Querida lectora: bienvenida nuevamente. Recuerda que para leer esta tercera y última parte, debes haber leído "Dígame Tonks" y luego "Cuando las cenizas vuelan".

Para quienes me siguen hace más de una década, pido disculpas por tanta tardanza, pero soy una mujer de palabra, aunque me tome tiempo. ¡A disfrutar!

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Disclaimer: este fanfic posee partes de la OF, PM y RM, que por supuesto no han sido escritas por mí, sino que por JK, pero se han usado para seguir el hilo conductor de la historia, para que sea canon. Ustedes sabrán distinguir qué es original y qué es de JK.


Camino al infierno

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—Maldición —mascullé iluminando el reloj con la luz de la varita para ver la hora en medio de la densa oscuridad de mi hogar, notando que me había dormido sólo dos miserables horas. De pronto me había despertado abruptamente, con el corazón acelerado y la piel de gallina.

Afuera se oía el viento feroz que se trataba de colar por las hendijas de mi ventana, haciéndola silbar tétricamente de vez en cuando como un fantasma en pena. Supuse que estaba nevando y que, tal vez, el repiqueteo de alguna rama del exterior me había despertado, o el mismo viento garrafal.

Cerré los ojos con fuerza intentado dormirme otra vez, pero no lo logré y me puse a pensar nuevamente en aquellas ideas que tanto me habían acosado durante el día.

Si alguien me hubiese preguntado hace diez años atrás que qué significa estar enamorado, hubiera contestado que es un sentimiento hermoso que brota del alma y que se da hacia otra persona por algún motivo en especial; a menos que lo hubiese buscado en el diccionario, y en ese caso lo definiría escasa y pobremente como "que siente amor". Si me lo hubiesen preguntado en ese instante, sin duda habría contestado que es una enfermedad, que puede ser aguda, aunque también puede pasar a casos crónicos, e incluso puede ser contagiosa. Los casos agudos tienen solución; los casos crónicos, no, pero algunos pueden controlarse, dependiendo de la persona que esté enamorada y de quién se esté enamorado. ¿Cuál era mi caso? El peor de todos: un "pseudoenamoramiento agudo", que temía que pudiera pasarse a un "enamoramiento agudo" como tal; el que podría convertirse en "crónico controlable" y que, sin duda, evolucionaría a "crónico incontrolable" como etapa final.

¿Qué estaba mal conmigo? Mala pregunta en realidad, porque desde mi nombre hasta la puntas de mis cabellos estaba mal. Insisto: ¿en qué momento mi madre se le ocurrió ponerme "Nymphadora"?

En cualquier caso, mi postulado se basaba en que Cupido es discapacitado. Ciego, por hacer que nos enamorásemos de las personas más equivocadas en los momentos menos indicados; sordo, por no escuchar nuestras plegarias ante nuestro sufrimiento; y mudo, por ni siquiera atreverse a advertirnos en qué clase de problema nos vamos a meter. Sólo una forma bonita de decirlo, porque, en resumen, Cupido es un imbécil sin cerebro y con mala puntería.

Me acurruqué en mi cama y escondí la cabeza entre la almohada porque tenía las orejas congeladas. Habían transcurrido catorce horas desde que Remus se había bajado del Autobús Noctámbulo y me había dejado prácticamente plantada, sin darme mayores explicaciones de su repentino cambio de planes. Me había dado mucho que pensar y la jaqueca del siglo. O tal vez fuera el frío que me tenía la cabeza bajo presión. Por supuesto, estaba muy equivocada si pensaba que Remus Lupin se iba a convertir en mi prioridad. Era la punta de mis problemas; de hecho, estaba pasando por alto al drama llamado "Severus", y es que estaba completamente cegada ante el nuevo sentimiento que había nacido en mí por Remus; había sido algo avasallador. Y por supuesto que se me habían olvidado todos los problemas que podían aparecer en mi vida: desde amores no correspondidos hasta familiares locos que tratarían de deshacerse de mí en un futuro no muy lejano.

Estaba lejos de tener paz en mi vida. Tiempos difíciles se acercaban y yo no tenía idea a lo que me iba a tener que enfrentar. Iba directo al infierno, caminando por vidrio roto y ardiente. Casi sentía el olor a carne asada bajo mi nariz.

—Que Merlín me ayude.

En parte, sabía que todo sería más fácil si Remus quitaba a Severus de mi cabeza al estilo "un clavo saca a otro clavo". Pero, por lo menos, con Severus estaba a tres cuartos de camino de casarme y tener hijos; con Remus no tenía siquiera los cimientos de la relación construidos, así que no tenía idea qué esperar.

Me quedé gran parte de la noche dándole vueltas al asunto: tendría que haber sido algo simple, es decir, una vez revelados mis sentimientos hacia Remus, debí haberme olvidado de Severus, pero ¡las cosas no funcionaban así! En ese momento, por supuesto que pensé que nada, absolutamente nada podía ser peor que hallarme en tal lío. Estaba tan equivocada…

Desperté en estado zombi unas cuantas horas más tarde para irme a trabajar, y sólo atiné a ducharme. No tuve energía suficiente para mirarme en el espejo siquiera.

Desayuné al ritmo de los ronquidos de mi padre que se oían hasta el comedor. Engullí unas cuantas galletas que había preparado mi madre la tarde anterior con un gran vaso de leche tibia. Ni siquiera recuerdo si me lavé los dientes o me fui directo a trabajar. Sólo sabía que Shacklebolt me había pedido que llegara a las siete y media, y eso era lo que pretendía hacer.

Entré arrastrando los pies, sacándome disimuladamente una lagaña que se me había quedado pegada en el ojo. Definitivamente no era mi día.

"¿Ese es Remus? No, claro que no; ese es uno de los esperpentos del Departamento de Cooperación Mágica Internacional… Qué diablos, y ahora estoy empezando a verlo en cualquier lado, como los típicos clichés, ¿cierto? Su nombre en la radio, en las revistas; su aroma en cada lugar… "

Esa mañana noté mucho movimiento en el Atrio. La gente cuchicheaba y se movía de un lado a otro, desapareciendo y entrando por las chimeneas constantemente, subiendo y bajando por los ascensores. No obstante, yo estaba tan sumida en mis propios problemas, que no puse atención a lo que conversaban las brujas y magos, mientras esperaba a tomar el ascensor.

Cuando por fin era mi turno de subirme, vi que mi amigo ―el morenazo―, con ojos grandes, iba bajando de éste. Miré la hora: me había retrasado cinco minutos.

—¡Por las pantuflas de Merlín! Son sólo cinco minutos; pocas son las veces que llego tarde… —comencé a excusarme sin mucho esfuerzo. No tenía energías para pelear.

—¿Viste las noticias? —susurró con voz estremecida. Mi cara de desconcierto fue suficiente para que supiera la respuesta a esa pregunta. Antes de que pudiera decir más, me hizo un gesto para que lo siguiera y me llevó hasta el lugar más alejado tras unos grandes letreros donde había todo tipo de anuncios, desde mascotas perdidas hasta ofertas laborales. Con un rápido movimiento desplegó ante mis ojos la nueva edición de El Profeta. —Me topé con Arthur y acaba de entregarme esto —masculló trémulamente.

Al principio no comprendí lo que vi cuando miré el periódico. Tan sólo parecía un puñado de gente amargada en la portada. Y de pronto…

Le arranqué el diario de las manos mientras sentía cómo mi corazón iba acelerando su palpitar a cada segundo que pasaba, hasta llegar a un ritmo descomedido.

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FUGA EN MASA DE AZKABAN

EL MINISTERIO TEME QUE BLACK SEA EL "PUNTO

DE REUNIÓN" DE ANTIGUOS MORTÍFAGOS

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Mi mirada se detuvo con horror en la fotografía de aquella mujer, quien me devolvió una mirada con ojos perversos y una sonrisa burlona.

Contuve de hacer algo apresurado. Miré a Kingsley con calma, intentando controlar mi presión cardíaca y mi respiración.

Mierda. Mierda, mierda, mierda.

Si algo era cierto, era que pocas personas (contadas con los dedos), sabían de mi procedencia —salvo la gente importante del Ministerio, como Fudge y Scrimgeour—. Mi padre no era conocido, y yo jamás había mencionado a otra gente el apellido de soltera de mi madre. Mis compañeros de trabajo probablemente juraban que yo era una bruja cualquiera, y por las características de mi personalidad debían apostar que yo era sangre impura. Jamás me había dedicado a especificar la historia de mi vida. Y eso, en ese instante, era una ventaja. Nadie del Ministerio me miraba ni me apuntaba con el dedo.

De pronto pensé en Severus. Él era doble agente, él debía saber lo que estaba ocurriendo… El problema es que estaba furioso conmigo, y en esos instantes permanecía en Hogwarts, lo que hacía que fuera aún más imposible toparme con él.

Pero, y una vez más: ese no era el problema principal.

Le devolví el periódico a mi amigo y mascullé con voz temblorosa, intentando calmarme:

―¿Por qué no nos dieron la alarma, Kingsley? Somos malditos Aurors. Debimos haber sido los primeros en enterarnos, no los últimos y a través de un periódico de mierda.

―La alarma también debe estar manipulada por Fudge, como todo lo demás ―replicó mi amigo ceñudamente―. Ahora mismo iré a hablar con Scrimgeour para pedir una autorización e ir a investigar a Azkaban. No creo que saquemos mucho, pero tal vez hallemos alguna pista de algún reo.

Me puse una mano en la frente y suspiré.

―Tengo que ir a ver a mi madre. Tendrás que ir con alguien más a Azkaban.

—No es seguro que salgas de este modo —me dijo con voz firme.

—Si ella lee la noticia antes de que yo llegue hasta allí, es capaz de venir a buscarme y montar un escándalo de proporciones épicas —mascullé con la voz aún temblorosa—. No puedo permitir que se arriesgue. Tú la conoces, Kingsley… —dije en tono de advertencia—. Recuerda que ella fue la que corrió a Hogwarts para buscarme cuando me perdí en el Bosque Prohibido en séptimo año, y esto es mucho, mucho peor que eso. No dudes de que iré por cielo y tierra buscando pistas para pillar a esos bastardos, pero tienes que dejarme ir ahora.

El mago me miró pensativo y preocupado.

—Le prometí a Margaret que te cuidaría —me dijo como si esa fuese suficiente razón para permanecer en el Ministerio.

—¿Por qué le prometiste tal cosa?

—Porque eres descuidada.

—No soy descuidada. Soy… Soy una persona despreocupada en ciertos aspectos, que es diferente.

—Es lo mismo.

—Ya, da igual —le zanjé—. Tengo que ir. Sola —recalqué—. Tú no te puedes mover de acá, me tienes que cubrir. Volveré lo antes posible, pero primero tengo que ver cómo están las cosas en mi casa. ¿Viste?, tampoco soy tan despreocupada como crees.

Me escabullí de la forma más silenciosa posible, pero juré haberme sentido seguida por la inquisidora mirada de Eric Munch. O tal vez uno de sus granos había mutado y tenía ojos para ver por sí mismo.

Cuando llegué a la casa, ya había aclarecido por completo un cielo muy gris, y me pillé un espectáculo muy acertado a lo que esperaba encontrar: Drómeda estaba abultando cosas en un par de maletas y hablaba con histeria sobre ir a buscarme inmediatamente.

—¿Podemos calmarnos? —sugerí con voz potente. No se habían percatado de mi presencia. Ambos se giraron hacia mí dando un respingo. Mi padre me observó con cara de "haz algo por favor"; mi madre, en cambio, se acercó con aspecto pálido y ojos llorosos.

—Tenemos que irnos de aquí. Ahora mismo —me dijo tratando de mantener la compostura para que no la tildáramos de histérica.

—No —dijimos al unísono con mi padre. Me aproximé a ella y la tomé de los hombros, mirándola profundamente a los ojos—. Mamá, no podemos irnos de aquí. Corremos más riesgo afuera que aquí. Sólo tenemos que aumentar la seguridad de la casa. Además, ellos ni siquiera saben dónde vivimos, lo que es una ventaja.

Tal vez fue el tono de convicción con el que dije todo eso, o sencillamente porque ella no tenía demasiadas ganas de discutir, pero se rindió más rápido y fácil de lo que había imaginado. Respirando con fuerza se sentó en el sillón más cercano, dejando caer la varita. Ésta provocó un par de chispas al tocar la alfombra.

—Sé que no podré convencerlos —dijo con cierta molestia—. Pero créanme cuando les digo que los Lestrange son capaces de hacer cualquier cosa —dijo y me miró de forma penetrante—, y me refiero a cualquier cosa, con tal de herir, matar y salirse con la suya.

—Eso no me lo puedes decir a mí —bramó mi padre. Por primera vez en mi vida lo vi realmente cabreado—. Precisamente yo fui el que te sacó de esa vida que llevabas en esa casa de locos —continuó. Se arrodilló a su lado y le tomó las manos—, y si huimos esa vez, fue para poder rehacer las nuestras a nuestro modo. No vamos a escapar de nuevo, de nuestro hogar, de nuestros recuerdos. Tenemos a nuestra maravillosa Auror que nos ayudará con unos sortilegios para protegernos, y nos prepararemos para enfrentarlos, en el peor de los casos. Pero no pienso irme de aquí. Aquí está toda nuestra vida.

Mi madre torció su cabeza como un perrito.

—Oh, Ted, sabía que estaba tomando la mejor decisión de mi vida cuando me fugué contigo… —masculló orgullosa, abrazándolo con fuerza—. Y tú, hija… Por favor, anda con cuidado… —rogó, mirándome sobre el hombro de mi rechoncho padre.

Antes de que volviera al trabajo mi padre se me acercó con aspecto culpable.

—No es que no haya querido decir lo que dije, porque de verdad lo siento —farfulló confidencialmente—. Pero no pienso dejar la casa, ¡no cuando tengo el refrigerador lleno de cervezas!

Sonreí condescendientemente. Sabía que bromeaba para bajar el perfil de su preocupación, pero decidí seguirle el juego.

—Sabía que estabas demasiado serio para la situación. Nunca eres así. Menos mal que no se lo dijiste a Drómeda, sino te habría echado a ti, con maleta y todo.

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El resto del día en el Ministerio de Magia todo estuvo muy ajetreado, pero fue una ventaja para que los miembros de la Orden del Fénix pudiéramos comunicarnos sin problemas. Kingsley había armado un equipo táctico y lo envió a Azkaban, pero decidió que nosotros nos quedáramos en las dependencias del Ministerio para estar atentos a cualquier situación.

Y, como si necesitáramos más malas noticias, Arthur, a la hora del almuerzo, en la zona más oscura del comedor, me dijo:

—Broderick Bode fue asesinado en San Mungo.

Arthur Weasley ya estaba a bordo del tren otra vez, más rejuvenecido que nunca. Se había recuperado por completo de las heridas, aunque aún se me hacía un poco paliducho. Había perdido demasiada sangre.

—¿El Inefable del Departamento de Misterios? —inquirí asustada—. ¿Y cómo fue que sucedió eso? ¿Por qué demonios los Aurors nos enteramos al último de estas cosas?

—Se supone que es un accidente, por eso no les llegó la alarma. Pero yo no me lo trago —replicó y me explicó que alguien llevó un Lazo el Diablo como regalo de navidad al hospital y este lo atacó en el momento más inesperado.

—¿Esto tiene que ver con el arma, entonces? —inquirí nerviosa, pensando en el pobre Harry y en aquella profecía―. ¿No debiéramos investigarlo por nuestra cuenta?

—Probablemente, pero es mejor esperar por las instrucciones. He recibido un mensaje de Dumbledore. Mañana, a las nueve, en el mismo lugar de siempre —dijo y el corazón me dio un salto.

—¿Irán todos? —pregunté con cierto interés, aunque ligeramente turbada.

—Supongo —replicó encogiéndose de hombros. Luego se despidió con una triste sonrisa—. Debo irme, nos vemos.

El estómago se me anudó de los nervios. Si iban "todos", significaría que iba a encontrarme cara a cara con Remus y Severus simultáneamente, y eso era un peligro, dado que podría sacar a relucir toda la idiotez que estaba guardada en mi interior; esa misma que me hacía derribar y romper cosas, pero multiplicada por dos.

—Tal vez me deje atrapar por mi querida tía Bellatrix. Así desaparezco.

—¿Desaparecer? ¿A dónde?

Me sobresalté. De pronto Eric Munch estaba tras de mí con su bandeja del almuerzo flotando a su lado.

—Desaparecer "así" —le dije y me fui a paso rápido del lugar, decidiendo saltarme el almuerzo, sin volverme a mirar la fastidiosa cara del recepcionista, quien parecía haber vuelto en toda su gloria y majestad para molestarme. Por esa razón llegué muerta de hambre a la casa, cerca de las nueve de la noche, en medio de una lluvia torrencial.

Parecía ser el preludio de una historia de terror y drama.

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Canciones del capítulo:

Stupid Cupid – Connie Francis

Walking on Broken Glass – Annie Lennox

Anxiety (Get Nervous) – Pat Benatar