SEGUNDA PARTE
LA REINA DE LAS MENTIRAS
Disclaimer: Es una adaptación de unas de mis escritoras favoritas, talvez siga haciendo y espero que les guste la adaptación. Apoyen a la autora.
La reina de las mentiras © Whitney G.
Ranma © Rumiko Takahashi
Adaptación © FandomMLB
AVERTENCIA: Lengua vulgar, lemon para mayores de 18 años están avisados si lo leen solo está en sus responsabilidad.
CAPITULO 7
AKANE
PASADO
— ¿Adónde quiere ir, señorita? —El conductor me sonrió cuando me metí en el taxi.
—Al 120 de Park Avenue.
Asintió y se incorporó a la calle mientras yo me abrochaba el cinturón de seguridad. Saqué el teléfono del bolso, encendí la cámara de fotos y le eché una última mirada a mi maquillaje. Con los párpados cubiertos de una sombra de color rosa brillante y los labios pintados de un tono rojo que resaltaba sobre la base de maquillaje que ocultaba las pecas, casi parecía una top model en la portada de una revista de moda. O, por lo menos, estaba tratando de convencerme de que ese era el caso.
Mientras añadía un poco más de colorete a mis mejillas, el teléfono empezó a vibrar contra la punta de mis dedos con una llamada.
«101-088-8076…».
¡Bzzzz!
«101-088-8076…».
Agg…
Era el mismo número que me llamaba mañana, tarde y noche sin ningún motivo. Durante varios meses seguidos. Lo había bloqueado muchas veces, pero, de alguna manera, se las arreglaba para conseguir llamarme.
Bloqueándolo de nuevo, revisé el correo para asegurarme de que mi jefa no me había enviado ninguna petición de última hora. Aunque tampoco podía hacer nada al respecto durante las dos próximas horas. Esa era mi noche de baile en el escenario del Club Swan, y no podía perdérmela.
Literalmente, no podía permitírmelo.
Por mucho que tratara de convencerme de que solo bailaba para mí misma, para lidiar con el dolor, sabía que era mentira. Últimamente bailaba por mucho más que eso.
Mi futuro estaba en juego, y estaba dispuesta a hacer lo que fuera necesario para asegurarme de que podía configurarlo justo como yo quería.
Sin embargo, había caído en la peor parte del juego entre la muerte de mi madre y mi trabajo en Vogue. Empecé a usar mi memoria fotográfica a mi favor y adopté el desafortunado hábito de robar a algunos de los clientes más ricos, memorizando el número de las tarjetas de crédito con las que pagaban.
Al principio, eran solo veinte dólares aquí o allá, cincuenta para pagar el taxi a casa, cien para reemplazar la correa de plata de un zapato. Pero con el tiempo, me di cuenta de que cincuenta dólares eran para esos hombres como cincuenta centavos, y al contrario de lo que la mayoría de la gente cree, trabajar como editora de Vogue no estaba bien pagado. (El verdadero valor estaba en el renombre, y en durar en el puesto lo suficiente para hacerse notar y dejarse pisotear por una empresa que puede pagar más).
Desde fuera, la mayoría de la gente asumía que mi estilo de vida era el que cualquiera soñaba, pero no sabían ni la mitad.
Todas las piezas de mi guardarropa de seis cifras eran préstamos del fondo de Vogue. Mi apartamento de un millón de dólares era un regalo de mi padre, y cuando los abogados arreglaron las cuentas de la herencia de mi madre y pagaron sus impuestos, todo lo que quedaba eran unas pequeñas deudas que me tocó pagar.
No tenía nada.
Claro, podría haber aceptado fácilmente la herencia de los bienes de mi padre, pero sabía que había condiciones para recibir esos millones. No se trataba solo de «Aquí tienes, ten tu dinero y vete». Era más bien: «Aquí está este sueldo que puede parar en cualquier momento», concretamente cuando dejara de practicar el juego de mi padre. Cada vez que me negara a ir a un evento donde él quería que estuviera, cada vez que me negara a ir acompañada en sociedad para una cálida recepción de la prensa. A pesar de que poco a poco nos llevábamos mejor, sabía que mi padre nunca me dejaría usar su dinero para vivir mi propia vida; me pediría cuentas, de una forma u otra.
Sin embargo, tenía grandes sueños fuera de esta ciudad, y al ritmo que estaba ahorrando —vale, robando—, podría tener mi propia casa de diseño y trabajar para mí misma a finales del año siguiente.
Mientras me ajustaba los pendientes, volvió a sonar mi teléfono en el regazo. Era Ranma.
— ¿Hola? —respondí.
—Hola, Akane —dijo con voz grave—. Te devuelvo la llamada de antes. ¿Ha pasado algo malo?
—No, solo me preguntaba qué ibas a hacer esta noche.
—Estar contigo. —Dejó salir una risa baja—. Pero antes de eso iré a una función privada de Wicked en el teatro Gershwin. Será alrededor de las diez. Me encantaría que me acompañaras, si quieres.
— ¿Desde cuándo una obra de Broadway ofrece funciones privadas?
—Me ha invitado uno de los productores ejecutivos. —Había una sonrisa en su voz—. Una de las compañías que poseo invierte mucho dinero en espectáculos de Broadway. Esta es la forma de darme las gracias.
Arqueé una ceja. Era la enésima vez que decía «Una de las compañías que poseo», y que se dedicaba a algo completamente diferente a cualquiera de las otras que había mencionado antes. Algo muy diferente a Fahrenheit 900. Aunque ya sabía que era rico por su forma de vestir, su forma de comportarse y la forma en que lo insinuaba, no tenía ni idea de lo que realmente hacía para ganarse la vida.
— ¿Y tú qué haces esta noche? —preguntó.
—Mmm… —Me aclaré la garganta—. Voy a pasar el rato en mi trabajo secreto.
—Una vez me dijiste que me ibas a revelar de qué trata ese llamado «trabajo secreto». —Hizo una pausa—. ¿Esta noche es un buen momento para que finalmente lo hagas?
—Mejor otra noche —dije—. Un día te invitaré a verme.
—Ese día me sentaré en la primera fila.
Me mordí el labio al pensar que él vendría al Club Swan. Dudaba mucho que pudiera concentrarme durante más de cinco segundos con él viéndome bailar, y podía imaginarme haciéndole señas con los dedos, mientras me tumbaba de espaldas solo para él. Podía imaginarme arrastrándome en su regazo, delante de todos, y dejándole ser el primer y único hombre del club que me tocara.
— ¿Sigues ahí, Akane? —Se estaba riendo—. Han pasado tres minutos y no has dicho nada.
—Lo siento. —Me aclaré la garganta—. Creo que voy a pasar de Wicked, que ya lo he visto, pero te llamaré más después.
—Sí, hablaremos más tarde. —Terminó la llamada, y yo dejé salir un suspiro.
Cuando el taxi llegó a la entrada del 120 de Park Avenue unos minutos después, le di al conductor un billete de cincuenta dólares y me bajé. Me metí en el ascensor para ir al último piso e inmediatamente me recibieron unos guardias de seguridad.
—Buenas noches —dijeron al unísono, pidiéndome que pasara junto a ellos.
Avancé con firmeza, y mi segunda vida se abrió frente a mí con brillantes y parpadeantes luces azules y blancas.
Con siete escenarios principales y cinco más pequeños, el club era, de lejos, uno de los lugares más buscados por los hombres de negocios importantes de Nueva York. Sus tarjetas de crédito eran anotadas en la puerta, y yo las verificaba todas las noches que trabajaba, y en los cargos siempre aparecía como «Alquiler de sala de reuniones», así que nadie que mirara sus facturas sabría la verdad.
Ese lugar era su pequeño y sucio secreto. Las drogas y el alcohol estaban al alcance de todos, y pagaban mucho dinero para que los entretuvieran durante el tiempo que quisieran quedarse.
Me puse mi traje favorito, un body negro brillante con plumas a juego, y me abroché un par de zapatos brillantes con tacones plateados y correas en los tobillos.
Me dirigí a la salida al escenario, justo en el momento en que mi lista de canciones estaba a punto de empezar. Salí de detrás de las cortinas y me pavoneé hacia la barra vertical central, donde rodeé el metal con una pierna antes de elevarme hasta donde podía.
Utilicé los muslos para colgarme y eché mi cuerpo hacia atrás, dejando que mis brazos y mis rizos cayeran hacia el suelo colgando libremente hasta que la música cambió de ritmo.
Cuando comenzó mi coreografía, fingí que no podía ver a nadie más en el club que a Ranma
Estaba sentado en la primera fila, reclinado hacia atrás, con un habano entre los labios.
Mientras el humo subía desde la punta de su puro, giré lentamente alrededor del poste, abriéndome paso hasta el suelo. Arqueé la espalda contra el poste, al tiempo que movía las caderas al ritmo de la música.
Por un momento, pensé que realmente estaba allí, que mi imaginación lo dibujaba demasiado claramente. Pero cuando la música se detuvo, las luces de la sala brillaron y él no estaba allí. Eran los mismos ejecutivos de siempre, los mismos hombres de Wall Street a los que estaba a punto de robar unos cuantos miles de dólares.
Me deslicé por el poste, recogí las toneladas de billetes que habían caído a mi alrededor y fui hacia bastidores.
«Dos mil quinientos dólares…».
Emocionada, me puse una bata de seda sobre el body y anduve hasta el camerino. Mientras metía mis pertenencias en el bolso, el dueño del club, el señor Daitokuji, entró.
—Mierda de la buena, como siempre —dijo, cruzando los brazos—. ¿Quieres que esta sea la noche en que realmente te conviertas en parte del equipo?
—Depende… —dije—. ¿A qué te refieres?
—Tenemos un cliente muy especial que vendrá dentro unos minutos —dijo—. Acaba de dejar cien mil dólares para reservar todas las mesas y reservados para sus amigos, y quiere un baile privado en la gran suite vip.
—En ese caso, estoy segura de que a cualquiera de las otras chicas le encantaría recibir una buena propina de él.
—Ha pedido específicamente que seas tú. —Me miró con los ojos entrecerrados—. Sus palabras exactas han sido: «Quiero al Cisne Negro». Así que, como me ha pagado en efectivo y todas las facturas son legales, te verá bailar en privado.
Tragué saliva y negué con la cabeza.
—Acordamos que nunca tendría que hacer eso.
—Ese fue el trato de los primeros meses —dijo, mirándome fijamente—. Ha pasado mucho tiempo. Si no te gusta, puedes largarte e ir a ver si alguno de los otros clubes de esta ciudad te permite tratar sus negocios como un maldito hobby. Estate en la suite vip dentro de quince minutos o lárgate de mi local y no regreses nunca.
No dije nada. Había tenido la suerte de pasar desapercibida hasta el momento, y por lo que me habían dicho las otras chicas sobre los cuartos privados, estos clientes siempre pensaban que unos cientos de dólares más significaban más toqueteos. Un par de miles significaban una mamada o una paja tan buena que parecía una mamada.
No podía imaginarme lo que un tipo que había dejado caer cien mil dólares pensaría que tenía derecho a recibir. Y la idea de tocar a cualquier otro hombre que no fuera Ranma era suficiente para que se me pusiera la piel de gallina.
«Si ese imbécil piensa siquiera en tocarme, presentaré cargos».
Dejé caer mi bolsa en el banco y suspiré.
—Puedo quedarme una hora más.
—Puedes quedarte el tiempo que él necesite —siseó, y me dio mi parte, un par de miles—. Algunos no podemos darnos el lujo de decidir si queremos trabajar o no.
Cruzó los brazos y me miró retocarme el maquillaje como si no confiara en mí. Luego me agarró y me acompañó personalmente a la suite vip.
—Será mejor que hagas un buen trabajo —dijo antes de comprobar dos veces el alcohol que se estaba sirviendo.
Esperé que llamara a un guardia de seguridad, pero no lo hizo.
Como si pudiera leerme la mente, miró por encima del hombro mientras iba hacia la puerta.
—El cliente ha pagado cincuenta mil dólares extra para no tener un guardia de seguridad en la habitación.
Tragué saliva, sintiendo que mi corazón me estallaba en el pecho del miedo.
—Si lo necesitas, puedes pulsar el botón de emergencia —dijo—. Donovan estará fuera de la sala, así que si gritas lo suficientemente fuerte, si algo sale mal, entrará.
Me mordí la lengua. Ese hombre era un imbécil de proporciones épicas.
Cerró la puerta e inspiré varias veces a fondo. Subí a la plataforma que había en el centro de la habitación y esperé ansiosamente que el hombre misterioso fuera solo alguien que no tenía nada mejor que hacer con sus millones. Que me viera bailar y no pidiera nada más.
La puerta se abrió minutos más tarde, y entró un hombre con una chaqueta gris oscura y vaqueros.
Tenía tatuajes debajo de los ojos: gotas de lágrimas, nubes y pequeños nombres en cursiva. La Virgen María estaba grabada en su cuello en impresionantes tonos negros y rojos, y mientras se quitaba lentamente la chaqueta, noté que los tatuajes cubrían cada centímetro de sus brazos.
Se quedó quieto y me miró amenazadoramente, asustándome.
Sin saber qué hacer, evité el contacto visual y empecé a moverme alrededor del poste, como una torpe primeriza.
Agarró una botella de vodka por el cuello y se sirvió un trago, que se bebió de golpe antes de dejarse caer en el sofá de cuero. Me vio bailar dos canciones y luego levantó una mano.
—Detente —dijo, con voz lacónica—. Siéntate, maldita sea.
—La política del club dice que no debo nunca…
—Siéntate, Akane Alexis Tendo. ¿O prefieres que te llame Cisne Negro y que finja que me creo cualquier historia que les hayas contado a tus compañeros?
Me quedé helada al oírle decir mi verdadero nombre, así que bajé de la plataforma y le complací.
Se sirvió otro chupito, y luego me tendió uno a mí.
Demasiado asustada para rechazarlo, me lo llevé a la boca. El pequeño vaso se deslizó entre mis dedos, y se rompió en el suelo.
—Me alegro de conocerte en persona —dijo, sacando el móvil—. Aunque nunca hubiera imaginado que una heredera trabajaría en un lugar como este. Es decir, no me malinterpretes, es uno de los sitios más agradables de la ciudad, pero ¿no te da papaíto suficiente dinero cada mes para que no tengas que venir aquí?
No le respondí. No había visto a ese hombre en mi vida, y el mero hecho de verlo me ponía nerviosa y me hacía preguntarme si esa noche sería el final de mi vida.
— ¿Estás sorda? —Me miró fijamente—. Acabo de hacerte una puta pregunta.
—Ya no soy una heredera… —Fue todo lo que se me ocurrió decir.
—Bueno, eso tiene sentido —dijo—. Pero no lo suficiente para que te perdone por lo que me has hecho.
Tragué, sin estar segura de qué demonios estaba hablando. Vi cómo se ponía en pie con calma, mientras se servía un vaso de whisky y se tomaba su tiempo para beberlo.
—No soy un hombre que se sorprenda demasiado fácilmente en estos días, señorita Tendo — dijo—, pero cualquier persona que esté dispuesta a robarme descaradamente e ignorar todas mis putas llamadas telefónicas siempre me provoca sorpresa.
—No, yo… —Negué con la cabeza, entendiendo en ese momento de que el molesto número debía de ser suyo—. Nunca te he robado…
— ¿Ah, sí? —Arqueó una ceja—. Tal vez pensabas que al quitarles unos cuantos miles de dólares a unos ejecutivos estúpidos solo estabas siendo una perra astuta y que nunca te pillarían. Que era fácil robarles y que podían trabajar horas extras y reemplazarlo antes de que sus esposas se enteraran, ¿eh? —Se acercó a mí y sacó una pistola del bolsillo; me puso el cañón debajo de la barbilla y me levantó con suavidad la cabeza para que le mirara a los ojos—. Lo que deberías saber es que es mi puto dinero, y que se lo debo a los hermanos A… Dos personas con las que uno no se debe cruzar ni atreverse a pagarles tarde en esta ciudad. Son las dos únicas personas fuera de mi propio grupo a las que respeto, y no ofrecen planes de pago ni entienden las palabras «Esta semana no puedo pagarte a tiempo».
Tomé aire mientras él movía la pistola contra mi cuello, amartillándolo.
—Ojalá te hubieras conformado con unos miles, tal vez podría haber vivido con eso. Tal vez te hubiera obligado darme tu salario nocturno durante unos meses y me hubiera asegurado de que nunca más me robaras, pero… —Se detuvo, riendo y negando con la cabeza—. Has robado demasiado para que eso sea una opción.
—Por favor, no me mates…
— ¿Matarte? —Se rio, esta vez con más fuerza—. No voy a matarte. No puedo pagarle a nadie con un cadáver.
—Puedo devolverte el dinero.
—Lo sé —replicó—. Lo vas a hacer ahora mismo. —Llamó a alguien y la puerta se abrió, permitiendo que otro tipo entrara en la suite—. Lleva a la señorita Tendo al coche. Vamos a retenerla durante la noche y por la mañana la llevaremos al banco.
—No, espera. —Sentí que se me quebraba la voz—. Eso no es necesario. Puedo devolvértelo todo aquí mismo.
— ¿Te paseas por la ciudad con doscientos cincuenta mil dólares en efectivo? —Apartó el arma—.Por favor, dime que no eres tan tonta.
—No. —Tragué saliva—. Está en diferentes cuentas bancarias…, he robado de la cuenta bancaria personal de cada cliente. Me sé todos los números de cuenta de memoria y puedo transferirlos de nuevo.
Parpadeó y miró a su hombre.
Su hombre sacó un móvil y le mostró una pantalla, y luego me miró.
— Happôsai—dijo—. Trece mil ochocientos treinta y cinco dólares. Dame su información bancaria.
—Banco de Hudson. Número de ruta 4500017. Número de cuenta 2387907. Es la cuenta de negocios, no la de cheques —enumeré.
Su hombre tocó la pantalla unas cuantas veces, y luego asintió.
—Es verdad, señor.
—Dale un trago a la señorita Tendo, —dijo, tomando asiento—. Ella nos dará los números de cuenta de todos nuestros clientes, y luego nos dirá exactamente de dónde vendrán estas transferencias. Vamos a estar aquí por lo menos media hora.
Acabé el alcohol a los pocos segundos de que me lo diera, y fui diciendo las cuentas mientras enumeraba los nombres de todos los hombres a los que había robado en los dos últimos años. De vez en cuando, me decía: «Qué desperdicio de talento…», pero no había más conversación entre nosotros.
Cuando llegó al apellido del señor Hikaru Gosunkugi, se sentó y encendió un cigarrillo.
—Ahora, dame tu número de cuenta, para que pueda retirarlo directamente desde allí.
—Conozco todas las cuentas —dije—. Creía que confiarías en que yo lo haría.
—Entonces pensaste jodidamente mal. Número de cuenta. Banco. Ya.
—Hay más que el dinero que te debo en esta cuenta, aunque… —Lo miré—. Solo te llevarás el dinero que robé, ¿verdad? Hay sesenta mil o más que no te corresponden.
—Me lo llevo todo —anunció—. Se llama interés, y si no empiezas a soltar los malditos números en los próximos segundos, vas a perder mucho más que eso.
—Cadence River Bank. —Sentí que las lágrimas me llenaban los ojos, pero no me atreví a dejarlas caer—. Número de cuenta 4123483.
El tipo asintió una vez que confirmó que era la cuenta correcta, y luego se puso de pie.
—Hay un ecosistema subterráneo en esta ciudad, Akane. —Me miró con los ojos entrecerrados —. Uno del que no creo que sepas nada, y no creo que debas volver a joderla.
Estaba demasiado aturdida para decir una palabra. Juré por mi vida que había terminado de ir por allí para siempre. Había llegado el momento de dejar ese estilo de vida.
—Me alegro de que hayamos podido charlar esta noche. —Fue hacia la puerta—. Ahora, te sugiero que avises de tu ausencia y te tomes unas vacaciones de esta vida. Ve a joder a alguien que no sea yo. Dentro de un mes, después de que me asegure de que mi dinero ha sido devuelto y contabilizado, puedes volver y bailar tanto como quieras, ¿queda claro?
—Sí.
—Vale. —Se acercó a mí y puso el arma debajo de mi barbilla una vez más por si acaso—. Me alegro de no haber tenido que hablarles a los hermanos A sobre ti. —Sonrió—. Ya estarías muerta, y eso sería una maldita lástima. Entre tú y yo, creo que eres demasiado guapa para llenar un ataúd. Pero también lo son las rosas, y las tiramos encima de los féretros, ¿verdad?
Me miró de nuevo antes de salir de la habitación con su hombre, y todas las lágrimas que había estado guardando empezaron a resbalar por mi cara.
Volviendo al camerino, recogí mi bolso y salí corriendo de allí. Bajé por las escaleras, hasta que llegué al vestíbulo, salí del club y me alejé corriendo.
Corría sin rumbo, y sabía que no iba a poder parar durante un rato.
Una hora después, mi corazón seguía acelerado por el miedo, y no podía evitar sentir que alguien me observaba.
En lugar de llamar a un taxi, me dirigí a la estación de metro más cercana y ocupé un asiento cerca de la parte de atrás. Mientras el tren cruzaba la ciudad, intenté no pensar en lo que había pasado en el Club Swan. Cómo todo lo que había construido en los dos últimos años era una completa y absoluta mentira, y lo había perdido en una sola noche.
—Próxima parada, Broadway y la Séptima —anunció el sistema de altavoces—. Broadway y la Séptima.
Me puse en pie mientras el metro disminuía la velocidad y me bajé. Subí las escaleras y caminé dos manzanas hasta el teatro Gershwin.
—Hemos cerrado, señorita —dijo el guardia de seguridad mientras me acercaba—. Vuelva mañana.
—He venido a ver a Ranma Saotome—dije, y él abrió la puerta de inmediato. Me quedé dentro del vestíbulo vacío durante varios segundos estudiando todos los hermosos diseños verdes y negros, luego fui al siguiente nivel y abrí las puertas dobles del teatro.
En el escenario Glinda, la bruja buena, recitaba un monólogo, vestida con un brillante modelo azul, dirigiéndose a los habitantes del pueblo ficticio.
Entrecerré los ojos en la oscuridad y miré el teatro vacío. En el centro, en el palco principal, estaba Ranma, mirando al frente.
Estaba recostado en su asiento con los botones de la camisa desabrochados, tan tremendamente sexy como siempre.
Me acerqué a él y me senté a su derecha.
— ¿Te lo has pasado bien en tu trabajo secreto esta noche? —preguntó.
—No —dije en voz baja—. No iré más a mi trabajo secreto.
Se volvió hacia mí con una ceja arqueada.
— ¿Qué ha pasado?
—Nada… Solo he cometido algunos errores críticos y finalmente me han pillado.
Puso los dedos debajo de mi barbilla y la levantó un poco hasta que sus ojos se encontraron con los míos.
— ¿Hay algo que pueda hacer para ayudarte?
—A menos que seas un jefe del crimen organizado o conozcas a unas personas llamadas los hermanos A, no.
— ¿Qué? —Parecía mucho más preocupado—. ¿Por qué necesitas saber quiénes son los hermanos A?
—Por nada, yo… —Me encogí de hombros—. No importa. De todos modos, necesitaba un descanso de este trabajo.
Se quedó en silencio, mirándome fijamente.
— ¿Cómo va la obra hasta ahora? —pregunté, tratando de cambiar de tema—. ¿Te están convenciendo de que el villano no es tan malo como siempre pensamos que es?
—No —dijo—. Los verdaderos villanos nunca cambian.
—Pueden convertirse en héroes en sus historias.
—No —dijo, pasando los dedos por mi pelo—. Solo están fingiendo. Siempre vuelven a sus viejas costumbres.
—Yo no volveré a las mías. —Negué con la cabeza, mirándolo a los ojos—. A veces, no creo que sea una buena persona.
—Eso está bien. —Sonrió—. Yo tampoco creo que sea una buena persona.
—No puedes ser tan malo como yo —aseguré—. He robado a algunas personas.
—Yo he hecho daño a algunas personas.
Arqueé una ceja.
— ¿Es eso tiempo pasado o presente?
No respondió a eso.
—No eres una mala persona, Akane. Solo has hecho algunas cosas malas.
— ¿Y tú?
—He hecho muchas cosas malas… —Me pasó los dedos por el pelo—. En realidad estás en los primeros puestos de la lista.
Antes de que pudiera preguntarle qué quería decir con eso, acercó mi cara a la suya y me besó.
Levantó el reposabrazos que había entre nosotros y deslizó la mano por debajo de mi vestido, pero yo lo agarré y lo alejé de mí.
—Ojalá hubieras estado allí conmigo esta noche —dije.
— ¿Por qué?
—Tengo la sensación de que podría haber terminado de forma muy diferente… Sinceramente, por una fracción de segundo, pensé que estabas allí.
—Si yo hubiera estado allí, ¿cómo habría terminado?
—Te lo demostraré. —Bajé al suelo, entre sus piernas. Le desabroché el cinturón y mantuve mis ojos en los suyos mientras le abría la cremallera y le sacaba la polla.
Lo succioné con la boca, moviendo lentamente la cabeza a lo largo de su miembro, girando la lengua alrededor de su eje cada vez que me acercaba.
Gimió y pasó los dedos por mi pelo, mientras yo arqueaba la espalda y me lo introducía tan profundamente como podía. Me apoyé en sus rodillas y me moví un poco más rápido.
—Tengo que entrar en tu garganta —dijo, excitándome aun más—. Necesito marcarla como mía, y quiero que te tragues cada gota…
Deslizó la mano debajo de mi ropa y me apretó con suavidad un pezón.
Se corrió en mi garganta al final del acto, con el sonido de la canción final, y me lo tragué. Luego me miró fijamente, me levantó y me sentó en su regazo.
—Creo que deberíamos volver a tu casa ya.
—Esta obra tiene un acto más.
—Podemos verlo mañana.
Veo de pasada al hombre que destrozó mi vida criminal unas cuantas veces después de ese día. Por miedo, siempre compruebo que su número no haya pasado por mi pantalla y que lo haya ignorado de alguna manera.
Me sonríe cada vez que estamos en la cafetería en la que me aventuro por mi jefa, pero la primera vez que me vio con Ranma, sus ojos se abrieron de par en par e inmediatamente se alejó y mantuvo la distancia.
No fue hasta que Ranma fue al baño que se acercó a mí y me susurró seis palabras finales antes de desaparecer completamente de mi vida.
—Esto es un maldito jaque mate….
Heyo último capítulo del pequeño Maratón uwu.
Espero que lo haigan disfrutado.
No se olviden de comentar uwu.
3/3.
