Aquel 1 de septiembre la estación de King's Cross se encontraba abarrotada de gente, aparentemente normal. Según lo que le habían dicho al huérfano de ojos felinos simplemente tenía que encontrar el andén 9¾, ya que tenía su boleto, pero el problema radicaba en que aparentemente no existía. No sabía qué hacer, el hombre chiflado simplemente le había dado dinero para el viaje de ida (aunque también le dio otras monedas que no conocía, llamadas galeones) después de explicarle cosas básicas, aunque Kenma siente que no le explicó nada. ¿No era su nuevo tutor o algo así? ¿O mínimo un encargado de su llegada a ese tal Hogwarts? Debería estar allí, con él.

Eso solo lo molestaba un poco más, pero sin demostrarlo exteriormente, ya que sentía que la gente lo observaba de manera extraña. ¿Y cómo no si literalmente era un niño perdido con una maleta y un gato peludo? Sí, gato que el tal "profesor Ukai" le había comprado en el Callejón Diagon, un lugar que también era mágico y donde había conseguido sus cosas. Aún recuerda la voz de ese dependiente describir su varita como de «abeto, pluma de fénix, 25,5 cm, e inflexible», para después soltar una exclamación de asombro y orgullo, diciéndole que era una varita famosa e importante, y que le diera buen uso. Sinceramente, aún no se creía del todo que ahora estaría en una clase de escuela para magos y que haría mover cosas con un palo.

Otra cosa que le llamó la atención del día en que le entregaron el sobre, y que no manifestó, fue enterarse de su nombre completo por primera vez. Él, hasta donde sabía, no tenía familia, así que había sido raro leer "Querido Kenma Kozume" en vez de simplemente "Kenma".

—¿Te perdiste, niñito?

Una voz lo sorprendió. Frente a él había un chico multiplicado por dos, realmente: eran dos gemelos, idénticos. Lo único que cambiaba eran sus expresiones, ya que uno parecía tener escrito en su frente «problemas» mientras sonreía y el otro simplemente permanecía taciturno, aunque había un brillo extraño en sus ojos.

—Parece que no sabe hablar, Tsumu.

—¡Qué horror! ¿Gritamos por ayuda?

—Ayuda, ayuda.

—¿En serio? ¿A eso le llamas gritar? —Enarcó una ceja el tal "Tsumu", mientras colocaba ambas manos en su boca y creaba un megáfono improvisado—. ¡Auxilio, auxilio!

La gente volteó a verlos, pero al ver a los gemelos simplemente pasaron de largo. Ya estaban acostumbrados a sus bromas desde que tuvieron la edad para caminar en la estación King's Cross.

—Bueeeeno, intentamos hacer caridad.

—Era obvio que no te iban a hacer caso. —Murmuró el gemelo tranquilo—. Después de todo eres un idiota.

—¡Osamu!

Uno de los gemelos se abalanzó sobre el otro y empezaron a pelear. En eso llegó un chico de cabello negro y mascarilla, con rulos, que parecía aburrido y miraba despectivamente al par de gemelos ruidosos.

—¿No tienen nada mejor que hacer? —Les escupió, con asco—. Están todos sucios.

Atsumu se llevó las manos a la cabeza, pero fue Osamu el que hizo la expresión dolida.

—¡Es el mayor insulto…. —Empezó uno.

—…que he recibido en toda mi vida! —Completó el otro.

Sí, a veces hacían eso.

Un niño castaño, de cabello corto y ojos almendrados, pareció percatarse del problema, pero antes de que Yaku Morisuke pudiera intervenir Atsumu se percató de que estarían en aprietos, así que empujó a Kenma con todas sus fuerzas contra una pared de ladrillo que se encontraba en medio del andén 9 y 10 de la estación. El casi rubio pensó que moriría, o mínimo que su cara estaría jodida, pero en vez de eso perdió el equilibrio cayendo de bruces contra… ¿el suelo? ¡¿Y la pared?! Se puso nervioso, inquieto. ¡No entendía qué pasaba!

Sintió el sonido de unas ruedas y vio cómo los gemelos atravesaban la pared de ladrillos que aparentemente él había atravesado también, introduciendo su maleta y su gato de paso, mientras huían de la escena del crimen riendo. O, bueno, solo uno reía, el otro lo miraba aburrido.

—¡Nos agradeces…

—…después, gatito!

Ahora la gente lo estaba mirando por estar en el suelo, y odiaba llamar la atención. Kenma se sentía más pequeño de lo usual. Se iba a levantar pero una mano lo jaló antes hacia arriba, y vio al mismo chico que iba a gritarles algo al par de gemelos.

—¿Estás bien? Me llamo Yaku. —Le preguntó Yaku, suspirando—. Mi mamá ya viene para acá, si estás herido…

—No, no, estoy bien. Solo… —No había expresión en su rostro, pero tal vez, solo tal vez, estaba un poco molesto por ser empujado como un simple saco de papas—… me incómoda la atención...

—Así que, Yaku —Un albino se acercó también a ellos, sonriendo ampliamente, inocente—. ¿Haciendo amigos tan rápido?

El castaño rodó los ojos, pero no parecía molesto realmente. Simplemente era su reacción natural ante cualquier comentario que proviniera de la boca del albino.

—Sí, Lev, de hecho acabas de arruinar mi primera oportunidad de tener un amigo normal. —Enarcó una ceja y volvió a mirar a Kenma, con amabilidad—. Uh… él es mi… vecino, junto a la que nos está mirando de lejos, la chica rubia: Yachi. Mi mamá nos suele traer a los tres.

Kenma arrugó el entrecejo. Parecía que dónde miraba aparecía un desconocido. Usualmente no interactuaba con la gente tan rápido. Eso le hizo preguntarse dónde estaba el primer chico que lo ayudó, el de la mascarilla, pero el niño había desaparecido rápidamente. Él parecía cercano a los gemelos… un poco.

A la escena llegó la madre de Yaku, quien los miraba con la ceja arqueada, casi como si quisiera regañarlos por incomodar a un niño que evidentemente era nuevo en el mundo de la magia y no debería ser aturdido con más cosas, y sabía cómo era su pequeño malhumorado hijo. Detrás de ella venía Yachi, quien era la única que estaba ayudando al señor Morisuke a llevar las maletas y las mascotas, ya que parecía un burro de carga, el pobre. Pero él mismo se lo había buscado, pues podía usar magia para aligerarlo, pero "eso no les demuestra trabajo y esfuerzo a los niños".

—… y entonces me di cuenta de que los Miya estaban acosando a Kenma, así que vine a ayudarlo. No me separé a molestar, ¡lo prometo! —Finalizó Yaku el relato que le estaba contando a su mamá sobre cómo terminó en un conflicto que, en su defensa, "los gemelos se lo habían buscado"—. ¡Yo no soy como Lev, yo sí pienso!

—¿Eh? ¿Qué Yaku piensa en mí? ¡Genial! —Comentó como si nada el nombrado. Era extranjero, así que tenía ciertos problemas para comunicarse y solía confundir las palabras, pero su buena fe hacía que siempre interpretara lo mejor de las personas. Sonrió ampliamente, amistoso, y Yaku no pudo evitar sonrojarse. Yachi, por su parte, se rió de la ocurrencia—. ¡Yo también pienso mucho en ti, Yaku!

—¡Mamá! —Gritó el aludido, acusándolo.

—No tengo paciencia para esto, y hay que subir el equipaje. —La señora Morisuke frunció un poco el ceño—. ¿Y quienes eran los gemelos? Si están molestando deben decirle a un profesor, niños, el bullying es un tema serio. —Dijo, mirando directamente a Kenma.

—Eran Atsumu y Osamu Miya, de Slytherin. —Dijo la más pequeña de todos, de ojos chocolatosos y brillantes: Yachi Hitoka, había estado callada, pero atenta a los otros. Parecía algo intimidada por la atención, así que se encogió detrás de su vecina, la madre de Yaku. La señora pareció cambiar su expresión a una consternada, como si supiera algo de los gemelos Miya—. Uh… van en segundo año, molestan a todos, en realidad, o eso dice Yaku.

Yaku le dio un codazo a Lev, que al parecer comprendió en un acuerdo mutuo de no involucrar profesores, aunque el albino no entendía por qué, después preguntaría.

—Sí, sí, le diremos a un profesor y eso. Claro. —Yaku miró a Kenma de reojo y le guiñó un ojo, como dándole a entender que tendría una venganza sin tener que recurrir a las aburridas autoridades—. ¡Auch!

Su madre le había dado un ligero golpecito en la frente.

—¡Estoy adelante tuyo! ¡Vi como le guiñaste el ojo!

Kenma no pudo aguantar más y terminó riendo con esa familia extraña. Él jamás había estado en un ambiente tan familiar y cercano, así que la sensación de estar experimentando algo nuevo le gustaba. No sabía si era una escuela de locos o no, pero sería divertido.

Luego de tontear un poco más los niños se despidieron de sus padres, subiendo al andén. Ahí recién la Señora Morisuke frunció el ceño, siendo observada por su esposo.

—¿Dijo Miya, verdad? —Inquirió él, dudoso—. ¿No es el que…?

—Sí, salió en El Profeta esta mañana. —Suspiró ella, simplemente esperando que sus hijos estuvieran bien—. Cadena perpetua en Azkaban.

~•~

El tren se anunció con un chillido, mientras el humo salía de la chimenea. Hinata vio en letras brillantes "Hogwart's Express" marcado con el número 5972, sintiéndose sobrecogido ante ello. Fue tanta la emoción que avanzó sin darse cuenta, alejándose de su hermana y su madre, quien a duras penas conocía el mundo mágico y aún seguía con el miedo de cruzar una pared de ladrillo. Uh, se sintió tonto, no quería empezar a gritar, pero tenía algo de miedo, era la primera vez que estaba solo. Su lechuza empezó a hacer ruidos, como queriendo atención.

—Oye, muévete.

Levantó la vista y se encontró con un chico de expresión agria, azulada. Se congeló automáticamente en el lugar, ya que no sabía lidiar con gente enojada, lo cual pareció molestar aún más al niño, que no tenía reparos en mostrar una expresión desagradable.

—¿Quieres que te mueva yo acaso? —Frunció el ceño, acercándose—. Muévete, enano.

Hinata comprendió entonces que estaba de pie frente a un compartimento donde guardaban las maletas, por lo cual estaba interrumpiendo. Se alejó rápidamente, casi demasiado rápido.

—¡Ah! Lo siento, no vi. —Su corazón latía un poco rápido por el nerviosismo, y es que no quería tener problemas con nadie, menos con ese chico que tenía toda la pinta de ir atormentando gente por allí—. Lo siento, otra vez.

Quería seguir disculpándose, tal vez lo estaba pensando demasiado, probablemente nunca lo vaya a ver de nuevo. Pero, ¿y si queda en la misma casa y se dedica a atormentarlo por parecer estúpido en la estación? Sin darse cuenta se lo había quedado mirando, a lo que el contrario interpretó como una amenaza y lo fulminó con la mirada. El pelinaranja rápidamente se puso a guardar sus cosas también, todo para disimular que en realidad no lo había estado mirando, a pesar de que aún ni si quiera se despedía de su familia y ni si quiera se podía la segunda maleta con sus brazos; era muy pesada. Había más gente que quería guardar sus cosas, pero simplemente no podía subir la maleta, ¡por eso necesitaba a su mamá!

—Tsk, dame. —Otra vez el chico le habló, irritado—. ¿Cómo puedes ser tan debilucho?

—Bueno, no me destaco particularmente por la fuerza… —Murmuró Hinata, internamente agradecido. Sacó un dulce de su bolsillo, y fingiendo toda la seguridad que no tenía se lo entregó, sonriendo levemente—. P-Por ayudarme.

El azabache miró el dulce con escepticismo, casi diciendo "¿Cuál es la trampa?". Cuando Hinata ya estaba sintiendo la incomodidad de estar con el brazo estirado sin que te reciban algo, sintió el roce de las manos del niño contra su palma, recogiendo el dulce de limón, un caramelo muggle. El contrario no le apartó la mirada al de ojos naranjas mientras se echaba el dulce a la boca, y Hinata tampoco la apartó.

—Kageyama, aquí estabas…

—¡Hinata! ¡Adivina lo que nos pasó!

En eso los interrumpieron. Un chico de cabello gris y con un bonito lunar en el rostro llegó saludando amigablemente a Kageyama, aunque sin una efusividad hostigante, más bien parecía el típico chico fresco como una lechuga y sin imperfecciones. Mientras, Natsu, la hermana menor de Hinata, abrazaba al pelinaranja por atrás y le contaba que se había encontrado con unas chicas amables que le habían regalado un dulce y se habían hecho amigas, así que no podía esperar para recibir su carta de Hogwarts cuando cumpliera once años, como su hermano.

Natsu se detuvo en el acto, mirando a los chicos que estaban frente a ella, algo sorprendida y tímida: la niña había quedado cegada por los "príncipes" que estaba viendo. Hinata no pudo sentirse más asustado por la reacción de su hermana.

El chico del lunar pareció percatarse del momento tenso que estaba viviendo su amigo Kageyama, así que salió a salvar al pelinaranja.

—¡Hola! Soy Sugawara, dime Suga. —Lo miró amablemente y luego observó detrás de él, a su hermanita, y la saludó amistosamente, parecía un ángel que expresaba buenas vibras constantemente—. ¿Eres de primer año? ¿Quieres sentarte con nosotr-…?

Kageyama lo pinchó con la varita, frunciendo el ceño. Sugawara hizo un pequeño mohín.

—Digo, estamos, lamentablemente, llenos… pero si nos desllenamos… —Bromeó, guiñándole un ojo a Hinata, solo para provocar a su amigo de mal carácter—… si nos "desllenamos" claro que puedes venir.

—Ni si quiera sabes de qué casa será y ya lo estás invitando. —Le recriminó Kageyama.

—Tampoco sé la tuya y no te juzgo. —Sonrió un poco—. Bueno, bueno, ¿…de qué le ves la cara?

Kageyama no lo pensó dos veces.

—De un enano problemático.

Hinata frunció ligeramente el entrecejo, apunto de protestar.

—Eso no fue amable, jo. Por lo menos no tienes la seguridad de que sea Gry, ¿no? Eso es suficiente. —Sugawara bromeó tranquilo, pasando un brazo por los hombros de Kageyama, señalándolo—. Tampoco es que tengamos problemas con las casas, yo soy de Hufflepuff, pero Kageyama, por algún motivo, está empeñado en no quedar en Gryffindor, ya ves… es de primer año como tú.

—Tsk, estás hablando demasiado.

Parecía que el más alto, en este caso, Kageyama, se iba a poner a pelear o discutir, así que Hinata decidió intervenir antes de sentirse más incómodo o, peor, de incomodar al par de amigos al forzarles a sentarse con él por lástima o algo así. Tal vez era una conclusión demasiado dramática y lo estaba pensando mucho, pero en realidad quería huir de esa situación, en especial porque el castaño le hacía estar alerta.

No podía evitarlo: era un niño de once años que había vivido como un muggle toda su vida porque su padre los había abandonado, necesitaba hacerlo perfecto y esforzarse más, y más, y más. No iba a rendirse por un bravucón. Esperaba no quedar en la casa con Kageyama.

—¡No se preocupen! ¡Ya tengo con quién ir en el vagón! —El pelinaranja se rascó la cabeza, fingiendo despreocupación—. En serio, no hay problema…

Después de un par de despidos más el rubio fingió que subía al tren, ya que eso le había dicho a los chicos, y apenas los perdió de vista se bajó para ir a despedirse de su mamá ahora que había menos gente. Su madre estaba viendo de lejos toda esa escena y parecía algo enternecida con el nerviosismo de su hijo. Le dio un cálido beso en la frente, despidiéndose.

—No conozco nada de ese lugar, yo no pertenezco aquí —Le dijo, suavemente—. Pero tú sí, así que no dejes de sorprenderte. Confía en ti mismo y disfruta tu verdadero mundo.

«Te quiero», dijeron a la vez, madre e hijo.

Abrazó a su hermana con fuerza.

~•~

La Familia de Ushijima había llegado temprano a la estación, sin embargo se habían demorado conversando entre sí y saludando a otras familias con las que se cruzaban. Ushijima, por su parte, estaba repasando mentalmente las cosas que había anotado que tenía que llevar, ya que era indispensable ir con todo lo necesario para rendir al cien por ciento. ¿Llevaba todo lo necesario? ¿Cepillo de dientes? ¿O no echó cepillo de dientes? Eso lo hizo dudar.

Se había encontrado con Shirabu Kenjiro y Semi Eita, quienes estaban echando sus maletas al interior del transporte mientras Ushijima simplemente se quedaba del lado de su mamá, viendo alrededor.

Habían niños corriendo, niños de cursos mayores haciendo bromas (incluso tuvieron que confiscar una escoba los guardias por haberla encantado para que sobrevuele la estación, chocando con la gente demasiado alta), e incluso un par de animales sueltos que se habían escapado de algún despistado mago.

Le reconfortó el hecho de ver a un chico casi en su misma condición de inexpresividad. Él tenía el cabello teñido, con mechitas rubias alrededor y gatunos ojos dorados, quien estaba mirando a través de la ventana del tren. Parecía curioso y desconfiado a la vez, pues notaba como a cada ruido se encogía. Ushijima se permitió saludarlo, pero Kozume Kenma no le devolvió el gesto.

¡Incendio!

Entonces, se escuchó una explosión en la estación King's Cross, seguido del olor a humo. Algo estaba quemándose, algo grande. Ushijima, un niño serio y de carácter impecable, miró con preocupación a su mamá y se aferró a su brazo. Muchos otros niños gritaron, en especial los más pequeños, incluso los adolescentes se pusieron en guardia, temiendo un ataque de Mortífagos.

—Tranquilos, chicos, guarden la calma. La estación cuenta con sistemas contra incendio, se van a activar los dispersores en cualquier momento… —El padre de Ushijima intentaba calmar a los niños alrededor de sí, y de alguna manera funcionaba debido a su natural paternidad. En eso, se escuchó el sonido del agua caer—. ¿Ven? Ya está todo bien, quedamos un poco empapados, pero nada más…

Ushijima contempló como la estación quedaba completamente empapada, y la mayoría de los guardias habían dejado sus puestos para revisar la causa del alboroto, dejando el tren vulnerable.

El castaño pudo jurar ver a una persona ir en dirección contraria a la que todos iban, una persona que sonreía ampliamente, como si estuviera en una tienda de dulces. Aquel niño que vio, que era pelirrojo, se percató de que Ushijima lo miraba, y le hizo un pequeño gesto con la mano, consciente de que no podría salir de la cabeza del menor por un tiempo: «Obsérvame».

Y la sonrisa ya no estaba allí.

¡Glacius!

Ushijima vio cómo poco a poco toda la estación quedaba completamente congelada, desde las pequeñas tiendas, los peldaños de ladrillo, y las maletas (con animales incluidos) hasta el mismísimo tren de Hogwarts y las vías por las que iría. Incluso algunas personas quedaron momentáneamente congeladas, o por lo menos parte de su ropa. Pronto, había gente cayéndose de lado a lado debido al hielo que reinaba en la estación, y aquellos que querían levantarse o ayudar a los caídos terminaban cayéndose más y más. Identificó a los gemelos Miya cayéndose de guata contra el suelo, arrastrando a un chico con mascarilla con ellos hasta el otro extremo de la estación, sin poder detenerse.

¡Resbaladizus!

Si antes la gente no podía levantarse ahora era peor, ya que todo lo que tocaban se les resbalaba de las manos, incluso sus propias varitas. La madre de Yaku iba deslizándose por el suelo en picada mientras su marido la seguía, intentando agarrarla. Pronto todo era un enredo de manos y piernas, y de adultos intentando hacer algo pero terminando como gelatina entre el hielo resbaladizo.

Una gran carcajada se escuchó arriba del tren, o más bien, de la persona que estaba sentada tranquilamente arriba del Expreso de Hogwart's como si nada. Era el mismo chico pelirrojo con el que Ushijima había conectado su mirada, probablemente el autor del crimen. A esa carcajada le siguió otra, y otra más, y pronto habían chicos mayores silbando y realizando hechizos a diestra y siniestra, sembrando la risa en el caos.

Detrás de el pelirrojo, Satori Tendou, habían tres personas más, quienes habían ayudado a la mente maestra detrás del crimen a colocar todas las fichas en su lugar. Un chico cuyo cabello era un desastre y parecía recién levantado de la cama, con rasgos felinos y sonrisa astuta: Kuroo Tetsurou, quien estaba genuinamente divertido con la situación.

Un poco más a la izquierda se encontraba un chico castaño que Ushijima conocía bien, pues todos hablaban de él como "El Gran Rey" de Hogwarts, aunque solo iba en segundo año: Oikawa Tooru. Tenía expresión de no haber roto un plato, mientras se reía.

Y a la derecha, con una mano sobre el hombro del azabache, se encontraba el explosivo y dramático chico conocido por su aspecto grande y confiado: Bokuto Koutaro.

El cuarteto estaba, irracionalmente, encima del tren. Oikawa fue el primero en tomar la palabra, complacido por la atención que estaba obteniendo.

—Buenas a todos y… ¡gracias, gracias! —El castaño alzó las manos al aire a su público, en especial a aquellos que estaban bastante entretenidos haciendo girar a los adultos en el suelo—. ¡Inauguramos el regreso a clases dándoles la bienvenida a todos los estudiantes nuevos a nuestra propia manera! ¿Les gustaron nuestros hechizos?

—¡Kuroo, baja de allí ahora mismo o…! —Le gritó su madre al nombrado, quien parecía una gelatina intentando caminar hacia el grupo de chicos. Sin embargo, no pudo continuar su amenaza ya que otra señora se estrelló contra ella.

Los adultos parecían una bola de bolos aplastando gente.

—¡Te lo advierto! Baja de allí. Ahora. —Volvió a gritar. La mujer era una de las más poderosas del país, y probablemente estaba pasando la vergüenza de su vida por ver a su hijo allí, metido en ese lío.

Kuroo levantó la mano. Varita en alto, retándola.

Oh, sí. Probablemente se metería en problemas.

Bah, podía soportar un castigo o dos, o tres.

—¡No lo repetiré dos veces! —Insistió.

¡Ventus!, exclamó. Pero no fue Kuroo, sino el pelirrojo, Tendou, sin ocultar la malicia en su rostro.

Esos cuatro eran un caos andante.

Una ráfaga de viento salió de su varita, siendo repetido el hechizo por Bokuto y Oikawa también, quienes no podían aguantar la risa en ese punto y estaban con los ojos llorosos. Los remolinos que crearon hicieron que estudiantes, padres, magos, funcionarios y animales cercanos fueran arrastrados en distintas direcciones sin poder detenerse, sumado al suelo resbaloso que los hacía un enredo de pies y cabeza. Los únicos que estaban a salvo eran aquellos que habían logrado entrar al vagón.

Por ende, Ushijima se encontraba girando afirmado a la primera persona que había encontrado, un chico con cabello negro y ojos puntiagudos. Tenía pinta de querer asesinar a alguien dolorosamente. Muy, muy, dolorosamente.

—¡LOS VOY A MATAR, IDIOTAS! ¡MALDITO SHITTYKAWA! —Exclamó Iwaizumi, bastante irritado. Dirigió sus ojos hacia Ushijima, molesto con él sin querer, pues la situación lo tenía así. Iwaizumi era experto en hechizos de frío y "casualmente" Oikawa había querido aprender el año pasado, así que se había encargado de enseñarle… ¡¿para esto?!—. ¡Y tú quítate de encima!

—Eso intento. —Respondió Ushijima, en vano.

—¡Chicos, esto está genial! —Un niño de aspecto desarreglado y con un mechón teñido giraba en la estación, deslizándose por el hielo como si hubiera nacido para ello. Su nombre era Nishinoya Yuu—. ¡WUOOOO! ¡MÁS RÁPIDO!

~•~

Minutos antes del incidente.

Después de que Akaashi Keiji se despidiera de los sirvientes de la Familia fue a dejar sus maletas, todo normal. Claro, hasta el momento en que Akaashi se dio cuenta del inusual comportamiento de un chico de cabello bicolor, entre el negro y el blanco, que se reía demasiado, o aguantaba la risa, como si estuviera ocultando algo. Lo observó recorrer el techo con la mirada varias veces, y murmurar distintos encantamientos disimuladamente. Su cerebro empezó a funcionar rápidamente, relacionando distintos puntos de vista y pistas, más que nada porque estaba traumado con que alguien lo intentara matar en cualquier momento por su condición familiar de élite.

Después de todo, venía de una de las familias más poderosas.

Sin pensarlo dos veces se acercó al niño, encarándolo. No le importó sacar su varita y apuntar directamente hacia su mentón, amenazándolo de herida letal. Lo miró con frialdad, poderoso, pero su voz sonó suave y helada, como el mar.

—¿Qué se supone que estás haciendo?

—¡¿Ah?! Uh… ¿nada? ¡Nada! —El chico, quien era llamado Bokuto Koutaro, uno de los del grupo caótico, se mordió los labios con arrepentimiento por haber sido descubierto tan fácilmente: signo de ansiedad. Intentó disimularlo con una sonrisa, pero fingía fatal, era como un cachorro—. Yo… ¡yo creo que la pregunta correcta sería "¿qué no estoy haciendo?"! Se pueden hacer muuuuchas cosas, digo, como respirar, parpadear, ¡esas cosas! —Enarcó una ceja, divertido pero no burlesco, realmente no tenía intención de pelear con el chico—. ¡Mejor baja eso! ¡Podrías pincharte un ojo! A mí me pasó, auch. Aún recuerdo el dolor como si hubiera sido ayer… —Se lamentó, y luego recordó información valiosa—. Espera, ¡si fue ayer!

—¿Te parece que estoy jugando? —El niño insistió, sin una pizca de gracia en su voz—. ¿Te parece qué…?

Sonó una explosión.

—¡Ups! ¡Es la señal! ¡Nos vemos! —Exclamó Bokuto. Y, aprovechando la sorpresa del contrario por el sonido, se escapó de allí.

Akaashi, percatándose más rápido que el resto de lo que pasaba, fue en camino a alertar a los guardias pero el encantamiento Glacius se activó y tropezó. Aún así, logró sujetarse del tren, salvándose del desorden de hielo, pero su respiración estaba agitada y sus manos temblaban levemente.

«No es un atentado», se tranquilizó, respirando aceleradamente. «No es un atentado, es solo una broma de estúpidos niños»

Recordó una conversación.

"Akaashi, nosotros somos una de las siete familias más poderosas del mundo mágico, pero no puedes bajar la guardia. Detrás de nosotros siempre habrá alguien queriendo ocupar nuestro lugar, intentando quitarnos poder, tomar ventaja de nuestras debilidades", le dijo su padre. "Debes aprenderte las otras familias también, a cada miembro incluido. La Familia Koutaro siempre ha querido derrocarnos, es uno de nuestros mayores rivales. A Hogwarts irá su heredero, Bokuto Koutaro, posee el típico color de cabello de ellos, con raíces negras y mechones blancos". Entonces, los ojos de su padre entraron en cólera, pero una cólera silenciosa y constante, como si no necesitara ni gritar ni golpear algo para transmitir un odio genuino, puro. "No puedes relacionarte con él. Querrá arruinarte, querrá arruinarnos", finalizó. "Está estrictamente prohibido, Akaashi".

¿Él era Bokuto?

Pero no parecía el monstruo que le había descrito su padre. Tan solo era un niño, como él. Tal vez un poco desordenado, pero no había sentido malas vibras.

Y, por lo menos, se había salvado del hielo.

Hinata Shoyo no tuvo la misma suerte.

El pelinaranja solía patinar sobre hielo, así que en realidad lo estaba disfrutando, deslizándose de un lado a otro mientras se reía de la broma y contemplaba a las personas que se atrevieron a tal proeza. Probablemente a él lo castigarían si hiciera eso, así que ahora mismo esa pandilla era una clase de héroes vivientes.

Además, su madre y hermana habían abandonado la estación antes del caos, así que no tenía de qué preocuparse.

Pero con el encantamiento resbaladizo todo cambió, se cayó de bruces otra vez y ya no podía sujetarse de nada, por lo que no le servía saber patinar. Vio que iba de frente contra, lamentablemente, el mismo chico con el que había tenido el conflicto de la maleta antes, el tal Kageyama, y vio el desagrado en sus ojos mientras intentaba apartarse del camino. Maldita sea, ¡¿qué hacía él fuera del vagón?!.

Hinata igual intentó apartarse del inminente choque, pero era como no tener tacto con nada. Al final, la pequeña mandarina y el castaño se vieron fijamente mientras sabían que chocarían de frente, y que les dolería.

Hinata cerró los ojos y colocó las manos delante de él, en un intento de amortiguar el choque.

Entonces todo fue un enredo de manos, piernas, codos y cabezas. Se escucharon unos «¡Quítate!» seguidos de «¡No, quítate tú!». Pero el menor no podía quitarse y ahora eran dos cuerpos siendo impulsados por… ¡¿corrientes de viento?! Sí, por corrientes de viento alrededor de la estación. El más pequeño quedó arriba de Kageyama, pudiendo ver por primera vez su rostro con notoriedad. Tenía los ojos de un azul oscuro, casi negros, y su cabello perfectamente peinado ahora caía desordenado en su frente.

—¡Maldita sea! —Kageyama llevaba maldiciendo quién sabe cuántas veces. El niño había probado con encantamientos sin varita, pero era magia demasiado avanzada incluso para él. ¿Cuándo acabaría eso? ¿Sus padres estarían girando también por allí? —. ¡Bokuto y Kuroo son unos imbéciles! ¡Estúpidos Gryffindors! Ahg.

El viento los dio vuelta y luego sintió que su espalda chocaba contra algo frío. Hinata apretó los ojos tembloroso, encontrándose ahora debajo del mayor. Este intentaba levantarse, pero eso solo hacía que se resbalara más. El casi muggle, en este punto, estaba increíblemente avergonzado con la situación, aunque también le daba algo de gracia ver a Kageyama tan molesto.

—¡Cessatio Ventus! —Y el viento se detuvo.

—¡Incendio! —Se repitió varias veces, el hielo empezó a derretirse.

—¡Aguamenti! —Dijeron voces al unísono, y todo se detuvo. Empapados, pero se detuvo. El agua se llevó la pegajosidad del Hechizo Resbaladizo.

La gente, aturdida, poco a poco empezó a levantarse, algunos completamente mareados y otros riéndose aún. En cambio, otros, como nuestro querido Iwaizumi, estaban con la túnica prácticamente dada vuelta e hirviendo de la rabia.

—¡Algunos sí queremos estudiar, para su información! —Gritó.

Oikawa levantó las cejas, fingiendo culpa.

—Ow. Pobre de nuestro atleta favorito, pobrecito.

—Lamentable hecho… —Siguió, Tendou—. ¿Y quién hizo esta atrocidad…?

—No lo sé, no lo sé. —Le respondió.

—Ojalá los encuentren… a esos delincuentes. —Continuó, Kuroo.

—¡Dementes, unos completos dementes! —Exclamó Bokuto.

Alguien tosió detrás de sus espaldas, un par de veces. Y los involucrados se dieron vuelta lentamente para encontrar al Director de Hogwarts en persona, cosa que no esperaban. Bueno, esperaban encontrarse con el Jefe de Casa, o que les restaran puntos, pero, ¿el Director en persona? ¿Afuera de Hogwarts? Eso era algo inaudito. El Director era bastante joven para el cargo que poseía, pues básicamente había sido un genio del mundo de la magia, de esos que nacen cada cientos de años. Aparentaba unos cuarenta, pero tal vez qué edad tenía realmente. Su cabello era blanquecino y corto, completamente liso, aunque a veces se veía gris. Sus ojos eran de un potente color negro, aunque uno de ellos era más claro que el otro. Su nombre era Ikkei Ukai, y en ese momento miraba a los niños con una calma casi infantil y amable, con ojos honestos y tranquilos… tal vez demasiado para ser bueno.

—Es una broma interesante. —Mencionó, acariciándose la barbilla—. Aunque yo hubiera utilizado un encantamiento de pegamento con el resbaladizo, así habría sido más difícil removerlo. Pero, en realidad, es bastante ingeniosa, felicidades.

La pandilla realmente no sabía qué decir. No sabía si el Director estaba siendo sarcástico o no, pues su voz denotaba total transparencia y honestidad en sus palabras.

—D-Director, no puede felicitarlos… ellos han obstruido con la Planificación Anual de Ingreso Escolar y dañado propiedad privada, sin mencionar los agravantes humanos… —Un hombre de cabellos negros y gafas habló, rascándose la nuca. Parecía avergonzado. Era el profesor de Transformaciones, Takeda, quien había sido convocado de emergencia para resolver el asunto—. La expulsión sería algo generoso.

Se notó en la mirada del Director que no le gustaba esa opción. A este reclamo se le unió uno más, y otro, en especial de los guardias del lugar. Ikkei asintió lentamente, sopesando las palabras que diría.

—Aún así, yo veo la estación en buen estado, más allá de estar mojada. Y dudo que alguien de aquí tenga mayores reacciones físicas a presentar mareos, o en su defecto, a estar pegajosos. Después de todo ustedes son profesionales capacitados que saben lidiar con cuatro niños que aún no cumplen ni si quiera los 13 años, ¿verdad? Me imagino que la situación está bajo control. —Expresó con suavidad, aunque había un pequeño brillo divertido en sus ojos, sin malicia, solo entretenimiento—. En caso contrario tendría que denunciar al Ministerio la incapacidad funcionaria y el déficit en las medidas de seguridad, ¿o me equivoco?

Los guardias se quedaron callados. Takeda tragó saliva.

—P-Pero… no, claro que no, las medidas de seguridad son de la más altísima calidad y contamos con un reglamento…

—¡Perfecto! —El Director sonrió dulcemente—. ¡Entonces está todo bajo control! Por ende, solamente yo puedo decidir qué hacer con los niños. Me alegro de que llegáramos a un acuerdo. —Se giró hacia el profesor de Transformaciones, haciéndole un gesto con la mano—. Takeda, encárgate de descongelar el tren. Me voy con los niños. —Miró la hora—. ¡Uh! ¡Tendrás que darte prisa!

—P-Pero… ¡Director!

—¡Chau!

Y así desapareció Ikkei Ukai, junto a los cuatro niños que habían causado tal alboroto.