Diciembre de 2024, Le Tréport
El veinticinco de diciembre, y mientras Camille abría los regalos que estaban bajo el árbol de navidad en su casa, aún en pijama y gritando de emoción cada vez que rasgaba un paquete, Oscar recibió una llamada:
-Dagout- contestó -¿Qué hace en el cuartel? Debería estar con su familia- regañó con cariño al hombretón.
-Muchacha, lamento decirte que no sólo mi Navidad será arruinada. Tienes que venir.
-¿Algo grave?
-No. Pero que tampoco puede esperar a mañana.
-Entiendo. Nos vemos en un rato.
Cortó el llamado y tras convencer a su hija de que debían realizar en ese momento las videollamadas que tenían pensadas, dejó a la niña hablando con su abuela mientras ella se daba una ducha rápida. Al vestirse desestimó el uniforme, después de todo, era además de su día libre, su cumpleaños y tenía planes con Camille.
Luego de bañar a la niña y vestirla, llamó a Víctor y Alain disculpándose por adelantarse a la hora pactada. Ellos no se hicieron mayor problema y, tras estacionarse en un sitio más o menos tranquilo, comenzaron a hablar. Oscar intentó peinar a Camille mientras conversaban.
-¡Oscar, la vas a dejar calva!- reclamó Alain por la pantalla.
-¡Tío, no me duele!- contestó la pequeña.
-Lo sé, tesoro, pero hay formas más suaves… ¡Por Dios, Oscar!- reclamó otra vez -Deja de jalarle el cabello, yo la peino de manera bastante más elaborada y no le arranco ni un solo pelo.
-Víctor, dile a tu marido que se calle- Oscar ignoró los reclamos riendo -No todos somos tan hábiles en la cocina o peinando- el aludido sólo atinó a reír -Camille, agradece por los obsequios y despídete, tenemos que salir.
La niña obediente hizo lo indicado, y llenó de besos la pantalla del teléfono. Tras abrigarse y cerrar la casa, tomó su monopatín y subió rápidamente al jeep. Ubicándose en la sillita de seguridad para que su madre le pusiera el cinturón.
Llegando a la comisaría, Pierre interceptó a Camille que caminaba tomada de la mano de su madre y arrastrando su monopatín.
-Pequeñaja, vamos, tengo galletas que mi novia me hizo. Tienen forma de renos- tomó la mano de la niña -Jefa- se dirigió a Oscar -La esperan en la sala de interrogatorio.
Oscar agradeció antes de inclinarse hacia Camille y quitarle gorro, chaqueta y guantes. Se los entregó a Pierre y dijo:
-Hija, no tardo. Ve y sé buena.
La niña asintió y se fue con el policía.
Se quitó la chaqueta antes de entrar a la sala. Dagout estaba en compañía de tres jóvenes vestidos de montañistas.
-Estos muchachos, se saltaron todas las normas de seguridad que se nos recomendaron por el mal clima y se metieron cerca del funicular, en la zona norte. Justo donde se temía un deslizamiento de tierra.
Oscar miró la ropa de los jóvenes manchada de barro. En la madrugada había llovido copiosamente.
-Y supongo que ustedes aceleraron el trabajo de la lluvia- los miró con seriedad.
Los muchachos asintieron con la vista baja. Dagout le entregó un celular desbloqueado.
-Tendremos que ir a revisar- dijo el hombre apuntando la pantalla -Vinieron porque tomaron esta foto del desastre que provocaron. Al menos algo de cerebro tienen- los miró con reprobación.
La rubia entrecerró los párpados. Vio lo peligroso de la escena.
-Difícilmente conseguiremos que revisen la zona antes que pasen las festividades- miró a los jóvenes -Dejen todos sus datos y no los quiero ver cerca de ese lugar, o los meteré al calabozo hasta Año Nuevo.
Los muchachos asintieron asustados.
-Dagout, quédate con la imagen y bórrala de ese teléfono. Lo último que necesitamos es que comiencen a enviarsela por WhatsApp, y terminemos con todo el pueblo haciendo turismo en un sitio tan peligroso- notó que uno de los jóvenes levantaba la vista asustado -¿Ya la pusiste en Instagram?- Le preguntó.
El chico asintió nervioso.
-Bórrala de inmediato. Quiero ver que lo haces- esperó que el joven sacara su celular -Y desde ya les digo. En ese lugar no hay nada que les incumba. Nos haremos cargo de que despeje el peligro y quien entorpezca nuestro trabajo, será procesado. Yo misma lo haré- los asustó.
-Sí, señora…- murmuraron los muchachos mientras asentían.
Dejando a Dagout a cargo de la situación, fue a su oficina y redactó un email a la delegación de la cual dependía, solicitando autorización para pedir personal especializado en zonas agrestes, a fin de evaluar el real peligro para la población. Mientras presionaba enviar, algo se removió en su interior, una sensación que no sentía hace años se le instaló en el pecho.
Desestimando esa sensación, miró la hora en su celular. En ese instante, entró una llamada de su madre.
-Cariño, en la mañana no me diste tiempo de desearte feliz cumpleaños…- la reprendió con dulzura Georgette – Andas tan acelerada, me preocupas.
-Mamá, con niños, la navidad es lo importante. Cuando crezca Camille, volveré a celebrar mi cumpleaños- la tranquilizó –Pero agradezco tu saludo, no te preocupes, sólo fue una emergencia lo de esta mañana. El resto del día está tranquilo y te prometo comer pastel de postre- comenzó a reír.
-Hija, date un tiempo para ti. También es tu día.
-¿Y eso? ¿A qué viene?- preguntó Oscar curiosa y con una sonrisa en los labios.
-A que si te invita a salir ese personaje tan misterioso, aceptes. Retoma tu vida, eres joven.
-¡Ay mamá!- comenzó a reír. Vio a través de la mampara de su oficina a Camille en su patineta recorriendo la delegación –Tengo que cortar, hablamos mañana. Te quiero. Cariños a mis hermanas y sobrinas, diles que pronto contestaré sus mensajes.
Se metió el teléfono al bolsillo y fue corriendo donde la niña, alcanzado a agarrarla antes de que se estrellara contra un escritorio.
-Ya me puedo mantener con un pie, mamá- le dijo la niña emocionada –Y lo puedo hacer más rápido que ayer.
-Sí mi amor, lo vi- le dijo sonriendo y bajándola del monopatín –Ahora, iremos a almorzar, ¿te parece?
-¿Dónde Katia?
-No, iremos a otro lugar, solas- le guió un ojo –¿Quieres que celebremos mi cumpleaños?
La niña asintió mientras aplaudía ante la posibilidad de comer pastel.
A mediodía, sentada en un restaurante bastante acogedor que estaba en el límite del pueblo, y mientras Camille quedaba toda embadurnada de chocolate, insistiendo en comer solo la cobertura del pastel que pidieron de postre, Oscar pensó en las palabras de su madre. Tomó su celular y le escribió a Katia, preguntándole si hoy podría ser niñera. Apenas la joven contestó, le escribió a Leonid.
"¿Aún puedes viajar hoy? Conseguí niñera para la noche."
A los minutos llegó la respuesta.
"Me acabo de registrar en el hotel, te espero aquí."
Oscar sonrió pese a sentir un poco de tristeza por él, pues sabía que probablemente pasó solo la noche anterior y viajando parte de ese día. No estaba ahí únicamente porque quisiera verla, sino que debido a que no tenía nada más que hacer y esa fecha era especialmente complicada para él. Sin embargo, no quiso quedarse pegada en ese sentimiento, varias veces lo habían hablado, Leonid estaba bien con esa vida solitaria y ella no tenía nada que hacer al respecto.
Esa noche, a las nueve, recibió un mensaje justo antes de salir de casa. El lugar de encuentro había cambiado.
-o-
Mientras Leonid esperaba sentado en la mesa de un bar cerca de la costa, dejó que su mente vagara. Pensó en Vera y la última vez que la vio, en julio del 2006, en San Petersburgo…
-Bonjour, pouvez-vous m'indiquer la station de métro la plus proche? (Buenas tardes, ¿me puede indicar dónde queda la estación de metro más cercana?) … Qué tal mi francés, ¿eh?
-Aceptable.
-¡Sólo aceptable!– exclamó la muchacha fingiendo enojo –Bueno, si es sólo aceptable, significa que eres un pésimo profesor.
Él se detuvo frente a la fila para pesar el equipaje y colocó la maleta que arrastraba en posición vertical, quedándose absorto por unos segundos, observando un avión que despegaba de la pista de aterrizaje del Aeropuerto Internacional Púlkovo.
-¡Leonid!– insistió ella, tirándole de la manga. Él le devolvió una sonrisa.
- Tu francés está bien, sólo el acento te delata como extranjera.
El rostro de la muchacha se ensombreció.
-Lo paradójico del asunto, es que no lo soy.
Ambos guardaron silencio, y avanzaron un par de pasos por el camino demarcado por cintas a cada lado.
-Nunca he entendido cómo pudiste conservar tu acento – dijo ella, reanudando la conversación –es decir, tenías cuatro años cuando dejamos Francia, pero hablas como parisino. Pese a que papá…
-Supongo que es porque tuve más tiempo de exposición al idioma que tú– replicó, cortante.
Pese a que ya habían transcurrido seis años desde el suicidio de su padre, aún evitaba hablar de él. Así como su padre evitaba hablar de su madre, además de prohibirle hablar en francés. Pero el francés era lo único que le quedaba de quien le dio la vida, y por eso se esmeraba en conservarlo, hablando consigo mismo cuando nadie lo veía. Procuraba pensar en francés. Soñaba en francés y con ella, pero, con el paso de los meses, su rostro y su voz se hacían cada vez más difusos, y al cabo de algunos años apenas conservaba vestigios, una vaga idea abstracta de la imagen materna. Finalmente, sólo el idioma permaneció, mientras sobre su madre caía un velo de misterio, al punto de no saber si su voz y sus caricias habían sido reales o una invención de su mente infantil. Únicamente recordaba con claridad las discusiones y amargas palabras que sus padres se dirigían como fuego cruzado, porque no hay nada como el miedo para grabar un hecho en la memoria de forma indeleble. Sólo años más tarde estos recuerdos cobraron sentido, y comprendió que se trataba de una relación destinada al fracaso.
Cuando Vera tuvo edad suficiente para guardar un secreto, comenzó a enseñarle francés. Y luego de la muerte de su padre lo hablaban con regularidad, aunque la apretada situación económica que se agudizó con la orfandad de ambos, la imposibilitó de acceder a estudios formales del idioma.
Caminaron otro trecho en dirección al mesón de la aerolínea. Leonid sentía que se le apretaba un poco más el pecho con cada pequeño paso.
-Siempre me he preguntado, por qué mamá nunca nos buscó. –Esta vez, la voz de Vera se tiñó de desaliento. – Pero quizás, con este viaje, podamos dar con alguna pista, ¿no crees?
-¿Sería muy terrible para ti, si no encontramos ninguna respuesta?
-Pues… no, no lo creo – dijo Vera, pensativa –pero sería una espina que llevaríamos clavada por siempre, ¿no te parece?
Leonid apretó la delgada mano de su hermana con la suya. La respuesta sólo reafirmaba su decisión de no revelar a su hermana el peor y más nítido de sus recuerdos. Aquel día, poco antes de la separación definitiva de sus padres, en que escuchó a su madre decir, en medio de una crisis de llanto, que ojalá Vera nunca hubiese nacido. Qué sentido tenía involucrarla en algo que le había causado tantos desvelos, tantas preguntas. ¿Tenía algún tipo de trastorno psiquiátrico? ¿Depresión post parto? ¿O tan sólo dijo algo que realmente no sentía, al verse sobrepasada por circunstancias que él desconocía? Poco importaba ya. Su madre también estaba muerta. Avanzaron unos metros más.
-Hemos pasado cosas peores.
-Es verdad– admitió ella –hemos sobrevivido a muchas cosas juntos. Sobreviviremos a eso también– concluyó, rodeándolo con un brazo y apoyando la cabeza en su hombro. De pronto se apegó más a él y le apretó la cintura.
-¿Qué diablos haces?
-Estás más flaco…- se paró frente a él tomándolo de la barbilla –¡y ojeroso! ¿Cuándo piensas dejar ese trabajo? Trabajar y estudiar te está consumiendo, y ya no hace falta que lo hagas.
-Ya discutimos esto, Vera…
-No discutimos, tú decidiste…
-Vera, no dejaré el trabajo hasta que estemos en posesión de la herencia de mamá. ¿Qué pasa si los trámites se demoran demasiado, o si hay que pagar muchas deudas o…?
-Yo también puedo trabajar.
-No. Eres una niña.
-¡No soy una niña, estoy por cumplir dieciocho! Y tú, sólo tienes tres años más que yo… – las palabras salían a borbotones de su boca, como si ya no pudiera contenerlas más – Podríamos haber ido a parar a los servicios sociales cuando papá murió, pero hiciste hasta lo imposible por evitarlo. Conseguiste que un tribunal te emancipara con quince años y desde entonces has trabajado para darme una vida medianamente normal. Y no eras un adulto Leonid, por más que hayas convencido a un juez de lo contrario. Te mataste estudiando para conseguir una beca, y sé perfectamente lo pesado que se te hace la carrera, Ingeniería no es fácil. No es justo. Tú también tienes derecho a vivir tu juventud. Y yo… no quiero seguir siendo una carga para ti.
-¿Qué tonterías estás diciendo? – esta vez fue él quien sujetó con firmeza la barbilla de su hermana – Jamás has sido ni podrías ser una carga para mí…
-Pero has sacrificado tantas cosas por mí…
-Vera, yo no he sacrificado nada.– respondió él con calma –Tú eres mi familia… mi única familia. Y haría cualquier cosa por ti.
La muchacha se quedó sin palabras. Sus ojos se humedecieron, pero retuvo sus lágrimas.
-Siguiente.
Leonid reconoció una vez más en su hermana, el mismo orgullo y tozudez que le eran propias, y que solían criticarse mutuamente. Le acarició la mejilla.
-¡Siguiente!
-¡Eh, chicos, espabilen!– les gritó un sujeto que los precedía en la fila.
Leonid se apresuró a colocar la maleta sobre la balanza mientras Vera presentaba sus documentos en el mesón. Volvió a atacarlo la desagradable opresión en el pecho cuando la maleta fue retirada de la balanza para enviarse a la bodega del avión.
-¿Un último café? – preguntó ella luego de terminar los trámites de embarque, y acercándose a una máquina expendedora. Mientras pagaba dos vasos, siguió parloteando alegremente - ¡Qué mala suerte hemos tenido con que te retrasaran los exámenes en la Universidad! Al menos pudimos cambiar tu vuelo para dentro de dos semanas sin perder el dinero del pasaje. Me portaré muy bien hasta que llegues, lo juro solemnemente…
-Sólo falta que vendas mi boleto cuando llegues a Lyon. – dijo Leonid recibiendo su vaso. Apoyados en una baranda frente a un amplio ventanal, observaron el movimiento en la pista de aterrizaje mientras bebían sus cafés. No había tenido corazón para pedirle a su hermana que retrasara también su vuelo, ya que además de resolver los trámites de la herencia de su madre en París, habían planificado asistir a un concierto de Franz Ferdinand en Lyon, que la tenía muy entusiasmada.
-No creo que sea difícil, la gira ha sido muy exitosa. ¡Me encantaría que hubiéramos podido ir juntos!– comentó ella. Extrajo un reproductor de mp3 de su bolsillo, colocó un audífono en su oído y otro en el de su hermano –"This fire is out of control, I'm gonna burn this city, burn this city…"– canturreaba dando saltitos y cuidando no tirar demasiado del cable de sus audífonos.
Se interrumpió al reparar en la mirada preocupada de su hermano. Pese a que los demás solían considerarlos personas enigmáticas e indescifrables, entre ellos siempre habían sido libros abiertos.
-¿Vas a decirlo tú, o tendré que hacerlo yo?
-¿Decir qué?
-Que no quieres que viaje. Sabes que no haré nada estúpido, nunca he sido una persona irresponsable.
-Lo sé… pero…
-Has estado extraño todo el día. ¿A qué le tienes tanto miedo?
-No se trata de eso, es normal que me preocupe que viajes sola. ¿No?
-Leonid, no quiero darte más preocupaciones de las que tienes. Si prefieres que retrase mi vuelo lo haré y se acabó. No hay problema, ya vendrán otros conciertos, ¿no?
Ella tenía razón, se dijo. Siempre había sido una chica prudente y responsable. Y por sobre todo, fuerte y resiliente. En el fondo, siempre había sabido que su sobreprotección era innecesaria, simplemente, no podía evitar comportarse así. Lo supo desde el mismo día en que, regresando de la escuela, encontraron a su padre colgando de una cuerda en su pequeño apartamento, y por más que él intentó disuadirla, ella no apartó la mirada. Vera miraba la realidad de frente, incluso cuando tenía miedo. Quizás ya era tiempo de darle espacio y demostrarle que confiaba en ella. Por otra parte, había terminado la escuela con excelentes calificaciones, y estaba seguro de que conseguiría una beca para la Universidad con facilidad. Vera merecía la pequeña felicidad de ese viaje y ese concierto.
-No, está bien. Ve, y nos encontraremos allá dentro de dos semanas– dijo tratando de sonreír. Jamás imaginando que se arrepentiría de esas palabras, en lo que le quedaba de vida.
Vera lo abrazó cariñosamente, y luego él la acompañó hasta la entrada a Policía Internacional. Allí volvieron a abrazarse por última vez.
-Te escribiré un e-mail tan pronto llegue al hotel en París. Te tendré al tanto de todos mis movimientos, ¿Sí?- dijo ella mirándolo hacia arriba, con su carita adolescente llena de entusiasmo - Cuando vaya a Lyon, te contaré que tal estuvo el concierto. Y no saldré sola de noche, ni andaré por lugares poco concurridos, ni me saldré de las zonas turísticas, no iré de fiesta con desconocidos, y …
-Está bien, está bien, sé que serás muy juiciosa - la interrumpió él - confío en ti.
La última imagen que tenía de ella era cruzando esa puerta, con su vestido veraniego azul, arrastrando su maletita de cabina, llena de stickers de sus bandas favoritas con una mano, mientras con la otra le lanzaba un beso y le decía alegremente "¡hasta pronto, te quiero!"
Disimulando se apretó los párpados con el pulgar e índice de la mano derecha. Llevaba años sin pensar en ese día, y hacerlo tan cerca del cumpleaños de Vera, no era la mejor idea. Después de que sobrevino la tragedia, no fue capaz siquiera de hablar de ella, tal como evitaba hablar sobre su padre. El dolor era demasiado abrumador, y sabía que lo llevaría consigo hasta la tumba. Lo mejor era intentar no pensar en eso, sumirse en el trabajo. Permanecer solo, negarse a sentir. No dejar entrar sentimientos que le recordaran épocas felices.
Su vista quedó fija en la llama de la vela que decoraba la mesa del restaurante, perdida en la flama que se movía levemente. Sintió una presencia a su lado, se puso de pie rápidamente y tomando del rostro a Oscar, la besó en los labios.
Ella tardó en reaccionar, pues en público solían actuar como un par de amigos, sin embargo, notó algo en él: lo sintió frágil. Cerró los ojos y respondió su beso. Cuando se separaron, Leonid actuó como si nada. Ella sonrió, intentando darle normalidad a su gesto, antes de sentarse al otro lado de la mesa. Enseguida pusieron un par de copas de champagne en la mesa.
-Vaya… Gracias- murmuró con una sonrisa apenas se marchó el camarero.
-No esperes pastel, eso no lo hice- agregó Leonid con una sonrisa de lado y alzando su copa –Feliz cumpleaños.
Oscar brindó con él. Sintiendo el ambiente cargado de algo que no lograba descifrar, al dejar la copa sobre la mesa, tomó la mano de Leonid que estaba sobre la superficie.
-Gracias por esto- le dijo mirándolo a los ojos -¿Quieres cenar o pedimos algo más liviano?- siguió hablando como si nada.
Leonid tomó la carta y sugirió un plato de antipasto y quesos. Oscar aceptó y quiso sumar una botella de vino. Comieron en silencio casi la mayoría del tiempo, intercambiando una que otra frase relacionada con el clima o la comida. Bebieron toda la botella de vino en medio de sonrisas cómplices, pues, en un momento de la velada y cuando ella regresó del lavabo, el ruso le comentó en su lengua paterna, que el vestido que llevaba le marcaba muy bien el trasero.
Cerca de media noche, caminaron hacia el hotel. Leonid le ofreció su brazo, ella aceptó a fin de arrebujarse. El clima era frío y su abrigo no era lo suficientemente grueso.
-¿Cómo estuvo la Navidad con tu hija?- preguntó él en medio de la tranquila caminata.
Oscar le comentó de la cena con los Mijáilov-Kulikóvskaia y luego, de los obsequios que la niña recibió por parte de todos. Leonid escuchó con la mirada un tanto perdida. Al llegar al hotel, siguieron en silencio hasta la habitación. Al entrar y mientras ella se quitaba el abrigo, él fue directo al bar y sacó una botella de vodka; se sirvió en un vaso dos dedos de la bebida y la tragó echando la cabeza hacia atrás. Oscar se acercó y quitándole el vaso de la mano, lo besó. Insistió hasta que Leonid volvió a ser el que ella conocía desde hace años en esa habitación.
Se comunicaron como aprendieron con el tiempo. Ella lo empujó sobre la cama y él cedió. Le quito la ropa como si fuera un regalo. Cuando lo tuvo listo y dispuesto, se alejó y sonriendo le dijo:
-Desnúdame, lento.
Y él lo hizo, tomándose el tiempo del mundo. Rozó con la yema de sus dedos la piel que se erizaba a su tacto. Le mordió suavemente la cara interna del muslo derecho, antes de quitarle las bragas. Cuando el encaje ya no estaba, Oscar temblaba de ansiedad.
Tras la unión de los cuerpos, ambos temblaban. Ella, debido a la intensidad de todo lo que estaba pasando y él, entregado a complacerla. Mostrando una fragilidad nunca antes experimentada, se abrazaron entre las sábanas mientras las caderas colisionaban; besándose justo en el punto máximo. Las pieles humedecidas por el sudor, se quedaron muy juntas, igual que los labios. Cuando Oscar abrió los ojos, él la miraba con devoción.
-Eres preciosa… simplemente, preciosa- le susurró peinándole el cabello con la diestra, y afirmando su peso con el brazo izquierdo.
Oscar sonrió, aún sintiendo ese cosquilleo delicioso que le dejó en la piel el último orgasmo. Cerró los ojos y se dejó arrullar. No tenía ganas de hablar, ni de moverse. Sólo quería quedarse así.
-¿Qué hiciste en estos meses?- le preguntó aún con los ojos cerrados y apoyada en el brazo que la cobijaba.
Sonrió al sentir las musculosas pantorrillas cubiertas de vello enredándose en sus piernas. Se acomodó de lado, facilitando que él le levantara una pierna para afirmarla en su cadera.
-Trabajar, mucho- contestó tocándola entre las piernas –Aún estás mojada- le dijo mirándola a los ojos –Pero podrías estarlo más.
Oscar cerró los ojos y tembló cuando él la empezó a masturbar. Lo abrazó y abrió las piernas sin vergüenza. Perdida en las sensaciones, disfrutó cada toque. Si él quería evadir de esa forma, ella no le pondría problemas.
-¿Has estado con alguien más?
Escuchó a lo lejos y perdida en la bruma del placer. Negó con la cabeza y mordiéndose los labios.
-Yo tampoco, y me hice la vasectomía hace años.
Abrió los ojos, entendiendo perfecto a qué se refería. Lo hizo girar en la cama y se sentó encima. Ayudándolo ella misma a penetrarla. Ambos se miraron a los ojos mientras sentían como, por primera vez, se unían sin preservativos de por medio.
Leonid se irguió en la cama y levantó las rodillas, procurando sumergirse en ella lo más que pudo. Oscar lo abrazó con fuerza y tembló, al tiempo que soltaba una exclamación de júbilo.
-o-
En algún momento de la madrugada, Yúsupov abrió los ojos y vio a Oscar envuelta en una de las batas del hotel, frente a la mesita que estaba en una esquina; observando una carpeta con los brazos cruzados.
-Mira lo que está adentro- le dijo con la voz ronca –Ese es tu regalo de cumpleaños.
Oscar tomó el folio y lo abrió. Una foto de Nicolás le provocó en el estómago el mismo efecto que un golpe de puño. Pese a esa sensación, comenzó a leer el reporte. El asesino de Rosalie, fue encontrado muerto en una habitación de hotel hacía un par de meses atrás.
-¿Fuiste tú?- preguntó.
-No, bien sabes que quería interrogarlo primero. No me sirve de nada muerto- contestó Leonid desde la cama.
Oscar se acercó al lecho con la carpeta en la mano, sin dejar de leer el reporte de autopsia.
-¿Sigues pensando que él pudo saber algo de Vera?- preguntó con tiento.
-Las redes de trata de personas no varían demasiado, todos se conocen entre sí y Motte, llevaba bastante tiempo en el negocio- se sentó en el lecho, apoyando la espalda en los almohadones.
-Lo emascularon antes de morir- susurró Oscar sentándose en el borde de la cama y sintiendo que un escalofrío le recorría la espalda -¿Habrá sido Jeanne?- alzó la vista.
-Esa mujer ha vencido a la muerte y es hábil como pocas. No me extrañaría que se las hubiera arreglado para adelantarse a cualquiera- con una mano se arregló el cabello despeinado, intentando desperezarse –Si yo fui capaz de dar con él, ella también pudo hacerlo. Nos ha sorprendido más de una vez.
-Imaginé que lo buscaría cuando me dijiste que escapó de la cárcel- Oscar cerró la carpeta –Pobre Rosalie, todos quienes la rodeaban la engañaron- suspiró con pesar –Entiendo a Jeanne y su venganza, después de todo, hice lo mismo- finalizó levantándose de la cama y dejó la carpeta sobre la mesa. -Me tengo que ir…- agregó mirándolo desde la distancia.
-Son casi las cuatro de la mañana, quédate y te llevo antes de desayunar- contestó Yúsupov después de mirar su celular.
-Es jueves- le dijo como si eso explicara todo, sonrió al ver que él la miraba sin entender –trabajo, no estoy de vacaciones.
-Yo, sí. Y me quedaré hasta año nuevo.
-Leonid, no pondré mis planes en pausa por ti. Debiste haberme preguntado, si querías que pasáramos más tiempo juntos.
-Ya que lo ofreces, me conformo con las noches o con un rato a la hora de almuerzo- sonrió de lado –Eres tan dulce cuando das por sentado cosas- la pinchó.
Oscar lo miró molesta. Él no perdía oportunidad de molestarla y pese a que sabía que eran simples bromas, su orgullo no dejaba de resentir esos golpes.
-Me quedaré por aquí, porque me he acostumbrado a este pueblo de mierda, es tranquilo en invierno y me sirve para descansar- le guiñó un ojo y la atrajo hacia él –Además, no te veía desde hace un par de meses, quiero recuperar un poco de tiempo entre tus bonitas piernas.
-Entonces, levántate y llévame a casa. Quiero estar ahí cuando Camille despierte.
-o-
El resto de la semana avanzó sin grandes contratiempos, no obstante, y a diferencia de lo que Oscar pensó, el equipo especialista en deslizamiento de tierra, se apersonó en la localidad el día sábado en la zona. Dado que la guardería no funcionaba los fines de semana, Oscar llevó a su hija donde Katia para preguntarle si podía cuidar de ella unas horas.
Mientras dejaba a la niña en la sala de estar del hotel, instalada con cuadernos de colorear y crayones, Leonid la saludó con un gesto de cabeza a lo lejos al pasar por la recepción. Oscar sonrió, sin dejar de divertirse con sus actitudes a veces distantes y otras cercanas.
Cuando por fin logró llegar al sitio del derrumbe, su segundo al mando estaba acompañado de Pierre. Ambos con el impermeable estilando debido a la copiosa lluvia. Oscar se unió igual de abrigada, procurando no resbalar debido a la pendiente del terreno y el lodo que se acumulaba. Al fondo del barranco, observó a los especialistas afianzados en sus arneses de seguridad trabajando en la evaluación. Sonó el intercomunicador de Dagout.
Los tres oficiales escucharon atentamente el reporte. Oscar tomó la radió y contestó.
-Soy la oficial a cargo, favor resguardar la zona. Pediré apoyo de inmediato.
Apenas cortó, tomó su celular y llamó al número de emergencia de la fiscalía. Le explicó a quien le contestó la situación y escuchó atenta las instrucciones. Enseguida llamó a Katia, pidiéndole disculpas porque su ausencia tardaría más de lo habitual. Tras hablar con su hija y explicarle que iría por ella más tarde, envió a Pierre por café y comida para todos. El clima enfriaba cada vez más y por lo visto, todos los tiempos proyectados serían mucho más extensos.
Al momento en que el equipo forense se hizo presente y la orden de la fiscalía estuvo lista, ya había oscurecido. Con el frío calándole los huesos, observaron como un cuerpo era subido desde el barranco con todos los resguardos. Según el primer reporte forense in situ, el cadáver presentaba un alto grado de momificación, y la exposición a elementos naturales, dificultaría cualquier proceso identificatorio.
Luego de despachar a oficiales y especialistas, tras haberles recordado el carácter confidencial del operativo, esperó que el sitio quedara asegurado y se subió a su automóvil. Los dientes le castañeteaban debido al frío. Llegó al hotel pálida, famélica y preocupada por haber dejado todo el día a su hija a cargo de alguien más.
Entró apurada, deteniéndose de golpe a ver a Leonid cerca de Camille. La niña estaba sentada sobre un cojín y muy atenta a los pies del ruso, mientras éste leía con voz pausada lo que parecía ser un cuento. Se acercó con torpeza y sin tomar en cuenta a Leonid, mientras le indicaba a su hija que fuera a despedirse de Katia y Anastasia.
-Estás sacrificándote más de la cuenta al criarla sola, y ella necesita a su padre. Deja de dilatar el tema. Ambos sabemos que si aún no hablas con André, es porque no está erradicado de tu vida como tanto te esfuerzas en creer- le soltó Leonid en voz baja apenas quedaron solos.
-Basta- le dijo con pesar -No es el momento.
-Nunca lo es- le rebatió entre dientes -Mientras más tiempo pasa, será peor.
-Lo sé, lo sé…- los ojos se le llenaron de lágrimas, estaba agotada y sensible -Hablaré con él, no es fácil, pero lo haré en mi próximo viaje a París…- calló al ver que Camille se acercaba.
Abrigó a la niña y, tomándola de la mano, se marchó con una pesada sensación en el pecho que le adjudicó a esa rápida conversación; pues nunca imaginó que el temerario acto de los jóvenes que propiciaron el derrumbe, días atrás, sería lo que provocaría que la rueda del destino comenzara a moverse.
Continuará…
Listo mis queridas, contra viendo y marea, lo conseguí jajajajajaja pero con el tremendo apoyo de, primero, doña máxima Krimhild, de sus manos salió la escena de Vera y Leonid. Una queen realmente y que ayer estuvo de cumpleaños, así que, mándenle amor. Luego, Cilenita79 nos pegó la revisada. Y aquí está el resultado, si les gustó, dejamos el tarrito de propinas de reviews.
Como siempre, gracias a ustedes también por la paciencia, el compromiso, los comentarios, la energía. Por TODO.
Estoy atrasada con las respuesta a los reviews, pero me pondré al dia con la deuda, como buena Lannister XD, así que revisen ese apartado con regularidad, por favor.
Y sí, hubo salto de tiempo, pero no se preocupen, ahora empieza lo movido y el espacio tan importante que quedó vacío se irá rellenado. Esta vez, no hubo banda sonora, ¿qué canción pondrían en alguna escena?
NOTAS:
En Rusia los adolescentes pueden emanciparse (ser considerados como adultos por un tribunal) desde los 14 años, es súper baja la edad, en general es desde los 16.
Franz Ferdinand es uno de los grupos favoritos de Krim, los vio el 2006 en Chile, teloneando a U2, y son atómicos… En cuando al concierto en Lyon es real, lo pueden buscar.
Les mando un abrazo a todas y sigan con sus análisis y teorías, las amo! Ale tiene razón, podría ser un blog. Pero úsenlo como tal! Jajajaja para eso, les doy el tip que, al comentar desde la aplicación para celulares y tablets, se puede comentar mas de una vez por capitulo y, ahí, la historia nunca desaparece (a diferencia de la página web, que según Yen, esta semana otra vez hubo problemas y la historia volvió a desaparecer)
