Ella.
Annie se miró al espejo, acomodando su cabellera color rubio pálido detrás de sus orejas. Un mechón seguía escapando a su ojo derecho y lo dejó ser. Su mirada azul era brillante esa tarde, y sus párpados superiores estaban adornados con un glitter plateado que le había regalado su atolondrada prima Pieck. Su delineado estaba intacto, a pesar de llevar varias horas de habérselo puesto. No solía ser muy femenina, pero se esforzaba por aprender día con día de sus amigas alguno que otro consejo. Ese día se sentía muy bonita. Faltaban poco menos de quince minutos para la hora de la salida de su guardia. Ansiaba llegar a casa, como todos los días. Su hogar era su refugio del mundo.
Alisó su uniforme blanco, y salió del pequeño baño. Su alegre compañera Hitch estaba esperándola afuera, platicando con un par de técnicos. La sala de control del departamento de hemodinamia era algo pequeña y muy fría. Annie jaló una silla y se acomodó, un poco apartada de todos. No entendía la conversación que llevaban, y no le interesaba en realidad.
Estaba a punto de tomar su celular para distraerse en Instagram aquellos pocos minutos que debía esperar, cuando entonces, como una brisa fresca en medio del verano, él apareció por la puerta principal.
Se trataba del doctor Arlert, residente médico del segundo año en radiología e imagen, enfundado en su bata blanca y llevando consigo su mochila negra, quien saludó tímidamente a los presentes.
—Buenas tardes —dijo él con su cálido tono de voz.
Su cabello rubio y perfecto, caía con gracia en su frente gracias a un flequillo. Annie quería mirar sus hermosos ojos azules enfundados detrás de sus gafas, pero se puso muy nerviosa al tenerlo en la misma sala que ella.
—Buenas tardes, doctor —dijo Annie con premura.
Los demás presentes lo saludaron también. Él pasó a su lado inevitablemente, ya que Annie estaba casi tapando toda la puerta a la sala de control con la silla que había jalado. Él rápidamente se acomodó en una de las sillas disponibles. Annie se preguntó de pronto si él pudo notar su perfume de rosas. El doctor Arlert desbloqueó una de las computadoras y comenzó a trabajar en lo que parecía un caso clínico. Annie pudo observar que se trataba de una patología cerebral; lo anotó rápidamente en su celular, ya que le interesaba todo aquello que a él le pareciera interesante. Hitch siguió hablando como si nada con los dos técnicos encargados de la sala en el turno vespertino. Annie temió que la presencia de estudiantes como ella o su amiga interrumpiese al doctor que trataba de concentrarse, pero él simplemente parecía no prestarles atención y seguía tecleando en la computadora.
El corazón de Annie estaba latiendo sin control dentro de su pecho.
Si alguien le preguntaba a ella de dónde conocía al doctor Arlert, probablemente respondiera que lo conoció desde su primera semana en el hospital como becada en enfermería radiológica, ya que fueron asignados a la misma área ese agosto. Apenas había sido un mes de convivencia… y ya hacía un año desde entonces.
Ese mes a su lado bastó para que su rostro y su voz quedaran guardados en su memoria. Era un rostro precioso, tan hermoso como el de una chica, incluso podría jurar que era más bello que ella misma. Todo un caballero inglés. Y su voz era alegre y amable. Como un rayo de sol en una tarde de otoño.
Aunque lo cierto era que Annie había ignorado por completo su presencia las primeras semanas de haberlo conocido. Y es que ella era nueva en la ciudad, incluso en el país. Se había mudado con toda su familia, al contrario de otros compañeros becados que habían venido solos; por lo tanto fue incluso más difícil conseguir un lugar donde rentar: casi todo estaba diseñado para una sola persona. Ellos eran tres. Afortunadamente su prima Pieck le había ayudado a instalarse, concediéndole vivir en una de las propiedades de su familia; era una casa con dos recámaras muy cerca de la de ella. Había sido una bendición por una parte, ya que era difícil encontrar un apartamento, mucho más una casa. Aunque a pesar del gran gesto, el lugar le quedaba muy retirado del hospital. Tenía que viajar aproximadamente cuarenta minutos para llegar al trabajo, y casi una hora al volver, debido al embotellamiento de la ciudad. Además, al llegar a casa aún debía cocinar y en ocasiones limpiar el desastre que solía encontrar. Era un ritmo de vida agotador. Así que por ningún motivo se le pasó por la cabeza coquetear con el guapo doctor con el que compartía esa sala de hemodinamia. No eran los únicos allí. Eran dos técnicos radiólogos, cinco doctores, el enfermero a cargo y ella, así que la sala usualmente estaba abarrotada, y al encontrarse todos haciendo un trabajo serio, como lo era la salud de los pacientes, no solía haber mucha conversación. Al menos no de su parte. Sumado a ello, los estudiantes y residentes eran casi todos nuevos, y ninguno se conocía entre sí; los "profesores" que había en esa sala eran muy serios también. Los cardiólogos eran personas muy ocupadas y aceleradas, según recordaba. Además, acababa de pasar una pandemia, y había estado encerrada en casa casi dos años, lo cual había afectado sus dotes de sociabilización.
Aunque ella tampoco era buena socializando antes de eso.
La rutina de ese primer mes fue complicada. El primero en llegar siempre, incluso media hora antes de su guardia, era el enfermero asignado, el cual era también su mentor, Theo Magath, el más temido de todos los enfermeros de la beca. Y ella fue la primera en tener una rotación con él… y qué decir de la médico de base de intervencionismo, la doctora Azumabito, una señora muy estirada que ni siquiera le dirigía la mirada y era el temor de los residentes.
Sí, ese fue su primer mes como becada en aquel hospital de renombre de la ciudad de Paradise, Inglaterra.
De hecho, había sido un primer mes horrible. La sala de hemodinamia, donde se hacían diagnósticos y tratamientos cardiovasculares y cerebrales era el primer departamento al que ella había sido asignada en su rotación. En ese entonces, Annie no tenía ni idea de la duración de los procedimientos y la carga de trabajo. Apenas y estaba familiarizada con algunos temas básicos de enfermería y de cómo funcionaba en teoría una simple máquina de rayos X, y lo primero a lo que la habían lanzado era al departamento más complejo. Ella aún se estaba acercando al mundo de la medicina. Se había licenciado en contabilidad porque era lo que quería su padre. Apenas y había tocado una aguja antes. Si estaba trabajando en un hospital era por la plaza que le había heredado su madre; sin duda dinero era dinero, y allí, las enfermeras que cubrían la capacitación en rayos x ganaban mucho más que una simple auxiliar. Había comenzado a incursionar en estudiar enfermería hacia menos de dos años antes de entrar a la beca del Hospital Paradise, así que no tenia casi nada de experiencia; y sabiendo eso, su nueva jefa no la tenía en gran estima al ponerla en el área más difícil para comenzar. Existía, además, una competencia constante por las plazas a asignar cuando terminara el curso de tres años, eso provocaba que todos los becados estuvieran constantemente muy nerviosos.
Algo que nadie de su nuevo trabajo sabía tampoco, era que ella había salido recientemente de un episodio de ansiedad grave debido a un incidente familiar. El estrés del hospital y la adaptación a su nueva vida en ese nuevo lugar sólo empeoraba la situación.
El mentor Magath era implacable. La hizo aprenderse el protocolo y los medicamentos que debía tener listos para cada procedimiento a cada paciente desde el primer día, y la obligó a limpiar todos los utensilios usados después de cada intervención. En su mente, Annie repetía una sarta de insultos a su instructor, muy constantemente. "No estoy estudiando medicina", esto se supone es enfermería, se decía ella mentalmente.
La reprendían si tocaba los utensilios de los procedimientos, y la regañaban también si no lo hacía. Le hicieron preguntas que no tenía idea, ya que su profesor de anatomía les había dado apenas dos clases.
—Eso ya deberías saberlo —le solía repetir el señor Magath una y otra vez, para casi cualquier pregunta que le hacía. A Annie le hubiera gustado poder estudiar más, pero apenas tenía tiempo para comer.
Tenía demasiadas obligaciones en el día y llegaba con un dolor horrible en las piernas y los hombros al estar tanto tiempo parada con un chaleco de plomo encima. La vida de adulto era increíblemente cansada, y más en un hospital. Después del trabajo, llegaba a casa rendida, pero debía poner una buena cara para presentarse ante su familia.
En especial para su hija.
Era pequeñita, apenas una bebé que todavía no sabía caminar, pero comenzaba a darse cuenta de que Annie desaparecía la mayor parte del día, así que cuando la rubia llegaba a casa, su hija la miraba con sus ojos castaños llenos de admiración y amor infinitos.
Le hubiera encantado desistir, renunciar a sus nuevos estudios. Pero no lo haría. Su hija le daba las fuerzas para soportar todo lo que sufría en el hospital. Ella le daba las fuerzas para ponerle siempre una sonrisa.
Su esposo también era una gran ayuda. Berthold Hoover, quien había estado enamorada de ella toda la universidad. Annie no se había dado cuenta hasta los últimos meses de la carrera, y accedió a salir con él, porque no tenía nada mejor que hacer aquellas tardes. Parecía que había sido en un parpadeo que se hicieron novios, se casaron, y tuvieron una hija. Lo cierto es que desde su primer beso hasta ese momento habían pasado ya ocho años.
Berth la ayudaba a cuidar a la bebé, ya que al haber cambiado de residencia había dejado su trabajo también, así que le tocaba aprender a hacer comidas básicas para bebés hasta que Annie llegara del trabajo.
Berth era un buen esposo.
Un buen padre.
Un gran amigo.
En general, podía afirmar que era una persona ocupada, pero feliz.
Era una vida tranquila y buena gracias a Berth.
Y, sin embargo, su mirada se desviaba aunque no quería ante la presencia del rubio doctor Arlert.
Y, su corazón, daba vuelcos en su pecho cuando él hablaba.
Era inevitable. Su presencia emanaba un aura de paz. Annie amaba la paz. Además, ella sabía que debajo de esa máscara de tranquilidad en el doctor Arlert, existía un ser burlesco y divertido. No solía hablar mucho, pero Annie había tenido la oportunidad de leer lo que él escribía en sus redes sociales. Aunque no es que lo tuviera en redes, sino que lo había stalkeado una vez.
Sus comentarios eran crípticos y le daba mucha risa. Y eso que a Annie no muchas cosas le parecían graciosas. Pero compartía el sentido del humor de Armin Arlert.
Se preguntaba su opinión en diversos ámbitos. Le daba mucha curiosidad. Ese mes juntos había corrido como agua derramada, y no pudo hablar casi nada con él. Se dio cuenta demasiado tarde de su esencia. Ya había pasado un año de aquello.
En especial, había una plática que tenían pendiente.
Era una conversación sencilla, trivial. Ambos estaban relativamente solos esa mañana hablando de música y ella dijo que amaba el rock y metal pesado. Él la miró asustado y, cuando estaba a punto de decir cuál era su música favorita, había llegado alguien y los interrumpió.
Annie maldijo internamente aquella interrupción con vehemencia.
Esa conversación incompleta, esa duda sin respuesta, carcomía su curiosidad, la cual había alimentado durante todo ese año.
Sí, durante un año.
Más que algo romántico, sentía una inmensa curiosidad hacia él.
¿Qué música escuchaba? ¿Qué libros leía? ¿Cuál eran sus pasatiempos?
¿Por qué siempre que volteaba a verlo, el también la estaba mirando?
¿Qué significaba esa mirada que siempre le concedían esos ojos azules?
Lo veía. Sí, lo veía. Siempre lograba encontrar su silueta al caminar, él tenía el aura de un ángel. Lo supo desde la primera vez que lo vio.
No entendía por qué él la miraba también.
Ambos solían seguir mirándose persistentemente a los ojos.
Se encontraban, y extrañamente no se saludaban, pero dentro de ella algo brillaba en su interior cada vez que lo veía. Como si una conexión extraña existiera en el espacio entre ambas siluetas, como un hilo que conectaba su pecho al de Annie.
La necesidad de verlo era imperiosa, y lograba hacerla flaquear al ir a los lugares en donde sabía que podía encontrarlo.
Esa tarde, después de un año de su última conversación, cuando vio nuevamente al doctor Arlert sin buscarlo, tan cerca en el mismo sitio donde lo había conocido, se emocionó mucho, y se dio cuenta de lo perjudicial que era tenerlo tan cerca.
Era un ángel, y a la vez la persona más peligrosa que había conocido.
Su corazón era el órgano más difícil de dominar. Annie sabía que no podría ganarle aunque intentara subyugarlo por todos los medios.
Fue en ese momento, en ese segundo, que supo con claridad:
Tenía que dejar de buscarlo.
Tenía que dejar de mirarlo.
Ella pensó que era mejor no verlo nunca más.
Pero ¿cómo?
Si se lo encontraba en cada pasillo.
No podía huir de él.
Decidió salir en ese momento de la sala. No habían pasado más de cinco minutos desde que él había llegado. De todas formas, ya casi era su hora de salida.
Se despidió escuetamente, y salió al pasillo ignorando los quejidos de Hitch. Su respiración estaba agitada, sus mejillas, sonrojadas.
—Esto está mal —dijo ella inconscientemente en voz alta.
¿Cómo decía ese texto bíblico?
Su padre había sido muy estricto en su crianza, y la religión no había sido la excepción.
"Preferible arrancarse los ojos antes que pecar gracias a ellos".
Tal vez no decía exactamente así, pero era la idea.
El doctor Arlert era maravilloso, dulce y a la vez divertido cada que lo veía hablar con su amigo, el doctor Jeaguer. Lograba poner en jaque a cada jefe estricto, o manipular de forma increíble a los pacientes para que no desesperasen en la sala de la consulta o se relajaran antes de la anestesia.
Pero Annie sabía que las tentaciones son algo que normalmente entra por la mirada. Le había pasado a su compañera Sasha. Estaba casada con Connie Springer, llevaban apenas un año de matrimonio, pero en el trabajo Sasha conoció a Niccolo, un compañero de cocina. Un año de su matrimonio bastó, y Sasha ya estaba en trámites de divorcio, porque había aceptado los cortejos (y la comida) de Niccolo.
Era muy fácil errar en los votos prometidos, pero ella intentaría mantenerse firme. Le gustaban las personas leales, y ella se esforzaría por ser una.
Se arrancaría los ojos y el corazón, lo que fuera necesario, para llevar a cabo su misión.
Suspiró y siguió su camino, decidida a nunca volver a pensar en él.
Ella cumpliría su promesa.
Jamás lo volvió a mirar a los ojos. Jamás lo volvió a buscar.
Mil disculpas por aparecer con esto, y no con una actualización de la Sonata, pero tenía que publicarles esta historia.
Lamento decir que no tiene un final feliz AruAni, pero suelo escribir cosas muy triste a veces...
Espero lo disfruten. Aún le queda una parte.
