Disclaimer: Inuyasha y sus personajes no me pertenecen, son propiedad de Rumiko Takahashi. No recibo beneficios con esta historia.

Capítulo 5: Mojigata

El mozo retiró los platos y les preguntó si iban a ordenar algo más. Ellos se negaron con amabilidad y permanecieron algunos segundos en silencio.
El establecimiento estaba poco concurrido. Había algunas mesas con personas sentadas, pero predominaba la calma. Los arreglos botánicos y los gigantescos ventanales permitían que la luz de sol llenase el lugar de calidez y frescura. Kagome jamás había reparado en su existencia.

-Hermoso, ¿verdad?- Dijo el hombre. –Es como un oasis dentro de Tokio.-

Ella asintió con la cabeza y sonrió con complacencia. Su jefe se acomodó sobre su silla y comenzó a comparar el parecido de aquel lugar con otros que podían encontrarse en los pueblos al norte de Italia. Le sirvió como excusa para alardear de sus múltiples viajes alrededor del mundo.
Luego quince minutos de relato, Kagome solo se dedicó a asentir y sonreír. Internamente, se preguntó si aquello le había funcionado con alguna mujer.

Cuando cortó con las anécdotas personales ya era hora de regresar a la oficina. Él se ofreció a pagar la cuenta de ambos, pero ella no se lo permitió.

-Y usted, señorita Higurashi... ha vacacionado en algún país de Europa?- Le dijo mientras le abría la puerta del lugar.

-En realidad… nunca salí de Japón.- Expresó con algo de timidez.

No mentía. Conocía el interior del país muy bien, pero su familia jamás se había podido dar el lujo de viajar al exterior.

-Bueno, aún es joven…- Comenzó a decir. -Tal vez esta empresa le permita hacerlo en algún momento.-

-Usted cree? Solo soy una redactora.- Le dijo con ingenuidad. El papel de niña buena le quedaba pintado.

-Es muy comprometida y cuidadosa con su trabajo.- Soltó a modo de cumplido. - Con esa actitud llegará muy lejos. -

Tras decir eso, el hombre colocó una mano en su espalda, una costumbre que había adquirido hacía relativamente poco.
Kagome imaginó el tipo de compromiso al que se refería y sintió ganas de vomitar. Pero claro, a los ojos de ese tipo resultaba inimaginable que una mujer de su edad obtuviera otra forma de ascenso que no fuera esa.

Cuando llegaron a la oficina, antes de salir del ascensor, Naraku entró en su papel y adoptó el porte serio de todos los días. Ambos salieron del cubículo y caminaron en direcciones opuestas.

-Señorita Higurashi.- La llamó por última vez.

Ella se dio vuelta al instante.

-La próxima vez, yo invito.- Le dijo curvando los labios.

Kagome le entregó una sonrisa, se dio media vuelta y regresó a su puesto de trabajo. Lo tenía justo donde quería.


La pelinegra se estiró sobre el banco del parque y dejó caer su cabeza hacia atrás, sintiendo como la brisa le revolvía ligeramente el flequillo. El móvil colgaba de su mano derecha con la pantalla encendida, mostrando un mensaje leído. Su vista recorrió el espacio verde hasta chocar con la persona a la que estaba esperando:
La muchacha traía unos borceguíes, unos shorts negros con una remera oscura y una camisa leñadora algo ancha. Por unos momentos se quedó pensando si era la misma persona elegante que había visto días antes en casa de Jakotsu.

-Lamento llegar tarde. Tuve que pasar por mi apartamento antes de venir.- La oyó decir.

–Tranquila, estamos con tiempo de sobra.-

Sango se acomodó las gafas de sol y emprendió camino. Kagome la siguió durante algunos metros, reparando en los grupos de niños y parejas que deambulaban a su alrededor. Después de atravesar el parque y verla detenerse frente a una Ducati de color negro, se animó a preguntar.

-A dónde vamos?-

-Es un secreto.- Le dijo ella. Luego extendió la mano y le ofreció un casco. –Sube… o quédate con la intriga. Tu eliges.- Aquello le sonó exactamente igual al moreno.

La azabache suspiró, se puso el casco y se acomodó en el asiento trasero de la motocicleta. El vehículo se fue alejando de la zona más céntrica hasta detenerse frente a una construcción entrada en años. Un espacio antiguo pero atractivo, de rasgos occidentales, similar a un depósito o una fábrica. En la parte superior contaba con una hilera de ventanales que filtraban la luz del sol hacia el interior.

Sango se quitó el casco y escribió un mensaje en su móvil. Cuando se acercaron a la entrada, Kagome leyó rápidamente un pequeño cartel con la inscripción: Gaman Gym. La pelinegra le quitó la traba a la puerta y después de atravesar el umbral, la llamó para que entrara.
El lugar, que al parecer permanecía cerrado, era luminoso y muy amplio. Tenía un pequeño ring, algunos aparatos de musculación, bolsas de boxeo e incluso un sector para practicar artes marciales.

Luego de atravesar la planta baja, su anfitriona se detuvo frente a una escalera de hierro y se volvió para corroborar que la siguiera. Kagome, que no había dicho una palabra desde que entró, subió por los peldaños escuchando cada paso que daba. Todo se encontraba en perfecto silencio.
En la planta superior se extendía un corredor con dos recintos individuales. Desde allí podía verse todo el camino que habían realizado.
Sango se adentró en el último de los ambientes y la azabache la siguió.

En el interior había un par de juegos de arcade, un tablero de dardos, algunas decoraciones y un grupo de hombres conversando alrededor de una mesa pequeña. Eran siete en total y Bankotsu se encontraba entre todos ellos, desplegado en un sillón mientras le daba un sorbo a un refresco. Ella no pudo evitar recordar los sucesos ocurridos en casa de Jakotsu y se quedó congelada, a un lado de la puerta, sintiendo como su corazón le daba un vuelco.

-Kagome! Que sorpresa!- El joven de cabello recogido se le acercó con su chillido característico y llamó la atención de todos los presentes.

La muchacha recibió su abrazo tratando de esconder el rubor de sus mejillas.
Sango colocó una mano sobre su hombro para tranquilizarla.

-Oigan, quería presentarles a la persona que nos consiguió la información.- Dijo en voz alta. -Ella es Kagome. Trabajará con nosotros a partir de ahora.-

La citada se maldijo mentalmente, ¿por qué no se lo había dicho? tragó saliva y se llenó los pulmones de aire, tratando de tener las riendas de la situación. Su compañera la empujó por la espalda para que se acercase al resto del grupo.

-Vamos Kagome, no mordemos. – Oyó decir a un hombre de baja estatura, ojos grandes y aspecto funesto.

Algunos soltaron un par de risas. Entre ellos, un tipo calvo que acababa de escuchar las palabras de la pelinegra con diversión.

-Por favor muchachos, denle un respiro a la señorita. – Dijo de forma entretenida.

El ojiazul le clavó la mirada a su compañero y después se volvió hacia ella. Imaginaba lo que seguía, pero no se interpondría.
El hombre calvo la escudriñó de arriba abajo y cuando se disiparon las risas, aprovechó el silencio para tomar la palabra.

-¿Quién lo diría? Una muchachita como tú llevándose parte de nuestro triunfo.-

Kagome lo vio con seriedad, pero se mantuvo inalterable. Imaginó que en algún momento tendría que pasar por una situación como esa, rindiéndole explicaciones a algún idiota ególatra. Tomó asiento en uno de los sillones individuales y se cruzó de piernas muy cómodamente.

-Lo siento. De haber sabido que era tu triunfo te hubiese dejado que te encargues de entrar a la oficina de mi jefe.- Le dijo de forma despreocupada mientras se miraba las uñas.

Renkotsu borró el gesto de diversión de su rostro. Los comentarios irónicos de sus compañeros no se hicieron esperar.
El moreno apartó la vista mientras una media sonrisa se le dibujaba en los labios.

-Ya... Kagome fue de gran ayuda. - Dijo la pelinegra tratando de calmar las aguas.

-Sabes que con eso no fue suficiente, Sango.- Respondió un hombre alto de cabello oscuro y despeinado. –No tenemos nada para incriminarlo.-

-Suikotsu tiene razón. No ganamos nada y ahora tenemos que dividir nuestro dinero con ella.- Añadió el de baja estatura.

Las voces de los presentes comenzaron a elevarse y debatir sobre el asunto mientras Kagome permanecía sentada. Por un momento, su mirada se cruzó con la del moreno, que parecía comunicarle un "te lo dije" con los ojos. La reunión se estaba volviendo un incordio y lo último que quería era ser tratada como un estorbo otra vez. Ya irritada, suspiró y golpeó la mesa ratona con la palma de su mano. Los demás se volvieron a verla de inmediato.

-Gracias. Ahora que tengo su atención, me gustaría mostrarles algo.- Explicó mientras se sacaba el móvil del bolsillo.

Buscó durante algunos segundos y dejó el teléfono sobre la superficie de madera. En la pantalla aparecía una conversación abierta con varios mensajes de su jefe. Había llegado el momento de jugar su carta.

-Puedo conseguir lo que necesitan.-

Sango abrió los ojos con sorpresa. Sus compañeros enmudecieron y corroboraron el relato acercándose al aparato.

-Son solo mensajes… ¿Qué tan confiada estás?- Quiso saber Suikotsu.

-Salimos unas tres veces y nunca pierde la oportunidad para invitarme a beber después del trabajo.- Le respondió ella. –¿Con eso basta?-

Los presentes se mostraron mucho más optimistas y comenzaron a sacar conjeturas.
Bankotsu recapituló lo que acababa de oír. Le produjo una molestia indescriptible.

-¡¿Quién diría que Kagome es nuestro comodín?!- Vociferó Jakotsu con entusiasmo. –¡Vaya que dieron frutos esas citas!-

-No se adelanten.- Expresó el moreno cruzándose de brazos. -No sabemos si el tipo confía del todo en ella.-

La azabache le asestó una mirada fulminante.

Renkotsu estudió el asunto en su mente. Si el plan no funcionaba, la única perjudicada sería ella. No había razón por la cual preocuparse. Pero él le había prestado suma atención a su compañero y no le resultaba difícil leer entre líneas.

-Creo que es una excelente idea.- Señaló con una sonrisa. –Claro que aún tenemos que asegurar la confianza de Naraku, pero solo será cuestión de tiempo para que la deje acercarse.-

Kagome se extrañó por aquel repentino apoyo y a los pocos segundos vio al resto darle la razón. Sus palabras tenían una gran influencia.

-Lo discutiremos en otro momento.- Soltó sin más el ojiazul.

Ella no pudo objetar mucho más. Justo en ese momento recibió un mensaje urgente de su jefa y tuvo que volver en taxi para recoger algunos documentos importantes por su casa. El resto del grupo dejó la charla pendiente y se puso a discutir otras cosas. Unas horas más tarde, abandonaron el recinto.
Los últimos en salir fueron Bankotsu, Sango y Renkotsu. Y mientras la pelinegra se tomaba unos minutos para ir al baño, el calvo aprovechó para llamarle la atención al moreno.

-Esa mocosa se ofreció a sí misma como carnada para Naraku. Tal vez no fue tan mala idea que se nos uniera.- Expuso de forma divertida.

El ojiazul maldijo el momento en que la oyó pronunciar aquellas palabras. El plan lo incomodaba, tenía muchos baches y un margen de error incontrolable. Las cosas podían irse al demonio ante el mínimo error. Quería terminar con la conversación, pero sacarle la idea de la cabeza a su compañero sería tarea difícil.

-Es demasiado arriesgado, Renkotsu. -

-¿Qué podría salir mal? La única afectada sería ella. Y si temes que nos delate… le pondremos un micrófono.-

-No es tan sencillo como parece.- Insistió el moreno.

Renkotsu se cruzó de brazos. –No me digas que es algo más...-

El ojiazul se puso de pie y recogió sus cosas sin responder. Su compañero leyó el disgusto de su mirada y sonrió de soslayo. –Hermano, si no te conociera diría que estás preocupado por ella.-

Bankotsu rodó los ojos y se metió las manos en los bolsillos. -Si ella falla, nos hundimos todos. No podemos ponernos en peligro por una mala decisión.-

Sango despegó el oído de la puerta y aguardó unos minutos más antes de entrar.


El empleado de la caja la llamó desde el otro extremo de la fila. La conocía desde hacía tiempo y siempre sacaba su pedido antes para no hacerla esperar. Ella le dio las gracias, abonó el importe y salió de la tienda con su almuerzo en mano.

Estaba exhausta y apenas era el mediodía. Tener un compañero como Hakudoshi era agotador para cualquiera, pero aún más si eras mujer. El mocoso apenas le prestaba atención, hacía el trabajo a su manera y rara vez se ponía a pensar en los demás. La única razón por la que no lo habían echado a patadas del cuerpo de policías era por su intelecto.
Pero a ella le importaba una mierda su inteligencia. El muchacho era egoísta y no tenía respeto por la autoridad. Ni siquiera se merecía la placa. No comprendía como su jefe le permitía ir tan lejos.

Cuando dobló en la esquina, próxima a llegar al parque que solía frecuentar para comer, encontró a su compañero intercambiando palabras con un desconocido. ¿Por qué estaba fuera del departamento? Creyó escuchar que aún no era su turno para salir a almorzar.
Llevaba una gorra en la cabeza y el cabello recogido, pero pudo reconocerlo con facilidad.
Kagura mantuvo distancia para no tener que soportarlo en caso de que la notara. Se sentó en un banco lejano y se volvió a verlo desde donde estaba.
Ambos permanecían de pie frente a un coche negro. El tipo con el que conversaba Hakudoshi no pertenecía al departamento, llevaba traje y lentes oscuros. Unos minutos después, el hombre le abrió la puerta trasera del auto y lo hizo subir.

¿A dónde demonios iba a mitad de servicio? ¿Y Por qué no había ido con su motocicleta? Si recordó verla por la mañana en el estacionamiento.


La azabache se quitó los zapatos ni bien traspasó la puerta de entrada. Se puso las pantuflas que tenía en el recibidor, dejó sus cosas y se desplomó en el sillón. Eran tantas las tareas de las que se había encargado que su mente ya no daba para más. Yura la había enviado de un lado a otro, como si fuese su cadete, durante toda la jornada laboral. Los lunes le sentaban de maravilla para hacer sufrir a la gente, en verdad la aborrecía.
Cuando logró recuperarse, se levantó y preparó la cena. Y mientras buscaba algo para ver en la televisión, un ruido la sobresaltó. Era el móvil que le había dado Bankotsu. Tenía un mensaje escrito para ella:
"Seguiremos tu propuesta. Te llamaremos en unos días para contarte los pormenores.
Renkotsu"

Ella frunció el ceño y se quedó con el aparato en la mano. Hasta el día anterior, Bankotsu estaba en desacuerdo con el plan... y de repente había cambiado de opinión? Renkotsu debía ser igual de obstinado que el moreno... y sus compañeros le seguían la palabra fácilmente.
Kagome dejó el móvil a un lado y se preguntó por qué el ojiazul se empecinaba en dejarla fuera de todo.


El sábado su despertador sonó a las 6:45. Quiso estrellarlo contra la pared de la habitación, pero desistió. Se dio una ducha rápida para despabilarse, desayunó y salió.
En su mochila guardaba una muda con ropa cómoda, como se lo habían indicado: unas zapatillas, unas calzas cortas y un top deportivo. También añadió una toalla de mano y una botella de agua. No tenía idea de qué iba a hacer (como de costumbre), pero los días se volvían cada vez más calurosos y húmedos en la ciudad; era mejor ser precavida.
Mientras viajaba lamentó no estar acompañada de Sango, tardó un poco en ubicarse y reconocer el lugar.

Cuando llegó, se paró de pie frente al cartel conocido, le quitó la traba a la puerta y se adentró en el recinto. El gimnasio parecía desierto, todo estaba en perfecto orden y silencio. Ella deambuló por el lugar y le echó un vistazo al piso superior sin intenciones de subir.

-¿Esa es tu ropa cómoda? – Oyó decir.

La figura del moreno se hizo presente. Llevaba una remera holgada de color blanco y unos pantalones cortos que dejaban al descubierto sus perfectas piernas.
Kagome rodó los ojos y se fue a los vestidores sin responder, se cambió y regresó al salón principal.

-¿En dónde están todos?- Quiso saber.

Bankotu se volvió a verla. La poca cantidad de ropa que traía encima lo inquietó. La prenda superior solo le cubría el pecho y las calzas apenas sobrepasaban sus muslos. ¿Cómo mierda iba a enfocarse en los ejercicios?

-¿Esperabas a alguien más?-

–Tu compañero dijo que me daría los detalles de su jugada maestra. -

-Pues de eso se encargará él. Yo vine para otra cosa.-

–¿Ah sí? ¿Para qué?-

Como no obtuvo respuesta, se aproximó a ver más de cerca lo que estaba haciendo. Una porción importante del suelo estaba recubierta de tatamis de goma. La azabache tomó una bocanada de aire y se preguntó si podría estar a solas con él sin volverse loca.

–No me digas que además de manipular armas también vas a entrenarme para ser campeona de peso pluma.- Comentó.

Bankotsu se puso de pie, la sostuvo de los brazos y con un sencillo movimiento de piernas la desequilibró hasta derribarla. Ella cayó al suelo y vio cómo el muchacho se ubicaba por encima suyo. Su ejecución fue tan rápida y fluida que apenas se dio cuenta de lo ocurrido.

–¿Qué pasa? ¿Ya no te ríes? – Le dijo con sorna.

La azabache trató de zafarse, pero le fue imposible, el ojiazul ejerció presión sobre su cuerpo.
Cuando se dio por vencida, el muchacho se separó.

–Naraku no será tan gentil.- Aseveró. –Si prestas atención te enseñaré algunas cosas que podrían sacarte de una situación de mierda. –

Ella suspiró y se sentó sobre el tatami para oír sus indicaciones.
Lucía igual de satírico que siempre. Actuaba con total naturalidad, como si nada hubiese ocurrido entre ambos, como si la escena en casa de Jakotsu no hubiese significado nada. "Mejor así, un problema menos." pensó.

Luego de la etapa teórica, llegaron las demostraciones prácticas. Los ejercicios requerían de un grado de atención minucioso. Aún así, la clase le pareció fugaz. La encontró entretenida, se involucró más de la cuenta y fue adquiriendo experiencia con cada intento. Sus avances fueron rápidos.
Para la última parte, el moreno se acostó boca arriba y le pidió a ella que se aproximara.

–Tu objetivo es retenerme en el suelo.- Le indicó.

Ella asintió con la cabeza y se agachó guardando cierta distancia. Lo primero que se le ocurrió fue hacer presión con ambos brazos sobre su torso. Él tomó aire, movió la cadera y la derribó.

-Si quieres inmovilizarme, primero tienes que acercarte más.-

Kagome regresó a la misma posición, esta vez arrodillándose sobre el tatami y acortando el espacio que los separaba. Intentó ejercer más presión, pero Bankotsu la agarró de la muñeca y la atrajo hacia su pecho.

-Y encargarte de mis brazos también.- Añadió.

El moreno rodeó su torso con ambas piernas y la atrapó realizando un poco de presión. Sus cuerpos quedaron soldados y Kagome ya no tenía posibilidad de moverse.

-¿No podías decirlo antes?-

-Me gusta verte sufrir.-

La azabache se apartó con fastidio, se arregló el cabello y bebió un poco de agua para aclarar su mente. Cuando estuvo lista, repitió el ejercicio.
Trató de avanzar antes de que su compañero se le adelantara, se montó sobre su abdomen y le atrapó los brazos, pero Bankotsu dio vuelta la situación armando un puente con su cadera, derribándola y montándose encima de ella.

-¿Qué harás ahora?- Le dijo con diversión.

El moreno la miró detenidamente: estaba exhausta y su respiración se había acelerado, su pecho subía y bajaba de forma excesiva cada vez que sus pulmones se llenaban de aire. Un ligero brillo se le había formado por encima del top a causa del sudor. Aprisionó sus muñecas y las oprimió ligeramente contra el tatami para que no pudiera moverlas. La imagen le pareció tan sugerente que decidió apartar la vista.

Ella quiso copiar sus movimientos, pero fue inútil, la diferencia de pesos era notable.

-Mierda.- Soltó con frustración.

El ojiazul la ayudó, aflojando su agarre y llevándole las muñecas hacia el cuello de su camiseta. Ella se aferró a la prenda y permaneció algunos segundos en esa posición. La distancia milimétrica que había entre ambos la inquietaba.

-Higurashi, los brazos.- Le dijo de forma impaciente.

Kagome lo atrajo en su dirección manteniendo los brazos cruzados. Cuando comprendió la dinámica del ejercicio, soltó su agarre.
Unos minutos después, se separaron. Ella bebió una buena cantidad de agua y se secó el sudor con su toalla de mano, él permaneció de pie para recobrar el aire y se limpió el rostro con la camiseta. Las partes de piel que le quedaron expuestas dejaron al descubierto parte de un tatuaje que nacía de su espalda.

-¿Qué tanto me ves?- Le dijo acomodándose la prenda.

Ella apartó la vista. –Usa una toalla. Es asqueroso.-

El moreno curvó los labios. –Hiciste lo mismo hace cinco minutos. En lugar de estrangularme te quedaste ahí, viéndome.-

–¿Qué pasa Higurashi, te gusto?-Añadió.

Kagome soltó una carcajada y rodó los ojos. -Claro, me descubriste.- Le respondió de forma irónica.

Bankotsu se estiró y entrelazó las manos por detrás de la cabeza. -Es verdad... olvidaba que fuiste tú la que se me abalanzó en primer lugar.-

Ella le arrojó con la toalla que traía y caminó en la dirección opuesta. Él se aproximó y la arrinconó contra una de las columnas del lugar, solo para ver su rostro encendido en vergüenza.

-Que idiota.- Expresó apartando la vista. Sus músculos se contrajeron. Las mejillas le ardían. -Eso fue un error.-

Bankotsu curvó los labios y dejó ambas manos a los costados de su cuerpo. Le fascinaba esa actitud tan altanera, nunca daba el brazo a torcer.
Luego se acercó a su oído.

-Pues vaya forma de equivocarte.- Susurró.

Llevó una mano a su mentón y la obligó a mirarlo. Sus ojos se encontraron, ella se maldijo internamente por actuar de manera tan precipitada, pero no se apartó.

-Aun así, me lo debes.– Lo oyó decir.

El muchacho la besó sin más preámbulos.
Sus labios se unieron, sus lenguas se envolvieron y se exploraron, sus respiraciones se mezclaron. El acto fue recíproco, los dos habían estado ansiando lo mismo.
Kagome relajó su postura y se dejó llevar mientras él se dedicaba a probar cada rincón de su boca.
Cuando estuvo satisfecho, Bankotsu se apartó de sus labios para dirigirse a su cuello. Lo saboreó reparando también en el exquisito aroma de su fragancia.
Ella le acarició la nuca y lo atrajo más hacia su cuerpo.

Una vez más el roce, el ímpetu y el desprendimiento de serotonina.

El ojiazul dejó que sus dedos corrieran libres por el abdomen desnudo de la muchacha. Sus pensamientos divagaron. De repente tuvo unas ganas arrolladoras de quitarle aquel maldito top, pero se contuvo. Llevó las manos hasta sus caderas y las acarició suavemente mientras descendía hasta sus glúteos. Un ardor comenzó a crecer en su cuerpo cuando oprimió uno con la palma de su mano.
Kagome estrujó su camiseta y entrelazó una de sus piernas a la del muchacho. Lo hizo de forma irracional, guiada por sus malditos impulsos. Él la acarició y ubicó una de sus manos en la cara interna de sus muslos, justo en el nacimiento de su entrepierna. En ese punto, ella lo detuvo, como si se le hubiese encendido el interruptor del raciocinio.

-¿Qué..-

-Aquí no.- Lo interrumpió.

Bankotsu la miró con diversión, sin dejar de guardar aquella distancia milimétrica que los separaba.

-Higurashi… ¿tan exigente?-

Pero Kagome no le siguió el juego, iba en serio. Se apartó, recogió sus cosas y enfiló hacia los vestidores de manera fugaz.
Él se quedó de pie, atónito. Recargó sus manos en la pared y exhaló un suspiro tratando de ordenar sus emociones. ¿Qué demonios había ocurrido? ¿Lo había hecho a propósito? ¿O en realidad era una mojigata?

Bankotsu dejó caer la cabeza entre sus brazos, apenas podía bajar el calor en su cuerpo.
Sería la primera y última vez que lo dejara en medio de algo, eso seguro.