Durante los minutos eternos desde que el jefe le avisó del cambio de planes hasta que abandonaron la ciudad, Meowth estuvo rebuscando en todos los rincones de su cabeza una idea que tuviera sentido para compensar lo que acababa de pasar. Después de leer y perfeccionar la planificación para ese día, sabía que el único elemento que podía hacer que las cosas salieran mal era él. Ahora era imposible que destruyera los fósiles y nada que hiciera podía afectar a eso de una manera realista. Entonces tenía que encontrar una manera de sacar adelante algún truco para arruinar la victoria del Team Rocket. Mientras pensaba en eso, no se dio cuenta de que Giovanni conducía sin música.
Los domingos por la mañana son días especiales para todos. Especialmente para quienes se cruzaban con ellos. A esa hora, la mayoría eran trabajadores. También había alguna persona que volvía en taxi de pasar la noche en Ciudad Azafrán, pero lo más habitual eran trabajadores. Nadie especial, simplemente quien tenía que asumir madrugar en el día que todos descansaban.
Dejaron a esa gente atrás en la ciudad, como si pudieran escucharles desde sus coches, para poder empezar a charlar.
—¿Has estado alguna vez en Pueblo Paleta, Meowth?
—¿En Pueblo Paleta?, eh… está como muy apartado de todo, ¿no?, es decir… ¿Para qué? ¿No? No tienes que pasar por ahí para ir a ningún sitio, ¿y para qué vas a ir a ese pueblucho? — Meowth se rió como el idota que estaba siendo.
Meowth era como un estudiante en el día del examen. Uno de esos estudiantes aplicados que se ponen nerviosos y acaban sacando peor nota de la que deberían. Él no pensaba en esto porque nunca había ido a la escuela, pero a Giovanni, que por el puesto que ocupaba debía ser el profesor de todo el Team Rocket, le resultaba evidente. No hacía falta decir nada en alto para justificar los cambios que había realizado para ese día.
—Es cierto, Pueblo Paleta es probablemente el lugar más irrelevante de Kanto. Pero una persona de ahí se convirtió en el profesor Pokémon más importante de la región. ¿Has escuchado alguna vez su programa de radio? Es una porquería.
—Eh… No, no. No me gustan. Además, solo se puede escuchar en Johto, ¿no?
—Sí, por suerte no ponen esa basura aquí. De todos modos, ya no se hace buena radio. Cuando yo era joven te podías pasar horas escuchándola. La escuchaba siempre que podía. Hoy en día no hay nada que merezca la pena, solo sirve para hacer ruido.
Esa misma mañana, como todas las mañanas, Samuel se había levantado antes del amanecer. Quizá sean los años, pero levantarse tan temprano no era un problema para él. Recordaba que cuando era un niño solo aceptaba madrugar el día de Navidad, la emoción de los regalos eran suficientes como para olvidar el cansancio. A medida que se le había ido blanqueando el pelo también se le hacía más fácil salir de la cama por las mañanas. Puede que el motivo sea que el cansancio matinal ya no era significativo comparado con el de la edad. O quizá, simplemente, a todas las personas les pasaba eso y solo era parte de la naturaleza humana.
La rutina de abrir el laboratorio mientras se hace el café resultaba en una especie de ritual para despejarse ante un nuevo día, con el fresco de los últimos minutos de la madrugada antes de pasar a la mañana. Repasar las notas del día anterior y el plan de trabajo. Un trago largo al café caliente. La jornada debía comenzar como una jornada normal. La visita llegaría en su momento.
Samuel Oak comenzó a trabajar.
El Team Rocket llegó a Pueblo Paleta. Una lancha esperaba en el agua a la llegada del portador de los fósiles. Giovanni aparcó junto al laboratorio del profesor Oak. Meowth siguió órdenes.
Dentro, la única presencia del profesor hacía que los ruidos que normalmente pasarían desapercibidos resonaran en todo el edificio. Y del mismo modo que podían escuchar el movimiento de unas hojas o la silla vieja de Oak sacudiéndose ligeramente, él podía escuchar los pasos que se aproximaban a él. No hizo nada, estaba comenzando con el trabajo y, aunque era normal tener unas cuantas interrupciones a medida que iban llegando los otros científicos al laboratorio, la presencia de alguien como Giovanni no merecía pararse a dar los buenos días. A nadie le importaba. En esa situación, unos buenos modales eran lo de menos. El jefe le puso una mano a Oak en el hombro, como un viejo amigo a punto de aconsejar la mejor opción.
—No hagas nada innecesario. Si quieres llevarte el trabajo, te ayudaremos a recogerlo. Pero a partir de ahora, si quieres trabajar, lo harás para mí.
Oak se quedó quieto, como valorando sesudamente sus posibilidades. Su reputación provocaba la sensación de que todo lo que hacía, hasta pensar un momento antes de dar una respuesta, pareciese una acción virtuosa.
—No hará falta. ¿Tenéis prisa?, aún no me he acabado mi café.
—No te preocupes, Samuel —dijo Giovanni —. Tendrás todo el café que quieras en nuestras oficinas. Y seguro que es mucho mejor que el que puedes comprar con el dinero de las subvenciones.
Oak aceptó con un gesto que su interlocutor tenía razón. Quizá por ser un hombre mayor ya no tenía espíritu combativo. O podría ser también por su sabiduría, a diferencia de otros científicos menos experimentados, que entendía que no tenía sentido oponerse a una organización cuando se presenta en tu laboratorio para invitarte a un viaje a sus instalaciones.
Como fuese, los tres se dirigieron al exterior del edificio. Meowth sabía que tenía que hacer algo para poder detener a Giovanni. Al no tener posibilidades de destruir los fósiles cualquier cosa que hiciese no sería tan efectivo a la hora de frustrar los planes del Team Rocket, pero daba igual, debía ejecutar su venganza. Tenía que haber una manera de ocuparse del jefe. Pero no se podía enfrentar a él. Giovanni no era solo un hombre malvado, también era el líder del Gimnasio de Ciudad Verde y él no iba a ser capaz de vencerle con el equipo que tiene. Especialmente con ese maldito Persian… Por eso necesitaba una alternativa. Seguía siendo un Meowth, tenía unas garras poderosas y era capaz de usarlas para dar una verdadera cuchillada. Ojalá eso pueda ser suficiente.
Al salir del laboratorio se encontraron a un entrenador Pokémon. Era Rojo.
Por eso Oak estaba tan tranquilo. Confiaba en su elegido. Sabía que ese chico tenía algo especial. Y claro que lo tenía. Rojo había sido capaz de derrotar a Giovanni. Rojo había ganado La Liga. Rojo se había convertido en el entrenador más poderoso de todo Kanto. El elegido de Oak.
—¿Qué haces tú aquí?
Giovanni no podía ocultar su rabia al encontrarse con él, por ningún motivo, entrometiéndose en sus planes. Y no era el único. Era el momento de Meowth para hacerle pagar al Team Rocket por el sufrimiento que le había causado. Y ese maldito niño se había metido en medio. Otra vez. No pintaba nada ahí como en ningún lugar. Pero siempre estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado. Meowth sintió frustración: sabía que era culpa suya. Él había aprovechado el momento en el que había sido detenido por pelearse en un bar para contactar con la policía y revelar los planes del Team Rocket. Habían acordado interceptar el transporte de los fósiles, aunque él solo quería que la policía fuese una distracción para ser él mismo quien los destruyera. Pero, claro, también tenían que proteger al profesor Oak. Y no iba a haber una patrulla que simplemente detuviese al coche de Giovanni. Tenía que ir al mismísimo laboratorio ni más ni menos que el niño prodigio: Rojo. Meowth no lo podía permitir.
Antes de tener tiempo para dar una respuesta a la pregunta de Giovanni, Meowth se lanzó sobre Rojo. Su Pikachu, que ya estaba fuera de la Pokéball, lo protegió con un ataque rápido. Meowth cayó al suelo, lejos de su objetivo. No había pensado en que si no podía vencer a Giovanni, tendría aún menos posibilidades en contra de un entrenador al que ni siquiera el alto mando le podía plantar cara. Y no era el único al que no le importaban sus posibilidades de victoria.
El Dugtrio de Giovanni había excavado hasta debajo del Pikachu, pillándolo por sorpresa. Fue un ataque muy efectivo, pero la diferencia de nivel entre ambos Pokémon era demasiado alta como para hacer un daño significativo.
No hacía falta ver a esos dos Pokémon combatir para saber quién iba a perder. De hecho, utilizando todos sus Pokémon, Giovanni apenas podría derrotar a ese Pikachu.
Claro.
Giovanni apenas podría derrotar a ese Pikachu.
Meowth estaba tirado a un lado de Rojo, y desde ahí tenía un acceso privilegiado a sus pokéballs, que estaban colgadas en su cinturón. Si las consiguiera el combate de Giovanni podría terminar en victoria. A pesar de la ventaja de tipo, ese Dugtrio no pudo soportar los ataques rápidos y acabó siendo debilitado. Podía levantarse en cualquier momento y hacer el robo. No era un movimiento que tuviera aprendido, lo que hacía normalmente no se parecían tanto al carterismo, pero en ese momento era la única opción.
Nidoking salió al combate. Meowth aún no se había movido y notaba su cuerpo débil después del golpe que le había asestado el Pikachu. Había faltado muy poco para que ese ataque rápido le hubiera debilitado por completo. En el combate, los dos Pokémon intercambiaban golpes, pero Giovanni no estaba a la altura. Si no fuera por la inmunidad de Nidoking a los ataques eléctricos habría sido debilitado en un solo turno.
Pikachu debilitó a Nidoking y le siguió Nidoqueen. A medida que avanzaba el combate parecía que se sentía incluso más cómodo. No le importaba realizar el mismo ataque una y otra vez mientras su rival apenas podía intentar golpearle. Pero algo cambió todo. En una de sus embestidas, Pikachu se encontró con el punto tóxico de Nidoqueen y fue envenenado. Era evidente que en ese momento el Pokémon de Rojo se encontraba mal, pero su entrenador no hizo nada. Giovanni se enfureció. Le estaba mandando un mensaje muy claro: «aún así, puedo derrotarte con un solo Pokémon». No había ningún otro motivo para que todo eso estuviese sucediendo. Por eso Rojo había comenzado el combate con su Pokémon más poderoso. Quería humillarle. En ese mismo ataque Nidoqueen había sido debilitada. Pero eso no era importante, ya había hecho suficiente.
Rhydon salió. A diferencia de lo que cabía esperar, no usó su cuerno, sino que se plantó en el suelo con firmeza y provocó un terremoto. Giovanni claramente quería acabar con ese Pikachu como fuera. Ya se trataba de una cuestión de orgullo. Rojo casi perdió el equilibrio y mientras se esforzaba por mantenerse en pie le dirigió una mirada a su Pokémon. Confiaba en él. Contaba con que podía hacer eso él solo, a pesar de las circunstancias. Meowth sintió algo dentro de él en ese momento. No sabía si era odio, envidia, frustración… Fuera lo que fuese, hizo caso a su sentimiento.
Pikachu golpeó a Rhydon, que no detenía el terremoto. Las sacudidas claramente estaban empeorando el estado de su rival, que continuaba golpeandole. Y, de todos modos, derrotarlo ya no era su objetivo. Pikachu golpeó y golpeó a Rhydon hasta que el terremoto paró. Estaba debilitado. A Pikachu tampoco le quedaba mucho, pero Giovanni tampoco tenía más que a su último Pokémon.
Persian salió al combate. Pikachu era más fuerte y por fin se encontró con un rival que no era inmune a la electricidad. Inmediatamente un aura eléctrica le rodeó y lanzó un trueno que explotó contra Persian. Este fue dañado de gravedad, pero aún no tardó en recuperarse antes de poder recibir un nuevo golpe ya estaba cruzando a Pikachu con sus garras en una cuchillada. Rojo bajó su gorra y su pokémon volvió a la pokéball.
Giovanni se rió y Rojo entendió por qué cuando iba a sacar a combatir a su siguiente compañero. Ya no tenía sus pokéballs. Meowth había aprovechado el terremoto para robarlas y ahora ya estaba lejos de él, al otro lado del Persian que parecía sonreír con soberbia al verle derrotado.
En ese momento se acercó el sonido de un motor. Tras unos segundos en los que todos los involucrados se quedaron quietos y en silencio, apareció la furgoneta en la que iba Jonas. Paró junto a ellos al ver a Rojo.
—¿Todo va bien, jefe?
—Sí —respondió Giovanni —. Esto ya ha acabado y nos llevamos más de lo que esperábamos.
Jonas continuó su marcha. Giovanni hizo un gesto a Oak para que marchase delante.
—Meowth, has demostrado ser mucho más útil de lo que esperaba. Sin duda, hice muy bien al traerte aquí.
—Bien dicho, jefe.
No había otra posible actuación. En esa posición Meowth solo podía ayudar a Giovanni. La venganza era suya, no era un momento para que el entrenador más poderoso de Kanto se apuntara una victoria más para su historial. No era el momento de que otro se convirtiese en un héroe.
En la lejanía, Jonas se había subido a la lancha y se podía escuchar el motor alejándose hacia la isla que apenas se podía intuir en el horizonte. Meowth, al igual que Giovanni, miró con desprecio a Rojo. El jefe se tomó su tiempo para acariciar a Persian, había sido muy bueno en aquel combate. Lo había hecho muy bien. Ahora le tocaba descansar. Pero, antes de que lo devolviese a su pokéball, Meowth saltó encima de él y lo acuchilló de la misma manera que él había acuchillado al Pikachu. Persian estaba debilitado.
—¡¿Qué has hecho?! —gritó Giovanni.
Meowth no se inmutó y continuó andando hasta el coche. Giovanni siguió demandando una explicación mientras Rojo y Oak observaban la situación sin creerse que era lo que podía estar sucediendo.
Sintiendo que tenía que justificarse ante los que debería haber tratado como aliados, Meowth habló a Rojo:
—Esta es mi venganza.
Con el mismo movimiento de sus garras, Meowth rajó las cuatro ruedas del coche que los había llevado hasta ahí. Se giró hacia Giovanni
— Y este es tu día de pago.
En Isla Canela llegó una lancha motora con tres personas. Un soldado conducía, otro miraba alrededor comprobando que no tenían a la policía encima y Jonas aseguraba que a los receptáculos de los fósiles no les pasara nada. Se pararon en una de las escaleras del muelle para que Jonas bajase. Le dieron los fósiles y ahora solo tenía que andar hasta el laboratorio. Parecía que, a pesar de la intromisión de Rojo, todo lo demás había salido a pedir de boca.
Pero no había sido así.
Al final de esas escaleras apareció un hombre con una rosa.
—¿Buscáis problemas?
