1996, vacaciones de verano tras 5º curso
Había crecido así. Cuando estaba triste, era seguro que Remus tendría una taza de chocolate caliente y que Padfoot se enroscaría junto a él para consolarle. El chocolate siempre era agradable, pero la sensación de pasar los dedos entre el pelaje del gran perro era lo que más le relajaba desde que era pequeñito. Sobre todo cuando la discusión tenía que ver con Draco.
Draco, el maldito centro de todas las cosas en su vida. No había momento en su infancia sin él, y luego la escuela, siempre juntos, compartiendo habitación, mesa en la biblioteca, banco en el comedor. Harry no recordaba no conocerlo, y tampoco recordaba cuando se había dado cuenta de que ya no podía pensar en él solamente como su mejor amigo.
— ¿No quieres contarme qué ha pasado? —escuchó al cabo de un rato la voz ronca de Sirius, tumbado a su lado en la cama, mientras le llegaba el olor del chocolate caliente que acababa de aparecer en su mesilla.
Harry se sentó en la cama, se abrazó las rodillas y se frotó la cara con el brazo.
— No —murmuró con voz todavía mojada por el llanto.
— Vamos, cachorro —insistió su padre adoptivo, pasándole el brazo por los hombros .
— Draco está saliendo con una chica que le ha presentado su padre —masculló por fin al cabo de un rato.
Sirius suspiró y se movió sobre la cama desordenada, incómodo. Los sentimientos no eran lo suyo, eso se le daba bien a Remus, o a su hermano Regulus.
— Hijo... esto tenía que ocurrir en algún momento. Los dos saldréis con otras personas, no podéis estar siempre juntos por muy amigos que seáis.
Desde la puerta, sin que ninguno de los dos se percatara todavía de que estaba allí, Remus sonrió y meneó la cabeza. Escuchar a Sirius decir eso precisamente, con su historia, era cuanto menos gracioso.
— No es eso —escuchó que contestaba Harry, todavía sin levantar la cabeza, la frente apoyada en sus rodillas.
— ¿No? ¿Cuál es el problema entonces?
— A Draco le gustan las chicas. Yo soy un chico.
El resto de la explicación quedó en el aire e hizo que Sirius, consciente de su presencia de repente en la puerta, le mirara con los ojos muy abiertos. Su marido, ese hombre tremendamente espabilado, pero con una inteligencia emocional regular a veces, acababa de ser consciente de algo que él tenía clarísimo desde hacía tiempo: Harry estaba enamorado de Draco. Ya no se trataba de su amistad, ese vínculo desigual en el que el pequeño Malfoy gobernaba a su hijo a su antojo, sino de un amor adolescente que recordaba mucho, muchísimo, a James y a Sirius a su edad. Solo que Harry no tenía madera de acosador.
Sonrió, esta vez con más tristeza, y entró en la habitación para sentarse también sobre la cama y afrontar la situación.
Tres días aguantó Draco sin ver a Harry. Malacostumbrado a que, pasara lo que pasara entre ellos, su amigo siempre era el que daba el primer paso para arreglarlo, acabó por presentarse en casa de sus tíos, sin avisar. Lo primero que se encontró al salir del flu fue la mirada gris de Sirius, acompañada de un ceño fruncido y unos brazos muy apretados sobre el fuerte pecho del auror.
— Hola, tío.
— Draco —le devolvió el saludo, sin relajar la postura.
— He venido a ver a Harry —sintió la necesidad de explicarle, un poquito intimidado.
— Ya imagino que no vienes a vernos a Remus o a mí —le respondió, seco, para nada dispuesto a relajarse y ponérselo más fácil.
— ¿Está en su cuarto?
— Está en el jardín.
— ¿Puedo? —preguntó, con una cierta incertidumbre, incómodo por la sequedad de su tío, deseando haberse encontrado en su lugar con Remus, que tenía un talante mucho más amable.
Recibió solamente una inclinación de cabeza, pero suficiente para salir de la habitación rápidamente y quitarse de encima esa mirada que le siguió hasta que estuvo en el pasillo.
Encontró a su mejor amigo tumbado en el césped, en una zona sombreada, con los ojos cerrados y las manos bajo la cabeza. Se sentó junto a él con cuidado, preocupado como siempre por no manchar su túnica, y esperó. Y esperó. Porque siempre era Harry el que daba el primer paso.
— Harry —le dijo por fin, cansado de esperar al cabo de unos minutos que los bichos del jardín hicieron enormemente largos.
— Qué —le contestó su amigo, sin cambiar su postura ni abrir los ojos.
— ¿Cómo que qué? te marchaste hace tres días sin despedirte.
— ¿Y?
Bufó, exasperado por la pasividad de Harry.
— Teníamos planes ayer, te estuve esperando.
— Lo siento.
— ¿Y ya está? ¿Con eso lo arreglas? —interrogó furioso.
— Qué quieres que te diga, Draco —respondió con tono plano.
— ¿Estás enfermo?
— No.
— ¿Cuál es tu excusa entonces?
— No me apetecía.
La desgana en las respuestas, el hecho de que Harry ni siquiera abriera los ojos para mirarle y la sensación de ser ignorado en general hicieron estallar a Draco, que ya de por si tenía un carácter explosivo y caprichoso.
— Eres... un egoísta —le gritó, poniéndose de pie—. Le dije a Margueritte que no podía ir de excursión porque ya había hecho planes contigo.
— Ya te he dicho que lo siento, Draco. Haz los planes que quieras con tu novia.
— ¡Claro que lo haré!
— Estupendo —masculló Harry, abriendo los ojos por fin cuando sintió sus pasos enojados alejarse, dejando ver que los tenía inflamados y enrojecidos después de tres días de llantos y charlas con sus padres.
Necesitaba a Draco lejos, porque ahora que había asumido lo que sentía y que no iba a ser correspondido, era mejor tomar distancia.
Lily Eileen Snape era la más pequeña de los primos Black. También era la más pequeña cuando iba a casa de los Weasley, así que era la nena mimada de todos, en especial de Harry y Draco. Para la niña siempre fueron sus dos hermanos mayores y los adoraba, eso era algo que toda la familia sabía. Pero además había algo que los adultos no acababan de percibir: era la que mejor los manejaba a ambos, a pesar de la diferencia de edad de cinco años, desde que era muy pequeña.
— Soy su primo —dijo Harry.
— Pero yo soy un Black como ella —contestó Draco estrechando los ojos.
Harry se echó hacia atrás como si le hubieran dado un golpe en la cara. La pequeña de dos años los miró a los dos, sus inteligentes ojos oscuros analizando las expresiones de sus dos primos favoritos. Tendió su manita a Harry, porque tenía cara de estar triste.
— Quiero con Harry —informó, con su clara dicción.
Draco apretó los labios y cruzó los brazos sobre el pecho, la viva imagen de su padre cuando algo no salía a su gusto.
Lily tenía cinco años cuando descubrió que el nombre del primo Draco significaba Dragón. La abuela Eileen, que era la que la cuidaba mientras papá y papi trabajaban, le enseñó un libro que hablaba de estrellas.
— Papi tiene nombre de estrella.
Eileen afirmó con la cabeza.
— El tío Sirius también tiene nombre de estrella.
— Y la tía Andrómeda —apostilló con suavidad Eileen, pasando las páginas de su libro.
— Pero yo no, ni Dora ni Harry.
La abuela cerró el libro y miró a la pequeña, concentrada en su reflexión, con las oscuras cejas muy juntas, que le daban el aspecto de un mini Severus.
— ¿Draco es especial?
Era muy pequeña para explicarle que a Harry le habían puesto el nombre sus padres, no Sirius, y que ni Regulus ni Andromeda querían saber nada de tradiciones Black, la única orgullosa de llevar el apellido para ese entonces era Narcissa, por eso era la única que había seguido la tradición. Así que le dio la razón y volvió a abrir el libro de constelaciones.
Draco se hinchó como un pavo cuando Lily explicó su teoría en su siguiente visita a casa de Harry. Era habitual para Harry y Lily encontrarse el fin de semana en una u otra casa, y que Draco estuviera de visita a sus padrinos.
— Draco es especial porque tiene nombre de estrella y es un Dragón —afirmó ella con mucho aplomo.
Harry puso los ojos en blanco, el ego de su amigo necesitaba poco alimento, pero si se trataba de Lily la cosa aún era más importante, iba a tocar unas semanas de presumir de ser el primo preferido.
Lily tenía ocho años cuando Harry la rescató. Estaban jugando en el jardín de los Lupin, que tenía un pequeño estanque, y la niña resbaló. Cayó al agua y se golpeó la cabeza, desorientándose. Harry no dudó y se metió al estanque, ignorando los gritos de Draco recordándole que había criaturas en el agua y mucho fango.
Para la niña, una de las cosas más tristes cada año era separarse de sus primos cuando se iban a la escuela, así que aquel verano, al recibir su carta de Hogwarts, sus padres no pudieron evitar que se lanzara al flu para ir a casa de Draco para enseñarsela. Con la fuerza de la costumbre, llevaba toda su vida entrando y saliendo de la mansión Malfoy, subió las escaleras de mármol corriendo, con la carta en la mano, y entró en la habitación de su primo sin llamar.
Se encontró a Draco besándose con una chica. A pesar de que los dos adolescentes dieron un salto hacia atrás cuando la puerta se abrió, golpeando en la pared por el impulso que llevaba Lily, vio claramente sus labios unidos.
— ¡Lily! no puedes entrar sin llamar —protestó Draco, enrojeciendo.
— Ni tú darte besos en tu habitación.
— Qué mona —comentó la chica, con tono petulante.
Lily era una Snape y una Black, a pesar de medir apenas metro cuarenta, podía ser intimidante, le lanzó una mirada a la muchacha que le hizo arrugarse y cerrar la boca.
— Venía a enseñarte mi carta, pero veo que estás ocupado. Iré a ver a Harry.
— A ver si le apetece verte —masculló el rubio, dándole la espalda.
A Harry se lo encontró en el jardín, subido a la escoba. Él la recibió con una sonrisa y aterrizó delante de ella.
— ¿Te has peleado con Draco? —preguntó la niña de sopetón.
— Emm, no exactamente. ¿Qué tienes ahí, Lils? —evitó el tema, señalando el sobre en su mano.
— Mi carta ha llegado ya. Y fui a enseñársela a Draco. ¿Sabías que tenía una novia? me ha parecido muy tonta.
— Eso no está bien —le riñó con suavidad.
— ¿Entonces os habéis peleado?
Su primo se sentó en la hierba, con la escoba a un lado.
— No nos hemos peleado. ¡Tienes tu carta! ¿Cuándo vas a ir a por tu varita?
— Papá me llevará mañana. Papi dice que disfruta de pasearse por Diagon asustando a sus alumnos.
— Si no fuera mi tío te aseguro que me habría aterrorizado el primer día de clase. Creo que Longbottom aún tiembla cuando le habla.
La niña soltó una risita. Conocía de sobra la fama de su padre, todos los jóvenes de su alrededor habían sido alumnos suyos.
— Papi dice que allí tengo que llamarles profesor a los dos, también al tío Remus. Y que es posible que quede con vosotros en Slytherin.
— Supongo que es posible, aunque el sombrero es imprevisible. A mi me ofreció Gryffindor también, pero...
Harry calló, mordiéndose los labios.
— ¿Pero querías estar con Draco? —preguntó, aguda.
Su primo asintió con la cabeza, aún mordiéndose el labio, y paseó la mirada por el jardín, recordando una conversación parecida con su mejor amigo allí mismo, la víspera de ir a Hogwarts.
Lily, al captar el aire triste de Harry, se acercó más y le abrazó, con la dulzura que había heredado de Regulus.
— Estoy segura de que Draco preferiría ser tu novio, de verdad que esa chica es muy tonta. Tú eres más listo, más guapo y le quieres más.
El adolescente trató de sonreír, pero se quedó a medio camino.
— Ojalá todo fuera así de sencillo, Lily —murmuró.
— ¿Y por qué no? Estoy segura de que Draco te quiere mucho más a ti que a ella.
— Pero son cariños distintos —le contestó Harry, levantándose del césped y sacudiéndose los pantalones cortos—. ¿Quieres merendar?
— Tengo que decirle a mis padres que estoy aquí —respondió la niña, echando a andar con él hacia dentro de la casa, muy tranquila, mientras su primo sentía un escalofrío de pensar en el enojo de tío Severus.
Efectivamente, Lily quedó en Slytherin. El silencio que se hizo cuando su padre Regulus la llamó por su nombre completo durante la ceremonia no fue por la intriga de donde quedaría, el sombrero gritó Slytherin a los cinco segundos, como le había pasado a Draco en su propia ceremonia.
El silencio fue por el apellido Snape Black, porque era un rumor de hacía años que el temido profesor de pociones estaba casado con el subdirector, un rumor que los cercanos nunca habían despejado. Saber que tenían una hija lo hizo real, y le aportó humanidad, de hecho muchos alumnos se giraron a mirar hacia la mesa, esperando una reacción que llegó en forma de pequeña, diminuta sonrisa.
Los alumnos de Slytherin aplaudieron a la nueva alumna, que caminó sonriente hacia la mesa, parando por el camino a saludar con un beso al prefecto Malfoy y con un abrazo al capitán del equipo de Quidditch, detalles que la hicieron subir aún más en la estima de sus compañeros de casa.
Tras la cena, cuando los prefectos guiaron a los nuevos alumnos a las habitaciones, Draco buscó con la mirada a su prima y la encontró en un lado de la sala común, hablando con el otro prefecto de sexto. Arrugó la nariz, Nott y él no se habían llevado bien nunca, los dos competían a menudo por los primeros puestos en los exámenes e incluso por la atención de sus profesores.
Se preguntó de qué hablarían una niña de once años y el estirado. Y luego estrechó los ojos, mosqueado, cuando se dio cuenta de que Lily señalaba a Harry disimuladamente y Nott lo miraba con una sonrisa depredadora.
Los observó, de lejos, los siguientes días. Echaba de menos a Harry, aunque su orgullo le impedía reconocerlo. El mismo orgullo que le había movido a pedir un cambio de compañero de habitación antes de empezar el curso. Cambio que había hecho que Harry ahora compartiera habitación con Nott. Cada vez que entraba a una clase que le daba alguien de su familia, y eso eran tres asignaturas obligatorias, sentía que le juzgaban con la mirada. Y ni el tío Regulus ni Remus eran menos intimidantes que Severus si se lo proponían.
El día de la primera salida a Hogsmeade estaba ya harto. Tampoco es que la paciencia de Draco fuera muy amplia, pero es que los veía juntos a todas horas, mientras que él tenía que aguantar formar pareja en clase con Goyle o Crabbe.
Caminó hasta el pueblo en un grupo, distraído, así que no se dio cuenta de que Harry y Nott no iban con ellos hasta que pasaron por delante de Las tres escobas y los vio a través de la ventana, sentados uno al lado del otro, con las narices muy pegadas. Harry sonreía, con las mejillas sonrojadas, y Nott se inclinaba más y más hacia él.
No lo pensó, levantó la varita y apuntó, haciendo explotar la taza de café que Nott tenía cerca. Los vio, como en una película muda, a su rival haciendo aspavientos y a Harry buscando al culpable con la mirada alrededor, hasta que le vio a través de la ventana. Vio con claridad los músculos de la mandíbula morena endurecerse justo antes de que Harry se levantara y saliera a por él, varita en mano.
— ¡Pero a ti qué te pasa!
Abrió muchísimo los ojos verdes cuando, en lugar de pelear con él, Draco le puso las manos a los lados de la mandíbula, se inclinó y le besó. La varita le tembló en la mano y lanzó un par de chispas antes de recuperar la cordura y ponerle las manos en el pecho para empujarle lejos.
— ¿Qué haces?
— ¿Cómo que qué hago? lo mismo que iba a hacer Nott hace un momento.
— ¿Y a ti qué te importa? —volvió a empujarle, rabioso.
Draco apretó los dientes, sin contestar.
— Vete a la mierda, Draco —le gruñó finalmente Harry, golpeando su hombro con el más huesudo al alejarse, de vuelta a la escuela.
Harry entró pisando fuerte en el despacho de Remus. Su padrino levantó los ojos de los trabajos que corregía y le miró interrogante.
— Draco acaba de besarme, en medio de la calle, así, porque sí.
— ¿Tú crees que es porque sí? —le preguntó con suavidad, dejando la pluma.
— Arjjj —farfulló Harry, dejándose caer en el sofá con la cabeza entre las manos.
Remus se levantó, con una pequeña sonrisa, y se sentó junto a su hijo adoptivo.
— ¿Por qué crees que lo ha hecho?
— Porque es un egocéntrico y no le hago caso.
— ¿Y no podría ser que lo hiciera porque le gustas? —inquirió, acariciándole el pelo.
— A Draco le gustan las chicas.
— ¿Y?
— Que yo no soy una chica —respondió como si no fuera obvio.
— Harry, hijo, no son cosas excluyentes. Puedes gustarle a Draco y que le gusten las chicas también.
— Pero vosotros dijisteis...
— Nosotros te preguntamos si a ti te gustaban las chicos y dijiste que sí. Y eso está bien. Pero hay muchas otras opciones, seguramente deberíamos haber hablado de esto también.
— Pero eso es... ¿cómo funciona? ¿Cómo puedo gustarle yo si sale con esa chica?
El profesor suspiró y sacó la mano de entre el tupido pelo oscuro, para pasar a masajearle el hombro.
— Eso no tiene que ver con ser bisexual, hijo, eso es mera confusión.
— ¿Así se dice? —interrogó, girando un poco la cabeza para mirarle.
— Sí. De hecho, Sirius salía con chicas antes de que estuviéramos juntos. Y eso no cambia nada en nuestra relación.
— ¿Entonces tú eres como yo?
— Hasta que Sirius me convenció para que saliera con él, yo pensaba que no me interesaría nunca nadie. Solo he estado con él, supongo que se podría decir que sí, que soy gay, si es lo que te consideras.
El chico asintió, con la cabeza de nuevo entre las manos.
— Habla con él, Harry. Es tu amigo, y está claro que os echáis de menos, aunque solo sea por los años que hace que lo sois.
— Pero es que no es tan fácil —protestó, tirándose un poco del pelo.
— Créeme que te entiendo, los Black nunca son fáciles. Ve a hablar con él. Habéis dejado pasar demasiado tiempo enfurruñados.
Cuando entró a la sala común, Draco estaba sentado en un sillón junto al fuego. Tuvo ganas de darle la espalda y subir las escaleras para ir a su habitación, pero finalmente se giró con un suspiro y se acercó hasta que sus rodillas golpearon el lateral de la butaca.
— ¿Por qué me has besado? —preguntó a bocajarro.
— No lo sé.
— Eso es una mierda de respuesta.
— Verte todo el día con Nott sí es una mierda —refunfuñó Draco, poniéndose de pie.
— Me gusta —afirmó Harry, tratando de mostrarse firme—. Igual que a ti Margueritte.
— Es un idiota.
— Según Lily tu novia también —se defendió, cruzando los brazos sobre el pecho.
— Lily tiene once años.
— Y tú le has tirado por encima un café caliente a Nott. ¿Regresamos a lo del beso?
Draco volvió a dejarse caer en el sillón, como si perdiera fuerza conforme Harry insistía.
— Maldición, Harry —gruñó, pinzándose el puente de la nariz con lo dedos—. Quería hacerlo, ¿vale?
— ¿Pero por qué? —preguntó tercamente.
— ¿Por qué va a ser?
— ¿Por fastidiar?
— No Harry —contestó Draco con cansancio—, si quisiera fastidiar os echaría a los dos laxante en el café. Te he besado porque quería besarte. Y ha sido mucho mejor que besar a Margueritte, aunque hayas pasado de mí.
Harry parpadeó dos veces y lo miró, esperando a que dijera algo más, pero no, los ojos grises le miraban de un modo al que no estaba acostumbrado. Podía lidiar con el ego de Draco, con sus rabietas, pero no con ese tono un poco derrotado.
— ¿Y ya está? —Quiso insistir por última vez, con un murmullo— ¿Querías besarme y lo has hecho? ¡soy un chico!
Draco le sorprendió con una carcajada un poco amarga.
— Lo dices como si eso fuera significativo. Dime que no te ha gustado y ya está, no pasa nada, pero no me hagas un drama del hecho de que sea bi, es absurdo viniendo de alguien que se ha criado con dos padres. ¿Qué? —preguntó irritado por la mirada perpleja de Harry.
— ¿Bi? Ni siquiera sabía que conocías ese término.
— ¿Crees que eres el único al que sus padrinos le han dado la charla? ¿Y bien?
— Tienes novia —balbuceó Harry, agarrado al último argumento.
— ¿Entonces sí te ha gustado?
— ¡Tienes novia!
— Hace más de un mes que no. ¿Necesitas otra muestra? para poder comparar con Nott —le planteó, en un tono más animado y juguetón.
— No me ha besado aún —masculló Harry entre dientes, sentándose en el brazo del sillón.
— Ni falta que hace —dijo Draco, tirando de él hasta tenerlo sentado en su regazo.
Se estiró para besarle de nuevo, pero se detuvo al ver un lagrimón escapando por el rabillo de su ojo.
— ¿Qué ocurre?
— No hagas esto si es por llamar mi atención.
Sonrió y volvió a tomarle de la mandíbula para besarle con suavidad.
— Quiero toda tu atención, pero no por lo que estás pensando. Soy un niño caprichoso y tú lo que quiero. Lo que más quiero.
Harry se dejó querer un rato, entre besos mimosos y caricias en la espalda y el cuello, entre sorprendido y emocionado.
— ¿Más que a Lily? —cuestionó al cabo de unos minutos, poniendo en palabras por fin algo que le rondaba desde principio de curso.
— ¿Disculpa? —preguntó Draco entre dos besos cortos.
— ¿Me quieres más que a Lily? —insistió
— Ajá —respondió, mientras le besaba el cuello despacio.
— ¿Y si te digo que sospecho que convenció a Nott para que fingiera interés por mí?
Draco se separó, lo miró, volvió a sonreír y a besarle.
— Hemos creado un monstruo —murmuró mientras frotaba la frente en su hombro fuerte—. Le debo un buen regalo en Navidad este año.
— Pondré dinero. ¿No más Margueritte entonces?
— Solo Harry. Prometido.
— Mmmm. Deberías sellar esa promesa con un beso.
— ¿Tú crees?
— Estoy bastante convencido —respondió Harry, llevando por primera vez la iniciativa del beso— Yo también te quiero, Draco— murmuró sobre sus labios, uniendo sus frentes.
