Disclaimer: Los personajes de la Saga Crepúsculo son creación de la Sra. S. Meyer y la historia es adaptación de una novela de romance histórico. La producción de este fics es una mera actividad recreativa, sin fines de lucro.


19

El sol ardía en el cielo y llenaba toda la cabeza de Edward con un calor flamígero y brutal. Edward se tambaleaba y ya no era consciente de la dirección en que caminaba. Sólo sabía que debía seguir avanzando. Si caía, moriría y también Bella. Lo sabía.

Los buitres se lanzaban una y otra vez hacia abajo, pero él ya no los veía. "Bella, Bella, amada mía" Repetía constantemente su nombre en su mente, hasta que el mismo se convertía en la fuerza que lo sostenía, que lo impulsaba a seguir.

—¡Dios mío! ¿Qué es eso? ¿Qué tenemos aquí? —La voz sobresaltada, hablaba en afrikáans. Edward oyó las palabras como si le llegaran de muy lejos, como si tuviesen sentido alguno para él. Apenas tuvo conciencia de una mano que se deslizó alrededor de sus hombros para sostenerlo y llevarlo bajo la sombra del toldo de lona de una carreta de bueyes.

—Bella… —murmuró Edward a través de sus labios resquebrajados. Una cara se inclinó sobre él—. Debo… debo llegar a la Ciudad del Cabo.

—Y allí llegará, hombre —dijo la voz, ahora en inglés—. Pero mejor llegar vivo, ¿eh? Tome, beba un poco de agua. ¿Qué le sucedió? ¿Fue un señuelo para los buitres?

Edward sintió que sus labios tocaban metal y en seguida el agua entro en su garganta, fresca, mojada, la bebida más hermosa, bienvenida, increíblemente maravillosa que había tomado jamás. Levantó la cantimplora y bebió hasta que el agua se derramó por su cara y su cuello.

—Bueno, al menos puede beber —dijo la voz.

Edward siguió bebiendo hasta que por fin dejó la cantimplora. Quiso hablar, sintió que las palabras se le atascaban en la garganta, logró humedecerse los labios e intentó otra vez.

—¿Qué… qué tan lejos de Ciudad del Cabo estamos?

Su salvador, un conductor de carreta bóer tenía la piel de un color caoba por el sol, y el pelo descolorido hasta parecer casi blanco. —Cuatro días en un buen caballo. Pero, hombre, usted no está en condiciones de ir a ninguna parte, está medio muerto.

Edward aspiró hondo y dolorosamente.

—Debo llegar a Ciudad del Cabo. Tengo rota una costilla, pero si usted puede venderme, yo me las arreglaré. ¿Tiene caballos? Si los tiene, yo le pagaré bien.

El agua lo había revivido temporalmente; sintió que la fiebre había cedido, pero sabía que todavía se encontraba cerca del colapso. Necesitaba descansar. Comida, agua, horas de sueño. Pero sabía que no los tendría. Porque algo le había ocurrido, algo había entrado en su mente mientras se tambaleaba por la sabana, una vívida revelación por el curioso estado de desprendimiento en que su mente había flotado a la deriva.

El peligro de Bella era real, y no vendría de los espíritus o de cualquier otro hombre determinado que pudiera andar tras El Corazón de Kimberley. Vendría de la propia Zoé… y de Royce Swan.

Después de diez días de espera, Bella por fin subió a bordo del Windhock, un vapor a hélice con casco de hierro y con capacidad para ciento cincuenta pasajeros. Según los estándares oceánicos, eso lo convertía en un barco pequeño. Pero los pasajeros tendrían una cubierta para pasearse, alojamientos cómodos, comidas bien preparadas y comodidades para juegos y entretenimientos de cubierta.

A Bella, el barco le pareció feo, con sus robustos mástiles equipados con velas auxiliares y sus negras chimeneas. Nerviosamente esperó en la fila de pasajeros agolpados cerca de la planchada para embarcarse. Había hombres de traje oscuro, una pareja de mujeres de platicaban en holandés, una familia inglesa con niños de rojas mejillas y varias mujeres de aspecto pudientes. Acompañando a una de esas mujeres ricas, iba una criada de piel oscura. La criada llevaba el pelo peinado tirante hacia la nuca y cubría con una sobria cofia blanca. Pero su cara, con labios llenos y ojos relampagueantes, nada tenía de servil.

¿Era Zoé? ¿Su mente estaba burlándose de ella haciéndole ver en todas partes a Edward, o a cosas relacionadas con él? Pero no bien notó la mirada de Bella, la sirvienta bajó la vista y pronto su rostro se perdió cuando la fila de pasajeros siguió avanzando.

No, decidió Bella, no era Zoé. ¿Por qué iba a ser ella? Estaba conduciéndose como una tonta imaginándose cosas. Cuando llegó su turno, se acercó al comisario de abordo quien consultaba una lista de pasajeros.

—Soy la señora Newton.

—Sí, por supuesto, la tenemos en la cabina 17 A. Como el barco no está completo, tendrá la cabina para usted sola. Espero que eso cuente con su aprobación, señora Newton. —el comisario habló con marcado acento británico, porque este era un barco inglés.

—Sí, está bien.

—Tendrá el segundo turno para la comida y su mesa será la número dos, señora.

—Gracias.

El cielo estaba de un color azul profundo con pequeñas nubes blancas que se volvían de un color gris sucio cuando se acumulaban sobre Table Mountain. La montaña se veía triste y sombría. Después de observarla un momento, Bella tomo su bolso de mano y bajó a su cabina.

Abruptamente se sintió cansada. El viaje sería largo y sabía que sufriría mareo durante una parte del mismo. Decidió desempacar su baúl de cabina y esconder los dos Corazónes de Kimberley… el verdadero y la réplica. Después se acostaría en vez de volver a cubierta, donde los otros pasajeros seguramente verían como el barco se alejaba lentamente del puerto.

El Table Mountain, con sus masas de rocas taciturnas la había puesto de un humor inquieto.

Atardecía, y los botes de pescadores estaban llegando, descargando su pesca, con intensos olores a pescado. Las gaviotas graznaban, esperando apoderarse de una parte, mientras los grupos de trabajadores de color se dirigían a sus casas después de una ardua jornada de labor en el rompeolas.

Edward Cullen acababa de venir de la navegación de la White Star Line, y lo que había averiguado allí lo helaba hasta los tuétanos. Bella había partido a mediodía, él no la había podido ver apenas por unas horas.

—Habitualmente no dejo que nadie mire la lista de pasajeros. —le había dicho el empleado.

—¿Esto lo haría cambiar de idea? —Edward habría mostrado al hombre un pequeño diamante.

—¿Eso es…? En este caso, creo que…

Edward había arrebatado la lista de manos del hombre. Vio el nombre de Bella, por supuesto. Pero algo le llamó la atención en esa lista y fue cuando vio el nombre del reverendo Royce Swan.

¿Royce Swan, a bordo del Windhock, como predicador? Edward sintió un escalofrío cuando recordó que Royce había sido actor, y un actor competente. Ahora tuvo la seguridad de que Royce esperaba apoderarse de El Corazón de Kimberley. Quizá había tratado de robarlo cuando Bella iba camino a Ciudad del Cabo, pero seguramente la vio rodeada de demasiadas personas. Quizá en el hotel hubo otros obstáculos, o lo detuvo la cobardía.

Pero esta era la última oportunidad para Royce, Bella iba a bordo del Windhock, el diamante debía de estar en alguna parte de su persona o de su cabina, y en el espacio limitado del barco, ella se encontraba en una situación muy vulnerable. En el mar, a veces sucedían los accidentes. La gente caía por la borda, la tragedia era resultado de un descuido, de enfermedad, o de la fuerza…

Sí yo estuviese planeando robar el diamante, pensó Edward, primero me apoderaría de él y después me libraría de Bella a fin de que ella no pudiera relatar lo sucedido. De esa manera, nadie sabría nada acerca de El Corazón de Kimberley y podría continuar tranquilamente el viaje a Marsella.

Ahora, controlando con dificultad su enojo y su temor, Edward miró a un portugués de piel oscura cuyo pelo rizado y enredado, lo mismo que su barba manchada de sal, le daba el aspecto de pirata. Que era precisamente lo que el hombre era, según había averiguado, Edward.

—¿Que quiere usted de mí? —preguntó con recelo Joe Fuguero.

—Soy Edward Cullen y necesito alcanzar a un barco, al Windhock, que zarpó hace ocho horas. Me dijeron que su cúter es lo suficientemente veloz para eso.

El portugués se rascó la barba, donde el agua salada se había secado. —Ah, mi barco. Es veloz y anda impulsado por el viento, no por carbón. —Escupió desdeñosamente sobre el muelle. — Mi barco anda muy rápido, muy rápido. Puede alcanzar a cualquier cosa que flote… por dinero ¿eh? —Unió los dedos y los frotó en el gesto universal para indicar dinero.

Edward lo miró ceñudo. Había pasado una hora buscando en los muelles como un loco, pese al dolor de sus costillas, hasta encontrar al famoso Joe Fuguero, de quién le habían dicho que era un marinero fantástico, con habilidades rayando lo sobrenatural… si era para ganar dinero.

—Oro —dijo el portugués—. O libras inglesas, también acepto eso. —su sonrisa reveló que le faltaba un diente—. Pero sólo si usted me lo da en abundancia y tiene que ser por adelantado…

Edward miró fríamente al hombre. —Le pagaré bien, no tema.

Sacó de su bolsillo, los restos del collar de Tanya. Mientras el portugués miraba con fijeza. Edward arrancó otro de los pendientes enormes. Los diamantes centellaron y brillaron refractando la luz.

—¡Madre santa! —Fuguero se persignó y miró boquiabierto los diamantes. En seguida codiciosamente, tendió la mano y cerró los dedos sobre las piedras.

—Bien. Usted ha aceptado el pago, ahora vamos. —Edward miró al portugués a los ojos. — quiero que entienda algo, Fuguero; la vida de mi mujer está en juego. Yo haré cualquier cosa, cualquier cosa por alcanzarla. Aplastare y reduciré a pedacitos estos diamantes si tengo que hacerlo… o lo aplastaré a usted. Pero llegaré por la mañana a Windhock.

Bella yacía sobre la angosta litera de su cabina, sintiendo los intensos olores de la caoba pulida, del bronce pulido, del aceite de las maquinas a lo lejos, podía oír el rumor de las hélices del barco y crujidos y otros sonidos salidos de las profundidades del barco. Un balanceo constante la mantenía despierta.

Había puesto a Kathryn, la muñeca, en un estante que tenía una barra de bronce para impedir que los objetos resbalaran y cayeran. Pero a último momento, había cambiado El Corazón de Kimberley por la réplica. Pensó que sería más seguro llevar el diamante verdadero sobre su persona. Ahora estaba en un saquito de suave gamuza, colgado de su cuello, por medio de un cordel.

Seguía acostada, con la vista perdida en la oscuridad. En alguna parte, crujieron unas maderas y arriba oyó las suaves pisadas de un marinero que iba a relevar a un guardia. Estaba muy oscuro y Bella empezó a sentir como si esa profunda oscuridad la presionara y la tuviera indefensa y a su merced en las entrañas del barco.

Cualquier cosa podía sucederle a bordo del Windhock.

Sacudiéndose esta extraña sensación de alarma, se levantó rápidamente y se puso el vestido que había usado durante el día. Se vistió en la oscuridad y subió por la angosta escalera que había cerca de su cabina, hasta llegar a la cubierta.

Pasó junto a un marinero, quizá aquel cuyas pisadas había oído. Fuera de él, no vio a nadie.

Un rato estuvo Bella paseándose por la cubierta, respirando el húmedo aire marino con su bruma fina. Pero después se detuvo para contemplar el mar desde la barandilla. Instantáneamente, el espectáculo se posesionó de ella atrapándola en su hechizo. Enormes olas encrestadas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, creciendo, deformándose, cada una coronada con las plateadas gemas de la espuma. Arriba, una luna enorme lanzaba su luz sobre el agua, creando sombras y fulgores fosforescentes.

Bella permaneció apoyada en la barandilla aproximadamente una hora, bebiendo la noche, la sensación del mar, la impresión de la eternidad. Después de un rato, pareció que las olas batieran fieramente, con los ritmos de un corazón.

Estaba alejándose de África, pensó, llevándose consigo El Corazón de Kimberley, la codiciada piedra que había encontrado con Elizabeth y que no le había traído nada más que mala suerte. Prisión. Vergüenza. La pérdida del amor.

Bella sonrió tristemente cuando recordó el lejano día en que la compañía Teatral Swan llegó a Kimberley por primera vez. Entonces cualquier cosa parecía posible, y cuando conoció a Edward, quedó cautiva de la poderosa, eléctrica intimidad de esa mirada y su corazón instantáneamente fue conquistado por él.

Charlie creyó que era un buen presagio. Sin embargo, su amor por Edward terminó siendo dolorosamente, su condenación. Ella había amado a Edward, pero ¿cuál había sido el significado, el propósito de ese amor? Ella había recibido apenas un reflejo de felicidad que nunca pudo completarse. Atada a ese sueño, para conformarse con un matrimonio sin amor, una niña a criar sin su padre, a marchitarse en medio de su juventud.

¿Pero habrías renunciado a tenerlo? Le susurró suavemente una voz interior.

Bella miró al mar y trató de responder sinceramente esa pregunta. ¿Renunciaría? ¿Borraría a Edward de su mente si le fuera posible, de modo que fuera como si él no hubiese existido nunca?

Largos momentos estuvo inmóvil, aferrada a la barandilla. Después lentamente, no por uno, fue relajando sus músculos. Dejó que el dolor, la cólera, la angustia, fluyeran de ella para fundirse con las olas y los haces plateados de la luz de la luna.

Nunca te tendré, amado mío, le susurró a la noche. No podré amarte, abrazarte en la oscuridad y saber que eres mío. Pero hay una parte de ti en mí, y siempre estará en mí. No puedo hacer que desaparezca. Dios sabe que lo he intentado. De modo que aceptaré que tú eres parte de mí. No tengo alternativa. Oh, Edward, te amo tanto…

Se volvió y se enjuagó la cara húmeda de lágrimas y de bruma del mar. En seguida, bajó a su cabina.

Inmediatamente se quedó dormida, sintiéndose relajada y limpia, de alguna manera liberada, cómo si hubiera llegado a una importante decisión sobre ella misma. Durmió profundamente durante horas, soñando con el día aquel cuando el desierto había florecido, cuando ella caminó por el campo de margaritas de Namaqualandia. Flores anaranjadas que se extendía kilómetros y kilómetros.

Un sonido interrumpió su sueño, un sonido como el de la puerta de una cabina que se abría y cerraba con suavidad. Bella gimió levemente y se volvió bajo las frazadas.

Entonces sintió una presencia sobre su litera. Algo le tocó en el hombro y ella despertó de repente.

—¿Dónde está? —preguntó una voz de hombre.

El corazón de Bella latía ahora con fuerza mientras ella trataba de encontrar sentido a lo que estaba ocurriendo. ¿alguien estaba en su cabina? Sintió unos dedos que le apretaban el brazo y se hundía en su carne como tenazas de hierro.

—¿Dónde está? Dime… ¿Dónde lo pusiste? —preguntó la voz.

—No… no lo sé… yo no…

Bella sacudió la cabeza, preguntándose si todavía estaba soñando. Era la voy de Royce la que oía. Royce. ¿Cómo era posible? Royce estaba en Kimberley, a centenares de millas de allí.

—¿Royce? —susurró.

—Cierra el pico, Bella. —Royce la abofeteo con crueldad. — Y trata de despertarte, porque vas a decirnos dónde guardaste ese famoso diamante rojo del que estás tan orgullosa.

Royce. Era Royce. Santo dios.

Esto no era una pesadilla, era real. Pensó que iba a sollozar de miedo. Oyó movimientos en la cabina y el ruido de algo que cayó de un estante. Entonces alguien encendió una cerilla y en su resplandor amarillo ella vio una segunda sombra, una figura más pequeña que se movía por la cabina, registrándola. También sintió olor a perfume, un aroma denso y dulce de flores aplastadas.

Era el mismo perfume que había detectado en su cuarto de hotel.

—¿Dónde está? —preguntó Royce.

—No lo tengo conmigo —logró decir ella.

—¡Embustera! —Él la abofeteó otra vez, ahora con más fuerza. En el otro lado de la cabina, alguien había encendido una vela. La vacilante luz amarilla mostró a Zoé, vestida con el uniforme de sirvienta y el pelo peinado hacia atrás.

—Zoé. —Bella no lo podía creer. — Era ella la que vi…

—Eso no interesa. —Royce se inclinó sobre ella… ¿Creo que somos tontos, Bella? El diamante está en tu cabina. ¿Para qué vas a Francia si no es para vendérselo a la emperatriz? ¿Está en tu equipaje? Vamos, tu padre se encargó de revelar tus planes….

—¡No! —A través de la densa niebla del miedo, Bella trató de pensar. — Yo… lo tiene el capitán… yo se lo di para que él lo guardara en la caja fuerte…

—No lo creo. No, creo que has escondido tu hermoso diamante rojo muy cerca de ti misma… quizá hasta en tu cuerpo.

De pronto, Royce aferró el cuello del camisón de Bella, tiró hacia abajo y lo desgarró. Bella gritó cuando la tela se abrió casi hasta su cintura y dejó expuestos sus pechos.

Iban a registrarla. A saquear su cuerpo como si fuera el mero botín de una pirata. Bella se sintió horrorizada y repugnada. Con toda su fuerza, empezó a patear y golpear furiosamente a Royce y Zoé. Sintió que su talón se hundía en la parte blanda del vientre de Royce y tuvo el placer de oír que él gruñía sorprendido.

Volvió a patear con fuerza, pero esta vez Royce la esquivó. — perra… ¡perra orgullosa!

—¡Déjame… déjame!

Ahora ellos volvieron a abalanzársele, uno sujetándole las piernas, otro arrancándole del cuello el saquito de gamuza. Bella gritó y se resistió, pero Royce la apartó de un empellón.

Royce buscó dentro del saquito.

—Ah… —Royce soltó lentamente el aliento. — Dios mío, míralo, mira…

En la palma de la mano de Royce, El Corazón de Kimberley atrapó la luz de la vela y brilló casi diabólicamente como una gota de sangre roja. Al verla, Bella recordó que su padre le había contado del Koh-i-nor, el Gran Diamante Azul, y otros más. Diamantes cuya historia había sido escrita con sufrimientos.

Se cubrió los pechos con el camisón, ya sin miedo pues el miedo había sido reemplazado por una cólera helada. Es el estante, la muñeca Kathryn, contemplaba tranquilamente la escena, con sus inescrutables ojos de porcelana.

—Ustedes son unos idiotas. — Bella oyó salir las palabras de su boca con una sensación de asombro. — ¿Creían que yo llevaría encima un diamante tan valioso? —Señaló a la muñeca, sabiendo solamente que tenía que hacer algo para ganar tiempo. El Corazón de Kimberley era su única oportunidad de empezar de nuevo.

—Pero es sólo una muñeca. —dijo Zoé.

—¿De veras? Ábranla.

Zoé arrebató la muñeca del estante y levantó el largo vestidito blanco para exponer el blando cuerpo de trapo. Unas puntadas prolijas cerraban la costura en la parte inferior del torso. Febrilmente, Zoé desgarró la costura y metió la mano por la abertura.

El relleno cayó al suelo de la cabina. En seguida, Zoé mostró una segunda Corazón de Kimberly. Miró la piedra fijamente.

—¿Otro diamante?

—¿Qué? ¿Acaso son dos? —Royce también parecía desconcertado.

Aprovechando la oportunidad, Bella se apartó de la litera y empezó a acercarse a la puerta de la cabina, sosteniendo sobre sus pechos el camisón desgarrado.

Instantáneamente, Zoé le bloqueó el camino.

—No, Bella, ahora usted no saldrá. Son los espíritus del mar quienes la quieren ahora, inglesa. Ellos quieren apoderarse de usted, no quieren que usted hable.

—¿Qué… qué está diciendo?

Pero la única respuesta de Zoé fue otra sonrisa extraña y triunfal.

Bella luchó desesperadamente. Arrojó su cuerpo de lado a lado, pateando, arañando y golpeando, atrapada en la lucha salvaje por su propia supervivencia. Gritó y gruñó, hasta clavó los dientes en la mano de Royce y saboreó la sangre caliente y salada.

Pero fue inútil, Royce y Zoé, entre los dos, lograron someterla. Una mano se apretó contra su boca mientras la arrastraban fuera de la cabina y subiendo la estrecha escalera. Sintió que la lanzaban contra la barandilla de bronce, contra un mamparo. Y después, llegaron a la cubierta. Oyó el ruido de las olas, olió el rocío del mar. Y nuevamente trató de gritar, pero también esta vez se lo impidió la mano de Royce.

—No… —Creyó oírle decir a Royce. — No, Zoé, esto… esto ha llegado demasiado lejos. Yo no creí… yo no planeé esto…

—Lo harás, tonto.

¿Estaban discutiendo? ¿Royce había cambiado de idea? ¿Acaso iba a ayudarla? Pues antes que Bella pudiera zafarse de los brazos de él, sintió otro par de brazos la rodeaban desde atrás. Zoé la agarró, apartándola de Royce, y la lanzó contra la barandilla, que ahora, con el movimiento del barco, estaba inclinada hacia abajo.

Un salvavidas de lona blanca con el nombre de Windhock había sido atado a la barandilla. Desesperadamente Bella se aferró a él, sintió que se desprendía. En seguida, se sintió caer.

Su grito fue ahogado por el súbito, horripilante golpe de agua contra su cara.

Estaba en el mar, ahogándose, vomitando, luchando para mantenerse a flote, por aferrar el anillo del salvavidas que, milagrosamente había caído con ella en el agua. Enormes olas rodaban hacia ella, coronadas con malignos, burbujeantes diamantes de espuma. Parecían clavarse sobre ella como si fueran a lanzar toneladas de agua contra su cabeza.

Entonces justamente cuando Bella gritaba horrorizada, se sentía levantada por una ola.

No supo cuánto tiempo pasó. Seguramente, fueron minutos nada más. Pero el Windhock ya se había alejado y se hacía cada vez más pequeño, aparentemente ignorante de que ella había sido arrojada al agua. Bella gritó hasta quedar ronca, pero los sonidos de las olas eran tan fuertes que se sobreponía a sus alaridos. El Windhock siguió alejándose hasta perderse en la oscuridad.

Ella quedó sola.

Sola en la superficie del mar y en medio de la oscuridad, su situación no era tan mala. No podía ser. Royce… él había protestado contra lo que hacía Zoé. Él le diría al capitán, ellos harían volver al barco y la recogerían. U otro notaría su ausencia, quizá el camarero. O… o llegaría el amanecer y uno de los vigías la divisaría flotando en el agua.

Empecinadamente, se aferraba a la esperanza. Se negaba a admitir que esto pudiera durar más de unos minutos, una hora. ¡Era imposible, imposible que tuviera que morir allí! Podía nadar un poco, había aprendido hacía años, en unas vacaciones pasadas en Brighton cuando era niña, con su padre. Tenía el salvavidas. Mientras siguiera aferrada a él y no perdiera el coraje, estaría bien. Todo lo que tenía que hacer, era esperar.

Esperar. Se hacía difícil. Pasaba el tiempo y el barco no volvía. Bella seguía ahogándose con las salpicaduras de las olas, luchando contra el deseo de vomitar la espantosa agua salada y amarga. Pronto advirtió con temor que su camisón de algodón se había vuelto más pesado por estar embebido de agua salada. ¿Y si el salvavidas también se empapaba y dejaba de sostenerla?

¡Horror!

Pero antes que pudiese pensar en ese temor, vio otra ola, enorme, dos veces más grande que cualquiera de las anteriores, y que venía hacia ella como una montaña amenazadora.

Bella soltó una exclamación y esperó que las toneladas de agua se precipitaran sobre ella.

Pero, la ola se elevó debajo de ella, levantándola. La golpeó con fuerza increíble, arrebatándole casi el salvavidas.

Bella escupió agua salada y esta vez vomitó. Después de unos instantes, se recuperó lo suficiente para cortar tiras del borde de su camisón y amarrarse al salvavidas.

Richard Chapman, capitán del Windhock, era inglés y hombre de acendrada rectitud. Su barba recortada era inmaculada, sus ojos trocitos de cielo azul que miraban a Edward con indisimulada desaprobación.

—¿Qué significa esto? Viene de ninguna parte, navegando en ese… ese barco pirata. —Señaló el cúter de Fuguero que ya había virado y se alejaba hacia Ciudad del Cabo; aunque Edward le había pagado para que aguardase. — Se hace subir a bordo como un delincuente. Bueno, quiero que sepa que se le exigirá el pago del pasaje completo hasta Marsella o tendrá que ´pagarlo con su trabajo. Y le advierto que yo exijo de mis hombres que trabajen duro, y lo consigo.

—Capitán Chapman, eso ahora no es importante. Usted tiene a bordo a una mujer llamada Bella Newton. Tengo razones para creer que ella está en grave peligro.

El capitán pareció ofendido.

—¿Peligro? No veo cómo eso pueda ser posible, esa mujer está a bordo de un barco de la White Star.

—Ella está en peligro, se lo aseguro. Por favor, no hay tiempo que perder. Lléveme a su cabina.

La expresión de urgencia de Edward y el tono autoritario de su voz por fin tuvieron éxito. Después de una fugaz vacilación, el capitán Chapman llevó a Edward por una escalerilla, a un pasillo inferior. Falta poco para el amanecer, y en alguna parte del barco, sonó la campana para el cambio de turno de guardia.

No bien Edward vio la cabina de Bella, su corazón dio un vuelco. El pequeño espacio estaba completamente revuelto. La cama estaba desordenada y varias tiras de encaje desgarrado, aparentemente de alguna prenda de vestir, habían caído al suelo junto a una muñeca, que Edward comprendió que debía pertenecer a Elizabeth. Su relleno de algodón estaba disperso en el suelo y sus miembros extendidos en posiciones extrañas. La muñeca era una réplica fantasmal de una mujer maltratada.

Edward miró fijamente la muñeca y sintió que, dentro de su pecho, el miedo se retorcía como una cosa viva.

El capitán Champan también quedó afectado por el horrible espectáculo de la muñeca rota.

—¡Dios mío! ¿Qué pasó aquí?

Edward hablo torvamente. —No lo sé, pero sugiero que de inmediato inicie una búsqueda de la señora Newton. No puedo decirle lo urgente que es.

—Pero… —El capitán miró ceñudo la muñeca. — ¿Pero cómo…?

—Ahora eso no importa —gimió Edward. — ¡En nombre de dios, hombre, empecemos a buscarla!


Y ya solo queda uno y espero contagiarles la impaciencia.

Gracias por la lectura.