Los vagones después de eso eran aún más ruidosos de lo usual, con niñas riendo y comentando emocionadas lo sucedido, otros se galardonaban de haber participado también en el acto y de ser amigos del problemático grupo. Sin embargo, había gente claramente molesta, entre ellos los prefectos, quienes no podían controlar a los nuevos alumnos en sus juegos, ya que al parecer el espectáculo había despertado una clase de adrenalina o hiperactividad en la mayoría. Todos estaban más despiertos.
«¿Quiénes son ellos?», preguntaban los nuevos.
«Oh, ya los conocerás», respondían los mayores. «Y eso que no vieron lo que ocurrió en el comedor en su primer año».
Claro que había gente que envidiaba la atención y nueva reputación que se estaban ganando esos cuatro alumnos, como Suguru, un Slytherin molesto que iba esparciendo pestes sobre lo ridículos que eran, y se había dedicado a espantar a los de primer año aprovechando la ausencia de Bokuto, que era el "protector" de los pequeñeces hasta que eligieran finalmente sus casas. Sin él por el tren había diversas víctimas para elegir.
Una de ellas fue Kenma. Había que tenido que soportar sus burlas sobre su cabello todo el camino hasta encontrar una cabina vacía, pues se había separado de Yaku y Lev sin que se dieran cuenta; quería estar solo. Realmente no le importaban las burlas, no caía fácilmente en provocaciones, pero odiaría llamar la atención metiéndose en problemas el primer día.
En eso entró un niño de cabello puntiagudo, negro, que tenía mal carácter, pateando la puerta. Lo miró de soslayo y sin decir nada se sentó frente a Kenma, quien notó que estaba completamente empapado. Lo miró unos segundos y luego le extendió la mano, presentándose como Iwaizumi Hajime.
En eso se volvió a escuchar la voz de Suguru.
—¡Pudín! ¡Pudín, pudín, pudín! —Gritó la serpiente. El aludido se encogió: ¿por qué estaban buscándolo? ¿Planeaban hacerle algo? Escuchó como iban abriendo compartimientos e inspeccionando cada uno—. ¿Dónde estás? ¡Solo quiero hablar contigo! —Se escucharon risas, seguramente de sus amigos. La situación cada vez le gustaba menos a Kenma—. ¡Vamos, teñido! Oh, aquí no está, probemos con este, ¿será…?
Iwaizumi ató cabos rápidamente, viendo la duda en el rostro de a menor y notando que estaba siendo acosado. Antes de que Suguru abriera la puerta de la cabina con esa horrible sonrisa el pelinegro se levantó y salió de allí, interponiendo con su cuerpo la entrada a su cabina. Miró con asco al peliverde frente a él, como si el hecho de que Suguru fuera desagradable le despertara una rabia muy profunda.
—¿Te invité a mi cabina? —Le dijo, suavemente.
—¡Vamos, Iwa…! ¡Amigo! —Suguru pareció dudar un poco, pero volvió a sonreír de manera engreída—. Tú me agradas, igual te das cuenta de que estamos a otro nivel, no como los sangre sucia. —Eso pareció ser un chiste, pues los niños que iban detrás de él se rieron—. Solo déjame echar un vistazo adentro y nos vamos.
—Te dije que si te invité a mi jodida cabina, sordo imbécil. —Iwaizumi se hizo hacia adelante y, por inercia, los niños retrocedieron. Era conocido su mal temperamento, a pesar de la poca edad que tenía—. No me da la gana moverme.
Suguru Daishou se tragó todos los insultos que soltaría a su espalda, jurando que se vengaría de esa humillación. Fingió la sonrisa más tranquila que pudo, amigable.
—Ya, ya, nos hubieras dicho que estabas de malas o algo así… nos vamos, nos vamos.
Los niños se fueron, siguiendo su investigación con las cabinas de más adelante. Kenma dejó salir el aire que estaba conteniendo, mirando con notable gratitud (y sorpresa) al contrario, ya que por su mala actitud pensaba que en realidad no le importaban esas cosas.
—Gracias. —Murmuró.
—Tsk.
En silencio acomodaron sus cosas. Al rato la cabina volvió a abrirse, entrando dos personas, una bastante bulliciosa y la otra más temple.
—¡Y fue como «¡Waaah!» y «¡Woooh!» y luego «¡Juuum!», de verdad! —Exclamaba un chico pelinaranja, con notable energía—. ¡¿No lo crees?! ¡Fue muy divertido!
—Bueno, exactamente así, no lo sé… —Le respondió el otro tranquilamente, de cabello ondulado y perfectamente peinado, cuyos ojos eran fríos como el hielo. Tenía experiencia escuchando a gente bulliciosa y reguardando la calma—. ¿Divertido? Más bien desastroso.
Kenma, sorpresivamente, los saludó. Iwaizumi siguió su ejemplo, cruzándose de brazos.
—Hola. Tú… tienes la ropa corrida.
—¡¿Quién?! ¡¿Yo?! —Hinata se apuntó a sí mismo y el de ojos dorados no pudo evitar sonreír un poco, era adorable.
—Sí. Ven, te ayudo. —Kenma palmeó el asiento junto a él y lo invitó a sentarse, mientras acomodaba su abrigo. El de ojos fríos no pudo evitar ayudar también y empezar a arreglar el cabello desastroso del pelinaranja con cierto aire maternal, pues Hinata emanaba la vibra de necesitar ser protegido o consentido—… Listo.
—¡¿En serio?! ¡Muchas gracias!
—De nada. Son 20 dólares. —Dijo, serio, en un intento de bromear.
—¿20 dólares? —Preguntó Iwaizumi, confundido.
—Ah… Creo que es dinero muggle. —Explicó el chico tranquilo, Akaashi, aunque estaba inseguro.
Kenma se sentía un poco fuera de lugar en esa conversación, como si le hubieran recordado que efectivamente no pertenecía al mundo mágico: era un simple huérfano. Suspiró, frunciendo ligeramente el entrecejo.
—Sí. Es dinero… aunque no sé qué significa muggle. —De dónde venía el castaño incluso peleaban por cada billete, cabe aclarar.
—Es un término para referirse a los no magos, lo leí en un libro de papá… aunque creo que también suele usarse como un insulto. La verdad, ¡tampoco entiendo mucho! —Le respondió, Hinata.
Esa fue una declaración refrescante para Kenma, quien notó que no era el único perdido con las cosas del mundo mágico. Sintió agrado por el pelinaranja.
—… No me dieron dinero muggle, pero puedo comprarte dulces. —Prosiguió Hinata. Sonrió ampliamente—. ¡Mi hermana me dijo que me comprara todos los dulces que quisiera! ¡Quiero sapos de menta!
—¿Sapos… de menta…? Eso no se escucha tan rico… —Murmuró Kenma, con cara de asco.
—Lo son. —Afirmó Iwaizumi.
—¡Exacto!… ¡ah! ¡¿Cómo se llaman?! Ni si quiera me había presentado.
—Hm… yo soy Iwaizumi Hajime.
—¡Yo Hinata Shoyo!
—Yo me llamo Kenma. —Antiguamente solo habría dicho eso, pero recordó el descubrimiento de su verdadero nombre gracias a la carta, y probó decirlo—. Kenma Kozume.
—Es un gusto. —Comentó de forma educada el más tranquilo de todos, cerrando los ojos con una media sonrisa—. Aquí Akaashi Keiji, para servirles.
Y empezaron a charlar.
Hinata y Akaashi estuvieron empeñados en hablarle a Kenma sobre las maravillas del castillo y del mundo mágico, puesto que el chico no sabía absolutamente nada. Gracias a eso también se dieron cuenta de que el mismo Hinata, a pesar de ser mestizo, también ignoraba muchas cosas de Hogwarts debido a que su papá los había abandonado y nunca pudieron integrarse correctamente a la sociedad mágica, viviendo en una zona muggle la mayor parte de su vida, pero recopilando información gracias a los libros. «Hay un calamar gigante que habita en el Lago Negro, ¡imagínense caernos allí! Y luego están los centauros y unicornios protegidos en el Bosque Prohibido, aunque, claro, dicen que también hay dragones, cientos de dragones volando el castillo. ¡Si tenemos suerte podemos hacernos amigos de uno!», relataba Hinata, maravillando y asustando a ambos chicos al mismo tiempo. Kenma también tembló ligeramente, ya que no le hacía gracia estar tan conviviendo tan cerca de dragones. «¡Tal vez podamos ver un jinete sin cabeza que nos enseñe a montar dragones! Se supone que el castillo está lleno de fantasmas…», continuó.
—¿Fantasmas? —Kenma palideció.
—¡Sí!
—Me quiero bajar del tren.
Iwaizumi hizo un pequeño gesto de casi, casi, una risa.
Se escuchó el sonido de un carrito, seguido de varias exclamaciones de los estudiantes que contemplaban las golosinas que tanto ansiaban y que solo podían conseguir en ese expreso, disfrutando el sabor de la bienvenida. La dama les preguntó si deseaban algo, a lo que Hinata cumplió con su promesa y despilfarró más dinero del necesario en pedir diversos dulces, pues Kenma y él jamás habían probado uno y "¡necesitaban comerlos todos para sentirse vivos!". Desde babosas de gelatina hasta los famosos sapos de menta que saltaban dentro de tu estómago, había para regodearse. A Akaashi le gustaban especialmente las varitas de chocolate, ya que no se manchaba mucho con ellas y eran suaves; Hinata disfrutaba de los diablillos de pimienta, pues se le hacía divertido que saliera humo de sus orejas después de comerlas; Iwaizumi se enamoró de las melgas fritas, aunque lo hacían levitar; y Kenma se guardó unas bolas de chocolate que estaban rellenas de mousse de fresa.
—¡Hay Ranas de Chocolate! —Exclamó Hinata—. ¡Cada uno debería abrir una a la vez!
—Mmm, ¿por qué? ¿Tienen algo en especial? —Kenma tomó una, aparentemente normal—. ¿Me va a hacer invisible?
Akaashi enarcó una ceja.
—Tienen cromos coleccionables. Hay tarjetas muy difíciles de conseguir… —le explicó—. Hay de bronce, plata y oro… esas son las más raras.
Lamentablemente a ninguno le tocó de oro.
Antes de llegar a la estación de Hogsmeade los niños restantes tuvieron que ponerse sus túnicas correspondientes, prenda que, por cierto, le quedó bastante grande a cierto bicolor, contrario a su amigo Akaashi a la cual la túnica parecía quedarle perfectamente pulcra para su porte y constitución. Kenma no entendía por qué tenía que usar un uniforme tan incómodo.
—¡Atención! ¡Los de primer año vengan conmigo! —Exclamó profesor de lentes y de expresión amable. Parecía bastante relajado, a pesar de que estaba a cargo de los nuevos—. Síganme, nos vamos a los botes. Me llamo Takeda, y soy su profesor de Transformaciones.
Hinata, Akaashi y Kenma lo siguieron, mientras Iwaizumi se despidió de ellos con un gesto, ya que era de segundo y le correspondía otra ruta.
Los muchachos no podían ver bien en la oscuridad de la noche, siendo guiados meramente por la lámpara dorada que llevaba Takeda. Los niños se subieron en cada bote en grupos de cuatro personas, permaneciendo unidos. Mientras navegaban sobre el Lago Negro el castaño de ojos dorados no pudo evitar asomar la cabeza e imaginar qué clase de criaturas estarían observándolos ahora mismo desde las profundidades, y qué evitaba que salieran del agua y los ahogaran.
Se escuchó un ¡Splash!, y los más cercanos se voltearon a ver cómo el chico de mecha rubia y cabello puntiagudo, Nishinoya Yuu, caía al lado con expresión… ¿feliz?
—¡Yuu! ¡No puedes saltar al Lago! —Exclamó su gran compañero de coleta, Asahi Azumane, mientras lo observaba desde el bote con genuino terror—. ¡P-Profesor!
Takeda iba más adelante y pareció no escucharlo, o tal vez simplemente lo ignoró.
—Calaaamar, caaaalamaaar. ¡Nunca le he pedido nada a nadie, en serio! —El niño en el agua sonreía ampliamente, nadando de lado a lado, parecía un poco lunático—. ¡Te imploro que salgas ahora mismo y me dejes montarte como el rey de estas aguas! ¡Te invoco!
—Noya, no seas estúpido... —El contrario pareció rendirse a medida que su bote se iba alejando del chico, suspirando totalmente estresado—… Solo te vas a resfriar.
—¡Que me de gripe de calamar! ¡Así falto a clases!
Noya, al ver que no pasaba nada, se hundió en el agua por voluntad propia frente a las exclamaciones de los otros alumnos. Intentó hundirse lo que más pudo, encontrándose con un par de ojos que lo miraban fijamente. Antes de que esa cosa pudiera agarrarlo, un tentáculo se enrolló en su cuerpo y lo lanzó otra vez a la superficie, depositándolo en el bote.
—Hasta el calamar tiene más sentido común que tú.
—Pero, ¡Asahi! —Noya hizo un gesto dramático, mirando con dolor el Lago—. ¡Ese calamar traidor me trajo devuelta a la vida! ¡Ese no era el trato! ¡Tenía que ser mi súper súper mascota gigante! —Se enrolló las mangas de su uniforme, dispuesto a volver a saltar—. ¡OTRA VEZ!
Asahi lo agarró del brazo, con fuerza, pero con amabilidad en sus ojos.
—Te vas a quedar quieto… p-por favor. —Suspiró—. ¿Por mí?
Kenma y Hinata, al ver la escena, quedaron completamente pasmados y aterrados, sin asomarse otra vez al diminuto borde. Solo el leve apretón en sus hombros de Akaashi los trajo devuelta a la vida para apuntarles el inmenso castillo que se alzaba detrás de la neblina, glorioso e imponente. Era asombroso.
Takeda los recibió en la entrada del castillo, rodeada de cientos de peldaños y esculturas de guerreros. Antes que nada, sacó su varita mágica e hizo un complicado movimiento con esta, lanzando un chorro de aire caliente hacia la ropa de Noya, que empezó a despedir vapor hasta secarse por completo.
—¡Bienvenidos a Hogwarts! —Sonrió levemente—. Ahora, en un momento pasarán por aquí para reunirse con sus compañeros, pero antes de tomar sus asientos serán seleccionados para sus casas. Estas son: Gryffindor, Hufflepuff, Ravenclaw y Slytherin. —Hizo una pequeña pausa, mirándolos a cada uno—. Mientras estén aquí su casa será como su familia: con sus triunfos ganarán puntos, pero si no respetan las reglas los perderán. Al final de año, la casa que tenga más puntos recibirá la Copa de La Casa. ¿Todo claro?
Se abrieron las puertas y entraron a un amplio comedor mágico, con candelabros a los costados y un exuberante techo de estrellas que parecía contener al universo mismo. Se detuvieron delante de las sillas de los profesores, con el Director allí de pie. Este habló:
—Antes que nada, me gustaría decir unas palabras. —Sonrió levemente. Kenma se dio cuenta de que no había rastro de los cuatro chicos que habían causado desorden anteriormente—. Los nuevos deben recordar que los estudiantes no deben entrar al Bosque Prohibido bajo ninguna circunstancia. Además, nuestro celador me pidió que les recordara que el pasillo del tercer piso, del lado derecho, está prohibido para todos aquellos que no pretendan sufrir una muerte aterradora. —Ikkei Ukai sonrió suavemente, como si todo lo que saliera de su boca fuera dulce—. ¡Gracias y bienvenidos!
Takeda tosió.
—Cuando diga su nombre, levántense y colóquense el Sombrero Seleccionador, y sabrán cuál es su casa.
Todos estaban nerviosos.
Pasaron los niños, unos detrás de otros. A veces la casa era escogida instantáneamente y a veces divagaba bastante, pero nunca más de 1 minuto. Al huérfano le impresionó el hecho de que hubiera un Sombrero parlanchín que cantara el himno de Hogwarts y que luego simplemente eligiera la casa de los alumnos: ¿cómo lo sabía?
—Oye. —Kenma jaló la túnica de Akaashi, murmurando para no ser descubiertos hablando en la ceremonia—. ¿Por qué importan tanto las casas? No entiendo.
Akaashi miró cuidadosamente a ambos lados, y, disimulando, respondió.
—Cada Casa representa algo y el Sombrero elige la más adecuada a ti como persona. En Slytherin están los astutos y ambiciosos, en Ravenclaw los inteligentes y creativos, en Gryffindor los valientes y leales, y en Hufflepuff los honestos y esforzados. —Explicó—. Muchos quieren quedar en cierta casa porque su familia entera salió de allí, o simplemente porque les da estatus, como Slytherin. Por eso hay una gran rivalidad entre las casas.
—Entiendo.
Kenma vio cómo Hinata se tensaba al escuchar el nombre de «Kageyama Tobio» ser pronunciado, y vio salir de los asientos a un joven alto y de mirada tenebrosa. Parecía menos agresivo que Iwaizumi, pero su rostro asustaba más a la gente.
—Kageyama Tobio. —«Difícil… tu frialdad fácilmente podría conducirte a la grandeza en Slytherin, tu Familia tiene un linaje exquisito, un talento natural», exclamó el Sombrero Seleccionador en su mente, indeciso. Kageyama le respondió con agresividad que "no dependía de su maldito apellido", y allí fue cuando la voz del Sombrero sonó divertida, largando una carcajada. «La fuerza de anteponerte ante los demás, brillante, brillante, veo pasión…».
—¡GRYFFINDOR!
Hinata se llevó las manos a la boca, aguantando la risa mientras recordaba cómo aquel chico odiaba la casa de Gryffindor y había sido sorteado en ella, irónicamente, el enojo era notable en su rostro.
—Akaashi Keiji.
El azabache se despidió de los chicos con una pequeña sonrisa. Estaba nervioso, tenía que admitirlo, pero contaba con que su serenidad y frialdad le ayudaran a poder establecerse en la casa que le fue encomendada: Slytherin. Su familia era de linaje puro, intachable, así que le correspondía como heredero continuar la tradición y no defraudarlos. Era sangre pura.
En cuanto se sentó el Sombrero se quedó callado sepulcralmente, pero eso no alteró al azabache, quien parecía imperturbable. «Mmm, difícil, esto es muy difícil. Veo que tienes valor y una mente valiosa, veo talento y la sed de probar que eres digno, ¿pero dónde te pondré?», se preguntó, tentativo. El azabache apretó levemente los dientes. «Slytherin te ayudará en tu camino a la grandeza, ¿pero realmente quieres sacrificar tanto por eso? En Ravenclaw podrías tener un final feliz». Sus ojos negros centellaban con determinación, a sabiendas de que solo él escuchaba lo que decía el Sombrero, demostrándole que estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario, todo en absoluto. Solo había un profundo y calculado silencio, sin expresividad. «Lo siento, chico».
—¡RAVENCLAW!
Escuchar aquello fue como un balde de agua fría para Akaashi. Vio a los estudiantes de corbatas azules saludarlo y festejar por su llegada, pero él no pudo sonreírles. Pasó con cuidado junto a ellos, sentándose, sintiéndose un poco mal. El niño sabía que probablemente le llegaría un vociferador cuando sus padres se enteren de la Casa que lo había escogido.
Kenma y Hinata notaron su estado de ánimo, pero estaban demasiado lejos como para hacer algo.
—Hinata Shoyo.
El pelinaranja se despidió de Kenma y se sentó con una gran sonrisa en el rostro: ¡eso era tan emocionante! El Sombrero soltó una carcajada en cuanto fue colocado sobre su cabeza. «¡Impresionante! No tienes ni la menor idea de tus orígenes, eres un diamante escondido, veo la sed de comerte el mundo. Fuego, pasión», exclamó, riéndose varias veces, por lo que Hinata pensó que se estaba burlando de él, así que se mantuvo alerta y un poco molesto. ¿Cómo podía asesinar un sombrero mágico?. «¡JA, JA, JA! ¡Que nadie te diga que no tienes espíritu! Tendrás que ser fuerte por tus amigos, eres el único que puede protegerlos», le dijo, y el contrario no entendió esas palabras, era muy difícil comprender al Sombrero. Habían pasado cuatro minutos.
—¡GRYFFINDOR!
Kenma aguardaba ansioso su turno, encogido. Ya había salido la mayoría y no quería ser el último por nada del mundo. Vio cómo la chica que había conocido en el andén, Yachi, se sentaba y rápidamente fue designada como Gryffindor. Pensó en que ella no calzaba en aquel lugar ruidoso y problemático, pero probablemente no la conocía lo suficiente como para asegurarlo.
—Kenma Kozume.
Tragó saliva. Por fin era su turno.
Vio todos los ojos mirándolo, acechándolo. Odiaba eso.
Se deslizó sin hacer el menor ruido, subiendo las escaleras como una pluma cuyos movimientos eran calculados y gráciles, como los de un gato.
El Sombrero al ser colocado murmuró repetidas veces y el castaño no entendía ni la mitad de las palabras que decía, pues parecía hablar consigo mismo. «Difícil, difícil, difícil, hay un rostro que escondes, uno que podrías utilizar y alcanzar la fama, pero eso te traería solo dolor y sufrimiento… ¡Qué locura! ¡Una mente tan única merece ser escaneada en la demencia de los cuervos!», exclamó. Kenma le contestó que eso no era posible, que su mente era de todo menos única y que no le interesaban esas cosas. «JA, JA, JA. ¿Estás seguro? ¡Podrías ser discípulo de Rowena! Sí, sí, te espera una colina muy elevada, sin embargo… necesitarás confiar en tus amigos», le dijo. Kenma estaba ligeramente nervioso, ¿por qué no lo escogía ya?. «Veo talento, originalidad, una fuente desconocida, serás…».
—¡RAVENCLAW!
La ceremonia había, por fin, terminado.
Takeda suspiró, podía lidiar con los jóvenes de este año. El banquete rápidamente fue servido y los niños gozaron de una gran y deliciosa comida, desde los postres más dulces al plato más jugoso. Todo iba de acuerdo a lo planeado, si no fuera porque…
¡BOOOOOM!
El gran sonido fue acompañado de algo que cayó del techo, una clase de sabana gigante que cayó encima de todos los profesores y los cubrió por completo, para su sorpresa y estupefacto, pareciendo un cartel gigante que alguien había colocado instantáneamente. Había una especie de símbolo mal pintado de una corona atravesada por dos espadas. El cartel, aparte, tenía algo escrito.
"¡BIENVENIDOS, ALUMNOS!
Carroñero, Rey, Hiena y Esquizo los invitan solemnemente a conservar las más impuras, oscuras y extravagantes intenciones.
ESTÉN ATENTOS".
Cuando los profesores salieron de detrás del cartel abrieron los ojos como platos, siendo Ukai, el subdirector, el único que se rió levemente. Tenía una pequeña idea de quienes eran los rufianes que habían hecho aquello.
—¡Inaceptable! —El estricto profesor de Pociones, Tanji Washijo, estaba rojo, furioso—. ¿Quién hizo algo tan insolente?
—Bueno, ahora tiene sentido el por qué esos cuatro del tren se dejaron atrapar tan fácilmente. —Murmuró Ikkei, reflexivo, aunque nadie lo escuchó. Después simplemente bajó los hombros, dirigiéndose a los profesores—. ¡Es nuestro error!
Y de un movimiento de varita el cartel se convirtió en un pequeño y fino lápiz que el director tomó con la mano, suspirando. Iba a ser un año problemático hasta que aquel grupo no se graduara, pues parecían merodear por todas partes.
Mientras tanto, cuatro chicos estaban limpiando los baños a mano, con tan solo cepillos de dientes y sin poder usar magia, pues era tan solo una parte del "pequeño" castigo por congelar la estación King's Cross. Pero a Tendou, Kuroo, Bokuto y Oikawa el buen ánimo no se los bajaba nadie, ya que esperaban que su pequeña broma y bienvenida diera frutos.
Era solo la primera parte.
Mañana les esperaba el primer día de clases a los recién llegados,
¿qué podía salir mal?
