Hogar

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Desde el regreso de mi esposo, nos mantuvimos como en una especie de burbuja de felicidad absoluta. No es que estuviéramos ajenos a lo que sucedía en el mundo mágico, porque estábamos enterados hasta el último detalle: Ted se encargaba de conseguir El Quisquilloso, que se había convertido en el medio de comunicación masivo de excelencia y preferencia para enterarse de la verdad, desde que El Profeta no hacía nada más que publicar lo que le convenía. Xenophilus Lovegood ya no noticiaba tanta "chifladuría", como decía Ted, y se dedicaba a publicar y republicar artículos de importancia.

Las muertes eran cada vez más comunes, y si bien menos de la mitad eran publicadas por El Profeta, estas siempre eran puestas como trágicos accidentes o muertes sospechosamente naturales de gente joven, y listas extensas de nombres de brujas y magos nacidos de muggles, con la excusa de ser buscados para interrogación. Entre esos nombres estaba el de Hermione, el de mi padre y el de algunos miembros del Ministerio de Magia que yo conocía.

Sabíamos que Harry y los muchachos estaban bien, porque, por un lado, Remus los había visitado días antes de regresar conmigo, y por otro, hubiéramos sabido de inmediato si algo les hubiese ocurrido. No iban a aguantarse una noticia como esa, si todo el mundo parecía estar buscándolos.

Al día siguiente del regreso de Remus, fuimos a dar la noticia de mi embarazo a Hope y a mi abuelo, quienes no podían dar más de la felicidad y pasaban a menudo metidos en la casa tocándome la panza para ver si mi bebé hacía alguna gracia. Estábamos más unidos que nunca.

―Es demasiado pronto ―decía yo tratando de no sonar impaciente. No obstante, el cabello comenzó a cambiarme de color más menudo y de forma involuntaria. Aquello me hizo suponer que era una forma de manifestación mágica gracias a él. O ella. Remus estaba convencido de que era una niña.

―¿Cómo podrías saberlo? Yo soy la embarazada. Yo siento que puede ser un niño.

―Será una niña ―decía él testarudamente.

―Espero que no se trate de alguna preferencia tuya y realmente sea un presentimiento, porque tendrás que querer a tu hijo sea niño o niña ―le regañaba yo y él se limitaba a mirarme misteriosamente en respuesta.

Las cenas familiares eran frecuentes y yo tenía que controlarme para no engordar demasiado. Estando encerrada en la casa era difícil tener mucha acción, y las ocasionales noches de pasión con Remus no eran suficientes para mantenerme en forma si no controlaba la comida. A veces lográbamos reunirnos en la Madriguera con los Weasley y Kingsley, pero cada vez era menos frecuente por el miedo a salir y estar siendo vigilados.

Pero, como dije, todo, de alguna manera, parecía ser la vida que había anhelado siempre con Remus. Ted y él habían montado un cuarto en el patio y teníamos suficiente privacidad, además de una pequeña cocina para cuando queríamos estar solos los dos, y me era especialmente útil para cuando me daban los antojos ―Remus siempre era el que tenía que levantarse a cocinarme―. Era aún menos lujoso de lo que habíamos tenido en su casa, pero era algo nuestro, y ese pequeño espacio sólo se inundaba de risa y de amor. Casi todas las noches se colocaba cerca de mi vientre y leía en voz alta y suave pasajes de sus libros favoritos mientras yo leía revistas.

―Gracias por haber rescatado lo más valioso de la casa ―me agradeció cuando terminamos de decorar el cuarto con nuestros cuadros, mis discos y sus libros―. No sé si hubiera podido regresar después para buscar todo esto.

―Pero sólo traje lo que pude. Todo tus muebles…

―No importa. No necesitamos más.

Sonreí con ternura, con los ojos llenos de lágrimas. Remus había cambiado: ya no se disculpaba innecesariamente, no se lamentaba del pasado y no hablaba con dolor o arrepentimiento. Sólo se preocupaba del ahora, y a mí me hacía feliz verlo en paz consigo mismo.

Por supuesto, a veces era difícil no preocuparse o fingir como que nada estaba ocurriendo. Cuando llegó el primero de septiembre, las noticias acerca del nuevo régimen de Hogwarts impuesto por Snape, quien era el nuevo director de Hogwarts, llegaron como una bomba. Ted y Andrómeda no paraban de despotricar contra él, dedicándole todos los insultos posibles, pero Remus y yo manteníamos silencio, apostando que era el único camino que le quedaba: mantener las apariencias y hacer su trabajo de Mortífago lo mejor posible.

Tuvimos un subidón de energías al día siguiente del inicio del año escolar, cuando nos enteramos de que Harry, Ron y Hermione habían sido vistos en el Ministerio de Magia. La noticia salió con letras grandes en El Profeta, anunciando que habían intentado liberar a criminales de las salas de interrogaciones y habían cometido delito de robo, lo que se ponía como un argumento de peso para buscarlos con más énfasis. Todos nos alegramos de leer eso, porque significaba que los chicos habían huido una vez más, y que fuera cual fuera el plan de lucha que tuvieran, no habían abandonado su misión y continuaban al pie del cañón.

Era de esperarse que la sensación de paz no duraría para siempre. Constantemente se estaba publicando la lista de quienes debían ir a registrarse al Ministerio como nacidos de muggles, y mi padre encabezaba la lista con letra negrita. Los encantamientos protectores eran fuertes; habíamos logrado desmarcar la casa del mapa y colocar hechizos para que quien se acercara, se olvidara de lo que iba a hacer y se regresara por donde había venido. Así fue como nos libramos por largo tiempo de ser atacados. Pero teníamos claro que esa situación sería una bomba de tiempo que podría explotar en cualquier momento, y ninguno era capaz de hablar de eso. Mi madre no quería ni pensar en que mi padre tuviera que marcharse por nosotros; Ted, a veces, mencionaba, a espaldas de mi madre, que temía que irrumpieran en la casa para llevárselo a la fuerza, y que temía ponernos en riesgo, y que sería prudente programar su huida. Yo siempre decía que lo veríamos en su momento, que no había que adelantarse a nada.

Finalmente, llegó ese momento tan temido. Mi padre había salido a comprar algo de fruta al negocio más cercano; era su paseo nocturno y con frecuencia lo hacía, ya que él era el entendido con el dinero muggle; Remus se confundía. Tardó menos de lo que debió haberle llevado; llegó con el sombrero torcido, agitado y rojo como tomate.

―¿Qué pasa? ¿Ted? ―saltó Andrómeda al verlo así.

Remus y yo estábamos sentados en el sillón viendo un listado de posible nombres para nuestro bebé, y saltamos automáticamente al ver a entrar a mi padre como un bólido y cerrar la puerta con fuerza.

―Hay un grupo de mortífagos una cuadra más abajo.

―¿Cómo? ―exclamamos con Remus al unísono.

―Los vi, estaban lanzando maldiciones a las casas, y arrastraban a una mujer por el suelo.

―No hay cómo saber si vienen por ti… ―empezó a decir mi madre, pero Ted se acercó a ella y le tomó las manos, interrumpiéndola, con decisión.

―Exacto, no hay cómo saberlo, y por lo mismo debo tomar las precauciones pertinentes. Ustedes estarán a salvo sin mí.

―Papá, podemos huir juntos ―intervine yo, pero nuevamente alzó la voz.

―No vamos a discutir algo que no cuenta con otras opciones. Además, será sólo algo temporal, al menos para perderles el rastro, y lo mejor es que ustedes se queden aquí; no tendrán problemas, porque todos son magos puros.

Andrómeda lo miró con el rostro embargado de lágrimas, desfigurado. Avanzó hasta él negando enfáticamente con la cabeza.

―Ted…

―Mi querida Drómeda ―farfulló mi padre tomándole el rostro y mirándola con una ternura que me partió el corazón―. Todo va a estar bien, pero sólo será así si yo me marcho ahora. Tengo el bolso listo… Es llegar y desaparecer. No hay que reflexionarlo más.

Sentí un dolor en el pecho y en la garganta al saber que mi padre lo tenía todo planeado. Era evidente que estaba más que preparado.

―Papá, por favor, quédate. Cualquier cosa la vamos a enfrentar juntos; podemos irnos, podemos huir donde Hope… ―balbuceé, teniendo a un Remus a mi lado que asentía fervientemente con la cabeza.

Ted se separó de mi madre y fue hasta a mí. Sin previo aviso me ahogó en un abrazo.

―Mi princesa ―me acarició la espalda y luego se alejó lo suficiente para observarme a la cara―. Ya pronto nos veremos, ya lo verás. Sólo unos cuantos meses, hasta que esto se arregle, ¿sí? Ya verás que el tiempo pasa rápido.

Asentí, reprimiendo el nudo de la garganta. Me besó ambas mejillas.

―No se preocupe ―dijo Remus cuando mi padre se dirigió hacia a él―. Dora es mi prioridad. Pero ¿no hay manera de convencerlo de que se aloje en casa de mi madre?

―Gracias, hijo. Pero, no, eso pondría en riesgo a otra persona inocente ―replicó mi padre con vehemencia―. Que no se te olvide que eres un hombre excelente, Remus… Nos vemos pronto.

―Nos vemos. Huya por los bosques, es lo más seguro.

Ted se giró a mi madre una vez más, quien estaba apoyada en la mesa del comedor, a punto de desfallecer.

―No tardes demasiado ―le dijo ella, finalmente estallando en lágrimas.

―No, querida. Volveré apenas pueda.

Los vi besarse, sin apartar la vista. No tenía idea de que esa iba a ser la última imagen de mis padres estando juntos… Pero, aun así, quise imprimirla en mi memoria.

Fue a buscar su bolso y lo acompañamos hasta el patio. Mi padre saltó la valla a la casa trasera; era mejor que huyera por una casa que no era la suya. Escuchamos el eco de un "¡pop!" lejano cuando desapareció.

―Creo que lo mejor es que yo también deje la casa por…

―¡¿Qué?! ―saltamos mi madre y yo al mismo tiempo. Casi tuve un ataque de pánico.

―Esperen, antes de que digan algo, escúchenme ―dijo a ambas, pero mirándome a mí con cautela―. Es cierto que soy sangre pura, pero no podemos ignorar el hecho de que la ley anti-hombres lobo está más fuerte que nunca para quienes no apoyamos el actual gobierno. Por ende, lo mejor es que vaya a casa de mi madre, al menos por esta noche. Ted ya ha hecho el esfuerzo de marcharse y yo no puedo arruinar toda su seguridad con mi presencia.

Cedí a regañadientes, pero ambas le hallamos razón a Remus. El esfuerzo de mi padre no debía ser en vano, y por más que mi familia y yo consideráramos a Remus como cualquier persona, sabíamos que para el resto de la sociedad no era así. Hasta el momento no cazaban licántropos por deporte, pero no podíamos darles la posibilidad a que ocurriera.

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A la mañana siguiente los Mortífagos lograron romper gran parte de los encantamientos protectores de nuestra casa. En ese momento agradecí que ni mi padre ni Remus estuvieran, porque en masa entraron con dos agentes del Ministerio, antes llamando "respetuosamente" a la puerta. Andrómeda les abrió y los hizo pasar con la barbilla en alto, y mostrando su majestuoso pecho con orgullo. Nos interrogaron acerca de mi padre, y dijimos la verdad: que había huido. Luego, un imbécil tuvo la audacia de revisar los antecedentes familiares y me preguntó acerca de Remus, que si es que estaba casado conmigo, por qué no se hallaba en las dependencias de la casa.

―Me abandonó ―mentí hábilmente, haciéndome la humillada.

Estaba preparada para atacar en caso de ser necesario, y sentí que ganas no les faltaba para hacerlo, porque no tuve claro si nos creyeron o no. Pero tuvimos suerte con mi madre, porque dos factores jugaron a nuestro favor: alguien mencionó que tenían órdenes de no derramar más sangre mágica y, por fortuna, el nombre del Innombrable se había convertido en tabú, lo que les estaba dando bastantes problemas.

―Tenemos que irnos ―dijo alguien repentinamente a uno de sus compañeros, mientras analizaban si nos dejaban en paz o no. Miraba sin pena su Marca Tenebrosa, que se le había puesto roja―. Alguien ha dicho el nombre del Señor Tenebroso a quince kilómetros de aquí.

Con Andrómeda nos dirigimos una mirada disimulada, comprendiendo inmediatamente lo que había ocurrido.

―Bien, hagamos un registro rápido y nos largamos ―propuso uno, avanzando a zancadas por la sala y lanzando maldiciones para todos lados.

Sí, no hubo tortura, pero sin piedad registraron toda la casa dejándola patas arriba. Derribaron el cuarto que habían montado mi padre y mi esposo, elevando una nube de polvo. Andrómeda estuvo a punto de gritarles, pero yo le hice un gesto con la cabeza para que se controlara. Mejor no podríamos haber salido: al menos estábamos completamente ilesas.

―Tenemos que rescatar las cosas de valor… ―me dijo ella cuando se fueron.

―Sí. Y creo que lo mejor es que empaquemos ―le dije en un susurro.

―¿Qué? ¿Ahora tú también te vas a marchar?

Me puse un dedo en la boca para que bajara la voz.

―Mamá, podríamos estar siendo vigiladas ―. Me acerqué a ella y me incliné hacia su oído―. Lo mejor que podemos hacer es quedarnos donde Hope. Pero no es buena idea que lo hagamos hoy, porque probablemente lo esperen. Aguardemos hasta mañana.

Y así fue como iniciamos una nueva etapa de vida en casa de mi suegra, quien no podía estar más feliz de tener la casa llena. Además, con Andrómeda se llevaban como si fueran viejas amigas. Remus se sorprendió de vernos llegar de la nada con dos grandes maletas cada una.

―No pensé que tu madre querría abandonar su casa, por eso no me atreví a mencionarlo antes ―comentó a modo de disculpa.

―Por ahora no tenemos muchas opciones, pero mientras estemos juntos… Eso es todo lo que importa ―dije abrazándolo con fuerza, feliz de verlo en una pieza.

Los primeros días tuvimos que conformarnos con dormir en la sala ―mi madre tomó el cuarto de invitados que tenía una cama de una plaza―. Ella me la había ofrecido, pero yo me negué: de cualquier forma, había más espacio en la sala. Luego, como trabajo de equipo, hicimos una ampliación de dos habitaciones y agrandamos la cocina. Hope estaba alucinada, porque nunca creyó que nuestra estadía se extendiera demasiado.

―¿Es cierto que se quedarán… se quedarán aquí?

―Con Remus estuvimos hablándolo… Nunca se sabe qué puede ocurrir, pero este es el refugio más seguro que tenemos, y si vamos a establecernos, lo mejor sería tener un cuarto para nosotros y uno para la bebé, ¿no? ―contestó Remus con una sonrisa.

Andrómeda lo había aceptado de la mejor manera posible. Estaba muy triste y preocupada, pero cuando vio que la panza se me empezaba a marcar más, se convenció de que mi seguridad era prioridad y quería que su nieto creciera en un lugar hermoso y libre de peligros.

Llegó Navidad y año Nuevo sin tener información de mi padre, pero sí con otras novedades. A mitad de noviembre, Remus había contactado a Bill y este le había dicho que a Kingsley se le había escapado el nombre del Innombrable y estuvo a punto de ser atrapado por Mortífagos, pero logró huir y fue a parar a casa del mismo Bill antes de seguir huyendo, y que llevaba casi dos semanas a la fuga. Me sentí mal cuando Remus me contó, porque no me había comunicado con Kingsley. Con todo los cambios que se habían generado en nuestra vida, jamás pensé que mi amigo pudiera estar viéndose en un tipo de apuro. Además, ya no leíamos el periódico con frecuencia, porque Hope no tenía la suscripción. De vez en cuando Remus se conseguía alguno y nos poníamos al día.

Cuando me enteré de lo de Kingsley, no pude dormir durante toda una noche pensando, porque sabía que estaba siendo buscado tal cual como lo estaban haciendo con Harry: dejándolo ver como un enemigo del Ministerio.

―Kingsley es inteligente y fuerte; no se va a dejar atrapar ―me dijo Remus cuando despertó y me vio con la vista pegada al techo―. No tardará en ponerse en contacto con nosotros. Ahora, lo importante es que descanses, no le hace bien a ella ―continuó con un ronroneo abrazándome y llenándome de besos la cara.

También supo, por el mismo Bill, que Fred y George estaban dirigiendo un programa de radio llamado Pottervigilancia y que allí daban noticias importantes. Desde que supimos, empezamos a oír el programa fielmente, y en ningún momento Ted había sido mencionado, lo era algo bueno, o al menos yo creía que significaba que continuaba esquivando al enemigo.

En Navidad logramos de hacer tripas corazón y disfrutar lo mejor posible, pero fue muy difícil contenerme cuando fui a despedirme de mi madre en su cuarto y la vi llorando con una foto de matrimonio de ella y Ted en las manos. Lloramos juntas un buen rato.

―Podemos intentar buscarlo… Quizá, si lo traemos para acá…

Andrómeda negó con la cabeza rápidamente.

―No, él no querría esto. Tu padre dijo que iba a protegernos, y que dejáramos que lo hiciera. Sólo hay que tener un poco de fe…

Mi madre lo dijo con poco entusiasmo, sin creer en sus propias palabras. Pero, la mañana del primero de enero, tuvimos una sorpresa, y un pájaro extraño llegó con un pergamino atado a una pata. Era una carta de mi padre para todos nosotros, diciéndonos que estuviéramos tranquilos, que estaba acompañado con otra gente que estaba huyendo. Tenía una nota exclusiva para mi madre al pie de página, que se la reservó para ella. Al juzgar por lo roja que se puso, supuse que diría algo no apto para los ojos y oídos ajenos.

―Al menos sabemos que está bien ―dijo Remus ignorando la última reacción de mi madre, ocultando su incomodidad, pero feliz de haber escuchado las buenas nuevas de su suegro.

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Canciones del capítulo:

Woman - Remastered 2010 – John Lennon

Farewell To The Fairground – White Lies

Brighter Day – Joan Jett & the Blackhearts