CAPÍTULO 12

MIEDOS ARRAIGADOS

—¿Todo los chicos están ahí?, aaah… no me digas eso. Y yo aquí tengo que vigilar a la mascota omega de mi amo y su cría.

El hombre era realmente escandaloso y las fusuma no se caracterizaban precisamente por se puertas discretas. Este se paseaba por el pasillo como si al hacerlo calmara la impaciencia que sentía por no estar donde él quería. Miró por un momento hacia la habitación que permanecía cerrada y chistando se sentó con las piernas cruzadas justo fuera de esta.

Takato que permanecía adentro en un silencio sepulcral, escuchaba atento lo que el hombre decía. Para nada le sorprendían sus palabras, pues desde que pisó la casa Himura todos le veían como un estorbo y una mancha en la vida de su Jefe. La realidad era que no le interesaba, se había acostumbrado a ser insultado tras las sombras, pues ninguno tenía el valor de decirlo en su cara.

Al menos tenían respeto por la bebé y eso era un alivio, pues no tendría que preocuparse porque ella fuera lastimada, en cambio, lo que a él le pasara le importaba poco.

Cinco largos meses habían pasado desde que la niña nació, y durante ese tiempo, Takato había hecho el mayor esfuerzo por "comportarse", dormía poco y se dedicaba las 24 horas del día los 7 días de la semana al cuidado de su pequeña. Era agotador, pero eso le había ayudado a mantenerse un tanto alejado de su secuestrador, evitando así mismo lidiar con problemas, golpes, humillaciones y dificultades para las cuales no tenía ni una sola gota de energía.

La vigilancia asfixiante a su alrededor había disminuido debido a que sus intentos de fuga habían cesado desde que la bebé nació, pero lo que no había cambiado era que cuando Himura no estaba en casa, debía haber una persona fuera de la habitación haciendo guardia. Al parecer, aunque la "confianza" se había ampliado a unos cuantos metros de radio, esta perdía validez en dichas ocasiones.

Al parecer en la mente del Yakuza, Takato siempre buscaría una oportunidad para huir… y tenía razón.

—Ah, yo también quiero jugar mahjong con ustedes… sabes qué… a la mierda esto, el Oyabun no se encuentra y volverá hasta mañana pasado medio día. Este omega tiene rato que se durmió y la niña igual.

La otra voz tras el teléfono le animaba para que se saliera y el hombre ni tardo ni perezoso se puso en un brinco de pie y siguió hablando.

—Me saldré por la puerta de servicio, nunca hay vigilancia después de las 10, que es cuando se va el último trabajador. Llegaré con ustedes en 30 minutos, solo en lo que tardo en encontrar un taxi. ¿Qué dices? ¿está lloviendo con este puto frío?... maldita sea… naa igual iré. Voy en camino, ten una cerveza lista para mí.

Takato en cuanto escuchó al hombre decir que se iría y la ruta que tomaría, sintió como su corazón se aceleraba presa de la adrenalina y el pensamiento osado que llegó a su cabeza en un instante.

Takato ¡Es ahora o nunca! – pensó decidido.

Esperó unos minutos hasta asegurarse de que el hombre se hubiera ido, en cuanto dejó de escuchar los pasos sobre el piso de madera, se levantó de la cama, miró a la pequeña que yacía en la cuna profundamente dormida, sonrió al ver las regordetas mejillas coloreadas de rojo cereza prueba de que el reconfortante calor la arropaba en esa fría noche y por un instante sintió una punzada por lo que iba a hacer, para de inmediato sacudir eso de su cabeza y apurarse.

Quitó el seguro y corrió la puerta, asomó la cabeza con temor, pero este se fue cuando vio el pasillo completamente solo. Volvió a cerrar la puerta y corrió hacia el pequeño armario con forma de panda.

Sin pensarlo dos veces, Takato tomó una de las bolsas para bebés de Haru y comenzó a llenarla con muchos pañales, toallitas húmedas, biberones, cambios de ropa, leche en polvo y demás cosas que su pequeña podría necesitar. Todo esto pensando en que posiblemente no podría conseguirlo en un tiempo.

La poca luz le dificultaba la tarea, pero si encendía el foco alguien podría notarlo, por lo que tenía que conformarse con la que le proporcionaba la pequeña lámpara con forma de luna. El corazón seguía galopando a mil por hora mientras hacía milagros con el espacio dentro de la bolsa, fue entonces que agradeció haber visto los videos de Mari Kondo. Unas cuantas cosas más y la pañalera estaba lista y retacada hasta el tope. Miró con premura el reloj colgado.

—10:20… Debo darme prisa.

Se puso una de las cangureras y con todo el cuidado del mundo, comenzó a vestir con ropa más abrigadora a la pequeña bebé que chupaba su dedo ajena a todo lo que pasaba a su alrededor.

—Vamos bebé, por favor no te despiertes, no lo hagas Haru.

Rogaba cada vez que tenía que levantar alguna de sus extremidades para meterla en el mameluco de borreguito.

Una vez lista, la cargó y muy lentamente la fue acomodando en la cangurera.

—Mmññ…

Un pequeño quejido salió de la boca de la pequeña, lo cual le provocó escalofríos a Takato, por nada del mundo debía despertarse.

Palmeó unas veces la pequeña espalda, y la bebé, nuevamente tranquila se recargó en su pecho.

—Buena niña. Sigue así – elogió aliviado.

Antes de salir del cuarto, tomó la pañalera, una cobija de bebé y una sombrilla. Cerró la puerta y comenzó a caminar por el largo pasillo. Antes de irse debía hacer otra parada y rogaba para no encontrarse con nadie.

De puntillas se dirigió hacia la habitación que compartía con Himura para tomar unos tenis, una pequeña mochila y un abrigo ligero para ponérselo sobre su pijama. No podía hacer otra cosa pues iba muy cargado y lo principal para él, era cubrir a Haru y poder moverse, por lo que no podía darse el lujo de ir bien cubierto.

Ya listo, tomó otro de los pasillos para dirigirse a la oficina del hombre y justo cuando estaba por llegar, unas voces tras de él le hizo pegar un brinco. Giró la cabeza y vio unas sombras que estaban por cruzar la esquina, se pegó lo más que pudo a la pared esperando que detuvieran la marcha, no había dónde meterse. Puso su mano derecha sobre su boca intentando acallar cualquier sonido que pudiera hacer, mientras que con la otra acariciaba la espalda de Haru que se encontraba sudando por la cobija y el mameluco.

—¿Viste el partido? Ganaron los Coyotes, gané 5 mil yenes jaja.

—No, no me gusta el basketball… oye espera… olvidé los cigarros, acompáñame.

—¡Eres idiota o qué! Jajaja, anda solo te acompañaré porque los míos se han terminado y quiero uno.

—Ooh, que convenenciero…

Las piernas de Takato se hicieron de gelatina cuando vio cómo las sombras se alejaban y la tensión acumulada en estas se desvanecía. Como si le hubieran devuelto el oxígeno, dio un profundo respiro y se apresuró a entrar a la oficina que, pese a la oscuridad, lucía imponente, justo como el dueño.

Abriéndose camino como podía, dio justamente con lo que buscaba.

La caja fuerte tenía una combinación digital y esta era el cumpleaños de Haru. Se había enterado de ello un día que Hashiba le pidió la clave, y Himura, pensando que se encontraba dormido la dijo.

No quería perder más tiempo, pero si quería llegar lo más lejos posible necesitaba dinero y aunque robar fuera malo, pensó que, si le robaba a un ladrón, en realidad no era un robo como tal.

Tomó la mochila y comenzó a poner los fajos de billetes. Cuando no cupo más, cerró la caja, agarró el teléfono sobre el escritorio y comenzó a marcar el número que tenía tatuado en la memoria.

—¿Kanou san? Soy, soy Saijo Takato…

—¡¿SAIJO SAN?! Pensé que jamás hablaría.

—Yo… hoy es mi única oportunidad de salir de aquí. No creo algo así se vuelva a presentar, por favor… usted dijo que me ayudaría, por eso lo llamé – hablaba Takato con susurros – Himura no está, llegará hasta mañana y, tengo una forma de salir sin que me vean.

—Bien, eso está perfecto. Grábese bien esta dirección. - El hombre comenzó a hablar dando las indicaciones, mientras que Takato repasaba en su mente el mensaje.

Kanou había trabajado como entrenador de los perros de vigilancia. En varias ocasiones había requerido la presencia de Takato y Haru para que los perros los reconocieran como sus amos y no los lastimaran. De sus pequeños encuentros surgió una amistad. El hombre al ver cómo vivía el ojiazul, le ofreció ayudarlo y antes de que se fuera de la mansión le dio su teléfono.

Ahora, después de unos meses, finalmente había llegado el momento de poner a prueba ese ofrecimiento.

—Lo tengo… gracias Kanou san.

—No tiene nada que agradecer Saijo san. Ahora, cada segundo cuenta.

Con un "nos vemos pronto" ambos colgaron.

Takato volvió a armarse de valor y su pecho se llenó de esperanza y determinación.

El camino hasta la puerta de servicio fue como un juego de "Pacman" en el que avanzaba por un laberinto intentando evitar a los fantasmas, en este caso a los guardias.

Ya frente al umbral de su libertad, miró a su pequeña y la arropó lo mejor que pudo, extendió su temblorosa mano y en cuanto agarró el pomo de la puerta la giró y abrió de golpe. El aire helado bailó por su rostro congelándole hasta los nervios.

La noche era perfecta para su huida, ninguna estrella ni la luna se veían, del cielo no dejaban de caer fuertes gotas de lluvia y la distancia que había de la puerta de servicio hacia la reja que daba a la calle era de 3 metros, solo tenía que apurar el paso y entonces, todo quedaría atrás.

Abrió la sombrilla y caminó esos metros, empujó la reja que solo se podía abrir por dentro y soltó una exhalación de alivio cuando pudo pisar la banqueta de la calle.

Miró a ambos lados y cruzó la carretera. Ni un alma se veía por esta, caminó de frente y mientras lo hacía, sintió el impulso de mirar hacia atrás.

No sabía si era la paranoia, el frío o la casa tras él, pero el cuerpo no dejaba de temblarle y juraría que podía percibir miles de ojos sobre su nuca.

Presa del pánico siguió caminando, ni una sola vez miró atrás. Las gotas de lluvia fría mojaban un poco su espalda, pero no le importaba. No sabe cuánto tiempo anduvo, pero el cuerpo comenzó a dolerle, llevar una pañalera extremadamente grande y pesada, una bebé de seis meses, una mochila cargada de dinero y su propio peso, era demasiado y comenzaba a resentirlo.

Entonces como mandado del cielo un taxi iba pasando con la luz verde encendida. Como pudo le hizo una señal y este se detuvo. Takato abordó desesperado el vehículo y saltándose el saludo pidió:

—Por favor a Yokosuka, Prefectura de Kanagawa 238A.

—Bueno… eso está a dos horas de aquí señor. ¿No desea que lo lleve mejor al Shinkansen? Sería más rápido y económico.

—¡NO! – gritó un poco desesperado, no podía arriesgarse a que algún subordinado de Himura lo viera. El taxista apretó el volante, justo se preguntaba si había hecho lo correcto en subir a un "chico raro" al auto. — Lo siento, es solo que mi familia está allá, falleció mi madre y estoy cansado, ya no quiero hacer más paradas.

Takato se sintió la peor persona del planeta, en lo que iba de la noche ya había robado y mentido con cosas que no debía, pero era un mal necesario.

El hombre entonces aflojó el agarre y miró a Takato con ojos de lástima.

—Bueno, lo llevaré, pero no será barato.

—No hay problema, solo lléveme por favor.

El de avanzada edad asintió, ingresó la dirección en el GPS y sin más preguntas condujo hacia el destino marcado.

—Por favor póngase cómodo. Estaremos llegando alrededor de la 1:30 de la mañana.

En cuanto Takato sintió el auto en marcha se pudo relajar un poco más. Levantó la colchita color uva y revisó que su pequeña borreguita estuviera bien. La nena suspiró cuando el azabache la sacó de la cangurera para que estuviera más cómoda. La acunó entre sus brazos y la miró dormir. Una sonrisa cruzó por su boca de solo imaginar la nueva vida que tendrían. Besó la pequeña frente y se dedicó a mirar el paisaje exterior, la lluvia seguía cayendo. El frío que había golpeado su cuerpo, ahora se sentía cálido y todo el miedo que había pasado, ahora le causaba risa.

—Señor, ¡señor!

La voz del hombre se hizo más fuerte. Takato se estremeció y abrió los ojos de golpe.

—Oh dios, me quedé dormido… - rápidamente volteó a ver a la niña y sus cosas. Estaba agotado y eso había hecho que cayera en un sueño profundo. De ahora en adelante, debía evitar perderse en la inconsciencia. Un nudo se le formó de solo imaginar que alguien pudiera haberle robado a la pequeña o las únicas pertenencias con las que cargaba.

—Disculpe que lo haya despertado así, pero… ya llegamos. Serán 50,000 yenes. La tarifa es de 710 por kilómetro.

—Ah sí, claro… - con movimientos torpes, Takato volvió a acomodar a Haru en la cangurera, limpió su rostro somnoliento, alcanzó la mochila y cuidando que no se vieran todos los billetes, tomó la cantidad que le indicaba el hombre y se la entregó.

Se colgó todas las cosas y salió del Taxi.

—Señor – habló el hombre — Se que no es de mi incumbencia, pero… tenga cuidado ¿sí? Este barrio no se ve muy seguro.

Takato solo asintió y se giró. El hombre tenía razón, el lugar no se veía de lo mejor, pero también era de noche, invierno y una de la mañana, cualquier lugar luciría fatal así.

Los edificios eran variados, pero predominaban los de casa habitación, las farolas centellaban y uno que otro gato rebuscaba algo de comida en los tanques de basura. Takato abrazó a Haru y siguiendo las indicaciones de Kanou, caminó por un callejón angosto.

Mientras avanzaba, observaba todo a su alrededor, no le gustaba la sensación, pero pensó que era normal, pues un chico de 18 años, fugitivo y con una bebé a cuestas no podía considerarse como el ejemplo perfecto de la estabilidad.

—Bu-buenas noches.

Saludó nervioso a un sujeto que estaba sentado en el suelo fumando frente a una puerta, la cual suponía era la de su casa. El saludo no fue devuelto, lo que lo hizo sentir incómodo y más aún porque este le siguió con la vista hasta que un poste le dejó fuera de su rango visual.

Pequeños quejidos comenzaron a escucharse, Haru estaba por despertar para su toma de leche, por lo que tenía que apurarse en encontrar el departamento y alistar todo para darle de comer.

Avanzó tres pasos más y el número que buscaba se dejó ver.

—¡Ah, es aquí! Haru bebé, llegamos. ¡Lo hicimos! – exclamó emocionado. Tocó la puerta y en un segundo esta se abrió.

—Kanou san, soy Sai…jo… - la persona que había abierto la puerta no se parecía en nada al hombre que él recordaba, dio un paso hacia atrás y miró nuevamente el número. Era el correcto. —Disculpe, busco a Kanou san.

—Claro, lo sé. Te estaba esperando, Kanou me dijo que vendrías, pero pasa no te quedes afuera con este frío. – Invitó el sujeto con una falsa sonrisa.

La alarma dentro de Takato se prendió, no quería desconfiar de Kanou, pero era difícil confiar en este hombre que se le presentaba.

Juntó sus manos frente a la bebé y miró hacia los lados. —Kanou san no me dijo nada sobre esto, él dijo que me estaría esperando. – confirmó.

—Bueno, sí te espera. Solo que le hablaste tan de repente, el también tiene una vida, ¿sabes?

—Ah, cierto… jeje - rio nervioso. Pese a esas palabras, esa alarma en su interior seguía sonando, por lo que sin darse cuenta comenzó a caminar hacia atrás.

—Vamos entra, me estoy enfriando también – ordenó el sujeto al ver la resistencia del azabache.

—No, no quiero molestar. Creo que mejor iré a un cibercafé que vi cuando venía hacia acá. Vuelvo más tarde o mañana temprano… - dijo retrocediendo aún más.

El fulano al ver que las cosas se le iban de la mano gritó, provocando que Haru se estremeciera y abriera los ojos antes de tiempo.

—¡Oye! Te he dicho que te metas.

Como si fuera un león hambriento, el hombre se le fue encima a Takato, le tomó uno de su brazos y lo jaló con una fuerza bestial. En ese momento Haru comenzó a llorar a todo pulmón. El callejón se llenó de sus llantos, de los gritos de Takato y los del hombre.

—¡SUELTAME! ¡NO ME TOQUES! – forcejeaba Takato intentando liberarse.

—¡Ya cállate niño!

El hombre dejó caer su mano sobre la mejilla de Takato. Este, aturdido por el golpe no pudo carburar rápido que el sujeto lo estaba metiendo a la vivienda y su sorpresa fue mayor cuando vio que dentro de esta no había solo un hombre, sino tres más y Kanou brillaba por su ausencia.

El mundo se le vino abajo cuando el portazo seco selló su escape y lágrimas amenazaron con escapar en cuanto fue despojado de sus cosas.

Sin piedad uno de los hombres comenzó a abrir la mochila y gritó como loco cuando vio los billetes.

—¡Miren esto hermanos! El omega cargaba con esta plata y no quería compartirla.

—Revisa la pañalera, ahí debe esconder más – aseguró otro que no paraba de comer cacahuates.

—¡NO! – gritó Takato. —Ahí solo tengo cosas de mi bebé, ¡NO LAS TOQUEN CON SUS ASQUEROSAS MANOS! - Exclamó en un arrebato de valentía e imprudencia.

Otro de los hombres se acercó y le amenazó:

—Vuelves a abrir la boca y te arranco esa lengua que te cargas. Y calla a esa cosa o lo haré yo – dijo señalando a Haru, quien seguía llorando con desesperación. El bastardo se giró y ordenó —Revisen esa puta bolsa.

Como era de esperarse, los pañales, biberones y ropita salieron volando. Lo peor fue cuando uno de los sujetos abrió una de las leches en polvo y volcó todo el contenido en la mesa, una semana de alimento se había ido.

No había piedad ni respeto, la libertad que tanto quería, había sido una ilusión y la persona en la que había confiado, lo había traicionado.

Mientras uno de los sujetos regañaba al que había volcado la leche, no por la acción, sino por el desorden que se había hecho, el que parecía el líder agarró a Takato de los cabellos y lo aventó hacía un cuartucho mal oliente. Tomó el primer trapo que encontró le inutilizó las manos, y no conforme con eso, también lo amordazó.

—Esta será tu nueva habitación, principito. Veremos cuánto darán por ti y la chiquilla que cargas, jajaja.

Ahora, sin que nadie lo viera, Takato dejó caer lágrimas de desesperación, quería consolar a su bebé, pero ahora el también lloraba y no podía controlarlo, estaba exhausto de todo. Dejó salir cada gota sin hacer ruido, no quería darles el gusto de que le escucharan sufrir, Haru también ayudaba a eso opacándolo con los propios.

Como pudo y tomando fuerzas de donde no las había, Takato se puso de pie y comenzó a arrullar a la niña para después darle el pecho. Hacía tiempo que no lo intentaba, pero tenía la esperanza de que, aunque fuera un poco, algo de leche saliera para poder alimentar a la bebé que seguramente podía sentir sus miedos, frío y dolor.

Mientras tanto, afuera del departamento, el hombre que había estado fumando se repetía una y otra vez "no te metas, no te metas", "no es tu pedo", "que te valga madres".

Entonces, justo cuando iba a levantarse escuchó a un hombre hablando por teléfono.

—Himura san, creo que se le perdió algo… pero no se preocupe se lo regresaré en cuanto deposite 5 millones de dólares en la cuenta que le daré, anote es: xxxxxxxxxx. ¡CÁLLESE! Usted no está para exigir nada. Si para mañana antes de las 2 pm no está depositado olvídese de ver con vida a su omega y su cría. En cambio, si hace bien las cosas, le llamaré nuevamente para decirle dónde encontrarlos.

Pasado el mensaje, el sujeto colgó, apagó el celular desechable lo lanzó al bote de basura y rio al pensarse nadando en dinero. Podía saborearse la vida de desenfreno y comodidades que viviría, pero de solo imaginar que tenía que darle su parte a Kanou y a los otros sujetos adentro le amargó el momento.

Justo cuando el extorsionador iba a entrar a la casa, un sujeto enorme lo tomó del cuello aplicándole una llave "mata león".

—Tú y yo tendremos una pequeña charla en mi casa y más vale que el pajarito empiece a cantar. – susurró en su oído y comenzó a arrástralo.

Mientras, Takato estaba desesperado por no poder alimentar a la niña, en primer lugar, al tener las manos atadas, así fuera hacia el frente, no podía moverse con libertad. Con muchas dificultades desabrochó un lado de la cangurera y levantó como pudo su pijama para dejar al descubierto su pecho, pero para su desgracia, cuando la nena puso su pequeña boquita en el botón, ni una sola gota salió de este, por más que succionó. Había pasado tanto tiempo sin darle el pecho que sus mamas se habían secado. Haru, que no dejaba de llorar lo ponía nervioso y para su mala suerte no solo a él, sino también a los sujetos fuera del cuarto.

No podía volver a acomodar su ropa ni a la pequeña. Estaba indefenso y vulnerable, maldijo su credulidad y se arrepintió de haber salido de casa, pues, de haberse quedado, Haru seguiría durmiendo en su hermosa cuna, sin frio ni hambre.

—¡AAGHH! CON UN DEMONIO, ESA CRÍA ES UN FASTIDIO.

—Sí, ya me duele la cabeza.

—Deberías entrar y callarla Saiko. – sugirió uno de ellos.

El que se hacía llamar Saiko arrastró la silla con pereza y se puso de pie para dirigirse al cuarto.

—Si se me pasa la mano, ni piensen en reclamarme – advirtió.

En eso la puerta principal se abrió dejando a la vista a un hombre alto, moreno y de cabello largo.

De inmediato los cuatro hombres se pusieron a la defensiva, exigiendo que se identificara.

—Me llamo Tanaka. Kanou me mandó a vigilar que no dañen la mercancía.

—¿Tanaka?, Kanou nunca te mencionó.

—Si no me crees llámale, pero les aseguro que no le gustará ser molestado – dijo con seguridad.

—Ja, por qué le creeríamos a un desconocido gaijin, con un acento raro y que ni siquiera habla bien – gritó el mayor de todos.

—Tranquilícese Irie san, yo conozco a este tipo, el otro día me hizo ganar una apuesta. Es un peleador callejero, además ¿cómo sabría que tenemos a esos dos sino por Kanou?

El malencarado chistó los dientes y dijo:

—Entonces si Kanou te mandó de niñero, comienza por callar a esa bebé que nos tiene de los nervios, no queremos que los vecinos escuchen, si es necesario métele un trapo en la boca.

Tanaka caminó hasta la mesa de centro, observó el desastre que habían hecho con la pañalera, revisó lo que quedaba dentro y caminó hacia el cuarto de donde provenían los llantos.

—¿Acaso tienen una nuez de cerebro? Si la bebé llora es porque tiene hambre o está sucia, pero el imbécil que tiro todo un bote de leche, los pañales y toallitas seguramente no pensó en eso, ¿verdad?

Todos voltearon a ver a quien lo hizo y este solo levantó los hombros como diciendo un "me vale".

El moreno abrió la puerta y dentro vio a Takato con la ropa hecha un desastre, amordazado y atado, mientras que la pequeña que se retorcía con medio cuerpo fuera de la cangurera comenzaba a quedarse sin energía. La visión le pareció lamentable, cerró la puerta, colocó una silla justo en el pomo para impedir que esta se abriera desde afuera.

Con paso lento se acercó a Takato quien lo miraba con ojos realmente asustados, pegándose a la pared. Él había interpretado la acción del hombre como que no deseaba ser molestado mientras le hacía algo.

Al ver la reacción, habló:

—Shh, tranquilo, no te haré daño. Mira traje lo que quedó en la pañalera, aún hay una botella con agua y leche en polvo en este dispensador, también pude rescatar este biberón, estaba en el suelo, pero con su tapa, así que la mamila debe estar limpia. – dijo mirándolo a los ojos. —Ahora, déjame quitarte esos trapos, ¿sí?

Takato temblaba de pies a cabeza y acercaba a Haru aún más a su pecho. No quería que nadie lo tocara, pero necesitaba poder moverse para atender a la bebé. Asintió y Tanaka comenzó a quitarle los amarres.

En cuanto se vio libre acomodó a Haru en la cangurera, acomodó su ropa y le quitó la pañalera de las manos. Pronto se apresuró a tener el biberón listo, sacó a la bebé y se acomodó en la esquina más alejada para alimentarla.

Haru recibió desesperada la leche, y al fin, hubo silencio. El ojiazul suspiró aliviado y besó en repetidas ocasiones los ojitos que estaban rojos de tanto llorar.

Volvió su vista al frente y recogió sus piernas hasta quedar como un ovillo.

—En serio no te haré nada. No estoy con ellos. – aseguró con voz amable.

Entonces, ya un poco más tranquilo, Takato lo observó bien. El rostro del sujeto estaba hecho polvo. Cada centímetro de este estaba golpeado, tenía un ojo casi cerrado por lo inflamado que se encontraba; el labio partido, los pómulos morados, la nariz entablillada. Sin duda había recibido una paliza, entonces lo recordó. Era quien se encontraba fumando afuera cuando llegó al maldito callejón.

—Por … ¿por qué estás aquí si dices que no tienes nada que ver? – se animó a preguntar al ver que el hombre realmente no hacía nada.

—Pos… Porque estoy bien pendejote y me encanta meterme en pedos que no son míos. – dijo rascando su cabeza.

—No entendí lo que dijiste… - susurró Takato.

—Solo escuché lo que pasó por casualidad y la verdad no iba a meterme, pero… no podía dejar a un bebé y su madre desamparados – soltó con tono desinteresado.

Takato no quería tener esperanzas de nuevo y no podía saber qué tanto podía confiar en un completo desconocido, ya que Kanou le había demostrado que simplemente no podía fiarse de nadie.

—Mira… no sé si eres consciente o no de tu situación, pero por lo que veo fuiste secuestrado por este grupo de hombres, su líder es un tal Kanou, hace rato escuché que mañana a las 2 es el plazo para que te liberen, pero, atrapé al tipo y llamé a tu esposo con su celular, y de eso ya pasó una hora y media… por lo que solo espera un poco más y podrás ser libre.

Takato al escuchar lo que el hombre le dijo sintió como un balde de agua helada caía sobre él y comenzó a llorar. Haru, que seguía tomando su leche lo miró y levantó la manita como si intentara tocar su mejilla.

El moreno estaba desconcertado, tal vez el saber todo le había provocado mucha emoción, pero la realidad era otra y lo supo en cuanto este comenzó a hablar.

—No… no quiero volver con él. Yo solo… yo solo quería estar muy lejos de aquí con mi bebé. No quería que pasara esto… no quiero volver a ese lugar…

Más lágrimas amargas caían y no había manera de detenerlas. El moreno no sabía qué hacer.

—¿Acaso me equivoqué? - pensó al ver lo desconsolado que lucía el azabache.

Pero la conversación no pudo continuar, pues de pronto, un fuerte estruendo se escuchó.

Himura había llegado haciendo una gran entrada y sometido a los sujetos.

Cuando vio la leche y pañales tirados en el suelo, la sangre comenzó a hervirle aún más de lo que ya estaba, pues su mente estaba imaginando lo que pudo haber ocurrido.

Había adelantado el regreso de su viaje y al llegar se había topado con la sorpresa de que Takato y su hija no se encontraban en la casa, mandó buscarlos por todos lados, pero no había rastro alguno, fue entonces que Hashiba recibió una llamada y lo comunicó. Era el secuestrador.

—¿Dónde pusiste a mi hija y mi omega? – exigió saber dejando salir todas sus feromonas agresivas. Lo que fue más que suficiente para tener a todos a sus pies, incluso sus propios hombres se estaban viendo afectados.

El sujeto que se encontraba en el suelo bajo el pie de Himura no podía respirar y con mucha dificultad señaló con el dedo el cuarto para finalmente caer desmayado.

—Señor déjeme ir primero – pidió Hashiba.

—No, mete a estas basuras en el maletero, los quiero vivos – rugió el de ojos ámbar.

Tomó el pomo de la puerta y comenzó a girarlo, pero esta no se abría, entonces gritó.

—Takato ¡abre la maldita puerta!

Otra voz le contestó del otro lado.

—¿Es usted el señor Himura? - Preguntó el moreno, al tiempo que dedicaba miradas a Takato sin comprender por qué este temblaba aún más.

—¿Sí, eres el que me llamó?, abre de una vez.

Tanaka, dudó en abrir, pero, aunque no lo hiciera, no había otra forma de salir de esa habitación. Dio una última mirada a Takato y susurró un "perdón". Ya era demasiado tarde para ayudarle a cumplir con lo que el menor anhelaba.

En cuanto quitó la silla de la puerta, esta se abrió de golpe y la figura alta y corpulenta del Yakuza se posó en el marco. Tres zancadas y ya estaba frente a Takato. Lo miró con ojos furiosos y se agachó para ver mejor a la bebé.

Tras comprobar que ella estaba bien, aunque con los ojos un poco hinchados, levantó la cabeza y extendió su brazo para levantar a Takato del rincón.

—Veo que te mueres del miedo… me alegro. Dentro de poco vas a sentir aún más terror que el que has experimentado hoy. Te lo mereces por traidor. – sentenció el de ojos ámbar.

El moreno observó todo de principio a fin y sin perder detalle, podía sentir la intimidación que el hombre ejercía sobre el ojiazul y el miedo que este demostraba al no dejar de temblar y abrazar a la bebé entre sus brazos.

Himura le quitó a Haru y entre jalones y empujones cruzaron la puerta. El maniaco tenía fuertemente agarrado de la cintura a Takato, quien sentía que en cualquier momento se desmayaría, incluso creía que podía hacerse sobre sus pantalones si la situación seguía extendiéndose.

Ya no podía entender sus propios deseos, su mente era un nido muy enredado; por una parte no quería volver a la mansión y por otra quería entrar pronto al auto, tener de nuevo a la niña en sus brazos y poder hundirse en ese aroma a talco y leche que le reconfortaba.

Sin embargo, en cuanto salieron del cuartito, el único aroma que entró a su sistema fue el de la violencia. Por instinto cubrió su nariz cuando las feromonas llenas de odio que Himura había esparcido se colaron a sus pulmones. Comenzó a toser con desesperación y Hashiba que estaba cerca agregó:

—Señor, por favor disperse sus feromonas, le pueden hacer daño a la bebé.

Pero al hacerlo, el poder ejercido sobre los sujetos que aún quedaban tirados dentro también desapareció y uno de ellos, el que había tirado la leche de Haru, sacó una navaja y como rayo se puso de pie para atacar a Himura, quien, haciendo uso de sus buenos reflejos, le dio la bebé a Takato y lo empujó lejos de él.

El tipo que se le había abalanzado, logró herirlo mientras el otro maniobraba. La navaja le había cortado desde la sien derecha hasta la nariz, atravesando su pómulo.

La sangre comenzó a salir a borbotones y ante el aturdimiento de todos, el salvaje corrió hacia Takato y Haru tomándolos como rehenes.

Hashiba corrió hacia Himura extendiéndole un pañuelo. La herida no dejaba de sangrar. Los hombres del Yakuza estaban paralizados, nadie sabía qué hacer en el momento. Podían pegarle un disparo, pero nadie quería ser el que pusiera en riesgo la vida de la hija del Jefe y su omega.

—¡Bajen sus armas ahora o juro que le clavaré esta navaja a la bebé!

—¡NO, NO POR FAVOR! ¡CLÁVEMELO A MÍ! – gritó desesperado Takato. Las cosas no habrían podido salir peor.

—¡Cállate! – ordenó el maleante jalando más fuerte sus cabellos. —Ustedes abran paso, saldré por esa puerta tranquilamente y si alguno intenta alguna tontería, ya saben lo que haré.

La bebé que hasta el momento había permanecido dormida, despertó a causa de los gritos y comenzó a llorar, agregando tensión al momento.

Himura temblaba impotente y de coraje. La sangre le llegaba a la boca. Relamiéndose los labios dio la indicación de que nadie se moviera.

El sujeto, confiado. Comenzó a avanzar hacia la salida, pero lo que jamás imaginó fue que un tercero en discordia entrara en acción.

El moreno había recogido una de las armas que habían dejado caer al piso y aprovechando que todos se encontraban concentrados en un punto, se agachó por ella.

Uno de los hombres de himura lo tapaba, así que, usando esa ventaja, acomodó su postura y dejo salir la bala.

¡PUM!

El estruendo había sido contundente y la bala había dado justo en medio de la frente del sujeto como si de una diana se tratara.

La sangre le salpicó un poco a Takato y la niña, pero el agarre en su cabello y la navaja que amenazaba a Haru cayeron en un instante.

Todos miraron al de pelo largo quien volvió a poner el arma en el piso. El llanto de la bebé era lo único audible, nadie se movía e incluso respirar era difícil.

Himura fue el primero en recomponerse. Tomó el pañuelo que Hashiba seguía presionando sobre su cara y habló:

—Hashiba, toma a Haru y llévala al auto, revisa que esté bien.

De inmediato el hombre se puso en marcha, tomó a la bebé arrancándola de los brazos de Takato, no sin antes dedicarle una mirada de profundo desprecio. El ojiazul quiso detenerlo, pero las manos de Himura se lo impidieron. El hombre movió su cabeza indicándole a todos que limpiaran la escena, no quería que sus huellas salieran a relucir en alguna investigación. Mientras observaba todo, dedicó una mirada al moreno que seguía de pie en la sala.

—Tú. – dijo mirando a Tanaka — Desde ahora trabajarás para mí. Te encargaras de cuidar a este omega sin cerebro y si un día vuelve a hacer una estupidez como esta, cortaré tu cabeza primero por no haber hecho bien tu trabajo.

En cuanto dijo eso tomó a Takato de los cabellos y lo azotó contra el suelo, el sonido del golpe fue terrible, no sería sorpresa si en el acto algún hueso se había quebrado.

Takato semi noqueado intentó incorporarse, pero Himura puso su rodilla sobre su espalda y le aplastó la cabeza en el charco de sangre que se había formado a causa del sujeto baleado.

—Su- suéltame, me lastimas… - pidió, pero por supuesto no fue escuchado.

—¡ESTO ES LO QUE PROVOCAS! ¿CREÍAS QUE PODÍAS ALEJARTE DE MI Y LLEVARTE A MI HIA? MIRA MI CARA, MIRA A ESE HOMBRE MUERTO Y MIRA LO QUE LE HICISTE PASAR A NUESTRA BEBÉ, PUDO HABER MUERTO Y TODO HABRÍA SIDO TU CULPA. TODO ES TU CULPA, ESTO ES LO QUE PASA CUANDO HACES LO QUE NO DEBES, MALDITO HIJO DE PERRA. ERES UN OMEGA DESOBEDIENTE QUE NECESITA UNA LECCIÓN.

Descargada su furia verbal, siguió la corporal.

Como si de un costal de box se tratara, comenzó a golpear con los puños y pies el pequeño cuerpo que estaba en el piso helado, bañado en sangre ajena, adolorido y hecho un ovillo.

Yo, es mi culpa… esto es mi culpa. Nunca debí intentar huir… nunca. - se repetía una y otra vez en su cabeza mientras sentía un dolor terrible que partía su cuerpo en dos. Entonces una enorme sombra se posó sobre él. Como pudo abrió los ojos y miró al moreno como escudo.

—¿QUIÉN DEMONIOS TE DIJO QUE TE METIERAS? – Bramó Himura echando fuego por la boca.

—Señor, me dijo que a partir de ahora mi deber es cuidar a esta persona. Si usted lo sigue golpeando de esa manera, no sobrevivirá, en todo caso pégueme a mí, asumiré la responsabilidad.

—Ja ja, pero mira que atrevido gaijin tenemos.

Una fuerte patada se estampó de lleno en el estómago de Tanaka, doblándolo por la mitad, sacándole el aire.

—La próxima vez que te metas en un discusión con mi pareja, te daré una paliza que te dejará comiendo con pajilla por el resto de tu patética vida. - Advirtió.

Himura, tomó en sus brazos el pequeño cuerpo y lo llevó hasta el auto. El delgado brazo estaba fracturado, pero el ojiazul ya no podía sentir nada y mientras vagaba entra la consciencia e inconsciencia, pudo escuchar claramente como el de los ojos de oro le susurraba cerca de su oído:

"Nunca vuelvas a intentar huir de mí. No puedes confiar en nadie, siempre te traicionarán, siempre saldrás herido, siempre te encontraré y siempre estarás a mi lado. Grábalo en tu puta cabeza de una vez, Solo me tienes a mí".

Todo había terminado, no había futuro prometedor, no había una casa pequeña en el campo, ni una niña feliz corriendo entre las flores. Lo único que quedaba era desesperanza, resignación y dolor, mucho dolor…

—¡MAMI! – llamó por quinta vez la niña.

Takato abrió los ojos asustados, su pulso estaba acelerado y su pecho subía y bajaba, había soñado con algo que jamás olvidaría y que jamás quería revivir.

—Mami, perdón, no quería asustarte – dijo la pequeña con gesto afligido colocando sus manos sobre el rostro de Takato.

Este miró alrededor y se dio cuenta que estaba en el auto, al parecer se había quedado dormido en el camino. —viejos hábitos no cambian tan fácil – pensó al tiempo que sonreía y ponía sus manos sobre las de su bebé.

—No cariño, estoy bien. Gracias por despertarme, estaba teniendo una pesadilla.

—¿En serio? no tengas miedo, yo te cuidaré.

—Lo sé bebé – dijo al tiempo que abrazaba a la nena y besaba su cabecita.

—Takato, ya llegamos al colegio de Haru. – informó la voz de Himura, quien le observaba como si quisiera preguntarle algo, pero el orgullo no se lo permitía. — ¿Qué fue lo que soñó?, ¿por qué se ve tan agitado?... – eran preguntas que jamás haría en voz alta.

En cuanto estuvieron frente a la puerta, Takato y Himura descendieron del carro. Hashiba no dejaba de tomar fotos y mientras el ambarino daba indicaciones a los guardaespaldas de Haru. Takato y Ramiro platicaban con ella.

—Venga patroncita, vamos a tomarnos una selfie. – pidió Ramiro emocionado a lo que Haru correspondió.

Tomada la foto la pequeña miró el enorme edificio y comenzó a acariciar su estómago.

—Mami, creo que el desayuno me cayó mal. – dijo arrugando el rostro.

Los nervios le estaban ganando la batalla, al principio estaba muy ilusionada, pero era obvio que algo así podría pasar, era algo completamente nuevo para ella. Mientras todos habían hecho el preescolar rodeado de niños, ella la pasó rodeada de yakuzas, una maestra privada y ositos de peluche como compañeros.

—No mi patroncita, no se me eche pa' tras, usted va a ir a sus clases, va a hacer rete artos amiguitos y si alguien me le dice algo, acuérdese que solo tiene que meterle sus buenos put…

—Ramiro… - llamó Takato entrecerrando los ojos, para después volverlos a su bebé. — si alguien te dice algo que te moleste, dile de inmediato a la maestra, no vayas a pegarle a nadie. Come el almuerzo que te preparé, puse las croquetas que tanto te gustan y de postre fresas con chocolate; la mami de Kiyomi me dijo que él te buscará en el recreo para comer juntos. Aprende muchas cosas nuevas, la escuela es muy divertida y para cuando menos lo esperes estaré de regreso por ti, ¿serás mi niña valiente?, ¿harás lo que mami te dice?

Haru asintió repetidamente y abrazó a Takato por el cuello.

Él le correspondió y llenó de besos la mejilla rellenita, y hablándole al oído le dijo:

— Mami también irá a la escuela, y siente en la panza lo mismo que tú, pero me voy a esforzar en hacerlo bien y cuando nos volvamos a ver te contaré todo lo que hice y tú me dirás todo lo que hiciste, ¿entendido?

—Sí mami. Te amo. Ven pronto por mí. Haru será valiente, tú también se valiente.

Ambos se abrazaron con fuerza y justo cuando la primera campana de aviso sonó, Himura se unió a la conversación.

Tomó a la niña en brazos y la llenó de besos.

—Saca muchos dieces Haru, eres mi orgullo. – pronunció el hombre con una enorme sonrisa en el rostro. Una visión que muy pocos habían visto y que solo dedicaba a su hija y Takato.

La niña asintió, besó a su papi en la cicatriz de su mejilla y pidió la bajaran para entrar a su escuela.

—La cicatriz… - por un momento la mirada de Takato se oscureció al recordar el pasado y el maldito sueño que se lo traía justo en este momento.

Moviendo la manita, Haru se despidió de todos y con pasos decididos ingresó al enorme edificio seguida de sus vigilantes, esto bajo la atenta mirada de sus padres y allegados.

En cuanto la perdieron de vista, todos tomaron sus lugares dentro del auto. Takato estaba echado hasta el extremo, no quería tener ni el más mínimo roce con Himura, quien por el momento no demandaba su atención, pues se encontraba ocupado revisando su ipad.

Viéndolo de reojo, le pareció como si la cicatriz brillara aún más, y las palabras de aquella vez resonaron en su cabeza cuando recordó a Junta y sus promesas de libertad, los encuentros clandestinos y de más. Ahora no se sentía tan seguro de continuar con eso y odiaba ser tan voluble al respecto, pero…

En un instante la voz de Himura lo sacó de sus pensamientos.

—Nuestra hija se veía muy feliz, deseaba ir a la escuela y ya está en una; vive una vida cómoda y sin carencias, tiene a su disposición todo lo que quiere, tendrá amigos y una "vida normal", como tú tanto has pedido. – soltó al tiempo que alargaba su brazo y tomaba entre sus dedos la mano del azabache.

Intentó retirarla, pero no pudo. Himura lo miraba fijamente, como si con los ojos pudiera atravesarlo y leer su alma.

—Takato, sé que me entiendes perfectamente – agregó: —Si quieres que ella siga así de feliz, entonces mi amor: No seas estúpido ahora que irás a la Universidad. Sabes lo que tienes que hacer. – puntualizó sellando sus palabras con un beso en la mano.

Takato sonrió a medias, era una sonrisa amarga, pues en ese momento comprendió lo que estaba experimentando en su interior.

"Nunca vuelvas a intentar huir de mí. No puedes confiar en nadie, siempre te traicionarán, siempre saldrás herido, siempre te encontraré y siempre estarás a mi lado. Grábalo en tu puta cabeza de una vez, Solo me tienes a mí".

—Sí, ahora entiendo... es eso… siempre tendré miedos arraigados en mi interior.

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Otro cap más! En este quise mostrar un poco el pasado de Takato y el porqué desde el principio ha estado en un estira y afloja con Chunta. Considero esto importante porque más adelante veremos cositas muy interesantes 7w7

Ya nos estamos acercando a uno de los momentos más intensos de la historia. Sean pacientes y regálenme estrellitas por favor.

Gracias por continuar con la lectura, sus comentarios y demás.
Nos vemos pronto.

GLOSARIO:

Pedo: en México se usa para decir un montón de cosas, en este caso cuando Ramiro dice: "no es mi pedo", se refiere a que no es su problema.

Rete arto: expresión que se utiliza para decir "mucho" o "muchos".