Año 30

Distrito 1

Diane Knox – 17 años.


¿Acaso merezco estar aquí? Sé que fue mi elección, sin embargo tenía unas expectativas radicalmente distintas. A pesar de ello sonrío al ver mi aspecto en el espejo de cuerpo entero que visualizo apenas al entrar en esta amplia habitación, más que nada por quedar bien ante la audiencia y proyectarles más entusiasmo del que realmente estoy sintiendo. Aunque para tener doce días aquí dentro, sin la mayor parte de las comodidades a las que he estado acostumbrada mi vida entera, no luzco tan mal, tomando en cuenta lo inmundo que es este sitio...

Estos malditos Juegos han sido una entera decepción, ni siquiera la advertencia que nos hizo la Vigilante Jefe de los Juegos, nada más pisar la sala de entrenamiento, me prepararía para esto. La misma cornucopia, ubicada en medio del frondoso jardín central, no tiene nada que ver con las de años anteriores, sin armas y con pocos alimentos, no es más que una maldita burla, que nos juega en contra especialmente a los profesionales.

La "arena" consiste en cuatro largos edificios de cuatro pisos, con algunos pasillos que los comunican entre ellos, estamos encerrados en esta especie de complejo médico. Afuera no para de llover y la semi-penumbra hace que en todo momento nos imaginemos cientos de cosas. Con la llegada de la noche oímos los alaridos que quedaron atrapados entre los muros acolchonados que, aunados a la oscuridad y a los relámpagos que hay en el exterior, hacen emerger nuestros miedos más profundos.

Tras recorrer y observar lo que hemos podido, determinamos que esto debió haber sido un manicomio, la planta baja parecía propia de un hotel venido a menos, a juzgar por las amplias estancias, los maceteros a los lados de las ventanas, las paredes recubiertas con paneles de una madera exquisitamente tallada, el piso ajedrezado, el enorme escritorio que supongo fue la recepción y las escaleras de caracol que llevan a los siguientes pisos, adonde no subimos hasta terminar de inspeccionar la planta baja, donde también encontramos las cocinas y los baños, que ahora son el recinto predilecto para cucarachas y otras alimañas asquerosas.

En el siguiente piso había distintos salones equipados con mullidos sillones, sillas y mesas de trabajo, mecedoras cerca de las altas ventanas y radios antiguas… Ya en el tercero encontramos largos pabellones con dos hileras de camillas inmundas, juro por Dios que prefiero dormir en el suelo pues todo en este lugar apesta a excremento y orina, eso es algo a lo que de ninguna manera podré acostumbrarme. También hallamos diminutas celdas oscuras, algunas acolchadas, las cuales me infundieron más pavor que todo lo anterior.

Ahora estamos en el cuarto piso, Collin y Tracy se encargan de husmear por el lugar, buscando algo que nos sea útil, sin reparar demasiado en mí. Seguramente estas habitaciones estaban destinadas al personal médico, en vista de la pulcritud, el olor a desinfectante y la ausencia de correas y grilletes en las paredes adyacentes a las camas; las cuales, además, están bien hechas y limpias.

Con algo de manía me dirijo a un pequeño lavabo, el fluorescente del espejo parpadea, pero es la única fuente de luz en el lugar, que por lo demás permanece en tinieblas. Abro el grifo, más por entretenerme que por tener alguna esperanza de conseguir agua, pero para mi asombro un chorro fuerte y cristalino empieza a fluir. Me humedezco la cara, deshago mis trenzas y me mojo también el cabello, se siente tan bien.

Sigo en lo mío, ignorando a mis compañeros hasta que escucho el bip-bip de un paracaídas que, al no estar en el exterior, proviene de los ductos de ventilación. Me apresuro a tomarlo y revisar el contenido. Lo primero es una extraña pieza metálica, con esta ya van cinco y aun no tenemos idea de qué utilidad puedan tener, nada más mostrársela a Collin este lanza una maldición. Está bien cabreado y su enojo empeora al darse cuenta de que nuevamente nos han enviado una mísera barra proteica y una botella de agua para cada uno.

―¿Cómo diablos piensan que vamos a sobrevivir así? ―Grita Collin furioso.

Yo guardo silencio, pensando en que debe ser realmente idiota si no ha caído en cuenta de donde estamos, además debo reservar mis energías para pelear con enemigos a los que sí pueda derrotar.

―Venga, Collin, pronto lo descifraremos.

―¿Ese es tu plan? ―Grita aún más fuerte, irguiéndose frente a Tracy de forma intimidante.

Ella le equipara en altura, no obstante Collin es mucho más fornido y su mal genio lo vuelve peligroso en extremo, siento que esta es mi señal de salida y quizá debería escapar en mi próxima guardia.

Pero no llega a ponerse violento, al menos no con ella, puesto que el ruido metálico de alguna bandeja cayendo al otro lado de la habitación nos pone en alerta a los tres. Corremos en dirección al ruido, Collin con sus lanzas improvisadas, un par de barrotes que arrancó de una camilla y afiló con el concreto de las paredes de las celdas de castigo; Tracy con unos cuantos cables entretejidos a modo de látigo y yo, poniéndome en guardia con expresión fiera, pese a ir apenas con el único cuchillo que hallé en la cornucopia.

La chica que se ha atrevido a salir de uno de los armarios es diminuta, de unos catorce años y no logro ubicar de qué distrito, sus grandes ojos sólo reflejan miedo, al ver como Collin se aproxima hacia ella sonriendo.

―Vaya, vaya… hace cuanto que no veíamos a otro tributo…

―Tres, no, no… cuatro días… ―repone Tracy, siguiéndole el juego.

―Han de estar muy aburridos en el Capitolio, pero enseguida les daremos su cuota de acción…

―Por favor, no me hagan daño― suplica en un susurro, acorralada entre nosotros y el armario de suministros tras ella.

―No has entendido como es este juego, pequeña…

―P-pero puedo serles útil ―titubea―, sé para qué sirven las piezas…

Me sorprende lo que ha dicho, hasta ahora no tengo, no tenemos, idea de qué son las fulanas piezas. Quién sabe, quizás en estos Juegos me resulte más útil una niña de la periferia que un par de grandotes del Dos. Busco con la mirada a Tracy, pero luce tan sedienta de sangre como su compañero, hasta parecen hermanos al sonreír de manera tan similar, enseguida me doy cuenta que esta es otra oportunidad que dejarán pasar y me apena un tanto la suerte de la niña.

Pero la impresión me dura muy poco, pues repentinamente la "pobre" chica salta hacia adelante y sale despedida al techo, donde otros dos la sujetan de los brazos, al tiempo nos vemos bañados de un líquido transparente, viscoso y de fuerte olor; le sigue una breve explosión en el interior del armario que hace que se abran las portezuelas del mismo y que una flama azulada se extienda hasta nosotros.

Retrocedo dos pasos, pero algo se enreda entre mis pies provocando mi caída. Apenas comprendo lo que ha pasado, pero los gritos de mis aliados me hacen saber que no me aguarda nada bueno... Antes de que las llamas me alcancen levanto la vista y los tres malnacidos están huyendo, desplazándose con habilidad por las tuberías en el techo, alejándose del incendio que acaban de ocasionar.


He vuelto, después de tanto tiempo...

Me ha gustado mucho escribir este capítulo, de cierta manera es una redención hacia Kira y Gillian, que no sobrevivieron a su encuentro con los profesionales, así que aquí está el otro lado de la tortilla.

El vencedor de la Edición N° 29 Raphael McCarthy del D2.

Mil gracias por pasarse, leer y comentar.

SS.