Al principio todo había parecido indicar que ése sería otro día primaveral perfecto.

Llegado el mediodía, el sol había ocupado su puesto central en el cielo celeste, acompañado de alguna que otra nube solitaria siendo empujada por el viento. Los pájaros que habían cantado toda la mañana parecían haberse calmado y descansaban camuflados en las copas de los árboles, mientras que en el suelo los peatones con nada que hacer se tomaban su tiempo para apreciar las coloridas y abundantes flores que habían crecido en los costados de los caminos.

En la zona del mercado, el lugar más activo de la aldea, los comerciantes no daban abasto para atender a todas las personas que decidían detenerse en sus puestos. Aquellos con negocios orientados a la comida y bebida tenían aún mayor dificultad para despachar a sus clientes con poca demora. Había una escasez de mano de obra notable en el distrito en general, en conjunto con la falta de la presencia tranquilizadora de los clientes habituales y todos estaban experimentando las consecuencias.

La razón detrás de esto era que una pequeña parte de la población había decidido reunirse frente a las puertas de un edificio en particular para un evento muy importante para muchas familias de Konoha. Como todos los años, había llegado el esperado día en que los estudiantes de la respetada Academia Ninja saldrían de ésta como los nuevos integrantes de las fuerzas shinobi de la aldea.

Una vez que los exámenes se fueron completando y los profesores entregaron bandas ninjas a sus alumnos para indicar el rango que éstos habían ganado, los pequeños comenzaron a abandonar el recinto con sonrisas que iban de oreja a oreja. Sus familiares y amigos, que habían estado esperando ansiosos, gritaron de alegría apenas los vieron y la zona se llenó rápidamente de charlas a todo volumen, abrazos asfixiantes y promesas de almuerzos especiales.

Considerando que para muchos esta ceremonia era un ritual de iniciación y los seis cursos de este año habían logrado superarla, no era raro que la multitud estuviera en el mejor de los estados de ánimo.

O al menos así era para la mayoría.

Resulta que un niño rubio salió por la puerta sin nadie del otro lado para recibirlo. Sus ojos azules estaban concentrados en el piso y sus manos tapaban sus orejas, en un intento de aislarse del bullicio y las risas estridentes. Nadie en el gentío lo llamó, o notó siquiera, y él tampoco se detuvo para verificar. Sólo aprovechó su baja estatura para colarse entre los distraídos y se alejó lo más que pudo del lugar.

Un cartel pegado fuera de la academia presentaba los datos de la promoción recién graduada. Los nombres de los estudiantes aparecían agrupados por el curso al que pertenecían, con sus notas finales en otra columna. Dichos valores eran anotados por un profesor al finalizar el examen de un curso entero y la última vez que éste salió, en el espacio destinado a la nota del niño que fue evaluado al final, hizo una simple cruz y se marchó antes de ser arrinconado por padres. Un símbolo así estaba dedicado a aquellos niños que habían fallado en graduarse por lo que estaba garantizado que cada vez que apareciera se formaría un semicírculo de curiosos alrededor de la planilla. Si encima el desaprobado resultaba ser un miembro de uno de los clanes importantes de Konoha, los chismosos hablarían de ello toda la semana.

Sin embargo, todos pusieron los ojos en blanco apenas leyeron quién había fallado el examen. El único que no había logrado convertirse en Genin no era nadie más que el bromista problemático de Konoha, Uzumaki Naruto.

Dicho niño, después de poner un poco de distancia entre él y la multitud, metió las manos en sus bolsillos y se acercó cabizbajo a uno de sus puestos de observación favoritos.

Frente a la Academia se erguía un árbol centenario que proyectaba una gran sombra en la que todos en la aldea habían descansado en algún momento en sus vidas. Uno de sus atributos principales era un antiguo columpio que ya nadie utilizaba por precaución, pero que ofrecía una vista perfecta de todo lo que pasaba alrededor. Cuando Naruto se sentaba allí, podía ver como las familias interactuaban entre sí tranquilamente sin el efecto que solía tener su presencia en la gente.

Por lo general, si él estaba alrededor las personas tendían tomar una de dos posiciones. Estaban los distantes que se cerraban en sus círculos a cuchichear, dándole algunas miradas disimuladas, o decidían ignorarlo absolutamente sin importar lo que hiciera para llamar su atención. A sus ojos, estas acciones eran inofensivas. Dolían y creaban situaciones incómodas, seguro, pero él podía soportarlo. Los más difíciles de manejar para él eran aquellos que tomaban la posición más agresiva. Eran personas que buscaban transmitirle su repulsión hacia él, ya sea mediante gritos, empujones, comentarios filosos o miradas de odio.

Nunca había entendido por qué lo trataban tan diferente al resto de los niños. Hasta el resto de huérfanos usualmente invisibles de la aldea contaban con el apoyo de sus grupos de amigos o de los habitantes generosos de la aldea, pero él quedaba excluido de todo eso por algún motivo.

En el día Naruto había experimentado demasiadas emociones. Empezando por la alegría y nervios del último gran día, al miedo que sintió estando solo frente a sus profesores, hasta la ira consigo mismo por fallar el examen y contra Iruka por no dejarle intentar otra vez. En ese instante, allí bajo el árbol, viendo las miradas de recelo que algunos padres le dirigían mientras se retiraban o las risitas mal disimuladas de los niños que se creían superiores, lo único que podía sentir era una profunda tristeza. Su sueño siempre había sido convertirse en el mejor Hokage que Konoha hubiera tenido, pero ahora su plan sería retrasado al menos hasta la próxima primavera mientras repetía el año con otros antiguos fracasados.

Sus ojos comenzaron a picar por las lágrimas que pedían salir y el niño pestañeó rápidamente para mantenerlas a raya. Si había algo que nunca les permitiría a los que les deseaban el mal era verlo roto y llorando. En un solo movimiento se frotó los ojos con el dorso de la mano y pretendió bostezar, como si en realidad solo se sintiera cansado. Después se acomodó sus queridas antiparras para que estuvieran exactamente donde tendría que estar su banda ninja, listo para irse a su casa a olvidarse del resto del mundo.

De repente, el chasquido de hojas resquebrajándose detrás suyo lo alertó y cuando se volteó se encontró a Mizuki parado al lado suyo mirándolo desde arriba.

―Hola de nuevo. Por un momento pensé que ya te habías ido ―El profesor le dedicó una pequeña sonrisa―. Me gustaría que habláramos un poco si te parece bien.

Naruto dudó por un segundo. Lo último que quería en ese momento era estar alrededor de alguien más, pero sentía que no podía ignorar a quien había tratado de darle una segunda oportunidad en el examen.

―Supongo que estoy libre…


― ¡¿CÓMO QUE NO ESTÁ?!

―Es la verdad. El edificio fue revisado por completo y no lo encontraron.

―El Hokage mismo nos mandó a buscar al niño.

― ¿Y cómo se supone que hizo un tonto como él para robarlo? ¡Justamente para estas cosas tenemos guardias y sensores de chakra!

― ¡Es por eso que tenemos que apurarnos! Alguien le debe haber dado acceso y dicho que hoy habría una reunión.

―Mierda… Seguro venían vigilándonos desde hace tiempo. Deberíamos… ¡Ey, Mizuki! ¿A dónde vas?

― ¡A buscar refuerzos señor! Hay que hacer lo que sea para que el pergamino no caiga en malas manos.


Naruto no podía recordar un momento en su vida en el que hubiera estado más emocionado.

Es verdad que estaba tirado en el suelo después que sus piernas cedieran por el agotamiento, respiraba por la boca forzadamente y el sudor le corría por la frente, pero el niño se encontraba sonriendo como nunca antes.

Al fin, después de tanto esfuerzo y sacrificio, finalmente se convertiría en Genin.

Su profesor le había propuesto un plan para graduarse esa misma noche y era algo demasiado increíble como para dejarlo pasar. Según él, lo único que tenía que hacer era demostrar sus habilidades ninjas "robando" un pergamino de una de las tesorerías del Hokage y huir a una zona apartada donde pudiera esconderse hasta el amanecer, antes de presentarse él mismo ante el anciano con su trofeo. La idea, al parecer, era que si él lograba hacer esto sin ser encontrado por nadie y además aprendía alguno de los jutsus que el pergamino conservaba, entonces el Hokage no tendría más opción que darle su propia banda ninja.

Cuando Naruto había preguntado por qué nunca les habían dicho nada de esto en la Academia, Mizuki le había explicado que era un tipo de examen reservado para casos especiales. Si se daba la ocasión en la que reprobar a algún alumno provocaría que los equipos de Genin quedaran desparejos, ellos tenían la obligación de ofrecer este tipo de examen, dejando la decisión final de realizarlo o no a manos del estudiante.

Obviamente, Naruto había aceptado de inmediato y su profesor le había entregado un pedazo doblado de papel, antes de guiñarle un ojo y retirarse. Lo que resultó ser un pequeño mapa indicaba como llegar a un depósito oculto en el medio del bosque de la aldea y Naruto estaba seguro que era la clave para pasar la prueba sin problemas.

De eso habían pasado ya varias horas y el niño no se arrepentía de nada. Podía ser que su cuerpo se sintiera hecho de gelatina, pero la satisfacción de haber aprendido una técnica nueva compensaba todo con creces.

Se esforzó para sentarse, con el pasto haciéndole cosquillas en la piel expuesta, y cuando lo logró miró ausentemente a su alrededor por un rato. La cabaña vieja y el Pergamino Prohibido que yacía a su lado extendido hasta la mitad, mostrando diagramas e instrucciones, eran lo único que destacaba en medio de los árboles, por lo que se contentó con dejar vagar su mente mientras recuperaba el aliento.

De pronto, el crujido de la corteza de un árbol detrás suyo lo devolvió a la realidad. Apenas sus ojos se enfocaron en la sombra creciente frente a él en el suelo, se lanzó rápido hacia atrás, esquivando el peligro por poco. Cuando levantó la mirada se encontró con un ninja al que nunca había visto antes.

―Con que aquí estabas, ladroncito ―dijo el desconocido con ira contenida en su voz― ¿Qué pensabas hacer con eso? ―preguntó, señalando el pergamino en el suelo.

― ¿Ha-hacer? Nada, nada. En serio. Se lo iba a devolver mañana al Hokage.

― ¿Crees que soy idiota? ―El joven avanzó y abrió su bolsa de armas, rozando un kunai con los dedos. Naruto retrocedió otra vez―. ¿Vas a tratar de convencerme de que esto fue otra de tus bromas patéticas?

― ¡No, no! ―El niño extendió un brazo para que se detuviera―. ¡Solo es una prueba! ¡El Hokage sabe de qué hablo, pregúntale a él!

―Si eso fuera verdad no tendría a toda la aldea buscándote, ¿no te parece?

Las palabras que Naruto iba a decir se atoraron en su garganta. Lo que estaba indicando el ninja no tenía sentido. Su profesor le había dicho que solo mandarían a un pequeño grupo a buscarlo por un par de horas y después se rendirían. No tenía idea de porque el Hokage cambiaría el plan o mandaría gente sin informarles antes de la situación.

Antes de que pudiera comentar, el ninja avanzó y le agarró el brazo en una llave. El niño gritó, más del susto que del dolor y en un abrir y cerrar de ojos fue neutralizado boca abajo.

― ¡¿Qué estás-?! ¡SUÉLTAME! ―Exclamó al darse cuenta que sus manos estaban siendo atadas.

Naruto forcejeó para sacárselo de encima, pero se rindió pronto. El peso del adulto era demasiado para su cuerpo agotado.

―Eso no va a ser posible ―Informó el ninja, mientras se estiraba para agarrar el pergamino―. Tú y esto van a venir conmigo. Fin de la discusión.

Tan pronto como el joven empezó a enrollar el Pergamino Prohibido, otra corteza crujiendo llamó la atención de ambos. Sobre una de las ramas de unos de los árboles se encontraba Mizuki, observándolos. A diferencia del resto de días, estaba usando su banda ninja, en su espalda destacaban las puntas de un arma y su expresión era indescifrable.

― ¡Llega justo a tiempo! ¡Ayúdeme! ―Naruto volteó la cabeza lo máximo que pudo para ver mejor a su profesor, pero éste tenía sus ojos fijos en el otro ninja.

Sin perder tiempo, el hombre descendió saltando a ramas más bajas y finalmente al suelo. Cuando se enderezó, se mostró sonriendo.

―Mira que tenemos aquí… ―dijo éste casualmente con sus brazos cruzados mientras se acercaba―. Así que tú lo encontraste... Felicidades, el Hokage estará complacido.

Naruto se sintió como si le hubieran tirado un baldazo de agua fría.

― ¡¿Pero de qué está hablando?! ¡Usted dijo que…!

― ¡Suficiente Naruto! ―Lo interrumpió Mizuki, al fin mirándolo a los ojos ―. ¡Ya es hora de que dejes de mentir y respondas por tus acciones!

El niño pudo sentir su mandíbula caer mientras calor subía por su cuello y mejillas. No sabía si Mizuki había cometido un error y estaba intentando cubrir sus huellas, pero quería decirle lo que pensaba de él y su prueba. Antes de poder hacerlo, sin embargo, su profesor se agachó y lo calló presionando fuerte su cara contra la tierra.

Su captor abrió los ojos grandes como platos, aunque no cuestionó al profesor.

―Kanaye, ¿verdad? ―preguntó Mizuki y el susodicho asintió―. Debo decir que cuando pensé en informar a cualquier adulto con el que me cruzara de la situación, no imaginé que sería un Genin el que finalmente lo encontraría―La sorpresa y risa eran obvias en su voz. Naruto se sacudió con ira, a lo que ambos ninjas respondieron haciendo más presión―. Guau…Parece tienes una tarea complicada por delante. Te desearía suerte, aunque ¿no crees que quizás sería prudente que me dejaras ayudarte? Podría llevar el pergamino por ti.

El joven carraspeó y aseguró su agarre sobre el niño rebelde y el rollo.

―No se ofenda, Mizuki, pero en realidad busco un ascenso y creo que haría una mejor impresión si presento todo por mi cuenta. Ya sabe… para evitar confusiones.

Sus ojos desafiantes se encontraron con los de Mizuki y ambos mantuvieron una corta batalla de miradas. Los murmullos frustrados de Naruto resaltaron como el único sonido en la zona. Eventualmente, el profesor le dedicó una sonrisa de costado, soltó al niño y se alejó caminando hacia atrás.

―Por supuesto… no hay problema ―dijo, aunque la tensión en su voz contradijo sus palabras.

Apenas Naruto pudo separar su cabeza del suelo frío, comenzó a escupir la tierra que se le había colado en la boca y continuó aun mientras era forzado a levantarse. Una vez de pie, el tal Kanaye lo empujó para que caminara, pero él volteó el rostro hacia su profesor.

― ¡¿Qué demonios fue eso, profesor?! ¡¿Qué está pasando?!

En vez de una respuesta, el profesor clavó su mirada intensa en él, lo que forzó a Naruto a cerrar la boca. No sabía por qué, pero no había ni un rastro del hombre que creía conocer y eso le provocó escalofríos. Su captor, sin embargo, parecía saber algo que él no porque no le dio importancia y le dio otro empujón junto con la orden de seguir caminando.

Para su mala suerte, eso evitó que cualquiera de los dos viera a Mizuki armarse con uno de sus shurikens gigantes.

Naruto opuso resistencia en cada paso que fue obligado a realizar mientras trataba de explicar la situación, hasta que un grito desgarrador en su oído le heló los huesos. Sin darle tiempo de reaccionar, el peso de su captor lo arrastró consigo al suelo, haciendo que cayera sobre su brazo bueno. Kanaye, a su vez, se desplomó sin hacer otro sonido.

Lo próximo que Naruto registró fue un dolor intenso y punzante en su hombro. No sabía sobre qué había aterrizado, piedras quizás, pero solo agregó fuerza a su alarido. Apretando los dientes para evitar lagrimear, el niño se volteó de panza. Quería evitar hacer presión en su brazo, aunque al mirar hacia el costado todo lo que sentía pasó a segundo plano. De la espalda del ninja que yacía a su lado sobresalían tres de las cuatro puntas del arma de Mizuki.

El joven seguía vivo, sin embargo. Así lo indicaba el rápido movimiento de su pecho mientras parecía luchar por seguir respirando. Temblando, Kanaye usó sus brazos para separar su rostro del suelo y giró el rostro hacia su atacante. Su cara estaba contorsionada por la ira mientras que Mizuki, en cambio, portaba una sonrisa maliciosa.

Naruto, confundido, alternó entre ver a uno y otro. No comprendía absolutamente nada. Su profesor no había querido que lo relacionaran con él en el supuesto "robo", pero acababa de atacar a su captor. ¿Era eso una muestra de que Mizuki estaba de su lado en realidad? Aunque, si eso fuera verdad, no habría hecho falta llegar hasta estos extremos. Su profesor siempre se había mostrado de sangre fría y compasivo. ¿Por qué había cambiado de actitud tan de repente?

Mirando a Kanaye escupir sangre, una parte de Naruto quiso creer que había hecho algo malo. Que quizás él era el verdadero criminal y su profesor solo se había dejado llevar. Pero otra gran parte temió que, si se quedaba allí más tiempo, él tendría un destino similar al de su captor.

―Esta farsa estaba tomando demasiado tiempo―La voz de Mizuki lo devolvió a la realidad―. Esperaba que nadie viniera por aquí, pero no podía tener tanta suerte en un solo día, ¿verdad?

—¡¿Entonces para qué fuiste pidiendo ayuda por todos lados?! Si tanto querías el mérito…

― ¿Mérito? Oh, espero que no estés pensando todavía en ese examen Chūnin, Kanaye-chan ―Mizuki se rio por lo bajo―. Ya estas grande para sentir rencor por cosas que pasaron hace tanto tiempo ―El profesor caminó hasta el Pergamino Prohibido y lo levantó con cuidado, sonriendo de oreja a oreja―. Lo que yo quería era esto. Sí, se me ocurrió que hacer por ahí del compatriota preocupado evitaría que sospecharan de mí, pero esperaba haber engañado a todos lejos de esta zona... ¡Felicidades! ―agregó con un tono burlón.

― ¡Hi-hijo de puta! ―gritó el ninja antes de perder fuerza en su brazo y desplomarse.

―Les dije a ti y a tus amigos que revisaran las cuevas de la montaña. Si no quisiste escuchar, ahora es tarde para arrepentirse ―El profesor comentó, sin dejar de revisar el pergamino.

Naruto no podía creer nada de esto. Ni en un millón de años habría imaginado que Mizuki sería un criminal; menos aún que él sería su cómplice. No tenía idea de cómo actuar o que decir para zafar de la situación en la que se había metido. Atado como estaba, lo único que podía hacer era mirar al ninja a su lado y eso solo lo alteraba más. Él no quería terminar así.

Cuando Kanaye tuvo un ataque de tos sangriento, Naruto por fin despertó de su trance de pánico. Si quería vivir, tenía que escapar. Lleno de adrenalina y con el corazón en la garganta, el niño se apoyó en su hombro sano y luego usó toda su fuerza para rodar y arrodillarse.

— ¡Ah sí, Naruto! ―dijo su profesor sorprendido, como si recién recordara que él seguía allí― ¿Quién diría que el sello letal podría desactivarse tan fácil?

El Chūnin dejó el pergamino en el suelo y metió la mano en su bolsa porta armas.

Unas ganas de vomitar intensas se apoderaron de Naruto. Mizuki de verdad quería matarlo. Se levantó como pudo y trató de correr, pero su profesor fue más rápido. En lo que tardó en estabilizarse, el hombre le lanzó varios kunais simples y corrió detrás de él. Naruto, escuchando el peligro, tropezó y giró su cuerpo en un intento por esquivarlos. Muchos pasaron de largo sin tocarlo, pero uno le hizo un corte en el brazo izquierdo y otro se le clavó en su pierna diestra. Desafortunadamente, la adrenalina no pudo enmascarar el dolor y su grito resonó en la zona. Por último, al caer, quedó a merced del profesor que lo envió de una patada al estómago contra el depósito.

Naruto voló como si fuera una simple pluma hasta estrellarse contra la pared de madera. Todo el aire en sus pulmones fue expulsado en el impacto y cayó al suelo, sin poder reaccionar. Quería gritar, pedir ayuda, cualquier cosa, pero sólo pudo ponerse en posición fetal y boquear tratando de recuperar oxígeno.

Al levantar la cabeza para respirar mejor, su mirada se enfocó en el cuerpo inmóvil de Kanaye. Como si se hubiera dormido en una posición extraña, el ninja tenía sus ojos cerrados y la boca semiabierta. Excepto que no estaba dormido. Su piel pálida destacaba bajo la luz de la luna, al igual que la falta de movimiento de su torso y el shuriken clavado grotescamente en su espalda. Las náuseas de Naruto no tardaron en volver.

― ¿A esto ha sido reducido el Zorro? Que decepción.

La atención de Naruto volvió a Mizuki. Éste se había detenido a unos metros de él con los brazos cruzados, la cabeza inclinada como si lo estuviera estudiando y los labios fruncidos hacia el costado.

― ¿El Zorro? ¿De qué estás hablando? ―La voz del niño apenas fue más fuerte que un susurro.

Un escalofrío le recorrió la espalda cuando vio la sonrisa maligna que le dedicó el adulto. Mizuki comenzó a contarle la verdad sin escrúpulos. Una mirada psicópata permanente en su rostro mientras relataba todo desde el principio hasta el final. Como él era el portador de una criatura puramente maligna conocida como Kyūbi.

―Lo entiendes ahora, ¿verdad? Eres el bastardo de la aldea, odiado por todos, amado por nadie. Hasta Iruka te detesta, sus padres murieron gracias al demonio que vive en ti. El Hokage solo te mantiene en la aldea porque eres una herramienta. Eres perfectamente desechable. Si no cumples sus expectativas te matarán y usarán a alguien más de contenedor. Para todos, incluyéndome, tú eres el Zorro de las Nueve Colas.

Las palabras de Mizuki se sintieron como puñales en su pecho que continuaron enterrándose más y más en su corazón. Casi pudo ver las piezas del rompecabezas uniéndose. Todo tenía sentido. Había experimentado una vida de maltrato por alguna razón desconocida y al fin sabía que era por algo sobre lo que no tenía control alguno. ¿Qué acaso los habitantes de Konoha no tenían corazón? ¿Cómo podían tratar tan mal a un niño que tenía la edad de sus hijos? La ira lo sofocó a medida que las preguntas seguían acumulándose y lágrimas escapaban de sus ojos.

Aunque la catarsis que Naruto necesitaba llegó de repente. Enfurecido y aturdido como se encontraba, no notó que Mizuki ya había preparado su otro shuriken gigante. Cuando éste lo lanzó exaltado con un grito, Naruto simplemente dejó de pensar.

Al igual que si el espíritu de un luchador lo hubiera poseído, su ira lo consumió y rompió las ataduras de sus manos como si fueran de papel. De inmediato hizo una posición de manos nueva y una nube de vapor lo cubrió por completo. De ésta, una muralla de Clones de Sombra apareció frente suyo con clones dispersos en los arboles cercanos. Aquellos justo frente a él desaparecieron atravesados por el shuriken gigante y el resto de Narutos agarraron a su creador y lo lanzaron hacia un costado. El arma lo rozó mientras pasaba, antes de incrustarse con estrépito en la pared del depósito, dejando al niño a salvo.

La cara de Mizuki perdió todo rastro de color al instante. Su mirada pasó de Naruto rodando en el suelo en agonía a los distintos clones, con los ojos grandes como platos. Abrió la boca, pero lo único que salió de esta fue una exhalación débil. Los clones, por su parte, no perdieron el tiempo y se abalanzaron con decisión sobre el adulto, quién intentó defenderse, pero ante esa cantidad de enemigos resultó imposible. Algunos lograron sujetar sus brazos y buscaron restringirlo mientras él seguía repeliendo a los que se acercaban con sus piernas. Al final, él fue superado y los clones se aseguraron de darle la paliza de su vida.


No tenía idea de que se suponía que hiciera. Por fin conocía la verdad detrás del odio de su pueblo contra él y se encontraba más angustiado que antes. Una parte de él se había aferrado a la certeza de que lo que sentían por él no era nada más que una reacción a su falta de familia y las bromas pesadas que había realizado. Había creído inocentemente que una vida ninja de gloria y renombre transformaría todo eso en un instante, pero en cambio se encontró con que toda su aldea, la gente que tanto había deseado que lo reconocieran y aceptaran, lo consideraba un monstruo despiadado.

Una punzada en la sien lo hizo encogerse donde estaba sentado y llevarse las manos a la cabeza. Parecía que el agotamiento físico y mental del día le habían provocado un feo dolor de cabeza y su llanto solo lo había empeorado.

Despacio, Naruto dejó caer sus brazos y miró a su alrededor con los ojos aún medio cerrados. La figura de Mizuki fue lo primero que notó, que aún yacía donde sus clones lo habían dejado caer. Dicho hombre se había mantenido consciente de a ratos, liberando pequeños quejidos de dolor. Al parecer, sus clones habían usado la fuerza suficiente para romperle el tabique y más, dejándole la cara hinchada manchada con su propia sangre. Y el niño no sentía ni una pizca de culpa por su estado.

Lo siguiente en lo que sus ojos se concentraron fue en el cadáver de Kanaye, pero desvió la mirada de inmediato. Aún era demasiado pronto para asimilar por completo lo que había pasado y prefería ignorarlo lo máximo posible. Después de todo, con lo ocurrido, lo único que venía a su cabeza al verlo era la imagen de los habitantes de Konoha ansiosos de hacerle lo mismo a él, quizás con métodos más dolorosos y sangrientos.

Otra punzada dentro de su cráneo lo hizo apoyar su cabeza en sus rodillas y respirar lentamente para calmarse.

Se dijo a sí mismo que ya no podía seguir pensando así. Había cosas más importantes que hacer por delante. Principalmente, considerar volver y hablar con el Hokage. Por un lado, podía fingir que no sabía nada, pedir disculpas y con suerte volver a su vida normal, aunque no creía que eso fuera posible. Aún si era perdonado, ¿estaba garantizado que podría mantener la calma frente a cualquier tipo de provocación de ahora en más? Algo dentro suyo lo dudaba.

También podía confrontar al anciano y pedirle una explicación, lo cual sonaba terrorífico. ¿Qué le harían si el Hokage pensaba que él sabía demasiado? ¿Se desharían de él tal como Mizuki había dicho?

No quería creer lo que su antiguo profesor le había dicho, pero tampoco podía arriesgarse a confiar en que el viejo Hiruzen lo protegería solo por ser un niño. Es más, parecía que en realidad no podía confiar en nadie a ese punto. Estaba seguro que al llevarse el Pergamino Prohibido había agregado más leña al fuego y cualquiera que lo odiara buscaría cualquier razón para que lo aislaran del resto de la sociedad para siempre, vivo o muerto.

Su sueño de ser Hokage parecía cada vez más imposible. Después de todo, nunca podría ser el líder si toda su aldea lo odiaba a muerte. Y tampoco estaba seguro que quisiera serlo. Lo que había experimentado en su vida y en las últimas horas habían afectado su perspectiva de forma considerable. ¿De verdad quería seguir viviendo en un lugar donde la gente celebraba sus fracasos? ¿Acaso no merecía algo mejor?

Poco a poco, una idea comenzó a tomar forma en su mente, descartando sus opciones anteriores.

Si ya se había dado cuenta que seguir buscando ser aceptado por los aldeanos era un completo desperdicio de su tiempo, pero aún quería demostrarles de que estaba hecho, entonces lo mejor que podía hacer era enseñarles lo que se estaban perdiendo haciéndose popular fuera de Konoha. Después de todo, si otras personas lo reconocían como valioso es porque debía serlo de verdad. Pero para lograr esto no podía quedarse allí. Si lo que más ansiaba era volverse tan poderoso como los Hokages previos, él necesitaba poder entrenar en algún lugar donde no tuviera un blanco permanente en su espalda. Y eso nunca cambiaría dentro de la aldea.

De repente su objetivo pareció obvio y claro. Naruto Uzumaki debía irse de Konoha y no volver nunca.

Una oleada de determinación, producto del atisbo de esperanza de escapar de su tortura diaria, le dio energía para secarse las lágrimas y ponerse de rodillas. Su cuerpo se quejó, especialmente su pierna, así que se aseguró de hacerlo con cuidado. Al bajar el brazo, se quedó mirando su manga naranja. Intentó contar cuantos ninjas de la aldea usaban un color similar, pero cuando la cuenta fue nula, se quitó la campera y la tiró al suelo. Si iba a huir, vestir algo que lo distinguía del resto era una mala idea.

Tan pronto como se quitó el abrigo, su atención pasó al río de sangre en su brazo que provenía del corte de kunai que al parecer había vuelto a abrirse. Considerando que ya había usado la única venda que había encontrado en el depósito para hacer presión en el de su pierna, tomó la decisión de cortar con uno de los kunais de Mizuki una de las mangas y usarla para detener la hemorragia.

Mientras apretaba los dientes por el dolor del contacto de la tela con su herida y trabajaba lo más delicadamente posible, recordó algo muy importante. Él era solo una herramienta para Konoha, y como tal, no lo dejarían irse así nada más; el Kyuubi les pertenecía. Si se iba sin precauciones no le cabía duda que lo encontrarían antes que saliera el sol.

Tenía que poner su cerebro en acción si quería ganar ventaja. Esconderse hasta que se presentara una oportunidad de escape no serviría; las narices de los Inuzuka eran demasiado buenas como para caer en un truco tan barato. Tampoco es como si pudiera crear caos con tal de distraer a los guardias de la puerta. No tenía tiempo o material y era seguro que lo estaban esperando.

Se pasó una mano por el cabello, despeinándose aún más todavía. No tener ni una idea resultaba demasiado frustrante. Por cómo estaban las cosas, sólo un fantasma podría salir de la aldea.

Tan pronto como el pensamiento pasó por su mente, irguió la cabeza a tal velocidad que casi se fractura el cuello. Al único que los guardias no esperarían intentando fugarse sería a un muerto. Y si se volvía uno…

Era brillante. Sabía que no los engañaría eternamente, pero le compraría un par de horas. Analizó un rato su alrededor para ver qué podía hacer y terminó optando por incendiar el depósito. No requería mucho esfuerzo y esperaba que creara caos suficiente para atraer la atención de todos aquellos en guardia. Juntó cada libro y pergamino que encontró para que hicieran de combustible y recogió unas piedras apropiadas para poder iniciar las llamas.

Una vez que logró prender unas chispas, Naruto puso un poco de distancia entre él y la cabaña.

Por el rabillo del ojo notó su campera, tirada sobre el pasto, y se acercó rengueando para levantarla. Era increíble como una simple prenda podía estar conectada a tantos recuerdos, tan malos como buenos, y cuando la sostuvo en sus manos, toda rota, manchada con sangre y tierra, algo se retorció dentro suyo. Aún podía sentir la emoción del día que la compró con su dinero de la pensión, obteniendo por primera vez algo propio y no donado, junto al orgullo del día que aprendió a remendar por sí solo los huecos en ésta después de haber espiado a distintas mujeres mientras cosían y tejían. Eran pequeñas hazañas que se habían quedado grabadas en su memoria y que le generaban un calorcito reconfortante en el pecho. Pero mientras más tiempo sostenía la campera, más clara se hacía la imagen mental del rostro de Kanaye con sangre chorreando de su boca.

Ansioso, Naruto arrojó la campera y todo lo que tenía puesto a la hoguera dentro de la cabaña sin dudarlo por un segundo.

Al quedar en ropa interior y camiseta pudo notar como el calor del incendio causaba que su piel se sintiera pegajosa por el sudor a pesar de la baja temperatura nocturna. Y no habían pasado ni unos segundos, que se sorprendió a sí mismo tosiendo por culpa del humo. Nunca había presenciado un incendio tan de cerca antes, así que no tenía idea de que tan rápido podían crecer, pero dentro de la cabaña las llamas estaban ganando mucha altura y se dio cuenta que si no se iba en ese momento lo atraparían aquellos atraídos por la inmensa humareda.

El proceso de huir con una renguera fue lento y agotador, donde más de una vez tuvo que apoyarse en algo y motivarse a seguirse moviendo a pesar del dolor extremo en el que estaba. Una vez que logró llegar a su departamento, dio una inspección rápida alrededor para ver si no había moros en la costa y entró a lo que siempre había considerado su fortaleza sagrada.

Dentro, Naruto dejó las luces apagadas por precaución y trató de hacer el menor ruido posible. Luego tomó su mochila y la llenó con todas las cosas que pensó que le serían útiles a la larga (incluido su gorrito de pijama). También le ató encima su saco de dormir y una bolsa con ropa extra, adicional a la que se pondría cuando saliera de la aldea.

Cuando al fin abandonó el departamento en el que había vivido toda su vida, Naruto apuró el paso para no sentirse tentado en mirar atrás y se abrazó a sí mismo para enfrentar el frío nocturno que pareció volverse más intenso con cada metro lejos de su casa.


Un joven con muletas observó pensativo por última vez la aldea. Había hablado con un viejo carpintero, el cual se iba antes del amanecer, para que lo acercara a la primera posada fuera de Konoha. De sus opciones, este era el método de viaje más seguro que se le había ocurrido, considerando que los vendedores de muebles no solían ser los objetivos principales de los atracadores hasta que no hubieran hecho un par de ventas.

Su momento dramático fue interrumpido por un pequeño grupo de ninjas avanzando velozmente por los tejados arriba suyo. Era una forma bastante común de desplazamiento allí, y cualquier otro día no les habría prestado atención, pero dos de ellos destacaban con sus uniformes grises y sobretodos negros que sabía bien que no eran parte del uniforme típico. Un escalofrío recorrió su cuerpo cuando vio las cicatrices que poseía uno en la cara.

—Todo listo —dijo el anciano desde el frente de la carreta.

El chico puso una mano en cada mejilla y golpeó levemente. El tiempo para distracciones había terminado, su transporte partiría pronto. Se acercó a éste y, con el soporte de sus muletas, subió despacio a la parte trasera de la carreta. Ni bien dejó su bolso, extendió una mano para ayudar a su acompañante a ponerse a su lado y le agradeció como ya había hecho antes. Gracias a sus encantos, él no tendría que pagar el viaje y podría darle un mejor uso al poco dinero que tenía.

El comerciante y su hijo hicieron que su caballo avanzara, arrastrando consigo el vehículo, y lentamente fueron ganando velocidad.

El muchacho no tenía idea de que sucedería cuando se fuera, pero al menos sabía que no se aburriría en el camino; la dulce joven rubia temerosa que iba con él parecía más charlatana desde que habían empezado a hablar sobre las ventajas del ramen, en un ataque de nervios quizás, mientras tocaba sus propios vendajes.


Hola, soy LogicHeart!

Espero que te haya gustado este primer capítulo de lo que espero que sea una historia larga!

Esta es la primera historia que escribo y la empecé en el 2018, pero pasé mucho tiempo aprendiendo a escribir y reescribiendo mis primeros capítulos. Ahora que ya me siento conforme con la calidad no voy a volver a tocarlos (espero jajaja) y me voy a concentrar en el resto de los capítulos.

No tengo un final planeado todavía así que como vaya a seguir esta historia es una sorpresa para todos incluida yo en el momento en que estoy escribiendo esto, aunque tengo ideas de cosas que quiero que pasen.

Aprecio los comentarios, favoritos y follow que ya me han dado y los que con suerte van a venir =D

Besos!