Notas de la autora: ¡Hola! Hoy quería dirigirme a las lectoras de esta historia para agradeceros infinitamente por vuestros comentarios, me dais la vida entera :') El anterior capítulo era muy importante para la trama y estaba preocupada de que no se entendiera bien o que no os gustase el motor principal de la historia, así que me ha animado mucho ver que no ha sido así! Gracias de corazón!

Como todos los domingos, os dejo aquí otro pedacito más de la historia^^ Esperemos que empiece a verse la luz al final del túnel.

Apliqué el líquido transparente sobre mi muñeca y la acerqué a mi rostro, aspirando su delicado olor. Finalmente lo había completado. Mi primer prototipo del perfume.

Había pasado muchos días machacando las hojas de las flores en un mortero, mezclando las esencias con agua y algo de sake, hasta encontrar la proporción adecuada. Y por fin, había conseguir preservar el aroma. Me apliqué algo más de la mezcla en el cuello, y guardé el resto en un diminuto frasco de cristal. Tenía que ir a enseñárselo a Inuyasha, para verificar su efectividad.

Mientras buscaba al medio demonio, pasé por delante de los campos de arroz, donde se encontraba Kohaku, labrando la tierra.

- ¡Kohaku! – Le llamé, para llamar su atención. - ¿Has visto a Inuyasha?

El chico alzó la vista y me dedicó una tímida sonrisa.

- La verdad es que no, Rin. Siento no poder ser de ayuda. – Contestó, con la mirada gacha.

- No pasa nada. – Tranquilicé a Kohaku, ya que tendía a deprimirse con facilidad. - Dile que lo estoy buscando si te cruzas con él, ¿vale? – Le pedí a punto de echar a correr en su busca de nuevo.

- ¡C-claro! ¡A-a todo esto, Rin…! - Me retuvo un instante, tratando de alcanzar mi brazo, sin atreverse a tocarlo.

- ¿Sí? – Le animé a hablar con una sonrisa. Su timidez era adorable, parecía un cachorrito.

- ¿Mañana nos vemos al alba?

No podría haberlo olvidado de ninguna forma, aunque hubiera estado tan centrada en mis experimentos químicos. Parecía temer que tuviera la mente demasiado ocupada en otros asuntos.

- ¡Claro! Nos vemos entonces, ¿sí? – Tenía que marcharme ya, antes de que disipase el olor del perfume.

No pude evitar reprocharme el no haberme llevado el frasco de cristal conmigo, pero tampoco pensaba que fuera a ser tan difícil encontrar al chico de las orejas de perro. Volví a la aldea, donde me crucé con la anciana Kaede, que debía estar terminando su ronda de visitas, como era habitual a aquellas horas.

- ¡Abuela Kaede! – En los últimos días había comenzado a tratarla con mucha más familiaridad. - ¿Has visto a Inuyasha?

- ¿Inuyasha? – Inquirió, pensativa. - ¿Has ido al pozo devorador de huesos? Suele rondar por allí, cuando echa de menos a Kagome.

Había escuchado a Shippo hablar sobre aquel lugar. Al parecer, Kagome venía de muy lejos, por lo que utilizaba aquel lugar como portal para poder regresar a visitar a su familia con frecuencia. Los poderes de la joven sacerdotisa se hacían más increíbles cuanto más conocía de ella. El hecho de que proviniese de tierras lejanas también explicaba sus extrañas ropas y los artefactos desconocidos que siempre cargaba con ella. Era una chica muy interesante, y yo también comenzaba a echar de menos pasar tiempo con ella.

Eché a andar hacia el bosque de Inuyasha, como lo llamaban los aldeanos, en busca del pozo. Nunca lo había visitado, pero tenía indicaciones precisas del camino a seguir, que me había facilitado la anciana Kaede. Sin embargo, aquel lugar no me daba buena espina. Mientras más me adentraba, más tenía la incómoda sensación de que había alguna criatura observándome y siguiendo mis pasos.

Había comenzado a sentir aquella paranoia desde mi encuentro con Jaken, aproximadamente. Siempre que paseaba a solas fuera de la aldea no podía quitarme el inquietante pensamiento de que había algo observándome. Me volteé en varias ocasiones, incapaz de detectar ningún ser vivo siguiéndome, lo cual me asustaba cada vez más. Quizás no debería haber salido sola, debería haber pedido a Shippo al menos que me acompase. Me pareció vislumbrar unos ropajes de color rojo entre los árboles, por lo que me dirigí hacia allos lo más rápido que pude, dejando atrás aquella terrorífica sensación, con la esperanza de que encontrarme con Inuyasha. Me calmé infinitamente al comprobar que, efectivamente, se trataba del medio demonio.

- ¡Inuyasha! – Lo llamé, casi sin aliento. - ¡Te he estado buscando por todas partes!

Me detuve en seco al comprobar que el joven estaba estrechando entre sus brazos a Kagome. Ambos se separaron tan pronto como repararon en mi presencia. Inuyasha me lanzó una mirada incómoda, mientras que ella se esforzó por secar las lágrimas de su rostro y disimular su llanto.

- Vaya, cuánto tiempo sin verte, Rin… - Me saludó ella con la voz aún llorosa.

Sentí los cómo mi rostro se encendía por la vergüenza. No sabía en qué tipo de situación íntima los había interrumpido, pero ya no podía hacer como que no los había visto y marcharme discretamente. Me reprendí mentalmente por haber sido tan desconsiderada.

- T-te hemos echado todos mucho de menos, Kagome. – La saludé, incapaz de mirarla a los ojos. – Yo, esto… No hay prisa, podemos hablar en otro momento… - Me sentía mal por haberles robado aquel momento a solas.

- No, no importa, mejor volvamos todos juntos a la aldea. – Insistió la chica, restándole importancia a la situación.

Inuyasha decidió seguirle la corriente, y fingir que no había ocurrido nada entre ellos. Ya que no había podido remediar mi metedura de pata, decidí tener con el medio demonio la conversación por la cual le había estado buscando desde un principio. Pusimos en contexto a Kagome, para que fuera conocedora de lo que estábamos intentando conseguir.

- No sé si se habrá disipado a estas alturas, pero, ¿tú crees que esta fragancia oculta el olor del aura demoníaca, Inuyasha? – Le pregunté, ofreciéndole mi brazo.

El medio demonio olisqueó el aire, sin ni siquiera molestarse en acercarse a mí.

- Se entremezcla con el olor de las flores, pero definitivamente sigue ahí. – Suspiré con pesadez, había sido un fracaso. – Sin embargo, tengo que decir que parece que, con el tiempo, el olor es cada vez menos fuerte.

- ¿Tú crees? – Pregunté, incrédula.

Inuyasha se sonrojó levemente ante mi pregunta.

- Si hubiera seguido siendo tan potente, hubiera detectado tu presencia a tiempo…

- ¡L-lo siento muchísimo! – Me disculpé, recordando la visión de ellos dos entrelazados en un tierno abrazo.

- Tampoco es como si lo hubieras hecho a propósito, Rin, no pasa nada. – Añadió Kagome, sonrojada también. – Como sea, me alegro de verte mucho más animada que cuando me marché.

- Me siento mucho mejor, la verdad. – Admití, quedándome algo pensativa.

Era cierto que en aquel momento tenía mucha más energía. Las pesadillas habían cesado tras mi conversación con Jaken. Inuyasha había intentado interrogarme al respecto de la condición actual de Sesshomaru, pero mantuve mi palabra con el sirviente de Sesshomaru, por lo que no le di detalles al medio demonio. Sin embargo, traté de tranquilizarlo asegurándole que no estaba tramando nada maligno ni peligroso. De alguna manera, conseguí satisfacer al malhumorado peliplata con aquella información. Al menos de momento.

Por otro lado, yo seguía extrañando a Sesshomaru con cada día que transcurría sin tener noticias. Sin embargo, el saber que no había venido a buscarme porque estaba luchando con sus propios demonios todavía, y no porque me repudiase, me había quitado un gran peso de encima. Seguía triste al recordar su rostro, pero era consciente de que no podía hacer más que darle tiempo, no tenía sentido atormentarme más por ello. Estaba convencida de que vendría a por mí, cuando se recuperarse. No podía hacer nada más por ayudarle aparte de procurar cuidar de mí misma mientras tanto. Con ese pensamiento, podía pasar los días con más tranquilidad en el corazón.

A pesar de comprender su situación, era cierto que seguía molesta con él por la manera en la que había hecho las cosas. Podría haberme explicado algo de lo que estaba pasando, ya que la ignorancia no me había protegido de nada en lo más absoluto. Al contrario, me había dejado expuesta a muchísimos peligros que ni siquiera sabía que existían. Gracias a la ayuda de todos los que me rodeaban en aquel momento, había podido comenzar a hacer cosas por mí misma, lo cual me recordaba a mis encuentros pactados con Kohaku.

Sabía que ni el medio demonio ni la abuela lo aprobarían, por lo que le había pedido al joven que me enseñase a pelear, o al menos, a defenderme en caso de un ataque. El cazador de demonios también tuvo sus reparos, pero terminó comprendiendo que mi indefensión no hacía más que generarme ansiedad, por lo que terminó accediendo a ser mi compañero de prácticas. Nos veíamos apenas iba a salir el sol, una hora antes de que el pueblo se levantara para cumplir con su labor, para evitar miradas y preguntas.

Kagome, Inuyasha y yo ya estábamos llegando a la aldea. Había perdido la noción del tiempo y el espacio, sumida en mis pensamientos.

- Esto… Kagome, Inuyasha. – Me dirigí a ellos. - ¿Podría invitaros a cenar algo esta noche como disculpa?

- De verdad que no pasa nada por lo de antes, Rin. – Insistió Kagome, volviendo a ponerse colorada ante el recuerdo.

- Yo nunca le diría que no a una buena comida, Shippo dice que no se te da mal. – Comentó Inuyasha.

Kagome palideció en un instante, parándose en seco.

- ¿Qué pasa? – Pregunté con preocupación.

- Siento un fragmento de la Perla. – Sentenció, con tono grave. – En realidad, son varios.

La expresión de Inuyasha se endureció al momento.

- Es posible que se trate de Naraku. Debemos marchar en su busca, entonces.

Todo aquello había sido muy repentino. La muchacha se montó sobre la espalda de joven, decidida.

- Tened mucho cuidado. – Les rogué, impotente al no poder hacer nada más por ellos. – Volved pronto.

Ambos asintieron con aire serio y se marcharon sin perder más tiempo. Tendría que aprender a ser fuerte como ellos, y cuando antes lo hiciera, mejor para todos.

Para poder sacar el mayor rendimiento a los entrenamientos con Kohaku, tenía que ser capaz de dormir tempano, y sin embargo, aquella noche resultaba imposible. Tras la animada cena con la anciana Kaede, mi cabeza seguía elucubrando sobre los tipos de flores que debía añadir a la fórmula del perfume para que surtiese efecto por completo. ¿Acaso debía disminuir el porcentaje de agua para que no se diluyese la fragancia? Había trabajado mucho en ello, y aun así seguía siendo un dolor de cabeza. No podía dejar de dar vueltas en la cama debido a estos pensamientos en espiral.

Abrí los ojos con un suspiro, resignada. No tenía forma de conciliar el sueño. Observé a la anciana sacerdotisa, dormida plácidamente al otro lado de la habitación. Sus jornadas eran agotadoras, por lo que no era de extrañar que cayese vencida por las noches en su futón. Era muy amable con todo el mundo y siempre estaba ayudando, los habitantes de la aldea la apreciaban por su buen corazón. Me daba paz verla dormir en calma, como recompensa por haber trabajado al máximo otro día más. Quizás debería plantearse disminuir el ritmo, dada su avanzada edad.

A mis pies seguía yaciendo la Tenseiga, enfundada en su vaina desde el día que yo había llegado a la aldea inconsciente. Me pregunté si el Señor Sesshomaru podría dormir una noche como aquella, o si el insomnio le atacaría con la misma frecuencia que a mí. Por lo que me había dicho Jaken, parecía estar sufriendo mucho. Había vivido mucho tiempo como un ser humano, por lo que imaginaba que la abrupta ruptura del sello debía de haber sido la causa principal que le había hecho perder el control de su parte demoníaca. No parecía una tarea nada sencilla subyugar a ese perro demoníaco sediento de sangre. Deseé que hubiera alguna forma de poder mandarle mis fuerzas, de ayudarle en lo más mínimo, aunque no poseyese ningún poder especial como Kagome.

Sólo deseaba verle de nuevo como era en mis recuerdos. Calmado, silencioso, con todo bajo control, y atento a sus alrededores. Me perdí en el recuerdo de las líneas perfectas de su rostro, el brillo de sus ojos dorados en la oscuridad y su voz susurrando en mi oído.

De repente, la inquietante sensación de ser observaba me asaltó de nuevo, sacándome de mi ensimismamiento. Giré el rostro es busca de alguna figura en la oscuridad. En la cabaña sólo estábamos Kaede y yo. Una sombra cruzó la ventana a toda velocidad cuando mi mirada se movió en aquella dirección. Con cautela, me acerqué para asomarme al exterior. No había nadie allí fuera. En el suelo, refulgió un brillo plateado, que me recordó al cabello de cierta persona. ¿Podía tratarse de Inuyasha? ¿A aquellas horas? ¿Acaso ya habrían vuelto él y Kagome? Alcancé a ver una flor iluminada por la luz de la luna, yaciendo en el suelo, totalmente fuera de lugar sobre el pasto.

Extrañada, decidí salir de la cabaña para examinar aquellos restos, guiada por la curiosidad. Sobre la tierra había varios largos cabellos plateados, algunas pelusas de color blanco, y… La flor violeta que le había dado a Jaken. La observé detenidamente por si mis ojos me estuviesen jugando una mala pasada, pero se trataba de exactamente la misma planta que había recogido con Inuyasha.

Me quedé paralizada por un segundo. ¿Podría existir la posibilidad de que hubiera pasado por allí el Señor Sesshomaru? ¿Esa sombra que había visto pasar a toda velocidad podía tratarse de la suya?

Me di la vuelta, en una búsqueda desesperada de su pálida silueta en la oscuridad. Eché un vistazo a los alrededores, pero la quietud de la noche seguía inalterable. Sentía mi corazón palpitar con fuerza. Tenía que estar muy cerca.

- Rin, - Escuché cómo me llamaba la somnolienta voz de la anciana Kaede, quien se acercaba caminando con pasos lentos. - ¿qué estás haciendo fuera estas horas?

- No, nada, creí… que había visto algo. Siento haberla despertado. – Me sentí terriblemente culpable por haber interrumpido el sueño de aquella mujer que cuidaba de mi como si me tratase de su propia hija.

- Volvamos adentro, anda. – Dijo con un bostezo.

La seguí mientras lanzaba miradas furtivas a mi alrededor. No había ni rastro del dueño de aquel cabello plateado. Algo decepcionada, volví al lecho para intentar descansar. Iba a necesitar fuerzas para el entrenamiento de la mañana siguiente.

A pesar de tener ojos cerrados, no fui capaz de dormir en absoluto, atenta a todos los sonidos del exterior. ¿Y si el Señor Sesshomaru volvía a pasar por allí? Tenía que haber sido él. Podría haber confundido el cabello con el de Inuyasha, pero aquellas pelusas blancas provenían inconfundiblemente de la estola del demonio. Y el hecho de haberme encontrado aquella flor… ¿Quería decir que Jaken se la había podido entregar? ¿Había venido a hablar conmigo, entonces? Pero, ¿por qué se habría ocultado y huido en ese caso? Mi corazón latía desbocado en mi pecho ante todas aquellas incógnitas.

Al final, terminé pasando toda la noche en vela, sin escuchar ningún sonido extraño proveniente del exterior. Me levanté con el primer atisbo de luz, y en silencio, salí de la cabaña. Todavía me sentía intranquila, por lo que rodeé la vivienda para revisar los restos que había encontrado la noche anterior.

Comprobé que la flor violeta había desaparecido sin dejar rastro, y no sabría determinar con seguridad a quién podrían pertenecer los restos de cabello restantes. ¿Podría ser que lo hubiera soñado? ¿O si había sido algún espejismo? ¿Y si me la desesperación y el anhelo me estaban volviendo loca en aquel punto?

Con el corazón todavía en un puño, me dirigí al descampado donde había quedado con Kohaku, tratando de despejar mi mente. El joven me esperaba allí puntual, vestido con su armadura de cazador de demonios.

- Buenos días, Kohaku… - Mi saludo matutino sonó mucho más desganado de lo que me hubiera gustado.

- Buenos días, Rin. – Dijo con una leve inclinación de cabeza. – No tienes buena pinta. ¿Has dormido bien?

En ese momento se me escapó un sonoro bostezo. Me cubrí la boca con las manos, avergonzada.

- La verdad es que no, he pasado mala noche. – Admití.

Kohaku me observó con preocupación.

- No tiene que forzarte tanto si estás cansada, podemos entrenar otro día. – Me ofreció con expresión amable.

- ¡No, no, tengo muchas ganas de aprender más de ti! Ya que estamos aquí los dos tan temprano, deberíamos aprovechar.

Me había sentido muy tentada de volver al futón a tratar de dormir un poco, pero no sabía si conseguiría hacerlo. Además, me sabía mal dejarlo tirado después de que se hubiese levantado tan temprano por mí.

- Está bien… - El chico me tendió una rama. – Vamos a practicar lo del otro día, ¿de acuerdo?

Tomé el trozo de madera con ambas manos, tratando de recordar cómo se debía sujetar una espada.

- Esquivar y atacar, ¿verdad? – Me sentía orgullosa de recordar la lección.

El muchacho sonrió, ganando algo de confianza en sí mismo. Se encaró a mí, con las piernas separadas y los puños en guardia.

- Eso es. ¿Estás lista?

Asentí, con mucha más seguridad de la que sentía. Kohaku me lanzó un derechazo que esquivé a duras penas. Era demasiado veloz, por lo que perdí mi oportunidad de atacar. El cazador de demonios ya estaba tratando de acertar un segundo golpe. Retrocedí, intentando recuperar algo de terreno a mi favor.

- Muy bien, así. – Me elogió mi mentor, satisfecho al comprobar que estaba siguiendo sus consejos.

Mientras trataba de buscar un flanco desprotegido por el que encajar el golpe, el mundo se volvió oscuro por un instante. Sentí que me tambaleaba, perdiendo el equilibrio. El puño de Kohaku pasó rozando mi mejilla, y el chico dio un traspié, con el desconcierto dibujado en su rostro. Fui incapaz de sostener su peso debido al momento de debilidad, por lo que ambos caímos sobre el suelo irremediablemente.

El muchacho se sonrojó hasta las orejas mientras se apartaba de encima de mí a toda velocidad.

- ¡Y-y-yo lo siento, ha sido un a-accidente…! – Cerró la boca al observar mi rostro, carente de expresión- - ¿T-te encuentras bien, Rin?

Parpadeé un par de veces, enfocando mi visión.

- Sólo me he mareado un poco, es todo… - Murmuré en respuesta. – Dame… Un segundo…

Tomé una gran bocanada de aire mientras seguía tumbada boca arriba. Mi cuerpo se sentía pesado, no respondía, y el mundo no paraba de dar vueltas a mi alrededor. El chico se sentó a mi lado a esperar pacientemente. No me quitaba los ojos de encima, pendiente de mi condición.

- Si no te sientes bien, debería llamar a la anciana Kaede.

No era la primera vez que sentía esos mareos, Kohaku había sido testigo es más de una ocasión. Sin embargo, nunca me había llegado a paralizar de forma tan brusca como aquel día.

- No, estoy bien, de verdad… - Le aseguré, tratando de incorporarme, con dificultad.

- En cualquier caso, la clase se acaba por hoy.

- ¡P-pero…! – Se me escapó un grito contenido. – Aún puedo seguir, de verdad…

Kohaku me puso las manos sobre los hombros, impidiendo que me levantase.

- Te estás esforzando demasiado y tienes demasiadas preocupaciones en la cabeza. Creo que será mejor que descanses un poco.

Nunca había hablado con él abiertamente de los asuntos que rondaban mi mente, por lo que me sorprendieron sus acertadas palabras.

- ¿Sango te ha contado algo sobre mí? – Inquirí.

- Realmente he escuchado un poco de todos: Inuyasha, Shippo, la anciana Kaede, mi hermana y su prometido… Todos están muy preocupados por tu situación.

Los ojos de Kohaku me observaban con compasión. Agradecía su buena intención, pero no quería ser tratada con lástima.

- Cada uno tiene sus propios problemas, ¿no? – Dije para tratar de restarle importancia al asunto. – No es necesario que os mortifiquéis por mí.

- ¿Tú no te preocuparías si supieses la angustia que padecen tus seres queridos? - Me sonrojé de forma involuntaria. – Puedes hablar de lo que tengas en la mente cuando quieras conmigo, no tienes que cargarlo todo tú sola.

Kohaku era demasiado amable y tierno conmigo. Sentí una ligera punzada en el corazón al pensar aquello.

- Te lo… agradezco, pero… Lo que más feliz me haría es que pudieras tratarme como a otra persona cualquiera. No me siento cómoda con que me vean con lástima. – Confesé, en voz baja.

- Lo siento mucho si te he hecho sentir mal con mi preocupación. – Rectificó el muchacho. – Intentaré actuar de forma… menos… ¿considerada…? …contigo, supongo.

Aquel chico no tenía el don de la palabra. Su torpeza me hizo recuperar una expresión relajada.

- Gracias, Kohaku. – Los ojos de color pardo del chico se posaron sobre los míos. Aparte la vista, incómoda. - ¿Me ayudas a levantarte, por favor?

El cazador de demonios de puso en pie de forma ágil, tendiéndome la mano.

- Sólo con la condición que me dejes llevarte a casa a dormir un rato. No más entrenamiento por hoy.

Suspiré. Cuando se le metía algo en la cabeza, era imposible hacerlo cambiar de parecer.

- Está bien. – Musité. – Pero sólo si prometes que no vas a dejar de enseñarme por esto.

Me ofreció una amable sonrisa.

- Tienes mi palabra.

Tomé su mano y me ayudó a ponerme en pie. Era muy cálida. Caminamos con calma de camino a la aldea mientras yo me apoyaba en el brazo de Kohaku. El chico tenía más fuerza y aguante físico del que aparentaba por su delgada complexión.

Una vez hubimos entrado en el pueblo me sorprendió ver la actividad temprana de los aldeanos, quieren parecían estar montando varias estructuras de madera.

- ¿Qué pueden estar preparando? – Pensé en voz alta.

- Es el Festival del Tanabata. – Respondió el chico que me acompañaba. – Me lo dijo el anciano Takeuchi. – Ese nombre era el del señor mayor que había aceptado acoger a Kohaku temporalmente. - ¿Q-quieres que vengamos a verlo esta noche? Puede ser divertido.

El cazador de demonios se sonrojó de forma nada discreta mientras hacía esa invitación. Siempre me habían llamado la atención los festivales, pero nunca me había atrevido a ir por mi cuenta.

- La verdad es que me encantaría. – Acepté con una sonrisa. – Gracias por invitarme.

Kohaku era incapaz de contener su nerviosismo.

- G-genial, pero primero… Te llevo a-a casa a descansar, ¿v-vale?

Kaede estuvo revisando mi condición y mis heridas, aunque no encontró nada relevante que pudiera vincular con mi malestar físico. De igual manera, también pensaba que me estaba excediendo y me recomendó permanecer en casa si quería salir aquella noche con el chico que me había invitado al festival. Me sabía mal no ayudarla aquel día, aunque me aseguró que no había ningún problema.

Pasé las horas dormitando, intentando poner la mente en blanco, ya que mis pensamientos siempre me llevaban de vuelta a la noche anterior. El cansancio acabó por vencerme poco antes del mediodía. Cuando desperté, algo más recompuesta, ya estaba oscureciendo. Me encontré unos onigiris junto con una nota de la anciana.

"Por si tienes hambre cuando te despiertes. Me requieren para los preparativos del festival, así que espero verte allí.

Te he dejado un kimono nuevo al lado del futón, ya que se trata de una ocasión especial.

Kaede"

Me había levantado tan desorientada que no lo había visto, pero efectivamente, había un kimono de tonos rosados al lado de mi lugar de descanso. Lo tomé entre mis manos y lo extendí para observarlo al completo. Era tan hermoso que casi me hizo soltar una lágrima. No merecía tanta amabilidad por parte de aquella anciana, era demasiado.

Decidí aceptar su buena voluntad en esta ocasión, ya que sabía que la haría feliz verme llevándolo. Devoré los deliciosos onigiris en un santiamén, ya que no había comido nada en todo el día, y comencé a cambiarme ropa. Fuera ya había caído la noche por completo.

Antes de cerrarme el kimono, pasé mis dedos sobre mi hombro. Apenas podía notar ya las cicatrices, se habían desvanecido casi por completo. ¿Cuándo tiempo había pasado ya? Evité seguir aquella línea de pensamiento.

Terminé de vestirme y me cepillé el cabello. Era imposible dejarlo lacio del todo, pero tampoco quería aparecer con aspecto de haber estado durmiendo todo el día. Me lavé la cara con agua para terminar de espabilarme y salí de la casa.

Las calles estaban muy animadas, el ambiente era colorido y todo el mundo sonreía. Ahora sólo tenía que encontrar a Kohaku, aunque no iba a ser tarea fácil. Me perdí entre la marea de gente, y estaba comenzando a sentirme agobiada entre tantas personas desconocidas. Tampoco había visto a la anciana Kaede por ningún lado. De repente, escuché una voz llamarme entre el gentío, y me di la vuelta en aquella dirección. Por fin, localicé el rostro conocido del cazador de demonios. Avancé hacia con él con paso ligero.

- ¡Menos mal que me has encontrado! – Le dije, aliviada. – Pensaba que sería imposible entre tantas personas, parece como si se hubiera reunido todo el pueblo.

Él dejó escapar una risa.

- Así es, el festival del Tanabata es un gran evento. ¿Quieres que vayamos a pedir nuestros deseos?

- ¿Pedir deseos? – Le pregunté con incredulidad.

- ¿De verdad no tienes ni idea de qué trata este festival? – Negué con la cabeza. – Bueno, en ese caso te explico por el camino, ¿de acuerdo?

- Está bien, pero… ¿puedo darte la mano? Me da miedo perderme de nuevo.

Kohaku se sonrojó hasta las orejas.

- S-sí, claro… - Asintió mientras extendía su brazo hacia mí. No comprendía cómo se ponía nervioso con tanta facilidad. – Bueno, pues… el festival del Tanabata se celebra porque hoy es el único día del año que los amantes Orihime y Hikoboshi pueden verse.

- ¿Y eso por qué? – Me parecía muy triste la situación que describía Kohaku.

- Ambos viven separados por un río, y aunque la chica quiso trasladarse al otro lado para vivir con Hikoboshi, el padre de Orihime no aprobaba su relación, porque distraía a su hija de sus obligaciones. Sin embargo, al final les permitió verse una vez cada año. Para celebrar su reencuentro, las personas piden sus deseos, esperando que se cumpla como el de ellos dos.

- Es una historia muy triste. – Comenté.

- Piensa que al menos por hoy, pueden ser felices.

Supuse que debía tener razón. Estaba bien olvidarse de todo lo malo y centrarse en los momentos bonitos de la vida. No era una mala reflexión.

Esquivábamos el gentío, tomados firmemente de las manos. A pesar de que había iniciado el gesto en búsqueda de la seguridad que me reportaba no separarme de mi hermano cuando era pequeña, una parte de mí se sentía culpable por estar comportándome de forma con íntima con el cazador de demonios. Kohaku me llevó hasta un puesto donde repartían unos pedazos de papel llamados tanzaku, donde debíamos escribir nuestros deseos. Yo no tuve dudas.

"Deseo volver a ver al Señor Sesshomaru lo antes posible."

Apreté el pedazo de papel contra mi pecho, avergonzada ante la posibilidad de que alguien puede leerlo con su mirada indiscreta. Kohaku dudó un poco, antes de terminar escribiendo con firmeza:

"Deseo poder derrotar a Naraku antes de morir."

Aquel nombre estaba en todos lados. No tenía ni idea de qué relación podía tener con Kohaku, pero su rostro mostraba un sincero dolor al expresar aquellas palabras. Fingí no haber leído nada, debía de tratarse de algo muy personal. Sin embargo, me preocupaba ese oscuro matiz de "antes de morir".

Kohaku y yo colgamos nuestros tanzaku de unas ramas de bambú que había colocado en las calles del pueblo. El ambiente entre nosotros dos se había tornado algo sombrío, por lo que le sugerí ir a los puestos de comida para probar los takoyaki. El joven aún se mostraba reservado, pero aceptó de buen grado la invitación. El puesto estaba lleno de personas, lo que terminó agotando mi capacidad para aguantar las multitudes.

- Kohaku, ¿te parece bien que vayamos a un sitio más tranquilo después de esto? – Le sugerí.

- Lo veo bien, la verdad es que es un poco agobiante…

El chico me dejó guiar el camino, y por inercia le llevé al lado del río, al lugar donde Kagome me había mostrados las llamadas bengalas. Pensé que ojalá yo también tuviera esos artefactos para tratar de animar a Kohaku.

- Está muy bonito el cielo esta noche, ¿verdad? – Dije en un intenso de distraerlo.

Él asintió, con aire melancólico.

- Mira, - Dijo señalando el firmamento. – ese es el puente que permite que Orihime y Hikoboshi puedan encontrarse esta noche.

En el cielo se encontraba dibujado un hermoso camino de estrellas que brillaban con fuerza. Dos solitarias estrellas refulgían a ambos lados de la corriente brillante. La leyenda se me antojó mucho más bonita de repente, al darme cuenta de que trataba sobre las estrellas.

- Es verdad, es precioso. – Admití, risueña.

Nos quedamos en silencio unos instantes, simplemente disfrutando de la compañía del otro.

- Rin, esto… Quería disculparme por esta mañana. – Dijo Kohaku de repente.

Le miré, sorprendida.

- ¿Por qué?

- Creo que no es justo que te pida que confíes en mí cuando yo no he contado nada de mi pasado. Pero la verdad es que tengo miedo de que me odies, si te enteras de quién soy en realidad…

Aquel chico tan reservado se estaba abriendo conmigo. Aprecié su sincera intención de tener una relación más íntima conmigo, sobre todo porque sus ojos mostraban una gran angustia al sacar aquel tema.

- No se me ocurre nada que pudieras haber hecho para que te odiase, Kohaku. – Le contesté, casi rozando su mano. Quería apretarla con fuerza para darle ánimos, pero no sabía si podía causar algún malentendido, por lo que me contuve. - ¿Qué es lo que te tiene tan preocupado?

- Verás, yo… Has escuchado hablar de Naraku, ¿verdad?

- Sí, y la verdad es que nunca ha sido en un contexto positivo.

El rostro del joven comenzó a ensombrecerse.

- Tampoco lo será en esta ocasión, si es que quieres escucharme… - Murmuró con inseguridad.

- Soy toda oídos, Kohaku. – Le animé a dejar salir la angustia que parecía contener en su pecho.

- Era mi primer día como cazador de demonios, - Comenzó a narrar mirando al infinito, como si estuviera reflexionando para sus adentros. – yo estaba muy nervioso y asustado. Nos llamaron a mi hermana, mi padre y a mí, junto con los mejores cazadores de nuestra aldea para eliminar un demonio araña en un lejano castillo. Una vez allí, fue bastante sencillo acabar con aquella abominación, incluso para un principiante como yo. Sin embargo…

Kohaku parecía a punto de romper en llanto. No podía dejarlo así. Finalmente, tomé su mano y la estreché en un gesto tranquilizador. Su sufrimiento era tal que no pudo contener el las lágrimas por más tiempo.

- No tienes que seguir si te sientes muy mal recordándolo, Kohaku… - Traté de consolarlo.

- Quiero… contártelo. – Sollozó. – Quiero que sepas quién soy de verdad.

No entendía de qué estaba hablando, él sonaba como una víctima en todo momento. Le dejé unos instantes para que se tranquilizase, mientras acariciaba su brazo.

- Como iba diciendo… - Siguió Kohaku. – Parecía que todo había acabado. Sin embargo, lo que habíamos derrotado no era el cuerpo real del demonio, éste se encontraba oculto dentro del señor del castillo. Me disparó su hilo y comenzó a controlar mi cuerpo a voluntad. No recuerdo absolutamente nada de aquello, solo sé que cuando recobré la consciencia, todos estaban… Yo… - Su mirada se perdió en el cielo estrellado, esforzándose por no echarse a llorar de nuevo. - Acabé con la vida todos mis compañeros y mi familia, salvo Sango. Ella aún seguía con vida, aunque se encontraba muy malherida. Aquella masacre fue ejecutada con mis propias manos…

¿Qué podría decir para consolarlo de una tragedia como aquella? Era demasiado cruel para alguien de tan buen corazón como Kohaku. Me dieron ganas de llorar. Seguí escuchándole en silencio.

- Después de eso, fui asesinado por un aluvión de flechas. Ahí es donde tendría que haberse acabado todo. – Murmuró cerrando los ojos por un momento. – Sin embargo, el responsable de todo lo ocurrido aquella noche, Naraku, tomó mi cadáver y le incrustó un fragmento de la Perla de Shikon en la nuca. Eso es lo único que me mantiene con vida en estos momentos.

- Es decir, que si alguien te lo quitase… - Hablé con voz temblorosa.

- Sí. Moriría.

- ¿Y por qué te salvó la vida esa criatura maligna? – Mis palabras comenzaban a teñirse del desprecio que sentía por aquel demonio. No hacía más que engañar y lastimar a todas las personas que conocía.

- Para manipularme y obligarme a hacerle trabajo sucio. He asesinado a muchos seres humanos y demonios bajo su control. He de decir que esta vez lo hice todo de forma plenamente consciente, haber perdido mis recuerdos no me excusa… - Dijo con la quijada tensa, visiblemente atormentado. – Hace no mucho, Sango y sus amigos lograron rescatarme. Kagome purificó el fragmento en mi espalda, por lo que siempre que me mantenga lejos de Naraku, no debería ser capaz de controlarme. Aun así, me siento intranquilo cerca de mi propia hermana, debido a todo lo que ha pasado. Por eso le rogué que me dejara quedarme en la aldea. Aunque cada día temo que Naraku venga a por mí para recuperar el fragmento, y que pueda haceros daño a todos… Sango no quiere que me quede solo, pero no dejo de pensar que es la única opción para garantizar la seguridad de todos…

Kohaku era muy fuerte para poder soportar todo ese dolor y culpabilidad sobre sus hombros.

- ¿No has hablado con nadie de esto antes?

Las lágrimas comenzaron a rodar de nuevo por las mejillas del joven.

- No… no tenía con quién hablarlo, sentía que me estaba quemando por dentro…

Lo abracé con suavidad, rodeado su espalda con mis brazos.

- Nada de lo que ha pasado es tu culpa, Kohaku. – Susurré. – Entiendo cómo te sientes, pero no debes olvidar que eres una víctima en todo esto.

- Pero, yo… - Sollozó. – No puedo perdonar todas las atrocidades que he hecho tan fácilmente, no soy más que un asesino…

Esa definición de sí mismo era mortificante. Le estreché entre mis brazos con fuerza.

- Deja de decirte esas cosas, Kohaku. Tienes un hermoso corazón, y puedo decirlo porque conozco tu amabilidad, como todos los que te rodean. Sé que va a tomar tiempo, pero tienes que permitirte perdonarte a ti mismo.

- ¿Tú podrías perdonar a alguien como yo, Rin?

Por algún motivo, la imagen de Sesshomaru cruzó mi mente. Él también debía de haber acabado con la vida de muchas personas. ¿Podría perdonar a un asesino?

- Por supuesto, porque no hiciste el daño de forma intencional o con maldad. Estoy segura de que Sango piensa lo mismo. – No sabía si podría decir lo mismo de la persona de la que estaba enamorada.

Kohaku se abrazó a mí con fuerza, incapaz de seguir hablando. Siguió llorando, dando salida a su sufrimiento. Permanecí en silencio, observando las estrellas. Definitivamente, tenía muchos asuntos que tratar con Sesshomaru, si es que volvía a verlo. Recé porque se cumpliesen nuestros deseos.

Siento que este capítulo quizás me ha quedado demasiado denso o largo ;-: aún así que espero que no me odiéis mucho por esa no aparición de Sesshomaru. ¡Espero vuestros comentarios, que paseis buena semana!