Disclaimer: Inuyasha y todos sus personajes originales son propiedad de su autora Rumiko Takahashi, los tomo prestados para medios recreativos sin fines de lucro.


Grabado en Piedra
Por: Hoshi no Negai

26. Reconstruyendo el futuro

Poco había quedado en pie en aquella ciudad costera después del ataque. Aunque la reconstrucción se encontrara en una etapa avanzada a esas alturas, el ambiente sombrío aún permanecía. Rin sabía reconocerlo, lo había visto a lo largo de su viaje hacia el oeste desde Tesseimori. Le recordaba un poco al poblado del segundo terrateniente donde se alojaron, ese lugar azotado por los inclementes bandidos de los que su esposo tuvo que encargarse para otorgarles algo de paz.

Sin embargo, la capital de la provincia de los Asano era un tanto diferente. No poseían un terrateniente amable que, pese a los duros golpes de la vida, intentaba con optimismo salir adelante, sino que habían perdido a sus líderes y a más de la mitad de su población de un solo golpe, luego de ser asediados por violentos invasores. Al parecer, esta atroz experiencia tardaría en desaparecer de la mente de la diezmada población.

Pero Rin sabía que podían superarlo. Eran libres y su ciudad se alzaba de nuevo. Llevaría tiempo, pero reharían sus vidas y saldrían adelante.

Koharu lo estaba haciendo, pensó con orgullo. La pequeña y valiente Koharu... le recordaba de cierta manera a sí misma. Sólo que Rin había tenido la suerte de contar con gente maravillosa que velaba por ella, pero la jovencita siempre había sido solitaria. Mantenía un perfil bajo, no formaba lazos con nadie, era constantemente ignorada...

E incluso con tantas desgracias a lo largo de su corta vida, se recuperaba.

Koharu había sido convocada a Montaña Blanca para dar su testimonio ante todos los señores provinciales, y desde que Sesshomaru le habló sobre su encuentro con ella, Rin había querido conocerla y agradecerle personalmente por su valentía.

Era una chica amable, y se veía tan perdida... que un doloroso tirón en el corazón la hizo regresar a sus épocas más oscuras. Ni siquiera lo pensó dos veces cuando le preguntó si le gustaría quedarse a laborar en Montaña Blanca.

Ahora, Koharu trabajaba media jornada siendo su asistente personal y el resto del día lo dedicaba a aprender a leer, escribir y recibir una educación básica de la mano del señor Myoga y otros instructores, pues le había confesado a Rin que antes nunca tuvo la oportunidad de hacerlo.

Habían transcurrido algunos meses desde su llegada a la ciudad y le alegraba constatar sus avances y la mejora en su estado de ánimo. Pero claro... estar de vuelta en su antiguo hogar para darle su debida despedida a la princesa Sara no permitía que éstos se notaran demasiado.

Rin dirigió su mirada al bonito monumento en el borde del acantilado donde había estado el castillo Asano. Era un obelisco de blanca piedra caliza, hermosamente tallado. Se erguía con dignidad, aunque solitario, en un paraje que en el pasado fuera tan rebosante de vida y actividad. En su cima brillaba la joya azul que la difunta princesa había llevado en su collar.

Aquel era un monumento especialmente hecho para ella, después de todo. Por su importante acto de valor que, posiblemente, salvó al país entero de una nueva guerra.

A un muy alto precio.

Posó la mano sobre el grabado en la base del monumento. Aquí descansa Sara Asano, cuyo valor y sacrificio jamás será olvidado, y justo debajo había un pequeño resumen de los hechos. Con ella reposaban también los miembros de su familia, sus nombres tallados abajo del suyo. La princesa había resistido un calvario por ellos y su gente, y ahora... continuaría velando por su amada ciudad, desde el más allá.

Observó los preciosos ramos de crisantemos que ella y Koharu habían llevado, junto a las demás ofrendas que se acumulaban por montones al pie del obelisco. La ceremonia funeraria había sido el día anterior, pero ambas habían querido visitarlo para darle un último adiós aquella mañana. La jovencita se había marchado hacía apenas unos minutos en preparación al viaje de regreso.

Rin nunca había conocido a la princesa Sara; su única interacción ―si es que se la podía llamar así―, había sido la respuesta a su carta ante el regalo de bodas que había enviado cuando se casó con Naraku. Al recibirla, realmente no pensó bajo qué circunstancias la había escrito. Sabía que estaba dolida por la muerte de su padre y la situación de su provincia, pero más allá de eso...

―Rin ―volteó para encontrarse a Sesshomaru acercándose.

―Ojalá hubiéramos podido hacer más por ella ―comentó.

Sesshomaru llegó a su lado y fijó la vista en el nombre de la princesa escrito en la piedra... recordando la última vez que la había visto, ya al borde de la muerte.

Tal vez… de haberle concedido esas audiencias que le pedía durante su última visita a Montaña Blanca, nada de esto habría pasado. Tal vez, ella seguiría viva. No tenía la certeza de que algo hubiera cambiado, de que ella se atreviera a confesar los crímenes de su padre y la presencia de Naraku en su ciudad, pero…

Una pequeña parte de él estaba molesta el no haberle dado la oportunidad de escucharla personalmente en su momento.

―Es hora de irnos ―dijo a cambio, alejando de su mente esa tétrica visión. Su esposa asintió, y antes de irse, hizo una reverencia ante el monumento. Le daba las gracias... y al mismo tiempo le pedía perdón.

Echó a andar por el camino en dirección a los miembros de su personal que la esperaban, dejando rezagado a Sesshomaru. Éste, ante la pequeña privacidad, inclinó levemente la cabeza en señal de respeto y no tardó en seguir a Rin.

El silencio los rodeó cuando tomaron sus lugares en el carruaje que los llevaría de regreso a Montaña Blanca. Rin no despegó la vista de la ventana hasta que el paisaje cubrió el obelisco bañado por la luz del sol matinal. Cuando volvió su mirada al interior, se topó con que su esposo se encontraba con la vista perdida, sumido en sus pensamientos. Sabía, por la tensión en su rostro, que fuera lo que fuera lo que estuviese pensando, no era algo muy agradable.

Posó su mano sobre el puño masculino que se cerraba sobre su regazo, acariciándolo con su pulgar.

Los meses consecuentes del ataque de Naraku habían sido largos y llenos de fatigosos desafíos. Dejaban su marca en la población de Shiroyama y en ellos dos, quienes no dejaban de trabajar para recuperarse del duro golpe.

Incluso cuando Sesshomaru no estuviera del todo de acuerdo con que Rin hiciera tantos esfuerzos, considerando su estado.

―Está pateando otra vez ―le dijo, guiando su mano hasta su abultado abdomen. Por debajo de todas las capas de vestir sentía el leve golpeteo―. También está preocupado por ti.

Las patadas eran diminutas y constantes, como si su único propósito fuera llamar su atención. Las facciones de Sesshomaru se ablandaron ligeramente.

―Es muy activo.

―Exageradamente activo ―confirmó ella. Por lo general adoraba sentir los movimientos de su hijo (o hija), pero había ocasiones en las que prefería que estuviera tranquilo al menos por un par de horas para dejarla dormir. Tenía el presentimiento de que aquel sólo era un presagio de lo que les esperaba en cuanto naciera.

Viendo el cansancio en el rostro de su esposa, Sesshomaru comentó:

―Si necesitas descansar sólo debes decirlo.

―Díselo a él ―se señaló el vientre de seis meses―. Si se calma creo que dormiré un poco.

―Podemos detenernos de ser necesario.

Rin negó con la cabeza, tanteando su barriga en respuesta a los golpeteos.

―Pronto será la inauguración del templo, necesito prepararme para que todo resulte bien. Además... quisiera estar al lado de Kagome y su familia y cerciorarme de que todo esté en orden.

―Te has tomado muy seriamente su situación ―observó Sesshomaru. Rin torció un poco la boca.

―Es difícil no empatizar con Kagome ―hizo una corta pausa, rascando distraídamente la tela de su kimono―. Se enteró repentinamente de un montón de cosas durante un momento muy difícil... descubrió que está emparentada con un sujeto horrible... y perdió a personas muy importantes en un abrir y cerrar de ojos. Quizás no pasamos exactamente por lo mismo, pero... creo entender cómo se siente, al menos un poco.

Aunque Rin no hubiera perdido a su familia de esa manera, se vio obligada a separarse abruptamente de ellos. Se había sentido tan confundida y perdida en ese momento...

―Necesita apoyo ahora más que nunca. Las autoridades de Montaña Blanca no se tomaron nada bien la noticia, y temo por las reacciones de los que asistan a la reinauguración del templo. Y del resto de la ciudad, cuando se entere.

―No se atreverán a hacerles nada. No cuando saben que cuentan con la protección de los Taisho.

―Tal vez no intenten algo físico, pero el repudio y el rechazo será muy doloroso para ellos.

―No puedes protegerlos de todo, Rin.

―Ojalá pudiera ―volvió a suspirar. Las patadas empezaban a calmarse―. Sé que no son libres de culpa por haber encubierto lo que hizo la señorita Kikyo y deben responder por sus actos, pero no es culpa de Kagome. Ni de la señora Moe ni de la pequeña Mei. Pero la gente no lo verá así.

―Es algo que ni tú ni Inuyasha pueden evitar.

―Sí... Lo sabemos ―dijo en tono de derrota.

Pese a que le agradó poder ir hasta la provincia de los Asano para rendirle honores a la princesa Sara, estaba ansiosa por volver a casa... y al mismo tiempo, quisiera permanecer en esa carreta, en el punto intermedio, por más tiempo. Una vez que llegara, la esperaba un evento difícil. No sólo para los Higurashi; sino para toda la ciudad.

Escuchar que su reverenciada santa había mentido desde que asumió su posición, que su estimado antiguo sacerdote encubrió todo... al igual que su familia, que mantuvo la mentira desde su fallecimiento... Y que Kagome, quien resultaba ser una amiga muy cercana del mismo príncipe, era hija del responsable del ataque a la ciudad antes de la ceremonia de año nuevo…

―Oh ―algo más llamó su atención, cambiando el rumbo de sus pensamientos―. Creo que se durmió ―dijo en voz baja, deslizando con sumo cuidado la mano por su vientre. Sesshomaru la observó de soslayo.

―Quedan varias horas de camino.

Rin formó una pequeña sonrisa al aceptar aquella parca invitación, reclinándose sobre él. Su estola cubría sus hombros y la de Sesshomaru le servía como la mejor almohada. Se sentía cómoda. A salvo.

Sesshomaru notó que el cuerpo de su mujer perdía fuerzas hasta quedar profundamente dormida. Estiró su brazo libre para cubrir mejor su regazo con la estola, dejando reposar sus nudillos sobre su abdomen. Su hijo estaba en total calma.

Subió su línea de visión hasta el rostro de Rin y sintió sus propios músculos aflojarse de la tensión acumulada. Pese a hacer todo lo posible para demostrar lo contrario, él también estaba cansado.

Echó un vistazo por la ventana del carruaje, hacia el bosque que atravesaban. Recordaba haberlo cruzado meses atrás en persecución de Naraku, para encontrarse con la ciudad destruida y la familia Asano prácticamente aniquilada, con la inquietante certeza de que, si no se apresuraba, Montaña Blanca terminaría igual.

Apretó los labios y cerró los ojos en un intento por alejar esos recuerdos. No era momento para recriminarse sus errores, no se diría nada que no supiera ya. Debía enfocarse en el futuro, no en el pasado. Como por ejemplo, en qué haría con esa provincia. Necesitaba a alguien que la manejara, alguien en quien pudiera confiar lo suficiente como para guiar a sus habitantes a partir de ahora.

Tenía varios candidatos en mente, pero uno de ellos resaltaba en especial. Todavía era pronto, pero, si cumplía sus expectativas, tal vez en unos años le cedería el control de la provincia.

Si Inuyasha seguía probando su capacidad para dirigir y asumir responsabilidades, no habría motivos de preocupación.

El rítmico traqueteo de la carreta se volvió más estable una vez que abandonaron el bosque y se incorporaron a la ruta principal a campo abierto. Arribarían a casa a tempranas horas de la noche si seguían a ese ritmo. Sin duda era un largo camino, mucho más que yendo a caballo.

Nunca le gustó especialmente viajar por carruaje por lo lento que resultaba, pero...

Rin acurrucó un poco más en su hombro y soltó un profundo resoplido, totalmente dormida.

Debía admitir que tenía sus ventajas.

Reposó la mejilla sobre su coronilla, apenas moviéndose para adoptar una posición más cómoda sin interrumpir su sueño. No le vendría mal descansar un poco a él también.

...

El corazón de Kagome latía desbocado desde el momento que abrió los ojos esa mañana. Aunque realmente tampoco se podía decir que los hubiera cerrado en algún momento de la noche. Por más que intentara dormir, le era totalmente imposible. Se levantaba de la cama, daba vueltas por la habitación, miraba por la ventana y se volvía a acostar. Sólo para ponerse de pie y hacerlo de nuevo.

Y no era la única en un estado similar. Su madre... mejor dicho, su abuela, con quien compartía los aposentos en el palacio, también permaneció despierta toda la noche. En un principio la mayor intentó calmarla, pero pasadas las horas notó que nada de lo que dijera surtiría efecto, así que ambas se quedaron despiertas, hablando de a ratos, pero mayormente en silencio, dejando pasar el tiempo.

Cuando se reunieron muy temprano en la mañana en el pasillo, las ojeras bajo los ojos de Sota y Moe le indicaron que ellos tampoco habían podido conciliar el sueño. Y no era de menos el motivo. Ese día, la verdad sería revelada públicamente y su relación con la ciudad cambiaría para siempre.

Pero era necesario hacerlo. Era necesario liberarse de una vez por todas de la pesada carga que el anterior patriarca de los Higurashi había impuesto sobre su familia.

Así que cuando se encaminaron al recién reconstruido templo, una extraña sensación de alivio invadió a Sota, entremezclado con el miedo y la culpa. Pasara lo que pasara ese día, dentro de unas escasas horas, todo acabaría.

―Kagome ―la llamó, rezagándose del resto de la familia. Su madre y esposa, adivinando sus intenciones, siguieron adelante con la pequeña Mei para reunirse con los sacerdotes y sacerdotisas que los esperaban puertas adentro. Había algunas personas alrededor preparando el lugar para la ceremonia de inauguración, barriendo y dando toques finales a la decoración. Pero estaban tan lejos que no podrían escucharlos―. Ven conmigo un momento.

La joven lo siguió entre los edificios hasta un lugar apartado. Hasta el antiguo Árbol Sagrado. Había sido una fortuna que éste no recibiera daños por el enfrentamiento cuando casi todo a su alrededor había resultado afectado de una u otra manera. Aquel árbol se mantenía alto, agitando sus ramas más delgadas ante la brisa primaveral.

Sota lo observó en silencio por un momento, recordando su niñez. Aquellos difíciles años en los que su padre se tornaba cada vez más exigente y duro con él. Más de una vez se había escapado de sus castigos e ido a buscar refugio bajo la sombra de ese árbol. Muchas de esas veces, su hermana Kikyo le daba el consuelo que tanto necesitaba ante los crueles escarmientos de su padre.

Cuando su madre no podía encontrarlo para hacer lo mismo, a escondidas del patriarca, quien detestaba semejante muestra de debilidad, Kikyo siempre lo hacía. Y siempre lo ayudaba a sentirse mejor.

Hacía mucho tiempo había jurado hacer lo mismo por ella. Lo había intentado con todas sus fuerzas durante toda su vida, y ahora lo hacía con Kagome.

Pero, en su intento de protegerlas a ambas, había cometido muchos errores.

―Quiero disculparme contigo, Kagome ―al fin se volteó para encarar a su sobrina―. De haber revelado la verdad antes, las cosas serían muy diferentes ahora.

Por algún motivo, Kagome dirigió su atención a las cicatrices que el incendio había dejado sobre él. Apenas se notaban en parte de su cuello y su barbilla. Pero bajo su sencillo atuendo se ocultaban las grandes quemaduras que atravesaban su pecho y abdomen. Sota ya había sufrido tanto... no era justo que tuviera que someterse a mayores presiones cuando apenas se acababa de recuperar. Ni él, ni Moe, que tenía quemaduras similares en su espalda y piernas... ni su madre, ni Mei.

La joven comprimió los labios. Sota se había disculpado en otras ocasiones, pero por algún motivo, esta vez sonaba distinto. Sonaba tan... resignado. Como si ahí, frente al árbol sagrado, estuviera confesando el mayor de sus crímenes… y rogara su perdón. Pero no sólo el suyo. ¿Se disculpaba también con Kikyo, acaso?

―No te culpo por nada de esto, hermano ―no importaba que hubiera asimilado que en realidad era su tío, para ella, Sota era su hermano mayor. No podía deshacerse de esa costumbre―. Ella quería esperar a que fuera mayor, y entiendo por qué lo hizo. Sé que no fue fácil para ella. Ni para ustedes tampoco.

―Eso no significa que haya sido lo correcto ―replicó Sota con suavidad―. Hablamos mucho de esto cuando padre murió. Madre, Kikyo y yo. Tu vida ya había sido bastante difícil hasta entonces, no queríamos añadirte más cargas revelando la verdad. Y por eso... ahora esa carga es mucho mayor de lo que habríamos deseado.

―Pero no sólo para mí ―observó ella, también dirigiendo la vista hacia las altas ramas del árbol. Aquel lugar conservaba recuerdos tanto buenos como malos, era el único hogar que conocía. Y no le parecía justo que su familia tuviera que abandonarlo de esa manera―. ¿Estás seguro de que quieres hacer esto?

―Es lo que tuve que hacer hace años ―suspiró Sota―. Madre está de acuerdo, al igual que Moe. Con algo de suerte, Mei no recordará mucho de esto cuando crezca, así que estará bien. Y tú... también es lo que quieres, ¿no es cierto?

Kagome sonrió tristemente.

―Es agotador mantener secretos, no sé cómo lo han estado haciendo todos estos años. Pero, aún así... ―dio unos pasos decididos en su dirección y tomó su mano―. Te agradezco mucho que nos hayas protegido a mi madre y a mí. Sé que no tuvo que ser nada fácil para ninguno de ustedes y...

Sota la estrechó en un abrazo tan repentino que la tomó por sorpresa.

―Por ti, todo valió la pena ―le dijo al abrazarla un poco más fuerte. Las rodillas de Kagome casi fallaron―. Y seguirá valiendo la pena, sin importar lo que pase.

La joven inhaló fuerte para aguantar el llanto y le devolvió el gesto, apretando la ropa de la espalda de Sota.

Estaba muerta de miedo por lo que pasaría a partir de ahora, pero tenía a su familia. Tenía a Inuyasha, y el apoyo de la señora Rin. Y con eso... con eso era suficiente.

―Creo que ya nos demoramos bastante ―Sota se separó de ella, tomándola de los hombros para verla a la cara. Sus ojos estaban brillantes, contenía las lágrimas mientras examinaba sus facciones. Sonrió suavemente―. Te pareces mucho a Kikyo, aunque no sólo en apariencia. Y tu cabello ―depositó una mano sobre su cabeza, como hacía cuando era muy pequeña― es perfecto. Así como es.

Los labios de Kagome temblaron y comenzó a llorar otra vez, pero ahora sonreía mientras se limpiaba las lágrimas.

―Creo que después de esto me voy a demorar un poco más.

Sota la abrazó otra vez, riendo por lo bajo.

Una hora después, el templo se encontraba rebosando de gente ansiosa y emocionada por la reapertura, rezando en sus pequeñas pagodas y hablando animadamente entre sí. Aunque más de uno había notado un importante detalle. El tallado en el torii que le daba nombre al templo no había sido incluido.

En realidad, no se veía el nombre de los Higurashi por ningún lado.

La mayoría lo tomó como un error que se corregiría más adelante y le restó importancia, pero otros sabían el significado de esto. Las autoridades de la ciudad también se encontraban presentes para el evento, luciendo expresiones definitivamente menos alegres que los demás. No estaban en absoluto complacidos con la familia, aunque, al menos uno o dos, sentía cierto grado de empatía por ellos.

Al cabo de un rato, los sacerdotes y sacerdotisas fueron guiando al público al patio principal, lugar que había sido sede de tantos eventos importantes para esa ciudad. Desde funerales a bodas y homenajes. Esta vez, cumpliría un propósito distinto.

―Gracias, muchas gracias a todos los habitantes de Montaña Blanca que se encuentran reunidos aquí hoy ―la Gran Señora habló alto y claro desde la tarima. Detrás de ella, los miembros del templo, los Higurashi, el príncipe Inuyasha y las autoridades de la ciudad guardaban silencio. El Gran Señor, fuera de la vista, escuchaba atentamente, alerta a los movimientos del público junto a sus guardias de mayor confianza―. Gracias por acompañarnos en este largo proceso de recuperación. Han sido meses llenos de pérdidas y desafíos más difíciles de los que muchos aquí podríamos haber pensado que alguna vez sucederían en esta ciudad. El día de hoy, recordamos a los que se fueron, a los que lucharon y a los que siguen de pie con nosotros, a pesar de todo.

»Tenemos la gran fortuna de contar con grandes personas, fuertes pilares para nuestra comunidad que fueron esenciales durante estos momentos de incertidumbre. Y no solamente con pilares; cada integrante de esa comunidad ha hecho un valioso trabajo, demostrando su compromiso en la reconstrucción tras el ataque de las fuerzas invasoras. Quisiera agradecer a la guardia de la ciudad, por su excepcional valor y rápida respuesta ante el peligro, que hizo la mayor de las diferencias. Sin su arduo trabajo y nobles sacrificios, posiblemente el día de hoy no hubiera nada que celebrar.

El público estalló en un atronador y solemne aplauso, sonriendo y haciendo gestos hacia los guardias que cumplían su deber aquel día. Rin esperó a que el ruido cesara un poco antes de pedir silencio alzando una mano. Respiró hondamente y continuó:

―Del mismo modo, quisiera pedirles que, por favor, sus agradecimientos también se dirijan a la princesa Sara Asano ―cuando dijo esto, el humor del público se tornó de alegre a extrañado, incluso hasta indignado―. La princesa Asano arriesgó su vida día y noche por su pueblo, exponiéndose al peligro en su esfuerzo por resguardarlos de un destino que intentó prevenir. Aunque no pudo cumplir dichos propósitos en su provincia, tuvo el valor suficiente de dar la voz de alarma y evitar que el resto del país sufriera el mismo destino. Bajo constantes amenazas y maltratos, bajo la presión de llevar sobre sus hombros la seguridad de su familia, de todo su hogar... este hecho es algo que no debe ser pasado por alto, y mucho menos olvidado.

»Callar no significa complicidad, a veces el miedo supera la razón. El miedo a cometer un error que podría costarle la vida a un ser querido. El miedo de perder todo lo que amas si das un paso en falso. La princesa Sara Asano superó su mayor temor e hizo lo correcto, y con ello, salvó un sinnúmero de vidas. No piensen en ella como una víctima. No piensen en ella como una heroína, si no les parece adecuado. Pero no cometan el error de culparla por algo que estaba fuera de su control. Tuvo el valor de hacer lo correcto y pagó con su vida por ello, acción que merece respeto y gratitud.

La garganta de Rin comenzaba a dolerle por mantener el tono tan alto, pero volvió a dar una bocanada y no permitió que los cuchicheos se prolongaran un segundo más:

―Y por supuesto... No podemos hablar de agradecer sin mencionar a la señora Izayoi Taisho ―el público cayó en un aplastante silencio. El pecho de Rin se apretó dolorosamente. No dejes que se te cierre la garganta, vamos―. Nada me gustaría más que haber tenido el honor de poder conocerla tan bien como ustedes. Se ha hablado mucho de su labor en esta ciudad, en el país entero. De su excelente regencia al lado del señor Toga Taisho, y también de sus méritos dirigiendo esta nación sin él. Sin embargo, quisiera tomarme un momento para hablar de lo que ella hizo por mí, ya que la mejor mentora que alguien podría necesitar. Pavimentó mi camino como Gran Señora y, si se me permite total honestidad, dudo haber logrado adaptarme tan bien a este entorno, desconocido hasta entonces, de no ser por su intervención ―un nuevo murmullo recorrió a la multitud, pero esta vez distinguió un tono de compasión y tristeza. Le costaba muchísimo hablar de eso, pero no quería detenerse. Era doloroso, pero al mismo tiempo... liberador.

»Más que mi predecesora y mentora, era mi amiga. Una amiga que dio su vida... para asegurar la mía. Ella amaba a su familia. Amaba esta ciudad, a este vasto país y a su gente de una manera tan genuina que su partida duele a nivel personal ―resistió el impulso de girar y ver a Inuyasha. Sentía sus dorados ojos clavados en su nuca―. Puede que la señora Izayoi se haya ido, pero su recuerdo e influencia permanecerá vivo sin importar el tiempo que transcurra. No me cabe la menor duda de que ella seguirá velando por Montaña Blanca, de nuevo en compañía de su señor esposo. Ambos siempre estarán presentes, aunque no podamos verlos.

Tomó aire otra vez, tratando de no fijarse en los cientos de rostros viéndola fijamente.

»Quisiera pedirles a todos un minuto de silencio por la señora Izayoi. Por el señor Toga. Por la princesa Sara, por nuestros guardias y soldados que han dado su vida protegiendo este país. Sus sacrificios no fueron en vano y sus legados continuarán vivos en cada uno de nosotros, ahora más que nunca.

El público acató la petición, bajando la cabeza y guardando un respetuoso silencio. Ni siquiera los murmullos de las plegarias podían oírse, aunque sabía que la mayoría articulaba oraciones y agradecimientos. Se sentía un poco mareada, no sólo por el torrente de emociones que su discurso le provocó, sino porque además, sabía lo que vendría a continuación.

Como si pudiera sentir su inquietud, el bebé comenzó a patear con insistencia. Quería pensar que era su manera de distraerla, alejar su mente al menos un segundo de todas sus preocupaciones. Resistió el impulso de responder los golpeteos con sus dedos y levantó la cabeza cuando el minuto concluyó.

Algunas personas murmuraban entre ellas, otras la miraban extrañadas. Sabía lo que estaban pensando. No incluyó a la señorita Kikyo y era demasiado notable su ausencia, considerando lo venerada que había sido durante los últimos diez años. Sin embargo, la familia Higurashi así se lo había pedido.

No lo consideraban apropiado sabiendo cómo reaccionaría la gente al conocer la verdad.

Y ahora viene la parte más difícil. La criatura en su vientre le dio otra serie de patadas que casi la hicieron soltar un quejido. De seguro estaba molesto porque no le respondió los golpecitos anteriores como siempre hacía, pero ya le daría toda su atención más tarde. Se consoló pensando en eso para aliviar la tensión que se acumulaba en sus músculos y adoptó nuevamente aquel tono alto y regio para dirigirse a la multitud.

―Hoy no es solamente un día para recordar a quienes nos dejaron, también es un día de nuevos comienzos. Una nueva etapa comenzará hoy en Montaña Blanca con la reconstrucción de este templo, que se vio severamente dañado durante el ataque invasor. Pero las estructuras no fueron lo único que se vieron severamente cambiadas ese día.

Estaba tan nerviosa que temió que su corazón saliera disparado de su pecho. Esperaba que las lecciones con la señora Irasue hubieran rendido frutos y no se notara su temor.

―Les pido su atención para el señor Sota Higurashi, quien desea hacerles un comunicado.

Sin mayor anticipación, dio un paso atrás y devolvió la reverencia que Sota le hacía. Respiró hondo y mantuvo su rostro lo más neutral que pudo, evitando echarle una mirada al resto de la familia. Debía mostrar confianza en ellos y en sí misma.

Sólo será un momento, pensó, como si así pudiera darle ánimos a los Higurashi. Pasará pronto.

Sota tomó el lugar que Rin había ocupado y alzó su voz:

―Este templo guarda una larga historia desde la fundación de la ciudad, tantos siglos atrás. Ha soportado épocas brutales, asedios, guerras. Cada vez que ha caído, se ha levantado de nuevo gracias a la participación de los habitantes de Montaña Blanca. Esta vez no fue la excepción. Es la devoción de su gente por la que resurge y se ha mantenido ante cada adversidad. La familia Higurashi ha sido la guardiana de este lugar por generaciones. Nuestros antepasados hicieron su mayor esfuerzo por conservar las antiguas tradiciones y asegurar su legado con dignidad y honor.

El hombre cerró momentáneamente los ojos, preparándose para lo que debía decir a continuación. No le temblaba la voz, aunque debía admitir que sí estaba nervioso. El fuerte latido de su corazón era una fastidiosa distracción. También lo eran los cientos de rostros tornados hacia él, los cientos de pares de ojos siguiendo sus movimientos y prestando la máxima atención a cada palabra.

No los ignoraría, no se acobardaría. Les diría la verdad viéndolos de vuelta, con la frente en alto.

Es lo correcto, se repitió por enésima vez ese día.

»Un honor que me temo, no prevaleció estos últimos dieciséis años en nuestra familia.

Un pesado silencio cayó sobre los presentes, mas no duró demasiado, puesto que los murmullos resurgieron, esta vez un poco más altos y desconcertados que antes. Sota volvió a hablar, y todos callaron para escucharlo.

―Mi hermana Kikyo no era la santa que todos creen que era. Mi padre no era el sumo sacerdote de impecable actuar que aparentaba ser. Mi madre y yo no somos tan correctos como siempre han creído ―contuvo el impulso de apretar los puños. Qué difícil era hablar de eso en voz alta, frente a tanta gente. Dudaba que el silencio que le otorgaban se alargara por mucho tiempo―. La verdad es que mi hermana sólo era humana, al igual que nosotros. Entrenó toda su vida para convertirse en la sacerdotisa principal del templo, el orgullo de nuestra familia... un orgullo demasiado pesado para sus hombros. Especialmente cuando este camino fue impuesto ante ella sin mayor opción y en contra de sus deseos... para esconder el hecho de que era madre de una niña.

La exclamación de asombro no se hizo esperar, y como sabía que no podría calmar al público fácilmente, los dejó cuchichear un momento más del que le habría gustado.

―Las intenciones de mi hermana eran abandonar el servicio y marcharse de la ciudad para criar a su hija. Había cometido un error... el error de ser una mujer con un pequeño momento de debilidad. Momento que la convirtió en una pecadora, en palabras de mi padre ―admitió con un tono más duro del que pretendía en un principio―. Mi padre amenazó con deshacerse de la criatura al enterarse de su existencia, y mi madre y yo hicimos todo lo posible para que esto no sucediera. No se puede culpar a un niño por llegar a este mundo ―añadió, recordando esa fuerte discusión con su padre cuando se supo del estado de Kikyo―. Mi hermana fue obligada a retomar su entrenamiento, pretender que nada había sucedido para conservar la vida de su hija. Guardamos silencio, criando a la criatura en su lugar. Lo único que importaba para nosotros era protegerlas a ambas. La prioridad de mi padre sólo era proteger la reputación del templo... de los Higurashi.

»Y continuamos haciéndolo una vez que mi padre falleció... guardando silencio. Creímos que si lo ignorábamos, desaparecería. Creímos que obtendríamos al fin la normalidad y la paz que tanto habíamos estado buscando. Pero nos equivocamos, de nuevo. Y esto le costó muy caro a Montaña Blanca y a Shiroyama.

»Porque descubrimos que el reciente ataque fue orquestado para secuestrar a mi hermana Kikyo, por el hombre que resultó ser el padre de su hija.

Rin desvió momentáneamente la mirada hacia Kagome, al lado de su abuela, quien le sujetaba la mano a sus espaldas. Un gesto que ocultaban del público. La jovencita estaba estática, con los ojos muy abiertos y el rostro tan pálido que temía que se fuera a desmayar. Inuyasha la vigilaba constantemente a poca distancia, alternando su vista entre ella y las personas que escuchaban la confesión de Sota. Su mano estaba posada en la empuñadura de su espada, como si esperara que alguien saltara a la tarima para atacar a la familia.

Pero Rin quería creer que no llegaría a tales extremos. Al menos... no en ese preciso momento. Les tomaría un poco de tiempo asimilar la noticia, y en caso de que alguno de los presentes tuviera esas intenciones, la guardia estaba lista para actuar de inmediato.

Devolvió la mirada al frente para prestarle atención a Sota, quien continuó tras esperar a que disminuyera la ola de cuchicheos, cada vez más exaltados.

―El nombre de este hombre era Naraku, El Conquistador. A quien se cree responsable de la guerra de seis años. No estábamos al tanto de que él y el hombre con quien mi hermana Kikyo se involucró fueran la misma persona ―habló más alto para hacerse escuchar entre los murmullos―, ni siquiera ella lo sabía. No hasta que fue demasiado tarde.

»Este hombre destruyó el templo para llevarse a mi hermana y a su hija... Kagome. Las hizo pasar un infierno bajo tierra y a consecuencia de esto, mi hermana Kikyo perdió la vida.

Hizo una corta pausa y apretó los dientes. Debía dolerle la garganta, pensó Rin. Estudió de nuevo a la multitud, buscando señales de algún alzamiento. Distinguía muchos rostros furiosos, confundidos y dolidos. Muchos repletos de un asco indescriptible... mientras observaban a Kagome.

Inuyasha comprimió la empuñadura de Tessaiga y Rin pudo apreciar su fugaz impulso de moverse de su posición, como si quisiera escudarla del cruel escudriño de los habitantes de Montaña Blanca.

Sin embargo, Kagome se mantuvo con la frente en alto y totalmente inmóvil, como si no pudiera ver a la gente con sus ojos clavados en ella.

―Pido perdón en nombre de la familia Higurashi por no haber tenido el valor de confesar esto mucho antes ―Sota y la familia completa, menos Mei, quien no estaba en el escenario para mayor seguridad, hicieron una profunda reverencia―. Mi madre y yo aceptamos toda la responsabilidad del reciente ataque. Sólo les pido que, por favor, no dirijan su enfado hacia Kagome, hacia mi esposa Moe y mi hija Mei. Ninguna de ellas era consciente de esto hasta el día del ataque, no han cometido ninguna de las ofensas de las que mi padre, madre, hermana, abuelo y yo somos culpables de mantener en secreto.

Todos se incorporaron de vuelta y a Rin se le partió el corazón al ver que, pese a su semblante en blanco, los ojos de Kagome brillaban por las lágrimas contenidas. Su abuela y Moe lucían expresiones similares: serenas pero con claras señales del miedo y la tristeza que sentían.

Hablando en sentido realista, ni Moe ni Kagome deberían haberse disculpado de la misma forma que Sota y su madre. Pero eran parte de la familia, era un peso que compartirían entre todos. De habérsele permitido subir a la tarima, la pequeña Mei también se sumaría al gesto, pues pese a su corta edad, comprendía lo que sucedía a su alrededor y quería acompañar a su familia.

―No existen palabras para excusar nuestra cobardía. No merecemos los honores que se nos han concedido ―continuó Sota―. Por lo tanto, este templo ya no estará bajo nuestra dirección, y todas las distinciones que fueron otorgadas a mi padre, a mi abuelo, a mi hermana y a mí han sido revocadas por completo. En mi afán de proteger a nuestra familia, no vi el daño que podría ocasionarle a los demás. Por eso también pido mis más sinceras disculpas.

Cuando terminó de hablar, no se podía decir que los presentes estuvieran precisamente callados. Atónitos sí, pero calmados ni de lejos. Ante su última disculpa, Sota había vuelto a hacer una reverencia. Cuando se incorporó de vuelta, vio de frente todas las caras sobre él y el resto de los Higurashi. No sentía miedo por lo que pudieran decirle ―o hacerle― a él, pero sí estaba nervioso por la clase de comentarios que le dirigirían ahora a los demás. Especialmente a Kagome.

―¿Entonces ella es hija del que ocasionó esta guerra? ―preguntó una mujer cerca de la tarima, alto y claro, señalando a la adolescente.

―Lo es.

―¿Y ustedes lo supieron todo este tiempo y aún así no dijeron nada? ―preguntó el hombre que estaba a su lado, indignado. Los conocía bien, habían sido visitantes habituales del templo.

―No supimos quién era su padre hasta hace poco, señor Tsuda. Mi hermana nunca compartió su nombre con nosotros.

―¿Y todavía la protegen? ¡La señorita Kikyo nos engañó todo este tiempo! ¡Todos ustedes lo hicieron! ―saltó otra persona, agitando el puño en el aire. Otras voces se le unieron en los reclamos.

―¿Eso significa que las ceremonias que ofició la sacerdotisa Kikyo ya no son válidas?

―¿Por qué no hablaron antes? ¡Qué cobardes!

―¡Esa niña debería ser desterrada, tiene sangre de un invasor! ¡Seguramente los ayudó a atacarnos, ella y su madre!

―¡No, eso no es...! ―la señora Higurashi se adelantó, pero antes de que pudiera decir algo más, Inuyasha dio un paso al frente, adelantándose a Rin que pretendía hacer lo mismo.

―¡Muy bien, cálmense todos! ―vociferó mucho más fuerte que los demás, sorprendiendo a Rin. Inuyasha tenía un tono de voz fuerte, pero jamás imaginó que pudiera alzarlo tanto―. Tienen razón al reclamar y al enojarse ¡Es una noticia difícil de digerir y no les pido que la asimilen ahora mismo! Lo que les pido es que no pierdan la cordura y digan o hagan algo que podría meterlos en problemas ―advirtió muy seriamente―. Kagome Higurashi no carga ninguna culpa ni responsabilidad por ninguno de estos hechos. Existir no es un crimen, y les puedo asegurar que nadie en su sano juicio pediría estar emparentado con ese hombre. Ella se enteró de la verdad durante las horas que permaneció secuestrada, así que es imposible que los haya ayudado en su infiltración. Usen el sentido común, por favor.

―¡No es posible! ¿Usted también la protege, príncipe? ―gritó un hombre más allá. Como no estaba cerca de la tarima, Inuyasha no pudo ubicarlo.

―Por supuesto ―respondió él con total calma―. Los Taisho la protegemos, al igual que al resto de los Higurashi ―varias personas alzaron la voz con indignación, pero la de Inuyasha volvió a superarlas―. Los Higurashi cometieron un error y serán sancionados por esto, que no les quepa duda. Sin embargo, no se le impondrá castigo alguno a alguien por simplemente nacer e ignorar sus verdaderos orígenes.

Rin dio un paso al frente y se situó al lado de su cuñado.

―La familia Higurashi se ha dedicado enteramente a esta comunidad desde que el señor Sota asumió el mando. Han sido un importante pilar para la ciudad durante y después de los tiempos de guerra, y dudo que alguien pueda poner en tela de juicio su compromiso por hacer de este un lugar mejor. No hay mentira ni engaños detrás de estos actos.

―¡Lo hicieron para encubrir su pecado! ¡Eso también fue un engaño!

―¡Jamás habrían dicho nada si no hubieran invadido la ciudad!

―¡Pudieron matarnos a todos por culpa de la señorita Kikyo!

Esto llevará todo el día, pensó Rin mortificada. Debían resistir y tratar de apaciguar las aguas lo más posible; si se retiraban ahora sólo crecería el descontento de la población, y no quería ni pensar en las consecuencias de eso. La señora Izayoi de seguro sabría cómo manejar mejor esta situación.

Pero ella ya no estaba ahí, y era responsabilidad de Rin y de Inuyasha hacerse cargo. Le había pedido a Sesshomaru que no interviniera a no ser que fuera absolutamente necesario, porque ya tenía demasiadas obligaciones en su haber como para añadirle una más. Además... su esposo no era muy conocido por sus dotes diplomáticas. No dudaba que acatarían sus órdenes sin chistar, pero una táctica de intimidación a la larga sería peor. El resentimiento crecería y la tensión consecuente sería más difícil de manejar.

Así que ahí permanecieron durante horas, escuchando reclamos y haciendo lo mejor que podían para sosegar a la multitud, que también dirigía su descontento hacia los Taisho por escudar a los Higurashi. Sabía que la opinión pública sobre ellos se desplomaría, pero esperaba que con el tiempo las cosas se calmaran... eventualmente.

Sólo se preguntaba cuánto tiempo transcurriría hasta que llegara ese momento.

...

―Deberías estar acostada ―habló la voz de su marido. Rin se giró un poco para verlo aproximarse, y le extendió una mano para que se sentara a su lado.

Ya era tarde por la noche, y el largo baño caliente y la deliciosa cena habían hecho poco o nada para relajarla. Apenas había disfrutado de los masajes que su experta doncella le había dado en la espalda y en las piernas, tan necesarios tras estar tantas horas de pie, y casi no había podido comer nada por lo adolorida que sentía la mandíbula y la garganta. Además, ni siquiera tenía hambre. Las náuseas permanecían y amenazaban con hacerla devolver cualquier cosa que se llevara a la boca.

Lo intentó de todas formas por el bien de su hijo, pero no llegó más allá de medio tazón de sopa de miso. Mientras su marido atendía algunos asuntos en la planta baja luego de cenar, Rin se propuso despejarse y dormir un poco. Pero su mente, en lugar de cooperar, la hacía repetir incontables veces lo sucedido en el templo, las palabras más duras de los ciudadanos y sus preocupaciones por el futuro.

Sumado a que su pequeño hijo no dejaba de moverse, por lo que encontrar una posición lo suficientemente cómoda fue una misión imposible.

Así que se había ido al balcón de la sala de estar para tomar algo de aire fresco. Las noches de primavera eran definitivamente más soportables que las de invierno, así que la fría brisa no le molestaba mucho. Acabó sentándose en un cojín en el suelo al no aguantar el dolor en las piernas y allí se quedó... deseando con todas sus fuerzas concentrarse en cualquier otra cosa que no fuera los hechos del día.

Fallando estrepitosamente, por supuesto.

Sesshomaru tomó su mano y se sentó a su lado, admirando brevemente el cielo despejado de esa noche, una visión nueva después de las fuertes nevadas de invierno y las torrenciales lluvias de inicio de primavera que atrasaron las reconstrucciones, tanto en Montaña Blanca, como en la provincia que les había pertenecido a los Asano.

Rin ladeó la cabeza y la apoyó en su hombro, soltando un silente suspiro. Su mirada estaba perdida en la nada, con el ceño y los labios ligeramente fruncidos con preocupación.

Tras un momento de silencio, preguntó:

―¿Crees que lo hicimos bien?

―No podía hacerse nada mejor ante esta situación.

―Espero que las próximas asambleas ayuden a apaciguar un poco las cosas. Ojalá la gente no presione para exiliar a los Higurashi.

―El que presionen al respecto no significa que ocurrirá.

―No... pero tampoco se puede ignorar por completo el clamor de la mayoría. Hay que encontrar un equilibrio y eso es lo complicado.

―Tomará tiempo ―concordó él con suavidad, a lo que ella se mordió el labio inferior con ansiedad. Ya sabía que sería un proceso lento, pero eso sólo la hacía pensar en todo lo que podría suceder mientras tanto.

Las cosas podrían empeorar drásticamente, e incluso ocurrir un alzamiento si el descontento general aumentaba. Había estudiado casos similares en las demás provincias e incluso revueltas en otros países para anticiparse a qué esperar y cómo proceder.

Si llegaba a fallar, si no podía calmar a su gente...

Se sobresaltó un poco al sentir el frío pulgar masculino tirando con delicadeza de su mentón para evitar que siguiera mordiéndose el labio inferior. No se había percatado de la fuerza que aplicaba, un poco más y se lo habría roto. Rin tomó la mano de su marido y la besó en agradecimiento.

―Descansa mañana ―recomendó Sesshomaru.

―No puedo ausentarme después de lo de hoy. Si ven que me retiro cuando las cosas se ponen difíciles...

―No te retirarías ―negó él en tono neutro. No estaba discutiendo con ella, no le exigía. Él no era así―. Lo tomarías más despacio. No eres la única que lo necesita.

Rin bajó su línea de visión a su prominente abdomen. No sólo era grande para el tiempo que tenía, sino también más pesado de lo que había pensado.

Había visto de cerca cómo el embarazo cambiaba el cuerpo de Shizu, su ánimo y su salud. Gracias a eso, más todas las indicaciones médicas y libros que había leído al respecto, se hacía una idea bastante acertada de lo que le sucedería a ella en el proceso. Pero claro, leerlo o verlo no era lo mismo que vivirlo.

Y aunque nunca se quejaba y aguantaba todo lo que podía, la verdad era... que no se sentía bien. Nada bien. A menudo se sentía enferma y mareada, además de que las piernas le ardían si estaba mucho tiempo de pie.

Era lo más cuidadosa que podía, seguía las recomendaciones médicas y comía tan balanceado como era posible, hasta que sus náuseas le rogaban que parara. Pero, por supuesto... esas últimas semanas, con el viaje por el homenaje a la princesa Sara, la inspección de la ciudad... más todas las reuniones por el caso Higurashi, la reinauguración del templo... y ahora esto...

Tenía tanto que hacer, tanto que arreglar...

Frotó un poco más abajo de su ombligo con el pulgar, justo donde sentía una serie de insistentes golpes. ¿Eso era un puño, un pie? ¿O tal vez ambos? ¿Qué tanto hacía ese niño ahí adentro?

―De seguro se está quejando porque yo también me muevo mucho ―se respondió a sí misma, imaginándoselo dando esos golpes mientras le exigía que lo dejara dormir. Alzó el rostro hacia su marido, quien la observaba de reojo―. Tienes razón, debo tomármelo con más calma. Perdón por preocuparte.

―No es necesario que te disculpes por eso ―le replicó. Veía su compromiso y dedicación, sabía lo importante que era para ella. Sólo le recordaba que sus obligaciones no eran lo único que importaba―. Te pediré algo para que puedas dormir ―hizo el ademán de levantarse, pero Rin, quien aún sostenía su mano, jaló de ella para que no se fuera.

―Tomé algo hace poco. Estoy esperando que haga efecto.

―No tomaste suficiente ―observó él. Rin resopló una pequeña sonrisa.

―Oh, no. Estaría yendo al baño a cada rato. Lo hicieron más cargado para evitar eso. Pero... si quieres tomar uno, te acompaño. Tú también necesitas descansar.

―Estoy bien.

Rin enarcó una ceja, inclinándose de lado para ver mejor su cara. Llevó la mano que reposaba sobre su abdomen hasta la sien masculina, bordeando con ligereza la pequeña y casi imperceptible cicatriz sobre su ceja. Masajeó con cuidado su sien hasta su entrecejo, buscando relajar su eterno fruncimiento.

―Me gustaría que también pudieras darte el lujo de tomártelo con calma.

―Tengo mejor resistencia para estas cosas.

Rin le dio un toquecito gracioso entre ceja y ceja.

―Y no compartes el cuerpo con el inquilino más revoltoso del país, eso también ayuda ―replicó. Acunó su mejilla un instante antes de soltarlo y regresar a su posición original a su lado. Ojalá pudiera hacer más por él... ojalá simplemente pudiera hacer más. Quizás alguien mejor preparada podría con toda esa carga, tal vez no se le haría tan extenuante.

Guardó silencio un momento, sumida otra vez en sus pensamientos. Tenía tantas limitaciones por su inexperiencia y falta de preparación previa. Por más que se esforzara y diera todo de sí, a veces se preguntaba...

―¿Realmente soy... la persona adecuada para esta posición? ―Sesshomaru la vio intensamente, exigiendo en silencio que se explicara―. Siento que cometo muchos errores. A veces... ―torció los labios, incómoda, mientras revivía varias partes del evento en el templo―... recuerdo que sólo soy una sirvienta. ¿Por qué alguien me tomaría en serio?

―Porque eres una Taisho ―le dijo él con seriedad. Rin se tensó.

―No me malinterpretes. No me arrepiento de ser tu esposa; te amo a ti, y a este país, y te prometo que seguiré esforzándome por mejorar todo lo que pueda. Pero no sé si sea...

―Lo eres ―la cortó. Sus ojos dorados de alguna manera resaltaban en la oscuridad de la noche. Parecía algo molesto por su falta de confianza en sí misma, y honestamente... no le sorprendía. A ella también le molestaba ser atacada por las mismas dudas una y otra vez―. Eres más capaz de lo que crees. Y lo haces mejor de lo que esperaba, no tienes que ser tan dura contigo misma.

Rin se paralizó y repitió mentalmente lo que acababa de escuchar, incrédula.

―¿Eso fue... un cumplido? ―su rostro se iluminó de repente―. ¿Me acabas de hacer el segundo cumplido en toda nuestra relación?

―¿Llevas la cuenta? ―el ligero cambio en el tono masculino le hizo ver que, al igual que ella segundos antes, él tampoco se había esperado semejante respuesta.

―No es difícil cuando sólo son dos ―le dijo tratando de no reír. No era la clase de mujer que necesitara halagos ni palabras bonitas para sentirse querida; era perfectamente capaz de interpretar a su marido aunque éste no se expresara tan abiertamente como ella. Por lo que, cuando escuchaba algo como aquello, le era imposible no sorprenderse.

Se incorporó un poco para acomodarse en su regazo y darle un abrazo. Enterró el rostro en su pecho para ocultar la sonrisa conmovida. Incluso los ojos le picaban y hacía todo lo que podía para controlarse. Mantener a raya el torrente de emociones era muy difícil durante el embarazo.

―Gracias, Sesshomaru. Por aguantarme cuando estoy así de decaída. Debe ser fastidioso.

Sesshomaru posó su gran mano en la coronilla de Rin, inclinando un poco la cara para posar ahí la nariz.

―No digas tonterías.

Tuvo que frotar la cara con más fuerza para quitarse la comezón de los ojos y de la nariz. Vamos, no te pongas a llorar ahora, se dijo con una pequeña sonrisa. Había sido un día tan largo y complicado... el que su esposo la consolara era todo lo que necesitaba para sentirse mejor.

Permanecieron así por varios minutos, sin cruzar palabra alguna. Sesshomaru a veces acariciaba su cabello y Rin frotaba su amplia espalda con ambas manos en respuesta. Poco a poco su cuerpo se fue relajando hasta que se reclinaba cada vez más sobre él.

―Parece que el té al fin hizo efecto ―comentó adormilada. Aunque dudaba que el té tuviera algo que ver. Sesshomaru no demoró en tomarla en brazos y ponerse de pie. A Rin le encantaba cuando la cargaba, pero a veces le daba algo de pena. Especialmente porque ya no debía ser tan ligera como antes―. No es necesario, puedo caminar...

Como toda respuesta, y como si pensara que su mujer le pediría que la bajara, la afianzó mejor contra él y entró de vuelta en la sala de estar. Cuando la depositó con cuidado en la cama, ella le dedicó una sincera sonrisa de gratitud.

―Mi esposo es todo un caballero ―mantuvo los brazos alrededor de su cuello el tiempo suficiente para darle un beso en la mejilla. Cuando lo soltó, los ojos de Sesshomaru eran más cálidos y bonitos que hacía un momento. Cuando se daba la vuelta para cerrar las puertas y apagar las velas, le preguntó―. ¿Crees que esta será una buena noche?

Él la vio sobre el hombro un instante y asintió con la cabeza.

―Espérame.

―Siempre.

Su marido salió y Rin se acomodó en la cama, apartando el cobertor para dejarle su espacio listo. Una buena noche significaba que Sesshomaru no tendría pesadillas, al menos no unas demasiado fuertes. Se había vuelto muy bueno intuyendo cuándo harían acto de presencia, y a ella le complacía enormemente ser testigo de lo acertadas que eran sus predicciones. Ahora podían dormir juntos dos o tres días a la semana durante toda la noche. Quizás en un futuro la cuenta aumentaría y los terrores nocturnos al fin desaparecerían.

Quería creer que era posible.

Y mientras tanto, durante aquellas noches en que las pesadillas lo asediaran, ella se aseguraría de vigilar su sueño para llamarlo de vuelta a la realidad. A su lado, donde pertenecía.

Sesshomaru regresó unos segundos después, cerrando la puerta a sus espaldas, y se reunió con su esposa en la cama, quien lo recibió de brazos abiertos.

Toda la tensión del día pasaba a segundo plano. Ahora todo lo que quería era una noche pacífica para reponer las energías y enfrentar los obstáculos por venir.

Pero estaría bien. Haría lo posible para asegurar un futuro pacífico en esa ciudad, así le tomara más tiempo del que quería en un principio.

Estando con él sentía que todo era posible.

...

Había transcurrido un mes y medio desde que se reveló públicamente la verdad acerca de los Higurashi, y las cosas iban... algo mejor. Tal vez. Dependiendo de la perspectiva de la que se lo evaluara.

Inuyasha se tronó los dedos e hizo un pequeño movimiento con el hombro para deshacerse del calambre que lo había molestado las últimas horas. Viajar en carruaje siempre le resultó incómodo, si se lo comparaba con ir a caballo. No había punto de comparación con sentir el viento en tu rostro y tus músculos trabajando en respuesta a la cabalgata. Estaba tan acostumbrado que no sentía ninguna molestia en las piernas o la espalda. Dentro de un carruaje estaba inquieto e incómodo, y honestamente aburrido.

Aunque esta vez esa última palabra no debería emplearla. Había viajado con Kagome y su familia hasta la provincia de los Takeda para esparcir las cenizas de Kikyo un par de semanas antes, y ahora estaban de regreso.

Les había sentado bien ese tiempo fuera. La calma del mar y la poca interacción con otras personas realmente había marcado un antes y un después en la familia. Y en él, por supuesto. Lidiar con una ciudad enfadada que exigía respuestas y castigos ante semejantes crímenes era desgastante. Más sin la constante presencia de su cuñada, quien no podía seguir el ritmo debido a su estado de embarazo, cada vez más avanzado.

Inuyasha podía ver que esto frustraba a la Gran Señora, y aunque no tuviera el mismo nivel de actividad, lo compensaba en el palacio manejando al personal, la administración y planificación de asambleas y eventos similares. Además de que siempre se hacía espacio para dedicarse a los Higurashi y a los familiares de los soldados y guardias caídos, cuando éstos solicitaban alguna audiencia con ella. Estaba muy comprometida con su labor hacia ellos, en especial en asegurar la educación y cubrir los gastos médicos de los más pequeños.

Más de una vez la había visto conversando con la familia de Hidaka, quien supo más tarde que fue uno de sus primeros amigos en la caravana. El muchacho hizo un leve gesto con las cejas ahora que lo recordaba, justo como en el momento en el que se enteró. Le resultaba curioso cuando pensaba al respecto.

No cabía duda de que Rin Taisho era una mujer curiosa. No sólo había formado genuina amistad con muchos soldados, sino también había acogido a esa sirvienta del castillo Asano, otorgándole privilegios y facilidades en un intento de compensarla por lo que había hecho. Aunque Inuyasha sospechaba que había motivos más personales para dedicarse tanto a una pequeña y tímida sirvienta.

Y ahora ni siquiera era una sirvienta, sino una dama de compañía... a medio tiempo.

Koharu le hizo una reverencia en cuanto abrió la puerta para él, anunciando su llegada a su señora, que yacía sentada en la mesa de su sala de estar repleta de correspondencia. La mujer le dedicó una sonrisa y le pidió que pasara. El joven se sintió rígido al entrar en esos aposentos que antes le habían pertenecido a sus padres,

La decoración había cambiado un poco, al igual que los muebles y alfombras. Había más tonos blancos, lilas y verdes de los que recordaba antes. Más jarrones con flores... y por supuesto, más libros y pergaminos, evidencia de que Rin utilizaba ese lugar como oficina provisional. Imaginó que no debía ser nada cómodo para ella subir y bajar las escaleras con esa barriga.

―Inuyasha, me alegra que estés aquí. Ven, siéntate conmigo ―invitó apaciblemente, haciendo a un lado las cartas. Koharu se apresuró a retirarlas de la mesa por ella en un ordenado montón―. ¿Te gustaría tomar algo?

―Eh... Estoy bien, gracias ―respondió un tanto cohibido―. ¿Querías verme?

―Sé que llegaste hace poco, así que gracias por subir hasta aquí ―sonrió a modo de disculpa. Le hizo un gesto a otra de las sirvientas que esperaban en la habitación, y esta salió con una leve reverencia―. Sólo quería saber cómo estuvo el viaje. ¿Kagome y su familia están bien?

―Mejor en comparación a como se fueron ―asintió el muchacho―. Liberaron las cenizas de Kikyo en la playa durante el amanecer e hicimos una ceremonia privada para ella.

Había sido sencillo, nada demasiado elaborado. Los Higurashi dedicaron unas palabras para Kikyo mientras Inuyasha observaba a una respetuosa distancia. No pudo evitar recordar la propia ceremonia fúnebre de su padre, lo que había sentido en ese momento al abrir el puño y permitir que las cenizas se escaparan de su mano.

Del mismo modo que había hecho en el funeral de su madre, tan sólo unos pocos meses después de eso.

Su corazón pesaba al revivirlo ante la escena que presenciaba.

Odiaba no poder quitarle ese dolor a Kagome ni a su familia. No había mucho que él pudiera hacer por ellos, más que acompañarlos en silencio.

Pero cuando Kagome, quien permaneció sentada cerca de la orilla contemplando el horizonte por más tiempo que los demás, al fin se reunió con él, le hizo ver que tal vez hacía más de lo que creía. Lo observó de frente con ojos enrojecidos y vidriosos, luciendo una expresión vacía, aunque extrañamente serena. El resto de la familia se había alejado. Moe y Mei caminaban tomadas de la mano, distrayéndose al buscar conchas marinas. Sota y su madre estaban a la sombra de un árbol, viéndolas mientras conversaban entre ellos en voz baja.

Cada uno lidiaba con aquel proceso a su modo, se daban espacio, pero siempre estaban al tanto de los demás.

Kagome no le dijo nada al principio. Sólo respiró profundamente, haciendo bastante ruido por su nariz tapada por el llanto... y apoyó la cabeza en su hombro. Inuyasha la rodeó con un brazo, dándole el consuelo que ella no era capaz de pedir con palabras.

Sus ojos picaron, pero los cerró al estrecharla un poco más fuerte.

Y aunque su pecho doliera más de lo que podría admitir, por ese instante sintió brotar algo diferente. Una pequeña y extraña paz, como un suave suspiro al relajar toda la tensión acumulada durante lo que sintió que fueron años de rabia y tristeza. No sabía si era aceptación o resignación, tampoco tenía interés en clasificarlo. Pero estaba seguro de que Kagome lo sentía al igual que él, a juzgar por cómo lo abrazaba de vuelta, como si le devolviera el gesto de consuelo.

Después de eso, conversaron. Conversaron mucho ellos solos, luego junto a toda la familia sobre lo que querían hacer a partir de ahora. Los nuevos objetivos y aspiraciones. En un intento optimista de mejorar los ánimos, se permitieron soñar. Moe quería dedicarse más a la música y con suerte, formar parte de la orquesta del teatro. La señora Higurashi tenía la modesta aspiración de trabajar con niños necesitados, por lo que quería un puesto en uno de los varios orfanatos de la ciudad. Sota los sorprendió a todos diciendo que, pese a detestar desenvolverse como sacerdote, le encantaban los números y le gustaría desempeñarse como contable. Mei lo encontró súper aburrido, pero cuando Sota comenzó a explicarle el maravilloso orden que se consigue con las matemáticas, la niña concedió que no era aburrido sólo para que no continuara.

Ella, por su parte, dijo en un arranque de emoción que lo que quería era ser actriz. La mejor actriz de Montaña Blanca ―¡No, del mundo entero! ― y actuar en los mejores teatros mientras su madre tocaba con la orquesta.

Y por último, Kagome dijo que quería seguir estudiando medicina. No quería dejar en el olvido todo el conocimiento que su madre le había heredado con sus enseñanzas; quería que éstos continuaran ayudando a tanta gente como fuera posible.

En ese momento de pláticas y confesiones, Inuyasha presenció a la familia Higurashi casi como había sido antes, alegre y optimista. En especial Kagome, quien había estado tan apagada desde la muerte de su madre. Ese día la vio sonreír genuinamente... y se sintió bien.

Era una visión muy alentadora.

―Tuvo que ser un momento bastante emotivo ―Rin lo sacó de sus recuerdos, regresándolo al presente. Había transcurrido tal vez un minuto en silencio, y él se acomodó en el cojín sobre el que se sentaba, enderezando la espalda. Por su manera de mirarlo, intuía que ella se hacía una idea de lo que había estado pensando―. Me alegra que hayas podido estar ahí para ellos.

―Era lo que les había prometido.

―Eres un buen amigo, Inuyasha. Y una muy buena persona, ¿sabes? Me alegra que seas mi cuñado. Tu madre estaría muy orgullosa de ti ―añadió con una sonrisa, haciéndolo sonrojar un poco. No estaba acostumbrado a esa clase de halagos.

―No es para tanto ―le restó importancia, negándose a demostrar lo abochornado que se sentía.

―¿Qué tal estuvo el resto del viaje? ¿Pudiste descansar un poco?

―¿Yo?

―Claro. Has trabajado muy duro, mereces un tiempo para descomprimirte de las quejas de los citadinos y los concejales. Y antes de eso estuviste con la reconstrucción del templo y el rastreo de los invasores restantes. No has tenido un momento para ti.

―Lo haces sonar más impresionante de lo que es. Ni siquiera se me permitió participar mucho en los juicios, tampoco en los interrogatorios ni en las ejecuciones ―dijo con un fruncimiento de cejas.

En ese momento, la sirvienta regresó con un servicio de té y delicados bocadillos. Rin sirvió para su cuñado antes de servirse a sí misma, y le pidió a las personas que estaban en la habitación que los dejaran a solas.

―¿Era lo que te hubiera gustado hacer? ―preguntó con interés tras dar un sorbo a su taza, cambiando un poco el tono. Inuyasha apretó los labios y resopló silenciosamente por la nariz.

―Quería hacerlos pagar por lo que hicieron, pero Sesshomaru se negó ―le dijo con un dejo de amargura en la voz―. Me considera un adulto para manejar situaciones de política y los rastreos, pero soy un niño para ejecutar prisioneros.

Rin guardó silencio un momento, sintiendo un doloroso tirón en el pecho.

―No creo que te considere un niño, Inuyasha.

El joven levantó la vista hacia ella, incrédulo.

No debería seguirle molestando eso, pero una parte de él se negaba a simplemente dejarla ir.

―Me dijo que no me correspondía hacer ese trabajo. Pero él sí puede masacrar a nuestros enemigos, lo hizo en la guerra cuando murió nuestro padre ―remarcó con amargura.

―No, no creo que sea el caso ―dijo Rin suavemente, negando con la cabeza.

―Por favor. Es un poco hipócrita de su parte que él sí pueda tomar venganza pero yo no, ¿no te parece?

―En absoluto ―su tono seguía siendo calmo, pero ahora contenía una fibra de dureza que no esperaba de ella. Rin se veía más seria, dejando atrás su expresión siempre dulce y apacible―. Estoy segura de que sus únicas intenciones eran evitar que pasaras por lo mismo que él.

Inuyasha abrió la boca para replicar, pero la cerró un segundo después al evaluar la expresión en el rostro de su cuñada.

―¿De qué estás hablando? ―cuestionó con un dejo de cautela. No por lo que decía, sino por cómo lo decía.

Rin acarició el borde de la taza con la punta de un dedo de manera distraída.

―La guerra... deja consecuencias muy profundas en las personas, Inuyasha, estoy segura de que ya lo sabes. Y tu hermano, aunque no lo demuestre, no es la excepción. Sí, cometió actos cuestionables con sus enemigos... e incluso algunos aliados. Vivió cosas horribles, cosas que no pudo evitar... y tomar venganza no hizo dar vuelta atrás al tiempo, no arregló nada. Quizás se sienta bien en ese momento, pero después... ―tomó aire. Todavía lo asediaban esas pesadillas, todavía se culpaba. Y era un peso que posiblemente siempre cargaría, por más que ella intentara aligerar su carga― algo dentro de ti se rompe. Y no sabes lo mucho que cuesta recuperarlo.

Inuyasha permaneció en silencio, observándola de una manera difícil de clasificar.

Era difícil imaginarse a Sesshomaru, un hombre que consideraba básicamente de acero, sintiendo las consecuencias de sus actos. A decir verdad, durante mucho tiempo había pensado que él no sentía nada en absoluto.

Hasta que le entregó la vieja espada de su padre. Hasta que vio la ligera vacilación en su rostro mientras soltaba sus cenizas en la ceremonia del funeral. Hasta que vio cómo trataba a su esposa, cómo su actitud cambiaba con ella.

Y también… cuando lo protegió de Naraku en el túnel, casi perdiendo su vida por ello.

Le costaba deshacerse de esa amargura, cerrar la herida por la muerte de su madre. No había podido hacer nada por ella, ni siquiera tomar venganza con los responsables. Y dirigió toda su rabia hacia su hermano por negarle lo que en su momento creyó su derecho.

En su ira ciega falló en ver las verdaderas intenciones de su hermano, unas tan lógicas que se recriminaba internamente por no haber querido pensar en ellas en un principio.

―¿Incluso ahora? ―quiso saber. Rin asintió.

―No es nada agradable ―le dijo―. No te digo que perdones a esos hombres por lo que hicieron, pero... vengarte de ellos, hacerlos pagar del modo que tenías pensado, sólo te habría hecho más daño. Estoy totalmente segura de eso era lo último que hubiera querido Sesshomaru para ti.

Inuyasha desvió la mirada, sintiéndose extraño y algo incómodo.

Una vocecita interna muy parecida a la de su madre le decía que le debía una disculpa a Sesshomaru por cómo se había comportado con él.

―No seas tan duro con él ―le pidió Rin con una sonrisa comprensiva―. Y tampoco lo seas contigo mismo. Mereces más que guardar ese rencor dentro de ti.

El muchacho parpadeó varias veces, anonadado. Jamás había esperado que una conversación con Rin se tornara tan... estremecedora.

Debió que admitir que aquella primera opinión que tuvo sobre ella al verla llegar a Montaña Blanca no podía estar más lejos de la realidad.

―¿No quieres probar un poco antes de que se enfríe? ―hizo un gesto hacia la taza que tenía frente a él, e Inuyasha la tomó para tener algo en qué enfocar su atención. Frunció un poco el ceño ante el sabor―. ¿Muy dulce?

―Veo que te gusta la miel ―comentó. No era que le desagradara, pero prefería las bebidas más fuertes y menos edulcoradas.

―Se me ha antojado bastante últimamente, pero no tengo permitido consumirla mucho. Demasiada azúcar no es buena, y la verdad es que no necesito darle a este niño más energías de las que ya tiene.

―¿Cómo te sientes, por cierto? ―preguntó rápidamente, recriminándose por haberse olvidado de hacerlo antes. No había sido muy educado de su parte, aunque a Rin no le importaba―. Estás... enorme.

Ella entrecerró los ojos, apretando los labios en una fina línea. Definitivamente son hermanos.

―Gracias, a una mujer siempre le gustan los halagos ―casi se rió por la cara que puso su cuñado. Parecía insultarse mentalmente por haber metido la pata―. Estoy bien, gracias. No puedo hacer mucho más que descansar últimamente, así que no tengo muchas novedades. Tendrás un sobrino o sobrina muy brioso, espero que estés preparado.

―¿Tanto se mueve? Pero si casi no debe tener espacio ―le dio una rápida mirada a su prominente barriga, más hinchada que la última vez que la vio antes de irse de viaje con la familia de Kagome.

―No sé si sea del todo normal ―admitió Rin al posar una mano en su vientre, algo preocupada―. Pensamos que con el reposo bajaría su actividad, pero no es así. Y no para de crecer. Todavía faltan unas seis semanas, pero...

―¿Pero?

―Siento que voy a reventar si sigo hinchándome ―le dijo abriendo mucho los ojos en una graciosa expresión que lo hizo sonreír con complicidad―. O reviento o tendré un niño inmenso, considerando lo alto que es Sesshomaru. Y eso, honestamente... me aterra.

Inuyasha aguantó la risa. Al menos conservaba el sentido del humor.

―Mi señora, la doctora Miwa está aquí ―habló Koharu detrás de la puerta, después de dar un par de suaves golpes de aviso.

―Oh, pensé que vendría más tarde. Precisamente hoy me toca revisión, perdona ―le dijo a Inuyasha―. Hazla pasar, Koharu, por favor.

―Entonces me voy ―Inuyasha se puso en pie justo cuando la puerta se abría para dar paso a una mujer entrada en años, acompañada por un asistente que sostenía su gran bolso con insumos e instrumentos médicos. Rin se apoyó en la mesa para levantarse, pero el peso era tal que le costaba. Sus sirvientas se apresuraron a ir a su lado, pero Inuyasha se adelantó y le ofreció su brazo. Rin lo tomó con gratitud, y éste la ayudó con cuidado. Vista de pie su barriga se veía aún más grande, contrastando con lo bajita que era.

―Gracias, Inuyasha. Y gracias por la visita, fue muy agradable poder conversar contigo.

El muchacho se sintió acalorado delante de tanta gente.

―No… Gracias a ti ―dijo casi sin proponérselo, tomándola desprevenida. Inmediatamente después, el muchacho se sintió acalorado ante la presencia de más personas. Antes de irse, carraspeó para ocultar su bochorno―. Eh... espero que todo esté bien con mi inmenso sobrino.

Rin cubrió su risita con una mano y lo despidió para dirigir su atención a la doctora, quien la guió a su habitación para proceder con el examen, mientras Inuyasha se marchaba.

Una vez solo en el pasillo, el joven príncipe respiró profundo y sacudió la cabeza. Tenía una disculpa pendiente y no le entusiasmaba en absoluto, pero debía hacerlo.

Rayos, no quería imaginar la cara que pondría su hermano cuando lo hiciera. Seguramente el muy idiota lo miraría con superioridad y le respondería algo pedante.

Pero Inuyasha sonrió con un rastro de malicia ante un rápido pensamiento. Cómo esperaba que aquel bebé fuera una niña.

Si la esposa de Sesshomaru lo tenía en la palma de su mano, una hija sería mil veces peor.

Y a él le encantaría ver eso.

...

Sesshomaru entró en la recámara tras recibir el llamado de Rin, por medio de Jaken. Su esposa yacía en la cama, vestida sólo con su Kosode abierto en el abdomen para exponerlo. A su lado, la doctora y su asistente le dedicaron una marcada reverencia junto a un respetuoso saludo, que él apenas respondió con un ligero movimiento de cabeza.

Su concentración estaba puesta en el rostro de Rin y sus ojos exageradamente abiertos mientras juntaba los labios en una sonrisa nerviosa.

―¿Sucede algo? ―preguntó Sesshomaru, acercándose a la cama. Jaken cerró la puerta y permaneció afuera.

―Ya descubrimos por qué hay tanto movimiento ―respondió ella, mirándolo fugazmente―. ¿Podría repetirle a mi señor esposo lo que me dijo hace un momento, por favor?

La doctora se acercó e hizo una nueva y breve inclinación antes de dirigirse a él.

―Todo indica que su esposa espera gemelos, mi señor ―habló la mujer. Rin, que tenía los ojos clavados en él para no perderse su reacción, apreció la fugaz sorpresa en sus facciones. Fugaz y muy leve, pues apenas levantó las cejas. Ah, pero ella lo conocía lo suficiente como para notarlo.

―¿Qué le hace sospechar tal cosa?

La doctora le pidió permiso a Rin, a lo que ella se lo concedió con un gesto amable.

―Si palpa en esta área, mi señor ―indicó, señalando hacia un costado del vientre de Rin, por debajo de las costillas. Sesshomaru posó su mano―. ¿Siente esa forma redonda? Esa es una cabeza. A pesar de ser ligeramente más pequeña de lo habitual a estas alturas, tiene las medidas adecuadas para un bebé en esa etapa de formación. Ahora, si palpa por aquí ―señaló en el lado opuesto hacia abajo, cerca de la cadera―, notará la misma forma ―los dedos de Sesshomaru bordearon lo que parecía una pelota... o parte de una, contra la tierna piel femenina. La pelota se movió un poco, casi como si respondiera ante el toque―. Por la posición en la que están ambas formas, es imposible que pertenezcan al mismo niño.

Sesshomaru guardó silencio por unos segundos, en lo que Rin supuso que era su manera de digerir semejante noticia.

―Le aseguro que la salud de su esposa no corre ningún peligro. Pero sí le he recomendado que limite sus actividades y guarde reposo el mayor tiempo posible. Hay posibilidades de que la fecha de parto se adelante, es común en embarazos múltiples.

―¿Cuánto podría adelantarse?

―Podría ser desde una semana hasta un mes entero. Considerando que ya pasó la marca de los siete meses, hay que vigilar de cerca a la Gran Señora.

Rin soltó un largo y mudo suspiro, hundiéndose más en el colchón.

La doctora y su asistente se marcharon luego de dar una lista de recomendaciones para aplacar los malestares de la futura madre y concordaron regresar en unos cuantos días para monitorearla a ella y a los bebés.

Sesshomaru se sentó en el borde de la cama. Su esposa ya estaba debidamente cubierta, pero ahora su vista estaba perdida en el techo.

―¿Sabes qué? Estaba pensando... no me extraña que sean dos.

―¿Por qué lo dices?

Rin lo miró de reojo, manteniendo muy seria su expresión.

―Considerando lo activos que fuimos cuando nos casamos... no sé, tiene lógica.

―Dudo que funcione así.

Ella también, pero le parecía curioso. Aunque de ser el caso... no tendría sólo dos, sino una camada completa.

―Quería preguntarle a la doctora, pero me dio mucha pena ―admitió ella con una sonrisa que luchaba por contener―. Aunque sí me dijo que era posible que fuera algo de familia. ¿En tu familia hay gemelos?

―No que yo sepa.

―Tampoco recuerdo haber oído de gemelos entre todos los hijos del antiguo terrateniente Saito. Tal vez sean del lado de mi madre ―su sonrisa se tornó triste cuando subió una mano a su abdomen, tratando de encontrar las cabezas de los bebés en los mismos puntos que la doctora le indicó a Sesshomaru minutos atrás―. Quizás, antes del incendio, no iba a tener un hermanito, sino dos.

Encontró al bebé número uno cerca de sus costillas e hizo una ligera mueca. Sentía un leve movimiento de su parte.

―Pero ellos estarán bien, a salvo. Nos aseguraremos de eso ―regresó la mirada castaña a su marido, quien se la devolvía fijamente. La mano masculina fue hasta el bebé número dos, pero no encontró la forma redonda en el mismo punto de antes―. ¿Ya no está ahí?

―Parece que cambió de posición.

―La que nos espera ―suspiró Rin con una risita. Con razón estaba tan grande, iba a ser madre por partida doble. Todavía lo estaba asimilando―. Por cierto, debemos ampliar la lista de nombres. He estado pensando en algunos, a ver qué te parecen.

Sesshomaru recostó en la cama y Rin se arrimó a su lado, hablando sin parar. El que estuviera algo nerviosa no negaba su entusiasmo.

Ahí permanecieron por un largo rato hasta que llegaron a un acuerdo con los nombres. Dos de niña y dos de niño, todos con preciosos significados.

Por ese momento se olvidaron de sus deberes y se concentraron en la tal vez no tan pequeña familia que comenzaban a formar. Era aterrador, pero emocionante al mismo tiempo. Rin pensaba que, después de todo lo que habían pasado, dos niños en lugar de uno no serían ningún problema.

Y no podía esperar a conocerlos.

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¡No puede ser que ya estemos en el último capítulo! El tiempo pasó volando, ¿no creen? 😭 Pero con este capítulo extra y el par de semanas de ausencia se alargó un poquito el tiempo de emisión, jeje

Uff la verdad es que a estas alturas no sé qué decir. Pasan muchas cosas en este capi, muchos puntos se cerraron y los personajes están encaminados a ese futuro que les espera. La verdad es que me debatí mucho sobre qué hacer con los Higurashi; si ocultar la verdad y hacer que siguieran dirigiendo el templo o exiliarlos, pero al final me decidí por esta opción, que ellos fueran los que dijeran la verdad y se quedaran en la ciudad, pero no habitando el templo. Creo que es lo correcto, dadas las circunstancias y el alto precio que pagaron por su error. ¿Ustedes qué opinan?

Dejando de lado eso… ¡ahora sí, 100% confirmado que las gemelas vienen en camino! 💖 Y el sessrin, más unido que nunca, las espera ansiosos (y algo nerviosos, naturalmente xD). A diferencia de Yashahime, en esta historia las niñas sí crecerán con ellos y Rin será la primera en abrazarlas (porque f*ck you sunrise).

Agradezco de todo corazón todos los lindos mensajes e impresiones que han dejado esta semana, siempre es un placer leerlas 💖 Eva, Rucky, Drako Lightning, Irasue14, Genegab14, , Aldana Ruth, Marcela R, Nesher11, LordThunder1000, Yaniie, Luce3110 y Tania. Muchas gracias por su apoyo durante todo este tiempo, ¡les mando un fuerte abrazo! 💖

Y con esto sólo toca decir… que nos vemos el próximo domingo para el epílogo. Traigan sus pañuelos porque aunque sea cortito, será bonito

Muchas gracias a todas por leer, ¡hasta entonces! 💖