Año 8
Distrito 9
Stacy Banks – 14 años.
Todos sabíamos que existía la posibilidad... la mínima posibilidad, a decir verdad, pues había tres papeletas con mi nombre escrito, pero qué es eso comparado con los cientos de otros nombres de chica que había en la caja.
Es totalmente injusto, es cruel...
Por qué tenía que pasar justo ahora que estamos recomponiendo lo que quedó de nuestra familia. Randy acaba de casarse con Nicole y se veían realmente felices. Clint ha dejado de tener pesadillas y se ha adaptado a la escuela. Y yo estoy feliz de ser parte de nuevo de algo parecido a una familia normal. Pero la suerte no le sonríe durante tanto tiempo a nadie en los distritos...
Las lágrimas arden en mis ojos pero no quiero dejarlas correr, la mandíbula me duele de lo tensa que estoy, tratando de aguantar. Convenciéndome de ser fuerte, porque no soy la única que lo está pasando mal, mis hermanos también están deshechos. Ni siquiera pude despedirme de Clint, no pude decirle cuanto lo amo, no pude decirle nada, prácticamente lo abandoné como antes hicieron mamá y papá, sin una palabra... En silencio...
Una rabia ciega se apodera de mí cada vez que recuerdo hacia dónde voy, porque sí, estoy acostada en una cómoda cama pero no es la mía, estoy en el lujoso tren que me lleva al Capitolio.
¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí? ¿Por qué a mí?
El tren avanza a gran velocidad y sin embargo no siento movimiento alguno, sólo la desolación de ser arrancada de mi familia ¿¡Dios, por qué te ensañas tanto en contra de una sola familia!? ¿No hemos pagado ya con creces lo que sea que hayamos hecho?
No es posible, debo estar soñando, debe ser una pesadilla... Despierta Stacy... Despierta...
Randy viene conmigo, claro. Es la octava vez que hace este viaje y siempre ha vuelto al Distrito solo. ¿Cómo puedo pensar que esta vez será diferente?
No sé cómo lo ha tomado, pues me he encerrado en mí misma desde que la mariposita esa del Capitolio escogió mi nombre en la cosecha. A pesar de mi abstracción pude notar que mi compañero, Gary Richardson, desde entonces me veía con odio, lo cual es absurdo. Apenas era la primera vez que nos veíamos.
Crystal irrumpe en silencio en mi habitación y se acerca a mí con los ojos enrojecidos. ¿Qué es lo que le pasa, ahora? No quiero siquiera tener que mirarla, no quiero hablarle, quiero estar sola...
– Vamos, Stacy. – Su voz es ronca y parece a punto de largarse a llorar. Ella, precisamente ella, que hace años se llevó a Randy... ¿Cómo se atreve siquiera a dirigirme la palabra?
– No quiero nada. Vete de aquí... – La corro de manera hosca, tratando de ignorar que su mano se acerca a mi rostro para darme una leve caricia. El mundo al revés, es lo que pienso...
– Vamos, es hora de la cena. Esperamos por ti.
– No quiero comer. – Replico sentándome y apartando su garra antes de que me toque...
Randy, alto y corpulento (al contrario de mí que soy delgada y bajita), también entra en el cuarto, ninguno entiende que todo lo que quiero es un poco de privacidad. A él le toma un minuto convencer a Crystal de dejarnos solos.
– Stacy, pequeña, yo...
Desde que tengo uso de razón jamás he visto a Randy llorando, siempre ha sido un hombre fuerte, implacable, decidido. Y son sus silenciosas lágrimas las que me rompen por dentro, y me refugio entre sus brazos, llorando con fuerza, liberando todo el terror que ocupa cada rincón de mi ser. Él me abraza, me reconforta, me alivia... Cuando los sollozos de ambos reducen su intensidad, me separa un poco y mirándome a los ojos me dice:
– Lo lograrás, Stacy. Lo lograremos. ¡Te prometo, por lo más sagrado, que te traeré de vuelta, pequeña!
Es entonces, que la puerta que permanecía entreabierta se abre de golpe y Gary aparece en el umbral hecho una furia, su voz fría pero llena de rabia contenida, logra aterrorizarme cuando dice:
– Entonces, obviamente apoyarás sólo a tu hermana. Y yo no voy a contar contigo para volver a casa... Me ha quedado claro, pero escúchenme bien los dos, en la arena, es por ti por la primera que iré, Banks. Escríbelo...
Hola ¿Qué tal?.
Como saben los malvados del Capitolio disfrutan cuando un familiar de un vencedor debe ir a la arena, así que aquí está la pequeña Stacy, de quién les hablé en el capítulo 3.
En los séptimos juegos Baxter por fin logró regresar con vida a uno de sus tributos: Leonard Mc Kerson, de 17 años, del Distrito 2. Como siempre, gracias por leer y comentar. Nos vemos en el próximo juego.
