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Kagome se cubrió la boca con las manos y limpió frenéticamente los restos del pan que nunca llegó a morder bien, ¿qué había sido eso? ¿En serio era producto de su imaginación?
Había sido solo un destello, pero aún estaba ahí, era ella besando a alguien, y no era un alguien cualquiera, ¡era él!
Forzó su mente a recordar si, como parecía, se trataba de un sueño o no, todo lo demás era borroso antes o después de esa imagen así que, a pesar de ese esfuerzo, no pudo recordar nada más. Pero, pero ¿qué estaba diciendo? ¡Claro que había sido un sueño! ¿Que Sesshōmaru y ella se besarían? ¡Qué ocurrencia! Ay, debía estar loca…
Loca, Kagome, loca…
Soltó todo el aire que había acumulado en los pulmones de golpe, en un rápido suspiro, y se acunó el rostro entre las manos, como si hubiera alguien al que debiera ocultarle que estaba colorada cual tomate. Su delicioso desayuno de pronto dejó de ser objeto de su atención, y los siguientes minutos que siguieron se la pasaría tratando de no perder la cordura dándole y dándole vueltas a ese destello en sus recuerdos, sueño o realidad.
No había manera, la noche anterior se había despedido de las niñas, tomó un vaso de leche y… y luego tuvo mucho sueño, entonces, ¿se fue a dormir, no?
Evidentemente la mente le podía jugar malas pasadas a cualquiera, los sueños no podían controlarse, era normal que a veces se vieran cosas fuera del lugar sin ningún motivo aparente. Pero, por favor, ¿besarlo a él? Al hombre con el que estaba compartiendo temporalmente la casa, con el que estaba familiarizada no desde ayer, sino desde hace años ¿cómo podría estar soñando con eso justamente ahora? ¡Qué pena! ¿Cómo podría verlo a la cara?
—Kagome, hermana… ¿Kagome?
Sintió una pequeña mano posarse en su cadera.
—Ay, Mei, perdón. ¿Qué me estabas diciendo?
—Que Kanna nos invitó a jugar con su casa de muñecas. Queremos saber si podemos ir.
—Bueno, pero Sesshōmaru no ha llegado, deberíamos esperar a que le dé permiso a Rin, ¿recuerdas?
—No te preocupes, Kagome —intervino la aludida—, Sesshōmaru sabe que siempre que vengo voy a jugar con Kanna —comentó con suma inocencia la pelinegra—. Además, su casa está frente a la tuya…
—Bueno, ¿a qué hora les dijo?
—Ahora mismo.
— ¿Ahora?, ¿quieren irse ahora que Sesshōmaru debe estar por llegar? —la azabache entendía bien que no quería estar sola para cuando eso sucediera, aunque esa intimidad nunca antes le había asustado que ella supiera—. ¿Y está enterada su hermana?, ya sabes que Kagura es una persona muy especial…
—Sí, ella misma viene a buscarnos.
— ¿Eh?
Kagura siempre había sido vecina suya, su bonita casa estaba cruzando la calle y vivía allí mucho antes de que ellas llegaran. Kanna era contemporánea de Mei, una niña albina introvertida. Si bien, no podía decirse que había formado una amistad con Kagura —era una mujer de carácter peculiar y no era muy sociable con ella—, ambas hacían el esfuerzo por sus hermanas menores. Así pues, no era demasiado raro que un día Kagome estuviera frente a la puerta de su casa para buscar a Kanna, y que a la otra semana Kagura hiciera lo mismo para buscar a Mei. Justo como lo estaba haciendo ahora…
—Bueno, Kagome, las traeré en una hora más o menos —tanteó la mujer de pocas palabras.
— ¡Está bien!, o me llamas y yo voy por ellas. Ya sabes, para que… no tengas que ¿cruzar la calle? —la chica frente a ella elevó una ceja con extrañez. La azabache sabía que lo que estaba diciendo eran incoherencias, así que dejó de sonreír como tonta—. Bueno, se portan bien, niñas.
Las despidió con la mano y cerró la puerta cuando las vio ingresar al recinto aledaño. Se fijó en el reloj de pared de su propia sala y pensó en lo bueno que sería que esa hora transcurriera en un parpadeo literal. Otra vez estaba sola, pero era eso o que llegara Sesshōmaru, lo cual pasaría de un momento a otro de todas formas, y que de pronto le causaba una oleada de vergüenza y miedo.
La música sirvió para distraer su mente y hacer que el tiempo se le pasara más rápido, por lo que no supo cuántos minutos pasaron entre cada automóvil que circulaba frente a su casa y hacían que indudablemente se asustara de pensar que él había llegado. ¿Por qué un sueño tenía ese efecto?, sería algo que se cuestionaría un millón de veces más en el futuro…
Cuando el peliplata llegó, de súbito, consideró dejar la ropa en la secadora y esconderse en la habitación para no salir más, acción que se reprochó, y se repitió otra vez que no era para tanto, que solo era un sueño y no pasaba nada; él no podía leer su mente —aunque a veces parecía que sí— y jamás lo sabría.
Salió del cuarto de lavado para verlo depositando algunas cosas en la mesa de la sala, lo que llamó su atención.
—Hola, ¿y eso?, ¿pasaste a la tienda? —se acercó, distrayéndose por momentos del nerviosismo que se apoderaba de toda ella—. ¿Dejaste para los demás?
Preguntó a modo broma, descubriendo dos cajas de manzanas rojas.
—Algunas —respondió observándola.
La pelinegra tomó una de las manzanas y aspiró su aroma; Sesshōmaru pudo adivinar que ya estaba considerando todo lo que podría preparar con estas, pues, para variar, ya volvía a amarrar la mayor parte de su melena azabache y traía puesto un curioso delantal a prueba de agua.
—Gracias. Espera a que Rin y Mei las vean, les van a encantar. ¿Quieres desayunar?
Iba a tomar las cajas, y entonces lo notó; al lado de ellas reposaba un hermoso girasol, estaba expuesto, libre de envoltorios sofisticados e innecesarios, pero tenía una fina cinta roja y una diminuta tarjeta.
— ¡Oh, qué belleza! ¿También es para Rin?
—Es para ti.
— ¿Para mí?
Por inercia, Kagome lo tomó con ambas manos.
—Ay, ¡gracias!, gracias, me encanta —se perdió temporalmente en la perfecta naturaleza de su diseño y sus colores, era enorme y tan vivaz. Luego volvió a ver las manzanas, exuberantes y frescas, contuvo el aliento—. Qué detalle, Sesshōmaru. Es impresionante, ¿cómo supiste que queríamos esto?, ¿y lo del girasol?
No le estaba preguntando a qué venía la flor, su familia había promovido la costumbre de dar presentes sin ser un día especial, más bien, era el porqué de escoger uno de esos precisamente. Él pensó en muchas formas de responderle, finalmente optó por apuntar su mirada hacia abajo, ella le siguió y recordó lo que traía puesto: su delantal tenía el dibujo central de un girasol, y, a ciencia cierta, no era el único.
— ¡Es verdad!
La pelinegra lo había estado blandeando desde siempre y ahora preguntaba. Antes de que su risa saliera con libertad, se llevó la mano a la boca para suprimir un poco el ruido, pero el ambarino no se perdió de aquel etéreo gesto: una risa espontánea y divertida.
—Herencia de mamá, ya lo sabes. Todas sus vajillas también los tenían así que… Muchísimas gracias…
Para Sesshōmaru, su felicidad era más refrescante que su gratitud, y aunque en su semblante no expresaba nada aún, sabía que la mujer frente a él podía ver más allá de su exterior.
Kagome había olvidado bastante bien su pequeño dilema mental hasta ese momento. ¡Su extraño sueño! Al recordarlo volvió a sentir vergüenza. Si él supiera lo que había soñado... El que su corazón se acelerara solo debía ser para que su tortura fuera mayor. ¡Ay, qué suerte la suya!
—Las llevaré a la cocina.
Atinó a decir, y desvió la mirada.
—Te ayudo.
Intervino el peliplata al ver que trataba sin éxito de hallar la forma de llevarse todo entre sus dos brazos.
—Gracias…
Sesshōmaru iba a decir algo, pero no lo hizo. En su lugar la siguió, y decidió a interrogar…
— ¿Rin y Mei?
—Enfrente, Kanna las invitó a jugar un rato. Pero no deben tardar en volver, descuida.
La morena tomó las cajas y sacó las manzanas para agruparlas todas y lavarlas. Cogió un pequeño paño con un estampado de girasol que casi le muestra al ambarino, pero se contuvo al final; el paño no era lo único que tenía ese dibujo en la cocina.
—Las baterías de las niñas nunca se acaban, ¿cierto? —comentó, nunca fanática de los silencios incómodos—. Aunque hoy durmieron un poco más que ayer. Tú fuiste el que madrugó, de nuevo.
— ¿Qué hay de ti?, ¿dormiste bien?
Sus pequeñas manos se paralizaron, entonces una de las frutas se le cayó y rodó por el piso de pronto, dejando pequeñas gotas de agua a su paso.
Ella rio y se apresuró a tomarla.
—Bien, bien, muy bien. De hecho, anoche debí dormirme y no leí el mensaje de Kikyo hasta hoy… —sostuvo la manzana entre sus manos y se recostó a la estufa, mientras rememoraba con la mirada baja—. Esta mañana se lo mostré a Mei. Creo que ambas estábamos preocupadas, pero… me quedé dormida.
—Estabas muy cansada.
La azabache elevó los ojos hacia él. Se preguntó si se lo estaría diciendo por algo en particular, tragó saliva. Entonces sonó el timbre.
Y a continuación, voces infantiles.
—Ya volvieron. Yo abro.
Dejó la fruta en la mesa junto a las demás y le dio la bienvenida de vuelta a las pequeñas.
— ¿Se divirtieron?
— ¡Bastante! La casa de muñecas es enorme…
La azabache se las imaginó, y sonrió—. Me alegro mucho. Ya podrán contarme todo lo que hicieron, Sesshōmaru les trajo manzanas… Y se me ocurre que haré pie de manzana para cuando lleguen Inuyasha y Kikyo hoy o mañana. ¿Qué les parece, me ayudan?
Las niñas se miraron a la cara, sabiendo que eso también significaba que Rin tendría que irse antes de lo previsto. Kagome notó el intercambio, pero no lo entendió. En su lugar trató de animarlas y mantenerlas ocupadas para aprovechar el resto del día. Verlas juntas la transportaba a su niñez, siempre cerca de Kikyo. Debía admitir que a veces tramaban travesuras por iniciativa suya, sin embargo, Rin y Mei eran menos temerarias que ella… o eso creyó antes de verlas murmurar.
Entonces después del almuerzo vio aquello para lo que se estaban preparando con tanto afán: platicar con Sesshōmaru.
—Sesshōmaru, ¿podemos hablar contigo?
Kagome quiso fingir demencia y no participar. Pero desde la cocina podía ver la escena que se suscitaba a unos cuantos metros suyo, en la sala. Las infantas querían pedirle permiso para que Rin se quedara esa noche y así no tuvieran que recortar su estancia. El ambarino cerró el libro que estaba leyendo.
—Se supone que era hasta que volvieran, Rin.
Objetó él sin inmutarse, como si ya lo esperara.
—Lo sé, pero… es que me la pasó muy bien aquí. Es mucho más divertido que en casa de papá.
—Rin.
—Por favor, Sesshōmaru —suplicó ella ya casi resignada, y atinó a subirse en el mueble para estar al lado de él—. En verdad es diferente aquí, ¿no lo has notado? Yo creo que todos somos más felices aquí.
Su vocecita terminó en un murmullo.
Kagome se sintió conmovida al oírla, siempre había creído que era muy valiente e inocente, incluso más que Mei; no cualquiera —por no decir que nadie— se tomaba la tarea de solicitarle algo con tanta insistencia al peliplata como su hermanita lo hacía de vez en vez. Se atrevió a alzar los ojos solo para ver que el ambarino parecía sopesar sus palabras. La niña había dicho… que todos eran más felices… ¿Él pensaría lo mismo?
Cuando Sesshōmaru correspondió su mirada, ella no quiso parecer cómplice de las niñas, pero tampoco en desacuerdo con éstas. Terminó por volver su atención a lo que estaba haciendo, dejándole tomar su decisión.
—Yaken pasará por ti para el colegio.
Fue todo lo que dijo. Otra vez, fue seguido por una oleada de sonrisas infantiles. Pero esta vez Rin también le dio un fugaz abrazo antes de bajarse rápido del sofá y luego seguir su celebración en la cocina.
En lo que tardaron preparando los pasteles de manzana, el peliplata permaneció leyendo en la sala. Ocasionalmente atendía una llamada telefónica y se alejaba, y luego regresaba al sofá. Kagome juraría sentir su mirada de vez en cuando, pero al verlo él seguía leyendo. ¿Estaría alucinando?, se sentía extraña. Se suponía que lo prefería allí ocupado, pero ahora que estaba ahí pensó que se sentiría más relajada si no lo estuviera.
¿Seguía creyendo que podía ver a través de ella y adivinar su penoso sueño?
Era en momentos como esos en los que sus mejillas arreboladas le hacían mirarle. Sesshōmaru se había mantenido al margen, percatándose de su pequeño cambio de actitud respecto al día anterior, mismo que no vacilaría en respetar; pero lo que no podía evitar era seguir viéndola mientras se sumergía en su apasionada tarea, irradiando en sus jóvenes asistentes todo ese cariño que tenía.
¿Cómo podría no admirarla?
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Pasadas las 6:00 p. m., la expectación por que llegaran Kikyo e Inuyasha aceleró a las niñas, sobre todo a una ansiosa Mei, y la azabache apenas pudo mantenerlas tranquilas leyendo para que la escucharan. Le gustaba responder las preguntas que brotaban vez tras vez y atesorar esos momentos en su corazón. Después de todo, solo se es niño e inocente una vez en la vida… y solo en esos momentos los adultos pueden hacer la diferencia entre un adolescente instruido con conocimiento, valores y principios, y uno que careciera de los mismos.
Entonces el peliplata salió de su habitación, preparado para irse.
— ¿Te vas tan pronto? —Rin se adelantó a la azabache—. Saluda a papá de mi parte, intenté llamarle, pero no pudo atender.
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Él no respondió directamente, pasó cerca de la pequeña y posó la mano sobre su cabeza, a modo despedida.
La morena se acercó—. Insisto en que debiste cenar con nosotras. Kikyo me dijo que están a menos de una hora.
Sesshōmaru solo asintió. Ella entendió que debía resignarse, era todo un caso.
—Como siempre, gracias por acompañarnos. Y por todo —comentó en voz baja, mientras tomaba casualmente uno de los dos maletines y lo acompañaba a la salida—... Es un placer que tú y Rin nos visiten.
Él solo la miró impasible, a la vez que se preguntaba si lo que veía era un sonrojo—. No debes agradecer. Te contactaré, para la venta.
La azabache atajó tras un par de segundos a lo que se refería, ya recordaba vagamente que hablaron sobre vender la casa también, a lo mejor estaba tan agotada que no se negó a pedirle su asistencia. Sonrió en gratitud, y le entregó el pequeño equipaje.
—De acuerdo.
No cerró la puerta tras su salida, permaneció unos segundos allí, tal vez porque Rin seguiría con la mirada al ambarino hasta que su auto estuviera lejos, o porque ella misma lo estaba haciendo también en esa ocasión.
Rememoró entonces cuando, en la privacidad de su habitación, leyó la nota grabada en la pequeña tarjeta que colgaba del girasol; apenas tenía unas palabras, pero era la letra del ambarino, que decían: "Para Kagome. Una B. D." Ella no lo entendió, se preguntó si quería decir "Buen Día", pero entonces ¿no debía decir "Un" en vez de "Una" Buen Día?
Se dijo que le pediría que le aclarara eso, pero no tuvo oportunidad en la tarde.
Bueno, ya podría hacerlo en el futuro… Dejar pasar unos días tal vez hasta la ayudaría a serenarse más para entablar una conversación como antes. Y si no se equivocaba contaría con varios días, pues a lo mejor no le vería hasta la boda, que sería el viernes próximo.
Para variar, no se equivocó. El peliplata la contactó solo para hacerle llegar el número telefónico y la impresión del futuro comprador de la casa. Pactarían reunirse con él la semana siguiente, después de la boda, cuyos preparativos por los momentos acaparaban todo su tiempo libre.
Kagome estaba tan ocupada como Kikyo, esforzándose por disfrutar cada momento juntas de ese proceso tan especial y único en la vida. Y lo consiguió, casi no tenía tiempo para pensar en lo que vendría después, a saber, que ellos se mudarían al apartamento de Inuyasha hasta que culminara el trámite de cambio colegio de Mei en tres semanas, y que luego de eso se marcharían fuera de la ciudad... y se quedaría sola.
Y aunque casi no pudo acordarse de eso, para su fortuna, no fue así con todo, pues había una imagen y un recuerdo que por alguna razón no pudo olvidar.
Su vívido sueño seguía acudiendo a su mente por instantes, los suficientes como para inquietarla y hacer que se sintiera culpable por no borrarlo de su memoria... Es decir, ¿qué los sueños no se desvanecen con las horas o los días?, ¿por qué con ese no ocurría?
Con el paso de los días su vergüenza y nerviosismo disminuirían casi por completo, pero no con ellos esa otra sensación...
Recordaría más a Sesshōmaru que antes, y se repetiría una y mil veces que estaba exagerando.
Su compañera de trabajo lo notaría, pero ella le restaría importancia al asunto, para variar.
Días después.
El viernes más feliz en la vida de su hermana mayor llegó, y fue memorable. La boda fue maravillosa, y la felicidad con la que le deseaba a su hermana lo mejor para el futuro, le llenó el pecho…
Kagome y Sesshōmaru eran nada más y nada menos que sus testigos de matrimonio, así que tendría muchas fotos con él... más de las que se daría cuenta. Pero en la emoción del momento solo podía concentrarse en vivirlo y grabarlo en su corazón; de hecho ella asumió la mayor parte de las tareas.
Debía ser cerca de la medianoche cuando el bullicio de las fotos y discursos cesó, finalmente los novios —ahora esposos— tuvieron más tiempo para bailar juntos y a gusto con sus familiares más queridos. Kagome veía en ese momento a Mei y a Kikyo en medio de la pista. La niña había quedado literalmente con la boca abierta al ver a sus hermanas tan "bellísimas" —como las había llamado—, y ahora miraba a Kikyo hacia arriba con ojos de estrellas. Kagome sonrió hasta que las dos voltearon a verla, ella, temiendo que le pedirían unírseles, dio unos cuantos atrás y se dispuso a escabullirse unos minutos, entonces chocó de frente con alguien.
—Disculpa…
Se quedó sin habla unos segundos, estar tan cerca de Sesshōmaru de repente era abrumador. Se separó de él apenas cayó en cuenta.
— ¿Huyendo?
—Algo así… Me duelen un poco los pies —se excusó, usar zapatos altos no era su costumbre—. A propósito…
Quería hablar, pero el ruido de la música le incomodaba, a lo que le hizo un ademán de que se alejaran más hacia uno de los ventanales del amplio y lujoso salón, o, mejor dicho, a un balcón. Había uno muy cerca, así que lo invitó a seguirla con una mano en su brazo.
—Alzaría la voz, pero ya estoy agotada —expuso con sinceridad.
Sesshōmaru no se inmutó, podría agradecerle por eso, él también estaba haciendo el esfuerzo por Inuyasha, ya que solía ser de los primeros en marcharse de ese tipo de eventos. Su padre le decía que debía acostumbrarse, pero lo veía muy poco probable.
—Ayer llamé al señor Rengokuki, me dijo que había estado esperando mi llamada, se notaba ansioso —sonrió, recordando—. Le dije lo que acordamos, que la semana entrante podía venir a ver la casa, pues no la ha visto por dentro.
—La quiere más por la ubicación que por otra cosa.
—Algo así me dijo, pero de todas formas lo correcto es que venga a verla, lo que me preocupa es que trabajo corrido esta semana. Pensé en…
—Puedo mostrársela —ofreció él, a lo que la pelinegra asomó un gran "¿en serio?" en sus grandes ojos—. Te dije que me haría cargo por ti.
Kagome no recordó muy bien eso, pero supuso que hablaba de la plática de aquel día. Le pareció muy atento de su parte, pero tenía vergüenza de comprometerlo de esa forma, así que se apresuró a acotar:
—Pero solo si no puedo yo, eh. Ya estoy ocupando mucho el tiempo de otras personas, el tuyo, el de Ayame...
— ¿Tu compañera de trabajo?
—Va a acompañarnos a Mei y a mí desde mañana —explicó—, en lo que dura la luna de miel; su horario es más flexible así que puede pasar por el colegio.
Anteriormente él y su padre le habían ofrecido la ayuda de la nana de Rin, pero no quiso aceptarla, no quería causar mayores molestias. Kaede era muy mayor para ocuparse de dos niñas y más si eran tan impetuosas juntas. No, no quería abrumar a la pobre nana.
Sesshōmaru no podía contradecirla, de nuevo. Entonces alegó—: Inuyasha me dijo que acortarán el viaje a diez días.
—Sí, ¿lo ves? Justo a eso me refiero —agregó la morena con un poco de pesar—. Ellos tampoco pueden alargar su viaje de bodas como quisieran por mí. Kikyo insiste en que no trabaje, pero me rehúso determinantemente. Además, ya pronto tendré vacaciones. ¿Por qué dejaría de trabajar ahora?, ¿acaso quieren ocuparse de mí?, pues no.
Arrugó la nariz, casi inflando los cachetes sonrosados, a la vez que se cruzaba de brazos. Esa era la etapa de ella que Inuyasha y Sesshōmaru habían identificado como "de muerte súbita", habían aprendido que sus siguientes palabras podrían hacerla enojar, así que algunos le tenían miedo. El peliplata mayor había sido muy bueno en evitarla, su hermano menor, era todo lo opuesto.
Al final, agregó con tono mesurado—: Puedes tener horarios más flexibles.
Y como con nadie más ocurría, la pelinegra profundizaba sus palabras y se calmaba.
—Lo sé... Es solo que conseguí este trabajo por mí misma y quería… —suspiró—. Meditaré en ello.
—Debes elegir uno de los departamentos también.
Se refería a los que él buscó para ella. Kagome no quiso demorar más en atender a eso, sin falta iría el próximo fin de semana, así Mei la ayudaba a elegir... Por fortuna, ya podía disponer del auto que compartía con Kikyo para trasladarse, así podía verlos todos ese mismo día. Una vez hecha la elección se movería rápido con la mudanza, así cerraría la venta y todo eso acabaría. Le serían días muy ajetreados emocional y físicamente… pero de alguna forma, sabía que no haría todo eso sola.
No se había permitido depender tanto de los demás, ya la habían ayudado suficiente, pero esta vez estaba pasando sin haberlo previsto. Se prometió que en cuanto se instalara en su nuevo hogar trataría de no molestar para nada a Sesshōmaru o a Ayame, definitivamente adoptaría una mascota, esa idea le venía rondando la mente.
"Para Kagome..." De pronto recordó la enigmática reseña de la tarjeta del girasol. ¿Sería el momento de preguntarle su significado?
Todavía no se iban del balcón, era la ocasión para decirle... Entonces, ¿qué esperaba?
1... 2... 3.
Ay no, ahí estaba esa comprometedora escena otra vez en su mente.
¿Era acaso que no podría olvidarla mientras lo tuviera enfrente?
Sesshōmaru advirtió la inquietud femenina, supuso que quería agregar algo más, pero pasados los segundos, creyó imaginarlo. Todavía no había terminado el torbellino en su vida, tenía sin duda muchas cosas qué pensar. Esperaba que uno de los departamentos que seleccionó se convirtiera en su nuevo hogar, se tomó la tarea tan en serio, que se sentía algo ansioso por que ella los viera. Por lo menos, así tenía una carga menos. La boda parecía haberse convertido en su centro esa semana.
Pensó que le vería exhausta, incapaz de recrearse con los preparativos y la gala con tantos detalles que ella y Kikyo debían supervisar, a la vez que trabajar, pero era todo lo opuesto. Se veía... feliz.
Desde el momento en que llegó al salón, no había dejado de sonreír, incluso estuvo a punto de llorar cuando Kikyo e Inuyasha se pusieron los anillos. Cada intercambio de miradas entre las Higurashi acababa en pequeñas frases afectuosas; incluso sin mover los labios, destilaba amor por sus hermanas.
Tal vez por eso se veía tan hermosa esa noche.
Tal vez por eso no podía dejar de admirarla, femenina y bella, en ese estilizado vestido vinotinto, que seguro su hermana le habría pedido lucir.
Y es que Inuyasha y Sesshōmaru también llevaban algo de ese color en su vestuario. En Inuyasha el tono era muy característico, siempre había sido de rojos cuando estaba informal. No tanto así en su hermano mayor. No obstante, ese color en su corbata y pañuelo de bolsillo combinados con el traje azul, le sentaba bien. Era maravilloso cómo los rasgos de los Taisho parecían resaltar con todo, y de los tres, Sesshōmaru era por mucho el más imponente.
Kagome, ¿en serio estás detallándolo?
La azabache perdió la capacidad del habla, definitivamente esta noche no charlaría con él de nada más. ¡Ni hablar! Todavía se sentía tonta en su presencia, ya no sabía si era por el sueño o no, aun así, se aferró a la convicción de que con los días se le pasaría, solo tenía que empezar ignorando su atractivo.
Lo cual no era tan fácil si, pese a que estaba viendo sus zapatos o la lámpara que colgaba en la pared, seguía sintiendo un cosquilleo que solo rivalizaba con el tambor de su corazón.
Una semana después…
"—Si le digo la verdad, Kagome, quiero esta casa para estar más cerca de la señorita Kagura, no me rendiré hasta ganar su corazón"
La azabache no podía contener una curvatura de labios cada vez que rememoraba su pasada entrevista con el señor Rengokuki; era increíble las cosas que algunas personas hacían por amor. Pero, era simpático, ver su optimismo y su determinación pese a la desventaja que parecía tener, y es que admitió ser rechazado por la chica de ojos rojos.
Reprimió un extraño suspiro que apenas sí salió de sus labios, al tiempo que dejaba reposar su rostro entre sus manos y seguía vigilando a las dos niñas que jugueteaban en la distancia.
La semana transcurrió de prisa, ya era sábado y había cumplido con lo que se propuso, a saber, confirmar con el comprador de la casa y visitar los cuatro departamentos cuyas direcciones y datos de contacto le fueron enviadas por Sesshōmaru. No imaginó que serían tantos, y no pudo sino pensar en que se había tomado mucho tiempo para encontrarlos. Eso, o pidió a su secretaria que los buscara… algo le decía que no era así.
Desechó esos pensamientos, vino aquí para relajarse después de recorrer la ciudad de un lugar a otro con Mei y Rin, ellas le habían ayudado a saber cuál era el mejor de todos los departamentos, porque sí, la decisión era muy difícil. De cierto modo, cada uno de ellos era como su lugar soñado; algo que solo pensó que podría ver ella, de pronto estaba ahí, entre paredes de espléndidos acabados, habitaciones acogedoras y pequeñas áreas verdes.
Y, vaya detalle, en los cuatro departamentos permitían mascotas.
¿Cómo sabía todos esos detalles sobre su persona? No lo entendía, pero supuso que era parte de sus aptitudes siempre ser tan acertado, y más con las personas de su familia. La idea de saberse tan cercana a alguien —y, por ende, a todo el núcleo— amenazó en gran medida su sensación de soledad. De alguna forma, sintió que Sesshōmaru le había recordado que era parte de su familia también, y eso, por alguna razón, le hizo demasiado dichosa.
Se desconectó unos segundos de sus pensamientos cuando vislumbró que las niñas dejaban de jugar con la arena para saludarla, agitó una de sus manos para corresponder su carisma. Estaba feliz de que Rin también viniera, como su hermano mayor sabía que ya para ese fin de semana estaría sola con Mei —Ayame se quedó solo hasta el viernes—, había hecho que Yaken la trajera muy temprano.
Una vez terminaron el recorrido, se detuvo en el restaurante al aire libre de una playa cercana, pasado el rato —y con el permiso de su tutor—, les concedió que jugaran con la arena de la orilla mientras ella podía verlas desde la sombra de una de las chozas de bambú no muy lejos, las tendría por el resto de la tarde, así que de paso tomó unas cuantas fotografías de las tres que bien sabía que le vendría atesorar.
Las susodichas volvieron a mirar en su dirección, pero esta vez con una expresión diferente, no supo si la saludaban o a alguien más, volteó a su lado, pero no fue hasta que se giró que sus ojos captaron los de Sesshōmaru. Se acercaba a su dirección con parsimonia, aunque algo de viento jugueteaba con sus hebras plateadas.
—Hola… Qué tal, viniste hasta aquí.
Comentó, sorprendida y satisfecha, al tiempo que retomaba la posición desde la cual podía vigilar a las niñas y dejaba un espacio para que él también se apoyara en la baranda de bambú.
Luego de un minuto dejó de mirar al frente unos momentos, para acercarse más y golpear levemente su hombro con el brazo del ambarino.
—Oye, Sesshōmaru, es asombroso lo de los departamentos. En realidad, son maravillosos todos —declaró con toda la sinceridad que podía exteriorizar, y sonrió para voltear a ver la arena—. Las chicas y yo estuvimos en un aprieto, pero finalmente nos decidimos por uno... El que está cerca de la casa de tu padre, creo que eso es lo que más nos gustó a Rin y a mí, así ella podrá ir.
—Me alegro.
Expresó él, fijando la vista al frente también.
—Apuesto a que creíste que escogería el que está por aquí, por lo mucho que me gusta el mar —se aventuró a suponer, para después disminuir su sonrisa y agregar—: Pero no quería estar lejos de ustedes, además creo que llegaría tarde a mi trabajo.
—Lo consideré.
—Aun así, es tan lindo… Pero me quedo con el otro, definitivamente es perfecto.
El peliplata a su lado atesoró ese brillo en sus ojos chocolates.
— ¿Cuándo lo ocuparás?
—El martes. Inuyasha y Kikyo se mudan el lunes con Mei, así que pienso que puedo empacar entre ese día y el martes en la mañana.
— ¿La mudanza?
—Ya. Es la misma que llevará las cosas de Kikyo.
Parecía estar todo listo...
— ¿Y cómo es?
— ¿Mm?
La pelinegra le miró, no entendiendo al principio... Se refería a ella, a su estado. Sopesó unos segundos la respuesta, y sonrió apenas.
—Pues…, todavía es sábado, tengo suficiente tiempo para disfrutar un poco más, aunque no me he perdido ni un solo día de hacerlo, así que, estoy bien.
Culminó su frase encontrando sus ojos. Sesshōmaru recibió a ese par de chocolates brillando más, con felicidad más que con la inevitable tristeza, que en esta oportunidad no podía sobresalir.
Fuerte... generosa...
—Además, Ayame se ofreció a ayudarme ese día.
—Quisiera estar ahí con Rin también.
— ¿De veras? No se me ocurre algo mejor. Muchas gracias por eso.
La sonrisa de la azabache se amplió. No es que no fuera a estar sola después, pero el tener tanto apoyo definitivamente la hacía sentir más fuerte, además, ahora la soledad no se veía aterradora en absoluto, ahora podía contar con la esperanza de que no sería así.
— ¡Oh, ya sé!, prepararé algo especial ese día para todos. Tal vez pudín, o malvaviscos... Ya pensaré bien...
El lunes ya se le antojaba un día ameno. Y el martes ocuparía ese fascinante departamento nuevo, un espacio listo para convertirse en su hogar. Así era, en realidad, cómo se sentía verles el lado bueno a las cosas.
—Cuenta conmigo y mi padre si necesitas algo.
—Lo sé… incluso antes de que lo dijeras, pero no podría pedirte otra cosa. Me has ayudado mucho, y no solo estas dos semanas, siempre lo has hecho. Así que solo disfruta esta vez, ¿vale?
Puso su mano sobre la de él en la baranda y esbozó una pequeña curvatura. ¿Cómo podría pagarle toda su enorme ayuda?, tendría que considerarlo seriamente para no desaprovechar la oportunidad cuando se presentara. Unos segundos después, sintió de nuevo ese cosquilleo, entonces recordó retirar la mano. No se asustaría otra vez, ya se había hecho a la idea de que mientras más le diera vueltas a eso, más intenso se haría. Mejor actuaba con normalidad.
Escuchó la voz de Mei llamarla, y tanto ella como Sesshōmaru las vieron dibujando algo en la arena.
— ¡Hermana…! ¡Es una flor...!
Alcanzó a oír de la pequeña entusiasta.
Una flor… el girasol. Recordó.
—Ah, oye, es verdad. Sí hay algo más con lo que puedes ayudarme. Una última cosa.
Como ella lo observó de nuevo, él se giró por completo en su dirección. Prestándole más atención de la prevista. Kagome por un momento se cohibió, y sintió el rubor en sus mejillas.
Bueno, nunca pensó que sería fácil. Aunque, por otro lado, tampoco creyó que, tras estos últimos días de tranquilidad, esta resistiera tan poco antes de tambalearse por unos cuantos minutos en su presencia. Casi bufó.
—Es, sobre la dedicatoria que escribiste en la nota del girasol. ¿Recuerdas? Anotaste algo, unas iniciales. Se suponía que te preguntara antes, es que no las entendí. ¿A qué se referían?
—¿B. D.?
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— ¡Sí! Eso mismo. ¿Qué quieren decir?
Sesshōmaru no le respondió, en vez de eso calló.
Cada segundo de espera, aumentaba de a poco su curiosidad… y los latidos de su ansioso corazón.
Continuará…
Ay, chicos. ¡Qué lindo que ya pude reportarme!
¿Qué tal? No iba a dejar que terminara el año sin avanzar con esta pequeña historia. ¿Qué opinan?, ¿expectantes?
Les cuento que entré al fandom de SNK, y estaba bastante distraída debido a esos personajes, por lo que retomar a Sessh y Kag, fue algo que debió esperar. Pero siguen siendo mi ship fav, así que terminaré esta historia y las que se me sigan ocurriendo.
En unos días estaré subiendo el final; y si lo desean, una especie de epílogo. Ustedes mandan 3
¿Reseñas?
(Originalmente, este y el siguiente eran un solo capítulo, pero era muy largo y preferí dividirlo. Así que esperen la conti en los próximos días.)
