Miró su reloj de pulsera. Las 11:05. Todavía era bastante pronto, la comida no se serviría hasta las 12. Tenía aún tiempo. Con esa mentalidad Hermione continuó caminando hacia el despacho de McGonagall. Estaba un poco nerviosa ante la inminente confrontación con la profesora, pero quería creer que saldría bien. Tan solo le comentaría que Parkinson estaba descontenta con participar en el club de cine y si era posible que la sustituyeran por algún compañero suyo, como Ernie Macmillan, que también era un sangrepura.

Inhaló un poco de aire. Ya estaba enfrente del despacho de la profesora. Tratando de parecer lo más calmada posible tocó tres veces a la puerta con sus nudillos, esperando paciente por una respuesta, que consiguió al par de segundos. La voz de McGonagall se escuchó a través de la puerta, un claro «adelante» le indicó que la abriera. Con lentitud giró el picaporte y la abrió. Allí, sentada corrigiendo exámenes, se encontraba la profesora McGonagall, que la miraba con una mezcla de confusión e intriga.

—Buenos días, profesora, ¿la interrumpo?—preguntó cortésmente.

—Para nada, señorita Granger. ¿En qué puedo ayudarla?—McGonagall dejó su pluma en el tintero y cruzó sus manos. Hermione cerró la puerta y se sentó en la silla frente a su profesora.

—Tengo que comentarle una situación personal, profesora—Hermione se estrujaba las manos con nerviosismo mientras rehuía los ojos de McGonagall. Esperaba que no se molestara con ella ante la petición que tenía que hacerle.

—Adelante.

—Verá… no sé muy bien cómo comenzar. Es sobre el club de cine—los ojos de la profesora McGonagall seguían fijos en ella. Un ligero asentimiento en la cabeza le dio a entender que prosiguiera.—Es con respecto a Pansy Parkinson. Ella me ha comentado en un par de ocasiones que no está… cómoda con trabajar en el club y está causando problemas entre las dos. Hoy Parkinson me pidió como favor que hablara con usted para ver si podían buscarle a alguien que la sustituyera—Hermione decidió mentir ligeramente. Pansy Parkinson nunca le pediría un favor a ella, pero tampoco tenía las ganas de explicar el encontronazo que habían tenido anteriormente.

La profesora McGonagall se mantuvo seria. Evaluó con sus ojos verdes las facciones de Hermione, que se puso nerviosa. Sabía que era mala idea pero, tras pensarlo unos minutos, la Gryffindor pensó que no sería tan mala idea hablar con la profesora. Parkinson y ella no se aguantaban y, si la cambiaban, sería mucho más fácil para ella trabajar y disfrutar del club de cine, aunque estaba bastante segura que aquello acabaría en nada.

—Señorita Granger—la voz de McGonagall resonó por todo el despacho. Hermione se puso más atenta al escucharla.—No voy a sustituir a la señorita Parkinson.

El peso de mil toneladas se asentó sobre los hombros de Hermione. Ya intuía la respuesta pero había albergado una pequeña esperanza de que la respuesta no fuera a ser negativa.

—Tengo mis razones para no querer cambiar a la señorita Parkinson—McGonagall se enderezó las gafas cuadradas y miró a través de la ventana. Volvió a dirigir su mirada hacia ella y suspiró.—Usted y yo deberíamos haber tenido esta conversación antes.

Hermione se extrañó al oír las palabras de la profesora. ¿A qué se refería?

—Los demás profesores y yo hemos observado la mala relación que ustedes dos tienen—las mejillas de Hermione se colorearon producto de la vergüenza.—Sé que no es culpa suya y que es a causa del comportamiento de la señorita Parkinson. Si le soy sincera, estoy un poco harta de la actitud de algunos alumnos de Slytherin. He observado durante años cómo a causa de la forma de pensar de algunos de ellos ha arruinado las que podrían haber sido grandes amistades.

»La señorita Parkinson y usted se parecen más de lo que ambas creen. Ustedes dos son de mis mejores alumnas. Sí, señorita Granger, la señorita Parkinson es excelente en Transformaciones, una de las mejores alumnas que he tenido en los últimos años. Junto a usted, claro. Pero eso no es lo que quiero contarle. Me niego a sustituirla porque, por desgracia, la señorita Parkinson es una de las Slytherin que más ha adoptado la ideología supremacista de sangre y es una auténtica lástima. Sé de buena mano que con los compañeros de su propia casa ella actúa como un mentor y referente para los más jóvenes y como prefecta siempre ha dado un rendimiento excelente, pero su actitud con los compañeros de otras casas deja mucho que desear. Y ahí es donde entran usted y el club. Con esta idea no pretendemos castigarla ni a usted ni a ella. Pretendemos realmente utilizar la tecnología muggle para deshacer los prejuicios del alumnado. Dicho esto, fue mi idea juntarlas a ustedes dos—las cejas de Hermione se alzaron con sorpresa ante esta revelación.—Sé que puede parecer sorprendente, señorita Granger. Me di cuenta el primer día que ustedes llegaron que la señorita Parkinson y usted se volvieron bastante cercanas, para luego de pronto volverse enemigas de la noche a la mañana. Siempre me pregunté qué las llevó hasta esa situación. No fue hasta hace un par de años que escuché sin querer una conversación entre ustedes que me di cuenta qué las llevó a esa situación:la ideología de la señorita Parkinson. Me dio mucha pena descubrirlo, señorita Granger. Por eso, cuando comenzó la guerra este verano los profesores nos reunimos para tratar de evitar la discriminación y odio que fueran a sufrir las personas nacidas de muggle. Cuando decidimos crear este club fue a mí a quien se le ocurrió ponerlas a ustedes. No pretendo que se vuelvan amigas ni que sean abiertamente amigables pero sé, y esto se lo digo muy en serio, que usted puede ayudar a la señorita Parkinson a cambiar su actitud. Ambas se parecen más de lo que creen.

Hermione se quedó sin palabras ante las palabras de la profesora. Ella nunca podría haberse imaginado una situación donde su jefa de casa le dijera que podría cambiar la actitud de una de las peores Slytherin que Hogwarts había visto, pero aquí estaban. Si era sincera estaba parcialmente halagada ante los comentarios de McGonagall hacia su persona pero consideraba que exageraba. ¿Hermione, volviendo pro muggle a Pansy Parkinson? O sin ir tan lejos, simplemente volviendo más amigable a la Slytherin con personas de otras casas. Lo veía imposible, más aún con la situación que se vivía el mundo exterior.

—Muchas gracias por su comentarios, profesora, aunque lamento decirle que creo que me pone en demasiada estima. Pansy Parkinson ya es una mujer adulta y es muy difícil cambiar la forma de pensar de alguien tan mayor.

—Lo sé, señorita Granger, pero no perdemos nada en intentarlo, ¿verdad?

La salud mental que Hermione había perdido esta semana no opinaba lo mismo, pero decidió ahorrarse el comentario.

—Sí, tiene razón, profesora—Hermione le dio la razón a su maestra, queriendo acabar ya la conversación. No había conseguido lo que planeaba, aunque aún así había conseguido una información muy interesante.—Le dejo seguir trabajando—se levantó del asiento y procedió a marcharse. Un pensamiento fugaz cruzó su mente por unos momentos, la curiosidad burbujeando en su interior. Quería hacerle una última pregunta a su maestra.—¿Profesora?

—¿Sí, señorita Granger?

—¿Por qué cree que Pansy Parkinson y yo nos llevaríamos bien?—desde que McGonagall pronunció sus palabras minutos antes Hermione se había quedado con la duda de qué razón le había llevado a su profesora a pensar que su archienemiga y ella podrían llevarse bien. Si le preguntaban a Hermione ambas eran como el agua y el aceite.

—Es una buena pregunta—McGonagall aguardó unos segundos. Ajustó sus gafas cuadradas al puente de su nariz y volvió a coger su pluma del tintero, preparada para volver a la faena.—Ambas son muy inteligentes, las mejores de sus casas. Se guían por la lógica, no por la intuición. Trabajan duro y se esfuerzan para llegar a donde están, por no hablar de su gran dedicación hacia sus amigos. Usted se sacrifica mucho para ayudar a sus compañeros de casa, como al señor Weasley, Potter y Longbottom. La señorita Parkinson hace igual con sus amigas, en especial con las señoritas Greengrass, Davis y Bulstrode que, por desgracia, no son tan aplicadas como ella—la profesora frunció sus labios un segundo en un gesto de desaprobación.—Estoy convencida que si no fuera por los prejuicios ustedes dos habrían sido muy buenas compañeras.

Por segunda vez en lo que llevaban de encuentro Hermione se sorprendió ante las palabras de la profesora. No conocía aquel lado de Pansy Parkinson. Aunque siempre la veía muy cerca de sus amigas no imaginaba que las ayudara tanto en sus estudios, lo cual le recordaba a ella misma. Tampoco la imaginó nunca como una chica inteligente, pragmática y estudiosa, los calificativos que ella misma le habría dedicado habrían sido muy diferentes.

Con el estupor que llevaba encima Hermione se despidió rápidamente de la profesora, dejándola trabajar. No sabía muy bien qué hacer con la información nueva que acababa de recibir.

X

La semana había pasado volando. Cuando Hermione quiso darse cuenta ya era viernes por la noche, lo que significaba que le tocaba hacer su ronda semanal en el club de cine. Llegó unos minutos antes de la hora programada y preparó el salón para la proyección del film. Poco a poco los participantes del club fueron llegando, entre ellos Harry, que la saludó con una sonrisa.

Parkinson llegó puntualmente a la hora del comienzo de la película. Con una mirada de entendimiento entre ambas la Slytherin comenzó a patrullar los pasillos colindantes y Hermione se colocó en la puerta. Sin embargo, en esta ocasión la Gryffindor tenía un plan distinto. Se quedó en la puerta entreabierta para vigilar a sus compañeros y poder observar a Parkinson cada vez que pasara por el salón.

La película de hoy había sorprendido a Hermione. Les tocaba ver «Forrest Gump». El film le recordaba profundamente a su padre, que la había alquilado el año pasado para verla juntos cuando ella regresó de Hogwarts. Cada vez que pensaba en el club de cine no podía evitar pensar en él. Lo extrañaba mucho, como a su madre, y sabía que se sentiría muy contento de verla participando en este club, más aún sabiendo que su objetivo principal era eliminar prejuicios contra los nacidos de muggle y la cultura no mágica. Sus padres eran la razón por la que ella había salido tan combativa y concienzuda, ellos tampoco eran del tipo de gente que se callaban ante las injusticias.

Mientras veía la película de reojo vio pasar varias veces a Parkinson, que no le dirigió ni una simple mirada de soslayo. La voz de los actores y actrices resonaba por toda el aula y el pasillo, inundando sus oídos. La escena del ataque de napalm se reflejaba en la pantalla. Algunos de sus compañeros se tapaban los ojos al ver la sangre en el abdomen de Buba, incrédulos ante la salvajidad que suponía la guerra. Jadeos de sorpresa se escucharon en el aula al ver el fuego y devastación producidos por el napalm. Menos mal que solo eran efectos especiales porque si les mostrasen un documental les daría un infarto, pensó Hermione.

Pansy Parkinson cruzó en ese momento por el pasillo. Su túnica de Slytherin ondeaba al son de sus pasos. Su cara, que mostraba generalmente una expresión dura, tenía claros signos de aburrimiento y hartazgo. Hermione la miró sin pudor. La conversación con McGonagall la había dejado trastocada, no pudo dejar de pensar en ella toda la semana, en lo dicho por la profesora. ¿Hermione y ella, parecidas? Seguía sin creérselo.

Recordó las palabras de la profesora, de su negativa a cambiar a Parkinson del club. Cuando esa memoria golpeó su mente ya era demasiado tarde: Parkinson ya había pasado a su lado. Sin embargo, sin pensarlo dos veces, se giró y vio a la chica de Slytherin a un escaso metro de distancia. Estiró su mano y agarró la manga de su túnica. Enseguida, Parkinson se giró alarmada y la miró con los ojos abiertos. Todavía con su mano agarrada a la túnica de su enemiga, Hermione se quedó mirando los ojos verde musgo de Parkinson sin saber qué decir durante un par de segundos.

—¿Qué haces? Suéltame—dijo la Slytherin con un deje de sorpresa y enfado.

—He hablado con McGonagall—en vez de disculparse ante tal intromisión, aunque fuera por pura educación, el cerebro de Hermione solo fue capaz de procesar la información que quería decirle a Parkinson. Tardó otro par de segundos en recomponerse pero, cuando lo hizo, soltó su mano de la túnica de su enemiga y aclaró su garganta.—Dijo que no iba a cambiarte de puesto y me dio sus razones personales para no hacerlo.

Los ojos de Pansy Parkinson se entrecerraron. Se la veía molesta ante la revelación y bufó exasperada, cruzándose de brazos.

—Ya me lo imaginaba yo—dijo con claro tono de enfado.—¿Y se puede saber qué razones dio para no cambiarme?

—¿Quieres que te diga la verdad? Quizá no te guste.

—Pruébame—contestó desafiante Parkinson. Hermione sonrió con burla, sabía que no le iba a gustar su respuesta a la Slytherin.

—Dijo que por culpa de tus prejuicios contra los nacidos de muggles echaste a perder grandes oportunidades de congeniar con compañeros de otras casas. Que ella misma había oído hablar de boca de otros profesores que eras una gran alumna que ayuda a sus compañeros de casa pero que, por culpa de tu ideología, no lo hace con los alumnos de otras casas—la barbilla de Parkinson se alzó con orgullo ante sus palabras, seguramente ni se sentía avergonzada ante lo dicho por su profesora, pensó con tristeza.—McGonagall cree que participar en el club te ayudará a quitarte esos prejuicios—Hermione decidió omitir las palabras de la profesora donde decía que ambas podrían haber sido gran amigas, estaba segura que si las decía en voz alta se comería una maldición por parte de la Slytherin.

Parkinson se mantuvo callada unos segundos. Su barbilla seguía alzada con orgullo, parecía que su cerebro estaba procesando toda la información. Para sorpresa de Hermione, Pansy Parkinson se giró y se fue sin decir nada. Sus pasos resonaban por el pasillo mientras se escuchaba de fondo los sonidos de la película. En cuestión de diez segundos ya había cruzado el pasillo. Hermione suspiró con pesadez, la Slytherin era más extraña de lo que pensaba.