Capítulo 8. Un beso de amor sabe a chocolate
Editado por Yuleni
Yo el gran patriarca William Albert Andrew, heredero de un imperio, dueño de grandes riquezas. Pareciera que tengo todo y la verdad es que tengo mucho, una vida llena de lujos, económicamente hablando: mi vida ha sido fácil y cómoda. Pero nada es gratis en esta vida. También llevo a mis espaldas la responsabilidad de sacar adelante a las empresas de mi familia.
Tengo mucho, pero sin duda mi posesión más valiosa es una chica rubia que regala dulzura a cada paso que da. Ella es una derrochadora de ternura; cuando yo la conocí era una niña adorable, que me dejó marcado con sus ojos verdes, desde ese momento le pertenezco y vivo para protegerla a la distancia: como el tío abuelo. De cerca: como su amigo o su hermano, como ella me lo permita.
El día de hoy tengo mucho trabajo, debería estar cansado por tantas horas de labor, debería estar harto de lidiar con los inversionistas y, estresado de los problemas acarreados por las malas decisiones, pero, en vez de eso estoy feliz, sonriente y de un humor alegre, tan alegre que hasta George, se atreve a sonreír de vez en cuando. Está felicidad lo ocasionó: ella, mi rubia, mi remanso de paz. Saber que cada tarde, ella me estará esperando en nuestro nuevo hogar con su sonrisa maravillosa y, tal vez con una buena cena; con que sea comestible con eso me conformo. Lo importante es que sea preparado por mi dulce ninfa.
La decisión correcta era separarme de Candy, mas sin embargo, esa decisión me enferma, me debilita. Mi cuerpo repudia la simple idea de alejarme de mi bella amiga.
Las horas pasan y mi energía sigue igual, no se debilita; sino todo lo contrario. Se que dentro de una hora la veré, así que me apresuro para avanzar con el trabajo e irme.
Terminando con mi jornada laboral me fui en busca de mi princesa. Entré al departamento y lo primero que vi fue a Candy acomodando con esmero las cosas en unas cajas. Ya se dio cuenta de mi presencia y me saluda con su linda sonrisa, mientras le digo──: Candy, ¿cómo vas con la mudanza?
──Bien, un poco cansada, y tú ¿cómo estás?
──Con mucha hambre.
──Yo también tengo hambre, voy a ver que hay en la cocina.
──Sí, me parece bien.
Se dirige a la cocina; mientras yo me quedo en la sala. Me acerco al comedor y de manera ágil acomodo la comida que compré para los dos. Me gusta hacerle pequeñas bromas para ver su cara chispeante de felicidad al darse cuenta de mis detalles para hacerle la vida más fácil.
Después de un momento grita──: Tenemos pasta y limones.
──Me parece perfecto, pero primero quiero que vengas a ver algo.
──¿Qué quieres?
Ella se asoma al comedor, ve la suculenta comida con sorpresa. Se acercó de manera rápida y alegre, sentándose me recriminó con la mirada para después decir──: ¡Gastas mucho!
──Solo por hoy. Han sido días un poco pesados, no te enfades conmigo, que nos espera una noche larga.
──Cierto.
Comimos entre plática y risas.
Ella comento──: sabes solo ocupamos nuestra ropa y los artículos personales, deberíamos deshacernos de los muebles.
──Sí, es lo mejor y terminaríamos un poco más temprano, a veces tienes buenas ideas.
──Yo, siempre tengo buenas ideas.
──Sí, lo que dije, ¡a veces!... Ya te diste cuenta que el pastel de chocolate está delicioso.
──Hm. Se ve tan sabroso y el sabor es tan... ¡oye! No me cambies de tema.
Acerqué mi rostro al suyo, para verla directo a los ojos de manera retadora. Ella empezó a reír de manera nerviosa con las mejillas ruborizadas, después le pregunté──: ¿quieres que diga mentiras?
──No, lo que quiero es que aceptes una verdad inigualable.
──¿Inigualable? ¿A qué te refieres con una verdad inigualable?
─¡Basta!, no quiero que me enredes con tu palabrería, simplemente di, que… tengo razón y, ya.
──Y… ¿qué ganaría con eso?
No pudo parar de reír y dijo──: un beso.
──¡Un beso!, interesante proposición; aunque, ¿en verdad crees que soy tan barato?
──Claro que no, pero… sí, de buen corazón.
──No me convences.
──Y, ¿si te doy de mi pastel en la boca?
──No, ya me llené.
──Con que poquito te llenas.
──No te has dado cuenta de que no tienes pastel solo tienes migajas.
──¡Cierto! Ya me lo acabé.
──¿Te lo comiste o te lo embarraste en la cara?
Hice una bolita utilizando la masa del pastel y se la aventé en la cara, ella se dio cuenta de mi atrevimiento, sonrió de manera traviesa, para acercarse lentamente y abalanzarse sobre mí, tirándome al piso; mientras me hacía cosquillas. Reíamos sin control, al tiempo que le decía──: quítate, no me toques que me ensucias.
──¡Ah! Con que no quieres ensuciarte, señor limpio.
──Soy más limpio que tú.
──Ahora, que yo tengo el poder di: que siempre tengo la razón.
──Jamás.
──Dilo.
──A veces tienes la razón.
──Te voy a castigar por desobedecerme.
──¡No! ¿Qué piensas hacer?
──Te voy a dar un beso y después voy a comer tu pastel.
──Pero, primero lávate la cara, no quiero que me coman las hormigas.
──¿Cuál sería el castigo si me lavó la cara? Lo tengo que hacer con la cara sucia para hacerte sufrir.
Y los accidentes sin duda pasan, o quizás es el destino que toma sus propias decisiones sin preguntar, no lo sé.
Lo que sí, sé, es que posiblemente ella, tomó la mala decisión de darme el beso en un tiempo equivocado. Mientras yo volteé la cara cuando no debí hacerlo y en dirección incorrecta; paso lo que no debía pasar, los dos estábamos asombrados. Definitivamente he conocido la gloria en vida: al momento de tener sus labios en los míos. Ella tenía los ojos completamente abiertos de lo inesperado de la situación, se veía confundida y, sus mejillas estaban rojas como las fresas maduras.
Se separó de mí abruptamente y salió corriendo para meterse en la cocina.
Quedamos confundidos, yo estoy confundido. Me siento culpable por ella, es algo que no esperaba. Me siento culpable por sentir está dicha de haber probado sus labios. Con una sonrisa me toqué la boca con los dedos; entre tanto pensé: "un beso de amor sabe a chocolate".
Continuará...
