CAPÍTULO 9
BÁLSAMO PARA EL ALMA
Diez de la mañana. El sol se levantaba en un cielo despejado bañando con sus rayos todo a su alcance. La temperatura que había estado manteniéndose baja se elevaba poco a poco, al parecer contagiada del ánimo de las personas que transitaban desde temprano por las calles cargados de globos, peluches y bolsas de todos tamaños y colores. San Valentín había llegado.
La mansión Himura era otra que se estaba preparando para la ocasión y todo bajo la voz cantante de la pequeña señorita. Su maestra privada había comentado en una de sus clases sobre la fecha de los enamorados, lo cual la llenó de ilusión porque este sería el primer año en que lo celebraría a la manera de Ramiro, y todo porque este le dijo que en México el 14 de febrero todos demostraban su cariño y amistad hacia los demás sin importar el género.
Con aquello en mente, la niña se puso a elaborar tarjetas y brownies; los cuales tenía listos desde la noche anterior para repartirlos a todos los miembros y sirvientes del clan. Lo malo es que había un inconveniente, Takato había quedado con ella que la acompañaría, pero el sujeto en cuestión no salía de su habitación, ni abría la puerta.
Mientras tanto, en otra parte de la mansión, Himura y Hashiba se encontraban trabajando.
—La señorita amaneció muy animada, tengo entendido que repartirá panecillos y cartas.
—Sí, me platicó sobre eso y también dijo que era sorpresa. Así que cuando te de lo que tiene planeado finge que no sabes nada.
—Así será señor – dijo sonriente el hombre al visualizarse con un panecillo decorado y acompañado de su nombre.
—Cambiando de tema, ¿De cuánto fue la ganancia por los órganos y la subasta del niño Uenoshi? – preguntó Himura después de revisar el calendario. Había pasado una semana desde que tomara posesión sobre el clan del viejo fallecido, por lo que para entonces todas las ordenes que había dado deberían haber sido cumplidas. Tenía entendido que algunos miembros escaparon antes de ser ejecutados, pero ya no le importaba. Solos, no eran más que pollos sin cabeza corriendo sin rumbo.
Hashiba de inmediato revisó los números en su ipad. —Muy bien señor, por los órganos se obtuvo 688, 526.02 dólares, eso es ganancia neta, ya se descontó los pagos a terceros. Se le tuvo que dar el doble al Embajador Kirito, no quería dar el permiso para transportar el cuerpo. En cuanto a la subasta, una vez se supo que era el hijo de Uenoshi se amontonaron, terminó siendo vendido en dos millones de dólares.
—Como dije, valía mejor en partes que entero – soltó con desgana. —En cuanto a Kirito… más le vale que recuerde cuando se esté postulando para gobernador de que quien le está llenando los bolsillos soy yo. A buena hora obtuvimos los bienes de ese anciano, las finanzas estaban comprometidas, pero ahora se estabilizó, cómo no tuvo otros cinco hijos más para venderlos.
Por un momento Hashiba lo miró con tristeza, él no era alguien que se diera golpes de pecho o que no pudiera dormir en las noches por asaltos a su consciencia, pero el destino de la pequeña criatura le había removido una pequeña partícula en su interior, lo suficiente para incomodarle un poco. Tomó aire y con voz dubitativa habló: —Señor, usted vio crecer a los hijos de Uenoshi. No cuestiono su decisión, pero… ¿acaso no siente nada?
Himura lo miró sin expresión alguna por un segundo y regresó a los documentos que sostenía en su mano.
—¿Qué clase de pregunta imbécil es esa Hashiba? ¿Acaso la edad te está haciendo desvariar?
El hombre dejó salir un suspiro y agregó: —Tengo la misma edad que usted, Señor.
Bufó y tomó un cigarrillo de su bolsillo, lo encendió dando una calada profunda y soltó el humo gris en el rostro de Hashiba. —Entonces deja de decir estupideces y mejor llama a Yurie Kurokawa, dile que la veré en el hotel de siempre a las 8 en punto.
El hombre dispersó el humo con su mano, apretó la boca y asintió. Levantó el teléfono del escritorio y comenzó a marcar, pero Himura lo detuvo.
—Antes de eso, primero habla a la florería y pide un ramo de rosas, el más grande y vistoso. Ordena que las traigan aquí a la casa y que agreguen una tarjeta que diga: "Feliz San Valentín", ah, y también al doctor Wakabe, anoche me excedí un poco con Takato, dile que lo revise bien.
—¿Alguna otra cosa Señor?
—mmmm….
¡PUM!
La puerta de la oficina se azotó con violencia dando paso a una figura infantil que parecía había corrido todo un maratón, su pequeño pecho se inflaba tomando aire y su rostro colorado denotaba esfuerzo.
—Princesa, te he dicho que toques antes de entrar – dijo apagando en el acto el cigarro.
Hashiba, en cuanto la vio entrar le sonrió como si su día se hubiera iluminado.
La niña caminó con pasos decididos haciendo sonar el pequeño tacón de sus bailarinas de charol Burberry. Las mallas ónix, el vestido Chanel rojo con volados y la diadema de corazones le daban una apariencia totalmente festiva, digna de la celebración del día.
Una vez cara a cara con su padre, subió a sus rodillas demandando atención con sus enormes ojos dorados.
—Papi, mami no fue a despertarme, fui a su cuarto y no me contesta. – Su mirada denotaba tristeza y su voz preocupación. Habían planeado el día con mucha anticipación y ahora sus planes se veían alterados por una razón desconocida para ella.
La vieja ama de llaves se había hecho cargo de despertarla, arreglarla y darle el desayuno, pero jamás sería lo mismo para ella.
—Baja la voz muñeca – pidió Himura cepillando su cabello. — Mami amaneció un poco enfermo, el doctor lo va a revisar y en cuanto se encuentre mejor podrás verlo.
De inmediato el rostro de la niña se distorsionó por la impaciencia. — ¿Qué le pasa a mami?, ¿qué le duele?, ¿tardará mucho?, ¿estará bien?
—Tranquila mi amor. Él estará bien, solo necesita descansar. Ahora dame un beso y regresa a tus clases, que es donde deberías estar ¿o no? Yurika Sensei. – dijo matando con la mirada a la pobre mujer entrada en años, quien, apenas escuchó la siniestra voz camuflada de cortesía, tembló pegándose al marco de la puerta.
—Pero… - refutó la nena.
—Pero nada. Yurika Sensei, lleve a Haru a su salón. Si para cuando las clases terminen, mi esposo aún no sale del cuarto dígale a Tanaka que la acompañe a repar… que la acompañe en lo que tenga que hacer.
—Himura sama, Tanaka san no está en la mansión… tengo entendido que su esposo le dio el día libre.
—Agh… entonces… dígale a Ken, Marioka, Yasuda, Sugihara y Kaiji que lo hagan.
—Sí Himura sama. – asintió la mujer tomando a la niña en brazos y partiendo.
—Te amo princesa, diviértete.
Los antes mencionados eran el quinteto que por lo regular acompañaban, bajo el liderazgo de Ramiro, a Takato y Haru cuando salían de la mansión sin Himura.
Ken era el miembro más joven del clan, contando solo con 18 años, era algo torpe por lo que siempre salía regañado; Marioka, era un treintón que odiaba el alcohol y el cilantro, y su lema de vida se encerraba en siete palabras: "A las mujeres no se les golpea"; Yasuda un envidioso de primera se la vivía de pleito con sugihara por que este último no hablaba en absoluto y siempre estaba comiendo algo en el momento y lugar menos apropiado. Por último, estaba Kaiji, él siempre miraba las caricaturas de moda y platicaba con Haru sobre ellas.
Los cinco hombres aprecian mucho a Takato (aunque al principio no fuera así) y Haru; además muestran un gran respeto por Ramiro, a diferencia del resto de los miembros del Clan.
Siempre están dispuestos a servir.
Tanto Kenichi como Hashiba vieron como la pequeña se marchaba a regañadientes y un minuto después, todo quedó nuevamente en silencio.
—Yo puedo acompañarla más tarde – expresó de pronto el castaño.
—No, tú te vienes conmigo, después de comer le daremos una visita al oficial Amane. Al parecer uno de los betas del burdel se fue de lengua con él sin saber que era uno de los nuestros, si lo hizo con él, seguro que también con otros y hay que averiguar con quiénes.
Ante la orden, no le quedó más remedio que aceptarlo. Tenía muchas ganas de pasar tiempo con la niña, pero al parecer eso no sería posible y pronto la visión en la que sostenía su regalo de San Valentí se esfumó.
Mientras tanto, en el centro de Tokio, Junta mantenía una reunión con Nakata Kauzaburou, el encargado de la administración de recursos del Clan, así como con Sasaki, y Muraki Jiro, el Waka gashira.
Los planes que tenía, no pensaba revelarlos aún. El tiempo que llevaba como jefe del clan era poco, pero en ese tiempo había analizado el balance de todos los negocios que le correspondían, además, los bares y burdeles de Himura daban mucho trabajo, pues una gran cantidad de dinero debía ser lavado.
—Nakata san, ¿cuándo me tendrá listos los libros contables de cuando aún estaba mi padre?, le he dado suficiente tiempo y solo he visto los que corresponden al tiempo en el que he estado aquí y de eso se ha hecho Cargo Sasaki san.
El hombre de avanzada edad respingó en su asiento he hizo una mueca de disgusto. —No lo tome como rebeldía, Azumaya sama, pero no me parece que haya contratado a esta persona – dijo señalando a Sasaki — es como si no confiara en mi trabajo y me ofende.
Sasaki no dijo nada y continuó revisando los números, por otro lado, Muraki asentía al tiempo que cruzaba los brazos. A ninguno de los dos les había parecido que un completo desconocido llegara de la noche a la mañana y "fiscalizara" su trabajo.
Junta se acomodó el traje y apoyó los codos sobre el escritorio.
—Sasaki san es alguien de mi completa confianza y ha hecho un excelente trabajo, ustedes dos eran de confianza para mi padre, pero les recuerdo que él ya no está y si quieren mantener sus puestos, les recomiendo que se acostumbren a la presencia de este hombre, porque él no los está "fiscalizando", atiende MIS fuentes de ingreso. Y Nakata san, debería estar agradecido por la mano extra, tal vez así sí pueda entregarme lo que le he estado pidiendo desde que llegué y mi paciencia no es infinita.
El viejo sintió las palabras de Junta como una bofetada en el rostro, le estaba diciendo de manera nada sutil que estaba haciendo un mal trabajo y que no era confiable, por ello había traído a otra persona y nada podía hacer al respecto, pues como él había mencionado, si lo quería podía retirarlo y adiós a su sueldo millonario; por ello, no le quedó más remedio que agachar la cabeza y disculparse, aceptando con puños apretados lo que se le decía.
Por otro lado, Muraki se sorprendió, pues pensó que Nakata siempre había sido alguien sumamente eficiente, pero los comentarios del castaño denotaban un gran no; así que, reflexionó en sus palabras y de igual manera se disculpó, pues había un hecho innegable: Azumaya Kohaku ya no se encontraba entre ellos, los tiempos cambian y el que no se adapta muere.
—Acepto sus disculpas y espero que, ahora que aclaramos malentendidos, podamos realizar un buen trabajo – de inmediato Junta pasó hoja y prosiguió con la reunión. —Muraki san, necesitaré los nombres y función de todos los miembros de nuestro clan, quiero que incluya edad, género y segundo género, estado civil y si tienen hijos o no.
—Claro que sí, ¿para cuándo lo quiere mi señor?
—Entiendo que es mucho, así que le daré una semana.
—Así será.
—Nakata, concrete una cita con Himura san, tenemos cosas que hablar. Aquí dice que nos hacemos cargo de lavar las ganancias de una casa de baño en kabukicho pero el negocio está registrado legalmente, los baños no son un delito, entonces a ¿qué se debe tanto movimiento? Necesito saber cuál es exactamente el origen de este dinero, o ¿usted puede decírmelo, Nakata san?
—Oh eso, pensé que ya lo sabía señor, las casas de baño están en regla, pero una vez dentro, pasando la puerta roja, existen cuartos subterráneos. Ahí se encuentran omegas y betas que prestan servicios sexuales. Hay una gran variedad, la mayoría provienen de países como filipinas, china, pero también hay americanos, esos cuestan más.
—Ya veo, ahora todo tiene más sentido. La próxima vez quiero que se me informe de todo. – exigió el castaño que mantenía un rostro de hierro. —A continuación, Sasaki nos dará un informe de los movimientos del último mes, después podrán retirarse.
Mientras Sasaki tomaba la palabra, Junta revisaba su celular, el reloj marcaba las 7 de la noche, el tiempo se había ido volando y desde su salida furtiva a Mc Donald's, había mantenido comunicación con Takato, siendo este último el primero en hablar, pero desde el día de ayer por la noche no había sabido nada y eso lo tenía preocupado, pues solo podría significar que estaba con Himura.
Le había prometido a Haru que iría a visitarla y le llevaría un regalo, por supuesto que estaba incluido el de Takato y para "taparle el ojo al macho" se había visto en la obligación de comprar otro para Himura, una botella de Royal Tokaji Essencia. Conocido era que el hombre amaba la bebida, así que no se atrevería a rechazar tal presente.
Justo cuando iba a guardar su celular, este se iluminó mostrando una notificación en la pantalla de inicio acompañado de la palabra: "Amor". Así era como Junta había guardado el número de Takato, de tal manera, nadie entendería qué decía si por curiosidad se asomaban a verlo.
El mensaje era simple:
"No vengas", con resaltado.
Junta frunció el ceño y rápidamente tecleó una respuesta.
"¿Por qué no?, ¿puedo llamarte?"
Uno, dos, tres, cuatro, ¡cinco! Minutos y el otro lado no contestaba, aunque fuera poco tiempo le parecía eterno, y peor fue cuando la reunión concluyó pasados 70 minutos y la respuesta jamás llegó.
Ante tanto silencio Junta decidió pasar al plan B. El día que se juntaron en casa de Usaka, el de ojos esmeralda le había pedido a Ramiro su número de celular sin que nadie lo notara, así, aunque no pudiera hablar con Takato, podría saber cómo se encontraba gracias al moreno.
De inmediato marcó, la voz tras la línea le saludó animadamente, en un minuto le explicó que se encontraba en su propia casa, pero lo que lo desconcertó, fue el hecho de que el motivo por el que Takato no quería verlo, era porque la noche anterior la había pasado con Himura y este había abusado de él. Ramiro estaba seguro de eso, pues antes de irse de la mansión, el ojiazul le había dicho que podía tomarse libre el día de hoy. Esta conducta solía repetirse cuando Takato sabía que tendría que pasar la noche siendo abrazado por la bestia y sentía tanta vergüenza que lo evadía, además de que de esa manera le evitaba a Ramiro la impotencia por verlo herido. A lo que el moreno le pidió que al menos por hoy no interfiriera y le diera su espacio.
Tras saber la verdad de su silencio, agradeció, colgó, y en consecuencia, dejó de insistirle a Takato.
—Azumaya san, ¿me está escuchando?
Junta levantó la vista, al parecer se había perdido en sus propios pensamientos olvidando por un momento dónde se encontraba.
—Azumaya san, ya se fueron todos. ¿acaso, tiene fiebre? – preguntó preocupado Sasaki.
Inconscientemente Junta había acariciado su pecho, al parecer una punzada se había alojado en el centro dolorosamente.
—No, no… estoy bien. Y te he dicho que cuando estemos solos podemos tutearnos, es extraño que me digas Azumaya san.
Sasaki asintió acomodando sus lentes. —No me parece convincente tu "estoy bien", pero haré como que te creo. Te saliste de la reunión para hablar por teléfono, ¿acaso era tan importante?
—Sí, lo era. Pregunté por Takato.
—Cierto, tenías pensado ir a su casa… deberías olvidarlo ya es tarde, la niña debe estar por dormirse.
Junta quedó pensativo, preguntándose si realmente no debería ir. Arregló sus cosas y le hizo una señal al de lentes para juntos salir del lugar.
En la mansión Himura: Ken, Marioka, Yasuda, Sugihara y Kaiji. Habían acompañado a Haru en su misión de entregar panecillos y tarjetas a todo mundo. Al principio la niña se había resistido, pero después de entender que su mami necesitaba tiempo, aceptó la ayuda.
A eso de las seis de la tarde, Takato decidió mostrarse, trató de cubrir un moretón en su mejilla y se arropó de más con tal de que las marcas en su cuerpo no fueran expuestas. El doctor le había revisado y al parecer su parte noble se encontraba muy inflamada, lo que le provocaba dolor. Circunstancia que le hizo quedarse en cama casi todo el día.
Una vez que se mostró a Haru, los ojos escrutadores de la nena notaron el golpe en su rostro, le preguntó qué le había pasado, a lo que Takato contestó con un "me caí de la cama". En respuesta, su rostro fue llenado de pequeños besitos con poderes curativos, según proclamó la del vestido rojo, acompañados del típico "itai no itai no tonde ike".
Takato le preguntó sobre cómo le había ido; a lo que, emocionada, la pequeña le contó de cómo todos fueron muy amables, reían y le hacían la fiesta en grande. El de ojos rasgados sonrió y pensó que tal vez había sido mejor de esta manera, pues de haberla acompañado, seguramente no habría recibido el mismo trato.
Si bien Himura había dejado en claro quién era "el señor de la casa", muchos lo seguían viendo, pese a los años, como el omega callejero y problemático que su amo trajo un invierno. A Haru no la despreciaban, pero su rechazo hacia él era más que evidente y ofensivo. Solo los cinco antes mencionados y Ramiro, eran quienes lo apreciaban y eso era todo lo que él necesitaba. Prefería que las cosas fueran así, de tal manera no viviría engañado por fachadas.
Después de platicar y cenar con si rayito de sol, Takato preparó a Haru para dormir, no sin antes mostrarle una foto que Ramiro les había mandado, en donde lucía un atuendo un tanto exótico, pues consistía en unos vaqueros color negro, botas trompa de marrano, cinto Ariat y una camisa ajustada Cinch color azul petróleo con diseño, y para coronar su cabeza un sombrero Stetson negro. En la foto agregaba lo siguiente: "Hoy le consigo tía a la patroncita".
Haru aplaudió y respondió con un audio diciendo que se veía muy guapo y Takato le dijo que se divirtiera. A lo que el moreno respondió mandando un Emoji de un panda emocionado. Tenía tiempo que no se dedicaba a atender sus deseos, pero al verse completamente solo en su pequeño departamento y que el día libre coincidiera con el de los enamorados, le hizo querer escapar un poco de la rutina.
Una vez que se despidieron, tanto Haru como Takato se dejaron consentir por la comodidad de la cama y minutos después, la azabache dormía profundamente; en cambio él, no podía pegar los ojos, muy posiblemente por haber estado en cama casi todo el día y por el cuerpo que le seguía doliendo; desafortunadamente, faltaba una hora para que pudiera tomarse el analgésico.
Removió las cobijas y con cuidado sacó una pierna de la cama. Caminó hacia la cocina para tomar un poco de agua. Enfocó su vista en el reloj que colgaba de la pared contraria, este marcaba las 9 de la noche, y gracias al cielo, todo indicaba que Himura no estaba; en eso, la vieja Yuko entró apresurada al ver la luz encendida.
—Mi señor, lo estaba buscando. El jefe del Clan Azumaya se encuentra en la sala, me dijo que venía a ver al amo Himura. Le dije que no estaba y que no sabía a qué hora volvería, pero… insistió en pasar y esperarlo. ¿Qué hago?
En cuanto escuchó el nombre, los vellos se le pusieron de punta y su corazón latió a mil por hora. Claramente le había dicho que no viniera, pero por otro lado deseaba verlo con todas sus fuerzas y poder estar envuelto en esos brazos que le transmitían calidez y seguridad. Sin embargo, cuando estaba por dar un paso fuera de la cocina para encontrarse con él, al estirar su brazo una de las marcas causadas por las ataduras resplandecía con un tono entre rojizo y morado sobre su muñeca, congelándolo en su lugar.
Miró a la mujer, mordió su labio inferior y finalmente ordenó:
—Yuko san, por favor dígale de nuevo que Himura san no se encuentra y que nadie más puede atenderlo porque yo ya me dormí. Sí, dile eso, que ya estoy profundamente dormido.
—Escuché eso y yo lo veo muy despierto Saijo san – dijo Junta sonriente mientras cruzaba la puerta de la amplia cocina — ¿cómo ha estado? Ha sido mucho tiempo sin verle.
Takato sintió cómo su estómago se contrajo cuando escuchó el apellido que llevaba años sin escucharlo y que amaba por el simple y sencillo hecho de que había sido el de su querido abuelo.
—Je, Jefe Azumaya, no puede pasar hasta acá – exclamó sorprendida la mujer en cuanto vio al alto frente a ellos.
—Pero si Himura san es mi hermano, por lo que esta casa es como si fuera mía también, ¿me está diciendo que no puedo andar paseando por mi casa? – preguntó con voz socarrona, enfocando su vista en Takato que se había quedado de piedra. —Tome esto por favor, le he traído al señor este vino.
Takato acomodó mejor su bata de dormir ajustando las finas cintas a su pequeña cintura, jalando el cuello para ocultar las marcas de besos. Si ya se sentía un poco incómodo, el que Chunta le pudiera decir algo al respecto lo ponía mal.
—Azumaya san, disculpe la falta de atención, es solo que ya es tarde y nos tomó por sorpresa. Yuko san, por favor coloque esa botella en la oficina del amo y después vaya a descansar, yo atenderé a nuestro invitado.
La mujer asintió, y acercándose al oído de Takato le susurró: — Mi señor, debería ir a cambiarse, no es apropiado que ande en esas ropas, ya es malo que llegue tan tarde un hombre, como para que usted se muestre así, no debe dar cabida a habladurías. – Dicho eso, la anciana cruzó la puerta dando un último vistazo a ambos, satisfecha de haber cumplido con su deber.
En cuanto ambos estuvieron solos, Chunta se aseguró que no hubiera más gente alrededor, observó la frágil figura de Takato envuelto en la bata, su largo cabello estaba suelto y echado hacia un lado, la imagen le impresionó, pues, a pesar de verse absolutamente hermoso, una nube de tristeza empañaba su aura; sin embargo, su molestia terminó de desatarse cuando notó el golpe de color púrpura en su suave mejilla. —Como si no fuera suficiente el intentar destruir su espíritu, sino que ¿también desea destruir su cuerpo? -pensó enfurecido.
Takato exhaló y lo miró, intentando sin éxito ocultar sus marcas, ya no importaba, pues los ojos verdes le estaban diciendo que habían visto todo; por lo que agachó la cabeza apenado. —Te dije que no vinieras Chun…. ¡mmg!
Apenas abrió la boca, Junta se le fue encima, aprisionándolo entre sus brazos, envolviendo todo su pequeño cuerpo, acariciando su espalda y llenando de besos su cabeza como si se tratara de un niño pequeño.
La acción repentina le hizo retener el aliento por unos segundos, hasta que volvió a hablar: —¿Por qué me abrazas? – dijo intentando sacarse empujando con sus manos el pecho que no retrocedía ni un milímetro.
—Te abrazo porque tu preciosa carita me lo pidió – respondió depositando un beso escandaloso sobre su frente.
—¡Déjame, no necesito esto! Y mi cara no te pidió nada – respondió con fuerza, ocultando cómo sus ojos comenzaban a humedecerse al tiempo que apretaba la boca para no sollozar. El latido que escuchaba salir del pecho de Chunta lo arrullaba y los brazos fuertes que lo sostenían y acunaban con gentileza era demasiado para su fatigada mente y lastimado cuerpo.
Ante la respuesta, Chunta sonrió, pues nuevamente Takato se hacía el fuerte. Preguntándose cómo es que podía existir tanta determinación y testarudez en este pequeño cuerpo. Por ello no quiso decirle que su actitud era innecesaria si se encontraba con él, pues de hacerlo, expondría ese algo que el de ojos azules intentaba ocultar con todas sus fuerzas, "su vulnerabilidad".
—Bueno, tal vez tú no lo necesites, pero yo sí lo necesito. Así que por favor, no seas tan cabeza dura y déjame estar así un poco más, ¿sí? – pidió Chunta al sentir los sutiles espasmos en el frágil cuerpo. — Feliz San Valentín, cariño mío… - susurró tiernamente en su oído, a lo que Takato solo asintió pasando sus brazos por la cintura del castaño, dejándose consentir.
Era un momento de paz en su tormenta, un momento en el que se permitió olvidar que el cuerpo le dolía, en el que agradeció en su interior y con toda su alma que Chunta ignorara su petición y estuviera con él, porque cuando la noche caía los monstruos que habitaban bajo la cama solían salir para atormentarlo y llenar su cabeza de pensamiento autodestructivos.
Gracias al cielo, eso no pasaría hoy. Y mientras agradecía internamente por tenerlo con él y que no lo llenara de preguntas indiscretas por su apariencia, aplicando perfectamente el dicho de: "lo que se ve no se pregunta"; fácilmente habían transcurrido 10 minutos en los que no hicieron nada, más que transmitirse calor; de los cuales, 9, Chunta nunca dejó de conferirle mimos y palabras dulces, siendo esta su manera de consolarlo.
Besaba su cabeza, orejas, mejillas, barbilla, manos, dedos; acariciaba su espalda tiernamente, frotándola y recorriéndola desde su nuca hasta abajo, siguiendo la línea de su columna y deteniéndose en el límite de lo permitido.
La bata de seda se ajustaba a su cuerpo y silueteaba el redondo trasero que sobresalía creando una preciosa vista de su lordosis. Casi podía saborearlo y por un minuto tuvo el impulso de agarrar ese glúteo con su mano y estrujarlo. Impulso que detuvo, no era el momento ni el lugar adecuado para eso.
—Ah Takato, ¿Cómo es que puedes ser tan lindo? – Preguntó retóricamente, apoyando su barbilla en uno de los hombros del pelinegro.
—Eres muy cursi… -
—¿Eso te parece molesto? – preguntó levantando la cabeza de Takato para que lo viera.
—No, es diferente, extraño… pero al mismo tiempo agradable.
Chunta acomodó unos mechones rebeldes detrás de la oreja de Takato y dijo: —Me gusta que te guste. Por cierto, ¿Continuaremos en la cocina?
Solo entonces Takato pareció recordar que estaba en su casa y que la impredecible bestia podía llegar en cualquier instante.
—Cierto, creo lo mejor será que te vayas, simplemente no puedo saber cuándo él entrará por la puerta y… - decía acelerado y con un tono nervioso.
—Oye, oye – habló posando ambas manos sobre sus hombros. —Si ese es el único motivo por el que pides que me vaya, te informo que él no vendrá. Se encuentra muy lejos de aquí y le tomará mucho, pero mucho tiempo volver. Te lo aseguro. – le comunicó para tranquilizarlo.
—¿Cómo lo sabes? – preguntó curioso.
—Bueno, si no tengo un ojo sobre él, ¿cómo podría verte entonces? … si te parece excesivo dejaré de hacerlo.
Takato pensó rápido en ello y aunque le pareció inquietante que este lo tuviera vigilado, al mismo tiempo comprendía que para la relación que habían decidido tener, era necesario. Pues así podrían estar sin el miedo constante de ser descubiertos; no obstante, en el fondo, esto le hacía preguntarse qué tanto estaba dispuesto a hacer chunta por él y si en el futuro su integridad no se vería comprometida a casusa suya.
Chunta, intuyendo los pensamientos de Takato, se inclinó para robarle un beso rápido de sus labios.
—¡OYE! – reclamó.
—No pienso disculparme por eso, si por mi fuera, a estas alturas tu boca estaría el triple de su tamaño de tanto ser probada por esto – dijo señalando la propia.
—En serio se nota que no te criaste al estilo japonés, dices y haces lo primero que salta a tu mente. – agregó al tiempo que cubría con ambas manos su boca.
—Y bien… no me has contestado, yo soy feliz donde sea que quieras tenerme.
—Toma asiento, nos quedaremos aquí. A decir verdad, el mejor lugar es la cocina, es el único espacio de la casa del cual tengo absoluta seguridad de que no hay una cámara.
Junta entrecerró los ojos incrédulo y dijo: —¿Es broma cierto? - al tiempo que acomodaba primero al de ojos azules en la silla.
Takato movió la cabeza y sonrió —No, ojalá lo fuera… – se debatió si contar sobre ello o no, pero prefirió no hacerlo. Hablar sobre la paranoia de Himura y el motivo que la detonó, no era buen tema para la mesa. — Chunta, ¿realmente viniste a ver a Himura? – exclamó moviendo la conversación.
—Por supuesto que no, acabo de decirte que me aseguré de que no estuviera, ¿y me preguntas eso?
—Cierto… fue una pregunta estúpida.
—jaja, no, nada de lo que digas será estúpido, solo adorable y de una vez te aclaro que el vino que traje era solo una excusa para ocultar mis motivos; ya que claramente no podía llegar y decir, "oiga abuela, vengo a ver al hombre más hermoso de la casa".
—Ya, me quedó claro, no digas más por favor que… me da… vergüenza.
—Adoro verte sonrojado, jaja– exclamó tomando la pequeña mano entre las suyas, lamentablemente, sus ojos viajaron a otros lugares, fijando su atención en las marcas que manchaban su piel, apretó la boca y con sus dedos acarició el área lastimada, para finalmente llevarlas hasta sus labios y besarlas con vehemencia.
Takato, estaba derritiéndose por completo. El trato que Chunta le daba era comparable a caminar sobre nubes de algodón. Todo lo que hacía era suave, tierno, sensitivo. Por lo que hipnotizado por su tacto, se dejó llevar al punto de imitarlo.
Besó sus manos con una mezcla de gratitud y amor. Tomando al otro por sorpresa, quien al sentirlo una línea curva y deslumbrante atravesó su rostro de oreja a oreja.
Takato, al darse cuenta de lo que había hecho, soltó las manos y de un salto se puso de pie.
—Cierto, debes tener hambre… ¿ya cenaste?, dime algo que quieras, también te traeré el brownie que Haru te ha preparado.
—No he cenado, cualquier cosa me caerá bien, así que no te preocupes.
—E- entonces, te prepararé pasta carbonara, ya tengo el spaghetti listo, solo es cuestión de agregar lo demás – sonrió bobamente al tiempo que se colocaba uno de los mandiles que colgaban en la alacena y todo esto bajo la atenta mirada del castaño.
—Sabes, me encanta cocinar y resulta que ese platillo me encanta, así que, ¿qué te parece si me dejas ayudarte? Será más rápido y divertido; además de que podré estar pegado a ti, hombro con hombro.
—Dios, este hombre quiere matarme…
Takato suspiró resignado, permitiendo que el castaño lo ayudara y este último fiel a sus palabras, aprovechó cada oportunidad a su vista para tocar, rozar y besar a un pobre Takato que no tenía idea de cómo hacer que su corazón volviera a su paso acompasado.
Una vez listo todo, la isla terminó siendo su destino, los cubiertos estaban perfectamente dispuestos, dos velas a cada lado iluminaban las copas de cristal que habían sido llenadas con un vino blanco "Castillo Ygay Especial 1986", coronaba la puesta. Haciendo que cualquiera que lo viera pensara que esa, sin duda alguna, era una cena de enamorados.
—Takato, toma asiento por favor. Quiero darte esto… - dijo sacando de la bolsa interna de su saco un estuche rojo con las letras Cartier en este. —Es algo sencillo, pero me aseguré de que pueda usarlo, lo mandé pedir especialmente para ti. Espero que te guste.
Takato parpadeó varias veces, la verdad es que no esperaba nada y después de las flores que había recibido por parte de Himura, y que terminaron en la basura, un sabor amargo había quedado en su boca.
—Yo, no…
—Por favor no me digas que no lo aceptas, concédeme este deseo egoísta y por favor tómalo.
Takato asintió y con manos temblorosas abrió el fino estuche, encontrando dentro un hermoso collar, en cuya cadena colgaba un dije de diamantes con forma de loto. Lo que simplemente le había robado el aliento.
El silencio reinaba y solo los latidos de ambos corazones resonaban. Takato miraba una y otra vez el obsequio, era absolutamente exquisito.
—¿Te gustó? – preguntó Chunta con rostro expectante.
—Sí, es… es perfecto. Me encanta, muchas gracias.
—¡SÍ! Moría por dártelo. ¿Me permites ponértelo? - A lo que el ojiazul asintió.
Chunta se inclinó sobre Takato, movió su cabello con cuidado y abrochó el collar tras su nuca, acariciando su cuello, depositando de paso un beso en el hueco que se formaba entre este y sus hombros.
El azabache se estremeció con el toque y llevó sus manos hacia el dije, apreciándolo.
—Chunta, ¿por qué una flor de loto? – se animó a preguntar.
Este lo miró directo a los ojos y comenzó a hablar —Estoy seguro de que lo sabes, pero igual te lo explicaré. La flor de loto crece en el pantano. En la noche, los pétalos de la flor se cierran y la flor se sumerge bajo esas aguas turbias y lodosas, pero al amanecer se alza de nuevo sobre estas, intacta, radiante y sin restos de impureza. — Inhaló, acarició el rostro de Takato y continuó.
—Para mí, tú eres la flor de loto más hermosa que haya visto jamás. Tu vida ha estado llena de dificultades, a tu corta edad has y sigues experimentado sufrimiento, has perdido mucho, pero también has luchado el triple, protegiéndote y protegiendo a tu más grande tesoro y aún en medio de tanto dolor, sales desde las profundidades sin mancha alguna, más fuerte, y más radiante. Eres tremendamente admirable y preciado para mí. Cuando te digo lo hermoso que eres, por favor créeme, porque no lo digo como una apreciación basada en superficialidades , sino en tú esencia y valor.
Takato no se dio cuenta en qué momento ocurrió, pero cuando menos lo pensó, enormes gotas comenzaron a rodar por su rostro sin control alguno. Una tras otra bajaba y moría en algún punto de su boca o barbilla, pero todas tenían el mismo sabor, el del alivio.
—Por favor no llores corazón o si eso te hace sentir mejor, entonces continúa – pronunció tomándolo entre sus brazos.
Takato lloró con más fuerza y repitió una y otra vez con voz entrecortada:
"Gracias, gracias, gracias"
Al tiempo que se aferraba con ambas manos al saco del castaño, empapándolo con sus lágrimas.
—No tienes nada que agradecer.
Dijo con voz de cuna intentando calmarlo. Tal vez, Chunta jamás llegaría a saber o comprender cuán profundamente calaron sus palabras en el interior de Takato y qué tanto estas fungieron como bálsamo sanador para su alma. Y mucho menos pudo escuchar cómo la puerta con miles de candados en el interior del delgado, explotaba abriéndose y dejándolo entrar en ella.
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