Capítulo 25

Itachi apareció poco después con la mirada esquiva y taciturna. No había ni rastro del hombre que minutos antes reía y bromeaba con ella. En realidad, el que acababa de presentarse ante ella parecía una versión idéntica a la que conoció en San Francisco el primer día.

—¿Se ha marchado ya? —preguntó con gesto pétreo.

—Sí…, ahora mismo.

—Bien —apuntó poniendo las manos en sus caderas. La tensión de sus hombros era más que palpable.

Sakura tomó aire antes de pronunciar sus siguientes palabras, porque era evidente que él estaba afectado.

—Me ha dado esto para ti. —Alzó la mano, mostrando entre sus dedos la colorida tarjeta. Él la miró como si fuese una bomba, con miedo, recelo y algo más oscuro que a ella le provocó un escalofrío. No podía imaginar qué tenía que haber pasado entre madre e hijo para que estuvieran en esa situación, pero tampoco se lo podía preguntar. Cuando vio que él, aunque no dejaba de mirar la tarjeta tampoco respondía, añadió—: La dejo aquí, si quieres, y ya la coges tú cuando… la necesites —apuntó depositándola sobre la mesa que había a su lado.

Uchiha se limitó a asentir.

—Bien, será mejor que volvamos al trabajo. La maldita novela no se va a escribir sola —dijo en tono malhumorado.

Sakura alzó las cejas al escuchar cómo se refería a su obra, pero no dijo nada. Intuía que él estaba buscando una salida para no tener que pensar en lo sucedido, y se la concedió, asintiendo. Uchiha no añadió nada más. Fue a por ella, la tomó en brazos, y la subió de nuevo a la torre del castillo, como le gustaba llamar en su mente al lugar en el que pasaban tantas horas juntos cada día.

Pero enfrascarse en el trabajo no cambió nada. Durante los siguientes cuatro días, Sakura lo vio golpear con furia las teclas. Su ritmo era más rápido que nunca y apenas hacía pausas. No solo para pensar, sino para descansar siquiera. Lo único que no perdonaba era su sesión de ejercicios, que cada día, como un reloj, la obligaba a realizar. Parecía atormentado y ella estaba preocupada. En más de una ocasión tuvo la tentación, cuando lo tenía cerca, de pasar la mano por su pelo, acariciarle la mejilla, o incluso besársela. Pero por supuesto no lo hizo. Se limitó a ver cómo se fustigaba, porque escribir no producía ningún cambio en él. Al contrario, lo veía cada vez más encerrado y hermético. La noche del cuarto día ya no pudo más, y por primera vez en noventa y seis horas, ella se pronunció:

—Tengo hambre —dijo en tono rotundo.

Él detuvo el tecleo al instante, pero no alzó la vista.

—Y estoy cansada —añadió. Itachi giró el rostro lo justo para encararla—. También me siento exhausta, encerrada y aislada. —Alzó la barbilla.

Itachi encogió la mirada como si quisiera leer a través de su piel, qué intenciones escondía.

—No me mires así. Me encanta trabajar contigo. La mayor parte del tiempo es… estimulante. Pero has vuelto al «modo piedra». —Él alzo una ceja—. Ya no me hablas, ni comentas conmigo la novela. Ni siquiera salimos al porche por la noche. Hace dos días que fue Navidad y tengo un árbol sin adornos.

—¿También querías adornos?

—Si no los tiene no es un árbol de Navidad. Es solo un árbol, ¿no te parece?

Ella estaba lanzada y retadora. El brillo desafiante de sus preciosos ojos de color indescifrable iluminó algo en su interior. Sakura siguió hablando de lo descontenta que estaba. Le recriminaba que no hubiese salido de aquella casa en dos semanas, que ni la mirase cuando le entregaba el trabajo, que…

—¿Cuándo nos hemos casado, que al parecer también me lo he perdido?

Sakura, que tenía la boca abierta, la cerró de repente y ladeó la cabeza, confusa.

—¿Insinúas que parezco una esposa insatisfecha?

—Exactamente —dijo él girando en su silla para encararla. Se cruzó de brazos y se recostó en el respaldo, con un brillo nuevo en la mirada. Las comisuras de sus labios hacían un esfuerzo por alzarse, pero él no las dejaba aún hacerlo con libertad.

La discusión lo despertaba de su letargo y la que sí sonrió fue ella, al descubrirlo. Su gesto satisfecho lo dejó perplejo y confuso.

—Si lo fuese, estarías al borde del divorcio, porque mi lista no ha hecho más que empezar.

—¡Auch! —Fingió él que le disparaba directo en el corazón.

Se incorporó de repente y fue a por ella. Sakura lo vio acercarse decidido y tragó saliva. ¿Qué iba a hacer? Se puso en pie, a la pata coja, con la intención de marcar las distancias.

—Así que no te presto suficiente atención… No hablo contigo, no salimos por ahí, no he comprado los adornos de Navidad, ¿qué más? ¡Oh! —exclamó él sacudiendo la cabeza y señalando sobre sus cabezas, cuando estuvo a su lado—. Ni siquiera te he besado bajo el muérdago.

Sakura vio sobre ellos, en el techo, colgado un ramillete de la planta. Frunció el ceño, confusa, porque en todos esos días no se había percatado de que este estuviese allí. ¿Habría más por la casa? Se puso muy nerviosa. Había sido una estupidez levantarse, ¿de veras había pensado que podía salir de allí sin ser interceptada?

—Eso no sé qué hace ahí, pero no es necesario… Yo me refería a que te estás comportando como un troglodita, otra vez encerrado, sin comunicarte, como si yo no existiera… y…

Su discurso se vio interrumpido por los exigentes labios de Uchiha, que poseyeron su boca, con una embestida brutal. El oxígeno abandonó los pulmones para ser bebido por la boca del hombre que la rodeó con sus brazos con posesión. Sintió una mano en la nuca, y la otra en la zona más baja de su espalda, presionándola contra su pelvis. La sorpresa hizo que abriese más la boca y él aprovechó la maniobra para tomarla como una invitación a profundizar en el beso. Sus lenguas entraron en contacto, y el sabor de su boca le nubló el juicio, haciendo que despertase su lado animal. Esa Sakura contenida bajo sus normas, reglas, formalismos, políticas de conducta, modelos a seguir, se vio liberada de las cadenas, enfebrecida. Sus sentidos se afinaron, despertando de su letargo, y anhelando llenarse de nuevas experiencias. Alzó las manos y rodeó el cuello masculino, posó las manos en su piel y sintió la calidez de su cuello, el pulso en su garganta, ese olor que la drogaba cada mañana cuando él la tomaba en brazos. Mordió el labio masculino con suavidad y, cuando él gruñó, ella se arqueó, como una gata en celo. Itachi la tomó de las caderas, y la alzó hasta que ella enredó las piernas en torno a su cintura. Él estaba a punto de introducir la cabeza entre sus pechos cuando oyó:

—¿Y qué quieres comer?

Sakura parpadeó confusa, repetidamente. Miró a un lado y a otro, con estupefacción. Estaba sentada en su butaca color chocolate, y él aún frente a su escritorio, con el ceño fruncido y cara de pocos amigos, esperando una respuesta. Pero ella solo pudo alzar la vista al techo para comprobar que no había ningún ramillete de muérdago colgado.

Lo había imaginado todo.

Una vez más en sus mundos, salvo por el hecho de que en su vida imaginaria ahora él la besaba con pasión e incluso, de no haber despertado, le habría hecho el amor apasionadamente. Sus mejillas enrojecieron hasta el punto de cubrir sus pecas.

—Está bien, piruleta. Estás roja como un tomate. Igual te me estás poniendo enferma. Será mejor que lo dejemos por hoy, cenemos y descansemos un rato. Si mañana estás bien, iremos al pueblo a airearnos y a por provisiones.

Ella, aún más confusa, volvió a alzar la vista, para mirar ceñuda el techo vacío.