«No hay mayor carga que la de tener un gran potencial.»

—Snoopy.

Agustín siempre había tenido una especie de manía por las mejillas de su hija Mirabel.

Bueno, en general Agustín siempre había tenido una manía por las mejillas de todas sus hijas; es que eran tan suaves y regordetas que no podía evitar apretarlas, besarlas o incluso refregar su propio rostro contra estas, desde que cumplió los once años Mirabel solía quejarse cuando él hacía eso, diciendo que ya no era una bebé y que le dolía. Por esto mismo Agustín la mayoría de las veces procuraba contenerse, pero no siempre lo lograba.

¿Qué culpa tenía de que las mejillas de Mirabel fuesen tan redondas y tentadoras?

Aunque en el fondo no creía ser el único; desde que Mirabel era pequeña las primas mayores, Isabella y Dolores a menudo solían hablar de las mejillas de Mirabel cuando esta las inflaba en un puchero, decían que solamente la hacían verse adorable, a lo que esta renegaba molesta. También Félix solía bromear con las mejillas de Mirabel, fingía que las mordía y decía que sabían a algodón de azúcar, cosa que siempre hacía reír a Mirabel hasta que cumplió los doce años, aunque no fue exactamente por el hecho de que a la menor de las hermanas ya no le gustase que jugaran con sus mejillas, sino por el hecho de que poco a poco empezaron a dejarla atrás, dejaron de mimarla por estar cada vez más inmersos en su deber con el pueblo.

No se dieron cuenta de que con el tiempo Mirabel empezó a extrañar cada vez más esos mimos en sus mejillas que a veces la maltrataban, pero siempre tenía consciencia de que eran hechos con todo el amor del mundo. Tanto que una sola caricia era suficiente para alegrar todo su día.

Félix tenía inmortalizados en su memoria y en los álbumes de fotos —¿En qué momento Mirabel empezó a faltar en las fotografías familiares?— recuerdos de sus bellas hijas, la suavidad de sus rostros. Jamás podría olvidar la primera vez que abrazó a su hija más pequeña, recién nacida mientras Isabella de seis años y Luisa de tres intentaban treparse para verla también. Las mejillas limpias, tersas y morenas de Mirabel que hacían imposible no tocarlas, recordaba la sensación contra su pecho la primera vez que la cargó mientras dormía, o cuando se despertaba llorando en mitad de la noche. La sensación aquellos primeros meses resultaba tan irreal, Félix durante esas noches de insomnio tenía miedo de que esa bella bebé fuese sólo una fantasía, una que podía desaparecer un cualquier momento haciendo más duro el golpe de realidad.

En ocasiones sus hijas en sí parecían una fantasía, una fantasía que crecía cada vez más rápido frente a sus ojos y que a veces temía perder antes de poder terminar de disfrutarlo. Su pequeña mariposa era un espejismo andante, bello y fresco en medio del desierto, vibrante y desbordando alegría y color. Tanto que parecía irreal.

Las mejillas de Mirabel enrojecidas cuando se avergonzaba o se esforzaba, húmedas cuando lloraba, manchadas de comida, tan suaves y coloridas. Parecían un sueño.

—¡Papá me duele, basta! —exclamó la jovencita de anteojos mientras su padre tomaba de la nada sus mejillas y las estiraba, sin embargo se reía.
—No puedo evitarlo, Mija. Esas mejillas tuyas son muy tentadoras —contestó Félix con una risa.