Disclaimer: Los personajes de la Saga Crepúsculo son creación de la Sra. S. Meyer y la historia es adaptación de una novela de romance histórico. La producción de este fics es una mera actividad recreativa, sin fines de lucro.
20
De alguna manera, Bella duró el resto de la noche. En las largas horas de oscuridad, cayó en un sueño de agotamiento y sus manos se soltaron del resbaladizo salvavidas. Pero las tiras de su camisón la sostuvieron y cuando despertó, se encontró levantada hasta el vértice de otra enorme ola.
Pateó y luchó para mantenerse a flote, y lo logró. Ahora le dolía la garganta por el agua salada y las náuseas, pero por lo menos estaba viva, y podía ver que empezaba a aclarar.
Su esperanza aumentó. En una hora, el sol empezaría a elevarse y ella podría arrancarse los restos de su camisón y agitarlos en el aire como una señal para pedir auxilio.
Espero con impaciencia que aumentara la luz. Una vez, entre la serie de olas coronadas de espuma, creyó ver algo negro. ¿Un trozo flotante de madera? ¿Basura arrojada desde un barco? ¿Un delfín? O… contuvo aterrorizada la respiración… ¿o un tiburón?
Pero toda la noche se había negado a pensar en tiburones y ahora rechazó ese miedo horrible. Quizá si se quedaba muy quieta podría no llamar la atención de esos espantosos devoradores de hombres.
Lentamente, imperceptiblemente, el cielo iba poniéndose rosado. Otra ola la levantó. Bella se aferró automáticamente al salvavidas. Elizabeth, pensó, cuando el agua se abalanzó hacia ella.
Edward estaba enfurecido de frustración y enfermo de horror. Bella había sido arrojada por la borda, porque habían registrado el Windhock desde la sala de máquinas al salón, desde la bodega al puente. Edward había encontrado a Royce Swan, asustado en su cabina, con marcas de dientes en la mano. Golpeó al hombre contra el mamparo hasta que el capitán y dos marineros tuvieron que separarlo de su víctima.
—¿Qué hizo con ella?
—Vamos, señor Cullen… —el capitán Chapman trató de calmarlo, pero Edward apartó salvajemente las manos que querían contenerlo e ignoró el intenso dolor de su costilla rota.
—Dígame, Royce, dígame donde está ella o juro que lo mataré…
Royce se dejó caer contra el panel de caoba. Sus ojos brillaron de miedo. —Yo… yo no lo sé… ¡lo juro! Yo no sabía siquiera que ella estaba a bordo.
—¡Miente!
—No… no. De veras no estoy mintiendo.
Edward aferró el cuello del hombre y desgarró la vestidura clerical.
—Si no está mintiendo, ¿por qué se viste así? ¡Predicador! Usted jamás predicó un sermón en su vida. ¡No sabría qué hacer con Dios!
—Yo… de veras… —Royce abrió y cerró la boca como un pez, como si temiera a algo, o a alguien, todavía más que a Edward.
—Realmente, señor Cullen —dijo el capitán Chapman—. Dudo de que podamos hacer algo más con este hombre por ahora, y no tenemos tiempo. Voy a ponerlo en el calabozo. Mientras tanto, sugiero entreviste nuevamente a la tripulación. Uno de ellos puede haber visto algo.
—Está bien. —Edward miró a Royce con los ojos entrecerrados. — Lo dejaré… por ahora. Pero le digo esto Swan; creo que usted tuvo que ver en esto y yo voy a averiguarlo. Y cuando lo haga... —Dejó flotando la amenaza.
—Por favor… por favor… Yo no… yo no sabía….
Cerraron la puerta en la cara de Royce y fueron otra vez a cubierta, donde el capitán reunió a toda la tripulación cerca del castillo de proa. Un marinero de piernas encorvadas que no había sido interrogado antes, dijo que había visto una mujer en cubierta cerca de medianoche. La mujer era hermosa u parecía una dama a pesar de que tenía el cutis descuidado con pecas.
Bella. ¿Quién otra pudo ser? Más amo ese detalle que hablaba más de su carácter que de su belleza.
—¿Qué piensa hacer? —le preguntó Edward al capitán Chapman—. Debe virar el barco inmediatamente y empezar a buscarla. Es obvio que fue arrojada por la borda. ¡Dios mío, puede estar muerta!
Chapam asintió.
—Prefiero actuar en la esperanza de que no lo esté. Se ha sabido de hombres que sobrevivieron días en el mar, y hay historias de marineros perdidos que fueron salvados sobre las espaldas de tortugas marinas gigantes.
Mientras Edward soltaba una breve y furiosa exclamación, el capitán continuó. —Mientras tanto, trataremos de hacer algo más práctico. Ahora tenemos la hora en que ella fue vista por última vez. Eso me ayudará en mis cálculos. Puedo regresar a nuestra latitud de esa hora… y entonces empezaremos a movernos en círculos cada vez más amplios para registrar el área.
Edward quiso hablar, pero no pudo. Bella, pensó. ¿Ya se habría ahogado, ya su hermoso cuerpo se había hundido al fondo del mar para servir de alimento a los peces? ¿O todavía estaba viva, desesperada, asustada, luchando por mantenerse a flote?
No sabía siquiera si ella podía nadar.
Por favor Dios, pensó. Por favor, Dios… Recitó silenciosamente una plegaria. Bella tenía que estar viva. Era imposible que se hubiera ahogado. Tenía que estar viva.
Para Bella, el mundo se había vuelto nada más que agua y la luz del sol, olas, el esfuerzo contante por mantenerse a flote y el saber que todos sus esfuerzos eran inútiles.
Al principio no vio al Windhock, porque la silueta del barco se fundía con el sol de mediodía y sólo parecía otro punto frente a sus ojos. Después, cuando las olas volvieron a levantarla, vio el familiar casco largo y negro. ¡El barco! Navegaba hacia ella entre las olas, con una bandera de humo negro saliendo de su chimenea.
Bella nunca había visto nada tan hermoso. Agitó un trapo de señal, los restos de su camisón. Gritó y volvió a agitar la bandera, gritó hasta quedar ronca.
Entonces como en un milagro, vio que era arriado un pequeño bote y que tres hombres subían en él, pequeños puntos en la distancia, pero que cada vez se hacían más grandes, más reales. ¿Alcanzarían a llegar hasta ella? Bella se aferró con lo último de sus fuerzas al salvavidas y sintió que estaba a punto de desmayarse. Hasta que, por fin, después de lo que pareció una eternidad, unos brazos se tendieron hacia ella para subirla a bordo.
—¡Bella! —dijo alguien en voz ahogada—. Oh, Dios mío, mi amor, mi amor…
Era Edward.
Edward.
Bella decidió que estaba soñando que después de todo, no era más que una ilusión, un torturador capricho de su mente moribunda. Edward se inclinó sobre ella con una manta para cubrirla. Sus ojos tenían expresión de amor y lágrimas que Bella no había visto nunca.
—Edward… —logró decir ella—. ¿Eres tú? Eres nada más que un sueño…
Él la abrazó. —No. Soy real. —Ella sintió que él la levantaba con ternura infinita. — Y tú también eres real. Estas viva… ¡Oh, Bella!
Ella trató de mirarlo otra vez, pero una ola negra y pesada de sueño se abatió sobre ella, más pesada que las olas de agua. —Creí, creí que nunca te volvería a ver.
Bella creyó que él le dijo algo, pero no alcanzó a oírlo. El agotamiento la dominó y la arrastró hasta las oscuras regiones del sueño.
Oscuros. Confusos recuerdos.
Temblando tanto que se mordió la lengua y sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, la llevaron a bordo, envuelta en matas, tan apretadamente que no podía moverse. Se estremeció, gimió, entrando y saliendo del sueño, indefensa contra la oscuridad.
Durmió un rato. Después flotó despierta, consciente de que la acunaban los brazos de Edward. La voz de él le murmuraba, llena de ternura.
—Bella, tienes que beber… debes intentar tomar algo…
Ella trató de hablar y las palabras le salieron en una especie de confusa jerigonza. —La mano… lo mordí en la mano… ¡Royce! Él tomó El Corazón de Kimberley…
—Lo sé, querida. El capitán tiene ahora a Royce en el calabozo y todo está bien.
—¡No! ¡No! —dijo ella con esfuerzo. Todo parecía una pesadilla, algo que le hubiera sucedido a otra persona—. Yo desperté… las manos de él… y Zoé. El corazón de Kimberley… dentro de la muñeca.
—Shhhh. Tranquilízate ahora. Más tarde, cuando hayas recuperado, habrá tiempo de sobra para hablar. El capitán ha hecho virar el barco y nos llevará a Ciudad del Cabo. En cuanto al diamante, hemos ordenado un registro de la cabina de Royce, aunque él dice que lo arrojó por la borda. Sé que era amante de Zoé, pero ella no podrá hacerte daño ahora. Yo te protegeré. Ahora bebe, querida, trata de tragar esto. Es caldo de pollo y también hice preparar un excelente té negro.
Obedientemente porque sentía la cabeza pesada y no le era posible concentrarse en nada, Bella hizo lo que Edward le pedía. El caldo estaba caliente y sabía a pollo y tomillo, y el té pasó por su garganta con un efecto calmante. A los pocos segundos, volvió a dormirse. Ondas líquidas y espesas de sueño la cubrieron como una marea.
Zoé estaba junto a la barandilla, respetuosamente detrás de la señora Godivan, la viuda inglesa que la había contratado para que la acompañara a Francia como doncella. El Windhock otra vez estaba atracado en Ciudad del Cabo. Sus pasajeros reían y platicaban en cubierta, intrigados por esta variación del itinerario.
Zoé escuchaba atentamente las conversaciones. Todos querían saber por qué regresaban. ¿Quién era la misteriosa mujer que yacía inconsciente en la cabina del capitán, cuidada constantemente por un hombre de pelo rojizo y expresión sombría? Otro hombre —¡un predicador! — estaba aparentemente encerrador en el calabozo y sería desembarcado en Ciudad del Cabo, donde lo interrogarían por un delito que supuestamente había cometido. Decían que había querido matar a la mujer arrojándola por la borda. Todo era muy interesante.
Que hablen, pensó furiosa Zoé. Ella se había encargado de todo. Había puesto hojas de sueño en el té que llevaron a la cabina de Bella, ataría su lengua por días. Había logrado acercarse a la puerta del calabozo donde se encontraba Royce y susurrar una amenaza por la hendidura. Si Royce hablaba… si decía algo acerca de lo sucedido la noche que Bella cayó por la borda, ella lo mataría.
Lo haría lentamente, lo amarraría cerca de un hormiguero, le untaría la cara, las manos y los genitales con miel, como hacían los salvajes para castigar a sus enemigos. Después, le rebanaría los párpados a fin de que tuviera necesariamente que mirar el sol mientras era comido vivo por las hormigas y le amarraría su alma para que nunca descansara en paz. Caminaría muerto por el resto de los tiempos. Y Royce así lo creyó pues había visto una luz verde mortecina en la mirada de su querida. Una luz infernal que hablaba de locura y oscuridad y tuvo miedo…, real miedo de sus palabras.
Con gran fastidio de su empleadora, Zoé también había fingido un intenso mareo a fin de poder permanecer en su cabina, fuera de la vista de Edward.
De modo que estaba a salvo. Había usado a Royce, él le había servido muy bien. Ahora debía depender otra vez de sí misma, y de su familia, seis miembros de ella, la habían acompañado a Ciudad del Cabo.
Allí cerca, la señora Godivan, hablaba en tono autoritario al camarero. Las dos holandesas rieron y señalaron el Table Mountain como si no lo hubieran visto el día anterior. Que rieran. Que miraran con curiosidad cuando Bella fue sacada del barco en una camilla.
¿Qué importaba?
Lo intentaría otra vez. Más tarde, cuando hubiera tiempo para hacer planes. ¿Acaso los espíritus no estaban enfadados con Bella? ¿Acaso no querían apoderarse de ella? Zoé tocó el bolsillo de su uniforme negro, donde tenía un saquito de gamuza. El saquito pesaba contra su muslo, con el peso de dos diamantes. ¡Dos! Refulgentes, brillando intensamente con su fuego, con la llama interior que los consumía.
Con los diamantes tenía pensado hacer una magia poderosa, lo suficientemente poderosa para reducir a cenizas a Bella Newton y con ella a Edward. Sí, Edward, a quien ahora odiaba tan intensamente como a Bella.
Diez minutos más tarde, cuando el barco amarró en el muelle, Zoé estuvo entre los primeros que bajaron por la planchada. Con gracioso andar, desapareció en la ciudad…
Bella y Edward pasaron tres semanas en Ciudad del Cabo, recuperándose de la ordalía pasada y compartiendo los meses y años que habían estado separados.
Edward le contó de Tanya y de cómo no había sacado de su bolsillo el collar de diamantes, sino que había dado la media vuelta y se había marchado. Trato de explicar por qué se sintió años embargado de culpa, por haber liquidado los bienes de su ex esposa y como sentía que debía resarcirle.
También había terminado con Zoé y ahora planeaba regresar a Kimberley por Lilah, su hija, a fin de criar a la niña en su propio mundo. Bella escuchó, comentó y asintió, mientras sentía como si su cara estuviese cubierta por una máscara de vidrio que se rompería al contacto más leve.
Ella le habló de su matrimonio con Mike, de su lucha en la mina, del nacimiento de Elizabeth y le confirmó entre sollozos que era su hija y él le dijo que en su corazón lo presentía y juró que cuidaría de ellas como siempre debió hacerlo.
Lentamente la costilla de Edward sanó y él pudo caminar y respirar sin el dolor que lo había torturado tantos días.
Pero la recuperación de Bella fue más lenta. Ella había pasado doce horas en alta mar. El terror, la lucha por sobrevivir, la habían dejado debilitada. Pero ella sabía que también su mente está afectada. El ver la cara de Edward, sentir sus brazos alrededor de ella, saber que él había venido a buscarla… todo eso fue el momento más gozoso de su vida.
Pero también el más amargo.
A lo largo de los años, ellos se habían entregado uno al otra varias veces. ¿Por qué tenía que ser diferente ahora? ¿Podía Edward ser suyo de veras ahora? ¿Estaba por fin la felicidad al alcance de la mano? Casi era demasiado perfecto para ser real. Quizá no era real. Pensó que algo, quizá, podía suceder y estropearlo todo.
Tomaron dos habitaciones contiguas en un pequeño hotel inglés de la calle Alderley y Edward contrató una enfermera para que atendiera las necesidades personales de Bella. La señora Cootze era una holandesa maternal, afectuosa, charlatana y agradable que supuso que Edward y Bella estaban casados.
Bella descansó varios días más, tratando de leer las novelas que Edward le traía. Pero de pronto, su humor cambió. El cuarto de hotel súbitamente pareció cerrase a su alrededor, causándole ansiedad y claustrofobia. Ya no podía leer las novelas y se preguntaba qué pasaba con ella.
—Alquilemos un carruaje y demos un paseo por las afueras de Ciudad del Cabo —le sugirió a Edward un brillante día de sol.
—Querida, ¿crees que estás lo suficientemente fuerte para…?
—¡Claro que estoy fuerte!
—No, Bella, apenas has salido de esta habitación desde que llegamos a Ciudad del Cabo. Comes muy poco y estás flaca como un antílope recién nacido.
—Bueno, ahora quiero caminar —replicó ella con un mohín—. Quiero salir, ¿o acaso deseas que viva siempre como una inválida?
—Claro que no, Bella, y tú lo sabes.
—¡Entonces, salgamos al campo! Quiero salir de esta habitación, es… es demasiado pequeña y aquí no puedo respirar.
—Querida. —Edward le tomó una mano y se inclinó para besarla suavemente en la frente. — Yo quiero que te mejores.
—Lo… lo sé —dijo ella con voz ahogada—. Es solo que…
Se le llenaron los ojos de lágrimas, que secó con irritación. —No sé por qué me siento así, Edward. Lloro por nada. Tú te preocupas por mí y yo muestro fastidio contigo. No te culparía si decidieses dejarme en Kimberley después…
—¿Dejarte? —Edward la miró intensamente. — ¡De modo que es eso! No, Bella, yo no voy a abandonarte jamás, no podría hacerlo. ¿No te conté acaso todo lo que sucedió con Tanya? Ahora voy a rectificar ese error, aunque me lleve el resto de mi vida. Pasaré toda mi vida amándote, Bella…
—Edward…. —Bella sintió como si la máscara que la encerraba hubiese empezado a resquebrajarse.
—Te amo, Bella, y te amaré siempre —dijo Edward con voz ronca, y la tomó en sus brazos.
Bella se derritió contra él. Lágrimas calientes brotaron de sus ojos.
—Querida, creo que sé qué te pasa y sé que también me pasa a mí. Oh, Dios. acabemos esta tortura. Necesito tocarte, abrazarte, sentirme dentro de ti… —La respiración de Edward se había acelerado. Sus dedos empezaron a desabrochar los botones que cerraban la espalda del vestido de Bella, hasta que una mano se deslizó entre la tela y la piel. La sensación de ese contacto contra su piel fue tan electrizante que Bella pensó que iba a desmayarse.
Febrilmente, ella empezó a ayudarlo. Se quitó el vestido, la camisola, el corsé y las enaguas como si toda la vida hubiese estado esperando quitárselos para entregarse a su amado.
Edward se quitó las ropas y en un momento estuvieron en la cama, abrazados uno contra el otro.
Edward respiró profundamente, gimiendo de deseo, Bella se estremeció y tembló, olvidándose de sí misma en este salvaje momento de pasión.
Él depositó pequeños y suaves besos en el cuello de Bella, en el hueco de la garganta, en las clavículas, y después pasó su lengua por la curva del esternón y la suavidad de los pechos. Le lamió los pezones hasta que se convirtieron en duros, deliciosos, capullos de placer. Le besó el ombligo, el vientre plano, en las líneas sobre el suave y sedoso triángulo. Acarició la carne de los mulso y la besó allí.
Bella no pudo soportar más. Lanzó una exclamación y rodaron juntos en un paroxismo de deseo. Edward descendió sobre ella con su sexo fuerte y duro. Bella se abrió para recibirlo, y sintió la primera penetración, larga, suave, que desencadenó una violenta oleada de sensaciones que creció con cada golpe.
Edward la montó, la guio, se entregó a ella, hasta llegar a un pico de placer tan cegador y poderoso que Bella lanzó un grito de gozo intenso y salvaje.
Más tarde, descansada entre los brazos de Edward, apoyada su cabeza contra el pecho de él, completamente en paz, contenta consigo misma, y con él, sintió que llamaban a la puerta.
Fastidiado por la interrupción, Edward se levantó y se puso su ropa. Fue hasta la puerta, la entreabrió.
—¿Quién es? ¿Qué quiere?
—Un mensaje —dijo una voz africana—. Para la señora Newton.
—¿Un mensaje? ¿De quién? —con impaciencia, Edward tomó un papel doblado de la mano del hombre, encontró una moneda y se la entregó. Cerró la puerta. —Creo que esto debe ser para ti.
Bella sintió un súbito temor cuando se sentó en la cama y tomó el papel. Sus manos temblaban. Abrió el papel.
ELIZABETH CON FIEBRE. REGRESA URGENTEMENTE ANTES QUE SEA DEMASIADO TARDE. ALICE.
El mensaje la hirió como un martillazo. Bella sintió que su corazón daba un salto. Sus ojos se clavaron nuevamente en la nota y la releyeron.
Toda la alegría que había sentido hacía unos momentos haciendo el amor, se desvaneció. Elizabeth, su hijita, la hijita de ambos… Y ella había dejado que Elizabeth luciera El Corazón de Kimberley, en la recepción que hicieron para mostrar el diamante. Dios, ¿lucir el diamante había traído mala suerte a la niña?
—¿Querida? ¿Qué sucede? —preguntó Edward, preocupado.
Bella le entregó la nota, se levantó de la cama y se vistió con manos trémulas. Tenía que regresar a Kimberley. De alguna manera, tenía que llegar junto a Elizabeth.
Los caballos descansaban cerca de ellos y Edward había cortado arbustos espinosos a fin de formar un círculo alrededor del campamento, que protegiera los animales de los leones que pudieran estar en la vecindad. También habían traído dos perros boers, enormes, corpulentos, que los alertarían con sus ladridos si algo o alguien se acercara.
Era dos días después de recibido el menaje y estaban en camino de regreso a Kimberley, cabalgando largas horas, acampando sólo brevemente, exigiendo los caballos al límite.
—Eres una mujer valiente, Bella, pero de nada le serviría a Elizabeth que llegaras a Kimberly medio muerta.
—¡Pero estamos demorándonos por mi culpa! —dijo ella.
—No, no es así, querida. Los caballos también necesitan descansar.
Bella no supo responder y cuando Edward la levantó de la silla de montar, accedió obedientemente. Ahora estaban acampando en un grupo de arbolitos espinosos disponiéndose a dormir en el suelo. Arriba, la luna brillaba como una moneda y parecía mirarlos con expresión burlona.
Pese a su cansancio, Bella no podía dormir. Seguía mirando al cielo, oyendo la profunda respiración de Edward a su lado y los movimientos inquietos de los perros. El aire estaba diferente, pensó Bella. Hacía un rato, en el horizonte sobre la baja cadena de montañas hacia el sur, Bella había creído ver el fulgor de un relámpago.
Se estremeció al pensar que había algo que la inquietaba desde la partida de Ciudad del Cabo. Mientras cabalgaba, había estado tratando de descubrir que podía ser. Tenía que ver nuevamente el mensaje. La letra grande, despareja, como si el autor hubiese aprendido alguna vez a escribir, pero ahora le faltaba práctica.
Trató de recordar si alguna vez había leído una nota escrita por Alice. Decidió que no. Entonces recordó la nota que Alice le había enviado a la cárcel, Alice había sido escueta, pero… Sí. Claro que Alice escribió el mensaje, se dijo. Alice había despachado el mensaje, probablemente con uno de los carreteros que iban al Cabo. Ella sabía que…
Entonces, Bella quedó paralizada.
¡Alice creía que estaba a bordo de un barco viajando a Francia! ¿Cómo puso saber que Bella y Edward estaban es ese hotel de Ciudad del Cabo?
Por un instante, Bella quedó inmóvil. Después apartó las mantas y empezó a sacudir a Edward.
—¡Edward… Edward la nota! ¡No era de Alice, no pudo ser! ¡Algo anda mal!
—Mmmm querida… —Edward, dormido, estiró una mano y le acarició los pechos. Frustrada, Bella lo golpeó en el brazo.
—¡Edward! ¡Edward! ¡Despierta! Ese mensaje no puo ser de Alice porque nadie sabía que habíamos regresado a Ciudad del Cabo y fue entregado en nuestro hotel…
Edward se sentó rápidamente. —Dios mío, creo que tienes razón. Maldición, nos han engañado para que viniéramos a la sabana.
—¿Engañado? —Bella sintió que le temblaba la voz.
—Sí. Elizabeth no está enferma… nunca lo estuvo.
Bella miró el rostro sombrío de Edward y se sintió llena al mismo tiempo de alivio y de alarma.
—Entonces… entonces, eso significa…
—Eso significa, querida, que debemos regresar urgentemente a Ciudad del Cabo.
Edward mantenía su pistola preparada y una postura alerta. Bella cabalgaba aturdida, tan cansada que le costaba un esfuerzo enorme mantenerse en la silla. Sin embargo, sabía que debía seguir. Edward parecía lleno de sombría determinación, y una vez, cuando oyeron el trueno distante y amenazador, él detuvo su caballo a escuchar.
—¿Qué fue ese ruido? —preguntó Bella deteniéndose junto a él.
—Truenos. Esta es la estación veraniega, Bella. Puede llover.
Siguieron cabalgando, cambiando frecuentemente los caballos y Bella tratando de ocuparse con pensamientos normales y ordinarios.
Para el amanecer, habían recorrido más de treinta kilómetros. Estaban acercándose a una de las largas hileras de rocas que dividen la tierra, elevándose entrecortadas en las sombras purpúreas. En el horizonte, la línea de picos de las montañas era todavía de un débil color lavanda que se aclaraba gradualmente con la salida del sol. Edward detuvo su caballo y miró hacia adelante.
—Esas rocas… no me gustan, Bella.
—¿Sucede algo malo?
—No lo sé. Espero que no. Sin embargo…
Sucedió de repente. Uno de los perros lanzó un suave gemido que se convirtió en un aullido desgarrador cuando un assegai voló por el aire y se clavó hasta la empuñadura en el flanco del animal. El otro perro se abalanzó hacia adelante, pero otro dardo se clavó en el cuello.
Bella estaba demasiado horrorizada para gritar o hacer otra cosa que tratar de controlar su montura, que había empezado a encabritarse... Oyó un disparo de pistola y el grito airado de Edward.
Entonces una figura humana surgió de las sombras de las rocas y corrió graciosamente hacia ellos. Plumas de avestruz se agitaban en su cabeza, y ornamentos de cuentas en los brazos y las piernas le prestaban un bárbaro esplendor a su piel morena.
El odio como una corriente de venenosa virulencia llenaba a Zoé mientras corría hacia ellos. Alrededor de su muñeca llevaba ajorcas de garras de leona, y bajo la lengua se había puesto un trocito de corazón seco de león.
Se sentía totalmente consciente, totalmente viva, y cuando vio la mano de Edward que levantaba la pistola, cuando oyó el relincho asustado de los caballos, no tuvo siquiera que ordenarle a su cuerpo que hiciera lo que había que hacer. Rápidamente su brazo lanzó el assegai en un preciso movimiento…
Pesadilla: ¿en qué consistía? Gritos, gritos salvajes y animales, disparos de pistola, el propio grito aterrorizado de Bella. Todo pareció suceder tan rápidamente, en el espacio de un segundo: el assegai, volando por el aire, atravesando la parte carnosa del brazo de Edward, de modo que tuvo que dejar caer la pistola. Él le había gritado que corriese, que huyera, pero no hubo tiempo de nada. Casi inmediatamente ella fue rodeada de figuras pintarrajeadas, salvajes encarnaciones de espíritus que la amarraron con tiras de cuero crudo y la arrastraron hacia las sombras de las rocas.
Ahora fueron llevados a una tienda erigida en una depresión, alrededor de un gran árbol espinoso. Edward y Bella fueron amarrados al tronco, con las manos atadas con tiras de cuero. La sangre manaba de la herida de Edward y manchaba las correas y la ropa de ambos.
Todo parecía irreal. Zoé y las otras mujeres —porqué eran todas mujeres, vestidas con plumas, ornamentos, y la pintura de los zulúes— los habían capturado. Ahora estaban, aparentemente entregadas a una ceremonia privada.
Nuevamente Bella tuvo que rechazar la imagen de los espíritus de la noche. Todo esto era de factura humana. Había música, producida por tambores y un instrumento de metal que Bella había oído mencionar como piano cafre. En Kimberley, los sonidos habían sido discordantes, hipnóticos. Aquí en la sabana, la música parecía sonar en armonía con el aterrorizado palpitar de la sangre de Bella. Este efecto era aumentado por el canto de las mujeres. Las voces subían y bajaban con sonidos totalmente primitivos y salvajes.
—¿Qué… qué está ocurriendo? —le susurró a Edward, casi sin mover los labios. Estaba aterrorizada por los extraños sonidos, el intenso olor a grasa animal, almizcle, sudor y el humo del fuego que había sido encendido con estiércol animal y cuyas llamas ardían lentamente.
—Magia. —Edward lo dijo torvamente. — En apariencia esta es la idea que tiene Zoé de la venganza… hechizarnos.
—¿Hechizarnos?
—Me temo, Bella, que ella se ha vuelto loca por los celos y por su obsesión con los espíritus. —Edward hablaba con cansancio a aprensión, y Bella supo que para él era una lucha hablar. Había perdido mucha sangre por la herida. — Ahora ella es totalmente impredecible y nosotros debemos tratar de esperar que…
Pero no pudo terminar la frase. El canto, los tambores, la salvaje música se hizo más fuerte, llegando a un clímax disonante, que pareció retumbar dentro de la cabeza de Bella.
Entonces, abruptamente, toda la música cesó.
En el terrible, profundo silencio, que siguió, Zoé entró en la tienda.
Bella ahogó una exclamación, porque esta era una Zoé sinuosamente hermosa. Estaba totalmente desnuda excepto un pequeño taparrabo que le cubría los muslos. Su piel había sido pintada con símbolos negros y ocres y extrañas rayas rojas le cruzaban la cara.
Bailando, girando, Zoé se les acercó. Su cuerpo brillante era magnífico. Sus curvas hicieron pensar a Bella en una sacerdotisa, una diosa. O quizá un espíritu, una de las deidades que Zoé adoraba.
—Usted. —Zoé se detuvo delante de Bella y la música y los cantos volvieron a empezar. Un denso olor almizcle y hierbas salía del cuerpo de Zoé. — Usted no pertenece aquí. Los espíritus desean que usted se marche… y yo los ayudaré.
Bella sintió un espasmo de miedo.
—Zoé —empezó—. Por favor, déjenos ir. Edward está herido y necesita que le laven y venden la herida. Supongo que ahora usted tiene el diamante rojo y no me importa. Puede guardárselo, haga los que quiera con él. Pero déjenos en libertad. Usted no nos necesita y…
—No. —En el resplandor del fuego, la expresión de Zoé fue venenosa.
A su lado, Bella vio que Edward se había desplomado contra las tiras de cuero y estaba tratando de detener la hemorragia de su herida presionando contra las correas que lo sujetaban. Pero su cara estaba pálida y ella sabía que solo con gran esfuerzo él se mantenía consciente.
Miró a Zoé, rogando que no se notara el terror que sentía.
Por un instante, Zoé sostuvo la mirada de Bella con ojos desafiantes, burlones. Después con un gesto de desprecio, reinició su danza. Se volvió y levantó algo. Cuando se volvió, Bella vio que Zoé se había puesto El Corazón de Kimberley. El diamante color rubí brillaba ahora en su garganta con reflejos llameantes.
—Tranquila —le susurró Edward—. Esto es una ceremonia, Bella, un simbolismo. No demuestres tu miedo, no importa lo que suceda.
No importa lo que suceda, Bella supuso que Edward trataba de tranquilizarla, pero la frase sonó ominosa. Se sintió vacilar contra el apoyo que le prestaba el tronco. Tuvo una súbita, intensa necesidad de orinar. Iban a matarlos. De pronto, tuvo la seguridad de que iban a matarlos.
Las otras mujeres volvieron a unirse a la danza, sin dejar de cantar. Una de ellas tomó un puñado de hierbas secas y lo arrojó al fuego. Inmediatamente se elevó un humo ocre, espeso y sofocante. Sin embargo, su olor era curiosamente estimulante.
—Eso es dagga —susurró Edward—. Es una hierba alucinógena, puede producir un frenesí…
En ese momento, un animal pequeño fue abierto en canal con un assegai. Las entrañas rojas, repugnantes, fueron arrojadas a la cara de Bella, quien ahora tuvo que luchar no sólo contra el terror sino, también, contra la repulsión. Teki la mujer que sostenía el animal muerto, soltó una aguda carcajada.
—Algo va a suceder pronto —le advirtió Edward—. Quiero que estés preparada.
—¿Preparada? ¿Pero qué debemos hacer? Oh Edward…
—Esperar, eso es todo. Quizá la naturaleza nos ayude querida. Estoy seguro de que va a ayudarnos.
La música se elevó y en seguida otra vez hizo silencio. Una nueva clase de silencio, denso, dramático. Otra figura entro a la tienda.
Bella oyó que Edward exclamaba dolorido.
—Lilah… ¡no, Dios, no!
La nueva danzarina era más pequeña que las demás, de cuerpo delicado, pero majestuoso, envuelto en una piel de leona. En su cuello, brillando en el resplandor de las llamas, había un segundo Corazón de Kimberley. La niña lo lucía con serena majestad.
—Edward, esa es… ¿puede ser tu hija? —exclamó Bella.
—Sí. Es Lilah, y aparentemente están usándola. Como que esto es parte de su iniciación a la magia, y creo que Zoé desea que ella me vea morir. Quizá hasta que me mate, como prueba de que es digna de ser iniciada.
—Oh, Dios mío…
Bella ahogó un grito. Nunca había visto antes a Lilah, pero Edward le había hablado de la sorprendente belleza de la niña, de su interés por el mundo, de su mente rápida y brillante.
Ahora observó a la niña que se movía dentro de la tienda como una marioneta, como un autómata. Después se inclinó hacia el fuego como las demás para aspirar el humo de dagga.
Bella estaba horrorizada ante tanta maldad, ante la crueldad de obligar a una niña a que hiciera eso.
Pero, aparentemente, Lilah deseaba estar aquí. Hacía solamente lo que le habían enseñado, cumplía un destino que había sido planeado para ella.
El miedo se enroscaba como una serpiente dentro del pecho de Bella. De pronto, vio que Zoé le entregaba un objeto a Lilah, algo que brillaba como plata.
Un assegai. Una larga espada zulú, con la empuñadura toscamente adornada con una docena de topacios y diamantes en bruto y la hoja reluciente, Un assegai… destinado a hundirse en un cuerpo humano.
—Ella va a matarme —dijo roncamente Edward. Éste es su momento, todo ha sido para esto. Si ella me despacha fríamente y con coraje, si me hunde la espada en el corazón…
—¡Basta! —Bella pensó que iba a perder la razón. Edward, tenemos que hacer algo. Tenemos que…
La niña avanzaba ahora hacia ellos con los ojos llenos de determinación. Parecía no reconocer a su padre.
—Te amo, Bella… sobre todo lo demás, recuerda eso —susurró Edward—. Y no importa lo que me suceda a mí, no demuestres temor. Quizá eso hará que las cosas sean más fáciles. Si tan solo tuviéramos más tiempo. Escúchame Bella, pronto algo sucederá y tienes que ser fuerte. No te preocupes por mi suerte, pero prepárate para aferrarte a este árbol y vive. Vive por mí, por nuestra hija. Oh, Dios, amada mía, perdóname por no haber podido cuidarte…
Fuera de la tienda, hubo un trueno repentino y enseguida empezó a llover. El agua cayó sobre la tienda y truenos intensísimos estremecieron el aire, en un gigante y abrupto cataclismo de la naturaleza. Era la lluvia que Edward esperaba. Y también el fin, pensó Bella febrilmente. Esto no está sucediendo, esto no es real…
Lilah apuntó el assegai hacia Edward.
Pero en vez de clavárselo en el pecho, giró la hoja hacia abajo y cortó las tiras de cuero que sujetaban su pecho al tronco del árbol. Instantáneamente, Edward se desembarazó de las demás tiras de cuero y saltó hacia adelante, mientras Zoé gritaba. Edward aferró a su hija de un brazo y con la mano herida, tomó a Bella.
Juntos salieron corriendo de la tienda, hacia la lluvia.
—Miren —dijo Lilah, paralizada—. Se ha ido. Todo… ya no queda nada. —La voz de la niña era suave, aguda, atemorizada.
Eran alrededor de veinte minutos después. La lluvia había cesado tan abruptamente como comenzó y el aire estaba lleno de olores a tierra húmeda, a vida y a ozono. Salía el sol derramando su luz sobre la sabana.
Los tres estaban sobre un afloramiento de roca y miraban hacia abajo, hacia el lugar donde apenas hacía algunos minutos la tienda de Zoé había estado, alrededor del tronco de un árbol. Ahora no quedaba nada. Ni la tienda, ni las bailarinas semidesnudas, ni siquiera el árbol. Todo había sido arrastrado por la torrencial riada que, como una gigantesca muralla de agua, había llegado velozmente por el lecho seco. Su origen había estado es alguna parte, en la pared de montañas que se elevaban en el horizonte.
—Dios mío —susurró Bella. Se soltó de Edward y con sus brazos rodeó protectoramente a Lilah, quien temblaba por la impresión. —Sucedió tan rápidamente que apenas puedo creerlo. En un momento estaban ahí y…
Se detuvo pues no pudo hallar palabras adecuadas. Muerte. Tan súbita que pareció un espejismo, un capricho de la naturaleza. Zoé muerta, con El Corazón de Kimberley todavía alrededor de su cuello como una maldición, desaparecida para siempre, arrastrada por las aguas.
—Supe que había levantado su tienda en el lecho seco —dijo Edward—. Ella había vivido en África toda su vida, no sé por qué lo hizo. Pero lo hizo. Me temo que África es un continente de violencia, no solo en la naturaleza sino en la gente. Sólo espero que Zoé haya encontrado por fin un poco de paz.
Largos momentos permanecieron en silencio, observando como desaparecían las aguas de la inundación. En alguna parte, una hiena lanzó un grito escalofriante y burlón. Bella se estremeció, automáticamente se abrazó más fuerte a la niña que los había salvado. La niña se dejó abrazar extrañada por el gesto que pocas veces le habían prodigado y pasado un tiempo se enderezó para prestarle a su padre, la atención de su herida. Con increíble calma, juntó unas plantas en la formación rocosa con las que cubrió la herida del brazo de Edward, mientras Bella le ayudó a improvisar una venda con un trozo de su vestido.
Mi madre hizo magia —dijo Lilah de pronto—. Pero yo todavía tengo conmigo algo de esa magia. —Buscó debajo de la piel que la cubría y saco el diamante rojo, que entregó a Bella. — Esto te pertenece.
Temblando, Bella tomó el pendiente. La piedra brilló en el sol, oscura, con fuego contenido. Lentamente Bella la volvió y buscó la pequeña marca que había sido hecha por el joyero, meses atrás en Ámsterdam, para distinguir fácilmente de la auténtica. Era la réplica, la imitación lo que ahora tenía en sus manos.
Levantó los ojos y vio que Edward la miraba con intensidad.
—Una vez —susurró ella— creí que El Corazón de Kimberley tenía la respuesta a todos mis sueños. Supongo que yo era entonces como Zoé; creí que la piedra tenía una suerte de magia, algo que cambiaría mi vida para siempre.
La sonrisa de Edward fue amable.
—Pero no hay ninguna magia, ¿verdad?
—No. Creo que no la hay —dijo ella con una sensación de alivio, como si se hubiera librado de algo—. Un diamante es solamente un trozo de carbón endurecido, nada más.
Edward sonrió y la rodeó con un brazo.
—Las personas son lo más importante, unos más…, tú y yo, y las personas que amamos. Y nosotros podemos hacer nuestra magia, nuestra propia magia, Bella… si queremos.
Ella sintió los ojos húmedos de lágrimas cálidas, felices, cuando Edward la estrechó más. Saboreó el calor de él, su fuerza, la sensación de seguridad que le venía de saber que lo tendría para siempre cerca.
Y supo lo que había querido decir Edward al hablar de magia. Ahora regresarían a Kimberley con Lilah. La criarían como a una hija de ambos, como a una hermana de Elizabeth, empezarían de nuevo. Y su amor sería la magia que los uniría sólidamente, la alegría que animaría sus corazones.
Arriba el sol africano los contemplaba. Más tarde ardería sobre la sabana. Pero ahora brillaba dentro de un nimbo de niebla, tibio y suave, como una promesa de futura felicidad…
Amigas lectoras: llegamos al final de esta historia y espero el sitio siga por mucho tiempo más para volver a encontrarnos en esta sana adicción.
Hasta la próxima. Saludos de la Querida Hermana.
