Año 2
Distrito 1
Bianca Simonetti – 16 años.
En el pasado tuve todo para ser feliz.
No conocí a mi verdadera familia, pues fui abandonada al nacer. Cuando tenía cinco años fui adoptada por la familia Simonetti (reconocidos orfebres del Distrito) para hacer de compañera a su hija única: Silver, una pequeña tirana de apenas cuatro, que tenía la firme creencia de ser soberana del mundo, pero a pesar de ella, mi existencia allí no fue tan miserable, pues me vi recompensada con Armand, el hijo de la cocinera, un chiquillo risueño de ojos azules y cabello rubio ceniza, que me ayudaba a no pasarlo tan mal.
A mis trece años ya era muy hermosa, alta y esbelta, con una cabellera dorada que caía en rizos por mi espalda y clara, pero lo que más llamaba la atención era mis ojos color zafiro. A esa edad Armand, que ya tenía quince, dejó de ser compañero de travesuras y se convirtió en el amor de mi vida. Amé y fui amada como nunca antes... como nunca después.
Cuando empezó la guerra aprovechamos la confusión de los Simonetti para huir de casa juntos. Justo a tiempo, pues la familia pereció en lo que suponemos fue un saqueo, Armand perdió allí a sus padres y la única superviviente fue Silver, a quien encontramos entre los escombros, pero nos dejó al poco tiempo. A partir de entonces para nosotros no existieron batallas ni rebeliones, durante aquellas semanas y meses estábamos sumidos en un romance adolescente, que fue de lejos la época más hermosa de mi vida, que la guerra finalizara no supuso ningún cambio importante para nosotros, al principio. Él y yo estábamos juntos y era lo único que importaba. Para sobrevivir hacíamos mandados, a veces ayudábamos en la limpieza o en la cocina de los más acomodados del distrito, aquellos que habían resistido los dos años de guerra.
Armand era para mí lo más sagrado, lo más bello, Armand era mi paz y mi alegría, era mi todo... Junto a él nada me faltaba aunque las costillas se marcaban en nuestra piel, al igual que las clavículas, nada de eso importaba. Porque éramos felices...
Pero ése fue mi pasado. Y hoy por hoy no significa nada. Pues el fin de la guerra trajo miseria a los distritos y a mí. A los pocos meses nos informaron qué era el Tratado de la Traición, la máxima rendición de los distritos ante el todopoderoso Capitolio. Y en la tarde en que Cinthya Cox hizo el sorteo que enviaría a los primeros dos tributos al campo de batalla me arrebataron al único hombre que he amado, enviaron a mi Armand a los juegos. A mi amor. Me aferré a la esperanza de que volviera, pues era uno de los chicos mayores, aunque una vida entera de privaciones no lo hacía de los más fornidos. Pero habría regresado, de no ser por la trampa que le puso el chico del 9. Yo lo vi dirigirse a su muerte, sin poder advertirle, sin poder hacer nada... Gritando su nombre al vacío de la helada plaza que habían acondicionado para transmitir los juegos, y dónde sólo los que no teníamos hogar estábamos.
Como si no hubiese tenido suficiente... para mayor crueldad del destino, este año soy yo la que está aquí... en los Segundos Juegos Anuales del Hambre. Y aunque he logrado lo que me propuse desde que salí cosechada, no me siento feliz, ése es un estado al que jamás volveré.
El primer día, me escondí entre los árboles que bordeaban la Cornucopia, mientras los que no habían ido a esconderse se asesinaban por armas o por alimentos. Cuando los asesinos y sobrevivientes se dispersaron, bajé de allí a ver que encontraba entre los cuerpos y logré hacerme con un paquetito de nueces y un gran cuchillo, quitándoselos al cuerpo de una chiquilla, de nosequé distrito. A partir de ahí he dado caza a los tributos del distrito nueve.
He pasado dos días tras el rastro de la chica y creo que ya la ubiqué. He subsistido a base de las pocas nueces y litros de agua, pues estamos en un bosque con abundantes arroyos, pero no he podido llevarme nada sólido a la boca... Quizá es el hambre lo que me hace escuchar esporádicamente la voz de Armand diciendo que me ama y que me extraña, o esto me ha sobrepasado y ya estoy completamente loca, no lo sé...
Mientras trato de no sucumbir al hambre, la veo, inclinada sobre un arroyo, una lanza partida en dos está a sus pies, pero no resulta un peligro para mí, pues está descuidada mirando su reflejo en el agua, al poco rato se agacha para beber, este es el momento.
En tres grandes zancadas estoy detrás de ella, le agarro con furia del pelo, obligándola a levantarse y halándola contra mí, su cabeza se sacude intentando librarse de mi agarre, pero no tiene oportunidad, es más pequeña y no tiene mi determinación. Antes de escuchar su voz, sus súplicas o cualquier cosa, pensando sólo en mi amor, rebano su garganta de un lado al otro... La sangre fluye profusamente sobre mi mano que aún sujeta firmemente el cuchillo contra su piel...
Una vez que su cuerpo se rinde ante la muerte la suelto y huyo de ahí con los trozos de la lanza y las manos sucias, pero no pienso dejarme matar hasta que acabe con su compañero. Me mueve la venganza, si Armand no pudo volver a casa por el chico del 9, me aseguraré de que estos dos no vuelvan a las suyas...
En primer lugar, gracias por leer.
Como pueden ver, en el Capitolio apenas empiezan a darle forma los juegos y las cosas se plantean sobre la marcha.
La Arena de los primeros juegos fue una réplica del Coliseo Romano, sólo que sin el área destinada al público, y estaba cubierta por un domo que evitaba a los tributos escapar.
El D9 es el hogar del primer Vencedor, pero como les resultará obvio no fue gracias a Ada, sino por su compañero: Randy, de 18 años. Bastante motivado, por cierto, pues quedó huérfano por la guerra y tiene a su cargo a sus dos hermanos menores, Clint de cuatro años y Stacy de siete.
Ada, a pesar de querer morir, superó las bombas de los pedestales y el baño de sangre. Huyó de la cornucopia sin víveres o armas. Y se ocultó, muriendo en sus propios términos, por causas naturales (frío, sed e inanición) a los pocos días.
