
Ella y él.
Mientras tanto en la oficina principal…
—Señor, la mercancía ha llegado a Hokkaido - comentó Hashiba colgando el teléfono — se espera que para hoy a las 11:00 pm arriben aquí.
—¿Cuántos y de dónde? – su voz sonó demandante mientras revisaba unos archivos en la computadora frente a él.
—Quince, la mayoría Filipinas. Ocho son Omegas, tres varones y cinco hembras. Los demás son hembras Betas.
—Manda a los Omegas al Club de apuestas. Veamos que tanto nos hacen ganar en subasta. A las Betas distribúyelas por Kabukicho. Encárgate que la vieja Terumi se deshaga de los que ya no sirvan. Contáctame con el imbécil de Nakata, quiero un informe de los movimientos de su líder.
—Entendido Señor.
—¿Qué hay de la fiesta de esta noche?
—Todo está listo y se ha recibido la confirmación de todos los invitados – dijo al tiempo que avanzaba hacia la salida.
El hombre maduro seguía mirando la pantalla, pronto, su rostro se volvió frío y sombrío.
—¿Dónde están Takato y mi hija? – demandó. — A esta hora deberían estar en el cuarto de estudio – exclamó al revisar las cámaras de seguridad.
—Tanaka san me llamó, al parecer la pequeña señorita quería salir para comprar su regalo, Señor - comentó sonriente.
—¿Y a quién le pidieron permiso, Hashiba?
El de ojos dorados miraba con fiereza al hombre parado en la puerta.
—A- a mí, Señor. Pero me he asegurado de que lleven su escolta completa – respondió un poco nervioso. Una gota de sudor frío bajaba por su frente.
—¡Me vale una mierda eso!, sabes que lo tienen prohibido – rugió furioso desprendiendo feromonas. — Si necesitan algo lo compran en línea y se los llevan – soltó mientras marcaba a toda prisa un número en su celular.
Un solo timbre y de inmediato el otro lado contestó. Y el hombre que había hecho la llamada, sin controlarse en lo más mínimo ladró.
—¿Dónde demonios estás? ¿te crees que puedes salir cuando te de tu….
[—¿Papi?... ¿estás enojado?]
La voz infantil tras la línea sonaba un poco asustada, lo que le hizo cambiar su tono de inmediato.
—¡Princesa!, no, para nada estoy molesto – intentó arreglarlo.
[—Y ¿por qué gritaste?]
—Es solo que papá se preocupó porque no sabía dónde estaban – soltó con voz modulada.
[—Papi no puedo decirte, porque es sorpresa – susurró colocando una mano sobre el micrófono]
—Entiendo mi princesa, pásame a tu mami. Te amo, diviértete.
[—Yo también. Mami, te habla papi… no le digas que estamos comprando su regalo]
[—No te preocupes, no le diré.]
Susurraban ambos.
Himura escuchó perfectamente la conversación y una imperceptible sonrisa se formó en su hosco semblante. Pero en cuanto Takato habló, este volvió a la expresión de molestia.
[—Soy yo…]
—¿Por qué dejaste que Haru contestara? ¿Acaso eres imbécil? ¿cómo te atreves a salir? ¿tu estúpido cerebro olvidó lo que provocaste hace 4 años? ¡Tal parece que debo quebrarte las piernas para que ya no te muevas!, ¡no entiendes cuál es tu lugar! ¿Has olvidado las reglas? ¿Te mandas solo?
La voz del Yakuza estaba descontrolada, poseída por la ira. Odiaba que el ojiazul saliera de la mansión, pues lo que siempre veía reflejado en los ojos del menor era el deseo anhelante de escapar y eso jamás se lo permitiría. De solo imaginar que se le escapara de entre sus manos lo llenaba de angustia.
Hashiba que se mantenía a la distancia, se limitaba a escuchar en completo silencio.
Takato, por su parte, acariciaba su sien. El Alfa siempre usaría el mismo argumento para hacerle sentir basura, y 10 de 10 veces lo lograba, no podía refutarlo. Los recuerdos de aquellos días se agolpaban en su cabeza. Desde entonces sus visitas al exterior se vieron privadas, por tres años no conoció vida alguna fuera de la casa, no fue hasta un año atrás que se le permitió y todo gracias a que Haru había pedido insistentemente ir al zoológico con su mami, pues en una de sus clases privadas la maestra había hablado de ello. Por su puesto el ojiazul fue seriamente sermoneado, o más bien dicho, amenazado. Las condiciones siempre serían: pedir permiso con una semana de anticipación, mantener comunicación cada media hora, llevar a toda la escolta y volver antes de que oscureciera. Esto en caso de que Himura no los acompañara y de violar alguna de ellas, el castigo era severo.
Recordó lo nervioso que estuvo al principio, cuando al fin pudo contemplar el paisaje externo y a las personas, pues había olvidado por completo cómo era sentirse fuera de la jaula.
[—Tranquilo, hoy no te puede golpear, ni el maquillaje podría ocultarlo si lo hiciera. Respira profundo, responde tranquilo. – se decía a sí mismo mientras escuchaba vociferar al otro. En cuanto terminó, contestó: —Me quitó el celular de la mano en cuanto vio que eras tú el que llamaba. Respecto a venir de compras, no pude decirle que no a Haru, está muy emocionada por comprarte algo y haber salido, es una niña, lo necesita – enfatizó — Te mandaré fotografías]
De inmediato el celular en la mano del mayor vibró, activó el altavoz y revisó lo que le había llegado. En la foto se podía a ver a la de las colitas viendo muchas corbatas y sonriendo. Detrás de ella, las figuras de Marioka, Yasuda, Suguihara y Kaji le acompañaban.
—Mándame una foto tuya, ¿dónde está Tanaka? quiero verlo a él también y que Haru esté de fondo, rápido – ordenó.
[—Tanaka san está a mi lado – respondió con voz cansada, para posteriormente mandar la encomienda — apenas compremos eso nos iremos a casa]
Himura observó con ojo de águila cada milímetro de esta, todo parecía en orden, a excepción de una cosa.
—Saliste muy arreglado, no me gusta que estés de provocador – dijo con voz ronca, en la que la molestia y lujuria se mezclaban.
Takato conocía muy bien ese tono, por lo que prefirió no decir nada. A veces, guardar silencio era lo mejor.
—Vuelvan a la casa pronto y que sea la última vez que haces esto.
Dicho esas palabras, colgó. Volteó a ver a Hashiba y le ordenó salir. Dos minutos después un total de diez fotografías desfilaban por su galería.
Las horas pasaron y el evento para el cual se habían preparado llegó.
De un momento a otro el enorme salón de fiestas se llenó de hombres y mujeres vestidos con ropas de fiesta tradicionales. Todos los varones portaban: Haori negro, haori himo, hakama, tabi y zori. Mientras que las damas usaban kimono con bellos tocados. La crema y nata del bajo mundo, así como uno que otro artista, se habían reunido para celebrar el cumpleaños 37 del Líder del Clan Himura. Nadie se lo perdería, pues de hacerlo, cavarían su propia tumba; ya que dicho grupo había sido el que mayor fuerza tomara en los últimos años y aunque no le toleraran, debían mostrar su respeto.
Además, todos sentían una gran curiosidad por conocer a la Hija y el Omega de Himura Kenichi. Para todos su existencia era conocida, pero nunca los habían visto, jamás el Yakuza había mostrado en público a su familia, y según los rumores, su pareja era extremadamente bella, lo que alimentaba el morbo y misterio a su alrededor.
El bullicio crecía y del anfitrión ni sus luces, hasta que la voz del Saiko-komon se hizo escuchar presentando al festejado. Un estallido de aplausos se hizo escuchar en cuanto percibieron al imponente hombre descender; sin embargo, todas las miradas que se habían posado en su dirección estaban ahora absortas observando a las dos figuras que se encontraban tras de él e iban tomadas de la mano, robándoles por completo el aliento.
La pequeña vestía un hermoso Kimono rosa pastel con detalles de flores de sakura, el cabello suelto con una trenza como diadema, acompañado de pequeños accesorios en oro, le daban un aspecto tierno y refinado al mismo tiempo. Y ni qué decir de sus ojos ámbar idénticos a los de su padre, nadie en el salón podía negar de quién era hija.
Por otro lado, Takato era algo que llenaba la vista. Mientras bajaba las escaleras, su hermoso cabello largo más allá de la cintura se balanceaba con gracia al son de los bira bira kanzashi, que tintineaban con su marcha, mostrándose elegantes en su cabeza. El tocado de flores rojas solo hacía resaltar los accesorios en oro. Su kimono azul egipcio con patrones de rosas, destacaban su piel de leche y sus enormes ojos rasgados. La pequeña boca con un ligero tono cereza lucían apetitosos, listos para ser devorados. Si había una criatura etérea y hermosa en el lugar, era él y nadie podía negarlo.
En cuanto sus pies tocaron el último escalón, los presentes se arremolinaron alrededor de ellos cual enjambre de abejas a su panal. Ojos lujuriosos, curiosos, envidiosos y encantados, venían de todas las direcciones. Cosa que no pasó desapercibida para cierto Alfa, que de inmediato cargó a la niña en su brazo izquierdo, mientras que el derecho lo pasaba por la cintura del azabache, atrayéndole hasta quedar completamente pegados el uno con el otro.
—Ahora entiendo por qué guardabas con tanto recelo a tu familia, Himura Kun. Tu hija y esposo son una visión celestial – exclamó entre risas el viejo Uenoshi, líder del clan Uenoshi de Kyoto —Cuídalos, que ahora todos los conocen – soltó pellizcando una de las mejillas de Haru. Quien de inmediato frunció el ceño.
La nena estaba algo asustada al encontrarse entre tanta gente desconocida, por lo que con la mirada llamaba a su mami, pero este no podía verla. Así que pasó sus bracitos alrededor del cuello de Himura y hundió su cara en este para no volverla a mostrar. Takato no se quedaba atrás, para él todo era abrumador. Sus palmas sudorosas por los nervios se escondían entre las mangas de su ropa. Ni una palabra salía de su boca y cada vez que alguien le dedicaba un piropo, podía sentir cómo el agarre en su cintura se ceñía con mayor fuerza, clavándole los dedos en su piel.
— ¡Feliz cumpleaños! Himura Dono. He de confesar que estoy muy celoso por la belleza que tiene como esposo – dijo barriéndolo con la mirada como todo alfa hambriento – ¡ah! y claro, por su preciosa hija… que al parecer no quiere saludar – rio Ayagi Chihiro con picardía — ¿No los va a presentar?
Chihiro es el hijo mayor del Oyabun del Clan Ayagi, bien conocido en el medio debido a su actitud despreocupada y que no muestra interés en nada, cuyas únicas preocupaciones en la vida son: saber con quién compartirá almohada y a dónde se irá de vacaciones.
Ante las palabras del casanova, Himura le dedicó una mirada de advertencia, pues "al buen entendedor pocas palabras" y si algo tenía Ayagi era que podía percibir muy bien el peligro y callar cuando debía hacerlo. —Ella saludará a quien le dé la gana hacerlo – soltó el mayor con voz filosa.
—Bueno, que la siga pasando bien, yo iré por otra copa de vino. Con permiso.
Y sin más huyó lo más lejos posible, no sin antes tentar a su suerte y guiñarle un ojo a Takato, que no tenía idea de cómo responder.
—Veo que sigues asustando a los niños – dijo una voz detrás de ellos.
—Usaka Dono, que gusto verlo aquí – saludó con seriedad — Le presento a mi hija Himura Haru y mi esposo Himura Takato – dijo despegando a la niña de su cuello.
Takato hizo una reverencia, notando que el tono que hasta el momento Himura había usado con todos, cambiaba con el hombre frente a él, preguntándose a qué se debía eso.
—Encantado de conocerle Usaka Dono – dijo el azabache.
—No hace falta tanta formalidad, puedes llamarme Usaka san o simplemente Usaka. Es un placer conocerlos. Él es mi esposo Usaka Kiyotaka y el pequeño es mi hijo, se llama Kiyomi y tiene 10 años.
—Ha crecido mucho y se parece mucho a ti. Espero puedas ser amigo de mi Haru – habló el ambarino colocando a la niña en el piso. Recibiendo como respuesta un asentimiento de cabeza.
—Bueno, si me lo permite secuestraré a su esposo para platicar, así los Jefes podrán complotar a gusto – exclamó Kiyotaka separando al ojiazul de su verdugo – Kiyomi, pequeña Haru vengan con nosotros.
—Discúlpalo, él es así de impulsivo – dijo Usaka.
—Está bien, tenemos asuntos que atender – respondió al tiempo que con la mirada ubicaba a Tanaka y Hashiba para que siguieran a Takato.
—¿Ya vino a saludarte…
—No, al parecer no ha llegado, pero es seguro que vendrá.
Mientras los minutos transcurrían, Takato podía percibir las miradas sobre él, lo que le incomodaba demasiado. Peinada su cabello, acomodaba su ropa, tocado y obijime. Cuando las personas se acercaban a saludarle, este se limitaba a responder la atención con un asentimiento; algunos, como cierto actor italiano, aprovechó y se pasó un poco de listo al besarle ambas mejillas como saludo. Cosa que lo dejó a él y a la gente a su alrededor en shock. Himura le había prohibido hablar con las personas, pero al parecer eso no aplicaba con el sujeto que le había alejado de él, quien hablaba hasta por los codos libremente. Cosa que le causó gracia, pues este mostraba frescura y espontaneidad en cada cosa que decía. Hacía mucho que no tenía una conversación casual con alguien, lo que le hizo perderse un poco en el momento, relajarse y mostrar una bella sonrisa que no pasó desapercibida para nadie.
De pronto notó que Haru ya no estaba a su alrededor. Volteó hacia todos lados, pero solo pudo ver al pequeño Kiyomi tomando unos pastelillos de la mesa. De un momento a otro, su piel se puso de gallina, necesitaba encontrarla ¡ahora! recuerdos aterradores vinieron a su mente, poniéndole aún más intranquilo.
— Lo siento, debo retirarme – y sin más se lanzó a buscar a la niña. Quiso ubicar a Tanaka pero no pudo, entonces Hashiba al verle un tanto alterado se acercó a él.
—¿Pasa algo Takato sama? – preguntó el hombre.
—¡Haru, no encuentro a Haru! Hace un momento estaba conmigo, pero ya no está – dijo con desesperación en la mirada.
—Tranquilo, por favor. Tanaka está con ella, salió a ver la nieve.
—¿La nieve?...
En ese instante Takato miró hacia la ventana y pudo ver como abundantes copos blancos danzaban en la oscuridad. Recordó que Haru se había emocionado en la mañana, porque escuchó que nevaría. Por lo que sin más. Salió corriendo al jardín y Hashiba tras de él.
En cuanto puso un pie fuera de la mansión sus mejillas se colorearon por el frío y de su boca salió vaho que se perdió en un instante. El viento le calaba en el rostro y manos, pero no se detuvo. Avanzó unos cuantos pasos más, y bajo una de las farolas del jardín, Haru permanecía en una de las bancas junto a un hombre desconocido. Ambos formaban un mini mono de nieve con la poca que se había acumulado hasta el momento, estuvo a punto de gritar, pero la presencia de Tanaka le hizo tranquilizarse, pues este, se encontraba recargado en el árbol vigilando.
Con paso lento se fue acercando hasta donde las dos personas, que aún no notaban su presencia, seguían en su mundo.
—Señor, le traeré su abrigo, vuelvo en seguida – advirtió Hashiba, cuya figura se perdió pronto en la distancia.
A medida que se acercaba, el hombre llamaba más su atención, no solo por su enorme altura, sino porque había algo en su persona que le hacía diferente a los que estaban adentro, era como si su esencia no perteneciera al mismo medio. El castaño sonreía de vez en vez y mantenía una plática infantil que era muy bien recibida por su pequeña acompañante, quien mostraba una sonrisa de oreja a oreja. Él cortaba pequeñas ramas para simular los brazos del muñeco y ella buscaba piedritas para los ojos.
El ambiente a su alrededor era relajado, pese al frio, su corazón se sentía cálido y sin darse cuenta quedó absorto en la película que se le mostraba, hasta que una voz le sacó de su estado.
—¡Mami! ¡mira, mira! Está nevando y mi amigo me ayuda a hacer un mono de nieve – gritó agitando su manita en el aire.
En ese momento Takato y el desconocido cruzaron miradas. Las bellas orbes verdes del otro le recordaron a su amada primavera, estos resplandecían pese a la oscuridad. El alto le dedicó una cálida sonrisa y sacudiendo su ropa se acercó hasta quedar a medio metro de distancia.
—Espero no le moleste que esté aquí con su niña. Me la encontré por casualidad y decidimos jugar con la nieve, además su guardaespaldas nos acompaña – dijo al tiempo que se quitaba su gabardina —¿me permite? – preguntó colocándolo sobre el cuerpo tiritante del azabache – no queremos que se enferme – sonrió al pasar su brazo por el cuello del ojiazul, rozándolo en el acto. Con cuidado tomó el largo cabello de Takato para acomodarlo fuera del abrigo, sintiendo su suavidad, acariciándolo hasta la punta.
—Gra… gracias – dijo un tanto nervioso, pero no por incomodidad, sino por lo atractivo que el contrario le resultaba y al tenerlo a pocos centímetros de distancia pudo apreciarlo a detalle, se sentía atraído a él y el lugar donde los dedos de este habían hecho contacto con su piel hormigueaba. Por lo que ahora no sabía a qué atribuirle su terrible sonrojo, si al frío o al hombre ante él. Bajó la mirada y tomando los extremos del abrigo los atrajo hasta apretarlos en su pecho. El aroma de este era delicioso, como un bosque fresco después de llover, le embriagaba, era agradable y placentero. Por lo que sin darse cuenta lo llevó hasta su nariz queriendo inhalar tanto como pudiera – es cálido… - susurró sin pensarlo.
—Jaja, me alegra, hace un momento temblaba mucho – sonrió - ¿Le gustaría unírsenos? – invitó indicando el camino hasta donde Haru se encontraba — Nos vendría bien dos manos extra – dijo al tiempo que su mano se acercaba a la del otro para tomarla.
Ramiro, que no perdía detalle de lo que estaba pasando se adelantó a responder.
—El patro… El Señor y la pequeña señorita ya van a volver. Es hora de cenar – intervino tomando a la niña que entre reclamos se dejó llevar. No sin antes llamar a su amigo para invitarle a jugar otro día. Recibiendo un "sí" alegre por respuesta.
Takato de inmediato entendió por qué Ramiro había actuado así, alejó su mano de la del ojiverde tan rápido como pudo y dos segundos después escuchó la voz de su marido.
—Conque aquí estaban, de no ser por Hashiba no te habría encontrado gatito – dijo apretando la muñeca del otro, causándole dolor — Veo que ya conociste a mi mejor aliado – soltó al tiempo que le quitaba el abrigo y se lo extendía al castaño para que lo tomara. Con calma colocó el de Takato sobre los hombros de este.
—¿Aliado? – preguntó Takato sorprendido girando su rostro hacia el de Kenichi.
—Así es. Por cierto ¡Feliz cumpleaños! Himura nii-san, apenas llegué me distraje con la nieve – rio inocente, a lo cual recibió un gracias seco como respuesta. — Ahora Me presentaré con usted – dijo mirando al azabache —mi nombre es Azumaya Junta y soy el nuevo líder del Clan Azumaya. Es un placer conocerlo… - hizo una pausa notando que no sabía el nombre del otro —Disculpe, ¿cuál es su nombre?
Takato estaba en shock, cómo era posible que alguien que aparentaba ser tan atento y angelical pudiera ser el mejor aliado del patán a su lado. Simplemente no podía, esperaba que fuera algún cantante o actor, como varios de los que se encontraban en la fiesta, todo, menos otro Yakuza.
—Me llamo Takato Sa…
—Himura Takato y es mi esposo. En algún momento se iban a conocer, que bueno que se dio hoy.
Azumaya pudo sentir como las palabras del mayor salían con más fiereza, como si con estas marcara territorio y de hecho lo hacía, pues pronto pudo sentir feromonas agresivas que empezaban a hacer estragos en la delicada persona a su lado. Quien de inmediato llevó su mano hasta su boca y nariz para no respirarlo.
—Entonces la pequeña con la que estaba…
—Sí, es mi hija.
—Vale, que mejor no hubiera salido si lo planeaba. He conocido a toda su familia.
—Eso parece. Volveremos a dentro, los invitados esperan. Luego ven conmigo Azumaya kun, tenemos cosas que platicar – pronunció el de ojos ámbar.
Takato se limitó a inclinar la cabeza, a lo que el alto respondió de la misma forma.
—Continúen y en un momento le alcanzo – se despidió el castaño.
Los pasos de los que se retiraban quedaron marcados en la nieve. En ningún momento Junta quitó la vista del potente agarre que el matón tenía sobre el pelilargo. Esa pequeña acción, aunado con las otras, le enseñaron lo posesivo que este era. Sin duda, el hecho de verle con su esposo le había molestado, pero ya nada se podía hacer al respecto. Volvió a ponerse su abrigo y caminó hasta la entrada del gran salón dando un vistazo rápido al muñeco amorfo sobre la banca.
—Señor… ¿todo bien? estaba esperándolo adentro.
—Sí Sasaki san, todo bien… - dijo mientras recordaba el rostro de cierto omega. — increíblemente bien.
Actualizando después de tener una gran laguna creativa.
Saludos!
