Nadie podía prever la reacción que tuvo. Al otro día antes del amanecer, ya había salido hacia el Hogar de Pony. Al menos se despidió de Doug, que fue al único que le dijo lo que haría, y le deseó suerte y buenaventura, además de pedirle que le escribiera para contarle la parte de la historia que quedaba incompleta por falta de tiempo. Aunque él trató infructuosamente de convencerla, no hubo forma de hacerlo, pues Candy siempre fue de actuar, no de pensar las cosas antes de hacerlas. Así mismo había hecho con el asunto de Terry y Susanna, años antes. Increíblemente, esto era más duro y difícil, pero no dudó ni un segundo de lo que tenía que hacer.

No entendía cómo pudo haber pensado que podía cambiar las cosas tan pronto supo la verdad sobre Albert. Y no, no tenía dudas. Albert había estado con ella desde siempre. La había cuidado y siempre acompañado. No, no podía ser ingrata con él, pero por eso mismo, tenía que tomar la decisión que había tomado. Albert había sido muchas cosas para ella, sino todo, pero no podía ser egoísta. Y sí, había escuchado a sus madres decirle que él sentía también por ella, pero con las palabras de la tía Elroy le había quedado claro que ella no era la mujer para él, y no podía empeñarse en serlo. Quizás por eso nunca habían podido concretar nada. Pero no era ella de saberlo. Sospechaba que su presencia haría todo más difícil para él, pobre inocente de Candy…

La realidad es que esta pobre chica estuvo la mitad de la noche redactando sendas misivas tanto para Albert como para a la tía Elroy. La de Albert era una despedida disimulada, para que él no sintiera que lo dejaba sin nada, y un agradecimiento por todo lo que había hecho por ella, mientras que la de la tía Elroy revelaba todo lo demás, excepto ciertas partes que le daban vergüenza sobre lo de su vida con Albert en el Magnolia; la verdad es que ella no sabía lo que le diría al llegar a ese punto, pero era más por el hecho de que en ese punto de la historia era que la relación entre ellos se había vuelto más íntima y cercana, y cómo decírselo sin que sonara mal.

Dormir esa noche no había sido alternativa; ya lo haría cuando llegara al Hogar. Su cansancio, más que nada, se debía más a tanto tiempo que llevaba luchando con eso que sentía. Sí, ahora entendía que era un sentimiento viejo, y que llevaba tiempo con él. Y era mejor que él no lo supiera, no que fuera a buscarla y querer cambiar las cosas por compromiso u obligación. Eso no hubiera sido justo con él ni con ella.

Pero ¿cómo no se había dado cuenta de lo que realmente sentía? Llevaba tanto tiempo en los brazos de su amigo como forma de consuelo. De pronto entendió porque era él siempre al que quería ver cuando sentía que su corazón le pesaba. En otra época, sin embargo, había sido muy niña para entenderlo. Desde el primer momento en que lo conoció, quizás a nivel subconsciente lo había colocado en un pedestal, pero entre medio de sus penas de amor, Albert se había convertido en todo lo que ella había querido para su vida. Y ahora tenía que despedirse de él, porque no podía pensar que el amor lo podía todo. En otra circunstancia probablemente sí, pero ellos ya no eran los mismos, y lo entendió muy tarde.

La carta de la tía abuela era mucho más de lo que antes le hubiera escrito. De hecho, nunca lo había hecho si las circunstancias no hubieran pesado sobre ella. Ahora se veía obligada, porque tampoco podía ser ingrata con la tía. Ella le había ofrecido el mundo, pero lo había hecho por su sobrino más que por nada, o al menos eso era lo que ella pensaba. Y ella no podía ser la causa de que él no pudiera cumplir con la misión que le esperaba.

Con mucho sentimiento le escribió esta despedida a la tía:

"Tía abuela,

Muchas gracias por su acogida. La verdad es que nunca me había sentido tan bienvenida en la mansión como estos días que pasé con ustedes. También le agradezco todo lo que hizo por alejarme de un matrimonio que a todas luces no era el que me convenía. Siento también haber defraudado al duque, pero usted me hizo darme cuenta de que no podía seguir viviendo con esta culpa sobre mi hombro. Nunca olvidaré todo lo que hizo por mí para que yo dejara ir ese peso muerto de mi corazón.

Pero más allá, luego de nuestra última charla, entendí y aclaré muchas dudas que tenía y a las que no les encontraba respuesta. Por fin entendí que mi lugar no es en medio de la nobleza escocesa, que soy una chica sencilla de un hogar pobre y que, y por favor, no le diga nunca a Albert, jamás voy a ser igual a él. Cuando usted me habló de que debía dejar de ser su protegida, sentí que la decisión que había postergado era la más justa para él y para mí. Yo no puedo seguir siendo carga de un hombre que merece ser feliz, y que ha sufrido tanto por tantas pérdidas que ha enfrentado, y por eso he decidido removerme de su vida. La carta que le dejé es muy convincente. Si de algo estoy segura es de que Albert me conoce bien, y que hará lo que yo le pida sin cuestionar. De otro modo, por favor, ayúdeme a que entre en razón. Él necesita encontrar su vida, y no puede continuar cuidándome, y olvidándose de todos los deberes que tiene ahora. Sé que usted sabrá hacerlo.

Tía abuela, es muy difícil para mí confesarle esto a usted, pero la realidad es que yo estoy perdidamente enamorada de Albert desde hace mucho tiempo. No sé cuándo pasó, ni las circunstancias que me llevaron a sentir esto, pero ya no puedo más con el sentimiento. Si fuera a hacer lo que me está pidiendo, si fuera a ver a Albert con una familia que no me incluye en su vida, no podría soportarlo. Prefiero, por tanto, dejar las cosas así, regresar al Hogar y no saber lo que pasa con él. Por eso necesito que me ayude a hacerle entender que me debe dejar ir, al menos hasta que encuentre su camino y yo el mío, que no parece incluirlo a él.

Perdóneme, por favor. Perdone que me haya enamorado de un hombre tan importante, que sé que no merezco. Perdóneme por creer en una fantasía, porque pensé que él también me amaba. Ahora entiendo por qué no podía decirme que él sentía lo mismo que yo. Sus múltiples compromisos y obligaciones se lo impiden de todos modos. Él tiene obligaciones incluso más grandes que yo. Es por eso por lo que pienso que la distancia podría curarlo de lo que piensa que siente. Dígale, por favor, que no me busque y que sea feliz. Al menos así recuerda que una vez fui su…hija adoptiva, cuando el tiempo haya borrado nuestras lágrimas.

Candice White"

La misiva tenía, también, unas cuantas lágrimas secas que habían hecho que se corriera la tinta. Pero así mismo, a ella no le importó. Ya no tenía nada que perder…

….

Un día completo después, llegó Candy al Hogar luego de caminar pausada analizando cada paso que daba y cada historia desde que había conocido a los Ardlay. No hizo más que tocar el Hogar, su hogar, y sin embargo, se derrumbó frente a la chimenea, por falta de fuerza para continuar y con la noche anterior sin haber pegado un ojo. No, no había niños. Ellos se habían ido a dormir temprano. Candy no pudo siquiera saludar a sus madres, que se miraban atónitas mientras Candy se tumbaba frente a ellas, sin palabras, sin lágrimas, sólo con la mueca de dolor. Qué había pasado con esa niña que siempre reía aún sus adversidades. Ella había permitido que sus penas tomaran control de su vida. Ahora no tenía más que llorar y llorar, y esta vez por dentro, por no delatarse más.

"Voy a buscar un té para los nervios", dijo la hermana, mientras dejaba sola a Candy con la Srta. Pony.

La Srta. Pony se sentó en el sofá frente a esa misma chimenea donde Candy no levantaba la vista de la vergüenza. Ya la Srta. Pony estaba muy mayor y cansada, pero aún así, tenía espacio para ser la madre de tantos y tantos niños que habían pasado por el Hogar, incluso de la misma Candy. Y esa niña, que siempre había sido feliz aún todos sus pesares, parecía que, por primera vez en su vida, no sabía qué hacer con su dolor.

"Dime lo que ocurrió que vienes de este modo", le preguntó con un rostro de calma, para contagiarla con algo de paz.

Candy ya no estaba para ocultar sus penas, ni huir de ellas. Sabía que no podría engañar a sus madres, que la conocían demasiado bien, así que ocultarles las cosas no serviría de nada en ese momento.

"Es que…es que me tuve que ir… No tuve alternativa… Lo tuve que hacer".

"No estás huyendo de tus problemas de nuevo…"

"No, Srta. Pony. Esta vez no. Me fui para que Albert sea feliz; para que encuentre su camino. Conmigo en medio, él nunca podrá serlo. Soy un obstáculo grande en su vida. Él necesita…otra cosa".

"Obstáculo, Candy, ¿no crees que exageras, que eres muy dura contigo misma?'"

La Srta. Pony de pronto sonrió con esa sonrisa calmada de persona que siempre le encontraba solución al más complejo de los problemas y suspiró profundo antes de contestarle.

"Por qué piensas que él no es feliz", misma pregunta que le habían hecho a él con respecto a ella. "Candy, te voy a decir algo que nunca te dije cuando te fuiste a vivir con el Sr. Albert a ese departamento en la ciudad de Chicago. Aunque no lo creas, aunque tuvimos una reacción un poco adversa porque queríamos protegerte de un mundo cruel, en algún momento nos dimos cuenta de que ese hombre había sido lo mejor que te había pasado en tu vida. Te convertiste en la mujer que eres ahora, una mujer responsable, una mujer dulce, una mujer con un hogar y una familia, por él. (Candy se acordó de lo que le había dicho Merry Jane cuando fue a abogar por ella con Dr. Leonard). Merry Jane: "…ese hombre allá arriba es tu familia, y lo sé por la forma como te desvives por él, a riesgo de todo…Hasta pronto, y recuerda siempre estas palabras con las que te dejo. Cuida a ese hombre. Cuídalo hasta el final. Para mí, él es tu misión de ahora en adelante, y no sé por qué sospecho que tú eres la misión de él, que él te va a ayudar mucho más de lo que tú crees ahora. No dejes que se vaya de tu vida jamás".

La Srta. Pony continuó diciendo esas mismas palabras:

"Él siempre lo ha sido, tu familia, y nunca debes abandonarlo. Él es la persona que nació para ti y tú para él. ¿Recuerdas la leyenda del hilo rojo del destino que les contábamos de niños a todos ustedes? Pues bien, ese hilo rojo, que es invisible quizás para muchos, que se tensa con cada movimiento de la vida, pero no se rompe, es el que tú y él comparten. La verdad es que él es la felicidad tuya y tú eres la de él. Por qué ahora piensas que no lo eres, que eres un obstáculo en su vida".

"Es que la tía abuela me dijo…"

"La tía abuela te dijo… Esa no puede ser tu respuesta siempre, que alguien más te dijo. Tu respuesta debe ser que el Sr. Albert te dijo. Bueno, pero vamos, qué fue eso tan grande que te dijo la tía abuela que te ha llevado a huir de nuevo, como haces siempre".

Candy le contó con lujo de detalle esa última escena y cómo la tía Elroy le había comentado que, al cambiar la tutoría, él podría ser libre para elegir esposa y tener un heredero. La Srta. Pony no tuvo más que reírse con el comentario. De verdad que Candy no tenía malicia, y no sabía tanto de la vida. Sus experiencias habían sido limitadas, y esos prejuicios que tenía, esa forma de ver las cosas daba cuenta de una naciente madurez acompañada de altruismo, pero de falta de experiencia. Lamentablemente, la Srta. Pony y la hermana, igual que cualquier padre o madre, no podía enseñarles todo a los niños. Eran muy buenas, pero cada ser humano debía experimentar su forma de vivir y evolucionar. Ahora le tocaba a Candy, y ella se lo quiso transmitir.

"Candy, mi niña, no te estás dando cuenta de algo. La tía Elroy lo que está haciendo es precisamente lo que te dijo, pero algo más. Si el Sr. Albert continúa como tu tutor legal, entonces no podrá estar contigo más que en esa calidad. Si él quisiera casarse contigo, que no dudo que de eso se trata, ella no pensaría en hacerse cargo de ti. Eso de que le sirvas el té y que te pongas a estudiar y prepararte no es otra cosa que ella previendo que su sobrino te pida matrimonio. Te fuiste de allí, sí, pero espera, porque en muy poco tiempo verás de nuevo al Sr. William aquí con una nueva sorpresa, eso te lo aseguro…"

"¿Usted cree?", de pronto Candy relajó un poco su temor.

"Sí, mi pequeña traviesa", le dijo ella, mientras la cubría con sus maternales brazos y la acurrucaba como si fuera una bebé.

Por fin a Candy se le dibujó una leve sonrisa en medio de su dolor, como de alivio. Aunque pronto volvió a recordar la razón por la que pensaba que ese hombre merecía mejor que ella.

"Srta. Pony, perdone, pero la verdad es que yo también pienso que él merece algo mejor que yo. Digo, él siempre me apoyó, y yo siempre lo apoyé a él, pero quizás su vida esté con una señorita que mejor refleje su estatus. Yo no creo ser ella", le dijo en un tono más sosegado, pero triste.

"Candy, por qué hablas así de ti misma. De verdad que pareces como si no te quisieras tú misma. Nosotras no te educamos de ese modo".

"Cierto es", terminó la hermanita, que en ese momento entraba con el servicio de té y galletas.

"No sé, no sé qué haré de ahora en adelante. Me siento tan confundida. Pero no puedo hablar con él. Prometí que no me acercaría".

"No tendrás que hacerlo", dijo la Srta. Pony. "Él vendrá ti".

Eso dejó pensando un poco a Candy.

"Mejor vete a descansar", le recomendó la hermanita.

"Sí", y Candy se fue a dormir como no lo había hecho la noche anterior, más sosegada y relajada.

…..

Ya solas la hermana y la Srta. Pony, limpiando lo que quedaba por limpiar, se quedaron conversando un rato de Candy y su regreso al Hogar.

"Ay, hermana, si le digo la verdad, nuestra Candy es una mujer hecha y derecha y pronto, muy pronto, tendrá el premio por tanto sufrimiento. Ella nunca fue de contarnos por no preocuparnos la mitad de las cosas que pasó en su joven vida, pero me parece que por fin será feliz".

"Sí, aunque sigue siendo una chiquilla en muchos aspectos".

"Bueno, hermana, le falta vivir. La realidad es que nuestra niña es bien echada para adelante. Estudió, se formó y encontró también su misión. De todos los huérfanos que han pasado por nuestro Hogar, Candy es la que mejor posibilidad tiene de un futuro brillante. Siempre lo sospeché".

"Quizás también por eso es por lo que la consentía bastante, porque traviesa, eso sí era", le contestó la hermanita de pronto invadida por un recuerdo que no era muy grato.

"Qué pasó, hermana".

"De pronto recordé cuando la fui a visitar a casa de la familia que la acogió primero…sí, los Leagan. No la trataban bien. Ella quiso ocultarme ese hecho. Algo la hacía feliz allá, y por eso me escondió sus lágrimas en ese momento".

"Por eso se ha mantenido tan bien, hermana. Candy siempre le encontró algo positivo a todos sus problemas. Y se ha ocupado ella misma de resolverlos sin invocar la ayuda de nadie. Pero de cierto modo, siempre tuvo a alguien que la cuidó y la ayudó en la sombra. El Sr. William siempre estuvo con ella. Es increíble. Y ella llegó a quererlo y agradecerle tanto, que la sola idea de perderlo no le permite sonreír ante la adversidad, como lo hacía antes. Ese es un dolor muy grande para ella".

"Srta. Pony, ¿de verdad cree que ellos puedan superar todos esos obstáculos que tienen en frente?"

La Srta. Pony volvió a sonreír.

"Claro que sí. Ese amor, hermana, es demasiado grande. Cuando un amor es así, no hay forma de detenerlo ni por voluntad. Candy tiene la voluntad, pero la vida de seguro tiene otros planes para ella…"

Continuara...

NOTA: Ya estamos cerca del final. Pido un poco de paciencia, chicos y chicas, porque estas últimas partes son más recientes. Requieren TLC para poderlas conectar bien con las anteriores. Gracias, de nuevo, por el respaldo.