Él.
El doctor Armin Arlert recordaba a la perfección aquella hermosa mañana de hacía tres años; pero antes de considerar ese recuerdo como un bello día, había comenzado con su horrible primera clase de introducción a su residencia en radiología. Se encontraba comenzando una nueva etapa de su vida y parecía que sería igual al internado: terrible y agotadora. La especialidad duraba cuatro años en el Hospital Paradise, él comenzaba siendo un R 1 (uno). Los R más, (consecutivamente serían R2, R3 y R4) como se le conocía a los médicos residentes superiores a él, no parecían ser muy amables. Se estaba preparando para ir por los cafés -de nuevo- todo el primer año. Venía lamentándose mentalmente de su suerte de siempre, llena de estrés e injusticias, llena de cansancio y gritos, cuando de pronto, en su campo de visión tan apurado, logró divisar un bello espacio verde en medio del viejo hospital: el pasto aún no había sido cortado, y una sutil capa de flores blancas adornaban con gracia el paisaje. Incluso el árbol más grande que habitaba allí, cobijaba con su sombra adornado con flores rojas que Amin nunca había visto. Las gotas de la fuerte lluvia de la noche anterior resbalaban por las hojas verdes, danzando hasta caer en el piso de cemento. Había una especie de banca desvaída debajo de un cobertizo al fondo. Le pareció que sería un excelente lugar para estudiar y descansar cuando la residencia lo comenzara a asfixiar, lo cual consideraba que sucedería pronto.
Mientras se encontraba contemplando el paisaje, divisó a un grupo de enfermeras enfundadas en sus filipinas blancas y cómo corrían a cobijarse de la suave lluvia que estaba comenzando, mientras una quieta silueta detrás de ellas llamó su atención. Se trataba de una hermosa joven que caminaba con paso tranquilo en medio de la lluvia, ella igualmente se había detenido a observar el campo de flores. Vio cómo ella sacó su cámara de su celular y le tomó una foto al gran árbol de botones rojos. Llevaba uniforme blanco también, pero no parecía compartir la prisa de sus compañeras, quienes siguieron avanzando sin ella.
La joven era pequeña y elegante, como una etérea hada con cabellos dorados y mirada perdida.
Los débiles rayos de sol que se abrían paso tímidamente entre las nubes grises iluminaban el campo donde ella caminaba, haciendo que los árboles parecieran ser escenario de un cuento medieval. Como una pequeña elfa caminando en la naturaleza.
No se dio cuenta que dejó de respirar hasta que ella salió de su vista.
Cuando casi regresó a la realidad, parpadeó un par de veces e inició el camino tras ella sin darse cuenta de ello. Era algo instintivo. Era como un imán tras un hierro muy poderoso.
Era también muy extraño. Se justificó a sí mismo pensando que la había visto en algún lado antes y quería comprobarlo, ya que esa atracción tan potente le recordaba algo que se le estaba escapando.
La observó entrar a la cafetería y siguió tras ella, a pesar de que Armin odiaba las cafeterías de hospital; de hecho, traía su desayuno en la mochila. Sin embargo, se colocó en la fila también. Al estar más cerca, pudo notar su delicada figura y escuchar su voz tan suave mientras hablaba con una de sus compañeras, quien parecía más preocupada que ella por su uniforme.
—Se secará, sólo fueron unas gotas.
Ella era tan hermosa como un sueño.
Entonces, al bajar la mirada hacia la charola que ella sostenía en espera de ser llenada por las compañeras de cocina, vio el anillo en el dedo anular de su mano izquierda.
Aquel cristal de cuento de fantasía en el que se sentía se quebró en ese instante.
Por supuesto que estaba casada.
Era demasiado bonita.
Ella parecía muy joven, pero ahora Armin veía que él había aparecido tarde.
Alguien más, por supuesto, había notado su encanto y no la había dejado escapar.
Se detuvo a cierta distancia de ella y se dio la vuelta, saliendo de la fila. El poco apetito que había logrado reunir se le había ido.
Al salir de la cafetería del hospital, mientras caminaba rumbo a su guardia, pensó que era buen momento de autoexaminarse.
Nunca se había sentido tan hechizado como en ese momento.
¿Qué estaba haciendo?
Ni siquiera Mikasa, quien había sido su amor platónico de toda la vida, lo había puesto así antes.
Algo estaba mal con él esa mañana.
No era momento de pensar en chicas, ya que estaba en el camino de entrada a la boca del lobo del Hospital Paradise. Estaría en el área de hemodinamia, donde los gritos y el estrés eran el pan de cada día. Los hospitales eran selvas de dictaduras e injusticias; entre más estudiados, más groseros eran los médicos profesores: no era hora de bobadas como el amor.
Supuso que alejándose de aquella chica todo iría bien y dejó de pensar en ese encuentro tan idílico de la mañana.
Sí, todo hubiese ido bien: él hubiera relegado aquel encuentro al fondo de su conciencia para revivirlo en noches de melancolía… pero la vida pensó diferente en ese mundo, y ella se volvió a cruzar en su camino, esta vez más cerca… y por más tiempo.
El mundo se detuvo otra vez, al verla cruzar la puerta principal el área de hemodinamia y sentarse frente a él.
¡Frente a él!
Estaban en la misma área.
Todos los colores se subieron involuntariamente a sus mejillas al verla tan de cerca, y se quedó sin voz. Era más hermosa al verla tan de cerca. Sus ojos eran azules como el cielo del océano, brillantes y claros. La timidez innata que formaba parte de su personalidad le atacó en ese momento. Las manos le comenzaron a sudar. No se pudo presentar ni saludarla apropiadamente.
Era vergonzoso de mirar. Nadie debía enterarse del efecto que aquella mujer tenía sobre él. Armin Arlert tenía la fama de ser un doctor concentrado en sus estudios; nadie conocía sus sentimientos más profundos: él consideraba que en esa selva salvaje llamada hospital, podían usar esa información en su contra. No le contó a nadie sobre aquel encuentro de fábula. Si bien ella lo ignoró por completo durante ese día y las primeras semanas. No se sorprendió de este hecho, ya que, además, Armin solía ser conocido como un chico "nerd-otaku-muy raro" desde la secundaria.
Era usualmente invisible para los demás, a excepción de sus mejores amigos, Mikasa y Eren. Ya estaba acostumbrado, y lo había aceptado: era un cero a la izquierda que no valía la pena siquiera mirar. Suprimió el deje de tristeza que cruzó por su pecho.
Suspiró. Creyó que ese mes sería muy largo.
Pero en realidad… no lo fue.
Ese primer mes en la residencia en imagenología fue muy corto: esos días al lado de la pequeña hada no duraron lo suficiente, así que por los tres años siguientes había estado mirándola… en secreto. O al menos, eso creía él.
Añoraba hablar con ella, mirarla sin miedo, vencer su maldita cobardía para acercarse. Pero ello que de verdad ocurrió, fue que jamás lo hizo, y tenía una gran razón para ello después de investigarla.
Ella, su hada de cristal, como la había coronado en su interior, se llamaba Annie, tan dulce nombre, y su apellido era Leonhart, tan fuerte e imponente. Ella era así, Annie Leonhart, una joven amable, y tímida, pero fuerte e imponente a la vez.
Estaba completamente seguro de que Annie le ganaría en unas vencidas de mano a mano. Era muy fuerte, a pesar de su muy pequeña estatura.
Y era extremadamente inteligente.
En esos tres años en los que su mirada y oídos seguían persistentemente tras Annie, Armin pudo aprender mucho sobre ella: venía de una ciudad llamada Marley del sur de Canadá, le gustaba el rock y el metal, los libros de suspenso y drama, y ¡hasta había tocado en una banda una vez en la universidad! Porque, además de enfermera, era licenciada en contabilidad. Por supuesto, había confirmado la horrible noticia de que efectivamente estaba casada y ¡tenía una hija pequeña!, que acababa de entrar al preescolar hacía muy poco. Su esposo se llamaba Berthold y vivían a las afueras de la ciudad de Paradise. Annie conducía un auto compacto color plateado, y solía viajar acompañada de su amiga Hitch todos los días. Salía a las cuatro de la tarde de su guardia, pero aún no identificaba por cuál de las puertas del hospital entraba todas las mañanas, sólo sabía que pasaba por el pasillo de radiología a las nueve con su carrito de enfermería.
¡Es que contaba hasta las veces que la veía en el día!
No, no habían vuelto a coincidir en sus rotaciones; le hubiese agradecido a los cielos que eso pasase, y a la vez no lo hubiese soportado. Sin embargo, estaba todos los días tan cerca de ella… y a la vez tan lejos.
Sus departamentos estaban solo a dos puertas de distancia. La miraba cuando acompañaba a las técnicas radiólogas a tomar las mastografías. O cuando le tocaba estar a ella en los estudios especiales, asistiendo al médico encargado; le corroía una envidia por querer estar en aquel lugar, y no encerrado haciendo ultrasonidos.
Estuvo tantas veces tentado a unir sus rotaciones para que coincidieran. Unos clicks en la base de datos del doctor Shadis, encargado de la residencia, y bastaría. Nadie sospecharía de él, nadie estaba enterado de su basto conocimiento de informática, a excepción quizás, de su mejor amigo Eren. Pero no lo hizo. Ni lo haría.
Porque ella estaba casada. Su pecho dolía cada vez que lo recordaba.
Tenía que ser fuerte y dejar de pensar en ella, pero nunca pudo hacerlo. Al menos no en esos tres años.
Quería mirarla todo el tiempo.
Quería tocarla, comprobar que era real. Tenía una necesidad por tocar su cabello, siempre impoluto.
Y aquella hada de cristal se graduaría pronto… muy pronto.
Sólo quería que la hermosa Annie Leonhart lo mirara también. Si ella fuese libre… ¿él habría tenido una oportunidad?
Jamás le había contado a nadie aquel encaprichamiento. Incluso se había conseguido una novia de ojos negros. Su amor platónico, Mikasa Ackerman, había decidido por fin mirarlo y entregarle su corazón, después de muchos años de amistad.
Pero seguía pensando en aquellos celestiales ojos azules.
Si por algún extraño giro del destino ella, Annie, apareciera bajo su puerta una noche, la invitaría a quedarse, y para siempre, olvidando cualquier otra mirada que no fuese ese océano profundo.
No vacilaría en romper aquel otro corazón que le había entregado su amor con tal de satisfacer sus deseos verdaderos.
¿Qué clase de monstruo era?
Uno detestable, sin duda.
Pero sabía que ese escenario hipotético jamás ocurriría.
No en ese mundo.
Annie no dejaba ni una grieta para llegar a ella.
Parecía que estaba tras una pared de plomo, inaccesible. Y a la vez, al principio, creyó poder observar un atisbo del mismo deseo que le corrompía a él, en ella. Entonces el muro que existía entre ellos no estaba hecho de plomo, sino de cristal. Pero era un cristal duro, frío… que lo seguía alejando de ella.
Los instintos de Annie mostraban estar muy desarrollados, porque siempre lo atrapaba mirándola.
Los primeros días que Annie notó su existencia, ella no apartaba la vista.
Eran momentos gloriosos. Era energía pura. Sabía que existía magia allí.
Pero justo después de un año de aquel intercambio de miradas imantadas, ella no volvió a fijarse en él. Ocurrió de un día para otro.
Entonces creyó que Annie lo sabía, probablemente ella lo había descubierto.
Que el rarito Armin Arlert estaba profundamente enamorado de ella.
Era algo obvio, algo que no podía ocultar ni aunque se esforzara. Siempre que la veía pasar, se ponía nervioso, tal como el día que la vio por primera vez. Su concentración se iba, sus manos sudaban, su corazón temblaba en su pecho. ¡No le quitaba la vista de encima!
Definitivamente consideraba que era imposible que ella no lo notara. Armin sabía que se veía a kilómetros que babeaba por ella.
Parecía que al notarlo ella, decidió darle calabazas sin siquiera haberse confesado.
O tal vez todo era parte de sus suposiciones.
En su imaginación, Armin fantaseaba con haberla conocido antes, en su país de origen, del otro lado del mar. Él la hubiese animado a estudiar medicina, para usar su gran inteligencia a favor de los necesitados, sin perder el tiempo en otra carrera que no ejercería. Ella estaría más capacitada que algunos de sus compañeros de la residencia. La acompañaría a casa todas las tardes, incluso viviría felizmente con ella en un departamento rentado a las afueras del hospital. Juraba que no miraría a nadie más. Entonces, cuatro años después, justo después de salir de la residencia, cuando tuvieran salarios hermosos y suficientes para mantenerse, le pediría matrimonio. Y tendrían no solo una hija, sino tres.
Sí, era un sueño precioso en el que le gustaba fantasear muy de vez en cuando.
Porque en ese preciso instante, se encontraba en el pequeño auditorio, en la reunión de clausura del departamento de enfermería radiológica.
Ella, Annie, no parecía haberlo visto entrar. La coordinadora de enfermeras le preguntó qué hacía allí, pero él dio una excusa genérica que la complació.
La observó ponerse su cofia después de tres duros años de estudio. Sabía, desde su trinchera, lo mucho que ella se había esforzado: las pesadas guardias, la cantidad de pacientes, el empeño en hacer bien su trabajo. La observó abrazar a su esposo y besar a su hija mientras una pequeña lágrima salía de sus hermosos ojos color océano. La miró hasta el último instante, cuando ella salió por las puertas del hospital para regresar a su hogar, a su ciudad. Era su último día allí, en el Hospital Paradise.
Ella era una hada libre.
Deseó desde lo más profundo de su corazón, que donde quiera que ella fuera, la bendición de los cielos la cuidara y protegiera. Conocer su existencia le hizo sufrir, pero también muy feliz. El simple hecho de saber que alguien como ella se encontraba viviendo en la misma época que él, lo hizo sonreír y agradecer al universo.
Eso le bastaba.
Deseaba también que, de volver a nacer, la encontrara pronto, para que su tiempo juntos fuese largo.
—Gracias por cruzarte en mi camino en este mundo —susurró Armin a lo lejos, aunque ni ella ni nadie lo pudiese escuchar.
Annie Leonhart no volteó su mirada hacia él, ni siquiera en ese momento.
Fue la última vez que la vio.
¡Hola! Y así concluye esta pequeña historia AruAni que es más BeruAni. uwu. Estas palabras estaban en mi corazón y necesitaba sacarlas. ¡Gracias por leer!Espero que, aunque sea una historia breve y algo triste, les haya gustado o conmovido un poquito.
¡Nos vemos en mi otro fic! Ese sí es más apacible y dulce.
