Año 29
Distrito 6
Kira Pryor – 16 años.
Con la llegada de la noche espero poder sumirme en algo parecido a la calma y drenar todo lo que estoy sintiendo porque el dolor y la impotencia están a punto de hacerme cometer una locura, a pesar de que todavía hay muchos tributos vivos por ahí, incluyendo a los profesionales, como para atreverme a terminar mi alianza con Gillian.
La verdad no fue mi idea, soy un tanto asocial y prefiero la soledad, pero Dastan me convenció de lo oportuno que sería tenerla ya que la chica es un as con las plantas pero, para mi desgracia, es una optimista muy parlanchina y, ahora que él no está para seguirle la corriente, yo no puedo seguir aguantándola.
El hecho de no poder darle rienda suelta a mis sentimientos está a punto de sofocarme, hemos avanzado decenas de metros desde que Dastan fue atrapado, y no puedo evitar seguir preguntándome a cada paso por qué él, por qué no esta mocosa insufrible... No soporto ver su rostro y saber sigue aquí y que en cambio él ya no está. Ni siquiera puedo guardar esperanzas de que siga con vida, pues el cañón sonó apenas unos minutos después de que aquel enorme reptil se lo llevara.
—¿Qué?— Cuestiono al notar que me ha dicho algo que no he escuchado y que me mira con cara de tonta aguardando una respuesta.
—Te decía que he visto animales parecidos en el distrito, pero nunca de ese tamaño o grosor... se alimentan de presas chicas, no son venenosas y nunca, nunca atacan a los hombres.
—¿Y qué te extraña? En los juegos rara vez encuentras cosas normales, los vigilantes meten bichos raros para hacernos sufrir más, para divertirse a costa de nuestras muertes.— Respondo de mal humor, me ha sentado terriblemente perder a Dastan, tal vez si hubiese sido de noche o en un ataque a traición, en cambio, aquél animal monstruoso nos dio caza a plena luz del día y se lo llevó sin que pudiésemos hacer nada al respecto.
Gillian no parece ser consciente de mi molestia, incluso pareciera que no le afectó para nada que perdiésemos a Dastan porque continúa con su palabrería inútil:
—De niña mi abuela solía contarnos sobre enormes monstruos que habitaban en los ríos del Distrito Siete: anacondas, las llamaban, unas serpientes gigantescas, capaces de tragárselo a uno entero.
—¡Ya calla, estúpida!— Le siseo con mucha rabia, las sienes latiéndome por toda la tensión acumulada, evidentemente me encuentro agotada por la situación. ¿Acaso no se da cuenta de que fue justo lo que pasó, que esa maldita cosa se tragó a Dastan y que si sigue parloteando la echaré al mismo maldito foso por donde se fue?
—Vale, vale. Lo siento —Dice levantando ambos brazos en un intento de refrenarme, supongo que la he asustado—. Es muy difícil para mí ir callada por ahí.
—Pues empieza a practicar. A menos que prefieras irte por tu cuenta.
Gillian se me queda viendo con los ojos muy abiertos y enseguida me siento culpable, quizá se me ha ido la mano. Pero pronto caigo en mi error cuando sigo la verdadera dirección de su mirada, detrás de mí se acercan los dos varones de la alianza profesional.
Ninguna de las dos movemos un músculo siquiera, no nos han visto, pero poco les falta. Gillian se estremece tras de mí y sólo atino a indicarle con un gesto raro e impreciso que se eche al piso. Ellos están sudando, cansados, se nota que sólo se han detenido para tomar un respiro.
La selva, cubierta de hojas caídas, que nos hubiesen condenado de no estar húmedas por las recientes lluvias, se encarga de ocultar nuestra presencia. A gatas retrocedo hasta situarme al lado de Gill y le tomo la mano. «Es una niña», me digo, «y está asustada». Con el mayor sigilo empezamos a retirarnos.
Repentinamente siento a mi aliada detenerse y soltar el aliento ruidosamente, lo cual me enoja de verdad, me giro dispuesta a darle un buen jalón de orejas, pero veo la sangre saliendo a borbotones de su boca.
No entiendo en primer momento lo ocurrido y el miedo se desata en mi interior, mientras la veo agonizar justo a mi lado, de pronto unas risitas llaman mi atención, detrás de nosotras se encuentran las otras dos profesionales. La más alta tiene una nueva flecha cargada en su arco, la otra que lucía tierna e inocente durante los entrenamientos, me lanza un beso antes de que todo termine para mí.
¡Hola!
La noche previa a los juegos, la ginecóloga que atendió a Ela les aseguró que reservó el embrión de su bebé y les prometió que, si alguno se coronaba vencedor, encontraría la manera de gestar al niño y entregarlo a su progenitor sobreviviente. Lamentablemente Billy es herido de gravedad durante el baño intentando conseguir armas y Ela, procurando ayudarlo a escapar, resulta herida de mayor gravedad y ambos fallecen el primer día.
El vencedor de la Edición N° 28 Darriel Thong, 16 años, del D5 .
SS.
