Año 31
Distrito 4
Violet Hawkes – 16 años.
Sólo una antorcha reluce al fondo de la gruta, la única luz además de la luna menguante y, aunque me da miedo, entrar resulta ser la única opción que tenemos. Tallis ha estado más callada que de costumbre desde que avistamos el lugar al que nos dirigimos: un valle, una depresión profunda de la cual será muy difícil escapar. De hecho, al llegar al hueco de la entrada se detiene súbitamente, parece acobardada.
―Tenía que ser una mina ―también yo me detengo y la miro, preocupada por el repentino estremecimiento que la sacude, ella no hace ningún ademán por entrar, en cambio murmura―, en el Doce la mayoría se gana el sustento en las entrañas de la tierra, pero mi familia tiene una mejor posición… de no haber venido a parar aquí jamás habría contemplado la posibilidad de entrar a una mina.
―¿Una mina?― Me cuestiono, algo nerviosa por lo desconocido, supongo que tener de aliada a una chica del Doce pudo ser una ventaja, de no ser por su inoportuna confesión. Sólo pienso en que su compañero ya ha de venir de camino y no tengo idea de qué esperar de él.
Pese a todo, estamos aquí por su insistencia, yo no quería ser parte del banquete, habría preferido resguardarme a la espera de que aquí muriera gran parte de los que quedan, pero ella me convenció, así que su duda a estas alturas me molesta y mucho. No sé qué decirle, simplemente avanzo por delante de ella, esperando que siga mi ejemplo. Unos cincuenta metros nos separan de la siguiente antorcha y encontramos una tercera más adelante, poco a poco mis ojos parecen acostumbrarse a la penumbra.
Noto un cambio sustancial en el ambiente, resulta húmedo y frío, sepulcral; a la vez el terreno continúa descendiendo en una suave pendiente y el pasadizo resulta cada vez más estrecho. El conjunto me hace pensar en una granja de hormigas, y probablemente sólo eso somos, pequeños insectos siguiendo la luz que los guía a la muerte. Un resplandor mayor nos aguarda a la salida del túnel, le hago una seña a Tallis para que se ponga en guardia a la espera del inevitable enfrentamiento.
Gruesos barrotes obstaculizan la salida, detrás de ellos observo una gran estancia, tanto las paredes como el suelo son de piedra gris pulida. En el medio hay una larga mesa, vestida con un mantel color borgoña con detalles dorados, tres candelabros altos la iluminan, permitiéndome divisar cuatro fuentes debidamente cubiertas. En lo alto cuelga una araña de cristal muy ornamentada que difumina los haces de luz, esparciendo brillos tornasolados por doquier; también hay antorchas que relucen a cada lado de las otras tres salidas que logro vislumbrar alrededor. En una ya aguarda la otra alianza: la chica del siete y el compañero de Tallis. Las otras dos aún están vacías, un silencio ominoso persiste, supongo que a la espera de que todos ocupemos nuestros lugares. Esto se parece tanto al baño de sangre, no obstante ahora somos apenas la cuarta parte de los participantes que entonces.
Tallis está impaciente a mi lado, ambas aferradas a nuestros cuchillos, tratando de mantenernos controladas. Cuando se levantan las barreras todos nos lanzamos al interior. Ella, que es mucho más alta, corre en pos de la mesa, apostando a ganar por velocidad, yo le cubro la espalda, tal como planeamos. Pero tras una sacudida ambas caemos al suelo.
Todo empieza a girar, y es cuando reparo en el patrón de franjas grises claras y grises oscuras que forman círculos concéntricos. Giran unas en un sentido, las otras en el contrario. Me mantengo abajo, cubriendo mi cabeza con los antebrazos, cuidando de no soltar mis armas. Lucho por aferrarme a cualquier cosa y cierro los ojos fuertemente al sentir el vómito ascender a mi garganta. Fue un error comer antes de venir, pero parecía la última oportunidad para hacerlo.
Cuando al fin la tierra se detiene me levanto como un ciervo recién nacido, enseguida noto que Tallis no está cerca, en cambio, frente a mí está el del Dos. Mis cuchillos dan risa delante de su imponente alabarda, tengo todas las de perder: él es alto y su arma le da un alcance muy superior al mío. Pero noto que también ha quedado visiblemente mareado tras la bienvenida que nos han dado los vigilantes y su estado en general se ve más deteriorado que el mío.
En un intento de superar mi mareo, retrocedo unos pasos, buscando alejarme de él, con los brazos y piernas separados, y balanceo ligeramente el peso de mi cuerpo sobre cada pie, me agacho, me desplazo, sin orden ni concierto, tratando de confundirlo. Apenas recobro el dominio sobre mí misma me abalanzo hacia él, sorprendiéndolo. Doy un giro rápido y logro hacerle un par de cortes: en la pantorrilla y en el brazo, por encima del codo. Con una voltereta hacia atrás, algo presuntuosa, me separo de él, que lanza una estocada a la desesperada.
―¡Maldita!―Grita.
Al mirarlo a los ojos, en un gesto que pretende ser desafiante, noto que no es el profesional que me deslumbró en los entrenamientos. Su amplia y confiada sonrisa brilla por su ausencia y su mirada parece medio enloquecida, la arena, sus diversos venenos y lo que ha tenido que hacer para llegar aquí lo han afectado. Además, continúa trastabillando, lo cual me permite dar una mirada alrededor.
Nadie ha logrado acercarse a la mesa, a mi derecha Tallis se enfrenta a su compañero y al otro lado Siete y Ocho están enzarzadas en una lucha bastante pareja. Me he llevado el contrincante más fuerte, pero lo derribaré.
Me dejo de estupideces y embisto contra él, golpeando su centro con mi hombro, con toda la fuerza del impulso que logro tomar. Siento un éxtasis celestial cuando lo siento caer bajo mi cuerpo, sobre todo porque soltó el arma. Me encaramo en su pecho, levanto los cuchillos y los dejo caer en ambos deltoides, su alarido no me sorprende, sino la facilidad con la que se gira, posicionándome por debajo de su cuerpo, me saca unos buenos quince kilos, así que poco puedo hacer por zafarme.
Su sangre empieza a empegostarlo todo, mientras forcejeo por salir de debajo de aquella mole. Pero es imposible, lo he subestimado, he perdido...
Lo sé cuándo siento el primer ataque de sus dientes en mi quijada, y aunque evidentemente ha sido un error de cálculo, no me suelta, sino que arranca un trozo y lo escupe a mi rostro. Estoy tan atónita que no puedo ni gritar, no me espero el repentino cabezazo que me da, haciéndome perder un poco el sentido y exponer involuntariamente mi garganta, la cual ataca a dentelladas salvajes...
¡Nuevo capítulo! ¡YAY! En menos de una semana... quiero, de verdad quiero continuar con este ritmo, así al final del año estaré por el segundo vasallaje... Ya veremos...
El ganador de la edición número 30: Anthony Miller D4 16 años.
¡Gracias!
SS.
