QUIZÁS (FINAL)


¿Kanto era así de bonito?

La pregunta retumbó en su cabeza mientras andaba por los senderos que alguna vez recorrió de niño. Su región natal había cambiado tras los años, embelleciendo y marchitándose a la vez. Lo único que se conservaba igual con el pasar del tiempo era el cielo: azul profundo, lleno de nubes y un sol que asaba hasta el agobio.

No quería sudar por su caminata, aminoró el paso al confirmar en su teléfono que todavía contaba con tiempo extra. Su pokémon, en cambio, corría de un lado a otro, eufórico por estar en su región y entusiasmado por el lugar que irían a visitar por primera vez. No tardó en vocear de alegría cuando pudo verlo a lo lejos: Un enorme jardín en medio del bosque, rodeado de setos y rosales. Una variedad de pokémon tipo bicho revoloteaban por todos lados, aumentando belleza a la sencillez del lugar. Los arbustos altos, podados de diferentes formas, decoraban el centro, resguardando a una fuente de agua cristalina que borboteaba con gusto. Pikachu miró con ojos entusiasmados a su entrenador y desapareció mientras corría al confirmarle él que podía ir solo a explorar la zona.

Ash se tomó su tiempo para observar a su alrededor, sentándose por fin en una de las pequeñas bancas que miraban hacia la fuente. No había muchas personas, el calor tan fuerte y la escasa sombra les hacía preferir continuar el camino y refugiarse con los árboles, dejando el bonito lugar casi desierto. La soledad que en el pasado no le causaba gran entusiasmo, ahora le parecía un valor que no supo apreciar en su momento. Bajó la visera de su gorra, ocultando un poco el rostro cuando uno de esos transeúntes pasó por su lado. No quería que lo reconocieran. Espero algo impaciente que la presencia que aún seguía detrás suyo dejara de sentirse, hoy no quería nada de eso. Todavía sujetando la visera, casi aguantó la respiración cuando percibió nuevamente una presencia detrás suya. ¿Había vuelto? ¿Lo había reconocido? Apretó los labios y deseó que no fuera cierto, rumiando en silencio que por favor se fuera.

—Hola… campeón. ¿Cómo estás?

La voz femenina detrás de él era agradable, culta y distinguida. La reconocería en cualquier lugar, en cualquier momento. A pesar de esperarlo tanto, de haberse preparado lo mejor que pudo, el mero hecho de escucharla hizo que le acometiese el pánico. Temblando internamente y sin poder respirar se giró despacio, dibujando una delgada línea con los labios para recibirla con un «buenos días».

Y allí estaba ella. Con el cabello rubio tan largo como siempre, vestida de negro y dorado, sujetando con elegancia una sombrilla blanca para protegerse del sol. Suspiró en lugar de decirle nada. Le maravillaba ver lo esbelta que era aún, lo elegante que podía ser con tan poco y la belleza que lograban ser sus insípidos y claros ojos.

Aquella mujer, envuelta en silencio y serenidad, era Cynthia. ¡Por Dios! ¿Cómo era capaz de hacerle sentir así a pesar del tiempo?, como un quinceañero estúpido y patético.

—Hola.

Cynthia le regresó la sonrisa y tomó asiento a su lado. Apartó un poco la sombrilla para no incomodarlo cuando estuvieron cerca. Por unos instantes, dejaron que las voces de algunos Butterfree los acompañara en su silencio. En realidad, ninguno estaba seguro de cómo iniciar una conversación. Ash, sin embargo, no quería permitir que fuese ella la que diera el primer paso como siempre lo hacía, esta vez debía ser él.

—No sabía que construyeron una zona de descanso en esta parte de la ruta siete —comentó con tranquilidad, mirándola de perfil—. Si hubiera existido cuando yo viajé, creo que el camino pudo ser diferente. Me perdía muy seguido y a veces no teníamos ni para comer o dónde dormir.

—Es que es un bosque tan espeso que puedes perderte, aunque sea pequeño. Esta zona al menos te hace saber que estás en camino para llegar a Azafrán.

La respuesta suave de Cynthia y el tono bajo de su voz le transmitieron una inmensa sensación de tranquilidad, una calma que había dejado atrás ya hace algunos años. Por un momento, el calor dejó de sentirse y sus sentidos se concentraron en el ruido que hacía la brisa a través de la vegetación, detalles que disfrutaba ahora más que nunca.

—Es cierto. Qué bien que faciliten las cosas para los entrenadores nuevos. Un problema menos en el camino y más tiempo extra para dedicarse al entrenamiento.

—¿No es verdad? Me alegra que pienses como todo un campeón, preocupándote por los demás y deseando que nada les interrumpa en sus sueños.

Cynthia suspiró de alegría, mirando hacia adelante. Estiró sus largas piernas para sentir menos calor y dejar que descansaran después de la caminata desde Azulona.

—Pero… siempre has pensado así —continuó hablando—. Quizás, esta siempre ha sido la forma en la que debían ser las cosas para ti.

—No siempre. Creo que tenía una especie de complejo de inferioridad cuando inicié. Gary nunca dejaba de recordarme que estaba por encima de mí y a veces hacía las cosas para demostrarle que era mejor. Ahora no tengo la necesidad de demostrarle nada a nadie, me siento bien conmigo mismo.

—Así es como debe ser.

Ash imitó a su compañera y apoyó ambas manos en la banca; se inclinó un poco hacia atrás, elevando el rostro para sentir el sol en sus párpados.

—Hace tiempo que no te veo, Cynthia.

—Sí… ¿Cómo has estado?

Con el hielo roto y las ansias de por fin verla cara a cara, Ash giró el cuerpo para sentarse de costado, encontrándose con la mirada de ella que al parecer había pensado lo mismo. Cynthia llevó la mano hacia su mentón y lo sostuvo con el índice y el pulgar, dejando fluir una risa diminuta, aquel gesto que él tan bien recordaba.

—En verdad, tu rostro no cambia, Ash. Apenas y tu mirada se afina para hacerte ver como de tu edad, pero mantienes el mismo rostro joven. Aunque no me están gustando nada esas ojeras, ¿no estás durmiendo bien?

—Claro que duermo.

—¿Pero…? —alargó la última vocal para hacerle confesar, mirándolo con seriedad.

—Pero tengo muchas cosas que hacer —Ash entrelazó los dedos detrás de la nuca y se estiró un poco con pereza. Él creía que sus ojeras no eran tan evidentes, pero debió suponer que, tratándose de ella, sería capaz de notarlas.

—Me imagino —acordó despacio.

Podía verse tan comprensiva y paciente. Se preguntó si en algún momento sería así, como ella. Esa parte en él seguía madurando.

Entonces…, ¿me contarás todo ahora sí?

Hacía no más de tres horas que habían abandonado la arena. Cynthia lo observó, desconcertada. ¿Por qué de repente la buscaba?

En cuanto Garchomp cayó al suelo, cuando solo Lucario fue el que se puso de pie y la multitud enloqueció de golpe, el corazón de la campeona se sintió demasiado lleno como para decir algo al instante. Por primera vez los gritos de alegría no eran para ella, sino para el muchacho frente suyo que no salía de su propio asombro. ¿Había perdido? Aunque se juró que perder o ganar eran situaciones igual de buenas para ella, durante todo su momento ahí, luchando contra el niño que significaba mucho más que un simple rival, trajeron a ella sensaciones ya olvidadas de ansiedad frente a un resultado. Diantha tenía razón, con Ash nunca se sabía qué podría pasar. Frunció el ceño, no podía perder, ¡no quería perder! ¿Cómo se atrevía a hacerle dudar de ella misma frente a sus decisiones? ¡Por supuesto que cumpliría con esforzarse en llegar a la final! Llegó a quedarse muda, perpleja mientras miraba a los pokémon de Ash tomar el control de lo que ella dominaba. La sensación de calor en el rostro, de calambres en el estómago y bloqueos mentales por momentos la embargaron, teniendo que despejarse igual a como lo hacía cuando apenas y era una novata. Todavía así, mantuvo el control de sí misma, reacia a demostrar lo que sentía. Era la primera regla de un entrenador experimentado: nunca demostrar tus emociones al total, porque si el rival notaba cómo te sentías, entonces sabría quién de los dos tenía la ventaja. Pero aquello, aunque lograba un punto a favor para el control del campo, no hacía más que aumentar la intensidad de esas emociones. Y eso había provocado Ash en ella: Una llamarada que hace muchísimo tiempo no la consumía. La reacción de tristeza por su derrota fue inexistente, sintiéndose demasiado alborozada por los sentimientos que la recorrían. Amaba ser una entrenadora, realmente lo amaba. Dejó a un lado esa faceta para tenderle la mano a Ash y felicitarlo, vaciando un poco de su corazón en palabras cortas y concisas de agradecimiento, sin tener que adornarlas ni exagerar nada. Lo dejó disfrutar de su victoria mientras ella atendía a sus pokémon con especial cariño en la enfermería del estadio, sonriendo por las expresiones que todavía escuchaba afuera en las tribunas. No era común que alguien tan joven llegase más lejos que los campeones de años, se merecía todo el reconocimiento.

Regresó al hotel, ese final meritaba un baño de agua perfumada y un buen Chateau Latour. Diantha se mantuvo a su lado desde su salida del estadio y compartió con ella el resto de la tarde. Agradeció en silencio la amistad que tenían ahora, por fin contaba con alguien que la entendía y en quien podía confiar sin sentirse recelosa. En su propio relajo, en ningún momento esperó que Ash la abordaría un poco después de la cena tras estar casi todo el día desparecido.

Pensé que aprovecharías el tiempo para estar con tus amigos y reforzar tu equipo.

La mayoría me llamó apenas terminamos o me dejaron mensajes, además que prometiste esto.

Asintió dándole la razón. Lo invitó rumbo hacia el canal de agua que cruzaba la ciudad, quería estar ahí antes de abandonar Wyndon. Ash, en cambio, ya sea por el apuro o la necesidad de comprender toda la situación, la tomó de la mano sin avisar, con la misma intensidad que ella a él cuando escaparon de la mansión, y comenzó a caminar a paso rápido.

—De todas formas, no es tan grave como parece. Aprendí a lidiar con todo y lo estoy haciendo bien.

—¿Estás bebiendo agua y abrazando árboles como sugirió Lionel?

Ash dejó salir una carcajada—. ¿Me crees capaz?

—¿Debo responder?

—¿¡No me digas que sí!?

Cynthia llevó una mano a la cabeza para peinar sus cabellos, ese otro gesto tan familiar que le hizo gruñir ofendido.

—¡Eso significa que sí!

—Te imagino abrazado al tronco con una enorme sonrisa.

—Bueno, con la cantidad de gente extraña que se me vino encima, prefiero que sea un árbol—respondió a la defensiva—. Bien mirado, abrazar árboles tiene sus ventajas: Escuchan tus problemas atentamente, no te abandonan, huelen bien y puedes lanzar sus frutos contra tus enemigos.

Por unos segundos sintió las mejillas calientes ante la sarta de tonterías que salió de su boca, pero escuchar la risa de Cynthia le hizo sentir el corazón en la garganta. Pasó una mano por su rostro para refrescarlo; se recordó que debía controlar su lengua. Ella se calmó casi al instante, aunque sus hombros seguían subiendo y bajando por la risa interna. Tomó aire por la nariz y la soltó por la boca lentamente, girando la cabeza para fijar la vista en los árboles del bosque.

—Ash, ¿alguna vez trepaste un árbol?

—Lo hacía todo el tiempo cuando viajaba. A veces lo hago cuando no quiero estar en el suelo.

—¿Cómo se ve todo desde arriba?

La pregunta le hizo arquear una ceja. ¿Cómo responder a eso?

—¿El mundo se ve distinto desde tanta altura?

El tono de voz de aquella mujer cambió de repente con la segunda pregunta. Parecía una niña con una pregunta importante, sin despegar los ojos de las copas altas que de repente la habían interesado. El brillo en sus ojos grises le llamó la atención; a pesar de no ser tan observador, algo le decía que la pregunta significaba algo más en realidad.

—Se ve mejor.

Ash también dirigió sus ojos hacia el punto que ella observaba, dejándose llevar por sus pensamientos mientras respondía.

—Empiezas a trepar, una rama y luego otra. Tienes que coordinar todo tu cuerpo o si no te caes.

—¿Cómo sabes si no hay otra rama arriba o la tuya puede ceder?

—Siempre sé que me puedo caer.

—¿Y qué haces cuando sientes que es inútil seguir subiendo?

Comenzaba a captar el tema real detrás de esas analogías.

—¿Qué hago? Seguir subiendo. No importa si mi punto de apoyo se debilita, o que todo me grite que me voy a caer; no me suelto. Me sujeto con fuerza a la rama que tengo, respiro y simplemente sigo subiendo. Sigo hasta que veo el sol. Ahí es cuando me detengo y me acomodo en la rama más gruesa.

Cynthia regresó su mirada hacia él, observando su perfil encantado, todavía concentrado en los árboles.

—Ya veo.

Ash regresó para verla, encontrándola con una expresión enternecida.

—Estoy muy orgullosa de ti. No sabes cuánto.

Y así como le permitía tratarme como quería, lo dejé curarme, cuidarme y llenarme de su cariño hasta que me recuperé por completo. Me harté, comencé a planear como salir de ahí, lo medité todo porque no tendría otra oportunidad. Extrañaba el aire puro, el sol, a mis padres, a mis amigos. Tenía miedo de todo ahí, pero no podía demostrarle que yo le temía. Cuando llegó el momento que yo consideré que era el correcto, no le dije a nadie y escapé de allí como lo había planeado. No avancé mucho, porque en medio de la lluvia y el camino repleto de barro te vi.

¿Entonces arruiné tu huida?

Yo no lo diría así.

No seas mentirosa. Tuviste que darte media vuelta a ese sitio. Pero, yo no estaba mal herido, al menos eso es lo que recuerdo. ¿Por qué no entraste a Azulona?

Era imposible, lo conocían. Era arriesgarme muy tontamente.

Si era imposible, ¿por qué no fuimos para Azafrán?

Cynthia guardó silencio. La profunda expresión desconcertada de aquel muchacho le impedía seguir. Al comenzar, Ash había guardado silencio para escucharla atentamente sin interrumpirla, pero cada movimiento en su rostro le gritaba que quería decir algo, reaccionar de alguna manera. Mientras más le contaba sobre sus días en ese lugar, él parecía tan sumido en la misma pesadilla que ella; su joven rostro parecía pálido y conmocionado. Todo lo que pudo responder en un tramo de su historia fue repetir sobre la habitación oscura, un lugar con un enorme jardín y la tormenta que se llevó a su padre; pero no la imagen de la chica que estuvo con él. No la recordaba a ella, ni en dónde estuvieron con exactitud, aunque ella le explicara y fuera tomando pequeños fragmentos de ese episodio para terminar formando algo parecido a los delirios de una noche de fiebre. Cynthia se ahorró muchos detalles para ella y tener que responder a su última pregunta.

Parecías tan jovencito… Te veías tan mal, casi como si no respiraras. Sentí lo tenebroso y solitario que debes haber sentido antes de desmayarte. Al principio dudé… sobre dónde dejarte. Quería ayudarte de cualquier manera y…

¿Por qué no fuimos a Azafrán? —insistió.

Porque no llegaría a ningún lado contigo —la respuesta terminó con una sonrisa amargar.

La expresión incrédula de Ash le regresó la culpa. Él resopló, ¿qué significaba aquello? ¿En qué estaría pensando ella en esos instantes?

Si te entregaba a una enfermera, me hubiera interrogado por tu estado y terminaría retenida allí, sabiendo que él me buscaría o a mi familia, mis papeles eran suyos, podía hacer lo que quisiera. Por supuesto, no quería que ninguno de los dos estuviera en ese lugar. La idea me causaba dolor de cabeza. No sabía si dejarte allí y salvarme yo, o recogerte y llevarte a Azafrán sabiendo todo lo que me esperaría al regresar. Al final no fuimos ni tu ni yo, prefería tenerte conmigo hasta salir otra vez, casi me alegraba. Cuando me arrepentí ya era demasiado tarde. Actúe igual que él.

Entonces… tú.

Cynthia hizo un rígido ademán.

Después de pasar todo ese tiempo ahí, quería hablar con alguien que no fuera él.

Él le echó una mirada airada, ahogándose en palabras mudas.

—¿Qué estás haciendo ahora? Me sorprendió cuando me comentaste que estabas en Kanto.

—Es que estoy recorriendo Kanto —dejó de hablar al verlo con el rostro sorprendido. Sonrió como si estuviese haciendo una travesura.

—¿En serio? ¿Desde cuándo? ¿Por qué?

—Sí. Desde hace un año. Porque me apetece —respondió en orden, negando luego con la cabeza para responder con más seriedad—. Quería hacerlo en algún momento. Conozco Sinnoh como la palma de mi mano y Unova es mi zona de descanso. Necesitaba algo nuevo.

—Pero ¿por qué Kanto?

—Quería volver. La evité durante años y ahora me lamento por haberlo hecho. Es muy bonita, tan amplia y verde. No importa a dónde vaya, siempre hay vegetación de alguna forma. Y los pokemon son bastante adorables, sin excepción. No he tenido problemas, todo me ha ido muy bien.

—Kanto es así —Los ojos de Ash brillaron con tristeza—. Quiero quedarme más tiempo, o al menos venir más seguido.

—No sé lo que debes sentir. Siempre estuve en Sinnoh, no sé qué se siente alejarte de tu región por cargar el título de otra región.

—No es tan malo, pero a veces quieres regresar. No me pasa todo el tiempo, solo a veces, cuando hablo con mi madre. También eso es casi imposible.

—Pero hoy estás aquí, en tu región natal. ¿No deberías sentirte contento?

La sombra de melancolía fue corregida por las palabras de la ex campeona. Ash regresó a su estado de ánimo usual, sonriente.

—Por supuesto.

—Y hoy será un gran día, ¿no es así?

—Ya es un gran día.

En una situación normal aceptaría los hechos en lugar de mentirse a sí mismo, refugiándose en alguna fantasía. Pero él no era así. Sin embargo, su mente bloqueó parte de las imágenes que veía, negándose a recordar, negándose a revivir todo lo que sintió en esa época. Quería recriminarle tantas cosas, su estupidez, su falta de sentido común. Pero, ¿Era posible hablar francamente con alguien que ya no existía y tampoco se sentía bien al respecto? ¿Tenía que vivir otra vez la sensación de ver cómo la imagen perfecta de quien tanto admiraba se resquebrajaba? No. La mujer hermosa a quien tanto había querido, su amiga y mentora, que todavía podía deslumbrarlo con su inteligencia y experiencia, no era la misma de ese entonces. Todavía así, las emociones lo tenían entumecido y a ella enmudecida. Fue Ash quien, finalmente, hizo un esfuerzo para hablar, y su voz sonó extraña, ronca:

¿Estás completamente segura que era yo?

Me gustaría decirte que no.

Qué estupidez.

Lo se… Lo sé.

Cynthia tomó una gran bocanada de aire para continuar.

Ni siquiera tiene sentido si lo pienso ahora. Qué tonta.

¿Es por eso que no querías que lo supiera?

¿Qué sentido tenía? —replicó—. Pero eres tan insistente. Cometí un error que al final solo me estaba afectando a mí y tuve que ser imprudente para que te enteraras.

¿No crees que tenía derecho a saberlo? Por más que me lo cuentes, todavía no tengo muchas memorias.

Eso me ahorra más explicaciones. El resumen es que nos conocimos así. No es agradable, pero es la verdad.

¿No querías que me enfadara contigo o que me preocupara por ti?

No quería que te centraras en mí —lo corrigió—. Ahora ya no tengo esa inquietud.

Porque ya no tenemos que enfrentarnos, ¿cierto?

Porque ya no eres un niño.

Ash abrió los ojos de par en par. ¿Había logrado que Cynthia lo mirase como el joven que realmente era y no el recuerdo infantil que todavía guardaba? La miró, insistente, esperando ver algo en su rostro que le contestara sus dudas. La campeona no le regresó la mirada, continuó hablando con serenidad.

Realmente me lo demostraste. No tengo que preocuparme por ti, ¿verdad? Puedes cuidarte y cuidar a los demás. Realmente te esfuerzas en eso, sin miedo a lo que vendrá. Yo solo pensaba en cuidarme a mí misma.

Creo que siempre hay una razón para todo lo que ocurre y una solución para cualquier problema, y yo me estoy esforzando por hacer las cosas lo mejor posible. ¿Por qué voy a resentirme contigo ahora?

¿No estás molesto?

¡Claro que lo estoy! Pero ya… ¡No lo sé! Por una parte, me escandaliza y por otra quiero recordarte, creo que tendría claro algunas cosas. ¡Pero no existen los hubiera para mí! Nunca me ha gustado enfrascarme en el pasado. No tengo idea, y tampoco quiero saberlo. No sigas, no quiero saberlo.

Ash cayó en un silencio caviloso y malhumorado, fijando su vista con brillo duro en el agua que corría con fuerza en el canal. Cynthia se mantuvo concentrada en el mismo sitio, no sabía qué más decir.

Por eso estabas muy rara y me hiciste sentir intranquilo.

Ya estaba bastante acobardada como para admitir que estaba siendo desconsiderada.

Dejémoslo así.

Pikachu regresó de su exploración y al ver a Cynthia estiró todas las patas para llegar más rápido hacia ella y lanzarse a sus brazos. La mujer lo recibió con una sonrisa radiante y lo sentó en su regazo, apretando su cuerpecito cálido contra el suyo. Movió las orejitas con gusto cuando ella comenzó a alizar el pelaje de su cabeza. Se le cerraron los párpados y bostezó sin vergüenza antes de acomodarse mejor para dormir un poco. Cynthia echó una ojeada a su entrenador, se mantenía sonriente ante el pokémon contento.

—Pikachu estaba emocionado por verte a ti y ver este lugar.

—Yo también, lo extrañé mucho.

—Han pasado cuatro años desde que te vi. ¿Pudiste hacer todo lo que querías?

—No te imaginas todo lo que hice. Me siento tan llena de energía que puedo seguir viajando sin parar. Pero lo primero de todo fue regresar a casa de mis padres por una temporada.

—Me imagino que se alegraron de verte otra vez.

—Mucho. No me había dado cuenta de lo bonito que era el ambiente en mi antigua casa. Uno de mis mejores recuerdos de mi infancia es sobre mi papá regresando a casa cada fin de mes y abrazarme con fuerza, calentando mi rostro con sus besos. Y luego mi madre se unía al abrazo y todo era tan acogedor, que cuando inicié mi viaje no pude evitar llorar un poco porque esa escena no se volvería a repetir.

—¿Nunca más?

Ella negó suavemente, pero con los labios manteniendo la sonrisa llena de cariño.

—Ya no es lo mismo. Se siente, pero… no es lo mismo. Traté de demostrarles todo mi afecto antes de regresar a mis asuntos. Estoy segura que también lo hicieron, porque me quedé con un nudo en el corazón cuando me soltaron. Regresaré un día de nuevo.

—Para volver a irte.

Ash no había querido decirlo con un poco de reproche, pero fue inevitable. Cynthia se aclaró la garganta para quitar la vergüenza.

—Sí, hasta terminar mi viaje. La parte de mí que quería irse lejos debe callarse unos instantes. Tengo que trabajar otra vez, mi abuela no ha dejado de insistirme por mi ayuda y yo no he dejado de amar la arqueología.

—¿Y la otra parte?

—La otra parte quiere volver contigo y voltear el contador que está a tu favor —Ash sintió un escalofrío al escucharla con una voz profunda y casi amenazante—. Soy una persona que siempre lucha por mantenerse en la cima, ¿crees que estoy satisfecha con esa mancha en mi historial?

El joven rio entre dientes, levantando sus hombros un poco. Había pasado ya tanto tiempo que, aunque no recordara con exactitud cómo había sido, todas las sensaciones que recorrieron su cuerpo todavía estaban presentes.

—Ahora ya lo sabes. Nunca bajé la guardia y espero que tú tampoco.

—Te estaré esperando.

—Puede ser cuando menos te lo esperes.

—Cuando quieras.

—¿No revisarás tu agenda?

—No. Haré tiempo para ti en cualquier momento que aparezcas. Sabes que lo haré.

—Tú...Todavía me tienes estima.

—Te quiero, que es otra cosa.

La típica neblina de Wyndon inundó las calles poco a poco, en especial el área del canal en donde estaban sentados. Ash recordó sus viajes en barco durante la noche, cuando todo era azul y gris y no podía ver nada. Se acurrucó mejor en su sudadera, no era un ambiente frío, pero podía sentirse la humedad. La neblina espesó tanto que las luces de las farolas de la calle no lograban despejarla en totalidad.

—Sé que esto te sonará extraño —la mujer habló otra vez después de un incómodo silencio—, pero ¿puedes mantenerlo en secreto? Nadie necesita saber cuándo y cómo nos conocimos, excepto la versión que todos saben. Si esto sale a la luz, arruinaría todo para ambos.

—Lo sé, no quiero que eso pase. No diré nada. Pero tú se lo dijiste a Diantha.

—Diantha es una mujer que sabe mejor que nadie lo que es guardar secretos y mantener el perfil bajo.

—¿Estás segura?

—Tanto como para habérselo compartido. ¿Me lo vas a prometer?

—No diré nada —repitió—. Sobre todo por tu bien.

Ash torció la boca, todavía con el sentimiento de una espina molestándolo. Se animó a preguntar una última cosa antes de zanjar el tema para siempre.

—¿Puedes decirme al menos qué pasó después? Si no te molesta.

—No me molesta —Ash pudo creerle por el tono seguro de su voz—. La mansión se quemó. Al menos eso creo. El fuego se extendió rápido gracias a los candelabros y el gas que usaban. Mientras intentaban apagarlo, era cuestión de tiempo que aparezca alguien. Él regresó por las demás y ya no lo vi. Nunca entenderé su forma de pensar. Por un lado, nos quería y por el otro prefería matarnos antes de que alguien más nos tuviera. Cuando escuché las sirenas de policía corrí lo más lejos que pude. Ese fue mi otro error, debí haberme quedado. Mi declaración habría servido y yo no...

Cynthia… —Ash la atajó antes de que comenzara a pensar en cosas que no tenían caso—. El hubiera no existe. ¿Se destruyó todo?

Supongo que algo tuvo que pasar con ese terreno. Preferí no enterarme.

No recuerdo ningún lugar así cuando salí de viaje. O quizás sí, pero no iba a reconocerlo por mi falta de memoria.

Puede que siga, entonces.

Aunque no funcionando, no tendría sentido.

Quién sabe. Espero que no.

Ash levantó la mano como si quisiera juntar la neblina en su palma, entretenido. Con los faroles alumbrando, un rayo tenue naranja cruzó por su brazo y recordó una cosa más.

¿Sabes? Tus ojos son muy extraños.

Cynthia dibujó una expresión alarmada.

¿Eso qué significa?

Parecen como…, muertos.

Ash dejó lo que estaba haciendo y negó frenéticamente con las manos al verla despavorida.

¡Me refiero a que no es malo! Es decir, son muy claros, tanto que cuando una luz intensa te da en el rostro, combina su color con el de tus ojos.

No lo sabía —la aclaración al parecer pudo calmarla, pero llevó una mano hacia su vista.

¿Nunca te lo han dicho?

No, no me lo imagino tampoco.

Lo que yo recuerdo son dos ojos de color pardo, no ojos grises.

¿Pardos? ¿Por qué?

Ash metió amas manos en los bolsillos y levantó los hombros. Resultaba tenso pensar en unos ojos tan tristes. Se le aflojó la sonrisa.

Las velas o candelas colorean tus ojos.

¿Entonces tú pensabas que yo tenía ojos avellana? ¿Igual a los tuyos?

Los míos son más oscuros.

Mhm… Ahora me pregunto cómo se ven.

Cynthia se levantó y comenzó a andar hacia el farol más cercano de ambos. Ash observó con curiosidad cómo ella sacaba su teléfono del bolsillo y lo usaba como un espejo, separando más los párpados para observar sus iris. Luego de unos minutos intentó tomarse unas fotografías, tratando de no obstruir la luz, pero su brazo hacía sombra, impidiéndole tomar la foto. Luchó durante varios minutos con el teléfono, escuchándose el sonido de la foto tomada una y otra vez. Resultó entretenido para él verla así, pero ella comenzaba a desanimarse.

No puedo —se rindió—. Ash, ¿me harías el favor?

Claro.

Con las indicaciones del joven entrenador, Cynthia posó junto al farol, ladeando la cabeza mientras fijaba la vista en la luz. Se apartó el flequillo del ojo izquierdo, descubriendo su rostro por completo.

Hazlo rápido, esto quema.

Un momento.

Ash enfocó la cámara, ajustó los parámetros y la iluminación y finalmente tomó la foto. Le pareció que estaba muy bien. Sus ojos no se veían grises y la luz amarilla en ese ambiente azul grisáceo ayudó a cumplir la misión de la foto. Cynthia se acercó a él en lugar de tomar el teléfono, mirando el resultado con un rostro bastante impresionado, casi emocionado.

Tenías razón, de verdad parecen otros ojos. Me gusta cómo se ven.

Con la sensación inquieta de hace unos instantes intensificada, Ash le regresó el teléfono. De algún modo, sentía algo incómodo en la garganta que le impedía levantar las comisuras. Estiró los brazos y se flexionó un poco alrededor para obligarse a regresar a la normalidad, era estúpido.

¿Q-Qué harás ahora?

Cynthia parecía tan ensimismada con la foto que no lo escuchó. Ash se quedó en blanco, sin saber qué hacer.

—Perdón, ¿decías? —ella guardó el teléfono y caminó hacia su lado, todavía sin notar algo extraño en su voz.

—La próxima batalla será en dos días. ¿Qué vas a hacer por mientras?

—Bueno... tú, a entrenar. Yo, a disfrutar de Wyndon antes de irme.

¿Irte? ¿Regresarás tan rápido a Sinnoh? —Ash arqueó una ceja.

—No voy a regresar a Sinnoh. Me iré.

Cynthia apretó los labios para no reír al verlo de una sola pieza. Ese chico terminaría sufriendo un infarto por su culpa.

¿Estás bien?

—Espera, ¿eso de retirarte también significa que vas a irte? —si no moría de un infarto, lo haría de cólera. La entrenadora llevó una mano a la boca para disimular mejor su inminente risa, comenzaba a gustarle eso de hacerle perder la calma.

—Sí, es parte de mis planes.

Pero la escena dejó de tener gracia al verlo con el semblante apático mientras la miraba a los ojos.

¿En serio, estás bien?

—Es… Hay algo que... —musitó con la voz entrecortada, preocupándola en serio. La fotografía no quería salir de su cabeza. Le hacía sentir inquieto.

—Será mejor que te quedes aquí un momento, tal vez necesitas descansar, hoy has tenido un día muy cargado. Iré a traerte algo.

—¡No tienes que hacer eso!

«Yo me quedo aquí. Primero debo hacer algo». Recordó cómo sus sentimientos por aquella chica fueron contradictorios cuando se despidieron. Por un lado se sentía feliz de estar con ella afuera; por otro, estaba asustado de su apariencia enfermiza, y enfadado por dejarlo solo, como si no tuviese ya suficiente con la situación en casa y en el colegio. Esa mirada que no le transmitía nada excepto gris no le gustaba. ¿Qué le ocurría a la chica de cabello rubio corto...?

La joven a quien tanto había querido. Su amiga que leía a su lado. ¿Por qué? ¿Por qué tuvo que ser esa apariencia enferma lo último que veía en ella? ¿Por qué tuvo que irse de esa manera después de asegurarle que serían compañeros? Le entregó el labial para no verla de esa forma: con la piel ajada y unos ojos que prefería evitar. Le asustó, pero no quería decírselo. Se enojó, y no quiso hablar más con ella.

Ash frunció el ceño y se masajeó las sienes. Aunque era imposible recordar enteramente una memoria tan lejana, la imagen casi completa de la pálida chica de cabello rubio corto desbocaron una sucesión de deseos que no cumplió en ese entonces. Quiso jalarle de brazo para que fueran juntos a Azafrán, sin importarle que ella le haya dicho que no. También quiso correr y echarle los brazos, preguntarle si estaba bien. Pero todo quedó sumergido en la ola de desilusión que le invadía al verla negarse a ir juntos.

—¿Te duele la cabeza? —Cynthia le preguntó al verlo masajear sus sienes, se notaba sumamente incómodo.

—No. Estoy bien. Vámonos, con la neblina no se puede ver el canal.

Tampoco se podía distinguir bien las calles. Ash levantó el brazo y lo sacudió, como si eso fuese suficiente para despejar su camino. Cynthia se limitó a encender la linterna de su teléfono, al parecer, algunos transeúntes estaban haciendo lo mismo, porque veían rayos de luz blanca aparecer por todos lados.

—Me habían dicho que la neblina podía ponerse así, pero esto es demasiado —comentó ella, todavía mirándolo de reojo para asegurarse de verlo en su normalidad.

—Por eso abundan los Corviknight. No estamos lejos.

Las luces de Rondelands les ayudaron a saber que estaban en el camino correcto. No demoraron en llegar y sentir cómo se aclaraba la vista. Fue como despertar de un sueño. Cynthia se adelantó un poco, ansiosa de sentir el calor de la calefacción, pero la voz de Ash llamándola la detuvo.

—Te acompañaré cuando todo termine.

La expresión de sorpresa fue reemplazada con rapidez por un ceño fruncido.

No tienes.

Tengo.

¿Tienes o quieres?

Quiero.

Ella no pudo mantener la seriedad. Sonrió tan comprensiva que se le encogió el corazón

Ash, ¿lo estás planeando o es algo que se te acaba de ocurrir como normalmente lo hace?

Eso fue un golpe directo, y dolía.

—A veces me imaginé recorriendo Kanto mientras tú me lo enseñabas todo. Tu manera de explicar es tan viva y enrevesada que gusta escucharla, aunque no entienda nada. Eres una especie de imán para el alboroto, al menos lo eras. Me tomaré mi tiempo para seguir, con calma.

—¿Y qué te parece?

—Me gusta, siento como si viviera lo mismo que tú, aunque a mi modo. Es muy tranquilo a comparación de Sinnoh. Quiero recorrer hasta el mínimo rincón.

—¿Tienes nuevos pokémon?

—No, mis amigos están aquí conmigo. Esto también les gusta tanto como a mí. Sobrepasar tus capacidades causa una enorme satisfacción. Pensé que ya estaba en lo máximo, pero fuiste tú mi contrincante y todo se desmoronó.

Cynthia apartó la sombrilla, haciéndola girar mientras se sumergía en los recuerdos de aquel día. A veces extrañaba volver, pero se convenció de respetar su tiempo y esperar que todo ocurra en el momento indicado.

—Ash, cada vez que se me presentaba un entrenador más joven que yo, podía ver sus brillantes ojos, esperando lo mejor del futuro, demostrando seguridad a pesar de todo y nunca rindiéndose. Me daba cuenta que la inmadura era yo, y que me quedaba aprender todavía sobre la vida para tener la capacidad de vivirla así. Lo mismo me sucedió cuando te conocí. Pensé que, con tu forma de ver las cosas, ibas a llegar realmente lejos. No estaba equivocada.

—Me halagas como si fuera alguien fantástico. No me malinterpretes, pero solo soy yo.

—Porque eres tú.

Meditó en sus palabras. No es que tuviera baja autoestima, pero ignoraba el hecho de haber crecido y madurado; porque el en fondo, seguía expectante hacia el futuro, siendo el eterno optimista que quería vivir y experimentarlo todo.

Ya no me pesa tanto. Cada vez que me miro en el espejo, me siento bien conmigo misma. Y ya ni siquiera le presto atención. Pero es mejor que termine lo que empecé y quiero hacerlo sola.

¿Por qué tiene que ser así?

Alola, tan viva y brillante, había dejado una marca en su corazón que le gritaba no hacerle caso. Pero Cynthia no era Lillie, era una mujer completamente diferente.

A veces es así. Por más que me insistas, algunas personas nos sentimos bien viajando solas. No significa nada malo, solo es otra forma de expresarse. Además, tampoco voy a estar sola, estaré con mis amigos y con ellos nunca me siento mal. Estoy segura que me entiendes, ¿Verdad? Pikachu es tu mejor amigo.

—Te gusta contradecirme.

—¿Eh?

—Es lo que has estado haciendo estos días.

—Mhm... Tengo la sensación de que hay algo que me estás ocultando.

Sin decir palabra, Ash se acercó a ella como si fuese a abrazarla y pegó su cuerpo contra el suyo, manteniendo los brazos a sus costados, apretando los puños. Hundiendo la nariz en sus cabellos y cuello como si quisiese esconderse del mundo entero. Cynthia elevó los brazos por el asombro, demasiado asombrada como para reaccionar.

No puedo odiarte. Dijiste que lo haría, pero no puedo.

—¿Qué ocurre?

Quería quitarse esa imagen de la cabeza. Quería grabarse lo que era ella ahora.

—Que eres de lo peor.

Cynthia todavía se mantuvo rígida, inclinándose un poco hacia atrás por el peso de él.

—¿De verdad... quieres ser mi compañero de viaje?

Su silencio acompañado de su respiración entrecortada le respondió, provocando que sintiera un nudo en el corazón. Su querido amigo nunca se rendiría.

—Mírate… —dijo en voz baja, sonriendo con tristeza mientras mantenía sus párpados apretados con fuerza—. Estás en el mejor momento de tu vida. Pronto vas a experimentar la vida de un entrenador de renombre, uno que buscarán por todas partes para verlo de la misma manera que tú lo hacías con los campeones que conociste… podrías tener a cualquier chica pidiéndote tu compañía en lugar de hacerlo tú.

Ash no dijo nada, todavía manteniendo la misma posición.

Pero me lo estás pidiendo a mí. ¿Sabes cómo me hace sentir?

Se estremeció cuando los brazos de la mujer finalmente lo rodearon, con dudas, por la cintura y los hizo avanzar con un tacto increíblemente delicado hacia su espalda, estrechándolo contra ella con cariño. No pudo pensar con claridad ante el contacto, separó por fin sus brazos de los costados y los llevó hacia ella, enredando sus dedos entre sus cabellos rubios, que dejaban de ser cortos.

Cynthia apretó los labios cuando Ash jaló de su cabello para separarlos y verle el rostro. Ignorando la expresión conmovida de ella, sus ojos se entornaron al ver sus ojos grises. Acercó su rostro al de ella, apoyándose en la comisura de sus labios. Suspiró al captar el aroma dulzón del labial, ya casi imperceptible por el paso del tiempo. Mamá, papá, la chica de ojos pardos de una base secreta. Una pesadez se instaló en su garganta, parecida a la sensación de querer llorar; aunque las imágenes de las sombras proyectadas en vela, los ruidos y las sombras siempre serían borrosas hasta desaparecer, la sensación que cada una le causó regresaron un poco, abriéndole una brecha en el corazón. Hubiese querido hacer eso en el pasado... ahora no servía de nada. Cynthia no se movió, permitiéndole mantener su agarre.

—Ya lo recordaste, ¿verdad?

—No sirve.

—Nunca lo hizo.

No sirve de nada estar sola cuando te sientes perdida. Mucho mejor es estar con gente y compartir tus problemas, y no tenerlos encerrado dentro.

Lo sé.

—Tampoco puedo pedirte que me incluyas otra vez en algo que no quieres.

No era nadie especial, mientras que ella seguía siendo la reina de Sinnoh, una de las mujeres más fuertes del mundo y una de las más queridas en las regiones. Bastante hacía con estar entre sus brazos, ella sosteniéndole con afecto. También fue ella la que rompió con el contacto. Le regaló una sonrisa antes de irse de ahí, a paso tranquilo, ignorando su llamado. Cynthia no solía mirar atrás, ni contemplar a las personas que pasaban a su lado. Estaba acostumbrada a ser ella quien atraía todas las miradas, no al revés. Ash no fue una excepción.

—Me recuerdas mucho a un Gardevoir, Cynthia. Me pregunto si serías uno si fueses un Pokémon.

—He escuchado eso antes —sofocó una risita con una mano—. No me molestaría. Me halaga esa comparación, me hace sentir llena de responsabilidad y que confían en mí.

—Lionel también es una persona tranquila, Steven, Lance, Diantha y Alain.

—Iris y tú resultaron ser lo contrario.

—Supongo porque… éramos los más jóvenes y era emocionante estar ahí.

—¿Para qué guardarte tus sentimientos? Lo disfrutaron y está bien.

—¿Llegaré a ser así, como ustedes?

—Bueno…, tú debes ser mejor. Suena muy cliché, pero es la verdad. A veces, cuando estaba mirando las batallas del alto mando y lo apasionados que eran los entrenadores por querer llegar a mí, pensaba muchas cosas para decirles, pero casi nunca se presentaba la oportunidad y me quedaba sola esperándolos. Creo que eso terminó por volverme algo estoica. Pensaba que quizás, algún día, algunos de esos niños y niñas estarían en mi sitio, sintiéndose igual mientras miran a otros tener batallas, preguntándose cuándo les tocará a ellos divertirse. Al menos tú eres capaz de mantenerte mirando lo mejor de todo y eso hace que todo te parezca tan increíble que tu tranquilidad es diferente a la nuestra. No hay necesidad de que seas como nosotros, sé tú.

Sin añadir algo más y dejándolo pensativo, la ex campeona se levantó y acomodó con elegancia la sombrilla en su cabeza otra vez.

—Ya debería irme, tienes mucho para hacer. Y no me digas que no, conozco el oficio de sobra. Gracias por haber venido. Vamos a despedirnos.

Ash obedeció de forma automática y estrechó su mano, casi tan fuerte como su última batalla. Duraron unos segundos en la misma posición hasta que ella se aclaró la garganta para regresarlo a la realidad y rompieran el contacto. Cynthia le regaló una sonrisa llena de afecto, aferrándose a la sombrilla mientras se arrodillaba para despedirse del pokemon con una nueva caricia. Ash se apresuró a preguntarle lo que había estado haciéndole sentir confundido desde un inicio.

—¿Puedo preguntarte por qué querías que nos viéramos aquí?

Cynthia replegó la sombrilla y caminó unos pasos delante de él, llevando los brazos hacia el agua de la fuente para sacarla y humedecer sus cabellos mientras observaba todo con un gesto contento. Las gotas de agua la hicieron brillar y separó los brazos en una vuelta completa, se la veía demasiado alegre estando allí.

—Quería asegurarme de que vieras esto.

Y ella se fue, dejándolo solo otra vez. El día antes de su batalla con Lionel, Cynthia se había marchado furtivamente, sin decir adiós ni siquiera a un solo amigo, y eso dolía. Ash no sabía por qué tenía que ser así, pero procuró ser comprensivo. No tenía por qué sentirse mal, después de todo, las palabras de Cynthia siempre le habían reconfortado, le habían dejado en claro que él todavía guardaba un enorme potencial para explorar y, sobre todo, lo satisfecha que estaba al verlo crecer como un gran entrenador.

Entonces una flecha invisible le atravesó las memorias.

Miró frenético a su compañero, metiendo la mano en el bolsillo con rapidez para sacar el mapa digital y ubicar el lugar exacto en el que estaban. Levantó la vista hacia los árboles, el inicio y el final del jardín y la zona evidentemente talada. Se acercó más a la fuente y volvió a mirar el mapa, esta vez seguro de estar en la zona en donde alguna vez conoció a cierta muchacha.

Con lentitud metió una mano al bolsillo de su pantalón, sacando una hoja doblada para leer su contenido otra vez. El día de ayer, llegó a sus manos una carta sin decorado especial. Era común que dejaran ocasionalmente cartas o tarjetas en el buzón de la casa de su madre, admiradores que le juraban que algún día serían igual o mucho mejor que él. Al girar el sobre para leer el nombre, aunque suponía lo que iba a encontrar, el nombre del remitente escrito con letra corrida le hizo perder el aliento. Leyó otra vez, una vez más, con los ojos como si hubiese visto un fantasma. Una sensación de nervios le recorrió incluso antes de abrir el sobre. Tragó en seco al abrirlo, torpemente, desplegando el papel doblado en tres y, con el rostro sofocado, leyó la carta entera que comenzaba con un saludo cariñoso. Sin adornos, sin exagerar, la forma que tenía ella de expresarse.

«[…] Me enteré que estás en Kanto, no te preocupes, no le he dicho a nadie. Me gustaría verte mañana en la zona de descanso de la ruta siete, a fueras de la Ciudad Azulona. No te quitaré mucho tiempo, de hecho, quiero verte porque mañana cumples veintitrés y tampoco te he felicitado por tu tercer año consecutivo manteniendo tu título. ¿Ser campeón es agotador? ¿Ha tomado más de ti de lo que tú le has dado? Te entiendo muy bien.

A veces pienso en todo el tiempo que invertimos para que, quizás, en un futuro nos convirtamos en un recuerdo lejano. Quizás algún día nadie se acuerde de que existieron dos campeones llamados Cynthia y Ash. Quizás ni siquiera recuerden lo que hicimos y cómo lo hicimos. Pero eso no importa ahora, por una simple razón:

Mañana que nos veamos otra vez, sin importar lo que ocurra, tú serás tú, yo seré yo. Sin títulos, sin responsabilidades, sin ocultarnos, sin mentir. Tú, tal cual. Y será un gran día solo por eso […]»

Detuvo su lectura antes de terminar la carta. El hecho de disfrutar tanto su caminata ese día, del clima que no tenía nada de especial y de su región natal era porque no tenía que llevar encima un título. Podía ser él mismo, el muchacho antes de ser campeón, antes de llevar la vida que siempre quiso y antes de madurar para saber vivirla; acompañado de la mujer que todavía podía agarrar y estrujar su corazón, porque la había querido desde antes de conocerla y aún después; y porque, en el fondo, seguía escuchándose a sí mismo gritándose que fuera con ella. Por fin la entendía bien, el porqué de sus decisiones y su forma de ser.

Existían palabras que eran mejor no ser dichas, pero que tenían otras formas de ser demostradas.

—También necesitaré vacaciones muy pronto.

Mientras tanto, seguiría subiendo. El mundo se veía mejor desde la altura.

De esa forma la había encontrado. De la misma forma la tendría de nuevo a su lado.