nota: para avisar que he decidido incluir el PoV de Harry dentro de la historia, así que agregué unos fragmentos en los dos primeros capítulos desde su perspectiva por si gustan ir a leerlos. Y aparte, muchas gracias a los que están leyendo y comentando! Un gusto estar aquí de nuevo con ustedes. (creo que desde hoy publicaré cada domingo!). Disfruten la lectura que esto ya va a comenzar a ponerse interesante! *guiño, guiño


5. Tercer Año: el hipogrifo

El siguiente jueves, los de tercero de Ravenclaw tuvieron su primera clase doble de Herbología del año, con la novedad de que, durante ese ciclo escolar, la compartirían con Slytherin.

Era la primera vez que les tocaba compartir con esa casa. Por lo regular, sus clases dobles (casi siempre Pociones y, a partir de ese año, Cuidado de Criaturas Mágicas) las tomaban acompañados de los de Hufflepuff.

Draco no admitiría ante nadie que le entusiasmaba la idea y le ponía nervioso a partes iguales. Por primera vez en tres años, tendría una clase junto a Potter.

Había pasado todas las noches de esa primera semana preguntándose si es que acaso finalmente había sucumbido a la insistencia de Harry Potter y, a pesar de todas sus renuencias, Draco había accedido casi de manera inconsciente a ser amigo del Slytherin. En qué momento había pasado, era algo que no le quedaba muy claro a Draco, pero por lo visto no tenía caso seguir luchando contra ello. Y la idea (la de ser amigo de Potter), Draco tenía que ser franco con él mismo, ya no le desagradaba en absoluto.

De hecho, era curioso, pero el saber que Potter lo veía como a uno de sus tantos amigos lo hacía sentirse contento. Al menos, mucho más que cuando Potter lo ignoraba y dejaba de intentar acercarse a él.

Así que, aquel primer jueves del año escolar, Draco caminó junto a sus compañeros Anthony, Padma y Lisa rumbo a los invernaderos sonriendo discretamente.

Los de Slytherin llegaron justo detrás de ellos. Draco buscó a Potter entre los chicos y chicas vestidos con el uniforme con detalles en verde y plata, y al encontrarlo, le sonrió e hizo un movimiento de cabeza a manera de saludo. Potter, quien venía charlando muy animadamente con Zabini, pareció sorprenderse de que Draco tomara la iniciativa de buscarle la cara y saludarlo delante de todo el mundo. Se le quedó viendo durante unos segundos mientras seguía caminando y entonces tropezó con una caja de herramientas de jardinería.

Crabbe y Goyle tuvieron que agarrarlo al vuelo para evitar que azotara la cara contra el piso de tierra del invernadero.

—¡Potter! —gritó la profesora—. ¡Más vale que tengas cuidado, no quiero un accidente el primer día! Fíjate por donde caminas. ¡Estudiantes, formen equipos de cuatro personas!

Potter se quedó con sus compañeros de casa y Draco con los suyos, pero no por ello dejaron de echarse furtivas miradas el uno al otro durante la explicación de la profesora. Parkinson y Zabini, por alguna razón, no cesaban de poner los ojos en blanco cada vez que pillaban a Potter mirando hacia el grupo de Ravenclaw.

Ese año, según les informó Sprout, iban a dedicar gran parte de las lecciones a aprender encantamientos para fomentar el crecimiento y la salud de algunas plantas que requerían de magia para prosperar. La profesora les enseñó un par de hechizos y les dio indicaciones para practicar con diferentes retoños y arbustos.

Draco y sus tres compañeros de Ravenclaw estaban trabajando con unas macetas repletas de brotes de valerianas, intentando ayudarlos a crecer con unos encantamientos que simulaban luz solar.

Padma, quien odiaba equivocarse, estaba furiosa con ella misma porque el hechizo no le salía. Draco meneó la cabeza y le dijo:

—Permíteme ayudarte… Mira, es que no estás moviendo la varita como dijo la profesora Sprout. Es así… —Draco le tomó la mano derecha y se la dirigió para realizar el movimiento correcto mientras murmuraba el hechizo—: Lumos solem.

La varita de Padma resplandeció con la brillante luz dorada del sol y ella sonrió.

—¡Ah! Ya veo. Gracias, Malfoy. Pero sí estaba diciendo bien el conjuro, ¿no? Sólo me equivoqué al mover la ma-…

Alguien carraspeó muy fuerte frente a ellos, interrumpiéndola.

Draco elevó la vista y se sorprendió de ver a Potter parado ahí con cara de pasmo. Los cuatro chicos de Ravenclaw lo miraron sin saber que decir.

Anthony, quien era un pan de dios con todo el mundo, saludó con cortesía:

—¿Qué hay, Potter? ¿Todo bien?

Potter hizo una mueca que quizá intentó ser una sonrisa y asintió torpemente. Draco lo miraba sin entender. ¿Qué había pasado? ¿Por qué se comportaba así de raro? ¿Acaso ellos no estaban en buenos términos ya?

—Yo… Sí, todo bien, Goldstein, gracias. Sólo pasaba a saludar —dijo Potter, respondiéndole a Anthony pero mirando fijo a Draco—, pero ahora veo que están muy ocupados con sus manos… quiero decir, con sus valerianas. Luego… luego los veo.

Sin agregar más, se dio la media vuelta y regresó a donde Zabini, Parkinson y Bulstrode estaban trabajando con los arbustos floridos.

—Bueno —murmuró Lisa—... Eso sí que fue extraño.

—Nada de extraño —dijo Padma sonriendo con cara de sabihonda. Draco se giró a mirarla y tuvo que reconocer que, con esa expresión, Padma le recordaba mucho a Hermione—. Es obvio que Potter vino a saludar a Malfoy pero se sintió cohibido en el último segundo. —Los tres chicos de Ravenclaw miraron a Draco—. Después de todo, es tu amigo, ¿no?

Draco estuvo tentando a negarlo. Pero no pudo porque, la verdad, ser amigo de Potter le producía orgullo. Sonrió y asintió, regresando su atención a su maceta de valeriana.

—Supongo que sí. Potter y yo somos amigos. Eso creo.

—¿Sólo amigos? —preguntó Lisa con una sonrisa traviesa—. ¿Qué no le mandaste un poema espantoso el año pasado en San Valentín? ¡Y no era de amistad, era de amor! ¿No estuvo el colegio hablando de eso durante semanas?

—¡Lisa, no seas tonta! —exclamó Padma y Lisa jadeó con indignación (si había un insulto que ofendía a un Ravenclaw, era ése)—. ¡Es evidente que Malfoy no envió ese poema! ¡Era demasiado malo para haber sido escrito por él! ¿Cierto, Malfoy?

Draco vio a Padma bajo una nueva luz, fascinado de que por fin alguien pudiera creer que él no escribiría algo de tan poca calidad.

Anthony soltó una risita y susurró muy bajito, casi como si le diera vergüenza participar en esa conversación:

—Yo escuché a los de Gryffindor decir que la verdadera autora fue Ginny Weasley. Parece que ella tiene un crush enorme por Potter desde que lo conoció. Lo que tendríamos que hacer nosotros es ayudar a esparcir ese rumor para limpiar el honor de nuestra casa.

—¡Trato hecho! —dijo Padma, levantando la varita y cegando a todos con la resplandeciente luz—. ¡Acepto el reto! ¡Limpiaremos nuestro honor y el de Draco Malfoy!

Draco no pudo evitarlo: se rió alegre y sintió que casi podía darles las gracias a todos ellos. Pocas veces se había sentido así de aceptado entre miembros de su propia casa y el sentimiento era bastante reconfortante. Suspiró de contento.

No se dio cuenta de que Potter, al otro lado del invernadero, lo estaba observando fijamente con gesto desconcertado.


Al terminar aquella clase, Potter lo pilló justo frente al almacén de los fertilizantes, a dónde Draco había ido a guardar el material sobrante de su práctica.

—Ey —saludó Potter de nuevo, parándose enfrente de Draco cuando éste ya iba de regreso, deteniéndolo—. Sólo quería agradecerte la carta que me enviaste al Caldero Chorreante. Aunque no la leyera a tiempo, tengo que decirte que valoro mucho que me lo hayas contado.

Draco lo miró suspicaz.

—Pero… ¿qué no me habías agradecido ya antes en el tren?

—¿Sí? ¿Yo hice tal cosa? No lo recuerdo —dijo Potter con aire inocente. Draco entrecerró los ojos, no muy seguro de creerle.

—Okay. Pues de nada, supongo. Para eso están los amigos, ¿no?

Draco quiso escabullirse por un lado, pero Potter dio un paso hacia él y le impidió el paso. Se acercó mucho hacia Draco: tanto, que éste tuvo que moverse un poco hacia atrás para evitar que sus torsos chocaran el uno contra el otro.

—Potter, ¿qué…? —comenzó a decir Draco, pero enmudeció cuando vio que Potter levantaba la mano y le tocaba un mechón de cabello que le caía sobre la frente.

Draco se quedó congelado. A lo lejos, pudo ver que todos sus compañeros de Ravenclaw (incluyendo a Boot y Corner) estaban mirando con gran interés. Lisa estaba boquiabierta y Padma usaba una mano para cubrir su risa.

—¿Sabes? —dijo Potter en voz baja, mirando el mechón del cabello de Draco que sostenía entre los dedos—. Me gusta mucho tu nuevo estilo de peinado. Te queda mejor a como te lo arreglabas antes. Qué bueno que lo cambiaste. Así hasta dan ganas de… tocarlo.

Diciendo eso, soltó el cabello de Draco, dio un paso atrás y le sonrió ampliamente. Lo miró a los ojos durante unos segundos y entonces se alejó, dejando a Draco confundido y con el corazón desbocado.

Potter pasó junto a Padma y Lisa y les sonrió triunfante.

Draco no entendía nada. La cara le ardía. Inconscientemente, se llevó la mano temblorosa hacia el cabello y se lo peinó, reacomodándose el mechón con el que Potter había estado jugueteando.

Pero, ¿qué mierda…?

Intentando recomponerse, tomó su mochila y se encaminó hacia la puerta del invernadero donde Anthony y las chicas lo estaban esperando. Lisa y Padma estaban soltando risitas tontas y Draco sólo murmuró:

—¡Les prohíbo que digan algo! Aquí no pasó nada, ¿de acuerdo? Después de todo, se trata de Potter, quien está medio trastornado, único sobreviviente conocido de un Avada kedavra y todo eso, no hay que hacerle mucho caso —decía en voz baja, casi como para él.

Sus palabras sólo ocasionaron que todos se rieran más.

No obstante, Draco tuvo que reconocer que ellos no se estaban riendo de él, sino con él. Ese pensamiento fue tremendamente agradable y, por un rato, hasta se olvidó de lo que había vivido en clase de Defensa Contra las Artes Oscuras y el maldito boggart del armario ropero.

Pero tenía que reconocer que se sentía bien tanto por la reacción de sus amigos de Ravenclaw como por lo que Potter le había dicho de su nuevo peinado.

Le costó dejar de sonreír e incluso no le importó cuando escuchó que Corner y Boot cuchicheaban a su espalda llamándolo maricón.


Cuando finalmente, después de cenar, Harry pudo llegar a su dormitorio aquella noche, tenía la cabeza hecha un lío. Sabía que iba a pasar sus buenas horas en vela y el pensamiento no le entusiasmaba en absoluto.

Antes de la cena, los de Slytherin habían tenido su primera clase de Adivinación. Ahí, la loca de la profesora Trelawney supuestamente había visto un Grim en los restos de té de la taza que Harry se acababa de beber. Eso, más otras supuestas señales, habían bastado para que la profesora cara de insecto le pronosticara a Harry que moriría durante aquel ciclo escolar.

El dormitorio de los chicos de tercero de Slytherin (el mismo desde que estaban en primero), era una habitación larga y angosta con grandes ventanales que daban hacia las profundidades del lago, una característica que Harry amaba pues pasaba sus largas noches de desvelo mirando los cardúmenes que pasaban nadando y, a veces, los tentáculos del calamar gigante. Las camas con cortinas verdes estaban alineadas contra el muro frente a las ventanas. La de Harry era la que estaba hasta el fondo.

Cuando entró a dejar su mochila, Theo ya estaba acostado aunque no dormido. Harry lo saludó con un movimiento de cabeza pero nada más. Ellos dos no eran amigos; de hecho, Theo no era amigo de nadie.

Harry llegó hasta su cama y se tiró encima sin molestarse en ponerse la pijama o lavarse los dientes. Blaise, Greg y Vincent entraron un poco después, charlando entre ellos. Blaise, quien era el dueño de la cama junto a la de Harry, se acercó.

—Ey, Harry… ¿qué diablos te pasa? ¿No me digas que te creíste las patrañas de Trelawney?

—No son patrañas, el Grim es muy real —escucharon que murmuraba Theo desde su cama.

—Cállate, a ti nadie te preguntó —dijo Vincent, blandiendo un puño amenazadoramente hacia el chico. Éste se encogió de hombros y cerró las cortinas de su cama.

Blaise puso los ojos en blanco y se volvió hacia Harry, esperando respuesta. Al ver que éste no le decía nada, le preguntó casi con temor:

—¿Acaso… acaso has visto algún perro negro y enorme estos días?

Harry lo miró a los ojos, deseando poder confesarse. Porque sí, la verdad era que sí había visto un perro exactamente con esas características justo la noche que dejó Privet Drive. Justo antes de que casi lo atropellara el autobús noctámbulo. Pero no se atrevió a mostrarse así de débil.

Negó con la cabeza. Blaise pareció relajarse.

—¿Ves? ¿Cuál es el problema, entonces?

—Yo no dije que tuviera algún problema —respondió Harry en voz baja. Blaise lo miró un momento más y, dándose por vencido, fue a los baños a arreglarse para dormir.

Harry le dio la espalda a todos y clavó la mirada en el muro de piedra que estaba junto a su cama. Aparte de todos aquellos augurios de muerte que parecían perseguirlo aquel año, estaba la inquietante realidad que había descubierto aquella mañana en los invernaderos, cuando tuvieron Herbología con los de Ravenclaw.

Draco Malfoy le gustaba.

Harry pasó saliva cuando esa perturbadora frase desfiló por su mente casi como si cobrara vida propia, independiente, rebelde. Negó con la cabeza y cerró los ojos, evitándola. Pero no podía. La idea seguía ahí, muy viva, muy real, cuestionándolo.

¿Draco Malfoy le gustaba?

Intentó pensar en qué momento había sucedido tal cosa. Si analizaba su historia con Malfoy, lo único que podía sacar en claro era que él siempre había deseado ser su amigo y, después de dos años de ir y venir entre acercamientos, periodos de indiferencia y discusiones, finalmente Malfoy parecía haberse rendido y aceptado. El año anterior, en segundo, Malfoy se había preocupado lo suficiente por Harry como para no dejarlo ir al bosque prohibido y le había brindado toda la información necesaria para resolver el caso de la Cámara de los Secretos, aun a costa de dejar al descubierto que su propio padre había sido el culpable.

Durante aquella ocasión, Harry se había sentido impresionado por la inteligencia y astucia del chico rubio, lo que sólo incrementó las ganas que tenía de ser más cercano a él. No le importaba que su padre fuera un cabrón. Draco Malfoy no era como Lucius y se lo había demostrado con creces.

Después, durante el verano, durante su cumpleaños número trece, Harry había recibido cartas y regalos de sus amigos más cercanos como Hagrid, Pansy, Blaise, Millie y Hermione, pero no de Malfoy. Y eso lo había decepcionado. (Pero era natural, ¿no? Él tampoco le había dado nunca nada a Malfoy, es más, ni siquiera sabía cuál era la fecha de su cumpleaños. Ya arreglaría ese error durante aquel año.) Lo raro no era todo eso, sino que Harry hubiese estado esperando algo de Malfoy, de entre toda la gente que conocía.

Y aunque Malfoy no le escribió en su cumpleaños, sí que lo hizo cuando se enteró de que Harry estaba en peligro.

Ahí, en la oscuridad del dormitorio (todos los demás ya se habían acostado y apagado la luz), Harry abrió los ojos de nuevo al recordar la carta que Malfoy le había mandado. La había leído tantas veces que se la sabía de memoria.

Y bueno, sólo era eso. Avisarte para que tengas cuidado, Black no es alguien que puedas tomar a la ligera. Intenta no andar a tus anchas. O usa al menos esa capa de invisibilidad que tienes. Suerte.

Sonrió, ahí a solas en la oscuridad. Se imaginaba que Malfoy le habría sacado esa información a su padre y a Harry le enternecía que lo primero que Malfoy hubiese hecho fuera ponerlo sobre aviso. Si eso no era preocupación genuina, entonces Harry no sabía qué más podía ser.

Y de algún modo extraño, poco a poco, durante el pasar de aquellos dos años y pico, Draco Malfoy se había ido metiendo debajo de la piel de Harry Potter sin que éste fuera plenamente consciente.

Primero, fue agradecimiento porque Malfoy fue el primer niño mago que conoció y que lo trató con cordialidad sin ni siquiera saber que Harry era el famoso Niño-que-vivió. Después, fue simpatía porque Malfoy realmente era ingenioso y gracioso y lo hacía reír con sus comentarios sarcásticos. Luego, fue admiración porque Malfoy era increíblemente inteligente y perspicaz. Después, fue una especie de ternura porque Malfoy realmente se preocupaba por su bienestar. Y, finalmente…

Harry apretó los puños y se los llevó a la boca, como si quisiera evitar ponerse a gritar o a gemir por la frustración que sentía. Le costaba poner en palabras (incluso sólo en su mente) lo que había sentido y pensado durante aquella mañana desde el momento en que Malfoy lo saludó al entrar al invernadero.

Y, finalmente… entendió lo que era. Era que ahora veía a Malfoy y lo encontraba sumamente guapo.

Draco Malfoy le gustaba. Harry tenía que reconocerlo, aunque fuera sólo para él mismo, aunque tuviera que guardarlo en secreto. La verdad era que se había sentido enojado y confundido cuando lo miró tomarle la mano a una de sus compañeras de Ravenclaw. No tuvo que pensar mucho para descubrir el porqué.

Y luego, no entendía qué se había posesionado de él para hacer lo que hizo después: acorralar a Malfoy en un rincón del invernadero para tocarle el cabello (Harry ahora sí soltó un largo gemido de impotencia al recordar su atrevimiento) y decirle que le gustaba su nuevo peinado. ¡¿En qué diablos había estado pensando?!

Meneó la cabeza y gimoteó más, un tanto avergonzado.

No obstante, no podía negar que se había sentido bien. Que estar cerca de Malfoy le gustaba y no quería evitarlo. Que lo había hecho sentirse triunfante haber descolocado así a Malfoy delante de aquellas dos niñas que parecían coquetear con él. Entonces, llegaba a la conclusión, si se sentía bien, ¿para qué negarse?

Y así, pensando en Malfoy y en la perspectiva de que aquel año sería genial porque finalmente éste también quería ser su amigo, Harry se olvidó del Grim y pudo dormirse plácidamente.


La tarde del viernes, finalmente le tocó a Ravenclaw tomar su primera clase de Cuidado de Criaturas Mágicas. Todos iban emocionados y algunos albergaban la esperanza de poder montar un hipogrifo tal como lo había hecho Potter hacía unos días. Draco sabía que esa era una esperanza vana: él ya había aprendido a aceptar que nadie tenía los privilegios del Niño-que-vivió.

Hagrid comenzó la clase con teoría. Aunque claro, muchas cosas de las que mencionó Draco ya las sabía: por ejemplo, el dato de que los hipogrifos se ofenden fácilmente era sabiduría popular, creía el chico.

Draco tuvo que hacer equipo con sus tres compañeros masculinos de Ravenclaw. Por turnos, se inclinaron ante un hermoso ejemplar de color gris que Hagrid llamaba Buckbeak; Boot y Corner sin dejar de cuchichear entre ellos. (Desde la tarde anterior, se habían estado comportando más desagradables de lo usual, al grado de que en más de una ocasión Anthony había tenido que defender a Draco para que dejaran de molestar.) El hipogrifo también hizo su reverencia y, como los otros tres parecían asustados, Draco se atrevió a acercarse más para tocarle el hermoso y brillante pico. Sabía que ése era el hipogrifo que Potter había montado y por alguna razón, eso lo volvía especial, ¿no?

Pero qué pensamiento tan estúpido, se amonestó él mismo, no tiene nada de...

Interrumpió sus pensamientos porque, atrás de él, Terry Boot soltó de pronto:

—¡Oye, Buckbeak! ¡Este hijodeputa mariquita acaba de decir que eres una bestia fea y asquerosa! ¿Qué te parece eso?

… al mismo tiempo que Corner empujaba a Draco tan fuerte que lo hizo caer de bruces contra la parte delantera del cuerpo del hipogrifo. Draco golpeó al animal con su propia cabeza, fuerte, antes de rebotar y caer con todo su peso hasta el suelo de tierra.

Draco se quedó tirado, adolorido y desorientado, y por un momento olvidó qué era lo que estaba pasando ahí. Intentó sentarse al tiempo que escuchaba ruidos de aleteo intensos y ensordecedores, sus compañeros gritaban y corrían despavoridos y Buckbeak graznaba, furioso. El hipogrifo se abalanzó sobre Draco y éste, por instinto, se cubrió la cabeza con el brazo derecho. De nuevo cayó pero ahora de espalda y sintiendo un dolor lacerante en el antebrazo.

Si Buckbeak no lo mató ahí mismo fue gracias a Hagrid que se interpuso entre ellos. Controló a Buckbeak y luego acompañó a Draco a la enfermería, todo mientras sus compañeros de Ravenclaw y los de Hufflepuff (con quienes compartían materia) le echaban miradas furibundas por haber provocado que la clase se suspendiera. Claro, ¡como si él hubiese tenido la culpa!

Afortunadamente, el zarpazo no resultó ser más que un rasguño. Madam Pomfrey le puso vendas y cabestrillo con la indicación de no quitárselos durante todo el fin de semana.

Cuando Hagrid lo amonestó y lo castigó quitándole puntos a Ravenclaw y dejándole un ensayo extra acerca de (faltaba más) las razones para tratar a las criaturas mágicas con respeto, Draco respiró hondo para serenarse y le narró lo que había pasado y cómo Boot y Corner habían tenido la culpa. Hagrid no le creyó y mantuvo el castigo. Sin duda alguna, lo que más molestó a Draco fue que el gigantón lo tratara como a un tonto que no había comprendido las instrucciones dadas.

Merlín, cómo odiaba eso. Boot y Corner ya iban a pagárselas todas juntas.


Al otro día, un sábado lluvioso y fresco, Draco bajó de la torre de Ravenclaw porque no soportaba el modo en que Boot y Corner no dejaban de soltar risitas a su espalda. Dio una vuelta por el atrio y finalmente se decidió a entrar al Gran Comedor a leer un poco mientras llegaba la hora de almorzar.

No pudo concentrarse en el libro porque no podía dejar de pensar que, aunque la clase de Cuidado de Criaturas Mágicas había sido así de desastrosa, no había sido una mala semana después de todo. A Draco le gustaba especialmente Lupin y su materia. Él mismo había visto a ese mago conjurando un patronus en el tren. Se ilusionó pensando que, si ese profesor continuaba los años venideros en Hogwarts, quizá llegaría el año escolar donde les enseñaría a sus alumnos a realizar ese conjuro.

Draco no pudo evitar un escalofrío de emoción al imaginarse a él mismo haciendo un patronus corpóreo, jamás se hubiera pod-

—¡Malfoy! ¡Supe lo que te pasó ayer! ¿Estás bien?

El arribo de Potter, quien ahora iba acompañado sólo de Crabbe y Goyle como si fueran sus guardaespaldas, lo sacó de sus cavilaciones. Potter se había acercado hasta la mesa de Ravenclaw y señalaba con apuro el brazo de Draco en cabestrillo.

—Estoy bien, fue sólo un rasguño. El lunes me quitan las vendas —murmuró Draco, sonrojándose. De pronto, sintió las miradas de todos los que estaban en el Gran Comedor. La mayoría lo miraban con extrañeza; después de todo, era la primera vez en tres años que Potter se acercaba hasta la mesa de Ravenclaw a buscar a Draco. Quizá no entendían por qué Potter se interesaría así por el hijo de un famoso ex mortífago.

Ni Draco lo entendía, ya que estamos puestos.

Potter parecía enojado.

—Sé que fue Buckbeak el que te hizo eso. Él… bueno, a mí me fue bien con él. Creo que…

—Lo sé, Potter, sé que volaste en él y toda la cosa, Merlín, todo el colegio no ha hecho más que hablar de eso toda la semana. Necesito que sepas que no fue mi culpa, yo sé muy bien cómo tratar a…

—¡Sé que no fue tu culpa! Goldstein nos contó a Hermione y a mí qué fue lo que pasó. Que Corner y Boot lo insultaron y te empujaron contra él para dejarte a merced de su furia.

Draco bajó la mirada.

—Sí… Ya me encargaré que se arrepientan de eso. Por lo pronto, tendrán que cargar con la culpa de que nos quitaron puntos por su ocurrencia —murmuró. Potter lo miró sin decir nada. Draco, sintiéndose muy incómodo, cambió de tema—: ¿Y qué tal tu primera semana? Necesito decirte que me alegra ver que nuestro nuevo profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras sí parece caerte bien.

—¿Por qué lo dices?

—¿No es obvio? Porque tienes tu historial contra los profesores de esta materia. ¡Ya llevas dos! Esperemos que Lupin sí se salve de tus ansias asesinas.

Crabbe y Goyle escucharon eso y parecieron no saber cómo reaccionar. Pero entonces Potter se rió a carcajadas y sus dos gorilones se relajaron.

—Malfoy, ¿vas a ir a Hogsmeade en Halloween? —le preguntó Potter mirándolo fijamente.

Draco frunció el ceño.

—¿Por qué? ¿Vas a pedirme una cita? —se burló.

Potter se rió más, aunque ahora sonó algo nervioso.

—¡Claro que no! Más quisieras, cretino. Pero, bueno, es que... mira, en teoría se supone que no puedo ir porque mis tíos no me firmaron el permiso, pero Ron Weasley, quien también está agradecido conmigo por haber salvado a Ginny, me consiguió a alguien de Gryffindor con mucha habilidad en dibujo, Dean Thomas. Él falsificó la firma de mi tío de manera per-fec-ta —le susurró, divertido—. Snape no se dará cuenta de que no es auténtica, estoy seguro.

Draco no podía creer que estuviera confesándole eso.

—¿Por qué me lo estás contando a mí? ¿No tienes miedo de que te delate?

Potter no respondió. Sólo le sonrió y dijo:

—¿Entonces…? ¿Vamos juntos o ya tienes planes?

Draco se encogió de hombros. La verdad es que ni siquiera había pensado en ir a Hogsmeade.

—Ya tenía planes, por supuesto. Pero puedo hacerte un espacio si es que tantas ganas tienes de socializar conmigo.

La sonrisa de Potter sólo se incrementó.

—Es un trato, entonces. Hasta luego, Malfoy, que te mejores.

Potter le dio una palmada amistosa en el hombro (que no era el de su brazo lastimado) y se encaminó a la mesa de Slytherin seguido de sus compañeros de casa.

Por supuesto que Draco no iba a delatarlo con nadie. Era cierto que era aplicado y le gustaba seguir las reglas, pero no era remilgado ni mucho menos un traidor. ¿Qué ganaría él con eso?

Se quedó pensando en ir o no a Hogsmeade. No le había apetecido porque él ya conocía el pueblo desde niño, pero ahora...

Miró hacia atrás por encima de su hombro. Atrapó a Potter mirándolo. Y éste, al verse sorprendido, en vez de desviar la mirada, le sonrió.


El domingo le llegó carta de su padre, la cual le borró cualquier rastro de alegría que pudiera haber sentido.

"Draco.

Espero que estés bien y, como siempre, estés aplicándote en aprender, sacar las mejores notas y hacerle honor a tu apellido.

Te escribo para informarte que ya fui notificado de tu accidente en clase. Espero que te quedes tranquilo al saber que tomaré medidas de inmediato. He presentado ya una queja al Consejo Escolar y mañana llevaré el caso al Departamento de Control y Regulación de Criaturas Mágicas del Ministerio.

Nadie se mete así con un Malfoy, ni siquiera un animal. Estoy seguro de que ese cretino de Hagrid lo hizo a propósito para vengarse de que lo metimos a Azkaban el año anterior. ¡Qué bajo ha caído ese colegio, contratando a semejante gentuza como profesor!

Espera noticias buenas pronto.

Lucius Malfoy"

Draco, horrorizado, le escribió enseguida para pedirle que no tomara ninguna medida, que realmente no había sido culpa del hipogrifo y mucho menos del profesor. Era cierto que Draco no se sentía feliz con Hagrid y odiaba que no le hubiese creído que él no tuvo la culpa, pero de eso a desearle un mal había un gran trecho.

Pero Lucius ya no le respondió.


Al iniciar octubre daría comienzo la temporada de quidditch, así que las cuatro casas iniciaron las pruebas para integrar sus equipos. Draco, aunque todavía inquieto por las intenciones de su padre hacia Hagrid, finalmente se atrevió a realizar pruebas para quedar dentro. Sus habilidades, peso y estatura le hicieron ganar el puesto de reserva de buscador, el cual continuaba siendo ocupado por Cho Chang. Draco intentó no guardarle rencor por eso y asistió religiosamente a cada entrenamiento a pesar de que sólo era parte de la reserva.

—Harry está bastante entusiasmado con tu ingreso al equipo de Ravenclaw, Draco —le dijo Hermione varios días después.

—¿Cuál ingreso? ¡Soy sólo la reserva de Chang! Si ella juega, yo me quedo mirando desde la banca. Tu amigo está mal del cerebro, ¿qué hace además alegrándose de ello? Lo que debería hacer es tenerme miedo. Seguramente soy mejor buscador que él. Algún día se lo demostraré —terminó de decir Draco.

Hermione y él estaban sentados frente al Lago Negro, aprovechando los últimos rastros de buen clima que iban a tener en meses. El otoño estaba escurriéndoseles entre los dedos.

Durante el verano, Hermione había adquirido una bestia de color anaranjado que ella decía que era un gato, pero Draco estaba secretamente convencido de que tenía algo de kneazle. El animal era escalofriantemente listo. En ese momento, mientras ellos dos leían bajo el tenue sol de la tarde, el gato retozaba cerca de la orilla persiguiendo los tentáculos del calamar gigante.

Draco negó con la cabeza y trató de concentrarse en su libro, pero Hermione dijo, con un claro dejo de burla en la voz:

—¿Por qué dices que Harry es "mi amigo"? ¿O sea que no es el tuyo también? Ah, pero si yo me he enterado de cosas… No creo que Harry te haya invitado a ir a Hogsmeade con él si no te considerara su amigo. ¡Y hablando de eso, Draco! ¿Por qué no me habías contado que el chico más popular de Hogwarts te pidió una cita para ir al pueblo?

Draco se puso rojo y no supo si fue de enojo o vergüenza.

—¡No es una cita! En el remoto caso de que pueda ir, yo no... no... Él y yo sólo somos amigos. Granger, ponte a estudiar y déjame en paz, te lo suplico.

Hermione soltó una carcajada.

—Bueno, estoy confundida. ¿Son amigos o no? ¡Aclárate de una vez, Draco Malfoy!

Draco no le respondió nada y ocultó su cara sonrojada detrás del libro, sin poder dejar de pensar que Potter, en efecto, lo había invitado a ir a Hogsmeade a él, de entre tanta y tanta gente. No pudo negar que se sentía estúpidamente halagado.


Aquella semana, la profesora Sprout los tuvo a todos bastante ocupados en Herbología trabajando en desgranar vainas de vainilla de viento. Draco estaba sentado en un pequeño banco junto a Anthony y ambos arrancaban vainas de la misma planta para vaciar las habas en un balde de madera. En eso, Potter se acercó a ellos.

Eso era bastante regular y se les estaba volviendo costumbre: todos los jueves, durante su clase compartida de Herbología, más temprano que tarde Potter se acercaba a saludar y hasta a conversar un rato con los de Ravenclaw.

—¿Qué hay, Potter? —saludó Anthony, mirándolo por un segundo y volviendo a concentrarse en su trabajo.

—Goldstein, Malfoy, ¿qué tal? ¿Puedo acompañarlos?

Potter traía su propio banco. Con una gran sonrisa y sin esperar respuesta a su pregunta, lo colocó junto a Draco y se sentó, quedando muy pegado. Draco dejó de hacer su trabajo, miró alrededor para ver si la profesora no estaba cerca y le preguntó a Potter:

—¿Ya terminaste de llenar tu balde con tu equipo? Si no, Sprout va a regañarte.

Potter también echó un vistazo por el invernadero. La profesora estaba ocupada con Parkinson y Zabini, los cuales parecían estar haciéndole preguntas acerca de algún tema apasionante, si es que algo se podía deducir del entusiasmo que parecía tener Sprout al responder.

—Blaise y Pansy se están encargando. Mira esto, Malfoy —susurró Potter sin dejar de sonreír. Se agachó, tomó un gran puñado de habas del balde y sacó su varita. Draco lo observaba intrigado y Anthony había dejado de trabajar para mirarlo también. Potter arrojó las habas hacia arriba y, apuntándoles con su varita, exclamó—: ¡Waddiwasi!

Las habas salieron disparadas con velocidad vertiginosa hacia delante. Los tres chicos ahí sentados las vieron volar directo hacia Terry Boot y Michael Corner, quienes estaban trabajando juntos en otro rincón del invernadero. La lluvia de habas les pegó tan duro a ambos chicos que gritaron de dolor y cayeron de espalda muy cerca de unos arbustos de aspecto siniestro. Las habas que no los golpearon a ellos cayeron sobre esos arbustos, agitándolos y arrancándoles muchas hojas.

Al lado de Draco, Potter soltó una risita malévola.

—Oh, y eso no es todo… Espera y verás.

Para esas alturas, ya todos los miembros de la clase habían girado sus cabezas hacia Boot y Corner para ver qué era lo que estaba ocurriendo. La profesora Sprout, que se encontraba hasta el otro lado del invernadero, comenzó a caminar a toda prisa, gritando:

—Pero, ¿qué significa eso, Boot y Corner? ¿No les he dicho mil veces que dejen a los arbustos puntiagudos tran-…?

No había terminado de hablar cuando los mencionados arbustos se agitaron otra vez pero ahora por ellos mismos y, acto seguido, lanzaron a su alrededor una ráfaga de las espinas gigantescas de las que solían disponer como armas.

Boot y Corner gritaron de agonía. Draco y todos los demás sólo podían mirar aquella carnicería con la boca abierta.


Boot y Corner salieron tan mal heridos de aquella clase, que la profesora en persona tuvo que llevarlos de urgencia a la enfermería para que madam Pomfrey se encargara de extraerles las enormes espinas que se les habían clavado en todo el cuerpo y aun a través de la ropa. Todos regresaron al castillo creyendo que había sido un accidente. A excepción de Draco y Anthony, nadie más se dio cuenta de que Potter había sido el responsable.

Antes de salir del invernadero, Potter volvió a acercarse a Draco. Se inclinó hacia él tanto que Draco tuvo que moverse un poco hacia atrás.

Sintiéndose que se acaloraba, Draco tartamudeó:

—¿Qu-qué pasa, Potter, por qué…?

—Me encargaré de que Boot y Corner sepan que fui yo —le susurró, ignorando la pregunta de Draco—. Y también me aseguraré de que les quede bien claro que nadie se mete con mis amigos y se queda tan campante. ¿Vale?

Con eso, Potter alejó su cara de la de Draco, le sonrió y le guiñó un ojo antes de irse. Zabini y Parkinson lo estaban esperando: lo recibieron con risotadas y palmadas en la espalda, como a todo un héroe. Junto a Draco, Anthony se rascó la cabeza.

—Ese Potter… Si que es cosa seria —murmuró. Draco no pudo más que darle toda la razón.

Pero, quizá aunque no debía y no era moralmente correcto, la verdad era que Draco se sentía redimido y feliz.

Y, lo que era más curioso, se sentía protegido.