Año 16

Distrito 10

Coleen Danson - 17 años.


Hace tres años mi padre fue ejecutado por los agentes de la paz, pues fue acusado anónimamente de conspirar contra el Capitolio. Y eso bastó para que lo colgaran en la plaza pública, frente al Palacio de Justicia, para aleccionar a quien se pudiera atrever a cuestionar el inmenso poder del Capitolio. No hubo ningún tipo de investigación y yo nada pude hacer para evitarlo, era apenas una niña y nadie escuchó mis súplicas...

Mi madrastra, Loren, al verse libre de papá, decidió olvidarse de mi existencia y me echó de la casa, apenas con lo que llevaba puesto abandonándome a mi suerte. A las pocas semanas se casó con el entonces jefe de los agentes de la paz del Distrito 10. Un hombre que fácilmente le triplicaba la edad y que al cabo de unos meses se retiró de su empleo, un viejo morboso, hediondo a alcohol, al cual ahora mi hermano llama papá. Es lo único que le agradezco a Loren: haberme evitado estar en esa casa y la humillación de decirle papá a ese cerdo abusivo. Por otra parte sólo puedo odiarla, pues estoy convencida que la estúpida acusación contra mi padre fue cosa suya. Trató de mejorar sus condiciones sacrificándonos a mi padre y a mí, incluso a su propio hijo. Por eso para mí es la más ruin de las mujeres. Y tengo propiedad para decirlo, pues no soy una blanca paloma.

Desde que me dio la espalda he estado sola. Aislada por decisión propia del mundo entero. El único contacto con la que fue mi familia se reduce a las pocas veces que espío a mi hermanito cuando sale de la escuela, pero resulta obvio que Jean Claude, quien apenas tiene seis años, nos ha olvidado a papá y a mí. Sólo una vez traté de hablar con él y huyó de mí aterrorizado, como si yo pudiera hacerle algún daño. Desde entonces sólo lo veo de lejos, deseando que corra mejor suerte que yo. Que él, de alguna manera, sea feliz.

Por hambre he hecho cosas que nunca me enorgullecerán. He rebuscado en la basura de otras personas, sobre todo en las grandes haciendas; he robado, engañado y estafado a quienes se han dejado; he vendido mi cuerpo a los agentes de la paz, quizás a los mismos que ajusticiaron a mi papá, tragándome mi orgullo porque la alternativa era morir de hambre… En definitiva, he vivido los últimos tres años al margen de la ley, sobreviviendo a cambio de jirones de mi alma.

Pero nada me prepararía para lo que debí hacer por primera vez hace unas horas. Nada me prepararía para arrebatarle la vida a un muchacho quizás de mi edad, quizás más joven, pero estas son las cartas que me tocaron y tengo que obligarme a continuar.

Cuando fui cosechada traté de verle lo bueno a esta situación, traté de imaginarme qué haría si volviera a casa como una Vencedora: la primera palabra que se formó en mi consciencia fue venganza. Nunca más tener que ser el eslabón débil de la cadena y pasarle factura a Loren y a su marido por la muerte de mi papá. Luego, llevar a mi hermanito a una vida digna junto a mí.

Pero tras asesinar al muchacho que me atacó por la espalda, tratando de arrancarme la pequeña mochila que pude sacar de la cornucopia, empiezo a dudar de mi capacidad para ganar… Fue horrible ver su rostro desdibujarse en medio de la sangre que fluía de todas partes después que estrellé más de tres veces un pedrusco afilado contra su frente. Fue tan horrible ver lo fácil que en realidad era acabar con una vida y a la vez lo duro que resultaba asimilarlo, que por poco pierdo la mochila al correr como una desquiciada buscando alejarme de él, pasados unos segundos escuché el cañón que anunciaba su muerte. Y algo se rompió dentro de mí.

Tras alejarme más del lugar llegué hasta una colina, en cuyo lado hay excavada una cavidad pequeña, que queda oculta de ojos curiosos por un montón de hiedras. Allí me acurruco, abrazándome a mí misma con fuerza, ocultando mi rostro de las cámaras que debe haber por todo el lugar. Y lloro. Lloro porque aunque trato de convencerme que ese niño muerto me acerca más a la vida que deseo para mí y para Jean Claude, sé en el fondo de mi alma que él también tenía expectativas, que él también quería ganar, por mil y un razones, tan o más válidas que las mías. Y sólo después de reconocerme eso a mí misma, fui capaz de dejar ir al chico que maté. Sin apenas moverme limpio las gotas de mis mejillas con el dorso de la mano izquierda. En la derecha, pegajosa aún de sangre, sostengo con fuerza la piedra, mi única arma, cubierta de sangre seca con su característico olor a metal oxidado.

Trato de acomodarme mejor en el pequeño espacio, para poder revisar la mochila, antes de buscar un escondite más acorde a mis dimensiones, dentro de ella encuentro dos sogas largas, un pequeño frasco cuyo contenido no logro adivinar, un paquete de galletas y un trozo de tela, como de lona. Y trato de convencerme que algo es algo, peor es nada. Pero no es un botín por el cual en otras circunstancias habría matado a alguien. Es más en otras circunstancias no creo haber podido matar a nadie, ni siquiera a Loren. Pero hacemos lo que tenemos que hacer para sobrevivir, por más que sea incorrecto o reprobable y eso es algo que yo ya he asimilado a lo largo de los años, esta será la última vez que venda un pedazo de mi humanidad, porque cuando salga de esta arena, nunca más tendré necesidad de atentar contra todo lo bueno que un día me enseñó papá.


¡Hola de nuevo!

¡Gracias a todos por leer!

Quería decirles que a partir de ahora iré actualizando con menor frecuencia, ya que he vuelto al trabajo y mi bebé a la escuela y la rutina es complicada.

Los juegos pasados fueron ganados por alguien muy especial Sharlenne Spencer, una chica sortaria del D12. Kevin tenía serios problemas para ubicarse y en su huida se topó con los profesionales de nuevo y murió a manos de los chicos del cuatro, pero los escarabajos come-carne venían tras él y acabaron con los seis profesionales, dejando como vencedora a la única tributo restante: Sharlenne.

Gracias por leer y por sus comentarios y favoritos que me llenan de emoción.

Y nos vemos en el próximo juego.