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El día en que el pelinaranja cumplió los once años fue inolvidable, pues no solo gozó de los regalos de su familia y de la solicitada tarta de fresa de su madre, sino que también fue testigo de cómo un papel revoloteó por debajo de su puerta y fue a parar a sus manos. Estaba perfectamente doblado, adornado con un escudo de cuatro animales en la cabecera y sellado con lacre rojizo. La abrió, emocionado, mientras su hermana menor lo apuraba riéndose. Tenía los dedos temblorosos. «¡Por fin te llegó!», exclamó su madre.

COLEGIO HOGWARTS DE MAGIA Y HECHICERÍA

Querido señor Shōyō Hinata,

Tenemos el placer de informarle de que dispone de una plaza en el colegio Hogwarts de Magia y Hechicería. Por favor, observe la lista del equipo y los libros necesarios. Las clases comienzan el 1 de septiembre. Esperamos su lechuza antes del 31 de julio.

Muy cordialmente,

Keishin Ukai
Subdirector

Hinata estaba muy feliz, especialmente porque había sido un año muy duro para su familia debido a que su padre los abandonó. Sin embargo, muy dentro de sí, en realidad se encuentra aliviado. Ya no escuchaba gritar a su madre, no la veía decaída ni ausente, y prefería mil veces adaptarse a una vida muggle —porque su madre lo era— a volver a encerrarse en su pieza junto a su pequeña hermanita. Aún así, el temor seguía allí, inminente, cuando pensaba que su padre podía volver en cualquier momento, estar en Hogwarts haría que dejara a su madre demasiado vulnerable, completamente sola. ¿Y si él volvía…?

Negó con la cabeza para no pensar en eso, sin embargo, extrañaba la magia de su padre, era lo único que extrañaba, así que había estado todo el verano estudiando libros para la escuela, ya que en el fondo no había podido disipar la ansiedad del «¿Y si…?», «¿Y si Hogwarts no existe…?», «¿Y si ya no podemos ir porque nuestro padre se fue…?».

—Mami —El pelinaranja le mantuvo la mirada, mientras apretaba los labios, conteniendo su emoción—. ¿T-Tenemos dinero para los materiales?

Ella le sonrió con ternura.

—Claro que sí, hijo.

Aún así, se entristeció. Si su padre hubiera sido distinto probablemente tendrían un mejor estilo de vida. Pero se consoló con la idea de que algunas familias mágicas eran buenas con los muggles, mestizos y criaturas mágicas, esperando encontrarse con alguien así.

Para otros, la situación no era la misma, ni si quiera había sido esperada de manera alguna. Era inusual que hijos de no magos recibieran la carta, y cuando pasaba se decía que serían magos sorprendentemente fuertes, con un destino inusual.

Kenma Kozume había vivido la mayor parte de su vida en un orfanato llamado «Congregación Adventista», y, sí, no era un lugar exactamente acogedor. Compartía cuarto con otros cinco niños que iban cambiando cada mes, y muchos de ellos eran mayores. Había tenido que aprender a defenderse, primero producto de los bruscos juegos de niños y después por su integridad física. A veces guardaba pedazos de vidrio debajo del colchón roto en el que dormía, entre el algodón, por si acaso, aunque no dormía mucho.

Una vez habían venido a la pieza. Aún recuerda que despertó y pensó que estaba en una pesadilla donde muchos pares de ojos lo observaban, hasta que sintió una presión en su brazo, un agarre. Gritó, gritó y pataleó, le rompió la nariz a uno de esos estúpidos, pero él era solo un niño, ni si quiera tenía 8 años aún, ¿qué podía hacer contra chicos de 16? Él tenía que cuidarse mucho más porque parecía una niña, decían. Siempre le decían eso. No recuerda mucho más, lo borró de su mente, pero una matrona intervino antes de que sucediera algo peor, por suerte la chica era nueva y aún tenía corazón en ese sitio.

El sonido de una voz trajo al castaño devuelta.

—¿Kenma? —Lo llamaron desde la puerta—. Quieren verte. Vístete bien, así no. ¿No tienes pantalones sin hoyos? Quítale a Jean los suyos, péinate un poco, pareces un perro. —La matrona frunció el ceño en desaprobación, como si algo oliera realmente mal ahí o simplemente le asquearan los niños—. Sí, es importante, así que hazme un favor y compórtate, muchacho malagradecido. Estarías muerto de no ser por nosotros, sacúdete. A ver, muestra los bolsillos.

—Matrona, no llevo nada. —Arrugó la nariz ante su toque—. En serio.

—No te atrevas a mentirme. —Le jaló el cabello. El menor reaccionó quejándose, pero rápidamente volvió a su expresión neutral, como un cascarón vacío—. ¿Crees que eres el primer niño que podría apuñalar a su posible tutor en la entrevista? No, déjame verte entero. —A Kenma se le tensó el cuerpo. ¿Tutor? Era difícil que se llevaran a niños de su edad, y ciertamente ya había perdido las ganas de creer que algún día saldría de allí—. Quiero que te comportes y seas amable, no puedes perder esta oportunidad.

El ojimiel acabó en las salas de entrevistas, donde no había estado hace bastante tiempo. Parecía una clase de felino desconfiado, que miraba en todas direcciones, con las manos en los bolsillos y en posición defensiva, con frialdad en la mirada. Aunque fuera tan pequeño, inspiraba temor de igual manera, así había sobrevivido en el orfanato en parte: golpeando estúpidos.

—¿Tú eres Kenma, no? —Un larguirucho hombre apareció frente a él, sin sentarse en la silla correspondiente, tenía ojos amables y grisáceos, como el efecto que deja la goma de borrar en la tinta corrida, y unos cabellos rubios peinados hacia atrás con la ayuda de una goma para el pelo. Parecía algo desarreglado, y tenía un delantal—. ¡Genial! Estoy aquí para entregarte algo, porque eres un niño muy especial, mi muchacho. ¡Muy especial!

Le entregó una carta perfectamente doblada, con un escudo impreso y sellada con lacre rojizo. La abrió y empezó a leer, aunque algunas letras se le hacían difíciles de combinar. Al terminar, murmuró algo que el mayor no escuchó, así que le pidió que lo repitiera.

—Que estás chiflado.

Ukai pareció complacido ante esa declaración, riéndose. Miró a ambos lados, por si acaso, aunque evidentemente estaban solos porque anteriormente había colocado una protección mágica seguida de un ¡Muffliato!. Entonces, sacó su varita. Pareciera ser que sus ojos relampaguearon un poco, entusiastas.

—Te voy a mostrar cosas asombrosas, enanín.

En una mansión menos agradable y cálida vivían un chico tranquilo y silencioso como la luna. Era Akaashi, heredero de una de las 7 familias más poderosas del mundo mágico, cuya descripción política podía ser de corte tradicional, nacionalista, extremista y fiel a las reglas. Una familia que creía en la supremacía sanguínea y seguía arreglando matrimonios, una familia que aprobaba y encubría la existencia de magos oscuros mientras los fines prácticos estuvieran a su favor. Allí, en todo ese ambiente asfixiante y distante como el hielo, nació Akaashi Keiji: un pequeño rayo de luz de luna.

Pero la luna tenía su contraparte oscura. El cabello del muchacho estaba cubierto en sombras que contrarrestaban su palidez extrema, inundando sus ojos de la oscuridad más profunda alguna vez vista, cual ónix rocoso. Akaashi Keiji debía ser la representación más fiel de lo que la Familia quería lograr con sus descendientes: ideales de grandeza, poder y frialdad.

Lamentablemente el chico tenía buen corazón, y es le provocaba consecuencias severas.

Si tan solo fuera como ellos desean no tendría que soportar las torturas de su padre para comportarse, ni tendría que morderse la lengua con tanta fuerza hasta sangrar para espantar los pensamientos incorrectos, tampoco habría tenido que soportar la maldición Cruciatus. Akaashi intenta mejorar, día tras día, para que su padre se fije en sus logros y lo deje en paz, pero nunca lograba satisfacerlo como "el rostro de la Familia".

Era solo un niño.

Un niño de once años no debería haber madurado tan rápido. Él tendría que estar jugando, divirtiéndose, no todo el día leyendo y aprendiendo cientos de lecciones triviales. Un niño debería sonreír, no tener un rostro completamente inexpresivo incapaz de demostrar sentimiento alguno. Se estaba deshumanizando día tras día, consumiéndose la pureza del rayo de luz.

Cuando las lechuzas reales entraron a la Mansión estaba solo. El azabache abrió cuidadosamente la carta y no la hojeó más de dos veces, con elegante indiferencia. «Gracias. Puedes retirarte», le murmuró a la lechuza, acariciando su pico.

Generación tras generación su Noble Familia había quedado en la casa de Slytherin, así que era su deber como heredero complacerlos. Solo esperaba que el Sombrero Seleccionador eligiera bien.

De lo contrario, las consecuencias serían catastróficas.