Año 26
Distrito 8
Naia "Nicole" Hunter – 16 años.
Llorar nunca fue una opción para mí. Ni siquiera al quedarme sola hace casi un año de manera tan abrupta, tan inimaginable, cuando murió mi padre y, luego de dos escasas semanas, mamá se fue con él. Precisamente por ello, me tocó afrontar la vida prácticamente sola, con el lastre de una tía sumida en las tinieblas de la esquizofrenia. Bueno, era asumir eso o irme a vivir a la pocilga a la que llaman orfanato en el distrito. La elección no fue tan fácil, pero supe vivir con las consecuencias que venían con ella. Me adapté, me acostumbré a que mi tía creyera que soy Nicole, su niña, dejé la escuela y me puse a trabajar en la fábrica para mantenernos a ambas. Hasta el día, tres meses después de la partida de mi madre, cuando nos anunciaron que habían determinado las causas de la epidemia que nos asolaba: Los nuevos químicos y tinturas reaccionaban de manera inadecuada en nuestra vieja maquinaria y los vapores que emitían resultaban tóxicos. A esas alturas ya más de tres mil trabajadores habían enfermado, en mayor o menor grado, más de quinientos de ellos de manera mortal.
¿Y a quién le importaba? A nadie con el suficiente poder para tomar acciones realmente significativas. Simplemente nos concedieron un cambio de condena, la muerte seguía estando segura pues igual debíamos trabajar expuestos a los fulanos tintes para obtener la colorida variedad de telas que ansían en el Capitolio, pero además se incrementó la hambruna entre los trabajadores, pues la ingeniosa solución de los directivos fue reducir las jornadas (y con ellas los salarios), en definitiva: quienes iban a la fábrica continuaban enfermando y ni siquiera ganaban lo suficiente para subsistir.
Al saberlo dejé el trabajo allí y terminé por dedicarme al oficio más viejo del mundo. No era agradable, la mayoría de las veces era denigrante, sobre todo cuando era el cliente el que quería establecer el precio o aquellas mil veces en las que debí conformarme con recibir por pago apenas restos de comida. Mis clientes por lo general eran los mandamases de la servidumbre en las casas de los más acaudalados habitantes del Distrito 8 y poco les importaba intercambiar su comida del día por disfrutar de mí. Fue "trabajando" en una de aquellas grandes casas donde conocí a Misael. Un chico listo y bondadoso, hijo del más prestigioso sastre del Distrito. En aquella ocasión él me rescató de Steve, que borracho estaba a punto de matarme a golpes.
Desde que lo conocí las cosas cambiaron para mejor. Sigo dedicada a lo mismo, le dejo hacer con mi cuerpo lo que se le antoje y él a cambio me paga lo que yo le pida, la única diferencia es que ahora sólo lo hago con él. No más viejos hediondos a alcohol ni brutos que se excitan al hacerme daño. No. Ahora estoy bien, Misael me trata bien y me complace mucho más que yo a él. Siempre llega con una flor o un chocolate, se comporta más como un novio amoroso que como un cliente que paga por lo que se le sirve. Incluso me ha prometido que hará revisar a mi tía, que hay médicos que pueden traerla del mundo de los sueños donde vive y que pueden explicarle que no soy Nicole, que su niña murió hace muchos años.
A pesar de la resignación con la que afronté todos aquellos cambios en mi vida, a pesar de que de alguna u otra manera estaba tomando mis propias decisiones y aprendiendo a vivir con ellas, a pesar de que, si bien no era feliz, al menos estaba saliendo adelante, no podía adivinar que las cosas cambiarían nuevamente.
Para la cosecha Misael me regaló un vestido lindo, de verdad, entallado en la cintura y vaporoso en la parte inferior, con un estampado de flores minúsculas precioso, que se sujetaba en la espalda por unas cintas cruzadas, dejando al descubierto una generosa porción de mi piel. Al írmelo poniendo no podía dejar de imaginar sus manos deshaciendo las lazadas, apretándome contra su cuerpo, recorriendo con sus besos cada recoveco. Recogí mi cabello, me pellizqué las mejillas para parecer menos pálida, puse algo de color en mis labios y me calcé en unas zapatillas blancas planas, buscando resaltar mis atributos, para recompensar a Misael después de la cosecha, habíamos acordado encontrarnos en la casita que nos servía de nido de amor, apenas ésta culminara. Me despedí de mi tía con un beso y me encaminé con pasos firmes y mirada altiva hasta la plaza principal.
Por poco llego tarde, apenas faltaban pocos minutos para que empezara todo, los chicos y chicas en edad de cosecha se apretujaban en la diminuta plaza, pues aunque la población del distrito ha aumentado considerablemente en los últimos años, no se ha hecho nada por acondicionar el espacio, así que entre empujones y pisotones me abro paso hasta la sección que me corresponde. Al llegar intento vislumbrar a Misael (él está fuera de la cosecha desde hace cinco años ya, pero uno de sus hermanos tiene mi edad, así que debe estar por ahí) pero es imposible, me doy por vencida y pongo atención a la pantomima que ejecutan la alcaldesa y el escolta venido del Capitolio, narrando las bien-sabidas tonterías de siempre: Días oscuros, la rebelión, la guerra… blah, blah, blah… dejo de prestar atención y empiezo a pensar en el próximo encuentro con Misael, de hecho empiezo a anhelarlo, sin embargo vuelvo a concentrarme en el evento cuando reconozco el nombre que pronuncia el escolta: nada más y nada menos que el mío.
Me indigno en un principio, casi todas las chicas que me rodean saben quién soy, algunas hasta saben a qué me dedico, y todas me miran fijamente, pero nadie mueve un músculo. Nadie excepto yo. El hombre del Capitolio repite mi nombre con impaciencia y yo me doy media vuelta y trato de escapar, tropiezo mil veces, y no logro ganar mucha distancia, además los agentes ya se han puesto en movimiento. Algunas chicas se quitan, otras gritan, es un caos total, cuando llego al final de la cadena que delimita las áreas tres agentes me están esperando del otro lado, con las porras en las manos, me freno en seco y me dejo caer, asustada y furiosa a partes iguales, dos de ellos me arrastran hasta la plataforma donde el escolta esperaba mi llegada, él le quita importancia a mi reacción y se encamina a elegir al chico que me acompañará.
Me obligo a calmarme, sabiendo que ahora estoy siendo observada por todo Panem, empiezo a buscar con la mirada a Misael, cuando lo encuentro veo en su mirada una desolación que sólo puede ser reflejo de la mía. La ceremonia sigue su curso y el escolta escoge por tributo a un chico alto y fornido. Nos damos la mano por cumplir el protocolo y nos llevan sin tardanza al Edificio de Justicia.
Es hora de las despedidas y no sé si alguien fue a avisarle a mi tía, es la única pariente que me queda y aunque siempre me confunda me agradaría abrazarla una última vez. Pasan unos treinta minutos e impaciente porque nadie llega a verme, abro sigilosamente la puerta del elegante salón para echar un vistazo, quizás me han castigado por el numerito que hice en la cosecha, no hay nada inusual, salvo una fila de gente esperando por visitar a mi compañero. Me encierro de nuevo sintiendo la furia apoderarse de mí y maldigo una y otra vez mi suerte apretando los puños, con ganas de destruirlo todo a mi alrededor, estoy a punto de empezar con un jarrón con apariencia de ser muy costoso cuando la puerta se abre y Misael entra.
― Naia, mi amor… ― Oír su voz rota me trae a la realidad, me revela que quizá sea la última vez que lo vea, me recuerda que estoy a punto de partir hacia un juego mortal. Apaga en mí cualquier resquicio de rebeldía y en cambio enciende el miedo.
Corro hasta salvar los pocos metros que nos separan y enredo mis brazos a su alrededor, él me aprisiona, levanta mi cara con uno de sus dedos y me besa, es delicado y tierno, como de costumbre, pero no es eso lo que yo necesito y deseo en este momento. En este ámbito nunca se ha tratado de lo que yo quiera o necesite, pero esta vez no me importa, correspondo su beso pero le añado más ímpetu, más deseo, convirtiéndolo en un beso desesperado, reclamando lo que hasta entonces había sentido tan seguro. Instantes después me separo un poco para verlo, para memorizar cada detalle, pero su rostro, a menudo sonriente, está deformado por el dolor, y yo soy un manojo de nervios que tiembla de sólo pensar en lo que me espera.
― Naia, mi amor…
― No quiero, no quiero ir… ― Lloriqueo. ― Tienes que salvarme.
― Si pudiera acompañarte, Naia… Yo te cuidaría, no dejaría que te hicieran daño. Mi amor… mi amor…
Las palabras no calman mi miedo, no son lo que necesito. Lo silencio nuevamente con un beso y empiezo a desvestirlo, mientras le beso aquí y allá, temerosa de que se acabe nuestro tiempo, de no poder demostrarle de alguna manera que pasara lo que pasara su recuerdo siempre estará conmigo. Hasta esa mañana yo estaba absolutamente segura de que él se había enamorado de mí, pero sólo mientras le pertenecía una última vez fue que me di cuenta de que quizás yo también le amaba.
¡He vuelto! Voy tan lento pero es que últimamente las musas me han abandonado y el tiempo me juega en contra. Esperaba poder escribir a un ritmo más constante, pero las cosas están por ahora un poco fuera de mi control.
Alpha, lamentablemente Adrian no pudo satisfacer su deseo de venganza, se vio inmerso en una traición y fue asesinado por el tributo del seis, finalmente Gabrielle Delaney (D1 16 años) fue coronada la vencedora del primer vasallaje.
En mi perfil pueden encontrar el link a un blog en donde podrán encontrarle rostros a mis personajes.
Gracias por leer, nos vemos en el próximo...
