—Dime una cosa, Bruno. ¿Qué le susurraste a Hipo aquel día para lograr que tragase?
—Ah, eso…
Bruno se frotó nerviosamente el brazo y dejó salir una tímida risilla. Hacía mucho tiempo que no le veía hacerlo. Los años en la calle, la pena del desamor y la necesidad de la determinación para recuperarlo, le habían forzado a dejar a un lado la timidez y luchar cada día.
—Sólo… pensé en algo con lo que le hubiese visto tragar saliva antes.
—Y, ¿qué era?
—Astrid soltándose la trenza.
—¡¿De verdad?! ¡¿Nos oye suplicarle y no saca fuerzas y luego traga por eso?!
—Hay cosas a las que uno no puede evitar reaccionar…
—¿Sí? —pregunté maliciosamente—. Y, ¿cuáles son esas cosas para ti?
—¡Mira! ¡Por ahí vienen Hipo y Astrid!
Hipo saludó desde la distancia y yo corrí a abrazarles.
—¡Me alegro de volver a veros! —dije algo conmovida mientras casi les cortaba el aliento del estrujón.
—Si quieres volver a vernos, vamos a necesitar que aflojes —dijo Astrid riendo.
—Perdón, me he dejado llevar.
—¿Cómo estáis? ¿Qué tal ha ido la Luna de miel a la vikinga? —preguntó Hipo abrazando a Bruno también.
—¡Increíble! —contesté casi desbocada—. Todavía me pregunto cómo pudisteis iros de allí. Gracias por la recomendación.
—Así que… ¿ya estáis casados… casados?
Mis mejillas se encendieron ante la directa de mi querido resultó-que-nunca-había-sido marido, y decenas de imágenes comenzaron a cruzar mi mente: Bruno sobre mí, murmurándome su amor en el oído mientras su moreno y sorprendentemente ágil cuerpo me tomaba con cuidado y con pasión; sus rizos cayendo hacia su fuerte espalda mientras gemía de placer al contacto con mi cuerpo, sus besos por mi cuello, sus manos en mi pelo… el clímax más absoluto que jamás imaginé alcanzar.
—Casados-casados. Sin duda. Casados del todo.
Hipo y Astrid rieron ante mi reacción y Astrid palmeó a Bruno en el brazo con tanto vigor que creía que le rompería.
—Benditas arepas, ¿eh?
—Más de lo que imaginas —contestó él.
—¡No! Por favor, no me des ese tipo de detalles.
—¡No, no! No lo decía por eso. Me refería a que fueron de ayuda el día en que se lo contamos a la familia.
—Le dio un chungo a la abuela, ¿no? —dijo ella con total displicencia.
—¡No! —exclamamos los dos a la vez.
—Pero mamá se aseguró de mantenerlos a todos un poco más relajados de lo normal… No queríamos accidentes.
—Tú madre es mi mayor heroína —dijo ella apretando fuertemente la mano de Hipo.
—La mía también —admití.
Nunca en la vida podría agradecerle suficiente a mi madre todo lo que había hecho y seguía haciendo por mí. No sólo salvó la vida de Hipo, además calló nuestro secreto, nos ayudó a salir sin ser vistos, aceptó nuestra peculiar situación sólo por vernos felices, nos ayudó a hacerle entender al resto de la familia y, además, mantenía a Bruno sano y jovial. En más de un sentido, le debía mi vida a ella.
—Y, ¿qué hay de vosotros? —preguntó Bruno con interés.
—Casados. Seguro —contestó Hipo mientras Astrid arqueaba los ojos cómicamente.
—Ya… yo me refería a que cómo os va por la Gran Manzana.
—Bueno, una empresa de construcción me ha comprado los derechos de explotación del material ignífugo que inventé hace unos años, así que ahora yo también tengo seguro médico —contestó riendo.
—Vive como un rey, pero sigue llenándome la casa de trastos… —protestó Astrid fingiendo indignación.
—Qué curioso, no te he visto quejarte de la almohada térmica, ni del masajeador de pies, ni del…
—Vale, vale, tú ganas.
—Sí, claro…
Astrid miró a Hipo con una sonrisa tierna.
—¿Yo gano? ¿De verdad? Eso no me había pasado nunca. Mmmm… —dijo cerrando los ojos en señal de relax—. Es la magia del Encanto.
—¡Corta el rollo!
—Podías dejarme saborearlo un poco más…
—Nah, no quiero que te acostumbres.
—Y… hasta aquí ha llegado mi victoria…
Bruno y yo compartimos una mirada divertida. Verles juntos siempre era un auténtico número.
—Haa… Echo de menos la paz del Encanto —dijo Hipo mirando a su alrededor y respirando hondo para captar bien todos los aromas. —Este lugar es todo lo contrario a Nueva York.
—Y más ahora que Bruno se ha duchado —bromeó Astrid.
—¿Cambiando de objetivo? —le preguntó Bruno sin el menor atisbo de ofensa en su cuerpo.
—Para que no me eches de menos.
—¿Volveréis a menudo? —pregunté algo temerosa de la respuesta.
—¡Por supuesto! ¡Este chico no sabe vivir sin ti!
—Exageras —dijo él sonrojándose.
—¿Qué tal le irá a Mirabel? ¿Qué tal estará comiendo? ¿Seguirá usando mi invento anti-ronquidos? —enumeró ella sobre actuando mientras fingía la voz de Hipo.
—¡¿Se supone que ésa es mi voz?! ¡Mi voz no se parece a eso!
Abracé a Hipo otra vez y él dejó de protestar por fin mientas pequeñas lágrimas se formaban en sus ojos.
—Yo también te hecho de menos, Hipo.
—¿Eres feliz?
—Más que nunca, ¿y tú?
—Soy feliz, Mira; gracias a ti.
—No dejes de venir, ¿vale?
—¿Habrá buñuelos? —preguntó mirándome a los ojos con una tonta sonrisa.
—Sólo si me traes bagels.
—Puedo hacer el esfuerzo.
—Entonces…
—¿Trato hecho?
—Hecho.
