CAPÍTULO 3

CHUNTA

En cuanto cruzaron la puerta, el cabello de Takato fue tirado hacia atrás con fuerza, provocando que los bira bira tintinearan resonantes. Un quejido de dolor escapó de su boca, pero de inmediato fue silenciado por una palma que se posó sobre sus labios, presionándolos. Las feromonas agresivas que escapaban del mayor le dificultaban la respiración, haciendo más espinoso el momento.

Podía sentir como las finas hebras se tensaban y el reflejo le hizo llevar sus manos sobre la del Alfa, quien mantenía el despiadado agarre sin intención alguna de soltarle, sino todo lo contrario, pues seguía enredando más y más entre sus dedos la larga melena.

—¿Por qué estabas a solas con él? ¿por qué dejaste que te pusiera su abrigo? ¿le has permitido tocarte? Te encanta seducir a otros, ¿cierto? Con esa cara inocente los embrujas, como una perra en celo.

Su voz se escuchaba como finas cuchillas que desgarraban todo a su paso, la ira y los celos se mezclaban en una muy mala combinación, que por lo regular llevaba siempre al mismo camino; es decir, a él siendo violado, golpeado o encerrado.

El azabache buscó con la mirada al mayor, parpadeó varias veces y con una de sus manos palmeaba la que obstruía su boca. Quería hablar y aclarar la situación, pues de no hacerlo se arriesgaba a pasarla aún peor; sin embargo, Himura no se inmutaba ni cambiaba su posición. Era como si en realidad no buscara respuestas, sino solo sacar su frustración.

Ante la negativa, Takato cambió de dirección, posando sus ojos en Hashiba, quien veía toda la escena desde primera fila sin mover una sola pestaña. Con la mirada le suplicaba que le ayudara, pero el sujeto tenía muy en claro su lugar y siendo honesto, jamás haría algo en contra de su Oyabun, por muy en desacuerdo que pudiera estar.

Estoy harto de esto, no tiene fin… si tan solo pudiera, si pudiera…

Apretó los puños, el dolor en su cabeza aumentaba, así como su impotencia. Su tolerancia también tenía un límite y desde temprano el de ojos ámbar lo había estado presionando sin descanso, empujándolo más y más a la orilla del precipicio llamado imprudencia.

—¿Por qué lo miras a él? él no te ayudará – soltó con tono burlón.

Tranquilo, no lo escuches, ya pasará… no desesperes.

Se repetía a sí mismo en su mente.

—¡Entiende que tú eres mío! No me avergüences. Si te vuelvo a ver a solas con otro hombre olvídate de ver a Haru por un mes. Yo soy el dueño de tu vida y yo decido qué hacer cont...

¡Paf!

—¡SEÑOR!

Hashiba, que había permanecido inmutable, soltó un grito cuando la delgada mano del ojiazul golpeó decidida la mejilla del bocón; el cual, por la sorpresa, soltó a Takato liberándolo de su agarre.

En cuanto se vio sin ataduras se alejó unos pasos de él, huyendo de las feromonas y martirio. Tosió con fuerza dirigiéndole una mirada de fuego para posteriormente comenzar a gritarle.

—¡Deja ya de amenazarme poniendo a Haru de por medio!, no estaba a solas con ese hombre y el abrigo lo colocó antes de que pudiera negarme. No me ha tocado y jamás he estado con otro que no seas tú, ¿cómo podría entonces tener esas habilidades que dices? Ya cierra la maldita boca. Si tú mismo te has encargado de que no pueda estar con nadie.

Himura acariciaba donde le habían golpeado, la bofetada había sido contundente. Una sonrisa torcida se formó en su cara para después soltar una sonora carcajada.

—¡JAJAJA! tenías mucho que no sacabas las uñas, casi olvidaba cómo eres realmente, un gato callejero y salvaje que araña y gruñe – caminó hasta él y lo jaló hasta tenerlo entre sus brazos — esto ha sido refrescante, hasta me has puesto de humor… - dijo bajando su mano por la espalda del delgado, llevándola hasta su trasero, palmeándolo, apretándolo. — No tientes tu suerte Takato o la próxima vez la mejilla golpeada, será la tuya – susurró mordiendo la oreja del contrario.

Dentro de él se sentía complacido de lo que el ojiazul le había respondido, él sabía que Takato era incapaz de engañarlo en cualquier ámbito, la experiencia se lo había enseñado y el se encargaría de que siempre lo tuviera presente.

Por otra parte, el pelilargo quiso vomitar al sentir la enorme mano en su trasero, así como la boca del contrario en su oreja. Detestaba su toque, pero como había dicho el yakuza "no tentaría su suerte", ya había echado los dados saliendo bien librado y era momento de retirar las ganancias sin arriesgarse a perderlas.

De pronto una voz surgió desde la oscuridad llamando la atención de los tres.

—Disculpen, no pensaba interrumpir su momento amoroso, pero están en medio del camino – Junta, acortando la distancia entre ellos, sonrió sin perder de vista al ojiazul.

—Azumaya kun, no sabía que te gustaba espiar, casi te doy todo un espectáculo – dijo al tiempo que nalgueaba sin pudor al otro.

Ante la acción Takato tembló pintando sus mejillas de un rojo intenso, si el patán no tenía vergüenza, él sí y mucha. Quería hundir la cara en el pecho del otro, o mejor aún, salir corriendo.

Para Junta eso no pasó desapercibido por lo que con voz confiada exclamó:

—Tranquilo, si apenas voy entrando. No tengo esa clase de fetiches Himura san, no estoy interesado en verlo a usted en acción. Por otro lado… debería tener más cuidado, parece que su esposo no se siente muy cómodo que digamos, uno siempre tiene que ver por el bien de su pareja, o ¿me equivoco?

—¿Acaso este beta imbécil está retándome? Tiene muchos huevos para hablar con esa gran boca cuando ni siquiera es un Alfa – pensó — Él está bien, cosas como esta le encantan. Pero no te emociones, lo dejaremos para otra ocasión – finalizó Himura.

Mientras tanto el ojiazul moría de nervios por la sarta de estupideces que el mayor hilaba.

De todas las personas… ¿por qué tenía que ser él? y si vio la nalgada… idiota, obvio que la vio. Y tú grandísimo hijo de puta, ¿cómo te atreves a decir que esto me encanta? – pensó Takato mortificado. Por un lado, no sabía si su pesar era porque tenía frente a él justamente a la raíz de su discusión o porque no quería que el ojiverde lo viera en un ambiente comprometedor, mientras que por el otro levantaba bandera blanca para ser dejado en paz. — Kenichi, Suel… ¿podrías dejarme? Quiero ir con Haru, sabes que no se siente cómoda entre tanta gente – pidió apoyando sus manos en el pecho del otro, empujándolo suavemente.

Himura, por su parte, miró con el rabillo del ojo al castaño para luego volver a la persona entre sus brazos.

—No, vendrás con nosotros – ordenó apretando su cintura.

—¿no- nosotros? – tartamudeó nervioso — ¿Por qué? ¿qué piensa hacer?

—Azumaya kun, casi es la hora de la cena, por lo que debemos apresurarnos. ¿Recuerdas que te dije que quería hablar contigo? – exclamó el ambarino.

—Sí, por eso entré. Pensaba encontrarme con usted.

—Entonces síguenos, Sasaki san tú también puedes venir – indicó Himura, al tiempo que empujaba sutilmente a Takato para que le siguiera, ante lo cual hubo protesta.

—Kenichi, Haru me está esperando… por favor déjame ir con ella, no considero necesaria mi presencia, seguro tratarán temas que no entiendo. Más bien, temas que no quiero saber – insistió Takato intentando retirar la mano que se posaba cual garra sobre su cintura.

El yakuza le miró por unos instantes y rápido exclamó su sentencia.

—Hashiba, ve con Tanaka y cuida de Haru, si pregunta por su mamá dile que volverá pronto.

Con esas palabras dio por concluida la conversación. La decisión estaba tomada, él estaría presente, aunque no lo quisiera y solo rezaba para no estar en medio del fuego. La presencia del castaño lo tenía más ansioso y el no saber a qué sería arrastrado, peor aún.

El ruido del gran salón fue dejando de escucharse a medida que avanzaban por los pasillos de la enorme casa, de un momento a otro el estilo cambió drásticamente, pues ya no era la construcción occidental la que imperaba, lo que significaba que habían llegado a la parte vieja.

Minutos después, el recorrido había terminado. Takato sintió un escalofrío aterrador cuando estuvieron frente a la enorme puerta de madera oscura, la cual era custodiada por cuatro integrantes del Clan, que de inmediato mostraron sus respetos. Conocía perfectamente lo que había tras esta e involuntariamente su cuerpo comenzó a temblar de miedo. No quería dar un solo paso más, su respiración se aceleró, así como su pulso y en un susurro suplicó:

—Por favor… por favor no me hagas entras ahí – imploró apretando la manga del haori de Himura.

Junta y Sasaki observaban en silencio, como habían permanecido todo el trayecto. La actitud del azabache les sorprendió. No podían escuchar lo que decía, pero todo su lenguaje corporal gritaba "terror". Ante la escena, el de lentes reevaluó la situación y en voz baja comentó:

—Señor, no creo que deberíamos entrar.

—Bromeas, ¿cierto? Él ya nos trajo hasta aquí, obviamente si retrocedemos daremos la idea equivocada.

—Pero, Señor, no me gusta cómo se vislumbra esto…

—Sasaki, silencio, date cuenta de que nos está probando.

Junta no era tonto, rápido había leído la situación, por lo que continuaría con ello. Necesitaba conocer más sobre el hombre y pronto lo haría.

En cuanto a la pareja, Himura sonrió con satisfacción cuando vio la desesperación en los ojos azules; ya que en sus primeros años solía encerrarlo en ese lugar para castigarlo y doblegarlo, tatuando en su memoria el miedo y desolación. Se inclinó hasta el oído del menor y con voz grave dijo:

—Takato, hoy te mostraré un magnífico espectáculo. Podrás ver desde primera fila lo que le pasa a los que me traicionan.

Ante sus palabras, el azabache abrió los ojos como platos y dio un paso hacia atrás, siendo detenido por Himura, quien con firmeza lo atrajo de nuevo hacia él para después mirar al ojiverde.

—Azumaya kun, hoy me darás un regalo de cumpleaños especial, "lealtad" – afirmó con ojos maliciosos— abran la puerta, ¡ahora!

Lo sabía – pensó el alto — Soy un hombre leal y de palabra, Himura san.

—Eso lo veremos – replicó.

En cuanto la puerta se abrió, un olor a podrido, sangre y carne quemada se coló por sus narices, seguido de gritos que erizaban la piel.

En el fondo de la habitación, yacían dos hombres. Uno de ellos desnudo y amarrado a una silla, cubierto de heridas tales como: cortes, quemaduras y magulladuras, muchas de ellas ya infectadas; sin uñas en las manos y pies. Rodeado en un charco de sangre, parecía más un pedazo de carne que un ser humano. Mientras tanto, el otro colgaba boca abajo de unas vigas que sobresalían del techo, las marcas de tortura eran evidentes, pero al menos se mantenía más entero que su compañero.

En cuanto Takato vio tal escena le fue imposible mantener la compostura, como pudo se soltó de Himura apenas para voltear su cabeza, y sin poder contenerlo, vomitó lo poco que había en su estómago. El delgado cuerpo convulsionaba por el esfuerzo. En sus cinco años encerrado se había enterado de los métodos de tortura del Clan, pero el presenciarlo era muy diferente a solo saberlo, la realidad era abrumadora.

Junta por su parte, observaba con atención todo a su alrededor, ahorrándose cualquier comentario. En cuanto miró el estado de Takato, se acercó a él y sin dudarlo extendió su pañuelo. Acción que fue detenida de inmediato por Himura.

—No puede tomar cosas de otras personas – enfatizó el de ojos ámbar —Takato ponte de pie, no me avergüences con esa actitud débil.

—¿Débil? Cualquiera con un poco de humanidad reaccionaría así… ¿acaso eres una bestia? – objetó en cuanto cruzaron miradas.

El yakuza levantó la mano listo para estamparla en la nívea piel, pero fue interrumpido por el ojiverde.

—Puedo saber ¿cuál es mi función aquí? – cuestionó, impidiendo así el impulso del otro, quien sonrió siniestramente.

—Como ya sabes, tus ancestros y mis ancestros han sido socios, aliados, hermanos y esa hermandad ha prevalecido con los años, tu padre también fue fiel a nosotros y ahora es tu turno de demostrarlo. Esos dos hijos de puta que ves ahí tomaron trescientos millones de uno de mis centros de entretenimiento y pretendían huir con ellos – con la mano llamó a uno de sus subordinados.

—Señor – llamó otro gamberro — ¿qué desea que hagamos con este? – dijo señalando al de la silla.

—Córtale las manos y mátalo así ya no robará nada – ordenó sin titubear. A lo que los verdugos obedecieron sin pestañear.

Takato apretaba los ojos y tapaba sus oídos entre temblores, solo quería que los gritos se detuvieran y dejaran de ametrallar su cabeza. Sonidos de dolor y súplica retumbaron en el cuarto, hasta que el eco de un balazo dio por finalizada la vida del que yacía en la silla.

—Está hecho mi Señor.

—Bien, dame eso. En cuanto al otro… Azumaya kun, ¡toma! – dijo extendiéndole una pistola — quiero que mates frente a mí a ese hijo de perra, eso es lealtad para mí.

—¡No, no por favor! ¡piedad! ¡no volveré a hacerlo! – suplicaba con desesperación el colgado.

A lo que de inmediato le gritaban toda clase de insultos para que guardara silencio.

Sasaki no daba crédito de lo que Himura le pedía a su Señor y estuvo a punto de soltar un "no lo haga", pero apretó la boca.

Ante la funesta petición, Takato miró con los ojos bien abiertos al castaño, sin creer que la persona tan amable, cálida y considerada que había conocido hace un par de minutos tomara sin vacilar el arma, asintiera y se encaminara hasta el hombre colgado con paso firme.

En cuanto se posó frente al torturado, giró el arma con destreza y con la culata arremetió contra la cabeza del inválido. Un ¡CRACK! Resonó con fuerza seguido de un gritó adolorido y asustado suplicando por su vida. El ojiverde le tomó con fuerza de los cabellos, levantándole el rostro ensangrentado; mirándole tal y como se mira a la basura.

—¡Escucha bien, pedazo de mierda! Acabas de ser testigo del trato que reciben los que traicionan al Clan Himura, por lo que matarte no sería de ningún beneficio. Lo que sí haré es dejarte vivo, ve y cuéntales a todos el destino que les espera si intentan algo en contra de su Señor y ten cuidado, porque la próxima vez no seré tan benevolente – escupió soltándole.

El sujeto le miró como si viese a su creador, agradecido hasta la médula —¡Lo haré, yo les diré, lo haré! ¡Jamás lo traicionaré, jamás! ¡Gracias, gracias! – chillaba el viejo.

Murmullos de asombro se dejaron oír entre los presentes. Himura sonrió y dijo:

—Tan astuto como el padre. No es una mala idea – pronunció el mayor encendiendo un cigarrillo - ¡Bienvenido a la familia Kumicho Azumaya!

Ante las palabras todos los presentes rindieron sus respetos a la alta figura que se levantaba en medio de la habitación sin mancha alguna.

—Gracias, hermano Himura. Es un honor – respondió el ojiverde.

—Respetaré tu decisión de dejarlo ir. Bájenlo, pero antes de que se largue, córtenle los dedos meñiques – ordenó la bestia – así da un mejor ejemplo, ¿no lo crees Azumaya kun?

—Lo que usted diga – pronuncio al tiempo que salía del cuarto, echando un vistazo al de pelo largo que le miraba con rostro confundido.

Himura tomó del brazo al ojiazul y lo levantó sin esfuerzo alguno, acercó su boca a su oído y susurró: —Takato, esto también aplica para ti, en el momento que me juegues chueco, no me tentaré el corazón.

Los pelos de la nuca se le erizaron, para nada dudaba en esas palabras. Desde el principio sabía cómo eran las cosas. Una sola orden y adiós mundo y adiós Haru. Ese último pensamiento le hizo apretar los dientes, eso era lo único que le dolía realmente. El imaginar no poder estar con su hija era como si miles de cuchillas atravesaran su cuerpo, desgarrándolo.

En ese momento fueron interrumpidos por Hashiba, quien le indicaba a Himura que estaba siendo altamente solicitado en la fiesta y no solo él, sino también su hija y esposo. Cosa que no le causó gracia alguna.

—Me adelantaré – dijo dirigiéndose a Azumaya — te veo en el banquete. Hashiba llama a Tanaka para que venga por Takato, su ropa está sucia, ya no volverá a la fiesta. Ya tuvo suficiente diversión por hoy.

En cuanto escuchó eso, Takato se apresuró a hablar, saliendo del trance en el que hace poco estaba.

—Manda a Haru también, seguro está cansada – lo soltó más como una orden que solicitud y su mirada estaba llena de determinación.

Himura sonrió con sorna. La realidad era que le encantaba como su gatito no perdía el espíritu de lucha aunque temblara de pies a cabeza. Verlo así despertaba su lado sádico, quería incomodarlo.

—La mandaré en cuanto me felicites – dijo extendiendo sus brazos — ven y dame un fuerte abrazo, cariño.

Takato frunció el ceño, en estos momentos el tocarlo era lo que menos quería, tenía asco y el rechazo que sentía era enorme, pero si tenía qué hacerlo, sería a su manera.

—Mi kimono está sucio, si me acerco te mancharé.

Lo cierto es que no lo había ensuciado, pero resultaba una excelente excusa para mantenerlo a raya.

—Entonces dame la espalda y así yo te abrazaré a ti sin peligro de ensuciarme, mi considerado esposo.

Satisfecha su solicitud, Himura besó la cabeza del azabache. Sin perder más el tiempo avanzó sin mirar atrás, dio unas cuantas indicaciones y se perdió en el pasillo.

En cuanto dejaron de verlo, Junta se acercó al delgado cuando este se tambaleó a causa del cúmulo de los horribles episodios experimentados. Lo sostuvo con cuidado de la cintura, pero un golpe en sus manos le hizo retroceder.

—Lo siento no pretendía molestarlo… acaso… ¿me tienes miedo? – preguntó con el rostro afligido.

Los hermosos ojos verdes le miraban con tristeza. Takato tragó saliva, dándose cuenta de lo que había hecho y sin pensarlo tomó las grandes manos del castaño. —Perdón, no era mi intención golpearte – para en el acto retirarlas de inmediato. Pues, aunque Himura no se encontrara presente, todos sus seguidores sí y no lo perdían de vista. Recobró la compostura, retrocediendo dos pasos del alto y meditó un momento sobre lo que le había preguntado. Le miró y con voz apenas audible para el otro, dijo:

—No te tengo miedo… tú no has matado a nadie. Lo que hiciste allí adentro, no sé si fue un acto de caridad o acción deliberada. Pero permitiste que viviera.

Sasaki que observaba todo en silencio, se acercó a ambos, obstruyendo la visión de los matones en la puerta.

—Me hace feliz saberlo. Nunca lastimaría a alguien por gusto Takato san, mucho menos a usted – soltó con voz de seda.

—¿Quién te dijo que podías llamarme por mi nombre? – exclamó con sorpresa.

En segundos su cara se puso como tomate, y su mente que antes había estado saturada de cosas horribles, quedaba en blanco. Era la primera vez que alguien que no fuera Himura le llamaba de esa manera y para su sorpresa, no le molestaba, sino todo lo contrario. Pues un sentimiento de calidez le invadió en el acto.

—Jaja, es solo que… no quiero llamarte por el apellido de él. ¿Me permites hacerlo?

Su mano se acercó al rostro de porcelana y como si esta fuera a quebrarse con el más mínimo toque, le acarició la mejilla con el dorso de sus dedos de la manera más suave y delicada posible; para después girarlos y sostener su barbilla mientras su pulgar presionaba con delicadeza los labios de cereza. Inclinó su cabeza hasta encontrarse a escasos centímetros del otro y en un susurró exclamó:

—¿Por favor?

Takato no sabía cómo reaccionar, por un lado, deseaba seguir sintiendo los tiernos mimos y por el otro quería alejarse, pues los nervios de lo que pudiera pasar si continuaban así le tenían hecho nudo el estómago. La atracción que sentía por él iba mucho más allá de su razonamiento y no entendía el porqué, pues hace solo una hora atrás eran unos completos desconocidos, pero algo en su interior gritaba por ese hombre, añorándolo.

—Y- yo… - tartamudeó.

—¿Deberíamos besarnos para romper la tensión? – pronunció en un susurro mostrando sus perlas blancas de forma juguetona.

¿Acaso está coqueteando conmigo?, ¿qué se cree jugando de esta manera? ¡debería callarlo!… pero… no quiero… se sienten tan bien sus manos, su voz, su aliento ¿y si lo beso? – pensó perdido en el reflejo de sus ojos.

—¡Patr… Himura sama, he venido para acompañarle a su habitación! ¡Y ustedes! – rugió dirigiéndose a los que estaban en la puerta – ¡entren ahí y ayuden, no sean huevones!

La voz ronca con acento extranjero sacó a Takato de la encrucijada. Tanto Junta como Sasaki giraron para ver al moreno en el pasillo. Seguidos de un ojiazul con rostro de niño atrapado en plena travesura.

—Rami… ¡Tanaka san! – soltó aliviado – ¡pero qué tontería estuve a punto de cometer! – se reprendió internamente, y sin mirar al castaño, solo atinó a inclinar la cabeza para despedirse. Sin embargo, no contó con que el otro le detendría.

—Toma – dijo colocando un tarjeta en su mano —es mi teléfono particular, puedes hablarme cuando quieras. Estaré esperando tu llamada – exclamó depositando un casto beso en su mano.

Takato tembló ante el contacto inocente de Junta, sintiendo cada roce de su mano al deslizarse de entre la otra, acariciando cada milímetro de esta hasta llegar a las yemas de sus dedos para finalmente abandonarle. Guardó el pedazo de papel en su manga y tras pensarlo por unos segundos comenzó a recitar varios dígitos.

—Ese es el mío… hasta luego Azumaya san.

—Junta, puedes decirme Junta – sonrió encantado cual pobre que acababa de ganar la lotería.

Takato lo miró y nerviosamente dejó salir de su boca un "Chunta" que se escuchó tembloroso. De inmediato puso ambas manos sobre su boca, completamente apenado deseando que la tierra se lo tragara y escupiera muy, pero muy lejos de ahí.

Junta le miró con sorpresa y un tanto divertido, Sasaki acomodaba sus lentes insistentemente y Tanaka comenzó a toser evitando así reír. El momento había sido gracioso para todos, excepto para el ojiazul.

—Takato san… es "Junta" no "Chunta"

—Ya lo sé… ya lo sé, será… será tu alias. ¡Adiós! – dijo alejándose con paso veloz, dejando atrás a ambos hombres.

Mientras caminaban por los corredores, el moreno no dejaba de verlo con ojos ansiosos, cosa que no pasó desapercibida para Takato, quien sentía que esas orbes negras le perforaban la espalda llenas de preguntas, cosa que confirmó en cuanto le echó un vistazo.

—¿Dónde está Haru?

Ramiro miró para otro lado, evitando al ojiazul. — La patroncita ya está en su cuarto, apenas cenó le entró el sueño, pero dijo que no se dormiría hasta que usted llegara.

Takato asintió apresurando el paso, su nena le esperaba y no quería que lo hiciera por mucho tiempo. Necesitaba abrazarla, ella era su mejor consuelo.

Ramiro se cepilló la barba de candado dudando un poco si preguntar o no lo que estaba pensando, pero después de darle varias vueltas al asunto, finalmente se animó.

—Oiga patrón… lo de hace rato…

—No digas nada Ramiro – soltó con los dientes apretados — acabo de hacer una tontería, ¿por qué le di mi número? – dijo rascando su cabeza – además el momento era horrible, ¿cómo es que, de ver una tortura espantosa, pasamos a intercambiar números y hablarnos por nuestro nombre?

Su rostro que minutos atrás ya había recobrado su níveo color se puso aún más pálido al recordar lo vivido cual rollo de película.

Ramiro que escuchaba atento y que aparte había presenciado un poco de los hechos, no se guardó su opinión.

—Mire patrón, usted sabrá lo que hace, pero… nomás tenga cuidado, al Jefe no se le pela nada, las pesca al vuelo y no vaya a ser de malas. Hizo bien en ponerle un alias a ese hombre. Si le llega a escribir borre todo, es más, ni guarde el contacto, apréndaselo de memoria. Por mi parte sabe que yo no rajo y no diré ni pío.

Ante las palabras del guardaespaldas, Takato asintió manteniendo una postura pensativa. A partir de ahora debía ser muy inteligente si pretendía mantener el contacto, por nada del mundo pondría en riesgo a Haru y, antes que todo, Junta era el socio de su marido y no debía olvidar eso. Lo que hacía todo más complicado aún, pues no conocía sus intenciones y ¿qué tal si en acuerdo con Himura solo lo estaban probando?

Miles de pensamientos cruzaron su mente, pero al final uno fue el que prevaleció: "quiero conocerlo". Pues pese a todo pronóstico, un impulso desconocido lo movía. Sabía que era arriesgado, loco y nada acorde a su edad, pero no podía evitarlo.

Recostado a un lado de Haru, Takato miraba la tarjeta entre sus dedos. Ya había memorizado el número y debía eliminar la evidencia, pero le costaba hacerlo. Con pesar se puso de pie, entró al baño y lo rompió en pequeños pedazos que arrojó al inodoro, estos nadaron en un remolino de agua hasta que finalmente desaparecieron de su vista y en un susurro, una solo palabra hizo eco en el cuarto.

—Chunta…

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