Lila buscó en la repisa de su habitación, donde había un pomo de vidrio. Eran sus ahorros de todo el último año reunidos de cuidar bebés, vender latas en la recicladora y pasear perros. No era mucho pero sí suficiente. A dos calles de donde Arnold vivía había una gran ferretería. Compró lijas, yeso, brochas y rodillos. Compró también lo más importante: Pintura y papel tapiz ¡Qué sorpresa le esperaría a su padre cuando volviera esa noche!
Lila regresaba muy entusiasmada. Su repentino júbilo no le hacía sentir el peso de los múltiples paquetes que cargaba. Pasó frente a la casa de Arnold y él la vio intrigado desde la ventana cargando todo ese montón de cosas. El no podía creer que una niña tan pequeña pudiera con todo eso. Pensó que ir detrás de ella y ver que se traía entre manos sería mas divertido que ayudar a la abuela a dibujar calabazas. Salió por la escalera de incendio y decidió atajarla antes de llegar a la esquina. Lila pasaba con tanta prisa que acabó resbalando con la nieve y cayendo ella y todo cuanto traía.
"Lila ¿Estás bien?" Dijo Arnold, mientras le ayudaba a levantarse.
"Uy, creo que sí" Le respondió Lila, un poco sorprendida de encontrarse con él.
"Uhm. Brochas, lijas, papel tapiz, aguarrás ¿Vas a pintar tu habitación o algo por el estilo?" Preguntó Arnold.
"Digamos que algo así ¡Voy a pintar toda la casa!"
Arnold sonrío sorprendido: "¿Tu solita? ¡Vamos!" Le decía mientras distribuía el peso entre los dos y la acompañaba de regreso a casa.
"Arnold ¿Me parece o encuentro un poco de machismo en tu comentario?"
"No. Es sólo que me parece mucho trabajo para cualquiera"
"Pues entonces tengo mucho por hacer ¡Debo terminar antes de la noche, cuando Papá venga!
"Entonces tendremos que apurarnos." Le dijo Arnold.
"Disculpa, Arnold pero ¿Escuché "Tendremos"?"
"Claro" Le dijo guiñando un ojo y remangándose el sweater. "¿Por donde vamos a comenzar?"
"¡Arnold!" Se sorprendió Lila "Eres muy amable pero yo no puedo permitir que hagas esto. No sería justo"
Arnold, muy seguro, entró en la casa y miró todo de manera no muy diferente a lo que la madre de Lila lo había hecho antes:
"Sé sincera ¿En verdad crees que podrás tu sola?" Arnold le puso una mano en el hombro: "Recuerda que yo tengo que hacer cosas así a cada rato en la casa de huéspedes. No es nada nuevo para mí".
Lila supo entonces que iba a ser imposible evitar que Arnold la ayude ese día.
"Creo que será divertido tener a alguien pintando conmigo. Esta bien, Arnold".
Y los dos chicos pusieron la casa de cabeza. Periódicos en el piso, el olor del aguarrás. Resanaban las grietas en las paredes con yeso y sobre ellas la pintura o el papel tapiz. Las horas pasaban sin notarlas y el interior de la casa de Lila cambió de cara poco a poco. Finalmente los dos niños cayeron sentados sobre el suelo, espalda con espalda.
"Estoy muerto" dijo Arnold.
"Has sido tan amable conmigo, Arnold. Ahora este lugar se ve tan diferente" respondió con satisfacción Lila.
Lila se volteó donde Arnold y lo miró fijo a la cara:"Cielos, Arnold. Tienes pintura en el rostro"
"¿Ah, sí? ¿Dónde?"
Y muy divertida, Lila le pasó un delgado pincel con pintura amarilla en la nariz: "Justo ahí"
Arnold, sorprendido, cayó de espaldas. Cogió una brocha ancha y deslizó los dedos sobre los pelos mojados de pintura blanca, manchando con pequeños salpicones el rojo cabello de Lila. Ambos rieron un rato.
Lila fue a la cocina mientras Arnold ordenaba los muebles de la sala. Lila sintió una presencia detrás de ella: Era su madre.
"Lo hiciste bien, Carita de Ángel. Tu papá estará muy orgulloso de ti".
"No podría haberlo hecho sin Arnold. Siempre es tan bueno conmigo".
"Es muy difícil encontrar buenos amigos, Lila ¿Puedes buscar en la alacena?".
Lila se encaramó en un banquito. Dentro de la alacena había dos cajitas de plástico llenas de galletas de jengibre.
"Tus galletas. OH, mamá ¡Muchas gracias!"
"Una es para ti. La otra es para tu amiguito. Ahora ve con él".
Lila dejó una de las cajitas sobre la mesa. Cuando se volteó, otra vez su Mamá había regresado al mundo de los recuerdos que existía en el corazón de Lila. La pequeña no pudo evitar dejar correr una lágrima de nostalgia por su rostro, pero ya no estaba triste. Ahora sabía muy bien que su mamá no se había ido, que siempre iban a estar juntas, como silenciosa compañía en cada cosa que hiciera.
"Hasta luego mamita. Nos veremos pronto".
