—¿Trato hecho?
—Hecho.
Un año. Ya había pasado un año entero desde el día en que Casita volvió a la vida; un año reconstruyendo vínculos, conociéndonos todo mejor, siendo, por fin, una familia completa.
El tiempo había pasado en aquellos meses sazonado de una misteriosa mezcla de calma y sosiego y energía y revuelo. Los días eran cortos y ajetreados; las noches, apacibles y lentas; las mañanas, un soplo de aire fresco.
Cada día vivía con alegría la nueva vibra que envolvía a la familia; reía con todos, me sentía valorada y veía cómo cada uno mostraba sus verdaderos colores. Isabela dejó de ser una princesa claramente más atraída por el título de reina del mal; Luisa empezó a recomendarle a la gente del pueblo que reforzasen las vallas o que dejasen a los burros en libertad a la par que se tomaba de un modo mucho más laxo sus tareas para desquicie de algunos y diversión de otros; Dolores y Mariano se dejaban ver poco, y, cuando lo hacían, él tenía siempre más carmín que ella; y, bueno, Camilo… siguió siendo Camilo.
Antonio, por su parte, se volvió mucho más independiente y un poco descarado. Estaba claro que no tardaría mucho en convertirse en un rompecorazones.
Papá y mamá, continuaron como siempre: mimos, babas, arrumacos, risas traviesas… Era como si la intimidad de la habitación les acompañase allí donde fueran. Y, el tío Félix y la tía Pepa… ay… a ellos de verdad había que mandarles a su habitación si queríamos evitar que Antonio aprendiese ciertas cosas antes de tiempo.
La abuela cambió de de pies a cabeza. La sonrisa la acompañaba allá donde fuese, vivía relajada y atenta a todos a la vez, y siempre tenía una caricia o una palabra amable para quien se cruzase en su camino. Si no hubiera sido por lo radical que fue el cambio debido al incidente con Casita, habría pensado que estaba empezando a chochear.
Bruno… bueno, no era la viva imagen de la calma, pero se las apañaba para encajar los cambios poco a poco y disfrutar del amor de su familia.
Y yo… Yo me acostumbré paulatinamente al respeto de la familia, al cariño de la abuela, al divertido despotismo de Isabela y a que hubiese burros y ratas sueltos siempre por todas partes. Sin embargo, había algo a lo que no me podía acostumbrar: a Bruno.
Aquel hombre no sólo le había dado un vuelco a mi vida, además me lo había dado a mí. Su tonta sonrisa, sus ojitos de cachorrete, sus rizos indomables, su barbita descuidada, sus dos botones desabrochados… El nudo en mi estómago al verle beber a gallo mientras pequeñas gotitas resbalaban por su cuello, el cosquilleo en mi tripa cada vez que me miraba a los ojos, las palabras muertas en mi garganta cada vez que me susurraba alguna tontería al oído… Sus bromas, su cuidado, su paciencia, su amor por las ratas, su entrega a su familia, su pasión al hablar de sus intereses, su falta de habilidad para mentir, su mano tomando la mía…
Si sentir atracción por tu tío estaba mal… me preguntaba cuán terrible sería estar completamente enamorada de él.
Pero no había nada que pudiese hacer, ni para tenerle ni para olvidarme de él, pues, cada noche sin falta, tras la cena, cuando el trajín del día llegaba a su fin, se reunía conmigo en una pequeña loma a orillas de Casita, nos contábamos las idas y venidas del día y, sumidos en la más cálida de las sensaciones, hacíamos silencio y mirábamos durante un rato cómo las estrellas nos observaban desde arriba.
—Me alegro de tenerte de vuelta, tío.
—Nunca me fui de tu lado, Mira.
—Mamá, ¿has visto al tío Bruno?
—Ha salido con la abuela a recoger unos encargos para la celebración del aniversario. No creo que tarde mucho en volver.
No hubo manera: no logré verle en todo el día, y, misteriosamente, aquella noche, Bruno no acudió a la loma.
—¿Mamá…?
Aquella mañana, la mañana del día en que celebraríamos el primer aniversario del retorno a Casita, mi madre me recibió con lágrimas en los ojos.
—Ay, mi vida… Es Bruno…
El corazón se me retorció sobre sí mismo al escuchar su nombre.
—¿Qué pasa con el tío Bruno? ¡¿Qué le ha pasado?!
Mamá no articuló palabra; sólo me tendió una nota burdamente escrita en una servilleta con un trozo de carbón.
La tomé con manos temblorosas y descubrí una verdad que me marcaría para siempre:
"No puedo seguir viviendo así.
Lo siento.
Os quiero.
Bruno."
—Mamá… ¿qué…?
¿Había palabras? ¿De verdad se había inventado la forma de expresar en verbo el terror y el dolor que sufría mi alma?
—Se ha ido, Mira. Esta vez de verdad.
—No puede ser… ¿por qué haría algo así? ¡Él adora a su familia!
—Quizás por eso…
—¿Tú sabes por qué se ha ido?
De nuevo, no contestó. Me abrazó con fuerza y lloró amargamente la pérdida de su hermano.
Yo no lloré. Bruno iba a volver. Yo le encontraría. Seguro que estaba en su cuartucho con las ratas, o al final de la escalinata infernal de su habitación, o escondido detrás de una planta… Bruno no nos dejaría. Bruno no me abandonaría…
Los siguientes días estuvieron sumidos en una terrible tormenta.
Bruno me había abandonado.
