No me dejó alternativa…

Los personajes no me pertenecen. Por cierto, pido excusas por cualquier inexactitud en la historia. Aunque quiero hacer una versión cercana al original de Keiko Nagita, la misma puede tener algunos fallos o errores, incluso cambios que se noten, y quiero que me los anoten antes de publicar en las aplicaciones correspondientes. Comienzo, sin embargo, con lo siguiente: esta historia tratará mayormente la historia de Candy y Albert contada desde más de una perspectiva. No hay aviso de estos cambios de perspectiva o de autor omnisciente a la visión particular de alguno de los personajes, mayormenbte de Georges. La atención es importante para determinar quién cuenta la historia. También se salta de un período de la historia a otro, así que no es lineal. Esta historia, por ser de más de 100 páginas, me parece razonable darle un comienzo y continuarla en las aplicaciones de escritores. Tampoco, a esta fecha (agosto de 2022) la he finalizado. Espero hacerlo antes de que se acabe el año. Disculpen el inconveniente y espero que les guste…

Allí estaba él, solo, lloroso y suplicante, aunque no lo decía con palabras. La verdad, no sabía qué hacer. Quizás si hubiera querido ignorar las circunstancias que lo tenían así, hubiera obtenido una mejor respuesta, pero sinceramente, pienso que quería estar solo. Todo su dolor, toda su angustia, sí, le había advertido que explotaría de algún modo, pero jamás sospeché la magnitud del error que había cometido hasta que decidió sincerarse conmigo días después. ¿La razón por la que no quería hacerlo en principio? Porque de algún modo su orgullo herido me había convertido, momentáneamente, en su enemigo. Pero había algo más…

Después de perder a su hermana, el único ser que le había dado significado a su vida, no le había quedado nada más que tiempo en sus manos y sed de amor en el alma. Era apenas un niño, que había perdido a su madre y luego a su padre; que se había rodeado de responsabilidades que para alguien de su edad eran demasiadas. Yo, a diferencia de él, tenía un sentido del deber más allá de mis sentimientos o preferencias. Sí, me sentí acogido en su momento por el clan, y pensaba que había adquirido una deuda de por vida con ellos. Por eso, cuando William decidió dejar por un tiempo sus asuntos, aunque en desacuerdo con él de algún modo, tomé la batuta. Y cierto, primero se lo había prometido a su padre, luego a su hermana y por último a la tía Elroy, que yo sería el responsable de ese niño. Por la vida que había llevado hasta entonces, por todo lo que me dieron desde que fui rescatado de las calles, nunca renegué de esa responsabilidad.

Me di cuenta de que, últimamente, sin embargo, estaba feliz como no lo había visto desde hacía tiempo. La circunstancia de su felicidad fue lo único que le dio algún sentido a su vida. Y sí, Dios le dio algo muy grande con esa niña al haber perdido tanto, tanto. Fue la luz de sus ojos desde el primer momento en que la vio. No dudo de que la amara desde entonces, aunque él mismo no entendiera lo que le pasaba. Y tenía mucho miedo, sí, de perderla, como cuando se tuvo que ir durante esos siete años que no dejó de preguntarme por ella. De algún modo, sabía que ella lo buscaría. Ni siquiera entendí cómo era que lo sabía, pero en efecto, ella lo buscaba, y él mismo me contó, cuando nos reencontramos luego de que recuperara la memoria, que ella le había contado todas sus aventuras en esa búsqueda, algo que nunca dejó de hacer ni aún cuando ignoraba que ella lo estaba buscando y, pues, no lo reconoció.

Fue de las veces, cuando me contaba cada ínfimo detalle, que entendía que las circunstancias de sus encuentros estaban plagadas de toques del destino. Por tanto, su decisión de adoptarla en el clan, aunque me pareció correcta, no se ajustaba al hecho de que eran tan próximos en edad. Pero darle un apellido, eso no lo cuestioné. La excusa que le dio, sin embargo, a la tía Elroy de que fue por sus sobrinos, que le habían solicitado que lo hiciera, fue por ella quizás cuestionada cuando se dio cuenta de que, aunque había ella decidido alejarse y renunciar al apellido, él nunca quiso dejarla; nunca quiso hacerlo aún lo que hiciera ella contrario a forma. La tía comenzó a sospechar de sus motivos, aunque fuera a nivel subconsciente. Cada vez que podía, le preguntaba, pero él siempre la esquivaba diciéndole que no haría nada contra la memoria de su sobrino y luego tampoco del joven Aristear. Ella se quedaba medianamente satisfecha, pero nunca dejó de sospechar que algo más había detrás de su interés.

La presión fue peor cuando él reapareció luego de su escapada a África. Por suerte, yo era el único que sabía sobre sus arreglos de cohabitación con ella, y no se los iba a revelar a la tía Elroy. También era una suerte que Archibald no supiera quién era él. Todos lo conocían como Albert, el vagabundo que vivía en la casa del bosque, la antigua cabaña de caza de los Ardlay, o al menos eso fue lo que les había contado a todos. Eso facilitaba y también complicaba las cosas de cierto modo. Pero otra cosa me llamó la atención de una conversación que parece que tuvo poco antes de enlistarse el joven Stear, que me pareció particular, como si Stear supiera algo que parece haber escapado de escrutinio, al menos de parte de nosotros, y cuando digo nosotros, me refiero a la tía Elroy y hasta de mí…

…..

El día que se fue Candy del Magnolia fue el día en que Albert comenzó a sentir las cosas aún más. Hacía poco tiempo que se había ido a vivir con su enfermera, y esa interrupción en la vida de ella de un actor que él mismo no recordaba, le hacía pensar en que, con ella, las cosas sabían y se sentían diferentes.

"Creo que debo hablar con la Sra. Gloria sobre lo de arreglar la calefacción, Pouppét, aunque si te digo la verdad, este frío que hace es porque Candy no está. Me pregunto si regresará y de hacerlo, si se quedará con nosotros", le comentó medio entristecido a su pequeña mascota, que se acomodaba frente a la calefacción en ese momento, y lo miraba con ojitos de ternura y comprensión. Sí, también extrañaba a Candy, aunque no más que él.

Ella se había ido esa mañana muy temprano, demasiado temprano incluso para ella, que regularmente era muy dormilona. Llevaba un mes organizando ese viaje, que coincidía con el debut de Terrence Graham como Romeo. Albert se había enterado, pero nunca le dijo a Candy, que el protagónico femenino había cambiado, pero no sabía las razones y no les dio importancia. Ella esperaba que esa chica, Susanna Marlowe, con quien se rumoraba que Terry tenía un romance según los tabloides, fuera la Julieta de su Romeo sólo en la obra, pero, de nuevo, realmente era una información que no tenía importancia para él. Después Candy misma le contó por qué ocurrió todo, y comenzó a atar cabos…

Regresando, sin embargo, a su realidad, la calefacción estaba fallando desde hacía varios días, pero el calor que sentía cuando Candy estaba cerca a veces le quemaba tan fuerte, que el frío se le hacía secundario. Y sí, por poco le confiesa…no sabía qué, porque lo que estaba sintiendo por ella, no lo reconocía en los pocos hilos de memoria de las cosas que había comenzado a hilvanar como recuerdos. Habían sido las historias que ella misma le contaba, plagadas de detalles que él reconocía de las memorias de ella. Pero era obvio que no sabía más de lo que él mismo le había revelado de su vida anterior, que aparentemente no había sido mucho. Faltaban detalles importantes, como un apellido, una edad, pero esos tampoco los tenía ella. Habían ido, por cierto, al Registro Civil y, ya que él se había identificado como su hermano, sus documentos más básicos lo registraron como Albert White para que al menos tuviera una cédula, aunque fuera temporera, para poder trabajar, y la explicación de cómo sus documentos se habían perdido en Italia con su memoria. No había más nada que hacer con eso, a menos de que él mismo recuperara la memoria y supiera quién era en realidad. Pero de algo estaba seguro: nunca fue ni tuvo la intención de convertirse en hermano de su rubio tormento. Según lo que parecía de su diferencia de edades, se había establecido que él tenía 25 años.

En esos pensamientos estaba cuando un leve toque de la puerta lo hizo regresar a su frío helado. Cuando abrió, vio a Stear tiritando de frío.

"¡Entra, amigo! Ahora mismo le comentaba a Pouppét que algo hay que hacer con la calefacción. Voy a hablar con la casera para ver si puedo ayudar, ya sabes a arreglar... Este frío está terrible. Bueno, pero quieres té a ver si se nos pasa", le dijo tomando su chaqueta y colocándola en el perchero.

Stear le afirmó con la cabeza, y se quitó la bufanda, que lo estaba ahogando. Luego se quitó los guantes momentáneamente y pegó sus manos a la calefacción. Pouppét lo miraba con algo de recelo. Le estaba robando el poco calorcito que emitía el artefacto dañado.

En la cocina, Albert calentaba el agua mientras tanto. No hubo más intercambio de palabras por el momento. La verdad es que Stear no sabía cómo decirle lo que tenía que decirle a Albert. De hecho, sospechaba que Albert era el único del grupo de amigos que sabía, o al menos sospechaba de sus intenciones. Lo otro, lo que Archi y los demás sí sospechaban de él y de su relación con Candy, era otra cosa, y para Stear ese era el tema más importante. Tenía que saber, que confirmar eso que él y su hermano y amigos sospechaban desde hacía tiempo.

Aunque sabía que esa visita de Candy a NY podía ser el fin de sus posibilidades, también creía que Terry haría algo para acabar eventualmente destruyendo las ilusiones de Candy. Y todos ellos, aunque de algún modo todavía albergaban algún sentimiento por ella, también entendían que Candy jamás los querría así, pues a ellos sí los veía como hermanos, de modo que iba decidido a no dejar ese asunto pendiente por si por alguna razón no regresaba de la jornada que tenía en mente realizar. Pero el tema, aún con el supuesto acierto, no se había tocado, al menos no directamente. Y era difícil, porque él sospechaba que no era fácil para Albert de admitir, y menos sin memoria. ¿Estaba realmente Albert enamorado de ella desde antes? También sospechaba que sí. De hecho, recordaba momentos en que ella lo visitaba al zoológico Blue River en Londres y haberlo visto mirándola con una ternura que tildaba en devoción, y le estaba raro (muy parecido a Georges en su momento). Y aunque no sabían su edad, era obvio que les llevaba algunos añitos, aunque lo habían visto rejuvenecerse y se preguntaban si eran por los "cuidados de cierta enfermera".

En esas cavilaciones se encontraba cuando de pronto la tetera avisó que el agua estaba calentita. Albert la levantó del horno y se dirigió a la mesa. Allí se sentaron uno frente al otro. El silencio se mantuvo durante varios minutos, mientras ambos degustaban su té y galletas con chispas de chocolate que había preparado la noche anterior, sus favoritas. Pero había que romper el silencio. Albert fue el que lo hizo.

"Así que, Stear, qué vas a hacer con tu deseo de unirte a las fuerzas armadas", le dijo con este tono de tranquilidad con el que siempre calmaba las ansiedades de Candy, y pensaba que podía, en ese momento, ayudar también con las ansiedades del amigo que ahora estaba frente a él.

Stear a esto abrió bien grandes los ojos, mientras Albert lo miraba compasivo. Aún sin memoria, a Albert jamás se le escapaba un detalle, y más de la gente que comenzó a considerar su familia. Y en esos días, que habían compartido la mesa del Magnolia, hubo tiempo para él reconocer tantos rasgos de uno u otro miembro del grupo de amistades de Candy.

"¿Cómo lo sabes?", preguntó Stear inocentemente.

"Soy más maduro que ustedes y, aunque no tengo memoria, al menos reconozco ciertas cosas que se me hacen familiares".

"Entonces significa que Candy sabe también…"

"Oh, no, no, no, no lo sabe, no aún. Y he preferido no revelarle eso que he notado en ti, amigo. Además, con todo esto de NY, no creo que sea buena idea darle una noticia de tal magnitud. Entiendo también por qué no quieres hacerlo con Patricia y Archi, aunque creo que, en efecto, deberías hacerlo".

Stear bajó la vista. No quiso explicarle más a Albert sus razones viendo que él ya las conocía. También entendía que, en el fondo, no estaba de acuerdo con su decisión, aunque no se lo expresara abiertamente.

"Me voy tarde esta noche. Hoy fui a despedir a Candy a la estación".

Albert abrió los ojos de par en par…

"¿¡Tan pronto!?"

"Sí".

"Gracias por confiar en mí, prácticamente un extraño, pero qué te ha motivado", dijo sorbiendo un poco de su té.

"Para mí no eres un extraño, Albert. De hecho, desde que te conozco, siempre te admiré. Yo, como Ardlay, nunca tuve esa libertad. Me hubiera gustado vivir como tú, pero la carga de un apellido es terrible. A mí, sin embargo, me pesa ver a otros jóvenes morir bajo la marca de una guerra de viejos, y por eso me siento responsable, eso es lo que me motiva a tomar esta decisión. Siento una culpabilidad terrible por haber nacido en cuna de oro; me siento mal…", le comentó sin siquiera saber que ese joven frente a él sabía de lo que le hablaba, aunque al momento no lo recordara.

"Lo sé…", le respondió inocentemente.

"Pero no quiero irme dejando cabos sueltos. Por eso decidí hablar contigo hoy y quiero que me escuches y me contestes algo antes de yo irme".

"Por supuesto, amigo", le respondió Albert pensando que tal vez él, que por alguna razón lo sentía muy cercano, había entendido todo lo que a él le pasaba por la mente y el corazón.

"Esta mañana, cuando fui a despedirla, ni siquiera se extrañó de que estuviera ahí".

"Iba muy emocionada. Debes entenderla…"

"Iba muy emocionada, y sí, la entiendo, y ojalá fuera feliz, pero…"

"Pero…", quiso que Stear le terminara el comentario.

Stear en ese momento se levantó de la silla y le dio momentáneamente la espalda a Albert, como para que no se sintiera tan incómodo. Y esperó unos segundos para hacer la pregunta que le venía rondando la mente desde que Albert entró en sus vidas de vuelta hacía unos pocos meses.

"Tú…la amas a ella".

Albert no reaccionó, ni contestó inmediatamente. Sus ojos perdidos miraban de pronto también hacia la distancia, como traspasando paredes, mientras Stear seguía dándole la espalda de todos modos. ¿Qué le diría? ¿Que se había enamorado de su enfermera y que no sabía cómo, cuándo o por qué le había pasado? Un silencio incómodo de varios minutos era la más fehaciente respuesta. De pronto, él, con un tono muy bajo, le contestó:

"Sí…lo siento".

Stear se giró en ese momento, con verdadera emoción y alegría de corroborar sus sospechas, y le respondió.

"Lo supuse desde hace tiempo, así que no te sientas mal. De hecho, todos nosotros…", mencionó sin terminar la idea al verse interrumpido.

"No debí…"

"Albert, amigo, te voy a decir algo. Ninguno de nosotros debimos, pero lo tuyo es diferente. Tú te crees que ella regresó a ti para cuidarte y salvarte de ti mismo, pero no. Dios permitió que tú y ella se reencontraran por alguna razón muy, muy importante. De todos los sitios en que pudiste haber terminado…"

"¿Y Terry?"

"Terminaste donde estaba ella…", luego le contestó lo que preguntaba. "Terry no ha hecho más que desilusionarla. No tardará en hacerlo. Quisiera no pensarlo, porque también su felicidad para mí es lo primero, pero no dudo que esto sea temporero, que termine, como siempre, rompiéndole el corazón. Ojalá me equivocara, pero conociéndolo como lo conozco, no tardará demasiado en hacerlo. No, no lo hace a propósito; es algo más poderoso que él mismo. Y ella, como siempre, correrá a ti. Lo que quiero saber, y sospecho la respuesta, es que tú estés dispuesto a estar con ella no importa qué".

"Sabes que sí", dijo muy convencido.

"Gracias. Eso me reconforta. Quisiera dejarla en unas manos queridas, que la hagan sentir bien cuando todo su mundo se le derrumbe".

"Y Patricia, ¿no quieres que le diga nada?", le preguntó como queriendo cambiarle el tema al sentirse un poco vulnerable.

Stear suspiró en ese momento.

"Ah, mi querida Patricia…sé que será muy fuerte. Quizás desfallezca momentáneamente, pero al final, aceptará lo que quiero incluso si yo perdiera…bueno, ya sabes".

"Entiendo…", dijo sorbiendo su té caliente.

"Albert, sé que serás consuelo para todos si algo pasara. Para mí siempre serás mi hermano mayor. Y sé, porque lo sé, que en menos de lo que piensas, tendrás el corazón de Candy también. Bueno, es que ya lo tienes, aunque ella no lo sabe aún. Dale tiempo para que lo descubra, y ámala como ella merece. Ella ha tenido una vida muy difícil, y ese consuelo de alguien que la ama como tú lo haces es lo que ella necesita".

Así mismo, en ese mismo momento, ambos hombres se confundieron en un abrazo.

"Cuenta con eso, buen amigo. Yo jamás la defraudaré, y si Dios me diera su corazón, jamás se lo rompería; haría todo lo que estuviera a mi alcance para que fuera feliz".

Stear de pronto suspiró tranquilidad. Sabía que su buen amigo le cumpliría.

"Ahora debo irme. Hay alguien más de quien debo despedirme…"

"De Anthony…"

"Sí, de Anthony. Hasta luego, mi buen amigo, mi hermano… (de pronto se giró en camino hacia la puerta para mirarlo a los ojos, mientras a la vez se colocaba toda su parafernalia de invierno) Archi, Anthony y yo éramos los tres mosqueteros de niños. Si hubieras estado con nosotros, definitivamente hubieras sido el cuarto, uno para todos y todos para uno. Te hubiéramos enseñado a tocar la gaita", sonrió. "Era algo que hacíamos siempre para recordar a nuestros antepasados".

Albert se sonrió en ese momento. Imaginó de pronto una vida de lealtad con Stear, el chico inventor, el corazón de ese grupo, y su hermano y primo, aunque momentáneamente no lo recordaba. Y así Stear abandonó por última vez el apartamento del Magnolia, dejando a Albert con un sabor agridulce, pero también con una emoción nueva a flor de piel…

….

Recuerdo unas noches atrás escucharlo gritar entre sollozos que le había fallado al joven Aristear. La verdad, William no era de fallar en sus promesas. Sólo circunstancias como la que lo habían obligado a dejar ese departamento me llevaban a pensar que le había hecho una promesa importante a su sobrino, y que no pudiera cumplirla. ¿Lo sabría el joven Stear desde donde se encontraba? Podría pensar que sí.

La verdad es que ese castillo que había construido en el aire con ella, nunca estuvo en su mente verlo caer de las nubes. Sí, sabía que todo comenzaba a dificultársele, pero bien entendía que no sería para siempre, sin embargo, jamás pensó que viviría un tormento de la magnitud de lo que sentía en ese momento. Tampoco veía solución, ni salida, porque más que nada, tenía miedo. Había construido con ella una base sólida, pero una gran mentira los separaba de formas impensadas.

Cuando llegó hace varios días al corporativo, no sólo se había visto obligado a tomar la decisión de la que rehuía, sino que tuvo también que replantearse si quería incluso enfrentar a su tía, que lo atormentaba también por dos cosas fundamentales: su presentación en sociedad y el hecho de que ya se acercaba peligrosamente a los 30 años y no tenía descendencia. En su mente pensaba en ricas herederas dentro de los márgenes del mismo clan, o incluso de su nieta Eliza, quien podía ser digna matriarca del título, aunque ella sabía que a William le importaba muy poco los Leagan. De Eliza, por cierto, sólo recordaba los desplantes que le había hecho a Candy, así que ni con vara larga quería tocarla.

Encerrarse en ese apartamento fue su alternativa y así se lo dejó saber. Bien sabía que a la tía Elroy no se le acomodaba subir los últimos escalones hacia el apartamento por su neuralgia. Así podría huir de ella y de sus caprichos mientras decidía qué hacer con su corazón. Pero ella no dejó de enviarles bien intencionados mensajes que él recibía y contestaba escuetamente con un "SERÁ PRONTO O TODO A SU TIEMPO, TÍA". Sus cartas no eran tan profundas y melodiosas como las que siempre le escribió a su protegida. Sí, era obvio que estaba enamorado de ella. Aún en los días de colegio, él se sentaba con su pluma y tintero como Albert, y pasaba horas buscando decirle las palabras correctas que era muy obvio que le salían del corazón. Así comenzaba una hoja y luego otra, hasta que sus comunicaciones eran perfectas, como las de ella a él. Las de William, por cierto, se las escribía yo, y no eran tan extensas ni sentidas. Sólo eran instrucciones que él mismo me daba…

Pero regresando, William no sabía que yo estaba en el corporativo ese día que llegó a las 2 a.m. después de "despedirse" de ella. La realidad es que, si hubiera sabido cómo lo haría, no se lo hubiera permitido, uno, porque él estaba equivocado desde el principio con todo lo relacionado con su convivencia y cómo lidiar con ella, y dos, porque la dejó con un dolor tan grande, que era, bueno, imperdonable. De ahí en adelante, traté infructuosamente de que le dijera la verdad por él mismo y por ella, pero William es muy, muy testarudo. Prefirió el miedo al dolor, así que no era de esperarse que me hiciera algún caso.

Los meses antes de esta aciaga decisión, se la pasaba sonriendo, imaginando dulces momentos con ella que eran cada vez menos mientras más se sumergía en sus responsabilidades. Yo le decía "LO SIENTO, WILLIAM, YA TUVISTE TU PARTE DE VACACIONES POR AÑOS". La verdad es que me provocaba lástima. Pagó por sus malas decisiones del modo que lo hizo, aunque ni él sabía que el premio lo tenía gano; la tenía a ella. Quizás a eso se debía su felicidad, aunque las bases no fueran las correctas, pero no dejaban de ser reales.

La realidad es que me hubiera encantado librarlo de todo, pero algo había que admitir. Una vez dominó lo que había dejado pendiente durante sus más de cuatro años de ausencia, no había nadie como él. Si hasta me parece ver a su padre tomando las mismas decisiones. Nadie como él para sacar a flote una empresa que corría también el riesgo de entrar peligrosamente en los despojos de la Gran Guerra. Para suerte, no sucedió, al menos no tan terriblemente como esperábamos.

Pero también, como su padre, encaraba las pérdidas con esas mismas responsabilidades día, tarde y noche, sin descanso, prácticamente sin comer ni dormir. No dejó entonces de preocuparme que hiciera exactamente eso cuando tomó la aciaga, pero necesaria decisión de abandonar ese departamento. Y aunque aún cuestiono la forma de hacerlo, la verdad es que me preocupaba demasiado que cediera a sus pasiones con ella. Estaba demasiado envuelto. Y ella, aunque tocando pronto su mayoría de edad, legalmente era aún menor.

Continuará...